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Si miramos a 1975, proclamado por
la ONU
“Año Internacional de
la Mujer
” y año en el que hizo su aparición pública el movimiento feminista
en España, tenemos muchos motivos para estar contenta: hemos ganado en
libertad y en igualdad entre hombres y mujeres, aumento en la
incorporación de las mujeres al trabajo asalariado, los cambios en las
expectativas vitales de las mujeres, su incorporación a la educación
en todos los niveles, la regulación del divorcio, del matrimonio para
parejas homosexuales, la ley de igualdad, el mayor respeto a la libertad
y diversidad sexual… son ejemplos de algunos de estos cambios.
Sin embargo, no tenemos motivos para estar
satisfechas. Algunos de estos derechos siguen sin estar reconocidos,
como es el caso del derecho al aborto, continuamente aplazado por las
presiones de sectores ultra conservadores y de la jerarquía de la
iglesia.
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Los recientes acontecimientos en torno
al ejercicio de este derecho, han puesto en evidencia tanto la
inseguridad jurídica de las mujeres y los profesionales que realizan
IVE (interrupciones voluntarias del embarazo) como los límites de la
actual despenalización parcial en tres supuestos y las insuficiencias
en educación sexual y prevención de embarazos no deseados.
Las muertes incesantes de mujeres a manos de sus parejas y ex parejas,
nos obligan a seguir mejorando y revisando los objetivos a alcanzar y
recursos puestos en marcha. Evaluar cuantitativa y cualitativamente la
aplicación de la ley integral para reexaminar la utilidad y pertinencia
de las medidas adoptadas. Nuevas medidas dirigidas a acompañar a
aquellas mujeres que no quieren denunciar, reforzando su autoestima,
ofreciendo vías alternativas a la denuncia, generando redes de apoyo.
Es preciso que trabajemos con la idea de que sean ellas las
protagonistas de este proceso, con el objeto de alimentar y nutrir su
autonomía. La labor educativa y de sensibilización sigue siendo
escasa. Labor educativa que no se limite a prevenir el maltrato sino que
apueste por generar relaciones de buenos tratos. Que no sólo cuestione
los papeles asignados tradicionalmente a mujeres y a hombres y las
desigualdades que persisten en el espacio privado; sino que apueste por
fomentar valores necesarios tanto a hombres como a mujeres: autonomía,
empatía, cuidado de los y las demás, y de uno mismo, resolución
constructiva de los inevitables conflictos que surgen en toda relación
humana, libertad sexual, paternidad/maternidad responsable… que
cuestione concepciones del amor poco saludables.
Persisten desigualdades importantes en el empleo, sobre todo
relacionadas con la inserción laboral de las mujeres, que son mayoría
en las categorías peor valoradas económica y socialmente. La limitada
corresponsabilidad de los hombres en las tareas domésticas y en el
cuidado de las personas que lo necesitan; las escasas medidas orientadas
a conciliar la vida familiar y laboral constituyen uno de los
principales obstáculos para avanzar en igualdad en este y en otros ámbitos.
La presencia en nuestro país de personas que proceden de otras
sociedades en ocasiones con leyes, mentalidades y relaciones muy poco
igualitarias entre hombres y mujeres, suponen un nuevo reto para nuestra
convivencia en el que hay que invertir esfuerzos y recursos.
En definitiva se trata de seguir construyendo una sociedad en la que la
igualdad entre hombres y mujeres, la libertad para desarrollarnos como
seres autónomos, independientemente del sexo al que se pertenezca, no sólo
sean valores centrales a cultivar en nuestra vida en común sino una
realidad palpable. Sin duda con ello no sólo ganamos las mujeres sino
también la calidad democrática y humana de nuestra sociedad. |