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¿Fue Nuremberg una revancha?
Luis Arias ArgÜelles-Meres 7-11-2002


«El PSOE (en 1977) habla mucho de franquismo y prácticamente nada de la guerra civil (...). Al hacer un recorrido histórico del partido pasan del relato de la II República al del franquismo, saltándose el espinoso asunto de la contienda. Era una magnífica oportunidad para desmontar la versión maniquea que, durante décadas, había ofrecido el franquismo, pero se desaprovecha de forma deliberada (...). Afirman, sin embargo, ser profundamente republicanos y partidarios de la celebración de un plebiscito popular sobre la forma de Estado»

Paloma Aguilar Fernández. «Memoria y olvido de la guerra civil». Alianza. Madrid, 1996. Página 327


«La lección que mejor había aprendido el PCE (también en 1977) era que no debía ejercer ningún tipo de presión sobre todas aquellas cuestiones que resucitaban la memoria de la guerra civil: la forma de Estado, la bandera, la cuestión religiosa, etcétera»

Ibídem nota anterior. página 355


¡Ay, las palabras! Son díscolas y perversas. Mire usted por dónde. Amnistía y amnesia tienen la misma raíz etimológica. ¡Ay, los cadáveres que aparecen como acaba de suceder en Ávila! ¿Qué ley de amnesia (perdón, de amnistía) les aplicamos, la del 30 de junio de 1976, o la del 14 de octubre de 1977? ¡Ay, los argumentos que se esgrimen! Hablar de esto supone revanchismo. ¡Con lo bien que estamos amnésicos! (amnistiados, quiere decirse). ¿Acaso fue Nuremberg una revancha, una venganza, o fue un acto litúrgico de justicia y de derecho internacional? ¿Qué hay de revanchismo en la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, si en momento alguno se está investigando a los autores de los asesinatos fuera de las trincheras y de los consejos de guerra, si lo único que se pretende es identificar los cadáveres y, en su caso, como sucedió en Babia este verano, que las familias puedan recuperar esos restos y hacerles sitio en los panteones respectivos con los suyos?

Se puede argüir que paseos los hubo en los dos bandos. Nada que objetar. Sólo habrá que convenir que este país sufrió hasta el agotamiento la propaganda del bando vencedor y no vendría mal que se supiera también la versión de los perdedores, primero, silenciada por la dictadura y luego por la transición que se pactó. Habrá que convenir también que los sanguinarios del bando perdedor, que, indiscutible, también los hubo, fueron severamente juzgados o vivieron, en el mejor de los casos, un exilio que acaso no fue parca condena. Y no se puede decir lo mismo de los autores de abusos del bando victorioso.

Fue la legalidad posfranquista la que perdonó a la España del exilio, como si ésta no tuviera nada que perdonar a aquélla, como si los que perdieron fueran los delincuentes y los que ganaron los santos, los puros y los inmaculados de esta historia. ¿Acaso hay algo de sostenible en esto?

Haría falta aportar sosiego y dignidad a este debate. Es inadmisible que se hable de revancha. ¿Revancha contra los dirigentes franquistas que ya no viven o que andan cerca de los cien años? ¿Revancha contra el heroico Caudillo que ya compareció ante el Altísimo en noviembre de 1975? Por favor, dejemos los desvaríos. Sosiego y dignidad, digo.

No vendría mal que el PP condenara el franquismo de forma expresa y se desmarcase de ese tufillo que algunos dirigentes suyos siguen dando, ex ministros de Franco y ex gobernadores civiles durante la dictadura incluidos. No vendría mal que la Iglesia hiciese su autocrítica, porque, por mucho que se diga en algunos libros que no se estudian en ninguna Universidad, su apoyo a la dictadura es innegable. No vendría mal que se recordase sobre qué se sustentó todo aquello, pues, pasados los años triunfales del frente, las pistolas al cinto y los uniformes como méritos de guerra sirvieron para todo, hasta para obtener plazas de funcionarios de todo tipo, con independencia del grado de preparación. Tampoco vendría mal echar un vistazo crítico sobre la transición. Sobre la ruptura que no llegó a hacerse. Sobre la reforma que se aceptó y sobre el olvido que sufrieron los españoles, que entonces quedaban muchos, del exilio.

Un pueblo tiene derecho a conocer su historia. Y no hablo de la rancia moralina de la condena a repetirla si se ignora. De lo que hablo es de reparar la dignidad y de recordar, con el respeto que se merecen, a aquellos que fueron salvajemente asesinados, fuera de la lucha de las trincheras y fuera de los juicios. Porque ­mire usted por dónde­ eran seres humanos. Son pocas las culturas civilizadas que no recuerden a sus muertos. Y la nuestra se supone que lo es.

¿Por qué ese miedo a la historia? ¿Por qué ese temor y ese temblor ante el intento de devolver a la historia a los que fueron asesinados en descampados? ¿Por qué ese empecinamiento en no querer ver que el franquismo se cerró en falso y que la transición no curó las heridas ni las brechas que abrió aquel régimen tiránico?

Nos horrorizamos ante los crímenes de Pinochet, como no puede ser de otra forma. Nos encorajina que un señor como Videla disfrute de impunidad. Nos estremecen los desaparecidos de Chile y de Argentina. Si todo esto es así, ¿qué tiene de extraño que se estudie e investigue la historia de nuestro país, aquella que sucedió entre la tierra y el cielo, con el escalofriante traqueteo de las balas asesinas que mataban sin juicio y sin justicia?

¿Es revancha que los crímenes perpetrados, con los restos como testigos, tengan su sitio en los cementerios y en la historia? ¿Es venganza que se recuerden y que figuren en los inventarios ad hoc las matanzas salvajes en un territorio que decía ser la reserva espiritual de Occidente? ¿Es tan terrible acaso que los hechos denuncien que la transición no hizo justicia con los republicanos exiliados y asesinados?

¿Hay algún argumento ético plausible que se pueda esgrimir en defensa del olvido de los asesinados y desaparecidos? Porque hay algo que esos cadáveres piden con todo derecho, y es figurar en la historia de su país

¿Quién teme a los muertos?