"Lo que comenzó a ocurrir
desde mediados de los 90 y sigue ocurriendo es parte de un proceso de
acumulación de cambios cualitativos, proceso que no se dio ni
continuará como movimiento circular. No se trató ni se
trata de la repetición de un camino ya recorrido, sino de un
movimiento progresivo y ascensional, del trabajo subterráneo
del futuro".
Miguel Mazzeo, "Qué (no) hacer".
La cita que da comienzo a este artículo describe bastante bien,
si no las causas, al menos sí las expectativas de lo que un grupo
grande de militantes fuimos construyendo durante muchos años.
Un proceso que se resiste a los encorsetamientos y las efemérides
unívocas, mostrando tal vez de ese modo, también, su riqueza,
la que nos está esperando cuando decimos “nos vemos en
la lucha”.
La continuación de la frase, no es extraño, también
parece reflejar nuestra experiencia: Mazzeo dice que "de alguna
manera, el desarraigo obligó -como a Racadot, aquel personaje
de Maurice Barrés- a la originalidad y a mancomunar la conciencia
de clase con la conciencia de soledad". Esta "conciencia",
dice Miguel, nos advertía que la soledad "es una designación
histórico social -dialéctica- vivida en el proyecto de
cada uno". A esa pluralidad de soledades le fuimos poniendo proyectos
por delante, francas excusas que tomaron la forma de herramientas, listas
para el pico y la pala.
La actividad de las agrupaciones estudiantiles que en los '90 enfrentaron
la ofensiva neoliberal desde la Universidad forma parte de ese proceso
constitutivo de lo que somos. En estos días se cumple una década
de una fecha importante en esa (nuestra) pre-historia. La conmemoración,
la mirada retrospectiva, exige que miremos las efemérides con
vocación de actualidad, con ansias de recorrido.
El 20 de febrero de 1996 es un punto
destacado en la historia del movimiento estudiantil -y del movimiento
popular, en general- de la ciudad de La Plata.
La represión sobre el movimiento estudiantil, desatada por pedido
de Luis Lima, el entonces presidente radical de la Universidad, y administrada
materialmente por el gobierno de Eduardo Duhalde, fue (es) un punto
en un proceso que tiene varios años, un momento que se puede
ubicar como "el final de los inicios", como la crisis cúlmine
a partir de la cual comenzó a perfilarse algo nuevo.
El clima político en la ciudad era enrarecido, y abundaban las
declaraciones oficiales que advertían sobre el "retorno
de la violencia guerrillera" y los "ejercicios de gimnasia
subversiva". El propio presidente Carlos Menem había sido
el precursor, en 1995, cuando pidió a las Madres que cuiden de
sus hijos estudiantes que se movilizaban, si no querían terminar
"con un pañuelo blanco". Las actividades antisubversivas
incluyeron desde temprano doscientos cuarenta y siete detenciones, varias
de ellos efectuadas por personal de civil. Ese día, los autos
sin patente florecieron -si es lícito usar en este caso el término-,
controlando el centro de la ciudad. De esa manera, la mitad de una marcha
convocada para las primeras horas de la mañana era secuestrada
a medida que iba llegando a concentrarse, bajo la excusa de averiguación
de antecedentes -hoy averiguación de identidad (AI)- una norma
que muchos especialistas -entre ellos todos los organismos de derechos
humanos- consideran claramente inconstitucional por violatoria de los
derechos individuales y colectivos.
El sitio interno a la ciudad estaba dispuesto para "garantizar"
la democracia universitaria (¿dónde tendrían que
ir las comillas?), mediante la cual la estructura de feudo consagra
la opinión de unos pocos como la opinión de todos, y llama
a eso co-gobierno2. El 20 de febrero debía
sesionar la Asamblea Universitaria, órgano formado por los consejeros
académicos -12 por facultad- de toda la Universidad Nacional
de La Plata. El objetivo era reformar el Estatuto para adaptarlo a la
Ley de Educación Superior impulsada por Menem.
La Ley de Educación Superior
La LES había sido aprobada en julio de 1995, luego de manifestaciones
multitudinarias en todo el país -sobre todo en La Plata y Capital-,
entre las que se incluyó un "abrazo al Congreso" que
no permitió el ingreso al recinto de los legisladores e impidió
una sesión de la Cámara de Diputados. La barrera que garantizaba
la eficacia del piquete era un cordón humano de varias cuadras
a la redonda, formado por unos cinco mil estudiantes platenses que lo
habían decidido en una docena de asambleas. Ese primer intento
en la Cámara baja fue el 31 de mayo. Una semana después,
la ley pudo aprobarse porque el escudo lo hizo la policía, que
dispersó a miles de manifestantes con auxilio de vallas y balazos
de goma. Así, los diputados del "justicialismo" (los
que respondían a Menem, los que respondían a Duhalde,
los que respondían a Kirchner…), entre otros, levantaron
la mano para darle media sanción, mientras los legisladores radicales
daban el quórum necesario.
Las tomas de facultades y marchas se volvían masivas en casi
todas las Universidades. En julio, el espíritu del Abrazo fue
refrendado en todo el país aun con la Ley aprobada, luego de
concretar el trámite en el Senado. Ese mes se reunió en
Santa Fe el Congreso Nacional de Centros de Estudiantes organizado por
la FUA, con participación restringida a dos delegados por la
primera fuerza electoral y un tercero designado por la segunda. La dirección
de la FUA, a cargo de la Franja Morada, intentaba que la movilización
no se le fuera de las manos. Ya era tarde: el proceso de masificación
y organización de la lucha, había rebalsado todos los
moldes institucionales desde los cuales se venía resistiendo
la sanción de la LES, lo cual extremaba las tensiones entre gobierno
y movimiento estudiantil, que se remontaban a varios años antes.
En el esquema privatizador encabezado por Menem -como representante
principal de los grupos económicos locales y transnacionales,
y de sus instituciones políticas y financieras- la Universidad
en particular y la educación en general debían seguir
el camino los ferrocarriles, YPF y Gas del Estado, entre otros bienes
estratégicos que se habían rematado a principios de los
90.
Avanzado el desguace de los principales activos, la mirada se volvía
sobre el campo de la cultura. En 1992 se había sancionado la
Ley Federal de Educación, destinada a reestructurar todo el sistema
de formación básica y media. Y en el '93 se habían
profundizado las presiones más intensas sobre la educación
superior, a través de borradores de proyectos de ley que equiparaban
a las universidades públicas y privadas y explícitamente
mencionaban al arancel (cobro por los estudios de grado) y otros mecanismos
de introducción del mercado (eufemismo con el que, en nuestro
país, se llama a las pocas grandes empresas que tienen la sartén
por el mango), en la determinación de los contenidos de investigación,
extensión y enseñanza.
En marzo de 1995 ya iban dos años de resistencia, ante la presentación
del proyecto de ley Salonia (ese era el nombre del ministro de educación
menemista) durante 1994, además del impulso a un censo universitario
obligatorio que tenía por objetivo demostrar la justeza del arancel,
y que fue boicoteado -no contestando, o haciéndolo en blanco-
por los estudiantes. Crecían la discusión, las marchas
y otras actividades. Pero además, aún en el medio de la
década infame neoliberal, estaban pasando otras cosas.
En México, contrariando las efímeras e interesadas tesis
del fin de las ideologías y los alzamientos de los pueblos, el
Ejército Zapatista de Liberación Nacional le ponía
un pero gigante al libre comercio, usando para eso hasta el simbolismo
de las fechas: el 1º de enero de 1994, día del comienzo
de la insurrección, era el momento de entrada en vigencia del
NAFTA, tratado de libre comercio entre EE.UU., Canadá y México;
uno de los principales antecedentes de la propuesta del ALCA. El movimiento
indígena hacía su aparición pública y conmovía
a través de un lenguaje nuevo, que expresaba lo que también
en otras partes de América, con sus características distintivas,
se estaba gestando hacía años, comenzando a mostrarse
en posiciones de fuerza relativa.
En Argentina, además, las comunicaciones entre hijos de desaparecidos
empezaban a darle forma a lo que entre abril y mayo de 1995, en Córdoba
y La Plata, haría nacer oficialmente a la agrupación HIJOS
(Hijos e hijas por la Identidad y la Justicia, contra el Olvido y el
Silencio). Muchos de ellos se encontraban estrechamente ligados al movimiento
estudiantil, con participación activa en diversas agrupaciones
independientes y de izquierda. Desde sus principales consignas ("Si
no hay justicia, hay escrache", por ejemplo) ofrecía una
práctica organizativa y de movilización que también
ponía en cuestionamiento la legalidad vigente, cuando ésta
se contraponía a los derechos de la población. Influido
recíprocamente por ese marco, el movimiento estudiantil en La
Plata comenzaba a convocarse en concentraciones y asambleas, que en
abril de 1995 ofrecían un panorama de conflicto generalizado,
con clases públicas cortando las calles y facultades ocupadas,
debatiendo la ley y el país que se estaba cons(des)truyendo.
Paralelamente, el gobierno argentino se fortalecía con el voto:
apelando a la estabilidad Menem fue reelecto en mayo de 1995. Todavía
no había llegado la recesión, pero crecía el desempleo
y se profundizaba una estrategia de saqueo y empobrecimiento general
que no estallaría visiblemente sino varios años después.
A pesar de esa relación de fuerzas desfavorable en lo electoral,
vinculada a su vez con una mucho más determinante soledad en
el protagonismo del conflicto social, casi inexistente, los estudiantes
parecían hacer caso omiso de la legitimación social con
que contaba "el modelo" recientemente plebiscitado, y continuaban
con las medidas de lucha, que se radicalizaban con fuerza de masas.
Entre mayo y julio de 1995 la situación era, en alguna medida,
bastante paradójica. El movimiento estudiantil había acumulado
suficiente tensión y organización como para disputarle
al gobierno la opinión pública sobre un tema sensible,
aún en un clima marcado por las expectativas en la restauración
neo-colonialista, que prometía consumo de primer mundo para todos,
en algún futuro, "cuando la copa derrame".
La disputa por la Universidad se sostenía en la existencia de
un centenar de asambleas que cada semana reunían a miles de estudiantes.
A modo de ejemplo, más de trescientas personas en Facultades
como la de Económicas de La Plata, y seiscientas o setecientas
en otras como Humanidades. Las discusiones se alternaban con las fiestas,
que se repetían en las tomas de edificios, con cientos de estudiantes
discutiendo, bailando, durmiendo, haciendo el amor, pegando carteles
o repartiendo volantes para informar a los menos participativos, movilizándose
en forma permanente. En el caso de La Plata, en varias ocasiones se
superaron las tres mil personas en marchas a Capital Federal. Las jornadas
empezaban a las siete de la mañana, cuando abrían las
facultades y había que frenar a los docentes disconformes con
las medidas, y en ocasiones también a algunos estudiantes, que
opinaban que había "otras formas de protestar" pero
no ejercían ninguna. También se realizaban actividades
de propaganda, como una campaña que circuló por toda la
ciudad, ilustrando en afiches siluetas de manos "para bancar la
educación". A veces se realizaban piquetes en algunas esquinas
céntricas de gran circulación (como 1 y 44, ó 1
y 60).
En La Plata se registraban algunos conflictos de trabajadores estatales,
pero el nivel de organización y movilización en todos
los sectores sociales era bastante bajo, y la soledad de los estudiantes
era notoria. La prensa no ahorraba críticas sobre las medias
más radicalizadas, que a esa altura eran casi todas. En el interior
de las asambleas estudiantiles esta presión social se traducía
a veces en largas discusiones, que invariablemente se saldaban luego
de apelaciones a la trascendencia que tenía la defensa de la
educación pública y gratuita, principal punto de confluencia
que hacía cantar en todas las marchas y casi a todo momento:
"...estamos todos juntos nuevamente, la educación del pueblo
no se vende, se defiende".
La Franja Morada y otras agrupaciones conservadoras se hallaban desbordadas.
Si bien conducían la mayoría de las comisiones directivas
de los Centros de Estudiantes, nada de importancia respecto al plan
de lucha se definía allí, todo era público y a
mano alzada. Y si había que resolver operativamente algo, de
eso se ocupaban las "comisiones de lucha", que tenían
a su cargo temas fundamentales y tan disímiles como la organización
de las comidas, la prensa o el debate de los proyectos de ley y sus
implicancias. La Federación Universitaria de La Plata (FULP)
tomaba sus decisiones en reuniones que se realizaban cada muy pocos
días, y que en varias ocasiones llegaron a reunir cerca de un
centenar de delegados que hacían valer su mandato de asamblea,
discutido en cada unidad académica. Así se resolvió,
por ejemplo, impedir la sesión el 31 de mayo, con el Abrazo al
Congreso.
Con este panorama, ni aún un Congreso de Centros tan maniatado
como el convocado para mediados de julio del '95 podría plantarse
decididamente para moderar la agitación estudiantil, y así
fue que, como principal conclusión, las fuerzas independientes
y partidarias de izquierda impulsaron y acordaron una declaración
final que sostuvo -como resolución del encuentro- que la FUA
promovía “garantizar la no aplicabilidad de la ley en los
hechos, entendiendo esto como impedir que se consuma cualquier acto
que contemple en todo o parte los puntos de la ley”. Luego de
la sanción de la LES, el paso siguiente para otorgarle legalidad
era la adaptación de los Estatutos universitarios, una pelea
que se tenía que dar al interior de la propia academia, donde
ya no habría mucho lugar para los matices.
En todo el período de lucha estudiantil,
los rectores se movían en el terreno de las declaraciones, y
mientras denostaban los métodos que permitían la resistencia,
criticaban la ley y negociaban con el gobierno. Su posición era
que la LES estaba viciada de nulidad, porque vulneraba la "autonomía"
universitaria, concepto bastante controvertido y que casi siempre se
usó para la continuidad de las castas dirigentes, a pesar de
que en algún momento favoreciera a las fuerzas estudiantiles
de un ataque mayor a la educación pública3,
como también sucedía en estos momentos. Lo concreto es
que funcionarios de las universidades (entre ellos Luis Lima, de La
Plata), apelaron a la Justicia para que frene la ley, y llamaron a eso
"dar la batalla desde las instituciones". En trámite
sumario, la pantomima de justicia del gobierno dictaminó que
la LES era justa, y entonces se acabó toda la resistencia de
los rectores. Con ellos también se amplió la fractura
entre los estudiantes: Franja Morada dejó de hacer equilibrio
y pasó decididamente del otro lado.
El 29 de diciembre de 1995 (curiosa fecha, en la que la actividad universitaria
suele reducirse a cero), se reunió el Consejo Superior de la
UNLP. Este órgano esta integrado por los decanos y un representante
por claustro por facultad. Así, en ese momento lo formaban catorce
profesores, catorce graduados, catorce estudiantes y catorce decanos.
La mayoría de sus integrantes, al igual que Lima, pertenecía
al partido radical. Allí se emitió una resolución
declarando la "necesidad de reformar el Estatuto", para adecuarlo
a las pautas de la nueva ley, ultraneoliberal en su espíritu
y en las políticas que la impulsaban: se quería generalizar
el arancel y la venta de servicios de investigación, extensión
y enseñanza, elitizando aún más la educación
y haciéndola plenamente funcional a las grandes empresas. Esa
era la magnitud del tema en debate, y explicaba tanto la radicalización
del movimiento estudiantil como las sesiones a escondidas de los funcionarios.
La incomodidad de las autoridades universitarias era evidente. El núcleo
del conflicto que los tenía como actores los llevaba a un terreno
desacostumbrado (y desfavorable para negociar manteniendo privilegios),
por la fuerza puesta en disputa entre quienes desde distintas perspectivas
y fuentes de poder tiraban de la cuerda en pos de proyectos claramente
antagónicos. El movimiento estudiantil en lucha resistía
la ola privatista, que significaba privar aún más de educación
al pueblo. "Educación pública. La defendemos para
transformarla", decían los militantes.
El 15 de febrero de 1996 era la fecha
que el Consejo Superior había elegido para la Asamblea Universitaria.
Los únicos que querían que todo siguiera más o
menos igual -al menos en cuanto a sus privilegios- se recostaban sobre
el poder institucional y proponían decir que sí a la LES,
pero "lo menos posible".
La movilización estudiantil seguía teniendo reflejos,
por eso se fijaba una fecha sin estudiantes en las aulas. En algunas
facultades estaban empezando los cursos introductorios que, como el
de Medicina y el de Económicas, cumplimentaban (y aún
lo hacen) las pretensiones de restringir el ingreso, achicando las matrículas
de las carreras como pretendía el modelo impulsado por el gobierno.
Con todo, el 15 de febrero unos quinientos estudiantes impedían
la sesión de la Asamblea y con ella la introducción de
la ley en el Estatuto. La medida, en línea con la recomendación
del Congreso Nacional de Centros de FUA (julio 1995), se hacía
efectiva a través de un nuevo cordón humano, esta vez
rodeando al edificio del ex-Jockey Club (con ingreso por 48 y por 49,
entre 6 y 7), donde estaba prevista la sesión para la primera
convocatoria.
El marco de las acciones estudiantiles, que volvían a incluir
cortes de calles con quema de gomas -por ejemplo, frente al rectorado-,
incluía por parte de los poderes locales una intensa campaña
de prensa tendiente a aislar al movimiento. Por esos días se
generalizaron los titulares de diarios que criticaban a los estudiantes,
y luego de la sesión frustrada las editoriales alcanzaron su
clímax. El 16 de febrero, por ejemplo, los medios destacaron
el incendio de un auto a una cuadra del Jockey, relacionándolo
con la protesta. También se vinculó el Abrazo con el estallido
de una bomba en la Universidad de Córdoba y con un principio
de incendio en la Facultad de Odontología, con la obvia intención
de mostrar a los estudiantes como violentos y marginales, en una metodología
que luego -ahora, por ejemplo- sería usada contra otros sectores
sociales, como los desocupados y otros trabajadores en lucha.
Mientras tanto, desde la presidencia de la UNLP y sus principales aliados
llenaban de epítetos la movilización estudiantil, que
consideraban ilegítima y marginal, obviando que las medidas estaban
siendo protagonizadas por la gran mayoría de las fuerzas estudiantiles
e incluso habían sido decididas en una reunión de FULP,
que contó con quórum pese a la inasistencia de su conducción,
Franja Morada. La participación estudiantil, por otra parte,
se revelaba inesperada para las autoridades, que confiaban en que el
verano sería un obstáculo para desarrollarla con fuerza
efectiva. Por eso en los días siguientes el presidente Luis Lima,
daría asueto total en la Universidad, cerrando las facultades
hasta después del 20 de febrero, con el objeto de impedir el
debate y la reunión estudiantil en asambleas.
Entre el 16 y el 20 de febrero, la gran mayoría de los burócratas
universitarios se dedicó a pedir a gritos "que la policía
garantice la sesión". En romance de barrio, significaba
pedirle a Duhalde, entonces gobernador de la provincia de Buenos Aires
y por ende jefe de "la mejor policía del mundo" (como
la calificaba), que la Bonaerense hiciera lo que mejor sabía:
reprimir las protestas sociales.
El 20 de febrero
Temprano a la mañana
El 20 de febrero la ciudad amaneció sitiada, y en particular
el edificio de la Biblioteca de la Universidad, nueva sede de la Asamblea,
inauguró el día con un vallado policial. El cambio de
lugar favorecía la operación represiva. La Biblioteca
está ubicada frente a Plaza Rocha (7 y 60) en una zona que, si
bien es céntrica, no tiene las características de aglomeración
comercial que circunda a 7 y 48, donde una eventual represión
abierta hubiera generado destrozos de mayor magnitud. Y donde una represión
"preventiva" como la que se dio hubiera sido (más)
rápidamente notada por los estudiantes que llegaban a la concentración,
perdiendo eficacia de acuerdo a sus objetivos.
Ese vallado sólo pudo ser atravesado por servicios de seguridad
y asambleístas "autorizados". Para ingresar había
que tener una tarjeta que permitía el paso, como la que exhibieron
los miembros de Franja Morada y otras fuerzas estudiantiles menores
de derecha; además de la enorme mayoría de los profesores
y graduados, a los cuales no les importaba tener que sesionar en esas
condiciones porque la casi totalidad de los estudiantes se oponían
a esa reforma de Estatuto4. Mientras, la policía
se llevaba a doscientas cincuenta estudiantes a medida que iban llegando
a la marcha, con un operativo desplegado varias cuadras a la redonda,
que incluía camiones celulares, autos patrulleros y móviles
-y efectivos- sin identificación, que "levantaban"
a todo aquel que pareciera ser estudiante y lo trasladaban a la Guardia
de Infantería, ubicada en 1 y 60, que fuera un campo clandestino
de detención y tortura durante la dictadura militar de 1976-19835.
Allí los mantendrían detenidos durante todo el día,
bajo el cargo de "averiguación de antecedentes".
Por la tarde
Pocas horas después de terminada la Asamblea -que continuó
como si nada pasara hasta introducir la LES en la UNLP y permitir, de
paso, la re-reelección de su presidente-, se producirían
los hechos que finalmente conmoverían a la "opinión
pública" a través de los noticieros de la noche.
Sobre la puerta trasera del Cuerpo de Infantería, varios cientos
de compañeros, amigos y familiares se encontraban concentrados
exigiendo la libertad de los detenidos, que a esa altura -alrededor
de las siete y media de la tarde- llevaban entre diez y doce horas privados
de la libertad. En ese momento una camioneta con vallas que había
estado cercando la Asamblea intenta ingresar a través del lugar
por donde había más manifestantes. Desde el interior del
bosque, una fila de infantes comienza a avanzar disparando a mansalva
balas de goma, mientras desde los techos comienzan también a
disparar y a arrojar gases lacrimógenos.
En los hechos de la tarde son detenidos otros 11 estudiantes, y son
heridos un gran número de manifestantes, que son objeto de caza
de autos sin patente -y efectivos con y sin identificación- hasta
bien entrada la noche. Muchos vecinos abren las puertas de sus casas
y cobijan a los que huyen del ensañamiento policial6.
También resulta herido espectacularmente (mientras él
mismo registra los hechos) un camarógrafo de Canal 13.
El suceso da la vuelta al mundo, potenciado además porque una
Madre de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, había resultado herida
por la mañana en otro incidente. En todo el país se produce
un escándalo por la represión a los estudiantes; y las
movilizaciones y repudios se generalizan. En La Plata, el 21 de febrero
se realiza una multitudinaria movilización, en la cual también
se repudia la actitud cómplice de algunos sectores universitarios,
y donde apenas iniciada la marcha es expulsada la bandera de Franja
Morada.
El 20 como la amalgama de una
nueva generación de militantes
Analizar el 20 de febrero como parte
de un proceso implica situarlo como un punto cúlmine, precedido
por movilizaciones masivas y un debate generalizado sobre las políticas
para la educación en Argentina. Los meses siguientes mostraron
un repliegue de esa participación estudiantil, pero al mismo
tiempo siguieron evidenciando los cambios estructurales que el movimiento
estudiantil, como parte del movimiento popular, venía desarrollando.
Al calor de las luchas contra la ley de Educación Superior en
sus diversas variantes (aún las normas y prácticas no
reguladas que ya estaban antes del '95, como la introducción
de restricciones al ingreso y la permanencia, y la promoción
de una universidad orientada a la empresa), una nueva generación
militante se constituía como tal en varios puntos del país.
En La Plata, crecían las agrupaciones estudiantiles combativas,
formándose en algunos casos nuevos grupos, y sobre todo fortaleciéndose
a partir de allí los lazos de articulación y coordinación.
Entre las agrupaciones independientes, comenzaba a imponerse como una
necesidad inmediata abandonar el aislamiento que en ocasiones era vivido
"naturalmente", desde su origen como pequeño grupo
de base que rechazaba las prácticas "de aparato" anteriormente
hegemónicas y a contramano de las cuales, de algún modo,
se había constituido. Comenzaba a verse necesario el paso del
independentismo a la autoorganización de base articulada. La
coordinación se ampliaba en todos los niveles.7
Una de las consecuencias del 20 de febrero
tendría lugar en la última parte del 96, conformándose
como la primera expresión institucional de las modificaciones
producidas durante los dos años anteriores. El 5 de octubre,
en el congreso ordinario de FULP, por primera vez desde el '83, un conglomerado
de fuerzas de izquierda desplazaba a la Franja Morada de la conducción8.
Las principales fuerzas del “Frente 20 de Febrero” eran
las agrupaciones independientes (de diversas tendencias), el Frente
Grande Universitario, y la CEPA (Corriente Estudiantil Popular Antiimperialista),
ligada al PCR - Partido Comunista Revolucionario. Como muestra de la
heterogeneidad (y también de la existencia de fuertes disputas
internas, que se alternaban con el proceso de construcción común),
la presidencia sería compartida: los primeros seis meses a cargo
de un militante de la agrupación E.Co., de Medicina, y el período
restante de uno del MUECE, de Ciencias Económicas. Así,
el 8 de octubre de 1996 asumía por primera vez en más
de 20 años una conducción de la Federación Universitaria
que no era de la Franja Morada.
A partir de ese momento quedó claro que para el brazo estudiantil
del radicalismo nada sería lo mismo, comenzando su debacle a
la par de la emergencia de un movimiento estudiantil crítico
y movilizado, que comenzaría a crecer en representación
en los Centros de Estudiantes y Consejos Académicos, hasta alcanzar
de conjunto la amplia mayoría. Con el crecimiento electoral,
además, se verificaría un proceso de fortalecimiento de
los lazos de articulación, que incluiría varias actividades
de encuentro y movilización, en un marco de crecientes luchas
sociales en todo el país, que mostraban el agotamiento de las
ilusiones generada por el modelo de convertibilidad.
En 1996 y 1997 parte del país asistiría al derrumbe del
sueño del progreso individual por medio de la competencia, ese
que también decía que primero había que crecer
para después derramar. El prometido "primer mundo"
se mostraba esquivo y alejándose; el espejismo le daba paso al
simple espejo, que nos mostraba la cara de lo que no se había
querido ver durante años: desempleo, pobreza, marginación.
Pero por los bordes la gente se organizaba y comenzaba a decir “basta”
al modelo del saqueo. En los enclaves petroleros más devastados
por las privatizaciones comenzaban las puebladas (y también las
represiones y las primeras muertes9); y con los piquetes
llegando al centro del país comenzaba una toma de conciencia
y una práctica de organización que se extendería,
primero, por buena parte de las barriadas del país, y luego se
extendería a otros sectores sociales, a medida que el desencantamiento
y hartazgo se generalizaban.
En la Universidad, una de las actividades
significativas de la época pasó a ser la realización
de espacios de debate políticos en sentido amplio, donde se analizaban
procesos históricos y distintas problemáticas sociales,
pasadas y presentes. Entre estas acciones, en 1997 se organizó
la Cátedra Ernesto Che Guevara, a 30 años de su caída
en combate. Impulsada originalmente desde la UBA10,
la Cátedra se desarrolló también en otras Universidades
del país.
En la ciudad de La Plata, la Cátedra del Che fue organizada a
partir de agosto del '97 y reunió cada semana, durante tres meses,
a un promedio de unas seiscientas personas (la mayoría de ellos
estudiantes), que debatieron la historia latinoamericana y los problemas
actuales del continente. En la organización confluían
AULE (de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación),
Forja (de Derecho), MUECE (de Económicas) y Raíces (de
Trabajo Social). Estas agrupaciones independientes, que también
compartían la conducción de la FULP en el “Frente
20 de Febrero”, ya habían realizado durante el primer semestre
del año otra actividad de debate de carácter masivo, el
seminario "Discutiendo Alternativas al Neoliberalismo".
El fin de 1997 traería como novedad la conformación del
EOS (Encuentro de Organizaciones Sociales), como resultado de una convocatoria
de la Cátedra. El EOS se iría conformando como un espacio
de reunión e intercambio de decenas de grupos sociales que reivindicaban
la autonomía de los partidos políticos, las iglesias y
las centrales sindicales, y desarrollaban trabajos de organización
y difusión en torno a las más variadas problemáticas,
desde la comunicación popular, hasta las comunidades originarias,
pasando por las víctimas de accidentes de tránsito y los
incipientes movimientos de trabajadores desocupados, entre muchas otras
organizaciones y tareas específicas. En este espacio, que continuaría
por otros cinco encuentros durante dos años y medio, muchas organizaciones
y compañeros harían sus primeros contactos, como parte
de un camino de articulación que se profundizaría con
el correr del tiempo y los proyectos compartidos.
En el marco de este proceso de recomposición
del campo popular en general, y de los sectores autónomos en
particular, a partir de 1998 las agrupaciones estudiantiles comienzan
a debatir con varios otros participantes de la Cátedra del Che11
la necesidad de formar espacios de participación en el plano
político y social más general, y puntualmente un lugar
donde continuar la militancia "después de la Universidad".
A partir de este debate -y de todas las tareas comunes entre las agrupaciones
estudiantiles, y lo que va generando el encuentro con otros grupos del
EOS- comienza a formarse lo que más tarde tomaría el nombre
de Galpón Sur.
En los años siguientes el movimiento
popular argentino (y latinoamericano) continuó con sus transformaciones,
recomponiéndose y avanzando en movilización, organización
y cuestionamiento de las políticas que condenan al hambre y la
pobreza a millones mientras se garantizan enormes privilegios para unos
pocos, comprometiendo además el futuro de todos, a través
de la apropiación privada de los recursos y la destrucción
del medio ambiente.
En el plano netamente universitario, a partir de 1996 se dio en el conflicto
de proyectos antagónicos una situación de estancamiento
relativo en las posiciones de fuerza. Si bien la LES se aprobó
e ingresó en algunas universidades, lo cierto es que su aplicación
dista mucho de ser lo que sus impulsores proyectaban; y basta comparar
la Universidad nacional (aún pública, pese a sus limitaciones)
con el desguace y privatización de los demás recursos
estatales. De todos modos, la tendencia a la privatización continúa
siendo fuerte. Se trata de un fenómeno que antes y después
de la Ley se expresó en algunos aranceles parciales (contribuciones
"voluntarias" en algunas sedes), en la venta de servicios
a grandes empresas y en la injerencia de organismos al servicio de las
empresas, influyendo en programas de investigación/extensión
y en la reformulación de los planes de estudio.
En cuanto a los demás sectores sociales, es conocida la emergencia
de organizaciones -predominantemente barriales- que han sostenido importantes
luchas en lo últimos años, contribuyendo a minar la legitimidad
del neoliberalismo más crudo, aún sin poder conformar
plenamente una nueva subjetividad y organización social que ponga
al campo popular a la ofensiva en cuanto a sus demandas y soluciones
concretas de carácter estructural.
Desde Galpón Sur hemos intentado
hacer nuestro aporte al esfuerzo colectivo de resistencia popular, una
lucha contra el saqueo que hoy continúa a la orden del día,
como prioridad en la agenda de los pueblos de América. En Argentina,
como intento de construcción de una propuesta alternativa que
ponga freno al retorno del modelo agroexportador, oligárquico
y excluyente, al que también se suma la extracción intensiva
de otras riquezas comunitarias, como el gas, el petróleo, el
oro y otros minerales, que tiene como condición necesaria la
concentración de los recursos en muy pocas manos (grandes empresas
trasnacionales, de capitales argentinos y extranjeros) y la destrucción
y contaminación del agua, del aire y la tierra.
Nuestro aporte a esta batalla se inscribe en el que miles de personas
realizan para construir otro presente y otro futuro, con trabajo y dignidad,
libertad y justicia social. En estos siete, diez o aún más
años ese ha sido nuestro camino. En ese contexto situamos los
diez años del 20 de febrero. "Que la Universidad se pinte
de pueblo", decíamos y decimos. Como una manera -otra de
tantas necesarias- de que el pueblo lo pinte todo con los colores que
le parezca.