11 de febrero de 1873
La Nueva España - Francisco Prendes Quirós - 11/02/2005
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En la tarde de tal día como el que encabezan esta líneas, hace 132 años, se proclamaba en el Palacio de las Cortes, de Madrid, la I República española. Llegaba como remedio a la renuncia al trono, que aquella misma mañana había presentado al poder legislativo don Amadeo I.
Llegaba por la ingobernabilidad del país; llegaba, entre los dolores de la segunda guerra carlista; llegaba, en definitiva, porque había expirado una etapa histórica sumamente confusa. La República no fue, no podía serlo, la panacea de tantos males públicos, tampoco su proclamación los agravó.
Por primera vez, y de forma «permanente» sin propósito manifiesto de «traspasarlo», aunque resultara efímero, el pueblo soberano se hacía cargo del poder. Por primera vez, la primera magistratura nacional se vestía, en la persona de don Estanislao Figueras, con la levita de presidente del poder ejecutivo, sin oropel, sin armiño, sin vistoso uniforme.
La experiencia, bien es verdad, duró pocos y confusos meses; su recuerdo romántico permaneció, sin embargo, vivo hasta la llegada de la II, el 14 de abril de 1931.
El 11 de febrero fue, durante todos aquellos años, día de tiernos recordatorios, encendidos mítines... y abundantes cenas. En nuestro pueblo fueron realmente notables muchas de aquellas reuniones.
A pesar del aparente fracaso del intento republicano, y de los nuevos aires, canovistas y sagastinos, que acompañaron la primera restauración, en las clases más «pulidas» y «populares» siempre se guardó buen recuerdo a los hombres generosos que hicieron posible que, en momentos de tremenda tempestad, no naufragase para siempre la maltrecha nave nacional.
El recuerdo de los viejos republicanos gijoneses, motor del progreso económico y social de nuestra villa, es obligado tal día como hoy. A los Carreño, Zarracina, Castillo, Álvarez-Buylla, Pérez Carreño, Blanco, González Prada y tantos otros, de la primera hora, es preciso sumar los Innerárity, Valdés, Merediz y mil más, que mantuvieron viva, con sus palabras y acciones, la llama de la virtud republicana a lo largo de generaciones.
Y entre todos, el deslumbrante primer Melquíades Álvarez, nuestro orgullo local. A finales del XIX y comienzos del XX sus palabras encendían los escenarios de los Campos Elíseos o del viejo teatro Jovellanos. Con la edad, y el ascenso social, como ocurrió con buena parte de los hijos de aquellas primeras generaciones republicanas, aquel hijo predilecto del Gijón más humilde y popular fue haciéndose a las vanidades cortesanas y olvidando las primeras metas: rey de nuestro ensanche, de la calle Corrida..., heredero del caciquismo conservador y pidalino, llegó a ser el hijo de Candás y Cimavilla.
Quizá no sobre hoy, cuando tantas cosas ocurren, recordar las palabras de despedida de aquel monarca italiano que reinó democráticamente hasta donde sus fuerzas le sostuvieron en la colmena de las Españas: «Dos años largos ha que ciño la corona de España, y la España vive en constante lucha, viendo cada día más lejana la era de paz y de ventura que tan ardientemente anhelo. Si fuesen extranjeros los enemigos de sus dichas, entonces, al frente de estos soldados, tan valientes como sufridos, sería el primero en combatirlos; pero todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra agravan y perpetúan los males de la nación son españoles: todos invocan el dulce nombre de la patria, todos pelean y se agitan por su bien, y entre el fragor del combate, entre el confuso, atronador y contradictorio clamor de los partidos, entre tantas y tan opuestas manifestaciones de la opinión pública, es imposible atinar cuál es la verdadera, y más imposible todavía hallar el remedio para tamaños males».
Palabras que desvelan la razón de nuestro ocaso. Palabras de amarga impotencia; advertencia que, con matices, podría repetirse hoy, cuando la confusión de las opuestas posturas se agrava por obra y gracia de plumas y palabras que ahora llegan envenenando la atmósfera, hasta el mismo confín de la nación.
El Congreso, por medio de su presidente, don Nicolás María Rivero, y sus secretarios, contestó el mensaje real ofreciendo al monarca dimisionario el testimonio de su respeto, «el pueblo español, mientras permanezca VM en su noble suelo, ha de darle todas las muestras de respeto, de lealtad, de consideración..., no podrá ofrecer a VM una corona en el porvenir, pero le ofrecerá otra dignidad: la dignidad de ciudadano en el seno de un pueblo independiente y libre».
Quizá la razón de ser y existir del ideal republicano, que se resume en el asentar el respeto y amor a los principios democráticos, reclamar la soberanía civil y laica del Estado, dotar de un sentido ético y social la convivencia e imponer la pureza en la conducta pública, sea, efectivamente, la de dotar a todos los ciudadanos del sentido de su soberana dignidad en el seno de una comunidad independiente y libre.
El sentimiento republicano está reñido, por ejemplo, con los besamanos palaciegos, tanto como con pedir peras al olmo. El sentimiento republicano exige la digna igualdad entre los ciudadanos; exige la división de poderes y esferas; exige dar y pedir al César lo que es del César, sin pedir a los representantes de Dios lo que no está en sus manos, ni en sus funciones, dar ni otorgar.
Cuando todo es igual, y cuando se confunden las cosas, se perpetúan equívocos, injerencias, privilegios y monsergas. Ante la confusión de valores y papeles, la República es más que un régimen, es un instrumento de renovación clarificadora.
Tolerancia, civilidad, progreso, integridad y formalidad. Cinco aspiraciones republicanas para el 11 de febrero de 2005.
Francisco Prendes Quirós es abogado.
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