8) Respuesta del G.P.M. a Susil Gupta

e) Circunloquio determinado en torno de la tendencia al derrumbe del capitalismo.

Volviendo al pasaje citado del “Prólogo a la crítica de la economía política”,   ¿no se siente latir en este texto la teoría del derrumbe económico del capitalismo que Marx alumbró en sus “Líneas fundamentales”, y que en La Ideología Alemana” estas líneas ya estaban —aun cuando sólo en sí  contenidas?
Cierto, como muy bien dice Susil Gupta refiriéndose al Materialismo Histórico, la formulación de “la tendencia objetiva al derrumbe es sólo un momento de esta ciencia”. Pero a nuestro modo de ver, le faltó decir que ése ha sido su momento culminante, el momento de la ciencia por cuya mediación Marx concluye alumbrando la necesidad de trascender políticamente al capitalismo. Su conclusión más importante, según lo podremos ver un poco más adelante dicho en sus propias palabras.
Es igualmente cierto lo dicho por Susil Gupta en cuanto a que la ciencia social no es de por sí revolucionaria. Pero también aquí nuestro interlocutor se quedó a medio camino, porque sin esta ciencia no puede haber praxis revolucionaria efectivamente posible. Como dijera Marx en el prólogo a su “Critica de la filosofía hegeliana del derecho estatal” (1843):
<<El arma de la crítica no puede reemplazar a la critica de las armas, pero se hace revolucionaria cuando se apodera de las masas>> (Op. cit.)
Idea sobre la que ha vuelto en el prólogo a la primera edición alemana de “El Capital” para señalar no sólo el carácter político estratégico rector de la teoría del derrumbe respecto de la praxis política del proletariado, en tanto que, sin ella, puede decirse sin ningún género de duda —parafraseando a Rosa Luxemburgo en “La acumulación del capital”—, que el comunismo como sistema de vida social superador del capitalismo, vería desaparecer bajo sus pies “el suelo granítico de la necesidad histórica objetiva”, y al proletariado solo le quedaría hipotecar sus luchas a conceptos jurídicos generales y morales abstractos como los ideales de justicia, igualdad, solidaridad, etc., etc., aferrándose al clavo ardiendo del socialismo utópico premarxista.
Es cierto que Rosa equivocó el principio activo de la tendencia objetiva al derrumbe capitalista, poniéndolo no en el desarrollo de la fuerza productiva que conduce a la imposibilidad para la burguesía de seguir produciendo plusvalor, sino en la presunta imposibilidad de realizarlo. Pero el mérito revolucionario de Rosa consistió en haber comprendido perfectamente el valor político y moral estratégico de esa tendencia autotanática del capitalismo.    
Para nosotros, la teoría del derrumbe es, pues, en primerísimo lugar, lo que alumbra históricamente al interior todavía no manifiesto de la conciencia colectiva en la sociedad capitalista, la necesidad de luchar por el socialismo aun antes de que esa necesidad se haga evidente para las masas y ya no sea necesario seguir insistiendo en ella. En una carta a su amigo Kugelmann del 11 de julio de 1868, Marx decía que cuando a un economista vulgar se le ponía ante las conexiones internas del sistema capitalista, éste creía estar haciendo un gran descubrimiento al ver que las cosas tal como aparecen presentan un aspecto diferente, jactándose de su apego a la apariencia por considerarla como el único y absoluto criterio de verdad. Y Marx acaba esta parte de su carta diciendo:
<<Pero hay en este asunto otra intención. Una vez que se ha visto claro en estas conexiones internas (del sistema), cualquier creencia teórica en la necesidad permanente de las condiciones existentes, se derrumba antes de su colapso práctico. Las clases dominantes, pues, tienen así en este caso un interés absoluto en perpetuar esta confusión y esta vacuidad de ideas. De otro modo ¿por qué razón se les pagaría a estos psicofantes charlatanes, que no tienen más argumento científico que el de afirmar que, en economía política está terminantemente prohibido pensar?>> (Op. cit. Lo entre paréntesis nuestro)
Sin la teoría marxista del derrumbe, está claro que la burguesía no tendría necesidad de negar a sus explotados el ejercicio de lo más distintivo del ser humano respecto de los demás animales.
A fines del siglo XIX, polemizando al interior del PSD alemán con el teórico reformista Eduard Bernstein, Rosa Luxemburgo describe una situación política en el movimiento obrero europeo muy parecida a la actual, aunque la situación económica de hoy día diste de ser la próspera coyuntura que Rosa refleja en “Las Gafas inglesas”, a través de las cuales decía que Bernstein veía promisoriamente el futuro del capitalismo, donde los conflictos con los asalariados por lo general habían dejado de ser cuestiones de fuerza, para convertirse en objeto de negociación y conciliación, de acuerdo y concesiones:
<<La edad de oro de la industria hace que las concesiones a los obreros sean al mismo tiempo necesarias y materialmente fáciles de hacer. Así como durante el primer período la burguesía inglesa estaba representada por los partidarios de la violencia al estilo Strumm, por los partidarios de las más brutales medidas de fuerza, su auténtico portavoz en el nuevo período es aquél empresario que en 1860 declaró: “Considero que las huelgas son a la vez el medio de acción y el resultado inevitable de las negociaciones comerciales para la compra del trabajo”>> Rosa Luxemburgo: Op. Cit. en “Reforma o Revolución”. Apéndices)
Esto había hecho que Bernstein mostrara haber perdido unas convicciones revolucionarias que nuca tuvo, pugnando porque el PSD acabara arrojándose ya sin ningún rubor en brazos de la burguesía alemana, como así lo demostró aun antes de que hiciera fracasar la insurrección obrera en enero de 1818. Para ello, en el curso del debate finisecular en el partido, abandonó la concepción materialista de la historia y toda la teoría económica de Marx, lastrando una tras otra las pocas posiciones teóricas y políticas que todavía mantenían al PSD en la trinchera del proletariado. En el capítulo de “Reforma o Revolución donde compara la teoría del derrumbe con la espada que ha de ayudar a la clase obrera a desgarrar las tinieblas que le impiden la visión de su porvenir histórico, Rosa acusa a Bernstein de:
<<…mellar el arma espiritual con la cual, aun siguiendo sujeto materialmente a su yugo, el obrero (consciente) derrota a la burguesía, puesto que le convence del carácter efímero y temporal de la sociedad actual, de la ineluctabilidad del triunfo proletario, hecha ya la revolución en el reino del espíritu.>> (Rosa Luxemburgo: “Reforma o Revolución” Cap. IV: El Derrumbamiento)       
En síntesis, que la teoría del derrumbe es el fundamento teórico que da sentido histórico y dirección política no sólo a la estrategia para la toma del poder por parte del proletariado revolucionario, sino que sirve a modo de guía para la acción táctica que permite mantener el rumbo estratégico ante cada viraje contrarrevolucionario de la historia en que las luchas de la clase obrera languidecen, la moral de su vanguardia natural se viene abajo, y gran parte de quienes fungieran hasta entonces como vanguardia revolucionaria desertan pasándose al enemigo, tal como sucedió con Bernstein y Kautsky a principios del siglo pasado.
Sin necesidad objetiva comprendida, no puede haber posibilidad política real de nada. Tal es la dialéctica que nosotros hemos introducido atendiendo a la consulta del compañero, y que no parece haber sido digna de mención por quienes han intervenido en este debate.
Después de Marx, Hegel se convirtió en un arcaísmo de la lógica ontológica, en un “vestigio” del pasado —como ha gustado decir Susil Gupta a propósito de algunos teóricos premarxistas del derecho. Pero Hegel sigue vivo en el Materialismo Histórico, superado y a la vez conservado.
¿Dónde está la necesidad del socialismo, de luchar por esa causa formal revolucionaria? ¿Por qué o en virtud de qué es efectivamente revolucionaria esta causa? Tales son las preguntas que exigen respuesta antes de comprometerse en cualquier lucha política contra la realidad actual del capitalismo.  
En el trabajo para responder a la consulta —que originó este debate— nosotros hemos intentado ensayar una respuesta centrándonos brevemente en la dialéctica entre necesidad y posibilidad, e insistimos en que no parece haber merecido atención alguna por parte de los interlocutores que nos sucedieron en el orden de intervención y es la siguiente que ahora volvemos a traer aquí:
<<Marx y Engels han entendido siempre, es decir, omnicontextualmente por “movimiento real”, a la unidad dialéctica entre estructura económica y superestructura política, o sea, a la relación contradictoria entre el movimiento económico del capital y el movimiento político del proletariado. Respecto del primer movimiento, el de la necesidad económica —que se manifiesta en la tendencia histórica decreciente de la tasa de ganancia— si usted ha comprendido en todo su alcance la teoría del plusvalor relativo no es necesario que nos extendamos aquí en referirnos a la tendencia objetiva al derrumbe económico del capitalismo; en todo caso, acerca del particular puede consultar en nuestra página el trabajo titulado: Fuerzas productivas y tasa de ganancia. Respecto del segundo movimiento, el de la posibilidad política de realizar la necesidad económica del comunismo, le remitimos a otros dos trabajos nuestros —también publicados en el mismo sitio— titulados: Hegel, Marx y la dialéctica  (especialmente el capítulo 2) y La moral y los comunistas. En ellos encontrará citas con su correspondiente referencia bibliográfica y explicación debidamente contextualizada de su significado, pudiendo usted contar así con buena parte del herramental solicitado, que tal es el cometido de nuestra existencia como Grupo de Propaganda Marxista>>
Como puede verse, en este contexto de nuestro discurso el concepto de necesidad económica del socialismo aparece lógica e históricamente determinada por la categoría de plusvalor relativo, que tiene su principio activo en el desarrollo de las fuerzas sociales productivas en el cepo del capitalismo, verdadero fundamento de la teoría del derrumbe. Para nosotros, ésta no es una determinación abstracta, sino tan real como que la jornada de labor colectiva no se puede extender a voluntad de los capitalistas, tal como llegaron a sostener Joan Robinson y demás teóricos “neomarxistas” apologetas de la burguesía, como es el caso de Paúl Baran y Paúl Sweezy, quienes sostuvieron que el incremento natural en la producción de plusvalor, sobrepuja la tendencia a su igualmente natural descenso que supone el aumento en la composición orgánica del capital. Ver:  http://www.nodo50.org/gpm/miscelanea/todoanexo.htm
Al contrario de estos embelecos neomarxistas, pues, según avanza el proceso de acumulación basado en el desarrollo de la fuerza productiva del trabajo, el plusvalor relativo aumenta cada vez menos a medida que la parte de la jornada de labor en que los asalariados trabajan para si mismos, se reduce por el aumento incesante de la composición orgánica del capital. Y esta dinámica comprendida en la lógica objetiva del capitalismo, determina que las dificultades para valorizar magnitudes de capital adicional cada vez más reducidas respecto del capital global comprometido cada vez mayor, se tornan progresivamente más formidables y difíciles de superar.
Las crisis y las guerras reducen la masa de capital relativamente excedentario, que así se desvaloriza o destruye, incluido el capital variable que encarnan los asalariados, cuya desgracia en el pozo de la marginación funge como carnaza de las crisis y carne de cañón en las guerras, lo cual supone un dramático retroceso en el desarrollo de las fuerzas sociales productivas que facilita la subsecuente recuperación a instancias de la barbarie, poniendo de manifiesto los límites objetivos del capital respecto de si mismo y de la sociedad  en que medra.
El capital puede superar sucesivas emergencias como éstas en su actual etapa tardía, pero no puede evitar que se sigan produciendo sin la posibilidad cierta de consecuencias políticas ulteriores severas para él, como sucedió tras la Primera Guerra Mundial con la revolución rusa y tras la Segunda Guerra Mundial con la revolución China. 
No obstante, según el pensamiento de Marx, el síntoma más expresivo y dramático de la agonía del capitalismo, no vendría dado por el tiempo cada vez más breve en que se suceden las crisis de sobreacumulación, sino al contrario, por la ausencia de ellas durante largos períodos de crecimiento aletargado. Esta fue su predicción más significativa para caracterizar al capitalismo tardío. Así lo decía en carta a Lavrov el 18 de junio de 1875:
<<…La crisis comercial avanza. Todo depende ahora de las noticias que se reciban de los mercados asiáticos, en particular de los mercados de la India Occidental que se han atascado cada vez más en el curso de una serie de años. La bancarrota definitiva podría ser retardada en ciertas condiciones cuya presencia, por otra parte, no es probable.
La disminución del número de crisis periódicas es realmente asombrosa. Siempre he considerado dicho número no como una magnitud invariable, sino como una magnitud decreciente; pero es particularmente agradable que la misma presente señales tan evidentes de su movimiento descendente; es un mal presagio para la longevidad del mundo capitalista.>> (Op. cit.)
En cualquier caso, es el proceso de acumulación determinado por la tendencia al derrumbe, lo que determina la necesidad objetiva de luchar por el socialismo y hace que esa necesidad vaya cada vez más rápidamente al encuentro de su posibilidad, de la posibilidad subjetiva de que la necesidad de esa lucha conquiste la conciencia del proletariado. Todo ello, a instancias de lo insoportable que a una misma generación de explotados le resulta seguir padeciendo lo que recuerda haber sufrido ya antes. Pero sin la presencia propagandista activa de una vanguardia revolucionaria que alumbre las causas de ese sufrimiento y señale en dirección de su necesaria superación, esa ciega necesidad objetiva del socialismo se queda sin posibilidad política de realización.  
Y es en los duros momentos previos de retroceso ideológico y político de los explotados, cuando se proyecta al futuro en toda su eficacia el trabajo ideológico de la vanguardia revolucionaria, consciente de que su tarea de explicar paciente y tenazmente la necesidad del socialismo en esos precisos momentos, da continuidad a la revolución dentro de la discontinuidad de la lucha política de clases, sin lo cual resulta mucho más difícil por no decir improbable, que durante un nuevo alza en las luchas del proletariado espontáneo el proletariado revolucionario pueda hacer políticamente posible, lo que la historia exige a las amplias masas hacer económica y socialmente necesario.
Sólo cuando la lucha sostenida de los explotados por sus reivindicaciones inmediatas crea fisuras en el edificio ideológico y político del capital, el discurso del Materialismo Histórico aplicado a la lucha elemental del proletariado puede permear en su vanguardia natural. Estos son los momentos excepcionales de la historia, en que el reclamo por el valor de uso de la economía política como guía para la acción efectivamente revolucionaria logra expresarse como valor de cambio y obras fundamentales como “El Capital”, vuelven a ocupar un lugar destacado en los anaqueles de las librerías tras haber desaparecido de ellos durante los largos momentos de reflujo de esas luchas:
<<En la medida en que es burguesa, esto es, en la medida en que se considera el orden capitalista no como fase de desarrollo históricamente transitoria, sino a la inversa, como figura absoluta y definitiva (eterna) de la producción social, la economía política (burguesa) sólo puede seguir siendo una ciencia mientras la lucha de clases se mantenga latente o se manifieste tan solo episódicamente.>> (K. Marx: “El Capital” Prólogo a la segunda edición)       
Por esto mismo es que la teoría revolucionaria aplicada al movimiento real de la sociedad capitalista, constituye la condición necesaria para que ese mismo movimiento “anule y supere el estado de cosas actual”. Y la teoría del derrumbe es el factor de convicción revolucionaria históricamente más importante y decisivo, que se convierte en condición suficiente de la revolución cuando se apodera de los cuadros políticos intermedios del movimiento proletario.
Ciertamente Marx jamás dijo en ningún sitio de modo implícito ni expreso, que el capitalismo caería como una pera madura por determinación exclusiva de esta tendencia objetiva, sino que la posibilidad de realizar la necesidad del socialismo no es cosa de lógica económica sino de lucha política del proletariado, aunque tal posibilidad está objetivamente determinada por la tendencia al derrumbe.
Del mismo modo que no es la competencia el factor que determina los precios en el mercado, sino la ley del valor a través de la competencia; tampoco es cierto que la lucha de clases determine el nivel de los salarios, sino que, al contrario, es la ley del valor la que a través de la lucha de clases determina el nivel que fija el equilibrio de fuerzas entre quienes ofrecen y quienes demandan la mercancía fuerza de trabajo en el mercado laboral.
Por lo tanto,  es igualmente falso afirmar que la lucha de clases en sí y por sí determine el derrumbe del capitalismo, sino que esta determinación viene necesariamente dada por la tendencia objetiva al derrumbe. Solo bajo esta condición necesaria puede la lucha de clases erigirse en condición suficiente del socialismo, cuya posibilidad de realización depende de que la clase obrera internalice —o haga subjetivamente conciente— el concepto de necesidad objetiva del socialismo previamente determinada.   
En tal sentido, fue Lenin —siguiendo a Marx— el primero en dejar constancia de que: “económicamente no hay una situación sin salida para el capitalismo”, De esto tampoco se apartó Henrik Grossmann y es bueno que nos lo haya recordado Susil Gupta; pero tampoco Rosa Luxemburgo y es igualmente necesario hacer justicia con ella incluso en esto, para desmentir a quienes le atribuyeron y aun hoy le endilgan la tesis del derrumbe económico automático:
<<Aquí, como en el resto de la historia, la teoría (del derrumbe) presta un servicio completo mostrándonos el término lógico al que se encamina objetivamente (el capitalismo). Este estado final no podrá ser alcanzado, del mismo modo que ninguno de los períodos anteriores de la evolución histórica (lo objetivamente necesario) pudo realizarse (llegando por sí mismo) hasta sus últimas consecuencias (por el solo efecto mecánico de las contradicciones en su base material). Y menos necesidad tiene de realizarse a medida que la conciencia social, encarnada, esta vez, en el proletariado socialista, intervenga como factor activo en el juego ciego de las fuerzas (económicas). Las sugestiones más fecundas y el mejor acicate para esta conciencia, nos son dadas por la exacta concepción de la teoría marxista.>> (R. Luxemburgo: “La acumulación del capital” Apéndice: Una anticrítica. Lo entre paréntesis es nuestro)
Pero Lenin, también dijo que “Sin teoría revolucionaria no puede haber movimiento revolucionario”. Por tanto, la teoría es virtual o potencialmente revolucionaria aun antes de que la política del proletariado autoconsciente la confirme en la práctica, señor Susil Gupta. En este sentido tenía razón Althusser cuando por ahí dijo algo así:
<<No es que la ciencia del Materialismo Histórico tenga hipotecada su verdad a los resultados de la lucha política proletaria, sino que es el proletariado quien está pendiente de levantar su hipoteca con la ciencia del Materialismo Histórico>>
Porque sin teoría económica científica —o desde una teoría económica no científica— la revolución socialista se estanca en la posibilidad política abstracta, si no en una mera contingencia.  Y esto es tan cierto como que en cualquiera de los ordenes de la vida, toda teoría científica está hecha para resolver problemas prácticos de diversa índole, de modo que con teorías no científicas es imposible resolver problemas prácticos ni transformar esencialmente nada concebible o imaginable, cualquiera sea el número de veces que se lo intente o se sueñe con ello.
Y ¿qué es una teoría científica? Es lo concreto pensado o reproducción del ser de un objeto en el pensamiento y a través del pensamiento, según su esencia, o razón de ser necesaria. Por tanto al pensamiento que se apodera de lo concreto, es decir, de un objeto cualquiera según su esencia o razón de ser necesaria, a eso se le llama fundamento o necesidad objetiva de lo que el objeto es esencialmente. O sea, que el fundamento de una cosa, desde el punto de vista subjetivo-teórico, es el descubrimiento de la necesidad esencial de su ser, esto es, de su lógica objetiva interna o constitutiva que le hace ser lo que es y como es, no precisamente según los sentidos.
Y el descubrimiento de la lógica objetiva —en este caso, la del ser capitalista— comprendida en la tendencia al derrumbe del sistema, revela la esencia necesaria de su devenir en otro ser y en otra lógica social o modo de producción: el socialismo. Y esto, mucho antes de que ese devenir del capitalismo decadente, despliegue hasta su máximo extremo toda la barbarie humana teóricamente prevista contenida en su ser histórico-natural. De ahí la importancia decisiva trascendente de la teoría científica como condición sine qua non de la práctica política, conclusión de la cual Marx quiso dejar constancia en su prólogo a la primera edición de “El Capital” con estas certeras palabras:
<<Aunque una sociedad haya descubierto la ley natural que preside su propio movimiento —y el objetivo último de esta obra es, en definitiva, sacar a la luz la ley económica que rige el movimiento de la sociedad modernano puede saltarse fases naturales de desarrollo ni abolirlas por decreto, pero puede abreviar y mitigar los dolores del parto.>> (Op. cit.)  
 Entonces, ¿dónde está el fundamento o necesidad esencial de lo comprendido en y por la teoría revolucionaria de Marx, sino en la tendencia objetiva al derrumbe del sistema? Ver: http://www.nodo50.org/gpm/miscelanea/todoanexo.htm. Esta pregunta sigue en el aire a 150 años vista de que fuera enunciada. Mientras tanto, el capitalismo sigue prolongando los dolores del necesario parto socialista.[1]   

éste y el resto de nuestros documentos en otros formatos
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http://www.nodo50.org/gpm
e-mail: gpm@nodo50.org



[1] Cuando el instituto alemán “Marx Engels Werke” acabó de recopilar los textos de Marx correspondientes a la década de los cincuenta del siglo XIX, publicó esta obra bajo el título de “Grundrisse” vocablo alemán que significa “Fundamentos”. Y según los editores de la versión castellana publicada por Grijalbo/77, el MEW así lo hizo porque esta es una de las palabras que Marx utilizó en una de las cartas a Engels de ese período, concretamente la del 8 de diciembre de 1857 (MEW 29, 225) “para definir el contenido del manuscrito principal”. La editora dice que “También pudo haber sido titulado Grundzüge(Rasgos Fundamentales) ya que Marx utiliza esta palabra para definir el contenido de dicho manuscrito en dos ocasiones, cartas a Engels del 18 de diciembre de 1857 y a Lassalle del 21 del mismo mes y año, MEW 29, 232 y 548).