UNA OLA DE HAMBRE AZOTA AL MUNDO

Un estudio estadístico de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) indica que el precio de los alimentos básicos en el mundo se ha encarecido un 45% en los últimos nueve meses. Tres productos fundamentales experimentan en ese periodo incrementos exorbitantes y continúan subiendo: lácteos 83%, aceites vegetales 60% y cereales 41%. El último ascenso corresponde al arroz, alimento básico de más del 45 % de la población del planeta (casi tres mil millones de personas dependen del arroz como alimento principal), antes fueron el maíz y el trigo.

En el mismo informe, técnicos de la FAO indican que al aumento de precios de los alimentos en el mundo se debe a varios factores: el alza en el precio del combustible y fertilizantes, los costos de producción, el cambio climático, la creciente demanda de materias primas y, de forma especial, la expansión del mercado de biocombustibles, (bioetanol y similares) que se basa en la cosecha de maíz, trigo, cebada, caña de azúcar,... para producir energía en vez de alimentos.

                Los países “desarrollados” aumentan su demanda de biocombustibles y pagan por ello un precio con el que no pueden competir los habitantes de los países empobrecidos, de modo que los campesinos de estos países dedican cada vez más tierras a la producción de estos biocombustibles detrayéndolas de la producción de alimentos, que entonces es menor y como catastrófica consecuencia aumenta su precio (cosa que ocurre aunque no se trate directamente de un producto demandado para su transformación en combustible).

Además, como resulta aparentemente más rentable, dedican a este menester las mejores tierras que, por otra parte se empobrecen y envenenan rápidamente, porque en ellas se abusa sin control de herbicidas, plaguicidas, abonos químicos incontrolados, pesticidas, fungicidas, insecticidas,... (como la cosecha no se destina a alimentos no es preciso someterse a los estrictos controles a los que están sujetos los productos dirigidos al consumo humano y “todo vale” en aras de una mayor producción); el resultado es, de nuevo, catastrófico: las mejores tierras envenenadas e inutilizadas a largo plazo para la producción de alimentos de una calidad aceptable.

Para completar la situación, la aparente ventaja con que se anuncian los biocombustibles: “más ecológicos y envían a la atmósfera menos gases que provocan el efecto invernadero”, dista mucho de ser cierta en la mayor parte de los casos: para su producción se dedican grandes superficies de tierras fértiles y grandes superficies que se destruyen de bosques primarios (grandes consumidores de CO2, principal  gas causante del efecto invernadero), el cultivo de esas grandes superficies se realiza con maquinaria que sí emite gases que provocan el efecto invernadero, el consumo de agua, las distancias que ha de recorrer el combustible obtenido (una gran parte hay que desplazarlo, por ejemplo, desde la Amazonía hasta Estados Unidos y Europa) requieren igualmente grandes cantidades de combustible fósil, los fertilizantes y plaguicidas utilizados son altamente contaminantes y su producción se realiza con combustible fósil. Estas causas entre otras, hacen que el  balance energético no cuadre: se trata de biocombustibles que emiten la misma cantidad de gases de efecto invernadero que los combustibles fósiles y además tienen los efectos indicados sobre el precio de los alimentos y los cultivos locales.

En los países ricos ya se habla de crisis económica y de subida de precios, pero, como siempre, son los habitantes de los países empobrecidos los que están padeciendo en mayor medida la crisis hasta el punto de estar muriendo de hambre: el número de muertes por hambre y enfermedades relacionadas con la carencia de bienes básicos (extrema pobreza) en el mundo ha ascendido después de unos años de estancamiento. Más de 50.000 personas mueren diariamente por esta causa y el alza desmesurada y sin techo aparente de los precios de los productos básicos no hace más que agravar este problema, el más grave que padece la humanidad. Esta situación se está produciendo en lugares en los que el hambre endémico no estaba hasta hace poco tan generalizado, pongamos algunos ejemplos de lugares en los que han saltado las alarmas (tanto que han llegado incluso a alarmar a la paciente e inoperante ONU): México, Indonesia, Yemen, Filipinas, Camboya, Marruecos, Senegal, Uzbekistán, Guinea, Mauritania, Egipto, Camerún, Bangladesh, Burkina Fasso, Costa de Marfil, Perú, Bolivia, Haití,... muchos de los países anteriores, otrora autosuficientes e incluso excedentarios de alimentos , dependen hoy día de las importaciones para su abastecimiento, por lo que están a merced de los precios que impongan las industrias agropecuarias y las multinacionales que, como es sabido, no tienen entre sus principales prioridades la bajada de precios para erradicar el hambre, sino, en muchos casos, todo lo contrario.

El Secretario General de la paciente e inoperante ONU, Ban Ki-moon, ha comprendido y explicado que la crisis es grave,  pero no ha ofrecido ninguna ayuda significativa (ha ofrecido diez millones de dólares, algo insignificante ante la magnitud del problema, y ha pedido mayor ayuda económica al resto de los países del mundo), eso sí, apela a los dirigentes de los países empobrecidos para que mantengan la “estabilidad” en sus países (¿Puede ser un primer paso para culpabilizar del hambre a los hambrientos porque se manifiestan y crean disturbios?).

En cualquier caso la solución al problema no es fácil, pero pasa por tomar una serie de medidas a nivel mundial:

.- Poner freno a la expansión globalizadora de las empresas, bancos y multinacionales que aún en épocas de crisis obtienen desproporcionados beneficios.

.- Racionalizar el consumo (consumismo) desmedido en los países del primer mundo.

.- Detener el alza de precios de los productos alimenticios básicos, para lo que son imprescindibles dos medidas: acabar con el despropósito de los biocombustibles insostenibles (los obtenidos a partir de tierras de cultivo destinadas anteriormente al consumo humano y  de bosques primarios) y frenar la especulación con los alimentos (con las cosas de comer no se juega y menos se comercia, especula y manipula).

.- Fomentar el autoabastecimiento, los cultivos y formas de vida tradicionales de los pueblos empobrecidos.

.- Fomentar el uso de energías renovables.

.- Crear en los países empobrecidos que padecen hambre una estructura estable de producción y consumo no dependiente de factores externos.

Foro Social de Segovia, mayo de 2008.