PRESENTE Y FUTURO DEL SINDICALISMO
Agustin Moreno
Movilización y Unidad para detener a la derecha
La izquierda de nuestro país está sufriendo desde
hace años una crisis que ha permitido el avance de la derecha política y un
endurecimiento progresivo de las condiciones de vida de la clase trabajadora. El
Gobierno del PSOE, tomando medidas antisociales (recorte de prestaciones
sociales, contrarreforma laboral, privatización del sector público, aceptación
de la Europa neoliberal de Maastricht) e implicandose en casos de corrupción y
en el terrorismo de Estado, ha tenido una gran responsabilidad en el deterioro
ideológico de la izquierda. Las organizaciones sindicales también han puesto su
granito de arena al realizar una política desmovilizadora, apostando por
alcanzar acuerdos aunque supongan recortes para los trabajadores. La aceptación
de términos como competitividad, flexibilidad, eficiencia o rentabilidad
económica en el lenguaje de la izquierda frente a los de protección social,
solidaridad o rentabilidad social, nos ha introducido en una espiral que si no
se consigue frenar nos llevará a la locura de intentar competir con países cuyo
estado de bienestar es inexistente, en los que trabajan niños de pocos años o en
los que las jornadas laborales son extenuantes y los salarios miserables. Urge
un rearme político e ideológico del conjunto de la izquierda, tanto de la social
como de la política.
Durante los últimos años, el avance de las políticas neoliberales está
marcando la realidad económica y social española. La política económica
restrictiva mantenida por el Gobierno del PSOE con el objetivo de cumplir las
condiciones de convergencia, unida a las características de la última
recuperación coyuntural, menos intensa que las anteriores, ha impedido una
reducción significativa del paro, que todavía se sitúa en el 23% de la población
activa. El grado de flexibilización del mercado de trabajo, considerablemente
aumentado por la contrarreforma laboral de 1994, ha hecho que la precariedad
supere el 37%, lo que supone que más de la mitad de los asalariados estén
parados o en precario. Los salarios han perdido poder adquisitivo y
participación en la renta y ésto, junto al elevado volumen de paro y la enorme
precariedad del empleo, ha hecho que la debilidad del consumo sea aún más
acusada que en el resto de Europa. La inversión no termina de despegar, el
déficit de la balanza comercial continua siendo considerablemente elevado. El
resultado ha sido que, como en el conjunto de la Unión Europea, la actividad
económica se ha venido desacelerando y el paro ha vuelto a aumentar de nuevo.
A pesar de todo ello, la economía española no cumple ninguna de las
condiciones de convergencia. La deuda pública supera los 45 billones de pesetas
lo que supone el 63% del PIB, frente al 60% exigido como tope; el déficit
público supone en 1996 el 4,4% del PIB, frente al 3% fijado en Maastricht; la
inflación se mantiene a un ritmo del 3,6%, más de un punto por encima de la
condición de convergencia, y los tipos de interés a largo plazo, situados en
torno al 9%, también son sensiblemente mas elevados que los europeos a pesar de
que en los últimos meses los tipos de interés a corto plazo se han reducido.
El gobierno del Partido Popular está dispuesto a que la
economía española cumpla las condiciones de convergencia y pueda incorporarse al
grupo de cabeza que pondrá en pie la Unión Económica y Monetaria y, para ello,
cuenta con el apoyo de la practica totalidad del arco parlamentario (sólo se
opone IU), de los poderes económicos, e incluso cuentan con la pasividad y el
respaldo implícito de las direcciones de CC.OO. y UGT. En consecuencia, ha
desencadenado la mayor ofensiva contra los trabajadores desde el final de la
dictadura.
El elemento central de esa ofensiva lo constituye el presupuesto de 1997,
que es realmente el mas duro y restrictivo desde la Transición. En 1996, el
deficit de las Administraciones Públicas se elevará a unos 3,3 billones de
pesetas (un 4,4% del PIB) y, en 1997, se pretende reducirlo en torno a un billón
de pesetas para situarlo en 2,3 billones (el 3% del PIB). Se espera lograrlo con
un aumento del gasto del 2,1%, sensiblemente menor que el 6,1% de los ingresos,
sobre la base de unas previsiones de un crecimiento del PIB monetario del 6% y
del PIB real del 3%. Por otro lado, la elaboración del presupuesto ha estado
condicionada por un factor de índole bien distinta al imperativo neoliberal
europeo pero no menos compulsivo: la necesidad de contar con el apoyo
parlamentario de CiU, que ha exigido una reforma del modelo de financiación
autonómica, de coste desconocido pero que compartimenta y hace mas insolidario
el sistema fiscal.
La primera objeción fundamental al presupuesto de 1997 es que no aborda la
imperiosa necesidad de combatir el paro. Después de una recuperación breve y
efímera en 1994 y 1995, la economía está resentida, y la dureza del presupuesto
acentuará su delicada situación. El pronóstico de un crecimiento del 3% del PIB
en 1997, frente a un 2,3% bastante discutible en 1996, no se tiene en pie con
las tendencias que muestra la economía actualmente ni con las repercusiones que
tendrá un presupuesto tan restrictivo.
La segunda objeción fundamental al presupuesto de 1997 es que imponiendo una
política restrictiva, los ajustes se acometen con criterios antisociales. La
primera prueba es el duro trato a los empleados públicos, que con la congelación
del próximo año habrán visto disminuir el poder adquisitivo de sus
remuneraciones en un 11% en los últimos cinco años. Pero igualmente la caída de
los gastos de ministerios como Educación y Cultura (2,5%), Medio Ambiente
(25,3%) y el ficticio aumento de los de Sanidad implican, mas allá de los
reclamos a la austeridad y al rigor del sector público, una degradación de los
servicios sociales básicos, que en muchos casos irá acompañada de la
privatización de la gestión, con lo que ello significa de beneficios para
sectores empresariales y de potenciación de los servicios privados en detrimento
de los públicos. En todo este terreno, como se corresponde con las preferencias
reveladas por el PP, hay una regresión social cualitativamente importante, que
va mas allá de lo que traslucen los datos del presupuesto.
Las cifras de los gastos referidas a la Seguridad Social prueban asimismo
una degradación del sistema público de protección y un endurecimiento en las
condiciones para acceder a las prestaciones. El total de gastos crecerá sólo en
un 3,4%. El gasto en pensiones, que representa el 60% del gasto de la Seguridad
Social, crecerá un 5,4%, que engloba una revisión del 2,6% (cuando la inflación
en 1996 será del 3,4%) y de un aumento del 1,8% de los pensionistas. Los gastos
del resto de las prestaciones de la Seguridad Social se verán prácticamente
congelados en términos nominales, cuando no registrarán una disminución, como
ocurre con los del INEM para atender el desempleo. La fantasiosa evolución
prevista del empleo ha dado pie, no para mejorar la suerte de los parados cuya
tasa de cobertura ha descendido agudamente en los últimos tiempos, sino a prever
una reducción de cerca de 500.000 millones en los gastos de este organismo.
Finalmente, el presupuesto esta marcado por los cambios fiscales adoptados
en junio, en el doble sentido de que representan una disminución significativa
de los ingresos públicos que ha endurecido los recortes de gastos y que han
supuesto una mayor regresividad del sistema fiscal, que se verá reforzada, por
otro lado, con el presupuesto. En efecto, junto con la reducción ya vigente
sobre el tipo impositivo de las plusvalias, la regularización de balances
(beneficios exonerados), la subida hasta un millón de las aportaciones
desgravadas a los fondos de inversión, la fuerte reducción del impuesto de
sociedades y en sentido contrario la subida del alcohol y tabaco, se contempla
ahora un incremento de los ingresos públicos que descansa sobre todo en los
impuestos indirectos y en las tasas (los impuesto directos crecerán en un 5,6%
frente a los aumentos estimados del 8,3% de los impuestos indirectos y del 14,0%
de las tasas).
Como pieza de cierre se encuentra un ambicioso programa de privatizaciones
de empresas públicas desde el prejuicio ideológico y con claro ánimo
recaudatorio. Ante este ataque al sector público y desde un planteamiento
progresista hay que organizar la defensa de lo público en todos los terrenos. Es
un imperativo social y democrático defender la sanidad y la enseñanza públicas
frente a los ataques al Estado de bienestar; defender los servicios públicos
frente a las privatizaciones y la gestión de los mismos con criterios exclusivos
de rentabilidad privada; defender de las empresas públicas frente a las
privatizaciones anunciadas por el PP y exigir el reforzamiento del sector
público empresarial. No podemos permitir que las empresas públicas que han sido
creadas y desarrolladas con los impuestos de todos los ciudadanos pasen a la
iniciativa privada, en primer lugar las que tienen beneficios, ya que los
beneficios permiten incrementar los ingresos de los PGE y por esta vía revertir
en la sociedad a través de una mejor redistribución de la renta y de la riqueza,
mayor bienestar social y calidad de vida.
Más allá de la política de reducción del déficit
público, el Gobierno de la derecha está aprovechando la ocasión para atacar en
profundidad al raquítico Estado del Bienestar existente en el Estado español. El
ataque ha empezado por el sistema de pensiones. El pasado 9 de octubre, los
secretarios generales de CC.OO. y UGT firmaban con el Presidente del Gobierno un
acuerdo que desarrolla el Pacto de Toledo. El acuerdo contiene una de las más
graves agresiones a las prestaciones sociales de todo el período democrático.
El núcleo del acuerdo lo constituye el recorte de las pensiones futuras que
se efectuará a través de dos vías. Por un lado, mediante la ampliación del
período de cálculo de la Base Reguladora de la pensión desde los 8 años actuales
a 15, que afectará a la mayoría de los trabajadores, pues cuando más nos
adentremos en el pasado más reducida será la media resultante. Por otro,
mediante la reducción de los porcentajes que se aplican a la base reguladora
según los años de cotización para todos los que hayan cotizado menos de 25 años.
El efecto combinado de ambas vías será una reducción de la pensión que puede
estimarse entre el 8%, para el que haya cotizado 35 años, y el 23%, para el que
lo haya hecho 15 solamente.
Los defensores del acuerdo han desplegado toda una batería de argumentos a
cual de ellos más injustificable. Así se ha defendido que no afecta más que a un
pequeño número de trabajadores, que es necesario admitir recortes porque el
sistema de protección social está en crisis y corremos el riesgo de que se
produzca una reforma a la chilena (privatización total del sistema con
transformación del sistema de reparto y solidaridad en uno de capitalización),
que así se garantiza la viabilidad futura del sistema público de pensiones, que
se han conseguido algunas contrapartidas significativas, etc. En definitiva,
argumentos basados en el «mal menor» que, además, son falsos.
Por un lado, son falsos los argumentos con los que se pretende justificar la
aceptación de recortes. El sistema público de pensiones no está en crisis, pues
los ingresos por cotizaciones sociales son muy superiores a las pensiones
contributivas, de modo que existe un superávit que se utiliza en financiar las
pensiones no contributivas, la sanidad, etc. No está previsto que aparezca un
déficit hasta bien entrado el siglo XXI y ello se produciría sólo si la
evolución del empleo y la situación del paro son tan malas como actualmente, si
se rebajan las cotizaciones sociales, etc. Además, en caso de déficit, el debate
hay que establecerlo sobre cómo se cubre, ya que, en última instancia, el que
haya dinero para pensiones es una decisión eminentemente política, como lo es
destinar los recursos del Estado en gasto militar o exenciones fiscales a las
empresas. Pactar un recorte para un parche a 4 años, abocará la situación a otra
negociación a la baja a fecha fija si no se modifica cualitativamente el
planteamiento de la izquierda social y política.
Por otro lado, no es cierto que se hayan conseguido contrapartidas
significativas que compensen los recortes en las pensiones futuras. La
revalorización automática de las pensiones no constituye una contrapartida
suficiente, pues, por un lado, ya estaba contemplada en la reforma de 1985 para
las pensiones que se generaran a partir de entonces, y, por otro, no pasa de ser
un compromiso electoral de difícil incumplimiento para cualquier gobierno que
aspire a seguir manteniéndose en el poder y, además, no es para tirar cohetes
que las pensiones se revaloricen con el IPC estrictamente cuando las tres
cuartas partes de las mismas se encuentran por debajo de un salario mínimo
interprofesional a su vez muy bajo. Las mejoras conseguidas en las pensiones de
orfandad y viudedad son muy insuficientes sobre todo si se compara con el tamaño
de la agresión al conjunto de las pensiones. De la misma forma la reducción de
los coeficientes reductores en las jubilaciones voluntarias con 40 años
cotizados no puede considerarse una contrapartida pues, por un lado, afectará a
un número muy reducido de trabajadores y, por otro, con 40 años cotizados no
debería haber ningún coeficiente reductor, como ocurre en otros países de
Europa.
Y para colmo, el acuerdo siendo malo legitima al
gobierno de la derecha. Ante la contundencia de las cuentas que están empezando
a echar los trabajadores, el último argumento de los defensores de este recorte
de pensiones es basar su supuesta "bondad" en el enfado de CEOE, enfado que
obedece, no a que sea bueno el acuerdo, sino a que lo quiere todo (beneficios
fiscales, bajada de cotizaciones, despido más barato, etc.) y hace su presión y
su teatro para sacar mayores contrapartidas al Gobierno (algo que, por cierto y
según dice la prensa, parecen haber conseguido con el retraso a siete años del
destope de las bases de cotización y con una reducción de cuotas en cuanto acabe
el acuerdo). Sin embargo, no parecen caer en el pequeño detalle de la
legitimación sindical que este acuerdo -malo- va a proporcionar a la derecha
cuando aplica el mayor ajuste económico y social del período democrático. La
foto de la firma será esgrimida por la derecha cada vez que la izquierda acuse
al PP de atacar el Estado de Bienestar.
Con el acuerdo de pensiones se rompe toda una lógica sindical: en vez de
reivindicar mejoras y defender derechos subjetivos, se aceptan recortes
sociales. Sin asegurar nada para el futuro, se entra en el peligroso camino de
firmar los retrocesos ya pactados por los partidos políticos, excepto IU, sin
siquiera mejorarlos.
El ataque puede continuar en los terrenos de cobertura del desempleo
(tratando de evitar que el previsible aumento del paro se traduzca en un
incremento de las prestaciones por este concepto), sanidad pública (deteriorando
el sistema de sanidad pública para luego desmantelarlo) y enseñanza pública
(reduciendo y privatizando el gasto educativo). Y en un horizonte nada lejano
existe la amenaza de una nueva reforma laboral y liberal. Aznar mete prisa a
sindicatos y patronal, y Cuevas lo tiene claro: insiste en eliminar el control
judicial y administrativo en los despidos colectivos y reclama un abaratamiento
del despido. La patronal considera que es insuficiente conseguir despidos más
baratos, y con ello mucho más fáciles, sólo mediante pactos o en los convenios
colectivos, por lo que reclama del gobierno del PP una reforma legislativa que
canalice el 90% de los actuales despidos improcedentes (que cobran 45 días por
año de indemnización) a despidos procedentes (que cobran 20 días por año de
indemnización).
Todo ello en mitad de un argumento terriblemente
cínico: como hay una gran dualidad en el mercado de trabajo entre fijos y
precarios hay que aceptar la reforma que ellos preconizan. Es decir, primero
imponen una precariedad y una rotación hasta el mareo que hace que en 12 años la
temporalidad haya pasado del 10 a 35% y, luego, intentan quitar las diferencias
entre fijos y temporales haciendo tabla rasa a la baja de los derechos
laborales, facilitando y abaratando el despido. Desregulada primero la
contratación, y después el despido, todos seríamos felizmente precarios.
El fondo del asunto es otro. El desempleo sigue siendo nuestro principal
problema. Según las últimas cifras del EUROSTAT de noviembre último un 21,4% de
las personas que buscan trabajo están paradas, frente al 10,8% de la media
comunitaria, con especial incidencia en las mujeres y los jóvenes, sin que
ninguna de las múltiples y sucesivas medidas flexibilizadoras adoptadas en los
últimos doce años haya servido para disminuirlo sustancialmente. Ello corrobora
la tesis de que no es posible modificar el volumen de empleo total mediante el
aumento de las modalidades de contratación o facilitando un despido más barato.
Durante los últimos años se ha venido produciendo un proceso continuado de
ajuste de plantillas vía contratación temporal y sustitución del personal fijo
por precario, con rotación permanente de la mano de obra, como lo demuestra el
dato de que menos del 4% de los más de siete millones de contratos efectuados en
1.995 son indefinidos y más de la mitad tienen duración inferior a los seis
meses.
La repercusión en las prestaciones de desempleo de este sistema contractual,
junto con los recortes legislativos, ha llevado a una disminución en la
protección del desempleo de cerca de veinte puntos, ya que menos de la mitad de
los parados registrados cobran algún tipo de prestación, con ahorros de medio
billón de pesetas en el presupuesto del INEM a costa de aumentar la dualidad y
marginación de los más desfavorecidos.
La campaña del gobierno del PP y la patronal amenazando con legislar,
abaratando aún más el despido en caso de no llegar a acuerdo con los sindicatos,
carece de todo sentido y exige una respuesta firme, como lo demuestra el dato
siguiente: de los casi dos millones de trabajadores/as que perdieron su empleo
en 1.995, solamente el 4% finalizaron el contrato a través de los Juzgados de lo
Social, mientras cerca del 30% alcanzaron un acuerdo con el empresario en
relación a su despido. El resto, dos tercios de los dos millones, no recibieron
indemnización alguna por despido al tratarse de contratos temporales y ni
siquiera tuvieron que informarles de la causa por las que se rescindía su
contrato.
En lugar de seguir en la dirección de "más de lo mismo", lo realmente eficaz
para la creación de empleo, de calidad y con derechos, sería la puesta en marcha
de medidas de otra naturaleza: económicas, formativas, de protección social y de
redistribución y reparto del trabajo y la riqueza. Además, urge una reforma
normativa en materia de contratación, que sirva para recuperar los principios de
estabilidad y causalidad: suprimiendo modalidades de contratación, modificando
las de aprendizajes, para que sirva realmente a la formación en el trabajo de
los jóvenes con garantías de dignidad e igualdad de oportunidades, así como
reforma en profundidad de la Ley que regula las Empresas de Trabajo Temporal.
Ante esta tremenda ofensiva antisocial del gobierno,
ante lo que parece una revancha de clase del capital, ante la preparación por
estos sectores de una derrota histórica de los trabajadores, falta una
respuesta. Y eso es, quizá, lo más inquietante.
Algunos sectores del sindicalismo y de la izquierda política se ven
afectados por el posibilismo y por la falta de confianza en la capacidad de
transformación de la situación; por ello, se encuentran atrapadas en una
contradicción. Si se considera que la Unión Económica y Monetaria es un tren que
no se puede perder y que la economía española debe estar en la primera
velocidad, no queda más remedio que admitir ,explícita o implícitamente, la
política económica que lo puede hacer posible: reducción de la inflación, del
déficit público, de la deuda pública, etc, es decir, una política restrictiva
que hará aumentar el paro y deteriorará aún más la situación de los
trabajadores. Si por el contrario, se trata de luchar contra la política
económica neoliberal, por la creación de empleo, por la mejora de las
condiciones sociales y laborales, por la defensa del sector público, etc, la
única alternativa coherente es denunciar el proyecto neoliberal diseñado en
Maastricht y luchar por un modelo de construcción europea, social y democrático,
muy diferente al actual.
La contradicción anterior se refleja en aspectos importantes de la
estrategia sindical. La «necesidad de no perder el tren de Europa» lo envuelve
todo. Así, algunos han defendido la «gobernabilidad» del país, olvidando que se
trata del gobierno de la derecha entre cuyos planes están la profundización de
la política económica y social neoliberal, esto es, el deterioro de las
condiciones de vida y laborales de los trabajadores. Se eleva a la categoría
suprema la «búsqueda de nuevos marcos de concertación» y se convierte a la
negociación, en sí misma y sin contenidos, en el objetivo más importante de la
actividad sindical, olvidando el marco regresivo que imponen el gobierno y la
patronal y la debilidad del movimiento obrero y que la negociación por sí sola,
si no va acompañada de objetivos reivindicativos claros y de la movilización, no
puede rendir frutos para los trabajadores.
En suma, el afán de ganar respetabilidad y peso
institucional y la obsesión por no perder el tren de Europa les conduce a
ciertos sectores a practicar un sindicalismo débil, poco combativo y nada eficaz
para defender los derechos de los trabajadores. La línea de sosiego y pacto
social es justamente lo contrario de lo que necesita la situación actual. El
gran riesgo para el sindicalismo europeo es convertirse en instituciones del
estado, en apéndices del mismo, aflojando en su papel de instrumentos de defensa
de los trabajadores. Enfermos de supuesta sensatez, corren el gravísimo riesgo
de convertirse en cómplices de dicha política, confundiendo y desarmando
ideológicamente a los trabajadores ante las agresiones, algo que facilita el
éxito del ajuste.
En el actual período se puede producir un retroceso histórico de los
derechos sociales y de las condiciones de vida y laborales si no se da una
respuesta adecuada. Ante la gravedad de la amenaza, es preciso buscar las
respuestas eficaces a través del debate, la participación y la acción colectiva,
sumando fuerzas e inteligencia para cambiar la situación en favor de los
trabajadores y trabajadoras, de la mayoría de la sociedad. Este es el objetivo
del documento y de la siguientes propuestas que se formulan con un carácter
absolutamente abierto para estimular el debate y la acción y huyendo de toda
receta. En este sentido, consideramos que sería necesario actuar en varias
direcciones.
Impulsar el debate
El Gobierno de la derecha y la proximidad de la Unión Económica y Monetaria
han abierto una nueva situación en la que se profundizarán las agresiones que
vienen del pasado y se realizarán otras nuevas. Pero el movimiento sindical no
se encuentra en buenas condiciones para hacerlas frente. Por un lado, la mayoría
de las direcciones de los sindicatos mantienen una estrategia errónea, como se
ha dicho; por otro, el retroceso ideológico y la despolitización han avanzado
considerablemente entre amplias capas de trabajadores. Para superar esta
situación, es preciso extender el debate sobre la situación actual y las
perspectivas, las medidas a adoptar y las soluciones a proponer. Es necesario,
por tanto, la organización sistemática de charlas y asambleas de debate abiertas
a todos los trabajadores y reintroducir el debate político-sindical en las
estructuras sindicales, revitalizando las secciones sindicales y las asambleas
de afiliados y afiliadas y trabajadores y trabajadoras.
La magnitud de los problemas a los que hay que hacer frente exige la máxima
información, debate y posibilidad de decidir del conjunto de los sindicatos y de
los trabajadores. Es evidente que la última palabra y la decisión de realizar un
acuerdo la tienen las direcciones. Pero la lucha contra el paro, por la defensa
de los derechos sociales y por la transformación de la sociedad no pueden ser
obra de unos pocos. La participación de los afectados es imprescindible para
ganar la fuerza necesaria. Participar es decidir, pero para que la participación
sea real, debe ser organizada y fomentada por el sindicato. La relación
sindicato-trabajadores debe ser algo vivo y fluido, periódico y permanente, que
adopta diferentes fórmulas según los casos. Ello exige desarrollar un modelo
sindical basado en la participación de los trabajadores, en el que prevalezca la
democracia sindical y en el que no sea posible que se firmen acuerdos
estratégicos que afectan a sus intereses por muchos años, como por ejemplo el de
pensiones, sin que opinen y decidan con su voto todos los afectados.
Organizar la movilización
Los datos estadísticos muestran que nos encontramos en
el período de más baja movilización desde los meses previos a la huelga de las
pensiones de 1985 y ello, a pesar de la aprobación de la contrarreforma laboral,
del retroceso que han sufrido los salarios en la negociación colectiva y de las
agresiones que se han producido durante los dos últimos años. La crisis y la
política económica y social neoliberal han producido un verdadero destrozo en el
movimiento obrero, que se ve afectado por el peso del paro, la precariedad y el
miedo a la pérdida del puesto de trabajo, de modo que la desmovilización tiene
una base objetiva. Pero no hay duda de que desde la huelga general del 27 de
enero de 1994, al menos, ha faltado voluntad movilizadora, más allá de acciones
puntuales. Cambiar esta situación no está siendo fácil, pero es vital que la
movilización desempeñe un papel fundamental en el próximo período para hacer
frente a las consecuencias de la crisis y de la política neoliberal del gobierno
de la derecha. En particular, la movilización es imprescindible ante los efectos
del presupuesto de 1997 y para defender lo público y la protección social. En
esta línea, hay que tener en el horizonte a corto plazo una movilización
sostenida de todo el sector y de las empresas públicas este invierno. Superar
las movilizaciones parciales, arropar a los empleados públicos para que no
pierdan la batalla -que es la de todos- exige la globalización coordinada de la
lucha de todo el sector y empresas públicas, para obligar al Gobierno a
envainarse su prepotencia y a negociar, como ha sucedido en Francia donde la
derecha es mucho más fuerte y tiene una inmensa mayoría absoluta en el
Parlamento.
Es también necesario diseñar una serie de acciones a la ofensiva con el
objetivo de la lucha contra el paro y la precariedad y la exigencia de una
política económica expansiva orientada a la creación de empleo suficiente y de
calidad (para lo que sería necesario que participaran en la campaña los parados
y los colectivos de parados, lo que serviría además para que el movimiento
sindical se dirigiera a estos colectivos desestructurados de trabajadores); otro
elemento fundamental para aglutinar a amplios sectores sociales en todo el
estado es la defensa de la sanidad pública, o la del sector público empresarial,
especialmente sentida en comunidades autónomas como la asturiana. Por último, es
de manual que la huelga tendría que ser general y sostenida si se intenta
imponer por el Gobierno del PP otra nueva reforma laboral sobre la de 1.994.
Desarrollar la unidad
Hacer frente a las políticas neoliberales y frenar las agresiones no es
tarea sólo del movimiento sindical. Se requiere la más amplia alianza de los
sindicatos con la sociedad y con los movimientos sociales y las fuerzas
políticas que comparten objetivos progresistas. Esta situación de unidad puede
comenzar a cuajar en los próximos meses en torno a objetivos concretos, por
ejemplo, la defensa de la enseñanza pública al estar este frente maduro por la
lucha estudiantil y por la toma de conciencia de la envergadura de ataque, por
parte de las asociaciones de padres de alumnos y de los sindicatos de
profesores.
Además, se precisa la más amplia unidad del movimiento sindical. Unidad
entre CC.OO. y UGT y los sindicatos de clase para impulsar la movilización
necesaria que detenga las agresiones. Pero también es precisa la unidad dentro
de las organizaciones sindicales como condición imprescindible para combatir las
agresiones, ya que la represión, el cainismo, la exclusión y persecución del
crítico o discrepante las debilita, además de convertir en antidemocráticas a
las organizaciones de trabajadores, algo que si siempre es grave, lo es más
cuando la práctica se convierte en la antítesis de la finalidad liberadora de la
persona y transformadora de la sociedad que tiene en su ideario la izquierda. Y
la unidad, en cualquier organización, no es posible sin democracia interna y el
pleno respeto al pluralismo. Se hace necesario, pues, hacer un llamamiento a la
responsabilidad y al sentido común para reforzar la unidad interna en las
organizaciones sindicales. Sólo así será posible levantar la movilización social
necesaria para detener la política neoliberal del Gobierno del PP.
Apostar por un sindicalismo fuerte y democrático
Para hacer frente a las graves agresiones sociales es
necesario poner en pie un modelo sindical más fuerte y democrático, más austero
e independiente de verdad; con más militancia y para ello plural y abierto,
donde los trabajadores/as se encuentren cómodos. No tiene ningún interés para
los trabajadores un modelo basado en grandes aparatos burocráticos usados para
el clientelismo interno y muy vulnerables financieramente; donde exista miedo a
la democracia, la libertad interna sea menor que en la sociedad, donde se
persiga, margine y condene al ostracismo a los críticos y discrepantes.
También hay que buscar respuestas a grandes problemas sindicales y
organizativos derivados del desregulado mercado de trabajo existente. El
trabajador o trabajadora temporal, el atípico, el cedido o subcontratado, el que
trabaja a domicilio, etc. suelen estar cada vez más al margen de las vías de
participación en la empresa con el conjunto de sus compañeros, así como de la
acción sindical diaria y si lo intentan encuentran grandes dificultades para el
ejercicio de los derechos colectivos. Esta realidad conlleva una desigualdad
objetiva que nos obliga a buscar fórmulas novedosas e imaginativas para
integrarlos plenamente a la acción colectiva. Este es el gran reto estratégico y
estructural del movimiento sindical de clase, ante la realidad de seis millones
y medio de parados y precarios: o intenta agrupar, representar y defender a todo
el conjunto de los trabajadores o se irá enajenando a una parte cada vez mayor
de los mismos.
En resumen, el necesario fortalecimiento del movimiento sindical pasa por
cinco condiciones:
- Más firmeza, un
sindicalismo a la ofensiva, reivindicativo y de propuesta, defendiendo a todos
los trabajadores, renovando desde los principios del sindicalismo de nuevo
tipo tan vigentes hoy.
- Más democracia interna,
como vacuna frente a las tendencias a la centralización de las decisiones y a
la burocratización.
- Más pluralidad, santo y
seña del sindicalismo de clase democrático y que debe ser reconocida plena y
prácticamente, así como el principio de que la diversidad es un valor.
- Más participación y el
estar con los trabajadores, prácticas que es necesario revitalizar,
estimulando la vida sindical y recabando así el apoyo general de los
trabajadores.
- Más autonomía ante el Gobierno, la patronal y
los partidos políticos, determinando soberanamente la línea
de actuación a través de la participación de sus afiliados.
Desde la defensa rotunda de la autonomía sindical, desde el profundo respeto
a la democracia y al pluralismo, desde el compromiso político con los valores de
izquierda y de progreso, habrá que buscar las coincidencias entre las diferentes
organizaciones progresistas que se plantean proyectos de cambio y de
transformación para construir una sociedad en la que prevalezca la razón y la
solidaridad.
14 de diciembre de 1996.