ASÍ SE LA VISTA DE SEDA O DE PERCAL, LA "DEMOCRACIA" SIGUE SIENDO LA DICTADURA POLÍTICA DEL CAPITAL

Los periodistas cuyos trabajos acerca de la actual situación en Libia publicamos en los apartados anteriores, son personas muy versadas en materia social y política. Pero la de andar por casa propia de la burguesía. Con gran facilidad de acceso a fuentes informativas de primera mano, se valen de ello para denunciar, con toda razón, las atrocidades cometidas por la burguesía imperialista de los países más desarrollados del Planeta sobre los habitantes de los países menos desarrollados de su periferia —como es el caso en estos momentos de los países magrebíes de lengua árabe y religión mayoritariamente musulmana—, porque en épocas de crisis sus dirigentes políticos nacionalistas en el ejercicio de su legítima soberanía nacional, se niegan a enajenarles sus riquezas naturales e industrias nacionalizadas, a cambio del capital excedentario causante de dichas crisis.

Sin embargo, así como demuestran ser de eficaces, certeros y decididos en esa denuncia, se inhiben de analizar la contradicción esencial del sistema entre capitalistas y asalariados, porque eso sería tanto como matar a la gallina de los huevos de oro. O sea, que se posicionan explícitamente contra la política del capital mperialista sobre los países capitalistas de desarrollo económico dependiente, pero nunca se les ha visto ni se les verá, tomando partido por el proletariado en su necesaria lucha por el poder contra el capital en su conjunto.

Esta corriente de pensamiento pequeñoburgués reformista que nació con los socialistas franceses del siglo XIX, resurgió con el llamado "neomarxismo" a mediados del siglo pasado en centroeuropa, más concretamente en la universidad de Frankfurt, teniendo como figuras más destacadas a Pollock, Horkheimer, Adorno y Marcuse. En los EE.UU. esta escuela estuvo representada por Paul Baran, profesor en la universidad de Stanford y Paul Sweezi, fundador de la revista "Monthly Review".

Tanto los teóricos europeos como los americanos autoproclamados "marxistas", esgrimieron contra Marx la “Teoría política del atraso” que, a grandes rasgos, defiende la tesis de que los países atrasados de la periferia capitalista no podrán dejar de ser el vagón de cola en el tren de la comunidad internacional, mientras adolezcan de un mercado interno de magnitud suficiente como para impulsar, por si mismos, un desarrollo capaz de suprimir ese atraso relativo y, además. Y de esta situación le echan la culpa a la gran burguesía de los países capitalistas más desarrollados, ventaja comparativa que les permite controlar los mecanismos del intercambio internacional en su exclusivo provecho. A esta corriente de pensamiento se sumó Samir Amín desde África: http://es.wikipedia.org/wiki/Samir_Amin

Egipcio de nacimiento, pero graduado en la universidad de París en política, estadística y economía, Samir Amín ocupó la dirección del ”Instituto Africano de Desarrollo Económico y Planificación”. En la actualidad, preside el “Foro del Tercer Mundo”, asociación de intelectuales de África, Asia y América Latina, interesados en aportar a los países de estás latitudes fórmulas de desarrollo económico independiente para un reparto más equitativo de la riqueza en el Mundo.

Samir es un autor prolífico que se ha ocupado de las consecuencias sociales y humanas del desarrollo desigual del capitalismo. Gran parte de lo que este autor ha escrito se apoya en la realidad sangrante que padecen las clases subalternas en la periferia capitalista económicamente dependiente y, claro está, cuanto más acentuado es el subdesarrollo, mayor es la dependencia nacional de los países que lo soportan y peores las condiciones que sufren los explotados allí.

En este caldo de cultivo de la penuria relativa presuntamente generada por el capital imperialista en los países relativamente subdesarrollados, mayor es el atractivo que suscita la preocupación de autores que, como Samir Amín, denuncian las dramáticas secuelas del intercambio desigual que los países de la cadena imperialista ejercen sobre los países dependientes más atrasados —lo cual no deja de ser cierto—, así como los efectos disolventes que sobre numerosas comunidades indígenas de esos mismos países subdesarrollados provoca la introducción de relaciones capitalistas salvajes.

Hasta aquí, en cuanto a la denuncia de las consecuencias sociales del capital imperialista en su periferia subdesarrollada, entendemos que no hay nada que objetar en tanto que siguen siendo evidentes. Pero la cosa cambia cuando se trata de explicar las causas últimas de la dialéctica entre desarrollo y subdesarrollo, así como a las propuestas alternativas para dar solución política definitiva al problema del desarrollo capitalista desigual en el Mundo y a la frecuente injerencia militar del capital imperialista en los países de su periferia relativamente subdesarrollada. Aquí es donde los caminos propuestos por el marxismo ortodoxo y por el neomarxismo se bifurcan.

Y es que frente a los criminales atropellos sufridos por los países dependientes que se niegan a aceptar las que parecen ser meras exigencias políticas del capital imperialista, quienes profesamos el Materialismo Histórico como concepción del mundo y método de análisis de la realidad, entendemos que para superar definitivamente el desigual reparto de la riqueza entre países, hay que trascender políticamente la dialéctica entre capitalismo imperialista y nacionalismo burgués dependiente, suprimiendo la creciente distribución desigual de la riqueza entre capitalistas y asalariados, optando en esa contradicción fundamental por los intereses históricos del proletariado mundial, planteando la lucha en estos términos con el objetivo claro de acabar con las relaciones capitalistas en el Mundo. No se trata, pues, de convertir a los asalariados de los países económicamente dependientes del imperialismo en clientes políticos propicios de sus respectivas burguesías nacionales dependientes en sus rencillas particulares contra el captalismo imperialista dejando intangible el sistema en su conjunto, sino de considerar al proletariado como clase revolucionaria fundamental, es decir, como la única clase social objetivamente interesada en superar el capitalismo a escala planetaria.

Los neomarxistas, en cambio, sostienen más o menos explícitamente, que el desarrollo económico desigual en el Planeta es producto del capital imperialista. Y que para superarlo el proletariado de los países económicamente dependientes debe apoyarse en sus respectivas burguesías nacionales. O sea, proponen supeditar la dialéctica fundamental entre las dos clases sociales universales antagónicas, a la dialéctica subalterna entre la burguesía imperialista y las burguesías nacionales de los países dependientes, proponiendo al proletariado de estos últimos países que siga conformándose como clase subalterna bajo la dirección de sus respectivos patronos —pequeños y medianos—, en su lucha particular por la liberación nacional, dejando su emancipación social como clase explotada para las calendas griegas.

A pesar de que Samir Amín no se encuentre entre quienes en su momento apoyaron al nacionalista burgués egipcio Gamal Abdel Nasser, sin duda abrevó en el pozo que el nasserismo dejó en África y el resto de los países árabes a partir de los años 60 del siglo pasado, como parte de la llamada “revolución anticolonial” que floreció durante aquél período. Un proyecto antiimperialista pequeñoburgués cimentado al interior de cada país capitalista dependiente, que cristalizó por primera vez tras el VII Congreso stalinista de la IIIª Internacional, donde quedó consagrado el Frente Popular como alianza entre las burguesías nacionales y sus respectivos asalariados, para supuestamente resolver sus conflictos particulares con el capital más desarrollado de las metrópolis imperialistas.

Hoy día, Samir y sus seguidores que hacen periodismo de denuncia antiimperialista, debieran saber que la acumulación del capital en los países subdesarrollados, medró al amparo de la dramática interrupción del comercio mundial y el consecuente debilitamiento momentáneo de sus vínculos de dependencia con los principales países imperialistas comprometidos en las dos últimas guerras mundiales. Pero una vez producido el genocidio bélico y la destrucción de buena parte del capital fíijo en los países beligerantes, el período de reconstrucción post bélico permitió que la tasa de ganancia se recupere y el proceso de acumulación en Europa y EE.UU. se reanude en condiciones de expansión a partir de la primera mitad de la década de los cincuenta. Pero diez años después, ciomo cuadra con la lógica de la acumulación, gran parte de ese capital dependiente de la periferia comenzó a ceder nuevamente a la irresistible presión del capital imperialista excedentario, hasta acabar fusionándose con él, de modo que seguir hablando en esos países de capital nacional, ha pasado a ser el tópico teórico que alienta la actual farsa política —en muchos casos sangrienta— en que se ha convertido la consigna de la “liberación nacional”.

Samir Amín y sus seguidores deben saber, pues —y lo saben—, que los proyectos “populistas” de desarrollo autosostenido independiente del capital nacional periférico carecen de sentido histórico por imposibles dada la naturaleza económico-social del capitalismo, cuyo desarrollo global no hace palanca sobre el subdesarrollo sino al contrario. En tal sentido, los remanentes nostálgicos que se siguen considerando “pueblo”, esa categoría social a medio camino entre la gran burguesía y el proletariado, necesitan sentirse políticamente ubicados en el justo medio de esa contradicción fundamental al que se aferran con tanta fuerza como rechazan sus extremos, insistiendo en la peregrina idea de que ambos polos de la contradicción sigan subsistiendo sin que uno prevalezca sobre el otro:

<<El PEQUEÑOBURGUÉS, en una sociedad avanzada y, como consecuencia necesaria de su posición social (intermedia), por una parte se hace socialista y, por otra, economista; es decir, está deslumbrado por las magnificencias de la alta burguesía y sin embargo simpatiza con los dolores del pueblo (sintesis política entre pequeñoburguesía y proletariado). Es al propio tiempo burgués y pueblo. Se jacta en el fuero interno de su conciencia, de ser imparcial, de haber encontrado el justo equilibrio (…) Semejante pequeñoburgués diviniza la CONTRADICCIÓN, puesto que la contradicción es el núcleo de su ser. Él no es sino la contradicción social en acción. Él debe justificar en la teoría lo que es en la práctica>>. (K. Marx: “Carta a Annenkov” 28/12/1846. Lo entre paréntesis nuestro)

Y la mejor forma que ha encontrado la pequeñoburguesía desde los tiempos de Proudhon para impedir que la contradicción entre burguesía y proletariado se resuelva y así poder seguir divinizándola, es conseguir que el proletariado se distraiga rindiendo culto a la contradicción entre la grande y la pequeñoburguesía tomando partido por esta última para limarle las garras a la otra, cuya síntesis política es Frente Popular. Y como el señor Samir Amín ha querido pasar a la historia por su originalidad en la industria del entretenimiento político, nos ha propuesto otra alternativa distinta a la tradicional inventada por la ya fenecida IIIª Internacional stalinista, aunque de novedosa no tenga nada, porque eso ya lo propuso Simón Bolívar para América Latina en su tiempo.

Se trata de una alternativa igualmente irrealizable, como es la creación de espacios económicos internacionales comunes entre países relativamente atrasados que, en conjunto, puedan conformar mercados más amplios a fin de renegociar la dependencia desde posiciones más favorables con las potencias capitalistas dominantes que, hasta la fecha, tienen el monopolio de los flujos financieros, el control de la tecnología, las comunicaciones y el acceso privilegiado a los recursos naturales. Su proposición propugna el “idílico” objetivo de salirse de los circuitos capitalistas imperantes —que Samir Amin llamó "desconexión”— y en eso consistió su proposición teórica como fundamento de su fórmula política para presuntamente oponerse a los desastres del capitalismo. Esto mismo es lo que pretendió infructuosamente realizar Gaddafi con su panarabismo.

Decimos “idílico” porque mientras no se instaure en estos países un sistema socialista proletario capaz de superar históricamente las leyes que rigen el capitalismo, por mucho que sus residuales burguesías nacionales fragüen alianzas en entre sí, es del todo imposible romper los vínculos con un capital multinacional operando ya a escala planetaria y, porque, además, aun en el hipotético caso de que se formasen bloques de países “desconectados” del imperialismo, tan sólo sería cuestión de tiempo que en estos bloques se volvieran a reproducir las mismas condiciones de las que pretendían escapar, porque mientras se mantengan las relaciones de producción capitalistas en ellos, es imposible evitar que el capital se acumule desigualmente en cada país y, por tanto, que un capital nacional relativamente más desarrollado tienda objetivamente a ejercer un nuevo dominio imperialista sobre sus contrapartes relativamente dependientes dentro de un mismo bloque de países. Olvidan estos señores que las leyes del capitalismo operan a instancias de la competencia, y la competencia deriva inevitablemente en monopolio.

O sea, que su proposición consistiría en volver atrás las ruedas de la historia para repetirla como si de una “moviola” se tratara. El propio Samir Amín reconoce, en primer lugar, que el capital opera ya a escala planetaria y que además, por mucho que se quiera evitar el fenómeno de la polarización, éste forma parte de la misma naturaleza del capital:

<<El análisis que propongo está inscrito en una visión histórica general de la expansión del capitalismo...( )...En esta visión, el capitalismo ha sido siempre, desde sus orígenes, un sistema polarizante por naturaleza, es decir, imperialista. Esta polarización —es decir, la construcción concomitante de centros dominantes y periferias dominadas y su reproducción más profunda en cada etapa— es propia del proceso de acumulación del capital operante a escala mundial,>> (Samir Amín: “Geopolítica del imperialismo contemporáneo” el subrayado nuestro)

Samir proclama que desea eliminar la contradicción dialéctica al interior del sistema entre el capital imperialista que por un lado, necesita de la libre circulación de capitales para proyectar el suyo propio a instancias de la competencia excluyente de una de las partes y, por el otro, la resistencia que ofrece el teórico bloque de poder internacional formado por la alianza entre las distintas burguesías nacionales menos desarrolladas y sus respectivos asalariados.

El ejemplo más claro de esa contradicción dialéctica sería la que se está dando “ahorita” entre EE..UU y el pretendido bloque llamado “Alianza Bolivariana para las Américas” (ALBA). Pero la cuestión es que esa contradicción está constituida por dos fuerzas antagónicas aunque históricamente conciliables en tanto que comparten la misma esencia social burguesa. Por tanto, el polo dialéctico presuntamente progresista aunque contradictoriamente atrasado de esa lucha, no está políticamente interesado en trascender al propio sistema económico-social capitalista, causa en sí y por sí irrenunciable para la superación de los males que padece la humanidad en cuanto a la creciente desigualdad de la riqueza entre explotadores y explotados. Tal es el dilema en que permanece cautiva la pequeñoburguesía intelectual en tanto que incapaz de sacudirse a su referente social de clase explotadora intermedia.

Como hemos dicho ya, Samir Amín está considerado por sus numerosos acólitos entre los grandes analistas críticos del intercambio capitalista desigual. Al respecto hay que señalar aquí que, entre 1975 y 1986, la idea de la combinación entre desarrollo y subdesarrollo en el Mundo como algo funcional y consustancial a la realidad internacional del capitalismo, fue recurrente en las obras de Amín, donde llegó a considerarla indispensable para la propia existencia del gran capital imperialista —idea que compartió con colegas neomarxistas como Palloix y Laclau—, negando todavía en 1986, incluso que en los países dependientes pudiera cristalizar ”una burguesía nacional de empresarios”.

Amín sigue conservando su prestigio de analista serio y progresista a despecho de que la realidad muestre otra cosa. Porque es un hecho evidente que las manifestaciones económicas y políticas del desarrollo internacional desigual, se han ido modificando hasta suavizarse con tendencia a desaparecer. No precisamente por influjo del desarrollo autosostenido del capital nacional periférico, sino por determinación de la ley del valor a instancias del gran capital excedentario procedente de los países imperialistas, que se fusiona con los capitales nacionales de su periferia cada vez más desarrollados.

De hecho, en los últimos cincuenta años los países dependientes han venido creciendo tanto o más que los países del centro capitalista imperial. Y ese crecimiento en los países de desarrollo medio, como México, Argentina, Brasil o Chile, ha venido acompañado por la fusión entre el capital nacional dependiente de esos países con las grandes empresas multinacionales localizadas allí. Sin embargo, Amín ha seguido escondiendo su cabeza bajo el ala de su tesis del desarrollo desigual estructural creciente, de espaldas a la contradicción entre las dos clases fundamentales irreconciliables dentro del sistema capitalista: la clase obrera y la burguesía. Samir desestima esta contradicción hasta el extremo de obviarla suponiendo arbitrariamente que la contradicción principal está dada por la relación entre los países capitalistas centro económicos y su periferia capitalista dependiente, una contradicción de carácter social interburgués a la cual le atribuye la capacidad autotanática de trascender históricamente al propio sistema capitalista, tal como lo imaginó Bernstein con la exactitud de un horario de ferrocarril alemán de su tiempo. Por tanto, lo que nos cuenta Samir en sus libros son eso: cuentos. Porque ni están en la realidad del capitalismo ni consecuentemente contribuyen a su necesario conocimiento dado que restringe o limita ese conocimiento de la realidad, a la dialéctica entre capitales nacionales de diverso grado de desarrollo y capacidad de acumulación, lo cual deforma groseramente el conocimiento del capitalismo como totalidad orgánica.

Este señor disecciona y separa o aparta convenientemente la dificultad que, para los intereses de medio pelo que él representa, supone considerar al capitalismo en su conjunto como dialéctica objetiva entre capital y trabajo, circunscribiéndolo a las relaciones entre capitales de distinta magnitud. Practica, por tanto, un cretinismo intelectual de la peor especie. Porque no se trata de “desconectarse” políticamente del capital Imperialista dando a entender que así sería cuestión de tiempo esperar ilusoriamente que se cayera como una pera madura, sino de combatir al capital como sistema en su conjunto a escala internacional.

Porque aun aceptando que esa proposición estratégica de Amín se cumpliera y el capital imperialista desapareciera como un tumor maligno sometido a quimioterapia, lo cierto es que, en tanto y cuanto la propiedad privada sobre los medios de producción y su necesario correlato: la competencia, se mantienen intangibles, ahí sí que sería realmente sólo cuestión de tiempo esperar que los monopolios imperialistas se reprodujeran espontáneamente, tal como Engels lo anunciara por primera vez en 1843 al publicar su "Esbozo de una crítica de la economía política” publicado por primera vez en los “Anales Franco Alemanes”, trabajo que Marx califico de “genial” (Ver: Feüerbach y el fin de la filosofía clásica alemana”):

<<Lo contrario de la competencia es el monopolio. El monopolio fue el grito de guerra de los mercantilistas, la competencia es el de los economistas liberales. Resulta fácil ver que su oposición es aparente. Todo competidor, ya sea obrero terrateniente o capitalista, debe anhelar la conquista de un monopolio. Cada grupo de competidores debe anhelar utilizar, en beneficio propio, el monopolio contra los otros. La competencia se basa en el interés que engendra el monopolio, y por lo tanto, termina en el monopolio. Éste, por su parte, no puede impedir el desarrollo de la competencia, antes bien, lo engendra, como lo demuestran las interdicciones de importación y las tarifas proteccionistas que dan por resultado el desarrollo del contrabando>>. (F. Engels: Op. cit.).

El corolario de esta dialéctica complementaria típica del capitalismo entre monopolio y competencia, es que, en la sociedad burguesa la tendencia al monopolio es imposible de erradicar mientras no se acabe con el monopolio sistémico por excelencia en que se basa: la propiedad privada sobre los medios de producción. Y el problema que tienen individuos como Samir Amín, radica en que no pueden aceptar semejante cosa, porque llevan el monopolio de la propiedad privada, en su caso el de la propiedad intelectual, metido en la sangre.

Marx llama “conocimiento concreto” de una sociedad dada al “concreto pensado” sobre su totalidad como objeto de ese conocimiento, en nuestro caso la economía política del capitalismo; es decir, al conocimiento de los fenómenos o forma de manifestación de este objeto por su esencia según su concepto, entendido el objeto como totalidad o unidad dialéctica de contrarios u opuestos. La ciencia de la economía política parte, pues, de la relación dialéctica esencial entre capital y trabajo. Solo así cada fenómeno del objeto —en nuestro caso el intercambio internacional desigual— puede ser explicado y llegar a tener significación y sentido científicos, de tal modo que “las consecuencias” del capitalismo en su periferia —de las que habla Samir—, sólo pueden conocerse o explicarse científicamente, es decior, por lo que en realidad son si se los pone en relación con su esencia o razón de ser y, a esa esencia con la causa formal, concepto o principio activo del capitalismo como totalidad (de fenómenos y esencias), es decir, puesto en relación con la transformación del trabajo necesario en excedente para los fines de la acumulación.

¿En qué reside o consiste la esencia de las raíces en cualquier vegetal? En extraer los nutrientes de la tierra para convertirlos en savia. ¿Cuál es su concepto o principio activo? La fotosíntesis. ¿En qué reside la esencia del intercambio desigual de plusvalor? En la distinta composición orgánica de los capitales. ¿Cuál es el concepto o principio activo de esa esencia como totalidad orgánica que hace al comportamiento de la burguesía en su conjunto? Apoderarse de la mayor cantidad posible de trabajo necesario para convertirla en excedente a los fines de la acumulación.

Samir Amín no pone su intelecto en conexión con nada de esto. Simplemente se limita a deambular entre las formas de manifestación del capitalismo internacional —en nuestro caso el intercambio desigual— para relevar de ahí lo que conviene a su condición de intelectual pequeñoburgués. A esto se le llama pragmatismo, nada que ver con la verdad científica. La pequeñoburguesía intelectual piensa y refleja en su discurso lo que parece ser, como en un espejo, escamoteando no sólo el ser esencial que subyace a ese parecer, sino también su concepto o principio activo.

La dialéctica entre capitales, esto es, la competencia, es una forma de manifestación o causa eficiente de la lógica del capital social global que se verifica en la esfera de la circulación o intercambio entre mercancías y dinero. ¿Cuál es la esencia de esa dialéctica entre capitales? El reparto del plusvalor global producido entre capitalistas que operan con diversa masa de valor en funciones y distinta composición orgánica de sus capitales. ¿Cuál su concepto? La producción de plusvalor para los fines de la reproducción ampliada, determinada por la relación de producción entre capitalistas y asalariados.

¿Qué clase de conocimiento es el que nos brinda éste señor, que aisla, o independiza convenientemente el intercambio desigual desconectándolo de su causa formal o concepto? ¿No es su idea de la “desconexión” una determinación abstracta en tanto que no está mediada o conectada —a través del pensamiento— con la esencia de cada fenómeno y su concepto, esto es, con la ley objetiva del valor-trabajo? Entonces, ¿con qué fundamento podemos decir que el señor Amín “ha contribuido a la lucha internacional”, en su calidad de intelectual o teórico supuestamente anticapitalista?

Samir Amín postula que las nefastas consecuencias que padecen los explotados del llamado “tercer mundo” no se derivan del capitalismo, sino de su parte más desarrollada. Como si éste fuera “el lado malo” de la competencia —al decir de Proudhon. Éste, el de la gran burguesía de los países imperialistas, es uno de los dos polos de la relación dialéctica en la esfera de la circulación internacional de los capitales, cuyo otro polo es el capital nacional dependiente, es decir, según Amín, “el lado bueno” de la competencia interburguesa, ¿no es eso? Pues, ¡NO! El capitalismo es el capitalismo del mismo modo que una manzana es una manzana. No está compuesto de dos totalidades esencialmente distintas sino de una totalidad conceptual constituida por dos partes sociales fundamentales antagónicas históricamente irreconciliables, una de la cuales es el proletariado internacional y la otra el capital global personificado en la burguesía, donde esta última se presenta o aparece, a su vez, como una unidad dialéctica no antagónica o complementaria entre dos opuestos de idéntica naturaleza social: los capitales oligopólicos de los países centros económicos y los capitales dependientes de su periferia.

El movimiento de esta unidad dialéctica interburguesa se basa en el desarrollo desigual y espasmódico de la economía capitalista, tanto al interior de cada país como a escala internacional, determinado por la desigual masa de valor y composición orgánica de los capitales en función, que interactúan entre ellos, cada cual tratando de rapiñar para sí la mayor parte posible del plusvalor producido por los asalariados. Una realidad que no puede descomponerse maniqueamente en una parte buena y otra mala, como si la parte buena fuera el “Pepito grillo” u “otro yo” del capitalismo, cuando, en realidad, ambas partes de la relación interburguesa son de idéntica naturaleza social explotadora de trabajo ajeno, donde las consecuencias de una sobre la otra no pueden evitarse —como decíamos más arriba—, sin acabar con la relación dialéctica primordial fundamental, a saber: expropiando a los grandes y medianos explotadores e introduciendo al mismo tiempo el control obrero sobre los pequeños, como paso previo a su proletarización.

Atribuir al centro capitalista las consecuencias que se verifican en su periferia, es lo mismo que atribuir al polo eléctrico negativo lo que pasa cuando alguien se electrocuta. ¿Cómo explica Samir Amín el polo de absoluta penuria “underground” que habita en el subsuelo de metrópolis como New York o Londres? ¿Qué contribución es la de este hombre a “la lucha internacional” por mediación del necesario conocimiento del capitalismo, si las leyes del sistema no se tienen en cuenta o se las mutila para manipular y tergiversar su realidad de forma tan grosera, y se atribuye el fenómeno del intercambio desigual a la burguesía imperialista, como si ese fenómeno no fuera producto de la identidad dialéctica de contrarios naturalmente complementarios entre capitales de diverso valor y distinta composición orgánica, dedicados todos ellos a explotar trabajo ajeno?

¿De dónde salen a la luz del pensamiento científico las leyes del capitalismo, sino como resultado de poner como objeto de estudio la unidad dialéctica fundamental entre el capital y el trabajo enajenado? ¿Y en que parte de los análisis que hacen teóricos como Amín, aparece considerada esta unidad fundamental o maestra, entre contrarios no complementarios o históricamente irreconciliables, primordial a la hora de explicar fenómenos o formas de manifestación derivadas o subrogadas de esa dialéctica fundamental, como es el intercambio internacional desigual entre capitales nacionales de distinta magnitud de valor en funciones y consecuente desigual composición orgánica?

En su trabajo de 1988, Samir Amín propone a las burguesías nacionales dependientes “desconectarse” políticamente de la lógica realmente subrogada o de segundo orden que él considera de primer orden, como es la lógica de su dependencia respecto de los países imperialistas. Para ello plantea un proyecto de acumulación políticamente “autocentrado”, es decir, un proyecto de autodesarrollo sostenido del capital nacional periférico políticamente asistido, algo así como un capitalismo en permanente “unidad de vigilancia intensiva”. Nada nuevo bajo el Sol. Se trata, en esencia, de violentar la Ley del valor condicionando políticamente a uno de los dos polos de la dialéctica interburguesa, el polo del capital imperialista que, en relación de identidad con el otro polo —el económicamente dependiente— tiende naturalmente a la nivelación internacional de las distintas tasas de ganancia. Se trata, pues, para los discípulos de Proudhon, de romper políticamente con esa mecánica del capital social global, con esa tendencia objetiva del capitalismo a la desigualdad en los intercambios —su “lado malo”—, para conseguir que del capitalismo explotador quede sólo su “lado bueno”, la igualdad o equivalencia en los intercambios internacionales según sus valores, o lo más cerca posible de esa equivalencia. Marx en su crítica a Proudhon dice:

<<Las hipótesis no se sientan sino con un fin determinado. El fin que se propone en primer lugar el genio social que habla por boca del señor Proudhon, es eliminar lo que haya de malo en cada categoría económica, para que no quede más que lo bueno. El bien, el bien supremo, el verdadero fin práctico para él es la igualdad. (......................................................) En adelante, el lado bueno de cada relación económica es el que afirma la igualdad, y el lado malo el que la niega y afirma la desigualdad. (....) En resumen, la igualdad es la intención primitiva, la tendencia mística, el fin providencial que el genio social (de Proudhom) no pierde nunca de vista, girando en el círculo de las contradicciones económicas. Por eso la Providencia (política, ni más ni menos que como el señor Samir Amín) es la locomotora que hace marchar todo el bagaje económico del señor Proudhon mucho mejor que su razón pura y etérea. Nuestro autor ha consagrado a la Providencia todo un capítulo que sigue al de los impuestos (..............................................................................................................). Sabido es que en Escocia aumentó el valor de la tierra gracias al desarrollo de la industria inglesa. Esta industria abrió a la lana nuevos mercados de venta. Para producir la lana en vasta escala, era preciso transformar los campos de labor en pastizales. Para efectuar esta transformación, era preciso concentrar la propiedad (territorial). Para concentrar la propiedad territorial, era preciso acabar con las pequeñas haciendas de los arrendatarios, expulsar a miles de ellos de su país natal y colocar en su lugar a unos cuantos pastores encargados de cuidar millones de ovejas. Así, pues, la propiedad territorial condujo en Escocia, mediante transformaciones sucesivas, a que los seres humanos se vieran reemplazados por las ovejas. Decid ahora que el fin providencial de la institución de la propiedad territorial en Escocia, era hacer que los seres humanos fuesen reemplazados por las ovejas y tendréis la historia providencial.>> (K. Marx “Miseria de la filosofía” Cap. II. § 1 El método. Séptima observación. Lo entre paréntesis nuestro).

¿Cuál es —en el contexto de este pasaje de la obra citada de Marx— el lado malo? Evidentemente, el desarrollo capitalista de la industria inglesa que tuvo como consecuencia el desarraigo y la miseria más absoluta, la desgracia terrible de cientos de miles de seres humanos que hasta ese fatídico momento habían vivido providencialmente de esa manera tan bucólica y en apariencia idílica o ideal a los ojos del cretinismo pequeñoburgués. Si la historia hubiera procedido según la providencia de todos los Proudhon y Samir Amín del Mundo, los campesinos seguirían todavía instalados en la economía patriarcal y la humanidad no hubiera podido salir de aquél agujero negro de atraso material, indigencia, superstición y completa ignorancia sobre la verdadera naturaleza de la sociedad en que hemos venido viviendo los seres humanos, así como sobre nuestras propias condiciones históricas de vida y nuestras perspectivas de futuro como seres racionales antes de que irrumpiera el capitalismo. Fueron las leyes naturales del capitalismo las que permitieron por primera vez a la humanidad, conocer las verdaderas condiciones de vida de la sociedad, convirtiendo la historia en ciencia.

La filosofía política de todos los Samir Amín comprendidos en el movimiento intelectual “neomarxista”, pugnan por reproducir entre la vanguardia natural de los explotados el mismo espíritu de Proudhon. Semejante proposición consiste en independizar a la política de la economía política, esto es, al Estado protector burgués, de la Ley del valor. Aportan así la prueba más elocuente de que estos cretinos del pensamiento no han entendido nada acerca del la idea de totalidad conceptual de un objeto de estudio y de la Ley General de la Acumulación Capitalista, ni de las causas objetivas que determinan la tendencia —irresistible bajo el capitalismo— a la distribución internacional de la ganancia sobre la base del desarrollo desigual, a instancias del intercambio desigual. Y demuestran no haber entendido nada de esto, porque no son capaces de ponerse con el pensamiento y la acción por encima de su propia condición burguesa de existencia.

Y es que, aunque no lo parezca, ni la distribución del producto de valor (suma de salarios más plusvalor) se determina o rige por la lucha entre capitalistas y obreros, ni la distribución del plusvalor a escala internacional está determinada por la competencia entre los distintos capitales en la esfera de la circulación. La competencia no determina la distribución nacional e internacional del producto de valor entre capitalistas y asalariados, ni del plusvalor entre países de distinto desarrollo económico, aunque sí permite realizar o concretar esa distribución.

La competencia es el vehículo pero no el vector del proceso de distribución. No es ni su fuerza motriz ni su conductor. Esa distribución se determina en el momento de la producción según la distinta magnitud y composición de valor con que cada fracción de la burguesía o capitalistas particulares asociados participan en el común negocio de explotar trabajo ajeno, tanto a escala nacional como a escala internacional. Esta distribución no la pueden conocer a priori los agentes de la producción porque cada empresa capitalista procede con independencia de las demás. Es en el mercado, en la esfera de la circulación de las mercancías, donde esos distintos productores dejan de ser independientes al relacionarse entre sí dando pábulo al fenómeno de la competencia.

Son pues, las condiciones de la circulación o competencia intercapitalista las que fijan post festum una distribución del plusvalor que las condiciones de la producción determinan antes de que la puja intercapitalista por vender cada cual sus respectivas mercancías en las mejores condiciones, ponga finalmente a cada cual en el sitio de la distribución según la magnitud de capital con que han contribuido a la explotación de trabajo ajeno, algo que sólo la ciencia económica —descubriendo la Ley del valor— pudo ver con certeza:

<<Como éstos [los productores burgueses] sólo se enfrentan [en la circulación o mercado] como poseedores de mercancías y cada uno procura vender lo más caro posible su mercancía (incluso, aparentemente, sólo los guía su arbitrariedad en la regulación de la producción misma), la ley interna [de la producción] sólo se impone por intermedio de su competencia, de la presión recíproca de unos sobre otros, gracias a lo cual se anulan mutuamente las divergencias [acaban primando las condiciones objetivas de la producción, y el plusvalor distribuido según la masa y composición de valor de los respectivos capitales]. La ley del valor sólo opera aquí frente a los agentes individuales, como ley interna, como ciega ley natural, e impone el equilibrio social de la producción en medio de las fluctuaciones casuales [el tira y afloja competencial] de la misma.>> (K. Marx: “El Capital” Libro III Cap. LI. Lo entre corchetes nuestro)

Lo que intelectuales como Samir Amín escamotean en sus análisis, es:
1. Que todo lo que se ha venido produciendo en cualquier tipo de sociedad, es un producto social.
2. Que bajo el capitalismo no se trata de producir riqueza sino valor; y no sólo valor sino, ante todo, plusvalor. Tal es la especificidad que distingue a la sociedad burguesa respecto de sus históricas formas sociales precedentes.
3. Que la distribución de ese plusvalor no está determinado por las condiciones de la circulación, sino por las condiciones de su producción, esto es, por la magnitud y las distintas composiciones de valor de los respectivos capitales que compiten, tanto a escala nacional como a escala internacional.
Por tanto, la pretendida “desconexión” política contra natura de las relaciones económicas internacionales entre el Centro imperialista y su Periferia capitalista dependiente, que pretende acabar con el drenaje de plusvalor desde la periferia subdesarrollada hacia el centro de los capitales nacionales oligopólicos, es lógica y prácticamente incompatible con la dinámica del sistema capitalista en su conjunto, entendido como identidad dialéctica orgánica o cofradía de explotadores en la que interactúan los diversos capitales en tanto que contrarios de la misma o idéntica naturaleza social.

Y es incompatible, sencillamente porque esa “desconexión” en aras de un pretendido “desarrollo autocentrado” o autodesarrollo sostenido del capital periférico políticamente asistido, tornaría imposible la acumulación del capital como un continuo, tanto en uno como en el otro polo de esa relación dialéctica políticamente truncada contra natura. En el polo de los capitales nacionales de los países dependientes, porque se verían privados del aporte de capital fijo excedentario proveniente de los países imperialistas en condiciones de sobresaturación, vital para el impulso del propio proceso de acumulación nacional en los países capitalistas dependientes; en el polo de los capitales oligopólicos de los países Centros económicos o imperialistas, porque al verse privados de esa fuente de plusvalor adicional proveniente de los países subdesarrollados, el descenso tendencial de sus tasas nacionales de ganancia se aceleraría hasta el punto de resultarles indiferente invertir en procesos de producción cuyo rédito sería igual o inferior al capital invertido. Y esto supondría el derrumbe del capitalismo en su conjunto. Pero para evitar esta posibilidad está el recurso de la burguesía de última instancia que son los ejércitos.

A la luz de este concreto pensado por Marx, Engels y Lenin, es evidente que semejante proposición política de “desarrollo autocentrado” del capital nacional dependiente, no puede resultar subjetivamente interesante para ninguno de los dos polos de la dialéctica internacional capitalista, ni objetivamente viable para la continuidad del sistema como negocio de explotar trabajo ajeno. Una vez más, pues, como ha venido sucediendo con las determinaciones teóricas abstractas de los intelectuales pequeñoburgueses —que quieren el capitalismo pero no sus necesarias consecuencias— la proposición de Samir Amín sólo tiene valor político propagandístico para las burguesías dependientes de cara a su clientela política, a fin de mantener a las masas explotadas cautivas de sus intereses, vilmente utilizadas como masa de maniobra o instrumento político propicio para intentar renegociar con el imperialismo las condiciones más favorables en el reparto del plusvalor —creado por sus asalariados— sólo posibles en circunstancias cada vez más excepcionales objetivamente determinadas por los recurrentes ciclos alcistas de los negocios.

En tal sentido, no se descarta que los movimientos de la izquierda política burguesa —seguidores interesados de esta intelectualidad reformista, como ha venido sucediendo durante estos últimos setenta años—, puedan reunir una vez más las fuerzas sociales y políticas necesarias, para intentar poner en la escena internacional de la lucha de clases, nuevas aventuras a despecho de los reiterados fracasos al costo de inútiles sangrías humanas de magnitud, como las acaecidas desde fines de la década de los sesenta hasta la debacle de la burocracia soviética falsamente socialista en 1991. Una de estas aventuras estuvo pilotada por el nasserismo que Gaddafi personificó en Libia y que acabó como no pudo ser de otra manera.

Finalmente, al respecto de las supuestas bondades de la democracia formal pregonadas como el “non plus ultra” en materia de organización política de las “sociedades más avanzadas”, la burguesía imperialista ratificó una vez más, ahora en Libia, que se caga en esa forma de gobierno cuando así lo exige la Ley del valor coincidente con sus intereses de clase explotadora. De hecho, es evidente que la llamada “primavera árabe” está resultando ser un eufemismo, auténtica tapadera de una operación política totalitaria tan burdamente montada por la diplomacia secreta del gran capital internacional, que no alcanza a encubrir nada de lo que se ha propuesto en esa zona del Mundo: convertir en propiedad privada las riquezas naturales y empresas nacionalizadas por gobiernos populistas. Tal como hicieron en Irak tras convertir aquél país en un infierno que arrasó sus infraestructuras y provocó más de un millón de muertos, dejando a los supervivientes en la más absoluta miseria.

En Libia pasó tres cuartos de lo mismo: otro genocidio perpetrado por la OTAN so pretexto de la “ayuda humanitaria”, donde la participación del Occidente "democrático" a instancias de la CIA, solo contribuyó al cambio de un régimen laico por otro de marcado carácter islamista radical dispuesto a implantar allí la sharia, tal como así lo pretende Arabia Saudi actuando como un oficioso sub-imperialismo en la sombra. Ni más ni menos que como según todas las evidencias se quiere conseguir en Siria. Como que miembros del "Consejo Nacional de Transición" (CNT) han admitido encontrarse ya en territorio sirio, aunque aseguraron que no para tomar las armas sino para apoyar las protestas pacíficamente. El totalitarismo económico a instancias de la irresistible tendencia del capital a centralizarse cada vez más en pocos propietarios, conduce directamente al Estado totalitario, tanto más dificil de ocultar tras formas pseudodemocráticas como la NED, cuanto más así lo exige la ley del valor que la dictadura política del capital se deba endurecer y extenderse a todas partes.

Según reporta la analista y escritora italiana Conchetta Dellaverna, para estos flamantes “demócratas” la victoria sobre el régimen de Muammar Gaddafi no fue la culminación de su lucha. El conflicto armado sirio ha despertado en decenas de combatientes islamistas libios un renovado sentimiento de solidaridad hacia los sirios que hacen frente al ejército de Al-Assad: “Si podemos ofrecerles cualquier ayuda para que se liberen debemos hacerlo”, comentó Mohamed Alhuraizi, integrante del CNT. Pero con el paso de los días, esta moderación contenida dejó paso a la beligerancia desatada de los fanáticos religiosos. El jefe de una de las milicias más experimentadas y sanguinarias de Trípoli, Abdullah Naker, también confirmó el deseo del Consejo Nacional de Transición libio de contribuir a la causa de los rebeldes sirios con algo más que palabras, declarando que el CNT se propone organizar milicias con destino a Siria. Y según dicen combatientes que se encuentran en Trípoli, al menos 700 compañeros suyos ya han llegado a Siria.

Tras el triunfo sobre las fuerzas de Gaddafi, Libia fue el primer país que aceptó como único representante legítimo de Siria al grupo unificado de la oposición, el llamado Consejo Nacional Sirio. Ahora, decenas de milicianos libios quieren exportar su revolución y hablan de liberar a otros pueblos árabes, independientemente del costo que suponga. En territorio sirio son varios los corresponsales extranjeros que han confirmado la presencia en ese país de insurgentes libios, aunque los propios rebeldes aseguran que no han tomado las armas y que simplemente quieren saber lo que ocurre de primera mano. "Si por nosotros fuese, les enviaríamos las armas a los sirios mañana”, dice el antiguo comandante de la Brigada de Trípoli, Mehdi al-Hatari, quien se encuentra en Siria. “Nosotros ya no las necesitamos. Pero tendrían que entrar por Turquía, y los turcos no pueden autorizarlo porque no hay consenso dentro de la OTAN." Pero lo habrá, como lo hubo para Libia.

Otros periodistas consideran que los conflictos están interconectados entre sí. Por un lado, hay mercenarios que han luchado tanto en Libia como en Siria y, además, apuntan que Al-Qaeda está jugando un papel muy importante en las revueltas que se están produciendo en este último país. Al respecto Thierry Meyssan reporta que “los mismos grupos armados que estaban en Libia están ahora en Siria, entre ellos 600 miembros de Al Qaeda”, cuyo lider histórico en Libia, Abdelhakim Belhaj, ostenta hoy día la doble ocupación "democrática": como gobernador militar de Trípoli —con la bendición del Pentágono— y como jefe del "EjÚrcito sirio libre" (ASL). Aunque segun afirmó este viernes el periódico egipcio"Al Arabi", un coronel norteamericano de apellido Cleveland es el que está supervisando las operaciones de entrenamiento y armamento y es el líder real del llamado “Ejército Sirio Libre”. El rotativo añade que Cleveland ha estado moviendose entre los campos de entrenamiento de su organización. Este coronel que es encargado de crear un ejército constituido por mercenarios opuestos al gobierno sirio, llamado "Ejército Sirio Libre", comentó que los Estados Unidos habían creado una base de formación en Turquía, al norte, en el este de Líbano y en Arbil, la cuarta ciudad más grande de Irak después de Bagdad, Basora y Mosul.

El periódico agregó que los servicios de inteligencia encargados de financiar y armar a mercenarios para luchar contra el ejército de Siria, exigen que todos los grupos armados se hagan llamar “Ejército libre”. Por su parte, miembros de la Hermandad Musulmana confesaron anteriormente estar detras de las protestas en la provincia de Daraa en el sur de Siria, y Jisr al-Shughour en el norte, y que se proponen formar zonas de protección de cara a una prevista intervención militar como la orquestada en Libia.

 

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