Teoría y práctica de la relación entre dictadura y "democracia"

Durante los primeros meses de la revolución europea de 1848-49, Marx y Engels aconsejaron al proletariado actuar como ala izquierda en las organizaciones políticas de la pequeñoburguesía. Así lo hicieron pensando que en una sociedad dominada por una ya decadente clase aristocrática terrateniente y financiera corrupta, políticamente anclada en un régimen de monarquía absoluta, donde el proletariado era todavía una isla rodeada por un mar de pequeños campesinos parcelarios, la revolución era y debía ser de carácter democrático-burgués.

Y es que la clase revolucionaria fundamental en aquel momento, era la burguesía, incluyendo naturalmente en su correspondiente bloque histórico de poder a los campesinos o pequeñoburguesía agraria. Por tanto, dada su condición de relativa minoría social en la próxima revolución antifeudal, el proletariado no debía ni podía pasar de ser un simple asistente o auxiliar de ese bloque social burgués supuestamente revolucionario.

Este planteo de Marx y Engels, inspirado en las condiciones económico-sociales de la época, —que no en las formas de dominación política del enemigo—, llevaba a una inmediata consecuencia organizativa: de momento, nada de partido proletario. De hecho, la primera organización revolucionaria de filiación asalariada en Alemania, fue la Liga de los Comunistas, no precisamente concebida por sus creadores para la acción política directa con vistas a la toma del poder por parte del proletariado, sino exclusivamente para la propaganda, entre otros objetivos, para la sustitución de la autocracia por la democracia burguesa.

¿Cómo se explica esta aparente contradicción? Aun cuando en el "Manifiesto" expusieran claramente que el objetivo inmediato de los comunistas es la <<constitución de todos los proletarios en clase>> para el <<derrocamiento de la dominación burguesa>>, lo cual sugiere sin duda la idea de crear un partido proletario independiente de toda influencia burguesa, al mismo tiempo que, contradictoriamente, Marx y Engels dicen allí que los comunistas <<no forman un partido aparte>> aunque son <<el sector más resuelto de los partidos obreros de todos los países>>.

En este sentido, lejos de ofrecer al proletariado una orientación precisa tendente a su inmediata unidad política de clase independiente para la toma del poder, el "Manifiesto" parece más bien reconocer su debilidad social como clase todavía inferior en número respecto del campesinado tipificado por aspirar a la propiedad de la tierra como pequeñoburguesía. Por tanto, si las condiciones económicas y sociales de esa etapa determinaban que el carácter de la revolución debía ser democrático-burgués, la clase revolucionaria fundamental era la pequeñoburguesía; ergo, en esa revolución el proletariado debía actuar políticamente como una clase auxiliar o asistencial de la burguesía en su conjunto. Nada más.

Tal fue la razón por la cual Marx y Engels desde 1845, llegaron a la conclusión de que, en el primer acto de aquél drama que fue la Revolución burguesa en Europa, los revolucionarios proletarios debían participar en las organizaciones democráticas de la pequeñoburguesía, siguiendo la propia dinámica de la revolución democrático-burguesa que esas organizaciones se propusieron programáticamente. ¿En qué consistió, pues, esa revolución, la de Febrero de 1848 en el Continente europeo? En la fraternité entre obreros, campesinos y burgueses unidos en la lucha contra la monarquía absoluta y la aristocracia feudal.

Pero una vez que, con la ayuda de campesinos y obreros, consiguió derribar todos los obstáculos que la aristocracia terrateniente le puso por delante, resultó que la burguesía europea se colocó a la cabeza de la contrarrevolución, doblegando al proletariado para implantar la dictadura de su propia clase. En Francia, donde su poder era mayor, lo hizo por sí sola derrotando al proletariado en julio de 1848. Y en Alemania, donde era más débil, se sometió cobardemente a la reacción feudal de la monarquía prusiana para evitar que la revolución democrática y popular obrero-campesina triunfe, como así sucedió.

A la vista de tales resultados, desde marzo de 1850 —fecha en que procede a reorganizar la Liga de los Comunistas— la fracción revolucionaria de la “Liga de los Comunistas” encabezada por Marx y Engels, dio por acabado el tramo del proceso revolucionario presidido por la burguesía, en cuyo trecho el proletariado se limitó a ejercer de auxiliar en la lucha contra el absolutismo. Y ante el previsto “segundo acto” de la revolución y la ya probada pusilanimidad de la burguesía alemana y la cobardía de las organizaciones políticas de la pequeñoburguesía rural y urbana socialmente mayoritarias durante el “primer acto” en 1848, Marx y Engels coincidieron en que el proletariado debía dejar atrás su condición de auxiliar de la burguesía, para asumir su papel de vanguardia de la revolución antifeudal en Alemania, y sin solución de continuidad comenzar la revolución proletaria en una dinámica de revolución permanente.

Para ello, hubo que utilizar el instrumento o medio de acción sin el cual tal pretensión es imposible. Ese instrumento fue la organización política indepen¬diente de los comunistas, cuyo cometido pasaba, a su vez, por contribuir a enriquecer la FILOSOFÍA del materialismo histórico desde los resultados de la práctica política misma. Y el requisito indispensa¬ble de tal cometido, consistió en resistir la tentación del pasado, rechazando decididamente las ofertas de unión que los demócratas pequeñoburgueses oprimidos por la reacción demandaban al proletariado, para convertirle en un apéndice de sus intereses de estatus pequeñoburgués dentro de la sociedad capitalista.

Así fue cómo el 11 de marzo de 1850, la “Nueva Gaceta Renana” publicó un documento de la “Asociación Obrera de Colonia” dirigido a las asociaciones obreras de la provincia renana, para establecer relación regular. De ahí, al parecer, salió el acuerdo para que el comité de la “Asociación Obrera de Colonia” asumiera las funciones de comité regional. Semejante responsabilidad asumida, obligó a la “Liga de los Comunistas” a empeñar todas sus fuerzas en la tarea de agrupar a las asociaciones obreras de la región, en detrimento de sus actividades dentro del movimiento democrático pequeñoburgués. Así es como se tomó la decisión de que los miembros de la Liga renuncien a sus cargos directivos dentro del “Partido Demócrata de Renania”. En la declaración que hicieron para fundamentar esta decisión se decía:

<<Estimamos que la organización actual de las asociaciones democráticas encierra en su seno demasiados elementos heterogéneos para que sea posible una actividad provechosa en relación con el objetivo que se ha fijado la causa. Consideramos, por el contrario, que una ligazón más estrecha de las asociaciones obreras es preferible porque están compuestas de elementos homogéneos, y por esta razón dimitimos desde hoy del comité regional renano de las asociaciones….>> (Cfr. F. Claudín: “Marx, Engels y la Revolución de 1848” Cap. II-6 El subrayado nuestro)

Firmaron esta declaración: Marx, Schapper, Annecke, Becker y Wolff. El sentido de este texto se precisa más con el acuerdo que adoptó al día siguiente la asamblea de la Asociación Obrera:

<<…1) Salir de la Federación de asociaciones democráticas de Alemania y afiliarse a la Federación de asociaciones obreras alemanas; 2) Encargar a su Comité de convocar en Colonia un congreso provincial de todas las asociaciones obreras de Renania y Westfalia antes de la reunión del congreso general de trabajadores de Leipzig, con objeto de estrechar los vínculos del partido auténticamente social; 3) Enviar delegados al congreso de las asociaciones obreras de Alemania que tendrá lugar próximamente en Leipzig>> (Op. cit)

Cierto es que por su propia naturaleza de clase, el proletariado tiende históricamente a sobrepasar o trascender políticamente los límites de las organizaciones que su momentánea debilidad social le obligaban a integrar. Estando vinculados a alguna forma de propiedad sobre los medios de producción, las demás clases y sectores de clase tenían y tienen una meta dentro de la sociedad constituida, mientras que, al carecer en absoluto de toda propiedad que no sea su propia fuerza de trabajo, el proletariado no tuvo ni tiene ningún fuero para reclamar; en las condiciones de existencia del obrero están anuladas todas las condiciones de existencia basadas en cualquier forma de propiedad privada sobre los medios de producción.

Por tanto, si desde el punto de vista de las formas de propiedad coexistentes en la moderna sociedad burguesa, el proletariado no tiene ningún lugar o fuero que ocupar en ella, su acción tiende objetivamente —es decir, lo quiera o no— a destruir esa sociedad, a reemplazarla por otra cuya forma de propiedad esté acorde con su naturaleza de clase.. Esa forma de propiedad es la ausencia de toda propiedad sobre los medios de producción, es decir, el socialismo:

<<Todas las clases que en el pasado lograron hacerse dominantes, trataron de consolidar la situación adquirida sometiendo a toda sociedad a las condiciones de su modo de apropiación. Los proletarios no pueden conquistar las fuerzas productivas sociales sino aboliendo el modo de apropiación en vigor y, por tanto, todo modo de apropiación existente hasta nuestros días. Los proletarios no tienen nada que salvaguardar; tienen que destruir todo lo que hasta ahora ha venido garantizando y asegurando la propiedad privada existente>> (K. Marx-F. Engels: "Manifiesto comunista" Cap. I. Subrayado nuestro)

Ahora bien, si el proletariado no tiene metas que alcanzar en la sociedad de clases, pero de momento no podía más que sumar sus fuerzas a la de ciertas clases subalternas de la sociedad existente que sí tenían y tienen metas que alcanzar, esto quiere decir que su lucha debe adoptar necesariamente una dinámica de revolución permanente. Aunque expresan claramente esa idea en el "Manifiesto", Marx y Engels emplearon por primera vez este término en la Circular del 10 de Marzo de 1850, donde trazaron la línea de comportamiento de los revolucionarios dentro del amplio movimiento democrático de carácter social pequeñoburgués y burgués radical:

<<Mientras que los pequeños burgueses desean que la revolución termine lo antes posible alcanzando a lo sumo las metas señaladas, nosotros estamos interesados, y esa es nuestra tarea, en que la revolución se haga permanente, en que dure el tiempo necesario para que sean desplazadas del poder las clases más o menos poderosas, el proletariado conquiste el poder y la asociación de los proletarios, no sólo en un país, sino en todos los países prominentes del mundo entero, se desarrolle hasta acabar con la competencia entre los proletarios de estos países, concentrando en manos del proletariado, por lo menos, las fuerzas decisivas de la producción. Para nosotros no se trata de modificar la propiedad privada, de lo que se trata es de destruirla; no se trata de paliar las contradicciones de clase sino de la abolición de las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente sino de instaurar una nueva sociedad.>> (K. Marx-F.Engels: "Circular del 10 de Marzo de 1850". Subrayado nuestro)

Esta dinámica de revolución permanente aparece sintetizada en el programa genérico del genérico Partido Comunista que se incluye en la parte IIª del "Manifiesto", y cuya adaptación para las condiciones de Alemania fue publicado entre el 21 y el 29 de marzo de 1848 bajo el título de: "Reivindicaciones del Partido Comunista Alemán", lo cual supone la formulación de un doble poder entre el bloque histórico compuesto por la pequeñoburguesía rural y urbana hegemonizada por el proletariado y el otro bloque enemigo conformado por los restos de la aristocracia feudal terrateniente y financiera hegemonizado ya por la burguesía.

Entre las medidas a tomar que incluyen las "Reivindicaciones", figura la declaración de Alemania como república una e indivisible; la implantación del sufragio universal; el armamento del pueblo entendiendo al ejército como un cuerpo armado y de trabajo al mismo tiempo, es decir, como una institución autogestionaria; eliminación de todas las cargas feudales (trabajo y tributos, diezmos, etc.) que pesan sobre la población, sin indemnización alguna; confiscación de las fincas de los príncipes y demás posesiones feudales; todas las tierras, minas, canteras, etc., se convierten en propiedad del Estado obrero; las hipotecas que pesan sobre los campesinos se declaran propiedad del Estado; los campesinos abonarán al Estado los intereses de esas hipotecas; en las regiones en que está desarrollado el sistema de arriendo, la renta del suelo o precio de arrendamiento se pagará al Estado en concepto de impuesto; en lugar de los bancos privados será instituido un banco del Estado cuyos títulos tendrán curso obligatorio; el Estado tomará en sus manos todos los medios de transporte, ferrocarriles, canales, barcos, caminos correos, etc., convirtiéndolos en propiedad del Estado y poniéndolos a disposición de la clase desposeída; las retribuciones de todos los funcionarios del Estado serán idénticas, salvo en los casos de familia numerosa que recibirán una retribución mayor; completa separación de la iglesia del Estado. El clero de todas las confesiones será pagado por su feligresía respectiva; reducción del derecho de herencia; implantación de fuertes impuestos progresivos y abolición de los impuestos sobre los artículos de consumo; organización de talleres nacionales. El Estado garantiza a todos los trabajadores medios de subsistencia y asume el cuidado de los incapacitados para trabajar; instrucción pública general y gratuita.

Está claro: se trata de un programa que hace desaparecer todas las relaciones de producción feudales, al tiempo que disminuye las cargas sociales que habían venido pesando sobre campesinos y demás sectores medios de la sociedad rural y urbana. Por último, la implantación de impuestos progresivos supone una especie de control obrero sobre las rentas de la burguesía, pero en modo alguno obstaculiza la acumulación del capital, aunque la limitación del derecho de herencia tiende, en perspectiva, a una confiscación paulatina de los medios de producción. Aunque este programa no trascendía el carácter burgués de la revolución alemana, sí suponía la implantación de la República Roja, que no era precisamente ese el objetivo inmediato que se proponían los revolucionarios alemanes, hasta ese momento dispuestos a colaborar con la burguesía para transformar la monarquía absoluta en monarquía constitucional, es decir, la instauración del poder político a cargo de la burguesía. La táctica consistía en dejar que la burguesía se hiciera cargo del Estado, previendo que la propia dinámica objetiva obligara al proletariado, sin solución de continuidad, a proseguir la lucha —ahora por el derrocamiento de la burguesía— para que la República roja iniciara la transición al socialismo.

En síntesis, una estrategia de poder proletario basada en un programa de transición del capitalismo al socialismo, que se comprende en el concepto de revolución permanente inspirada, a su vez, en la idea más genuina y originaria de la democracia adaptada a los tiempos modernos, una palabra que, para la nobleza todavía dominante en aquella época, era sinónimo de subversión social y cuyos más firmes paladines eran los comunistas de entonces, reconocidos por toda la sociedad como el sector más democrático, en virtud de postular la abolición de toda propiedad. Desde los tiempos de Robespierre y el revolucionario "descamisado" Babeuff, el término democracia —profundamente odiado y no menos temido por la nobleza— no se entendía más que vinculado a las aspiraciones económicas de las clases subalternas en la sociedad feudal, la burguesía, los campesinos y artesanos, a los que se fue agregando paulatinamente el proletariado rural y urbano. Durante un discurso pronunciado en noviembre de 1849, el diputado terrateniente prusiano y futuro canciller de la Alemania unificada, von Bismark, con toda naturalidad y desprecio llamaba <<demócratas>> a los miembros del partido agrario pequeñoburgués, a quienes, al mismo tiempo, tildaba de <<agitadores que alborotaban a los trabajadores de la tierra>>:

La idea de democracia estaba entonces íntimamente vinculada con las aspiraciones materiales que cada sector de las clases subalternas reclamaban a las clases económicamente dominantes dentro de aquella sociedad de clases medio feudal y medio capitalista. En este sentido, al diferenciarse de organizaciones burguesas y pequeñoburguesas proclamando públicamente el principio de la comunidad de tierras y demás medios de producción de riqueza, los comunistas eran considerados como la suprema expresión de la democracia, su forma más radical. De ahí que para Marx y Engels nadie más que los comunistas podían reclamar para sí el atributo de demócratas. Para ellos, como para el resto de la sociedad, era claro que al luchar por erigirse en clase dominante, los comunistas estaban luchando por la vigencia de la democracia en plenitud:

<<Como ya hemos visto más arriba, el primer paso de la revolución obrera es la elevación del proletariado a clase dominante, la conquista de la democracia.>> (K.Marx-F.Engels: "Manifiesto Comunista" Cap. I)

En ese proceso de lucha por la conquista de la democracia según su etimología, hasta cierto punto demócratas pequeñoburgueses y comunistas estaban condenados a marchar juntos en contra de sus enemigos comunes, en la conciencia y certidumbre de que la lucha consecuente por la democracia debía culminar elevando el proletariado a la condición de clase dominante. Sólo en este preciso contexto de significados es legítimo comprometer a Marx en la táctica de la lucha por la democracia como enlace estratégico con el socialismo. En octubre de 1847, Engels escribía en un artículo aparecido en la "Deutsche Brüseler Zeitung":

<<Los comunistas, lejos de provocar, en las actuales circunstancias, inútiles enfrentamientos con los demócratas, se comportan como demócratas en todas las cuestiones prácticas del partido. La democracia tiene como consecuencia en todos los países avanzados el poder político del proletariado, y el poder político del proletariado es la primera condición previa de toda iniciativa comunista. Mientras no se haya conquistado la democracia, los comunistas y los demócratas combatirán codo con codo, los intereses de los demócratas serán los de los comunistas. Hasta ese momento, las diferencias de los dos partidos tienen una naturaleza teórica y pueden discutirse perfectamente en forma teórica, sin que la acción común se vea perjudicada de alguna manera. Puede haber acuerdo también en algunas iniciativas que deberán emprenderse sin ninguna demora para la consecución de la democracia en beneficio de las clases oprimidas, tales como la gestión por parte del Estado de la gran industria, de los ferrocarriles, de la educación de los niños por cuenta del Estado, etc.>> (F. Engels: op. cit. por A. Rosenberg: ibid)

Pero la “República” surgida de ese Gobierno Provisional, no fue la que aprobaron los representantes del pueblo francés en la Asamblea Nacional el 4 de mayo, no fue aquella que soñó, por la que luchó y conquistó el proletariado en las barricadas de París, la de las instituciones democrático-sociales descritas por Engels interpretando aquellas aspiraciones de los asalariados franceses. La burguesía jamás respetó la democracia. Se inventó una para su particular uso burocrático-totalitario poniendo en valor eso de que “el pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes”, para que “del plato a la boca se pierda la sopa”. Por eso la república burguesa del 4 de mayo dejó de ser la república democrática conquistada por el pueblo francés el 25 de febrero y no fue “ningún arma revolucionaria contra el orden burgués” sino que fue “la reconstitución política” de ese orden. Y como el proletariado no aceptó este fraude, fue necesario que la burguesía apelara a la violenta contrarrevolución de junio:

<<Por eso la verdadera cuna de la república burguesa no es la victoria de febrero sino la derrota de junio>> (K. Marx: “La lucha de clases en Francia” Cap. I)

Y en ese momento quedó claro que la institución que preparó la derrota de las mayorías sociales en junio, fue el Gobierno Provisional de la Segunda República burocráticamente instituido y dirigido por la minoría burguesa organizada en torno al periódico "Le National”. ¿Cómo? Haciendo palanca sobre la crisis económica de 1846 que acabó dividiendo a los asalariados, entre la creciente penuria relativa de los empleados, y la miseria más absoluta de los desempleados; lo cual permitió a los burgueses convertir a estos últimos en carne y espíritu de la contrarrevolución. ¿Con qué instrumento? Los Talleres Nacionales bajo jurisdicción del Estado, concebidos por el republicano socialista Louis Blanc —nombrado ministro de trabajo— para mitigar el creciente paro mediante subsidios disfrazados de empleo en obras públicas, con la ilusoria esperanza de que por ese medio se transformaran paulatina y pacíficamente las relaciones de producción burguesas en socialistas. Talleres Nacionales

Inaugurados el 27 de febrero de 1848 por el representante de la burguesía llamado Pierre Marie burocráticamente nombrado flamante Ministro de Obras Públicas, de la misma forma burocrática este señor decidió, a su vez, designar al ingeniero químico Émile Thomas para convertir dichos talleres en una institución militar:

<<La organización de Thomas, al mismo tiempo que dirigía los trabajos públicos de emergencia pagaba los subsidios. Pero lo más importante era que los desocupados estaban organizados militarmente con un sistema preciso de jefes y subjefes estudiados para esa ocasión. Se podría comparar con el “servicio de trabajo” de la Alemania posterior a 1933 (…) El fin político perseguido por los republicanos burgueses con esta organización logró plenamente una ruptura entre los que trabajaban y los desocupados. Los que trabajaban y enviaban sus representantes al palacio de Luxenburgo, eran partidarios en general de la democracia socialista; los desocupados, insertos en la organización de las fábricas nacionales, estaban por lo general a favor de la democracia burguesa.
Podría sorprender la facilidad con que los desocupados se dejaron ganar, en ese momento, para la causa de la burguesía. Pero
(ante la ausencia de un partido revolucionario) se debe considerar la confusión política general causada por la propaganda democrática de la época. Existía la república y el sufragio universal. Aparentemente en Francia “mandaba el pueblo” y el gobierno (provisional) demostraba que le interesaban mucho los problemas de los obreros desocupados y les pagaba una subvención en los momentos de necesidad, y esto parecía entonces una gran conquista social. ¿Por qué, pues, los desocupados no debían seguir a jefes como Marie y Thomas, que no hacían más que beneficiarlos. Louis Blanc y sus amigos habían perdido, en cambio, el contacto con los desocupados. Éste fue el pecado más grande que cometieron los republicanos socialistas en los meses que siguieron al 24 de febrero. El hecho de que el partido de El National fuera capaz de organizar en París un ejército de cien mil desocupados, hacía imposible cualquier acción revolucionaria de los demócratas socialistas.>> (Arthur Rosenberg: Op. cit. El subrayado y lo entre paréntesis nuestro)

Esta que se describe aquí es, sin haber cambiado un ápice, la misma tramposa y criminal “democracia” que Astarita preconiza hoy al ensalzar las elecciones periódicas e instituciones tales como el parlamento, para que se abracen a ella los asalariados Libios en colaboración informal objetiva con el accionar político y militar del capital imperialista. La esencia política que demostró encarnar la burguesía francesa entre febrero y julio de 1848, es la misma que siguen esgrimiendo sus homólogos descendientes como dos gotas de agua en cualquier latitud del Planeta

 

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