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La conquista de los sueños rotos. A todos los que dieron la vida por cumplir el sueño republicano. En nuestra mano está que su memoria no se desvanezca en el rincón del olvido.
Belen Meneses - 14.04.2005

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Hoy hubieras cumplido 74 años. Algún sesudo representante político hubiera dicho de ti que si fueras hombre estarías en la plenitud de la madurez y si fueras mujer serías una abuelita próxima al ocaso de la vida. Los ciudadanos españoles recordaríamos tu aniversario disfrutando de un día festivo. Las autoridades llevarían a cabo actos oficiales conmemorativos, se celebrarían conciertos, se presentarían exposiciones y disfrutaríamos de una velada de festejos y actos culturales. Pero sucede que este 14 de abril no está marcado en color rojo en nuestros calendarios. Para los súbditos españoles hoy es un día como otro cualquiera que pasará sin pena ni gloria por el discurrir de nuestras atareadas vidas. Un día vulgar, laborable y anónimo. Una fecha desconocida para la mayoría de españoles que transitan por la Historia ajenos al acontecimiento político que tuvo lugar en nuestro país la primavera de 1931, a pesar de que aquellos transcendentes sucesos truncarían el rumbo y los destinos de varias generaciones de españoles. Un vacío histórico, consecuencia del intencionado esfuerzo que, durante décadas, ejercitaron los salvadores de la patria por relegarte al olvido en un despiadado propósito de borrar la Historia.

Llegaste de la mano de un pueblo cansado de sufrir los excesos de soberanos absolutistas, de dictadores totalitarios, de políticas inmovilistas y decadentes. Un pueblo fatigado por años de abusos, explotación y conflictos endémicos, hastiado de miserias heredadas, de injusticias arrastradas durante siglos. Una ciudadanía anhelante de cambios sociales, de tranquilidad y de progreso. Una sociedad necesitada de cultura, educación y justicia.

Naciste envuelta por el entusiasmo de los humildes y acechada por el recelo vigilante de los poderosos. Despertaste ilusiones, sacudiste conciencias y alentaste inquietudes, pero también infundiste temores y provocaste desconfianza y rechazo en aquellos que aspiraban a perpetuar su dominación sobre las clases más desfavorecidas. Te negaron la oportunidad de crecer, de abrirte camino en nuestro país analfabeto y atrasado, pero tu exigua existencia no impidió que emprendieras innovadoras reformas permitiendo que tus ciudadanos alcanzaran cuotas de modernidad y avances sociales que aún hoy, no hemos conseguido igualar.

Fuiste víctima del odio furibundo de aquellos que se negaron a renunciar a sus privilegios, de todos los que deseaban un pueblo ignorante al que poder dominar y someter a su antojo. Te convertiste en blanco de conjuras y conspiraciones urdidas por caciques explotadores que ambicionaban perpetuar la incultura de un pueblo incapaz de defenderse de las injusticias. Padeciste la traición de oficiales desleales, temerosos de enfrentarse desde una posición de igualdad a ciudadanos informados y libres difíciles de manipular. Desataste la hostilidad del poder eclesiástico, inquieto ante la desaparición de sus privilegios, alarmado por la pérdida de influencia en las conciencias españolas, temeroso de perder el poder sustentado por el miedo, tan fácil de implantar en las masas analfabetas incapacitadas para disentir y reflexionar. Todos ellos ambicionaban una población carente de derechos, sin oportunidades de esquivar el destino señalado desde el nacimiento, condenados a la miseria, la incultura y la desinformación, supeditados a los designios caprichosos de la élite financiera, aristocrática y eclesiástica del país; y tú, equitativa y laica, entorpecías la consecución de sus propósitos de dependencia y explotación. Constituías un estorbo que había que cercenar antes de que arraigaras en una sociedad deseosa de seccionar las cadenas con la tiranía y los abusos de los poderosos. Representabas un incómodo obstáculo para sus fines y no te perdonaron que enardecieras el espíritu de un pueblo que por primera vez en su historia se sentía como único dueño de su propio destino.

Acabaron contigo los devotos de la intolerancia, los custodios de las desigualdades sociales, agitadores sedientos de venganza auspiciados y bendecidos por la compasiva Iglesia católica que proclamaban una sociedad de amos y siervos en lugar de un Estado de ciudadanos libres. Oligarquías que preservaban la sumisión frente a la dignidad del hombre.

Fuiste aniquilada, violentamente reducida por enemigos implacables que despreciaban la libertad y temían la igualdad. Se impuso el triunfo de la barbarie frente al poder de la razón; el éxito de la fuerza bruta frente a la legitimidad, pero la victoria no fue suficiente para los sublevados desleales. La España victoriosa se ensañó con todos los que te guardaron fidelidad. Los ciudadanos que creyeron en ti fueron denostados, perseguidos, humillados, obligados a abandonar la patria desgarrada y dividida. Quienes consiguieron sobrevivir a la barbarie de la guerra fraticida fueron encarcelados, esclavizados, torturados y asesinados en nombre de la paz, en un brutal intento de exterminación de todos aquellos que te respaldaron, que sostuvieron tus ideales hasta las últimas consecuencias y apoyaron tus férreos principios democráticos más allá de los límites exigibles.

Si este 14 de abril estuviéramos celebrando tu aniversario, si tu prematura muerte no nos hubiera dejado huérfanos de libertades y derechos durante cuatro décadas, hoy los españoles no nos hallaríamos sumergidos en exacerbadas discursiones sobre la demolición de hirientes estatuas de dictadores y ofensivos símbolos franquistas. Hubiéramos prescindido de años oscuros y terribles; de grises y trágicas experiencias de opresión, de miedo y de miseria. De siniestros cementerios improvisados en cunetas y campos solitarios, albergando miles de cuerpos entregados prematuramente a una muerte inútil, injusta y brutal. No guardaríamos memorias atormentadas por tiempos de silencios forzosos, de oportunidades perdidas, de vidas rotas, hogares deshechos y sueños desbaratados. Décadas de desesperanza, de desencuentros y exilio. Interminables noches de inquietudes, sobresaltos y sueños esquivos. Años derrotados repletos de precarias victorias arrancadas al desencanto y la frustración.

Aunque los caprichos de la evolución de la especie quisieron ubicar mi nacimiento próximo a los años de agonía del régimen opresor, supe de tu existencia a través de los recuerdos dolorosos de mi abuelo, de sus desgarrados relatos de dolor y muerte. El devenir de los años me convirtió en depositaria de sus ideales, en receptora del legado que marcaría el camino de unas convicciones republicanas que me impulsaron a respetarte, añorarte, admirarte y esperarte.

Una parte de mí, golpeada por un sentido realista y reflexivo, me induce a contemplar como un sueño inalcanzable tu vuelta a la vida en este país donde, para acceder a la jefatura del Estado, la estirpe prevalece sobre la soberanía popular. Por el contrario, mi vertiente más idealista me lleva a imaginarme a mi niña creciendo feliz como ciudadana libre de la III República española. Quizás sea una ilusión imposible, un ideal difícil de cumplir, una bella fantasía condenada a divagar eternamente por el imaginario mundo de los sueños, pero como dijo una vez el joven presidente del reino de España, “algunas utopías merecen ser soñadas".