Buenas tardes



Quisiera en primer lugar agradecer a la Universidad de Valencia y al Institut Universitari d’Estudis de la Dona su interés en esta exposición y su generosidad para con la Fundación que represento. Les aseguro que no podíamos pensar en un mejor lugar ni una mejor institución para hospedar la exposición “las Presas de Franco” en Valencia.

Las Presas de Franco es una iniciativa que ha sido posible gracias al apoyo del Ministerio de la Presidencia y que viene a ocupar un lugar más entre la larga serie de actividades relacionadas con eso que se viene llamando la “memoria histórica”.

Sin pretender comparar esta iniciativa con otras, queremos creer que ese lugar no es uno más sino que es especial por lo que trata, o por ser más preciso, por de quiénes trata.

I

Existen varias aproximaciones a la cuestión de la memoria histórica. Simplificando mucho, podemos diferenciar básicamente dos:

Una de ellas es la que considera que lo ocurrido en España entre 1936 y 1939 y en lo años siguientes fue una tragedia, una desgracia que recayó sobre un pueblo inmaduro, cainita, culturalmente atrasado. Una tragedia sobre la que hoy podemos dirigir una mirada compasiva, desde la seguridad de que hoy somos un pueblo distinto: maduro, pacífico, tolerante, avanzado en suma.

Según esa lectura, ahora somos un pueblo que afortunadamente ha resuelto ese primitivismo que lo lanzó a la barbarie de la guerra y al cual la memoria debe servirle para no repetir sus errores.

La utilidad aparente de la memoria sería pues evitarnos ulteriores sufrimientos. Pero esa memoria es sólo un disfraz de la desmemoria impuesta para no remover las capas del polvo del olvido del que nos habla Cristina Peri Rossi en “La Nave de los Locos”.

La otra aproximación es reivindicativa. Se plantea reparar, en la medida en que todavía pueda ser posible, la injusticia cometida contra unas personas, unos colectivos, unas instituciones cuyas vidas, proyectos vitales, valores han sido tergiversados u ominosamente silenciados durante muchos años.

Más allá del impulso justiciero, aquí la memoria que se pretende recuperar es política y cultural. Además de reparar se intenta saber. Se busca recuperar lo que en esas trayectorias bruscamente truncadas puede haber de útil para responder a las preguntas del presente.

II

Esta exposición evidentemente, está más cerca de esta segunda manera de entender la memoria que de la primera. Lo cual no le niega nada ni a la compasión ni al ánimo pacíficador. Pero no puede quedarse sólo ahí.

Una de las falsedades históricas más repetidas, en la que nos educaron a muchas generaciones, es la de que la guerra civil fue una tragedia que todos contribuyeron a desencadenar. Que el desorden, el atropello, la confrontación eran de tal magnitud que el recurso a las armas se volvió inevitable. Como un “fatum” construido por todos y por ninguno a la vez.

Esto no es cierto. No era una consecuencia inevitable. La guerra civil es el efecto de una acción deliberada de una minoría decidida a recuperar por la fuerza lo que la gente les quitó el 14 de abril. Y de la reacción de la propia gente que no se quiso dejar.

A la postre todos fueron víctimas, es cierto. Miles de personas perdieron la vida de ambos bandos. El país quedó destrozado. Tras la guerra vino el hambre y la miseria. Pero hubo unas víctimas que pagaron un precio mucho más alto que otras.

Entre estas víctimas y en lugar destacado estuvieron las mujeres. Las mujeres republicanas, las militantes obreras, pero no sólo ellas, sino todas las mujeres españolas. Mujeres sobre las que cayó otro manto de “invisibilidad” más.

III

La II República, nacida de la movilización popular prolongada que durante los años 20 del siglo pasado provocó, junto a sus propias contradicciones, la bancarrota del régimen social y político reaccionario que dominaba España, abrió la puerta a una serie de cambios democráticos y modernizadores sin precedentes.

Para las mujeres españolas estos cambios trajeron no sólo el derecho al voto sino toda una progresión en sus derechos civiles, sociales y de género que configuraron a la II República Española como uno de los sistemas políticos más avanzados del momento. Algo extraordinario si se tiene en cuenta el punto de partida. Y que nos enseña el grado de avance teórico y político de una parte de la sociedad española del momento: de amplios sectores de la clase trabajadora y de las clases medias progresistas.

El derecho a la patria potestad, la coeducación, la igualación civil y en el acceso a la función pública, el divorcio, el derecho al aborto, la abolición de la prostitución, la igualdad salarial, ... Conquistas que el olvido provocado ha ocultado y que sólo, cincuenta años más tarde, y no todas, se han vuelto a recuperar.

Algunas cosas que a los más jóvenes les parecen obvias no lo eran tanto hace no tantos años. Y no por una fatalidad, por un atraso histórico. Son cosas que se tuvieron y que fueron arrebatadas.

Así, las protagonistas de esta Exposición, las Presas de Franco aparecen ante nuestros ojos no sólo como víctimas individuales, sino como la expresión personalizada en su grado más extremo, del “retorno” a la prisión que durante siglos ha encerrado a las mujeres españolas entre las cuatro paredes del hogar patriarcal.

IV

“Una inmensa prisión” es como un escritor ha descrito recientemente la España del franquismo. Las mujeres obreras, las mujeres intelectuales, las mujeres cuya liberación sólo estaba en ciernes – madres, hermanas, hijas, esposas, ... – quedaron encerradas en las celdas de castigo de esa prisión.

La dictadura franquista no fue un paréntesis en la progresión histórica de España, sino un auténtico salto atrás. Se ha habado de la sangría provocada por la guerra y la represión: las infames fosas. Se ha hablado de la emigración, de la pérdida intelectual y cultural. Pero hemos reflexionado poco sobre el retroceso que el franquismo supuso para las mujeres españolas.

Quiero llamar su atención sobre la misoginia que rezuma un recorte del diario Arriba que figura en uno de los paneles pequeños de la Exposición. Si lo leen verán hasta qué punto la opresión de género, esa dominación invisible que invade todas las relaciones sociales, celebra su victoria. Verán el odio que expresa hacia esa, todavía entonces minoritaria, vanguardia de mujeres que había decidido que la democracia que traía la República era también de género.

La descripción completa de este horror es imposible. La Exposición sólo intenta abrir ventanas sobre algunos aspectos parciales. Posiblemente algunos de los más llamativos. Pero que sólo nos permiten asomarnos a la superficie de una realidad durísima que muchos sólo pueden intuir pero que las protagonistas de la Exposición vivieron de primera mano.

Les pido que intenten ver más allá de lo que la Exposición expone y saquen conclusiones. Cuestiones concretas que les costaron la prisión a estas mujeres siguen siendo debates abiertos hoy en nuestra sociedad: sin ir más lejos, la ley de plazos o la cuestión de la abolición o legalización de la prostitución. El mero hecho de que andemos aún debatiéndolas muestra la magnitud del retroceso que el golpe franquista supuso.







IV

Esa es la razón por la que somos muchas las personas que consideramos que la cuestión de la memoria histórica no está todavía bien resuelta. Porque el daño causado no se puede reparar, pero el juicio histórico no es matizable. Y no es una cuestión moral, de reparación. Es una cuestión material, necesaria, si queremos vivir en una democracia aceptable.

La anulación de los juicios de los tribunales represores supondría, se ha dicho, un trabajo excesivo para el actual aparato judicial. Pero no es este el problema. El problema es que la “transición” a la democracia se hizo manteniendo intactos algunos componentes nucleares del aparato del Estado franquista. El ejército, la policía, y ... la justicia, entre otros.

Los mismos jueces que aplicaron las leyes para la represión de la masonería y el comunismo, las leyes inspiradas en los Principios Fundamentales del Movimiento, aplican hoy la legislación derivada de la Constitución de 1978. hace poco murió el que fuera Gobernador Civil de Almería cuando en 1976 la guardia civil mató a Javier Verdejo haciendo una pintada. Era magistrado del Tribunal Constitucional. Este es el problema ...

La memoria de las mujeres que dieron con sus huesos en las prisiones franquistas nos convoca a terminar el trabajo empezado por ellas, por sus compañeras y sus compañeros. El trabajo de conseguir una sociedad más justa y democrática.

Muchas gracias.