FORO SOCIAL TRASATLANTICO
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La lucha campesina por la soberanía alimentaria , una lucha de tod@s nosotr@s

El 17 de abril se ha convertido en una jornada de lucha en todo el mundo. El movimiento mundial Vía Campesina promueve desde hace 6 años en este día la denuncia de las cuestiones más urgentes o sangrantes que afectan a la población campesina, pero también urbana, pidiendo su apoyo a los movimientos sociales de resistencia a la globalización económica. Una lucha que hacemos nuestra por dos razones. En primer lugar, por el motivo de su surgimiento: sensibilizar a la opinión pública mundial ante la brutal matanza a manos del ejército de 19 campesin@s, asesinad@s en Pará, (Brasil) en 1996, por reclamar condiciones para cultivar sus alimentos y no ser arrojados de sus tierras. En segundo lugar, porque desde el 11 de septiembre, y con la excusa de la lucha contra el terrorismo, se ha acentuado la intervención militar a escala planetaria, provocando miles de familias desplazadas en Afganistán, Palestina, Colombia ... , que precisarán ayuda alimentaria por haber perdido sus medios de vida, si no tienen que emigrar a zonas "más seguras" en las que carecerán de sus propios recursos.

"La Jornada de protesta tiene como propósito fundamental deslegitimar la globalización y el neoliberalismo como modelo económico imperante en el mundo, que genera grandes desigualdades, exclusión y empobrecimiento de nuestros pueblos. Luchamos por la soberanía alimentaria, una producción campesina y diversificada y sostenible, alimentos sanos, precios que remuneren el trabajo campesino, la reactivación de las reformas agrarias y la salida de la OMC de la agricultura." [ii]

En el año 2002 se centrará en la lucha contra los Organismos Genéticamente Modificados (OGMs), patentes y semillas "muertas", y denunciará la represión que sufren las comunidades indígenas y campesinas.


¿Porqué NO a los alimentos transgénicos, a las semillas estériles y a las patentes sobre la vida?

Los Organismos Modificados Genéticamente (transgénicos), las patentes, y las semillas "muertas", sintetizan el modelo dominante a escala planetaria de producción-distribución-consumo de alimentos.

Los alimentos transgénicos son una salida falsa y no demostrada de superación de los problemas no resueltos o introducidos por la agricultura industrial y mal llamada revolución verde (contaminación, erosión, plagas y hambre, entre otros). Las semillas transgénicas que se cultivan (en el caso de la Unión Europea el maíz), son resistentes a determinados herbicidas químicos, con lo que aumenta su uso. Llevan genes resistentes a antibióticos lo que implica que, al menos los antibióticos vinculados con estas semillas, puedan ser inviables a medio plazo. En definitiva se agudizan, en un círculo vicioso, los problemas que se prometen resolver: crecimiento de plagas, resistencia a los productos de lucha contra las plagas, aumento de la contaminación de aguas y suelos, pérdida de fertilidad de la tierra, menores rendimientos de los cultivos ... El problema del hambre, argumento al que se recurre de forma tramposa, no es un problema de producción, o de tecnología, sino de acceso a los recursos productivos, de soberanía alimentaria. Es un problema de orden político y no técnico.

A las semillas muertas se les ha amputado la capacidad de autorreproducirse. Aparentemente es absurdo desarrollar estas semillas. Sin embargo, beneficia a las multinacionales del "agrobusiness" (Cargill, Monsanto, Novartis, Dupont,), para las que el negocio es la reproducción y venta de semillas, obligando a quien las necesita a comprar cada vez, antes de cada siembra.

Las patentes (derechos de la propiedad intelectual, individuales y privativos -es decir, de uso exclusivo para quien lo paga-) son el tercer elemento con el cual, la tecnología de las semillas transgénicas y/o muertas, alcanza el objetivo perseguido de maximizar los beneficios, concentrados a su vez, en un número reducido de empresas. Sin la patente sobre la semilla o sobre la tecnología aplicada a la semilla, no se asegura que todos los beneficios económicos derivados de la inversión tecnológica, recaigan de forma exclusiva sobre la empresa beneficiaria de la patente. Este sistema de derechos sobre la vida convierte en obligatorio el uso de semillas comerciales, agudizado por la competencia y concentración de poder sobre el material genético agrícola. Desaparece además, el interés y los recursos dedicados a la investigación, conservación y recuperación de semillas de patrimonio común, no privado. El uso de las patentes se convierte, con el impulso de la OMC, en el sistema predominante y excluyente de protección de derechos sobre las semillas, plantas, animales e incluso células humanas. El derecho de patente, que se origina para proteger los inventos industriales, no está justificado con las obtenciones vegetales al tratarse de descubrimientos de propiedades ya existentes en la naturaleza, o donde la frontera entre invención y descubrimiento es muy difusa. Por último, este sistema prohíbe el intercambio no comercial de las semillas patentadas. El uso colectivo y el intercambio de semillas entre agricultor@s, ha sido el garante de la biodiversidad, ha favorecido la protección y diversidad agrícola y su adaptación local al suelo y al clima, y ha sido la mejor estrategia campesina frente a los problemas de sequía, rendimiento, plagas, etc

En definitiva, la tríada 1) alimentos transgénicos, 2) semillas estériles, y 3) patentes sobre la vida, es exponente y resultado del modelo dominante de producción-distribución-consumo de alimentos, desentendiéndose de las necesidades y consecuencias, sociales y ecológicas, actuales y futuras, y en abierta oposición, por no decir, beligerancia, con los derechos de l@s campesin@s y consumidor@s a una alimentación suficiente, sana y nutritiva, a una vida digna y a la propia cultura.


¿Porqué la defensa de la soberanía alimentaria nos compete a tod@s?

Denunciar y luchar por la eliminación de una tecnología insegura, incluso suicida, y un sistema de protección de derechos injusto, que no reconoce el legado milenario de la cultura campesina, usurpa su conocimiento y viola sus derechos hasta poner en peligro su supervivencia, es necesario y compete a l@s consumidor@s, como población que puede sufrir los riesgos. Mucho más como ciudadan@s, preocupad@s por las consecuencias ecológicas actuales y futuras, y solidari@s con el impacto sobre l@s campesin@s (que son de hecho la mitad de la población mundial).

Pero a condición de asumir que son sólo la manifestación más evidente de un modelo de producción-distribución-consumo de alimentos, que sólo produce lo que tiene demanda solvente. Que enfrenta a productor@s y consumidor@s con intereses contrapuestos y enormemente alejados en una cadena de distribución planetaria. Que elimina a l@s campesin@s, reemplazándolos por empresas o sociedades anónimas que concentran la producción y la distribución donde les es más ventajoso para la venta. Que convierte a la agricultura y ganadería en una factoría industrial, donde el oficio y habilidad del agricultor/a y su conocimiento de la naturaleza no tienen el menor valor y han sido sustituidos por producción en serie, diseñada a favor de las empresas que venden las materias primas y auxiliares. Que sustituye la calidad de los alimentos por el cumplimiento de la legalidad: informar en las etiquetas, no echar productos prohibidos o en dosis no autorizadas. Y que aparta a un lado el ejercicio de la soberanía alimentaria como "derecho de los pueblos a definir su propia política agraria y alimentaria". Lo importante es que no se interrumpa el ciclo de producción y circulación de las mercancías, para la producción de plusvalor.

Sin entrar en las regulaciones e instituciones internacionales que potencian esta situación (OMC y los tratados de libre comercio, UE y la PAC), este modelo económico y social antepone las "necesidades" de la mercancía alimenticia a las necesidades de las personas que trabajan elaborando alimentos y/o se alimentan con ellos. Las personas, agricultoras o consumidoras, estamos indefensas e inermes en una situación que nos convierte en víctimas y, a la vez, colaboradores eficientes en nuestra faceta de consumidor/a, productor/a, trabajador/a, reclamando intereses diferentes según adoptemos uno u otro rol. El fraccionamiento de las posiciones da lugar a planteamientos igualmente parciales e individualistas que no dialogan con la totalidad de los problemas.

Reclamar la soberanía alimentaria no es una cuestión exclusivamente campesina, sino ciudadana. No sólo porque el modelo alimentario y sus consecuencias económicas, ecológicas y sociales nos afectan a tod@s, sino porque ejercer de forma plena la soberanía alimentaria supone reconstruir las relaciones de intercambio campo-ciudad, campesin@-consumidor/a, autócton@-emigrante. Saberse parte interviniente, responsable y solidaria, a la hora de comprar alimentos cada día.

Reconstruir esas relaciones supone apostar, no sólo en la teoría sino en la práctica, por unas relaciones basadas en el intercambio de alimentos suficientes, y nutritivos, pero donde no se antepongan como mercancías a las personas. Desarrollar unas relaciones que no instrumentalicen a ninguna de las partes (pimientos baratos a costa de trabajo esclavo; comida ecológica sólo para "ricos"; tomates todo el año a costa de escasez de agua, desertización y alto consumo energético; oferta variada de alimentos baratos en grandes superficies, a costa de empleos precarios en el Norte, de hambre y expulsión de sus tierras a l@s campesin@s del Sur; subvenciones agrícolas para la exportación, para bajar los precios, para destruir producto, a costa de la desaparición de familias agricultoras, de la salud de tod@s, y de la erosión y contaminación de suelos y aguas, etc.). Es necesario y urgente que se promueva la solidaridad en todas las direcciones, incluido el medioambiente y las generaciones futuras.

Hay diversos planos en que explorar y ejercer la soberanía alimentaria, según enfoquemos las contradicciones norte-sur, rural-urbano, internacional-local, producción-consumo, suficiencia-salubridad, etc. No es suficiente demandar a los gobiernos que antepongan la soberanía alimentaria al libre comercio. Se precisa también un cambio de actitud ante el consumo propio, e interrelacionar las consecuencias de nuestros hábitos y formas de vida. El mal llamado "subdesarrollo" de los países del Sur es la otra cara de nuestro modelo civilizatorio de consumo.

Es necesaria una reconstrucción de las relaciones económicas entre las personas. Desde el convencimiento de esta necesidad, desde la apuesta colectiva y organizada por un consumo responsable y comprometido con las necesidades de las personas consumidoras y agricultoras, respetuoso con los ciclos ecológicos y las generaciones futuras, pueden armarse soluciones diversas que tengan en cuenta a todas las partes, incluida la distribución. Personas agricultoras queriendo establecer un vínculo con consumidor@s que quieran ver algo más que el producto y el precio. Esa apuesta se lleva haciendo bastante tiempo desde muchos proyectos económicos alternativos. Pero precisa la vocación de transcrecerse de los propios límites que marca el necesario esfuerzo militante y la "identidad propia" para por un lado, asegurar unas condiciones de viabilidad más allá de un consumo testimonial de apuesta política, y por otro, mostrar al resto de la sociedad que "otra forma de alimentarse es posible".