Breve memoria histórica sobre la consigna de Asamblea Nacional Constituyente
Breve memoria histórica sobre la consigna de
Asamblea Nacional Constituyente
1.-Introducción
En su origen, la “Asamblea Nacional Constituyente” es una institución que la burguesía ha creado para establecerse como clase políticamente dominante en la emergente sociedad capitalista, tras haberse erigido en el tercer poder al interior del Estado feudal —junto a la nobleza y el clero— al tiempo minaba la base económica de esa sociedad transformando a los artesanos y campesinos en asalariados, y al señor feudal en simple rentista.
Marx dice que la circulación o intercambio de mercancías, es el fundamento absoluto de la producción capitalista; esto es cierto no sólo en sentido lógico-social, dado que la creación de plusvalor presupone el intercambio entre los propietarios de fuerza de trabajo y los propietarios de capital dinerario, sino también en sentido histórico, porque el capital productivo o industrial, ha sido el resultado del cambio de cantidad en cualidad del capital comercial, de su interacción en la esfera de la circulación de mercancías hasta convertirse parte de él en capital industrial.
En efecto, como es sabido, la burguesía nació y se desarrolló personificada en los llamados “burgos” que actuaban al interior de la sociedad feudal tardía vinculando oferta y demanda en los intersticios comerciales o distintos puntos marginales o esporádicos de intercambio. Etimológicamente, la palabra “burgués” tiene su raíz en el vocablo latino “burgus” y en el alemán “brug”; ambos términos designaban a las aldeas pequeñas que, en la sociedad feudal, dependían económicamente de la ciudad más cercana. Los agentes sociales que vinculaban comercialmente esos pequeños conglomerados urbanos aledaños al campo, con las ciudades propiamente dichas, eran los llamados “burgos”.
En tal sentido, las asambleas constituyentes han sido formas políticas constitutivas de la burguesía en su conjunto, adecuadas a las formas económicas de la acumulación de capital, producto del proceso de transformación de los artesanos y campesinos en asalariados, de los terratenientes feudales en rentistas, de la renta territorial en capital financiero, y de buena parte del capital comercial en capital industrial o productivo; al mismo tiempo que, con retraso, se operaba el proceso de transformación en el status político de la burguesía en su conjunto que, de clase subalterna dentro de los Estados generales de la formación social feudal, pasó a ser clase dominante, y el Estado estamental o absolutista de tipo feudal, se convirtió en Estado democrático-formal —alternativamente dictatorial— de tipo capitalista o capitalista puro.
Posteriormente, durante el llamado capitalismo colonial y semicolonial —que se ha extendido entre el siglo XIX y superada la primera mitad del XX— las Asambleas Nacionales Constituyentes pasaron a ser los mismos medios de emancipación política de que, esta vez, se valieron las burguesías de las colonias de ultramar explotadas y oprimidas por sus homónimas de las metrópolis capitalistas ya soberanamente constituidas, que impedían la creación de las condiciones políticas apropiadas, para que la explotación del trabajo ajeno sirviera a los fines de la acumulación del capital no en las metrópolis, sino en el territorio nacional autóctono de las colonias emancipadas, a instancias de la formación de su correspondiente mercado interno capitalista.
En la mayoría de los casos, durante la etapa temprana y madura del capitalismo, las Asambleas Nacionales Constituyentes fueron convocadas por la burguesía en su conjunto —o por su fracción triunfante— previa formación de un gobierno provisional revolucionario de facto, producto, a su vez, de la lucha política más o menos cruenta por el nuevo poder burgués soberano o dominante, enfrentado a una nobleza caduca o a unas burguesías coloniales extranjeras, en presencia de un proletariado emergente cada vez más numeroso.
Una vez cumplido el proceso histórico de las luchas anticoloniales de emancipación política de las distintas burguesías nacionales constituidas como tales en la periferia capitalista —e implantados sus correspondientes Estados soberanos económicamente dependientes— las sucesivas Asambleas Nacionales Constituyentes han sido convocadas por la burguesía, bajo condiciones de crisis políticas de Estado, revolucionarias o no revolucionarias, según los siguientes fines, alternativos y/o conjuntos a los regímenes políticos preexistentes:
Los antecedentes históricos más destacados sobre el fenómeno de la Asambleas constituyentes, que permiten explicar casos como el de estos dos países, han sido el motivo central del presente trabajo. De él se desprende que, según el grado de confrontación que la burguesía en el poder prevea pueda alcanzar la dialéctica fundamental con sus clases subalternas insubordinadas, las asambleas constituyentes han servido, en todos los casos, para diluir las luchas al interior del aparato de Estado, sublimando las contradicciones mediante maniobras dilatorias (ofertas de mínimos que presionen sobre los más indecisos, trámites parlamentarios, compra de voluntades políticas, creación de comisiones preconstitucionales, organismos promotores, etc.) que alejan el horizonte de la resolución del conflicto sin resolverlo a la espera de que el movimiento de los explotados se desgaste, debilite, pierda poder de negociación y decida aceptar las condiciones de una derrota consensuada. De no ser así, porque aun debilitado por la defección de su sectores políticamente más débiles el movimiento sostiene su lucha, se prepara una provocación que justifique el aplastamiento militar y la derrota estratégica consecuente de la minoría combativa, método que la burguesía ha venido empleando en la mayoría de los casos exitosamente a lo largo de la historia del capitalismo.
¿Cuál es el secreto de este procedimiento? Integrar en las instituciones políticas de Estado a los representantes políticos de los sectores sociales insubordinados, con o sin Asamblea Constituyente. Esto es lo que ha venido practicando la burguesía desde la revolución francesa de febrero en 1848. Tal es la principal “virtud” y baluarte contrarrevolucionario del régimen político representativo. Porque sólo así, en la soledad del poder que supone la representación política institucional, es posible la práctica consuetudinaria burguesa de comprar la voluntad política de quienes eventualmente representan los intereses de las clases subalternas. Es lo que acaba de pasar recientemente con ese “globo” remontado en Brasil llamado Lula, que ya se está desinflando sin pena ni gloria. Lo mismo que todavía pasa con el fenómeno llamado Chávez; lo mismo que ha sucedido recientemente en Ecuador y hoy día se pretende, de momento infructuosamente en Bolivia, aunque, dada la inexistencia de una alternativa revolucionaria orgánica, no será esta una excepción a la regla.
¿Por qué de momento infructuosamente en Bolivia? Después de la rebelión de otoño de 2003 ―que supuso la caída del presidente Gonzalo Sánchez de Losada―, obligada por la situación, la burguesía, a través del presidente de recambio, Carlos Mesa, puso encima del tapete dos importantes propuestas:
1. un referéndum en cada región entorno a qué se debería hacer con el gas, y
2. Asamblea Constituyente para la “refundación del Estado” articulado en un Estado de las Autonomías.
El referéndum realizado el 18 de julio de 2004, fue calificado por los sindicatos y organizaciones populares como "tramparéndum", por "tramposo" y "engañoso". Pretendió que los bolivianos eligieran entre dos políticas que son igualmente “entreguistas y antinacionales”, dado que ambas consagran el pleno dominio de las transnacionales sobre los hidrocarburos. Por el contenido y la forma de las cinco preguntas del referéndum, no importaba mucho quien ganaba, el Si o el NO, ya que las petroleras extranjeras seguirían teniendo la "propiedad real" de los hidrocarburos y serían —son— las que más se benefician con su explotación, dejando muy poco o casi nada para el consumo interno del país más pobre de América del Sur.
El referéndum sirvió a la burguesía, para calibrar el grado de determinación política del movimiento, al comprobar que, por amplia mayoría la población votó por la nacionalización de los hidrocarburos. Pero la medida no fue llevada a cabo. En su lugar se optó por iniciar los trámites parlamentarios para aumentar significativamente los impuestos a las multinacionales, pero este trámite fue abortado por los últimos acontecimientos que derrocaron a Mesa.
En cuanto a la articulación del Estado de las Autonomías, que fue vista como una propuesta subsidiaria a las demandas de la gestión y el cobro de los hidrocarburos por parte de las regiones, tampoco prosperó. Por lo tanto, las dos propuestas finalmente fracasaron, tanto por falta de voluntad política de la burguesía, como por la impaciencia de los explotados y no se llevaron a cabo: el desencanto hacia la clase política y los temores a la partición del país se impusieron.
No es esta la primera vez. También se desilusionaron del gobierno de Sánchez de Losada, al que derrocaron en 2003 para pasar a confiar en el de Carlos Mesa, a quién —desilusionados— también acaban de derrocar y ahora depositan toda su confianza en sus actuales dirigentes reformistas, como décadas pasadas confiaron y se desilusionaron con Siles Suazo y Paz Estensoro. Los obreros y campesinos bolivianos siguen estando hoy, pues, como los obreros franceses después de protagonizar la insurrección de febrero que acabó con la monarquía de Luis Felipe, en que delegaron el poder conquistado desde las barricadas en la flamante “democracia” encarnada en la burguesía moderada. Para no hacer tan larga la reseña histórica desde entonces, digamos que la clases subalternas bolivianas, están ahora mismo respecto de sus líderes políticos y sindicales, como la clase obrera en Chile después del triunfo ilusionante de la opción burguesa de izquierdas con Allende en 1971; Como la clase obrera argentina después del triunfo no menos ilusionante del peronismo en 1973; como los obreros y campesinos nicaragüenses y salvadoreños en la década de los 80, que confiaron en los dirigentes del FSLN y del FMLN, para citar sólo algunos casos.
En cuanto a la ilusión convertida en conformismo que todavía vive gran parte de la clase obrera española, también hay que atribuirlo al proceso “constituyente” de 1978, y a la consolidación de la “democracia” después de la farsa de golpe montada el 23F de 1981, tanto como al ingreso del capital financiero español en el club imperialista, que con las migajas de sus superganancias, todavía puede ser comprada a bajo precio, aunque a un alto coste para sus familias por las consecuencias de la precariedad laboral y el aumento en los ritmos de trabajo en términos de enfermedades profesionales, crisis familiares accidentes de trabajo, etc.
¿Es necesario volver a pasar por lo mismo que la historia ha demostrado que sólo sirve —de un modo u otro— para asegurar en el poder al conjunto de la burguesía? Evidentemente, NO, porque en Bolivia, por ejemplo, ya existe una burguesía nacional en el poder que quedó constituida como tal desde el 6 de agosto de 1825, con unas reglas del juego político que han venido permitiendo la “libre” explotación de trabajo ajeno sin restricción alguna. Entonces, ¿para qué dirigentes indígenas como Evo Morales y Felipe Quishpe piden la convocatoria de una nueva Asamblea Constituyente en ese país? Para “incluir a los excluidos”. Así lo dicen estos dirigentes y así lo repiten y asumen ilusionados los movimientos sociales en Sucre, en Cochabamba y en La Paz. ¿Incluir a los excluidos dónde? En el sistema económico capitalista. Pero como eso, de momento, es imposible, por lo menos que sea en el régimen político “democrático representativo”. A esto le llaman “refundar el Estado”. ¿Por qué? Simplemente, porque antes no estaban ellos Y el caso es que los actuales representantes políticos de los excluidos en Bolivia son precisamente hermanos de leche política de Siles Suazo y Paz Estensoro, de Salvador Allende en Chile, de Daniel Ortega en Nicaragua, de Guillermo Ungo en El Salvador, de Hugo Chávez en Venezuela o de Ignacio “Lula” Da Silva en Brasil.
¿Porqué, estos dirigentes de las fuerzas reivindicativas espontáneas autoproclamadas progresistas levantan la consigna de “incluir a los excluidos” en las instituciones políticas del sistema burgués? Porque, en realidad, son ellos los que quieren auparse allí, para compadrear con la burguesía; ésta es su más secreta, inconfesable y sentida aspiración; ¿a cambio de qué? De seguir dando gato por liebre a sus representados. Apropiarse de la aureola de dignidad revolucionaria que en un pasado remoto tuvo esa consigna, para negociar su inclusión burocrática personal en el sistema político, vendiendo a la burguesía las ilusiones que sean capaces de trasmitir a sus representados desde las instituciones capitalistas de Estado. En cualquier caso, conseguir mejoras parciales, reformas de segundo o tercer orden social que permitan mantener el estado de cosas esencialmente como está, de modo que, a fuerza de privilegios burocráticos y de pisar las mismas alfombras del Congreso y los despachos ministeriales, de empezar siendo representantes de las clases subalternas ante el Estado burgués, acaben transformándose en representantes del Estado burgués ante los que empezaron siendo sus representados.
El caso más vertiginoso en este tipo ya común de metamorfosis política en la historia reciente, se dio en Ecuador con Lucio Gutiérrez. Este ambicioso coronel, que llegó a la presidencia con un discurso radical y el apoyo de las organizaciones indígenas, una vez aupado a la presidencia del gobierno por el movimiento campesino indígena, imprimió a su política un giro “copernicano” cambiando radicalmente de posición en menos de lo que canta un gallo.
En efecto, Gutiérrez había llegado al poder en enero del 2003 con un “partido” sin base social de origen al que llamó “Sociedad Patriótica”, integrado por miembros de las FF.AA. en retiro, familiares y amigos. A partir e ese engendro, construyó alianzas claves con un sector del empresariado “nacional” y varios sectores de la izquierda oportunista, entre ellos el “Partido Socialista”, el “Movimiento Popular Democrático”, autoproclamado “marxista-leninista” y el movimiento indígena, organizado en la “Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador” (CONAIE) y en el partido “Pachakutik, que le dieron su respaldo. [1] La CONAIE, dirigida entonces por el quechua Antonio Vargas Guatatuca, apoyó la revuelta que Gutiérrez planificó contra el gobierno de Mohuad desde noviembre de 2000 junto a los coroneles Fausto Cobo, Luis Aguas, Guastavo Lalama y Jorge Brito, con la incierta implicación del General Mendoza.
Curiosamente, estas formaciones sociales y políticas reivindicativas indigenistas que fueron surgiendo durante las últimas tres décadas, a diferencia de las bases sociales que pasaron a representar, adoptaron el modelo organizativo de representación vertical, típico de los partidos políticos e instituciones estatales burguesas. De este modo, el consenso comunitario, práctica histórica tradicional para la toma de decisiones y designación de representantes vigente desde tiempo inmemorial en las comunidades indígenas, fue reemplazado por el de la democracia (votación) a la manera occidental. El esquema de representación política vertical y la asimilación de prácticas estatales en la gestión de estas organizaciones, dio como resultado la hegemonía de las nacionalidades "grandes" en la conducción de estas organizaciones regionales, provocando como efecto la inobservancia de las propias diversidades indígenas. Esta forma perversa de gestión y representación política, preparó, además, el terreno, para el control político del movimiento por parte de la burguesía, a instancias de la cooptación de sus principales lideres para ponerlos al frente de las más importantes y representativas instituciones políticas del Estado burgués.
El coronel Lucio Gutiérrez aprendió muy pronto a aprovecharse de tales circunstancias, utilizando el vocabulario, las ideas y las formas burguesas de tal modo introducidas en las organizaciones políticas indígenas, especialmente por las ONG con el pretexto de los planes de ayuda para el desarrollo, verdadero señuelo al servicio de la disolución del sujeto colectivo o comunitario en el sujeto individual, propietario privado de su tierra, en su doble condición en tanto molécula económico-social que interactúa como burgués, en la sociedad civil regulada por el mercado, por una parte, y, por otra, como ciudadano en tanto molécula política que constituye el tejido social del Estado; pero sin dejar jamás de ser individuo, propietario privado. Y no es que estas consideraciones escaparan al entendimiento de los líderes comunitarios indígenas:
<<Bueno, mi experiencia personal y mi aprendizaje en mi comunidad, y en otras comunidades de otros pueblos, es que al menos yo estoy absolutamente claro sobre el rol de estos dos conceptos de desarrollo y ciudadanía, y su impacto en nuestras comunidades que ha sido tremendo, podría decir que viniendo de una comunidad en la que vivimos y crecimos con prácticas que son absolutamente distintas, de una sociedad absolutamente comunitaria, una sociedad donde la práctica cotidiana de las cosas es colectiva, se puede notar el impacto de estas nociones de desarrollo y ciudadanía, porque creo que esta manifestación de lo colectivo, de lo comunitario, yo diría incluso que es lo que nos caracteriza fundamentalmente, estas formas de vida colectivas entran en contradicción con la ciudadanía, porque la ciudadanía es siempre individualista, no es comunitaria, no es colectiva, es el individuo solo y nada más. Y con ese individuo solo, sin ningún nexo con su sociedad están diseñadas las estrategias de desarrollo. Ese desarrollo es del individuo, no es de la comunidad.>> (Luis Macas Ambuludi: “Reflexiones sobre el sujeto comunitario la democracia y el Estado” : http://www.globalcult.org.ve/doc/EntrLuisMacas.htm
Pero este conocimiento fue lo suficientemente superficial como para no comprender que no se puede actuar al mismo tiempo representando a los dos polos de una relación dialéctica entre dos estructuras sociales no sólo contradictorias sino irreconciliables, sin que esa dialéctica que actúa en el alma de quienes intentan conciliar lo inconciliable, se resuelva en el comportamiento de quienes intentan repartir su voluntad política entre semejante dualidad de poderes, como el falso dado en que se convierte todo individuo en tales condiciones, que siempre se detiene sobre la base de ese poder dual que más pesa sobre él y le subyuga.
Así, para ganarse el favor político de los líderes indígenas en tanto individuos de tal modo relativamente independizados de las estructuras comunitarias características de las sociedades que proclamaban representar y de las que eran originarios, Lucio Gutiérrez hizo suya la retórica planteada por la izquierda burguesa, despotricando en su campaña contra la Base de Manta, contra el Plan Colombia, la privatización de las áreas estratégicas, la corrupción y a la oligarquía. La enorme base de masas que aportó la Conaie y Pachakutik a instancias de sus líderes encandilados por el discurso de Gutiérrez, fue el factor determinante para que este ex coronel del Ejército ecuatoriano ganara la presidencia en noviembre 2002.
Ese año, este coronel ganó las elecciones para la Presidencia de Ecuador con el voto de los sectores populares, descontentos con los partidos políticos tradicionales, que habían conducido al país a una gravísima crisis económica. Sin embargo, dichos partidos, especialmente los representantes de la clase media quiteña, conservaron el control del Congreso, las cortes de justicia, los tribunales electorales y los gobiernos locales. Desde el inicio del gobierno de Gutiérrez, esta oposición intentó destituirlo.
Lo primero que hizo Gutiérrez —y los líderes indígenas de algunas organizaciones aceptaron— fue repartir ministerios y cargos públicos menores entre sus aliados, entre ellos los dirigentes de la CONAIE y el Pachakutik, nombrando en la cartera de exteriores a Nina Pacari, una abogada quichua que antes había sido diputada por esta última organización. Después nombró a Antonio Vargas, ex dirigente máximo de la CONAIE y líder de la insurrección de enero de 2000 [2] como ministro de Bienestar Social. Más tarde a Luis Macas Ambuludi, que pasó a desempeñarse como ministro de agricultura. [3]
A los quince días de asumir sus funciones, Lucio Gutiérrez cambió de trinchera y comenzó a asumir la agenda del Fondo Monetario Internacional, del gobierno de los Estados Unidos y de la oligarquía tradicional ecuatoriana, con lo que el Movimiento de Unidad Plurinacional Pachakutik – Nuevo país (MUPP-NP), se retiró de la alianza seis meses después de semejante revelación, con lo que Luis Macas y Nina Pacari abandonaron sus cargos. [4]
¿Por qué esperaron tanto tiempo? Así se explicó Pacari en una entrevista concedida a la periodista Patricia Bravo en Quito, publicada en el número 574 de la revista “Punto Final” entre agosto y setiembre de 2004:
PB: ¿Qué fue lo más grave de la crisis, a su juicio?
NP: En el plano económico, haberse subordinado a los dictámenes del gobierno de Estados Unidos sin debatir, sin pelear, a diferencia de lo que vimos en Argentina. El gobierno optó por las formas más extremas del modelo neoliberal, lo que definió un rumbo contrario a nuestra propuesta. Eso se evidenció a los quince días de asumir el gobierno y nosotros, en el gabinete, tuvimos que asumir el costo político de no haber salido de inmediato. Pero si lo hubiéramos hecho, las elites —que siempre están enquistadas en el poder— lo hubieran mostrado como una irresponsabilidad. (Op. Cit.)
Nina Pancari Vega se ha sentido responsable ante el Estado burgués que actúa por cuenta de la oligarquía ecuatoriana, del mismo modo que responsabiliza a esa misma oligarquía de la secular postergación social en que mantiene a los indígenas que aspira a representar en ese mismo Estado. Es el caso representativo de unos burócratas indígenas con formación universitaria pero sin el preceptivo conocimiento científico de la sociedad en que viven, cuya aspiración es ocupar cargos públicos en el Estado burgués para hacer carrera en él tratando al mismo tiempo de realizar un proyecto de integración inspirado en las necesidades de las organizaciones comunitarias de donde provienen. [5]
Su error consiste en no poder ver otro modo de realizar ese proyecto, que no sea éste, desde unas estructuras políticas estatales hechas a una conciencia social donde las necesidades de los individuos prevalecen sobre las del conjunto, y los intereses privados o individuales de una clase social, la burguesía, sobre los intereses comunitarios o colectivos de sus clases subalternas; una realidad política que nada tiene que ver con una realidad social donde las necesidades de la comunidad todavía prevalecen sobre las necesidades de los individuos. Lo que pasa es que estos representantes de las comunidades indígenas, se sienten y asumen al mismo tiempo como individuos y como comuneros. Trasladando esta contradicción no resuelta en su conciencia y en su comportamiento, nadando entre dos aguas han devenido en una especie de mixtura políticamente inconducente entre las dos formas de concebir la vida en sociedad y el resultado está a la vista.
¿Cuál fue la intención y el comportamiento de Lucio Gutiérrez con las comunidades indígenas? Pues, continuar el proyecto capitalista de diluir las reminiscencias ancestrales de las estructuras comunitarias en América Latina, en las estructuras de clase típicamente burguesas. Entre otras cosas, reemplazando el consenso y control permanente típico de la democracia realmente participativa y directa para la organización del trabajo y la vida vigente entre los indígenas, por un régimen de “democracia” formalmente participativa e indirecta” que delega la dirección de los asuntos más importantes del trabajo social y la vida de los individuos, en una minoría burocrática burguesa de representantes políticos electos en comicios periódicos realizados al efecto.
Que aún con tardanza Nina Pacari Vega y Antonio Macas Ambuluri han conseguido sobreponerse al componente individualista burgués de su conciencia dual, eso sólo se explica porque las bases del movimiento indígena siguen luchando y demuestran ser la base ideológica más pesada en la vapuleada conciencia política de estos dos representantes indígenas.
Por el contrario, Antonio Vargas no pudo conseguir hacer lo propio sacando a relucir todo lo que llevaba dentro, revelando que la base económico-social que más había venido pesando en su alma no eran ya las estructuras comunitarias del movimiento indígena, sino la superestructura del Estado en que le pudo metamorfosear la burguesía una vez que logró meterle —por que así lo quiso él y sus propias bases— en el capullo ministerial desde donde se le ha visto salir convertido en punta de lanza de la oligarquía ecuatoriana en alianza con el imperialismo norteamericano al interior de la CONAIE.
Esta movida explica por qué esa importante organización indígena no participó de la rebelión “mediera” (pequeñoburguesa) de febrero último que expulsó del gobierno a Gutiérrez. Con su política de prebendas y concesiones de cargos públicos, Gutiérrez consiguió neutralizar políticamente a la CONAIE.
Habiendo sido electo con el 55,5% de los votos en noviembre de 2002, su crédito político cayó a partir de los primeros meses de gobierno noviembre tan en picado frente al movimiento de las masas trabajadoras y campesinas, como su representación en el Congreso, que descendió hasta quedarse con sólo cinco escaños en el parlamento —de los cien que lo componen— y con un ridículo 7% de apoyo popular entre los 13 millones de ecuatorianos que habitan el país. Esta situación fue aprovechada por los partidos de la clase media quiteña que instrumentaron el Congreso para destituir a Gutiérrez a instancias del Poder Judicial por numerosas irregularidades, corrupción y abuso de poder.
Lo que colmó el vaso de la paciencia popular fue la contraofensiva lanzada por Gutiérrez el 25 de noviembre de 2004 contra los partidos “medieros” con influencia en el Tribunal Constitucional, la Corte Suprema de Justicia y el Consejo Electoral. Haciendo alianza en el Parlamento con la izquierda burguesa del Movimiento Popular Democrático y los dos partidos populistas (de Bucarán y Novoa), Gutiérrez consiguió mayoría en el Congreso para destituir a siete de los nueve miembros del Tribunal Constitucional, que reemplazó por otros tantos magistrados partidarios de su plan antidemocrático radicalmente opuesto al contenido de sus promesas electorales, cautivo como había quedado del Partido Roldosista Ecuatoriano —que encabeza el ex presidente prófugo Abdalá Bucaram— y el PRIAN, del empresario bananero Álvaro Noboa, aspirante a suceder a Gutiérrez en la presidencia.
El 8 de diciembre, Gutiérrez continuó su ofensiva reaccionaria y “antidemocrática” destituyendo a los 27 miembros de la Corte Suprema, echando mano a una disposición constitucional que, en verdad, no otorgaba a los parlamentarios ninguna facultad para dar este paso. Pero con 52 votos sobre cien, en el Congreso, la nueva mayoría había inaugurado una política sin barreras.
Renovada la Corte, ha emprendido varias tareas: purgar a los jueces de las demás instancias, nombrar el nuevo Consejo Nacional de la Judicatura, designar a todas las autoridades electorales y revisar los nombramientos de notarios. Mientras tanto, el Congreso se ocupaba de designar al fiscal general, al contralor y al defensor del pueblo. El poder institucional resultó así totalmente cambiado con una absoluta concentración de poder en la persona del presidente Gutiérrez.
Estos cambios permitieron a Gutiérrez emprender una ofensiva jurídica para anular los juicios contra sus nuevos aliados: el ex-presidente Abdalá Bucaram, Álvaro Noboa, y el vicepresidente Alberto Dahik. Bucaram, Noboa, y Dahik regresaron del exilo, lo que causo las protestas y movilizaciones, que estuvieron en el principio del fin del mandato de Gutiérrez.
Inmediatamente, contra la purga de la Corte Suprema se pronunciaron federaciones de cámaras de comercio y asociaciones de bancos, los alcaldes de las ciudades más importantes —incluidos los de Quito y de Guayaquil— la Iglesia Católica y la asociación de radiodifusión y televisión. El 16 de febrero, una gigantesca manifestación atravesó Quito en protesta contra el golpe de Estado técnico dado por Lucio Gutiérrez, pese a que el Gobierno organizó una contramarcha a la misma hora y a poca distancia de la primera, con el objeto de disuadir la participación de opositores.
La corrupción resultante de la purga en la justicia fue muy alta. Varios de los nuevos miembros de la Corte fueron objeto de una rigurosa investigación por parte del diario “El Comercio de Quito” poniendo en evidencia varios ilícitos por los que estos magistrados se enriquecieron con el ejercicio de sus cargos. El diario “El Universo” difundió publicaciones internacionales donde se advertía "a los inversionistas extranjeros que venían al Ecuador, que harían bien en contratar los servicios legales de ciertos políticos y diputados", dado que "un determinado grupo político tenía un ejército de jueces" a su disposición.
A todo esto, desde su nombramiento en junio de 2004 como Ministro de Bienestar social, Antonio Vargas Guatatuca se dedicó a soliviantar las bases sociales y políticas comunitarias del movimiento indígena. En el terreno económico-social, promoviendo la entrega de tierras en propiedad a través del “Consejo de Desarrollo de Pueblos del Ecuador” (Codenpe) dirigido por Nelson Chimbo, otro indígena, entre los tantos que fueron cooptados por el Estado, éste a cargo de la organización “no gubernamental” (ONG) “Amauta Jatari”. [6] En el terreno político, trató de crear una “Conaie” paralela para dividir el movimiento entre los partidarios del gobierno y los que le critican su orientación puramente asistencial de carácter proselitista y clientelar en detrimento de la ayuda genuina al desarrollo. [7] Según la misma fuente, el subsecretario Bolívar González, a quien se le atribuye el verdadero control del Ministerio de Bienestar Social, afirmó que el respaldo popular al gobierno es real y se basa en el trabajo realizado por el ministro Vargas a través de 3. 000 pequeñas obras como la citada.
El correlato político de esta operación a dos bandas, fue la intención de boicotear el II congreso de la Conaie, en diciembre de 2004, en Otavalo, y el intento posterior por parte de seguidores de Vargas, de ocupar la sede de la entidad, en Quito, que dificultó la posesión del nuevo consejo de gobierno, presidido por el dirigente histórico Luis Macas Ambuludi. En ese Congreso se denunció que:
Los diputados del bloque Pachakutik, lograron elaborar algunas leyes a favor de los pueblos indígenas, y últimamente reformas a la Constitución Política, pero las trabas para su aprobación se dan dentro del Congreso Nacional con el resto de partidos políticos que son de derecha y responden actualmente a intereses del gobierno actual, la lucha permanente ha sido con los partidos de derecha, (cuyos representantes hacen valer la mayoría burguesa de que siempre disponen para impedir resoluciones en aspectos fundamentales de la política de Estado, como es el caso de la) oposición directa (por parte del bloque Pachacutik) al ALCA-TLC, Plan Colombia y (a las) privatizaciones, (por lo que el II Congreso del CONAIE resolvió que) en adelante se trabajará en coordinación estrecha con las organizaciones indígenas.>> (Op. Cit..: http://conaie.org/?q=node/26 )
Esta misma estrategia de disolver las estructuras comunitarias en las estructuras burguesas de clase, se proyectó hacia la “Confederación de Indígenas de la Amazonía” (Confeniae), filial de la Conaie, cuya presidencia se disputan José Quenamá —apoyado por el ministro— y Luis Vargas, dirigente achuar, apoyado por la Conaie.
Antonio Vargas se valió de elementos de origen indígena ligados a él desde los tiempos de la CONAIE durante la rebelión del año 2000, como Ángel Gende, ex dirigente tsáchila, Carlos Cuji (chofer), el arquitecto N. Proaño, Alberto Zimbaña, —hasta hace poco director de “Operación Rescate Infantil” ORI). Ese equipo tiene sus interlocutores en provincias. En Cotopaxi están Manuel Miningalli, Juan Choloquinga y Alfredo Toaquiza; en Chimborazo e Imbabura, dirigentes de base de la Federación de Indígenas Evangélicos (Feine); en Tungurahua, Juan Tisantuña, Segundo Chiluisa y los directivos de Chibuleo; en Santo Domingo, Ángel Gende y William Aguavil, quien últimamente se habría separado del grupo; en la Amazonía, José Quenamá (Cofán), los ex diputados de Pastaza Héctor Villamil (con quien hizo las paces recientemente) y de Napo José Avilés, el dirigente huaorani Juan Onamenga y los dirigentes secoyas.
Esta política del gobierno también fue denunciada en el II Congreso de la Conaie respecto de la Ecuarunari:
En ECUARUNARI, con 33 años de lucha, trabaja en la reconstrucción de los pueblos kichwas, capacitación a mujeres líderes y jóvenes, trabajó con niños y adolescentes indígenas, apoyó a la legalización de la Universidad y luchas por defender la vida, contra el TLC, privatizaciones de agua, páramos y otros. Muchos dirigentes se han vendido por migajas luego de la ruptura de la alianza y el gobierno ha atacado a la organización mas representativa del país la CONAIE, con la finalidad de acabar con la misma, creando otras organizaciones paralelas fantasmas. Así mismo, las constantes amenazas de muerte a los dirigentes e infiltraciones de agentes en las organizaciones de base, pero en este Congreso por más que intente Gutiérrez, la CONAIE saldrá unida y fortalecida.>> (Ibíd)
Abandonado por sus aliados, Gutiérrez fue finalmente derrocado por el Congreso ante la pasividad de las fuerzas armadas, en medio de una masiva rebelión protagonizada por la clase media de Quito el 20 de abril de 2005, apoyada por la burguesía opositora, a quienes Gutiérrez llamó “los forajidos”. Pero esta política deletérea de las estructuras comunitarias indígenas por parte del Estado ecuatoriano, persiste, como que fue muy anterior a ese gobierno. Es una estrategia inspirada en los intereses del conjunto de la burguesía, por tanto, es una política de Estado que no depende de las diferencias de intereses particulares entre fracciones de sectores capitalistas que se generan en la sociedad civil, pero se dirimen en la superestructura política, en las instituciones del Estado a instancias de sus respectivos partidos políticos representativos. En los seis meses del gobierno de Gutiérrez, el Estado ha hecho sensibles progresos en este sentido, independientemente de que lo hiciera para mantenerse en el poder. Salvo excepciones muy contadas, las tácticas de las distintas fracciones de la burguesía en sus mutuas disputas por el poder político, muy raramente alcanzan el éxito si atentan contra la esencia social del Estado —la propiedad privada sobre los medios de producción— o contra su estabilidad política. Y el gobierno de Gutiérrez no ha sido una de esas raras excepciones:
<<Para Gutiérrez fue estratégico lograr desarticular la fuerza del movimiento indígena organizado en la CONAIE y así prolongarse en el poder. El sabía que al neutralizar, a sus ex aliados, a la mayor fuerza social del país podría gobernar e imponer su agenda hasta finales de su mandato, en enero del 2006. Y para esto, compró a ex dirigentes de la misma CONAIE (como su ex presidente Antonio Vargas), fortaleció su alianza con otros sectores campesinos e indígenas, como la Federación Nacional de Organizaciones Campesinas Indígenas y Negras (FENOCIN), la Federación de Indígenas Evangélicos (FEINE), con los cuales trazó una estrategia de confrontación permanente quitándole a la CONAIE el control de las instancias autónomas del movimiento indígena como la Dirección Nacional de Salud Indígena (DNSI), la Dirección Nacional de Educación Intercultural Bilingüe (DINEIB), el Consejo de Desarrollo de las Nacionalidades y Pueblos (CODENPE), y como si fuera poco hubo varios intentos por acabar con la conducción de la CONAIE. Hubo atentados contra la vida de dirigentes, encarcelamientos, infiltraciones y creación de organizaciones fantasmas y paralelas a las históricas. Además, el mismo hecho de que la CONAIE tuviera a muchos de sus cuadros políticos en los seis meses de cogobierno ocupando cargos públicos debilitó la estructura organizativa y se creó la desconfianza política al interior, porque algunos dirigentes se quedaron en las instancias del Estado pese a la ruptura. Y junto a todo esto se ha tensionado —y se sigue haciendo desde 1995— la fuerza social organizativa de la CONAIE al prestar muchos de sus cuadros al Movimiento Pachakutik, para ser autoridades electas en los poderes locales y nacionales, con lo que se han derivado contradicciones entre el movimiento social y el movimiento político que están sin resolverse todavía.>> Jairo Rolong: “Ecuador recobró la institucionalidad: ¿La democracia cuando?” http://www.alia2.net/article5052.html
Esto es así, en tanto que, como se ha dicho ya y tal parece que no es suficiente, las estructuras socio-económicas comunitarias son incompatibles con las estructuras de clase burguesas cuyo baluarte político es el Estado capitalista. Y el hecho de que los indígenas hayan venido aceptando ser parte de ese Estado, determina históricamente que la disolución de la comunidad rural en propiedad privada individual, tanto como sus organizaciones políticas, sólo sea una cuestión de tiempo, tal como ha venido sucediendo en otras partes del mundo y lo corrobora en toda la línea esta aleccionadora experiencia, sobre la que no nos hemos podido sustraer al necesario comentario en esta introducción.
Ahora, veintinco días después de la caída del gobierno de Gutiérrez, el pueblo ecuatoriano ha hecho suya la consigna “que se vayan todos” levantada por las clases subalternas argentinas en diciembre de 2001. Pero, a diferencia de aquellos, los indígenas ecuatorianos parece que quieren ser consecuentes con su significado, exigiendo al gobierno continuista burgués de Alfredo Palacio, que llame a un referéndum para decidir sobre dos cuestiones; la primera, que Ecuador salga del Tratado de Libre Comercio y se desmantele la base norteamericana de Manta; la segunda, convocar una Asamblea Nacional Constituyente al margen o sin injerencia de los partidos políticos. Es el denominado “parlamento del pueblo”, una idea que las masas indígenas ecuatorianas llevaron a la práctica durante la revuelta que protagonizaron en enero de 2000; tras tomar el poder durante unas pocas horas, sustituyeron el gobierno burgués por esa organización política resolutiva de tipo comunitario a la que dieron ese nombre. Así lo acaba de volver a plantear la CONAIE en un “Boletín de Prensa” fechado el 6 de mayo de 2005:
<<La Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador, CONAIE, exige al gobierno transitorio de Alfredo Palacio incluir en la Consulta Popular la pregunta sobre si los ecuatorianos queremos o no una Asamblea Constituyente sin ingerencia de los partidos políticos, adicional a las preguntas del TLC y la Base de Manta, para garantizar la refundación del país.>> (Op. Cit.)
A nosotros nos parece que, dada la naturaleza social y política del sistema capitalista, esto no se debe pedir ni exigir. Es imposible de conseguir por mediación de un gobierno burgués. Sólo es posible hacerlo como en enero de 2000, imponiéndolo directamente por la lucha cruenta y tenaz, que se proponga no sólo desalojar del poder político a la burguesía, sino eliminar esta categoría social confiscando sus propiedades y destruyendo su Estado, para fundar otro sobre bases sociales no capitalistas, esto es, sin propiedad privada sobre los medios de producción y de cambio. Implantar un Estado obrero-campesino, de esto se trata como condición ineludible para preservar y desarrollar las estructuras comunitarias indígenas.
Esta es la única forma de reafirmar la propiedad comunal de la tierra, quebrando la tendencia histórica —encarnada en la burguesía— hacia su disolución en propiedad privada; una tendencia que vino operando a través de sucesivas ofensivas de la burguesía internacional y el Estado capitalista nacional a través de sus distintos gobiernos de turno, como bien saben por experiencia las sucesivas generaciones de indígenas latinoamericanos, africanos y asiáticos, donde todavía se resisten a que desaparezcan sus tradicionales formas de solidaridad colectiva en el trabajo social sobre la base de la antigua propiedad común de ese medio de producción fundamental que es la tierra. Así pronosticaba Marx esta tendencia objetiva del capital en 1881:
<<Analizando la génesis de la producción capitalista, digo: “En el fondo del sistema capitalista existe, pues, la separación radical (por expropiación) del productor (individual) respecto de sus medios de producción….la base de toda esta evolución es la expropiación de los cultivadores. Hasta ahora sólo se ha realizado de una manera radical en Inglaterra…Pero todos los otros países de Europa Occidental recorren el mismo movimiento” (“El Capital” Libro I Cap. XXIV. Versión francesa)
La “fatalidad histórica” de este movimiento está así expresamente restringida a los países de Europa occidental .El por qué de esta restricción está indicado en este pasaje del capítulo XXXII: “La propiedad privada fundada en el trabajo personal (del campesino individual o pequeño productor libre)…será suplantada por la propiedad privada capitalista, fundada sobre la explotación del trabajo ajeno, sobre el asalariado (pequeño productor individual libre expropiado)>> (Ed. Cit. Lo entre paréntesis es nuestro)
En este movimiento occidental se trata, pues, de la transformación de una forma de propiedad privada en otra de propiedad privada (la fundada sobre trabajo personal y la fundada sobre trabajo enajenado o explotado). Entre los campesinos rusos, por el contrario (lo mismo que entre los indígenas latinoamericanos), habría que transformar su propiedad común en propiedad privada.. (Como así ha ocurrido en ese país desde 1862 hasta la revolución de octubre de 1917).>> (K. Marx: “Carta a Vera Zasulich” del 08/03/1881)
Para Marx, de no mediar una revolución social que anule en todos los ordenes de la vida social la propiedad capitalista y la explotación del trabajo ajeno, sería fatal que la comuna rural rusa estuviera condenada a transformarse en propiedad privada capitalista y los campesinos en asalariados, parte de ellos pasando por la categoría de arrendatarios o aparceros. Por extensión lógica, lo mismo cabe decir de las comunidades indígenas en Latinoamérica, proceso que muestra todas las evidencias de estar en curso de consumarse:
<<Sólo una revolución puede salvar a la comuna aldeana rusa. Los hombres que detentan el poder social y político (la burocracia zarista con el apoyo de la burguesía incipiente), hacen, además, todo lo posible a fin de preparar a las masas para este cataclismo. S i la revolución llega a tiempo, si la inteligentzia (intelectualidad revolucionaria) concentra todas las “fuerzas vivas” del país para asegurar el libre desarrollo de la comuna rural, ésta será pronto el elemento regenerador de la sociedad rusa y el factor de su superioridad sobre los países esclavizados por el capitalismo>> K. Marx: Op. Cit. Lo entre paréntesis es nuestro)
No hay, pues, otro camino, que la conformación de un bloque histórico de poder obrero-campesino en lucha por desbaratar el poder burgués y su Estado; en modo alguno puede ser una solución insistir en buscar un sitió dentro de ese Estado como medio para conservar la comuna rural. En este sentido, la consigna de “Asamblea Constituyente sin partidos políticos” es revolucionaria en tanto se la haga valer para el conjunto del país, lo cual supone, ipso facto, el enfrentamiento con el Estado.
Ésta es la primera enseñanza que se desprende del más elemental ejercicio de memoria histórica sobre las Asambleas Constituyentes que han estado en la génesis de los modernos Estados burgueses nacionales, y en sus refundaciones como salida exitosa de sus grandes crisis políticas que dieron continuidad a la tendencia histórica inmanente y permanente del capital, cual es, la de transformar todo trabajo libre remanente en asalariado para los fines de la acumulación. Explicar esta tendencia objetiva del capital en la cual se inscriben todas las Asambleas Constituyentes de la burguesía como instrumento para ese fin, tal ha sido el propósito de este trabajo.
No se trata, pues de “refundar” el Estado —como dice la CONAIE— porque eso —como la propia palabra lo indica— significa conservar el carácter burgués de ese Estado. De lo que se trata es de fundar un nuevo Estado, en que se constituya el nuevo poder social obrero-campesino políticamente dominante. Un Estado de tipo socialista en transición al comunismo. Ésta es la única realidad económica y política institucional compatible con la subsistencia de las estructuras comunitarias residuales de los indígenas latinoamericanos que tanto proclaman los dirigentes del movimiento indígena, y por las que los propios indígenas están dispuestos a entregar su vida. Cualquier otra proposición deriva inevitablemente en un total despropósito político, como la experiencia así lo ha confirmado hasta hoy.
Por su parte, los obreros e indígenas de Bolivia quieren la nacionalización de los recursos energéticos del país y que las regalías del petróleo reviertan en beneficio de la población más desfavorecida. ¿Es posible semejante propuesta en la actual etapa tardía del capitalismo sin eliminar el carácter de mercancía de los medios de producción de esos hidrocarburos? Pues NO. Lo prueban las tres nacionalizaciones de los productos del subsuelo que durante el siglo pasado se realizaron en Bolivia y siempre con el mismo resultado: la vuelta a manos privadas de su explotación, porque la burguesía, nacional e internacional, no puede dejar que los medios de producción de esos recursos dejen de servir para acumular más capital explotando trabajo ajeno. Más aun en las circunstancias actuales del capitalismo postrero, donde la masa de capital productivo excedente o supernumerario, presiona de tal modo sobre las fuentes de producción de plusvalor nacionalizadas, que la burguesías dependientes autóctonas no pueden resistirse sin que peligre la estabilidad económica y, por tanto, política del sistema en su conjunto. Ver: http://www.nodo50.org/gpm/crisis/09.htm
Entonces, la única garantía de que los beneficios de los recursos naturales del país sirvan para el desarrollo social de los explotados bolivianos, consiste en que la nacionalización del Gas y el petróleo sea administrada por un gobierno de carácter obrero con apoyo campesino. Y esto no se consigue llamando a una Asamblea Nacional Constituyente. ¿Por qué, pues, dar balones de oxígeno a una clase dirigente en aprietos para consolidar su dominio a través de ese tradicional instrumento de poder burgués que son las Asambleas Nacionales constituyentes? ¿Por qué no trabajar entre las masas promoviendo la alternativa orgánica de los soviets, del Poder obrero y campesino?
Precisamente, a petición de un compañero lector habitual de nuestra página, hace aproximadamente un año venimos realizando el presente trabajo de divulgación sobre la historia de las asambleas nacionales constituyentes a través de sus casos más significativos, para demostrar, apelando a la memoria histórica, cómo estas asambleas constituyentes cumplieron su papel constituyendo políticamente a la burguesía en tanto nueva clase dominante frente a las clases precapitalistas decadentes que le precedieron, y en tanto clase burguesa nacional dependiente, políticamente emancipada del capital metropolitano colonial en la periferia capitalista. Nada que ver con lo que objetivamente necesitan hoy en día las clases subalternas llamadas a suceder a la burguesía ya caduca, aunque aún en el poder.
2.-Constitución política de la burguesía en Francia
a) El desarrollo desigual del capitalismo en la génesis de la Asamblea Nacional Constituyente
Habíamos dicho que, en su origen, las asambleas constituyentes fueron formas políticas constitutivas de la burguesía en su conjunto, adecuadas a las formas económicas de la incipiente acumulación de capital, producto del proceso de transformación de una parte de los artesanos y campesinos en asalariados, de los terratenientes feudales en rentistas, de la renta territorial en capital financiero, y de buena parte del capital comercial en capital industrial o productivo; al mismo tiempo que, con retraso, se operaba el proceso de transformación en el status político de la burguesía en su conjunto que, de clase subalterna dentro de los Estados generales de la formación social feudal, pasó a ser clase políticamente dominante, y el Estado estamental o absolutista de tipo feudal, se convirtió en Estado democrático-formal —alternativamente dictatorial— de tipo capitalista o capitalista puro.
Ahora bien, el desarrollo desigual [8] del capital en los distintos países bajo dominio político feudal y, por tanto, el distinto carácter de las relaciones y vínculos entre la aristocracia feudal decadente y la burguesía ascendente, determinó que el proceso político de cambio revolucionario no fuera el mismo en todas partes. El gran señor feudal inglés, por ejemplo, al transformar las tierras de labranza en pastos para la cría de ovejas y la producción de lana con destino a la industria manufacturera de Flandes, favoreció mucho más la acumulación primitiva del capital, la expansión del trabajo asalariado y el desarrollo tecnológico en ese país, que sus homólogos en territorio continental europeo. En efecto, mientras en todos los países de Europa la producción se caracterizaba por la división de la tierra entre el mayor número de campesinos parcelarios tributarios que determinaban los ingresos y el consecuente poder económico y político de cada señor feudal, en Inglaterra se procedió a transformar al minifundo en latifundio para la cría de ovejas, al campesino, de indigente urbano desplazado del campo, en proletario, y al comerciante inglés de lanas, en capitalista industrial textil. Este vínculo entre los agentes sociales feudales productores de lana y los agentes sociales burgueses comerciantes y productores de lana, explica el conservadurismo de la burguesía inglesa en sus relaciones políticas con la aristocracia terrateniente, y el carácter mismo de la revolución capitalista en ese país:
<<El gran misterio para el señor Guizot, que sólo acierta a descifrar recurriendo a la inteligencia superior de los ingleses, el misterio del carácter conservador de la revolución inglesa, es la constante alianza en que la burguesía se halla con la mayor parte de los grandes terratenientes, alianza que diferencia esencialmente la revolución inglesa de la francesa, la cual, mediante la parcelación, destruyó la gran propiedad de la tierra. Esta clase de grandes terratenientes aliada a la burguesía y que, por lo demás, había nacido bajo Enrique VIII, no se encuentra –como la propiedad de la tierra (en Francia) en 1789— en contraposición, sino más bien en total armonía con las condiciones de vida de la burguesía. Su propiedad territorial no era, en realidad, una propiedad feudal, sino una propiedad burguesa.>> (K.Marx: “¿Por qué ha triunfado la revolución de Inglaterra? Discurso sobre la historia de la revolución de Inglaterra” París, 1850)
Y en “ElCapital”, abonando la última parte de este párrafo citado, Marx recuerda que, desde la última parte del siglo XIV:
<<La inmensa mayoría de la población [9] se componía entonces –y aún más en el siglo XV— de campesinos libres que cultivaban su propia tierra, cualquiera fuere el rótulo feudal que encubriera su propiedad. En las grandes fincas señoriales, el arrendatario libre había desplazado al bailiff (bailío) siervo él mismo en otros tiempos. Los trabajadores asalariados agrícolas se componían, en parte, de campesinos libres que valorizaban su tiempo libre trabajando en las fincas de los grandes terratenientes, en parte, de una clase independiente poco numerosa –tanto en términos absolutos como relativos—de asalariados propiamente dichos. Pero también estos últimos eran, de hecho, a la vez campesinos que trabajaban para sí mismos, pues, además de su salario, se les asignaban tierras de labor con una extensión de 4 acres y más, y asimismo cottages. Disfrutaban, además, a la par de los campesinos propiamente dichos, del usufructo de la tierra comunal sobre la que pacía su ganado, que les proporcionaba, a la vez, el combustible: leña turba, etc.>> (K. Marx: Op. Cit. Libro I Cap. XXIV)
Esta evolución singular, el camino más corto desde las relaciones de señorío y servidumbre hacia el capitalismo en Inglaterra, estuvo favorecida por la peste que se extendió sobre toda Europa durante la baja edad media, y supuso el golpe de gracia para la supremacía económica y política del sistema señorial. Esta epidemia diezmó la población activa hasta el punto de que el trabajo se convirtió en algo tan escaso y oneroso, que, con el fin de mantener sus tierras cultivadas para obtener ingresos, los señores feudales no pudieron permitirse el lujo de negar exenciones a sus campesinos.
En Inglaterra, donde los vínculos mercantiles y monetarios estaban relativamente más desarrollados, pocas propiedades señoriales sobrevivieron en el siglo XVI, y las tierras pasaron a ser cultivadas en su mayoría por pequeños propietarios o granjeros independientes, mientras las grandes propiedades que aún quedaban intactas empezaron a ser cultivadas por asalariados. Los señores seguían dominando políticamente la sociedad y con frecuencia ejercían una influencia patriarcal, pero los campesinos eran legalmente libres para cambiar de lugar de residencia y de trabajo. Esta condición social aceleró el proceso de conversión de los nobles en terratenientes puros y muchos campesinos en arrendatarios capitalistas.
Esta transformación ―hasta cierto punto― “natural” de las relaciones de producción feudales en relaciones capitalistas, determinó una creciente dependencia material de la nobleza residual ―cada vez más decadente― respecto de la cada vez más poderosa burguesía inglesa. De hecho, en la medida en que la peste fue diezmando la población de siervos y buena parte de los supervivientes compraba su libertad vendiendo los excedentes de su trabajo en condiciones de tiempo libre, mermaban los ingresos del reino en concepto de prestaciones, diezmo y demás tributos, a la vez que los gastos crecían en términos absolutos respecto de los gastos, la nobleza creó los parlamentos para convocar allí a los burgueses ―lamados “comunes”―, a fin de negociar con ellos las condiciones en que estarían dispuestos sufragar los déficits de la Corona. Muy pronto se implantó la costumbre de que antes de aceptar nuevos impuestos se presentaran las quejas con antelación. Este creciente condicionamiento de los señores feudales por la burguesía, creó, a su vez, las condiciones para que, en determinado momento ―a principios del siglo XVII— la burguesía, a instancias del Parlamento, se embarcara en una lucha por la supremacía política con la Corona. El resultado fue la Guerra Civil inglesa. Para acabar con los problemas que enfrentaban a los monarcas con los representantes parlamentarios, fue preciso emprender una nueva lucha más avanzado el siglo.
Los parlamentarios ganaron finalmente la Guerra Civil inglesa gracias al apoyo de Escocia y, sobre todo, debido al liderazgo militar de Oliver Cromwell, quien creó las unidades militares que servirían de base para el Nuevo Ejército (New Model Army). Con el apoyo de estos nuevos regimientos, Cromwell depuró el Parlamento de todos los miembros opositores. El Parlamento Rabadilla (Rump Parliament) llevó a juicio a Carlos I que fue ejecutado el 30 de enero de 1649; abolió la monarquía y la Cámara de los Lores y estableció en Inglaterra un régimen protorepublicano (denominado Protectorado o Commonwealth), que aunaba aspectos monárquicos y parlamentarios.
Después de la Revolución Gloriosa (1688-1689) quedó claro que los monarcas gobernaban con el respaldo del Parlamento, creándose un sistema de equilibrio entre ambos poderes que serviría de modelo a todo el mundo occidental, que se continúa en la actualidad. En 1694, la burguesía inglesa ya dispuso del primer banco emisor: el Banco de Inglaterra.
Por tanto, las condiciones económico-sociales sobre las que discurrió el proceso político que culmino con el ascenso de la burguesía como clase dominante en Inglaterra, configuró un proceso político específico, en el que la burguesía de ese país no tuvo necesidad de crear ninguna institución política constituyente, porque se la encontró hecha para ella por la propia nobleza. En el continente europeo, en cambio, las condiciones económico-sociales exigieron que fuera el pueblo (conglomerado de perqueñoburguesía y proletariado), con el apoyo pasivo de la burguesía, quien ―en un primer acto― debiera imponer la constitución política de la burguesía como nueva clase dominante, y que esta constitución pasara por un proceso más lento, más complejo, más cruento y formalmente distinto: los gobiernos provisionales y las asambleas constituyentes.
b) De la monarquía absoluta a la Primera República jacobina
Como consecuencia del atraso relativo en su proceso de acumulación de capital, a diferencia de Inglaterra la burguesía continental europea debió evolucionar por el camino económico y social más largo. Esto determinó que el régimen político señorial no fuera abolido en Francia hasta las postrimerías del siglo XVIII, en el Imperio Austro-Húngaro a mediados del siglo XIX, y en Rusia en 1861, y en Alemania en 1918. España, por ser este país uno de los más atrasados de Europa, las Cortes reunidas en Cádiz durante la guerra de la Independencia iniciaron el desmantelamiento de los señoríos en 1811, proceso que culminaría en 1837.
Así, la primera derrota política de la nobleza en territorio europeo sucedió en 1789 y se tradujo en la primera Asamblea Constituyente, surgida del gobierno provisional resultante de la insurrección del conglomerado policlasista francés (burguesía, pequeñoburguesía y proletariado) llamado “pueblo”, en París, el 14 de julio. En virtud del mandato implícito del proletariado, la burguesía se constituyó como nueva clase políticamente dominante: se abolieron todos los privilegios feudales, la nobleza hereditaria y los títulos nobiliarios; se confiscaron las propiedades de la Iglesia poniéndola bajo jurisdicción del nuevo Estado laico; se instauró un nuevo régimen legislativo, ejecutivo y judicial, creando un gobierno parlamentario y una monarquía hereditaria subrogada a sus decisiones, a la vez que una asamblea legislativa elegida por sufragio indirecto, limitado a los “ciudadanos” que pagaban impuestos.
Tras intentar huir de Francia para refugiarse en uno de los dos países de la llamada “Santa Alianza” y sumarse a la reacción absolutista, Luis XVI fue detenido y encarcelado. Y, como consecuencia de este acto, en abril de 1792 la Asamblea declaró la guerra a Austria y Prusia. Ante las primeras derrotas, la posibilidad cierta de que el enemigo invadiera Francia tratando de liberar al monarca y acabar con la revolución, la burguesía francesa respondió con una insurrección popular el 10 de agosto, que dio pie a la elección por sufragio universal masculino, de una nueva Asamblea General Constituyente ―llamada Convención Nacional— por la cual, en setiembre se abolió la monarquía y se instituyó la I República francesa.
Durante la crisis política generada por la invasión extranjera, la rebelión interna, la penuria de alimentos y la vacilación entre los altos cargos del flamante gobierno, la Convención autorizó a que el poder ejecutivo se concentrara en el Comité de Salud Pública. Éste, dominado por la facción burguesa radical “jacobina”, inauguró el denominado Reinado del Terror para eliminar a los enemigos de la revolución. El monarca Luis XVI fue juzgado y ejecutado en enero de 1793; la reina, sus descendientes, miles de nobles y numerosos ciudadanos corrieron la misma suerte. El Comité decretó el control de precios y el racionamiento sobre los productos básicos, siendo requisados los bienes de quienes habían sido condenados, se ordenó el servicio militar obligatorio y la organización y equipamiento de los nuevos ejércitos.
En el curso de los cuatro años que duró la guerra, el Directorio estuvo amenazado desde la derecha por los monárquicos ―quienes pugnaban por la restauración dinástica― y, desde la izquierda, por los jacobinos, empeñados en consolidar una república democrática de los pequeños explotadores de trabajo ajeno inspirada en los valores espirituales predominantes en las ciudades Estado griega y romana clásicas. Mientras tanto, el Termidor, [10] Napoleón Bonaparte, a la espera de la condiciones políticas para acabar definitivamente con él. En 1794, cuando el ejército francés se impuso al de Prusia logrando alejar el horizonte de una intervención de las potencias absolutistas, la burguesía provocó una reacción contra el régimen jacobino, que fue eliminado mediante un golpe de Estado en el mes de julio.
La burguesía francesa no se podía constituir políticamente como clase económicamente dominante, si la organización de ese régimen político no representaba íntegramente su propia esencia social, basada en la libre expansión del trabajo asalariado, sin trabas políticas de ninguna especie. Y el caso es que los revolucionarios jacobinos, representantes de la pequeñoburguesía y demás clases populares (sans-culottes) [11] , pretendieron representar a la naciente sociedad moderna desde un justo medio imposible entre los intereses históricos de sus dos clases universales antagónicas. Un sector decisivo de la de la sociedad, aunque, carente de intereses históricos propios, no puede tener una propia filosofía política de gobierno. Esto explica que los jacobinos hayan debido abrevar en su edad de oro perdida, en la República de los pequeños propietarios esclavistas, una comunidad constituida por unidades sociales económicamente autosuficientes, organizadas según el modelo de la familia monogámica, como si se tratara de átomos sin mayores necesidades fuera de las naturales o de subsistencia, que experimentan y satisfacen por sí mismos.
En semejantes condiciones, el fin del Estado nacional es mantener a esos átomos políticamente cohesionados cada uno dentro de su aislada individualidad. Y el fin de esos átomos es preservar el Estado nacional que les garantiza la existencia como tales individuos o unidades familiares, dentro de esa comunidad basada en el trabajo esclavo (excluido de la comunidad política), para la producción de riqueza dentro de los límites de su limitada propiedad, como fue el caso en las ciudades Estado griega y romana clásicas.
Pero la propiedad individual capitalista, no casa con la autosuficiencia en la pequeña comunidad de la república esclavista; los burgueses, como individuos no se consideran átomos autosuficientes sino sujetos interdependientes que necesitan del trabajo libre, y de relaciones mercantiles donde cada uno de ellos tiende irresistiblemente a que los demás sean su propio medio de vida. El concepto jacobino de representación política de la libertad y la justicia sujetas a la virtud de la moderación, fue completamente ajeno al principio activo del capitalismo puro y duro, con su monopolio de la propiedad privada y la explotación del trabajo asalariado sin más límite que la masa de capital disponible. Por tanto, este tipo de sociedad y Estado anacrónicos sólo pudieron sostenerse durante algún tiempo mediante la práctica del terror: primero aplicado sobre los representantes políticos del corrupto privilegio absolutista de la nobleza, después, sobre los partidarios de la lógica del capitalismo sin freno. La forma en que finalmente se resolvió este conflicto, es la demostración más categórica de que la individualidad de la monarquía absoluta en Francia, no pudo pasar sin solución de continuidad a la universalidad de la democracia capitalista pura, sin pasar por la particularidad de la democracia de término medio entre los dos extremos de la contradicción, valores que los jacobinos pugnaron ingenua e infructuosamente por preservar, elevándolos a las más altas instancias del Estado que, en las condiciones burguesas de entonces, no podía ser democrático:
<<¿Cuál es ―pregunta Robespierre en su “Discurso sobre los principios de la moral pública” (sesión de la Convención del 5 de febrero de 1794)― el principio fundamental del gobierno popular o democrático? La virtud. Me refiero a la virtud pública, que tantas maravillas realizó en Grecia y en Roma y que aún llegará a ser más admirable en la Francia republicana; a la virtud, que no es otra cosa que el amor por la patria y por sus leyes>> (Op. Citada por K. Marx en: “La sagrada familia o crítica de la crítica crítica. Contra Bruno Bauer y consortes” 1845)
Para los burgueses, nunca hubo más patria que las ganancias del capital, ni más ley que la del valor. Por tanto, no podían conjugar su presente en el pretérito político desde el que pretendían verbalizar los jacobinos. Ese modelo político de sociedad debía, pues, ser destruido. Pero en el momento en que la cantidad de capital en funciones exigió a la burguesía un cambio cualitativo en su antigua forma de manifestación política relegada al tercer Estado, carecía de la capacidad industrial necesaria para integrar el feudalismo en el capitalismo, como pudo hacer la burguesía inglesa un siglo antes. De ahí que, desde su condición de tercera categoría dentro de los Estados Generales de Francia, bajo dominio político de la aristocracia decadente, no se atrevió a eliminar tan rápidamente ―ni de modo tan brutal― la base material del feudalismo: la pequeña propiedad, ni ejecutado a Luis XVI y a toda su corte de aristócratas terratenientes, que les facilitó su ascenso al poder político. Esto explica que, antes de universalizar su poder político, la burguesía francesa hubiera de pasar por particularismo pequeñoburgués de los jacobinos:
<<La medrosa y prudente burguesía francesa, habría necesitado décadas enteras para realizar esta labor. La acción sangrienta del pueblo no hizo más que allanarle el camino.>> (K. Marx: “Crítica moralizante y moral critizante” en la “Gaceta Alemana de Bruselas”. 11/11/1847)
Un año después de este peculiar desenlace, ante un proletariado todavía no constituido en clase autoconsciente de sus intereses históricos, la burguesía francesa sí tuvo ya el valor suficiente para ajustar cuentas con los jacobinos, empleando con ellos la misma brutalidad que no supieron emplear contra la nobleza. Así fue cómo la Convención Nacional adoptó una Constitución, que instituyó un régimen republicano a cargo de un Directorio de cinco miembros ―que ejercería el poder ejecutivo― y un poder legislativo dividido en dos cámaras elegidas indirectamente, de modo que la burguesía se aseguraba así el predominio político de los ciudadanos propietarios.
c) De la Primera República al Imperio de Napoleón Bonaparte.
Pero la tarea de su constitución definitiva como clase nacional no estaba todavía terminada. Porque, a diferencia de Inglaterra, separada físicamente del continente, la burguesía francesa estaba rodeada de potencias feudales poderosas, como Austria, Prusia, y, en menor medida, Italia, con su retaguardia en la poderosa Rusia. Así, en noviembre de 1799, Napoleón y sus seguidores derrocaron al Directorio y un mes después, establecieron el Consulado. Inmediatamente, Napoleón se nombró a sí mismo jefe de Estado. Y la nueva Constitución, que él mismo promulgó, estableció los poderes esenciales del cargo que asumió como primer cónsul. Había nacido el Primer Imperio.
El emperador que rompió la continuidad de la I República francesa, se presentó ante sus súbditos franceses como un hombre pacífico que pondría fin a los largos años de guerra, pero una vez en el poder, insistió en que la única forma de conseguir la paz y la prosperidad para la “patria” francesa (léase, la expansión del capital francés), era a través de la victoria sobre los enemigos de Francia, todavía aliados en la Segunda Coalición.
En síntesis: Marx decía en 1851 ―parafraseando a Hegel― que “la tradición de todas las generaciones muertas, oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”, quienes, debiendo hacer su propia historia, al principio no pueden dar un paso sin repetir los paradigmas legados por su tradición, condicionados como están por su pasado:
<<Es como el principiante que ha aprendido un idioma nuevo: lo traduce siempre a su idioma nativo, y sólo se asimila el espíritu del nuevo idioma, sólo es capaz de producir (pensar, hablar y actuar) libremente en él, cuando se mueve dentro de él sin reminiscencias y olvida en él su lengua natal.>> (K. Marx: “El 18 Brumario de Luis Bonaparte” I)
Y así como para dar el paso de sacudirse a la nobleza dentro de sus propias fronteras, la burguesía francesa empezó pensando, hablando y actuando en el idioma de su antecedente histórico inmediato: la antigua República esclavista romana ―a instancias de los Robespierre y los Saint Just―, para empezar a hablar, pensar y actuar en su propio idioma ―sin reminiscencias del pasado— tanto dentro como fuera de Francia, los burgueses de ese país hubieron de comenzar a pensar, hablar y actuar, en el idioma del Imperio:
<<Si examinamos aquellas conjuras de los muertos en la historia universal, observamos enseguida una diferencia que salta a la vista. Camile Desmounlins, Danton, Robespierre, Saint-Just, Napoleón, lo mismo lo héroes que los partidos y la masa de la antigua revolución francesa, cumplieron bajo el ropaje romano y con frases romanas, la misión de su tiempo: es decir, la eclosión e instauración de la sociedad burguesa moderna. Los primeros destrozaron la base del feudalismo y segaron las cabezas feudales que habían brotado en ella. Napoleón creó en el interior de Francia las condiciones bajo las cuales podía desarrollarse la libre concurrencia, explotarse la propiedad territorial parcelada, utilizarse la fuerzas productivas industriales de la nación, que habían sido liberadas; mientras que, del otro lado de las fronteras francesas, barrió por todas partes las formaciones feudales, en el grado en que esto era necesario para rodear a la sociedad burguesa de Francia en este continente europeo, de un ambiente adecuado, acomodado a los tiempos. Una vez instaurada la nueva formación social, desaparecieron (del espíritu de la sociedad francesa) los colosos antediluvianos y, con ellos, el romanismo resucitado: Los Bruto, los Graco, los Publícola, los tribunos, los senadores y hasta el mismo César. Con su sobrio realismo, la sociedad burguesa se había creado sus verdaderos intérpretes y portavoces en los Say, los Cousin, los Royer Collard, los Benjamín Constant y los Guizot; sus verdaderos generalísimos estaban en las oficinas comerciales, y la “cabeza mantecosa” de Luis XVIII era su cabeza política.>> (K.Marx: Op.cit)
La primera enseñanza de la historia en torno a este asunto que nos ocupa, es que, lógica e históricamente, ambos instrumentos políticos, el Gobierno provisional y la Asamblea Constituyente, tuvieron como antecedente o condición de existencia, la sustitución de la clase feudal históricamente decadente por la nueva clase burguesa dominante, en una revolución más o menos cruenta, que se llevó a término, sea directamente conformando una Asamblea Nacional Constituyente ―como en América del Norte― o a través de un gobierno provisional de facto ―es decir, ya en el poder― de la clase sustituta ―como en Europa.
Los Gobiernos Provisionales y las Asambleas Constituyentes, surgieron por primera vez en la sociedad moderna, como resultado y exigencia de revoluciónes sociales previas, para sustituir NO a una dinastía por otra o a una forma de gobierno por otra de la misma clase feudal en el poder, dentro de una misma formación social y de un mismo tipo de Estado, SINO a una clase históricamente dominante por otra, para remplazar las relaciones sociales vigentes (de señorío y servidumbre) y a su correspondiente tipo feudal o estamental de Estado, por otras relaciones sociales nuevas (entre burguesía y proletariado), a las que corresponde un tipo de Estado tambien nuevo: el Estado capitalista, a fin de completar la nueva formación social burguesa que le ha servido de base, en un proceso más o menos cruento.
Inmediatamente después de esa lucha por el poder, la clase de facto dominante, en un segundo acto político constitutivo, procedió a legitimar y a legalizar ese poder, instituyendo las formas jurídicas y políticas adecuadas a su naturaleza económica y social de clase dominante, que, a la vez, conforman el carácter o tipo social de su Estado. O sea, que la verdadera partera en toda esta historia, no ha sido el derecho por acuerdo previo de partes en ninguna asamblea o gobierno, sino la violenta imposición por vía de los hechos; no ha sido ni la voluntad popular libre y pacíficamente expresada ni la ley, sino la determinación política de un colectivo social, de una clase, que realiza bélicamente su predominio sobre otra, imponiendo ¡su propia ley!. Desde entonces, la clase triunfante pasa a ser dominante al interior de una nueva sociedad y de sus propias instituciones concebidas y estructuradas para ese fin, para ejercer su voluntad política particular ―predeterminada por una necesidad histórica objetiva— sobre las demás clases, que así pasan a ser subalternas.
Segunda enseñanza de la revolución francesa
La revolción social francesa ratificó, también, que todo pasaje histórico de una formación social a otra no es un proceso contínuo sino interrumpido, con marchas y contramarchas, triunfos y derrotas.
Así, tras la derrota de Napoleón en Rusia, cayó también su imperio, dando inicio a la llamada “restauración” política de la aristocracia en Europa. Él, que no fue ningún soñador, comprendió que la esencia del Estado moderno estaba en el desarrollo sin trabas del capital nacional, en el libre juego de los intereses privados, etc., pero, al mismo tiempo, tal como Robespierre, Danton y Saint Just, pensó en el Estado nacional ―la patria— no como el instrumento de la clase (burguesa) que lo creó a su imagen y semejanza, sino como un fin en sí mismo, absolutamente incondicionado:
<<Tras la caída de Robespierre, la ilustración política y el movimiento, se precipitaron hacia un punto en que habían de convertirse en botín de Napoleón, quien, poco tiempo después del 18 Brumario [12] pudo decir: “con mis prefectos, mis gendarmes y mis curas, puedo hacer de Francia lo que se me antoje”>> (K. Marx: Ibíd)
Al embarcarse en una guerra imperial, Napoleón preparó el terreno a una futura expansión promisoria del capital nacional global francés. Pero, en el corto y mediano plazo, conspiró inconscientemente contra ella debilitando a la burguesía industrial y poniendo el Estado a los pies de la burguesía financiera aliada circunstancial de la aristocracia. En este sentido, como dijera Marx:
<<Napoleón Bonaparte “satisfizo el egoísmo nacional francés hasta la saciedad, pero a expensas de una enorme deuda interna (de guerra) cuyo rescate enriqueció a la aristocracia financiera en cuyos sótanos conspiraba la Restauración, y la recaudación de numerosos impuestos para pagarla esquilmó las ganancias de la burguesía y sumió en la miseria a las familias trabajadoras de la ciudad y el campo>> (Ibid. Lo entre paréntesis nuestro)
Al haber operado semejante independencia política del Estado respecto de su base económica capitalista dominante, el imperio napoleónico se enajenó el apoyo político de la mayoría social ya asentada sobre esa base: la burguesía, el campesino parcelario y el proletariado urbano. Ante el rechazo de esa masa social mayoritaria por un gobierno que, concebido para ser sirviente de la sociedad civil intentó convertirse en amo y señor absoluto de ella, como si no tuviera derecho a una voluntad propia, el Imperio militar napoleónico vio ceder bajo sus pies el suelo sobre el que se había erigido, sacando demasiado tarde ya, la enseñanza de que “las bayonetas pueden servir para todo menos para sentarse sobre ellas”. La definitiva derrota del emperador en junio de 1815, entronizó a Luis XVIII, pero no pudo volver atrás con las reformas sociales de la propiedad territorial ni con otras numerosas leyes integradas en el Código Napoleónico que hasta hoy rigen la vida social francesa. Pero las potencias extranjeras triunfantes impusieron a Francia la ocupación militar de dos tercios de su territorio durante cinco años, y el pago de una fuerte deuda de guerra.
d) De la Restauración política de la nobleza a la revolución de julio de 1830.
Bajo estas nuevas condiciones, las fuerzas burguesas progresistas sufrieron un retroceso político considerable. La llamada “segunda Restauración” se hizo sentir tanto por el “terror blanco” contra bonapartistas y republicanos, como porque las primeras elecciones parlamentarias, celebradas en 1815, dieron el poder a una cámara ultrarrealista partidaria de una política reaccionaria. En 1816, Luis XVIII disolvió esta cámara bajo la presión de las potencias europeas. Pero en las siguientes elecciones resultaron mayoría los monárquicos moderados, en medio de una mejora de la situación económica.
En 1818 finalizó la ocupación extranjera y Francia fue readmitida en los foros internacionales europeos, ingresando en la Santa Alianza. Pero dos años después, a raíz del asesinato del heredero al trono ―el duque de Berry― al gobierno de los moderados le sucedió el gobierno partidario de los Borbones, y a la coronación, en 1824, de su máximo exponente, el conde de Artois, como rey de Francia con el nombre de Carlos X.
Los liberales republicanos protestaron
anunciando al pueblo que las libertades francesas peligraban, pero en una
coyuntura de prosperidad general en que Francia pudo recuperar su ritmo normal
de vida, los Borbones pudieron gobernar sin contratiempos. Esta situación
duró lo que la economía en volver a una nueva depresión pasado el año 1826.
Tras haber perdido las elecciones generales de 1827. El clima político volvió
a enconarse cuando, en agosto de 1829, Carlos X nombró presidente del Consejo
al ultra monárquico príncipe de Polignac, lo que crispó a los diputados liberales
y a la prensa. En marzo de 1830, la mayoría liberal de la Cámara de Diputados
publicó el “manifiesto de los
<<Después de la revolución de julio, cuando el banquero liberal Laffittte, acompañó en triunfo al Hôtel de Ville (Ayuntamiento de París) a su compadre, el duque de Orleáns (Luis Felipe), dejó caer estas palabras: “Desde ahora dominarán los banqueros”. Laffitte había traicionado el secreto de la revolución.
La que dominó bajo Luis Felipe no fue la burguesía francesa, sino una fracción de ella, los banqueros, los reyes de la Bolsa, los reyes de los ferrocarriles, los propietarios de minas de carbón y de hierro y de explotaciones forestales y una parte de la propiedad territorial aliada a ellos. Ella ocupaba el trono, dictaba leyes en las cámaras y adjudicaba los cargos públicos, desde los ministerios hasta los estancos (quioscos estatales de sellos y timbres para trámites públicos)
La burguesía industrial propiamente dicha constituía una parte de la oposición oficial, es decir, sólo estaba representada en las Cámaras como una minoría. Su oposición se destacaba más decididamente, a medida que se destacaba más el absolutismo de la aristocracia financiera y a medida que ella, la propia burguesía industrial, creía tener asegurada su dominación sobre la clase obrera, después de las revueltas de 1832, 1834 y 1839. [14]
En general, la inestabilidad del crédito
y la posesión de los secretos (información privilegiada) de éste, daban
a los banqueros y a sus asociados en las Cámaras y en el trono, la posibilidad
de provocar oscilaciones extraordinarias y súbitas en la cotización de los
valores del Estado, cuyo resultado tenía que ser siempre, necesariamente,
la ruina de una masa de pequeños capitalistas, y el enriquecimiento fabulosamente
rápido de los grandes especuladores. Y si el déficit del Estado respondía
al interés directo de la fracción burguesa dominante, ello explica por qué
los gastos públicos extraordinarios hechos en los últimos años
del reinado de Luis Felipe, ascendieron a mucho más del doble de los gastos
públicos extraordinarios hechos bajo Napoleón, habiendo alcanzado casi la
suma anual de 400.000.000 de francos, mientras que la suma total de la exportación
anual de Francia, por término medio, rara vez se remontaba a los 750.000.000.>>
(K. Marx: “Las luchas de clases en Francia 1848
Toda esta situación había sido generada por la aristocracia financiera, con su práctica del enriquecimiento, no precisamente por medio de la explotación directa y general del trabajo ajeno y la distribución de los beneficios según lo determinado por la tasa media de ganancia. Este negocio burgués por excelencia en condiciones de expansión, donde todos ganan en proporción al capital con que participan en él, fue reemplazado en gran medida por el juego especulativo, donde lo que unos ganan, otros lo pierden, porque lo que está en disputa no es el plusvalor creado sino el mismo capital ya acumulado que se sustrae a la inversión productiva. Marx observaba cómo esta tentación por el “dinero fácil” convertida en irresistible frenesí, no sólo se apoderó de los pequeños ahorristas por el efecto demostración de lo que se veía en las pizarras de la Bolsa que estaba haciendo de hecho la aristocracia financiera, sino a través de los medios de prensa dominados por ella. Y hasta que extremos este afán de enriquecimiento “malsano” estuvo acompañado por los excesos más disolutos en la consecución de los placeres de la vida en la cabeza podrida del pescado en que se había convertido la sociedad de aquella época.
La contrapartida sociológica de estos métodos de reparto: la lujuria y el placer en las más altas esferas en posesión de información privilegiada, lumpenizó a la sociedad por sus dos extremos. Creó una aristocracia dineraria que desde los excesos del placer, hubo de pasar por el mismo infierno de hospitales, asilos y manicomios, cuando no por la cárcel y el patíbulo, a los que también llegó buena parte del proletariado desde la miseria y la desesperación del paro, mientras la burguesía industrial representada por los republicanos puros agrupados en torno al National, y los sectores medios amenazados por la podredumbre social desde arriba y desde abajo, clamaban por una solución que ellos se sentían incapaces de dar. Mientras tanto, los especuladores:
<<Las fracciones no dominantes de la burguesía francesa clamaban: ¡Corrupción! El pueblo gritaba: ¡A bas les grands voleurs! A bas les assassins [15] cuando en 1847, en las tribunas más altas de la sociedad burguesa, se presentaban públicamente los mismos cuadros que, por lo general, llevan al lumpenproletariado a los prostíbulos, a los asilos y a los manicomios, ante los jueces, al presidio y al patíbulo. La burguesía industrial veía sus intereses en peligro, la pequeñoburguesía estaba moralmente indignada; la imaginación popular se sublevaba. París estaba inundado de libelos: La dynastie Rotschild. Les juifs rois de l´époque [16] etc., en los que se denunciaba y anatematizaba, con más o menos ingenio, la dominación de la aristocracia financiera. (K. Marx: Op. Cit.)
e)Del Manifiesto Comunista como guía para la acción, al Manifiesto Comunista como tópico
En esos momentos ―enero de 1848― Marx y Engels publicaban en Alemania “El Manifiesto Comunista” donde fijaban los principios generales y la táctica que, en ese contexto histórico, debían adoptar los obreros revolucionarios en países como Francia, Suiza, Polonia y Alemania, tras haber considerado las condiciones objetivas y la correlación de fuerzas fundamentales entre las clases en cada uno de ellos.
Respecto de los principios generales, decían allí que:
<<Los comunistas luchan por alcanzar los objetivos inmediatos de la clase obrera; pero, al mismo tiempo, defienden también, dentro del movimiento actual, el porvenir de ese movimiento>> (K.Marx-F.Engels: Op.cit. Cap. IV. Enero de 1848)
En Francia, dado el incipiente desarrollo de la burguesía industrial y el consecuente poco peso social relativo del proletariado respecto de las clases propietarias, en el contexto político de un Estado bajo predominio residual de la Aristocracia, Marx y Engels estimaban que, en lo inmediato, el carácter de la revolución en ese país no podía ser socialista. Era antes necesario implantar la república burguesa para que las relaciones capitalistas de producción pudieran multiplicarse y extenderse a nivel nacional, como condición previa de que los obreros revolucionarios pudieran fundir su táctica política con la estrategia de poder socialista. Por tanto, ante tales condiciones objetivas, Marx y Engels aconsejaron que los principios estratégicos generales debían, pasar por la táctica de lucha con arreglo al objetivo inmediato de acabar en ese país con los condicionamientos políticos de tipo feudal que impedían el libre desarrollo del capital y, por tanto, la expansión social del proletariado, luchando por entronizar la República burguesa. Para eso, proponían concretamente:
<<En Francia, los comunistas se suman al Partido Socialista Democrático [17] contra la burguesía conservadora y radical, sin renunciar, sin embargo, al derecho de criticar las ilusiones y los tópicos legados por la tradición revolucionaria.>> (Op. Cit. El subrayado es nuestro)
Etimológicamente, el vocablo “tópico” es la asimilación latina de la palabra griega topikós, derivada de topos, que significa lugar. Es sinónimo de “lugar común”, “camino trillado” o “idea de andar por casa”. Alude a un concepto cuyo sentido originario, relativo a determinadas condiciones históricas, es elevado por la tradición retórica a idea válida para todo tiempo y lugar. Literalmente, el diccionario define la cuarta acepción del sustantivo “tópico” del modo siguiente:
<<Lugar común que la retórica antigua convirtió en fórmula o cliché fijo y admitido, o en esquema formal o conceptual, de que se sirvieron los escritores con frecuencia.>>
En su versión original alemana, este pasaje del “Manifiesto” aparece así:
In Frankreich schließen sich die Kommunisten an die sozialistisch-demokratische* Partei an gegen die konservative und radikale Bourgeoisie, ohne darum das Recht aufzugeben, sich kritisch zu den aus der revolutionären Überlieferung herrührenden Phrasen und Illusionen zu verhalten>> (Op. cit.)
Aquí, el sustantivo femenino “Phrase”, es un giro gramatical o modismo derivado del peyorativo familiar “inhaltsleere Formel” (fórmula inalterable). “Inhalstleere” es un sustantivo masculino que significa inalterabilidad, sinónimo de “unverlanderlich” (invariable), “bestandig” (permanente) y “unerschütterlich” (imperturbable). La expresión “Phrasendreschen” se usa familiarmente para designar al “Scharlatan in” (engañador), que “habla con klischee” (en inglés: “cliche” sinónimo de “commonplace”) que significa “lugar común” o neutro, es decir, en alemán: “leere worte” (palabra vacía o sin sentido).
A su vez, de “phrasendreschner” se deriva –como adjetivo— “schwatzhaft” (hablador); “klatschhaft” (chismoso); “Schwinderich” (embaucador); como sustantivo: “schwätzer” (hablador), “klatschaul” (chismoso), “schwindler” (embaucador), “scharlatan in” (engañador”), “marktscherier” (vendedor), “quacksalber” (curandero); “Kurpfuscher in” (charlatán, curandero, curioso, compositor). El término homólogo castellano de “Dreschen”, es el verbo trillar, que literalmente significa quebrantar a mies para separar la paja del trigo. Se usa en sentido figurado para denotar el hábito de atribuir el mismo significado a distintas cosas, o de repetir el mismo comportamiento ante distintas situaciones de hecho; en Cuba y Puerto Rico se usa para designar la acción de afirmar un camino; “dreschen” deriva “dressieren” (adiestrar), hacer escuela de lugares comunes.
Por último, el sustantivo femenino “Phrase” parece tener la misma raíz etimológica que el sustantivo masculino “praxis” o “Ürbung”, términos ambos etendidos como pura experiencia personal, esto es, die Erfahrung (la experiencia) como criterio absoluto de verdad: “aus (eigener) erfahrung” [por experiencia (propia)]; “eine erfahrung machen” (tener una experiencia); “die erfahrung machen das” [hacer la experiencia de (...) o comprobar que (...)]; “er hat damit schlechte” (a él le ha dado malos resultados); “etwas in erfahrung bringen” (enterarse de algo); “nach meiner erfahrung” (la experiencia que yo tengo de...); cheltse übung kommen (perder la práctica); “übung (o praxis) in etw haben” (tener práctica en algo); übung macht den Meister (la práctica hace al maestro); “langjahrige praxis” (años de práctica); “in der praxis sieth das anders aus” (en la práctica es diferente); “eine idee in die praxis umsetzen” (poner una idea en práctica, llevarla a la práctica). Para una crítica del concepto stalinista de praxis, ver: http://www.nodo50.org/gpm/bipr/13.htm; http://www.nodo50.org/gpm/cis/11.htm; http://www.nodo50.org/gpm/lucha-clases/02.htm
¿Cuáles eran los “tópicos”, las palabras sin sentido, los caminos trillados, el curanderismo social y político a que se refirieron despectivamente Marx y Engels en el “Manifiesto”? El siguiente relato de Pavel Vasilievitch Annenkov ―recogido por el reciente premio nobel de literatura Hans Magnus Enzensberger, en su obra:“Conversaciones con Marx y Engels”― bien vale la misa para contestar esta pregunta. Cuenta Annenkov que cuando, en 1846 inició su viaje por Europa, un “bon vivant” conocido suyo, el latifundista “de las estepas rusas” llamado Tolstoy ―nada que ver con el célebre novelista— “excelente intérprete de canciones zíngaras, buen jugador de cartas y experimentado cazador”, le entregó una carta de recomendación “para el famoso Karl Marx”. Tal fue el pretexto del que se valió Annenkov para conocer al personaje, quien le recibió en su domicilio de Bruselas el 30 de marzo de 1846. En ese primer encuentro, Marx le invitó a una reunión prevista a celebrarse en su casa el día siguiente con el sastre Wilheim Weitling, quien, por aquél entonces “dirigía en Alemania un partido de respetable envergadura”. La reunión había sido convocada con el fin de poder establecer una táctica común entre los dirigentes del movimiento obrero. “Como era de suponer ―dice Annenkov―, no vacilé lo más mínimo en aceptar la invitación”.
Al otro día, tras las presentaciones de rigor,
<<tomamos asiento junto a una pequeña mesita verde, a cuya cabecera se sentó Marx con un lápiz en la mano y su testa de león inclinada sobre una hoja de papel. >> (H.M. Enzensberger: Op. cit. T. 1)
Fue Engels quien inició la sesión hablando de la necesidad de que quienes se dedican a la tarea de transformar la sociedad, “tengan las ideas claras acerca de sus respectivas opiniones, y que era preciso crear una doctrina común que sirviera de bandera, en torno a la cual pudieran congregarse todos aquellos que no tuvieran el tiempo o las posibilidades de ocuparse en cuestiones teóricas”.
Engels no había acabado todavía su discurso, cuando Marx levantó la cabeza y preguntó directamente a Weitling:
―<<Díganos, Weitling, usted que ha venido armado tanto jaleo en Alemania con su propaganda comunista, y que ha reunido en torno suyo a tantos obreros, que de esta forma perdieron el trabajo y el pan, ¿con qué argumentos defiende usted su actividad revolucionaria y social, y cómo piensa usted basarla en el futuro?
Todavía recuerdo con todo detalle ―dice Annenkov― la forma brusca de esa pregunta, dado que, en aquél reducido grupo de personas, dio lugar a una apasionada discusión que, como explicaré más adelante, no duró mucho tiempo.
Weitling parecía querer mantener la discusión en lugares comunes de la retórica liberal. Con semblante serio, preocupado, comenzó a explicar que no era tarea suya el crear nuevas teorías, sino, el aceptar aquellas que, ―como había quedado demostrado en Francia— eran las más adecuadas para que los obreros abrieran sus ojos ante lo desesperado de su situación, ante todas las injusticias les infligían los gobernantes y la sociedad, y que les enseñaran a no conceder crédito a ninguna promesa, poniendo todas sus esperanzas en ellos mismos, en la construcción de la sociedad comunista democrática.
Habló mucho, pero, con gran extrañeza por mi parte y a diferencia del discurso de Engels, sus palabras eran oscuras y enredadas, incluso en la forma, repitiéndose a menudo y corrigiendo sus propias palabras. Con grandes dificultades llegó a la conclusión, que en su caso vino retrasada o con antelación a las premisas. En aquél momento estaba hablando a unos oyentes muy distintos a los que habitualmente le rodeaban en su taller o leían su diario o sus panfletos sobre la situación económica actual. De esta forma, perdió la libertad de pensamiento y de lenguaje.
A buen seguro habría continuado hablando de no ser por que Marx le interrumpió enfadado y frunciendo las cejas, para iniciar su sarcástica respuesta. Ésta venía a decir, en esencia, que era sencillamente un fraude sublevar al pueblo sin darle algunas bases firmes y elaboradas para su actividad. Marx continuó afirmando que despertar unas esperanzas fantásticas nunca llevaría a la salvación de los que sufrían, sino que conduciría a su fracaso. Y esto era todavía más válido en Alemania, donde dirigirse a los obreros sin unas doctrinas concretas y unas ideas rigurosamente científicas, equivalía a un juego vacío e inconsistente con la propaganda, que presupone, por una parte, un apostos entusiasmado, y, por otra, unos asnos que le prestan atención boquiabiertos. Y