Ètica i Filosofia en Secundària


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Ética platónica. El intelectualismo moral

por filosofem | 04/11/2015


1. La Ética de Platón en sus diálogos

Para Platón, las Ideas éticas son patrones morales universales con los que podemos juzgar los comportamientos humanos. Los valores universales (las Ideas) son válidos para el individuo y para la colectividad. Definen el ideal de sociedad humana. Según Platón, existe algo que es “la verdad sobre cómo tenemos que vivir”, y el intelecto humano la conoce cuando consigue el conocimiento de las Ideas perfectas, inmutables e inmateriales. Sólo quien logre este conocimiento tendrá la cualificación adecuada para dirigir la organización política y moral de la sociedad. Según Platón, el filósofo es el hombre que conoce las ideas y, por tanto, es el hombre que podrá solucionar los problemas de la convivencia humana. El Estado ideal será el que esté gobernado por hombres amantes de la sabiduría y, a la vez, excelentes y felices.

Etapa de juventud (diálogos socráticos):

En los diálogos socráticos, Platón investiga sobre la definición de alguna virtud y, aunque no llegó a una conclusión, sí fue fiel al principio central socrático: la virtud puede reducirse a sabiduría o conocimiento, con su corolario de que todas las virtudes son una.

En el Càrmides encontramos en germen la doctrina central de la República: los males de la comunidad sólo desaparecerán cuando el poder político se combine con el conocimiento de un criterio moral universal. El gobernante tiene que poseer “una clase única de saber que tiene por objeto el bien y el mal”. Este conocimiento le proporcionará criterios universales válidos para "juzgar" las acciones humanas.

En Protágoras, los errores de la conducta humana son tratados como errores de juicio a la hora de hacer el cálculo hedonista (placeres menos dolores). Todo malhechor es un ignorante, dice Sócrates. He aquí, el intelectualismo moral.

Etapa de transición (diálogos de transición)

En Gorgias, Platón pretende acabar con la pretensión de que la retórica sea la técnica para enseñar la virtud; y establece una distinción entre dos usos de la palabra "persuasión": la que genera conocimiento a quién es persuadido y la que no lo hace.

Posteriormente, el sofista Calicles sostiene que el bien supremo es el poder para satisfacer todos los deseos. Para Sócrates, el concepto de Bien está vinculado necesariamente con la idea de establecer límites. Por eso cualquier bien deseado se tiene que definir estipulando las reglas que rigen la conducta calificada como buena o de la cual resulta este bien particular.

En este diálogo, Platón no contesta la pregunta “¿qué es el Bien?” Pero sí enuncia una condición necesaria para responder a esta cuestión: para definir el Bien hay que especificar un conjunto de reglas o normas reguladoras del comportamiento humano. Platón no define el Bien, pero diseña un Estado con el tipo de vida común necesario para que lo Bueno sea disfrutado por toda la población. Esta tarea la desarrolla en el diálogo República.

2. Intelectualismo moral

Según el Intelectualismo moral, la conducta moral sólo es posible si descansa en el conocimiento del bien y la justicia. La filosofía griega defiende en mayor o menor medida el intelectualismo moral pero sin duda el representante más destacado de este punto de vista es Sócrates.

La tesis principal del intelectualismo moral es la siguiente: la experiencia moral se basa en el conocimiento del bien. Sólo si se conoce qué es el bien y la justicia se puede realizar el bien y la justicia. Esto lo argumenta Sócrates de la siguiente manera: cuando uno de vosotros está enfermo no propone una votación entre los miembros de la familia para establecer qué remedio es adecuado para curar la enfermedad: ocurre más bien que llama al médico y se somete a su juicio y recomendaciones; cuando un ejército quiere derrotar al enemigo no se realiza una consulta popular para establecer el modo de atacar, es el estratega quien decide el modo de dirigir a los soldados y plantear las batallas; cuando queremos levantar un edificio no hacemos una votación para decidir el modo de construirlo, dejamos que sea el arquitecto quien imponga su criterio. Y pregunta a continuación Sócrates: ¿Por qué cuando se trata de lo más importante de todo, que es el bien de la ciudad y las leyes que son adecuadas para la convivencia entre los ciudadanos, dejamos que todo el mundo opine y nos sometemos a la mayoría y no llamamos a aquél que sabe?
Para el intelectualismo moral los asuntos morales y políticos tienen que ser cosa de expertos. Esta propuesta socrática puede dar lugar a interpretaciones políticas antidemocráticas y elitistas (como, por cierto, se ve claramente en la filosofía política de su discípulo Platón).

El punto de vista de Sócrates está viciado por cierta ambigüedad: cuando Sócrates pide el conocimiento sea la base de la moral y la política ¿a qué conocimiento se refiere? Podemos distinguir entre el saber hacer algo y el saber en qué consiste ese algo. Por ejemplo, el artista sabe hacer belleza, pero es muy posible que no sepa en qué consiste la belleza, ni qué pasos concretos hay que seguir para alcanzarla. El primer tipo de saber es un saber entendido como destreza (bien sea corporal o espiritual) para la realización de algo, y el segundo tipo es un saber entendido como conocimiento explícito y consciente de algo (como ocurre por ejemplo en la ciencia). Es fácil observar que estas dos formas de saber no tienen que ir necesariamente unidas, así el historiador y el crítico del arte pueden saber explícitamente muchas cosas relativas a la belleza, pero es muy posible que no sepan crear arte ni belleza. Parece ser que Sócrates pedía un conocimiento del segundo tipo como garantía de las acciones buenas y justas. De ahí la confusión que creaba en sus interlocutores cuando les preguntaba por una definición de aquello para lo cual se les suponía expertos.

Nuestras convicciones vulgares parecen contrarias al intelectualismo moral pues creemos que alguien puede saber que algo está mal y sin embargo realizarlo. Para el intelectualismo moral la perfección moral es una consecuencia de la perfección del intelecto o razón; sin embargo otros autores como Aristóteles se acercarán más al punto de vista corriente al considerar que el conocimiento no es condición suficiente para la conducta justa y buena. Este autor pondrá como fundamento de la práctica moral la perfección de la voluntad más que la perfección del intelecto: la conducta buena no depende tanto del conocimiento como de la disciplina de la voluntad en la realización de las acciones justas. Así, desde el punto de vista de Aristóteles y en contra del intelectualismo moral, cabe concluir que seguramente para ser justo es necesario saber realizar la justicia, pero aquí esta palabra no designa un conocimiento explícito y teórico de la justicia sino la posesión de una habilidad o disposición para la realización de acciones justas.


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