Piotr
Kropotkin.
Las
Prisiones.
INTRODUCCIÓN.
La
cuestión que me propongo tratar esta noche es una de las más importantes en la
serie de las grandes cuestiones que se ofrecen a la humanidad del siglo XIX.
Después de la cuestión económica, después de la del Estado, aquélla es, quizás,
la mas importante de todas. En realidad, puesto que la distribución de la
justicia fue el principal instrumento en la constitución de todos los poderes,
puesto que es la base misma y el fundamento más sólido de los poderes
constituidos, no exageraré si digo que la cuestión de saber qué debe hacerse
con los que cometen actos antisociales, encierra en si la gran cuestión del
gobierno y del Estado.
Muchas
veces se ha dicho que la función principal de toda organización política, es
garantizar doce jurados probos a todo ciudadano, al que otros ciudadanos
denunciaren por cualquier motivo. Pero falta saber qué derechos debemos
reconocer a esos diez, o doce, o cien jurados, sobre el ciudadano al que
consideren culpable de un acto antisocial y perjudicial para sus semejantes.
Esta
cuestión resuélvese actualmente de la manera más sencilla. Se nos responde: ¡Castigarán!
¡Sentenciarán a muerte, a trabajos
forzados o a presidio! Y esto es lo que se hace. Es decir, que, en nuestro
penoso desarrollo, en esta marcha de la humanidad por entre los prejuicios y
las ideas falsas, hemos llegado a tal punto. Mas también ha llegado la hora de
preguntar: ¿Es justa la muerte, es justo el presidio?
¿Se consigue con ellos el doble fin que
trátase de obtener: impedir que se repita el acto antisocial y tornar mejor al
hombre que se hiciera culpable de un acto de violencia contra su semejante? Y,
para concluir, ¿qué significa la palabra culpable, con
tanta frecuencia empleada, sin que hasta la fecha se haya intentado decir en
qué consiste la culpabilidad?.
A
todas estas preguntas propóngome responder; dar un esbozo de respuesta, mejor
dicho, en el corto espacio de una velada.
Grandes
son estas cuestiones, que encierran en sí la dicha, no sólo de los centenares
de millares de detenidos que en este momento gimen en nuestras cárceles y
presidios; la suerte, no sólo de las mujeres y niños que sollozan en la miseria
desde que el cabeza de familia fuera encerrado en un calabozo, sino también la
dicha y la suerte de toda la humanidad. Toda injusticia cometida con el individuo,
es en último término sentida por toda la humanidad.
I
Ciento
cincuenta mil seres, mujeres y hombres, son anualmente encerrados en las
cárceles de Francia; muchos millones en las de Europa. Enormes cantidades gasta
Francia en sostener aquellos edificios, y no menores sumas en engrasar las
diversas piezas de aquella pesada máquina - policía y magistratura - encargada
de poblar sus prisiones. Y, como el dinero no brota solo en las cajas del
Estado, sino que cada moneda de oro representa la pesada labor de un obrero,
resulta de aquí, que todos los años, el producto de millones de jornadas de
trabajo es empleado en el mantenimiento de las prisiones.
Pero
¿ quién, prescindiendo de algunos
filántropos y dos o tres administradores, se ocupa en la actualidad de los
resultados que se van obteniendo? De todo se habla en la prensa, que, sin
embargo, casi nunca se ocupa en nada que a las prisiones se refiera. Si alguna
vez se habla de ellas, no es sino a consecuencia de revelaciones más o menos
escandalosas. En tales casos, por espacio de quince días se grita contra la
administración, se piden nuevas leyes que vayan a aumentar el número, nada
bajo, de las vigentes, y pasado aquel tiempo, todo queda igual, si no cambia y
se hace peor.
En
cuanto a la actitud regular de la sociedad y de la prensa respecto a los
detenidos, no pasa de la más completa indiferencia: con tal de que tengan pan
que comer, agua para beber y trabajo, mucho trabajo, todo va bien. Indiferencia
completa, cuando no odio. Porque todos recordamos lo que la prensa dijo no hace
mucho, con motivo de algunas mejoras introducidas en el régimen de las
prisiones. Es demasiado para los pícaros, se leía en periódicos que se las
echaban de avanzados. Nunca serán tratados tan mal como se merecen. Pues bien,
ciudadanas y ciudadanos: habiendo tenido ocasión de conocer dos cárceles de
Francia y algunas de Rusia; habiéndome visto obligado, por circunstancias de mi
vida, a estudiar con cierto detenimiento las cuestiones penitenciarias, creo
que deber mío es decir a la faz del mundo lo que son las prisiones de hoy, así
como el relatar mis observaciones y el exponer las reflexiones que estas
observaciones me sugirieran.
Dicho
esto, abordo la gran cuesti6n. En primer lugar, ¿en qué consiste
el régimen de las prisiones francesas?.
Sabido
es que hay tres grandes categorías de prisiones: la Departamental, la Casa
central y la Nueva Caledonia.
En
lo que a la Nueva Caledonia se refiere, los datos que tenemos respecto a
aquellas islas son tan contradictorios y tan incompletos, que es imposible
formarse una idea justa de lo que es allí el régimen de los trabajos forzados.
En cuanto a las prisiones departamentales; la que nosotros nos vimos obligados
a conocer, en Lyon, se halla en tan mal estado, que cuanto menos se hable de
ella mejor será. En otra parte dije en qué estado la encontré, bosquejando a la
vez la funesta influencia que ejerce sobre las criaturas que en ella están
encerradas. Aquellos infelices son condenados, a causa del régimen a que se han
sometido, a arrastrarse toda la vida por cárceles y presidios y a morir en una
isla del Pacifico.
Por
consiguiente, no digo más acerca de la prisión departamental de Lyon, y paso a
la Casa central de Clairvaux, tanto más cuanto que, con la prisión militar de
Brest, es el mejor edificio de tal suerte con que Francia cuenta, y, a juzgar
por lo que se sabe respecto a las prisiones de los demás países, una de las
mejores cárceles de Europa.
Veamos,
pues, lo que es una de las mejores prisiones modernas; juzgaremos más
acertadamente a las otras. Advertiremos que la vimos en las mejores
condiciones: poco antes de llegar yo, uno de los detenidos había sido muerto en
su celda por los carceleros, y toda la administración había sido cambiada; y
con franqueza he de decir que la nueva administración no tenía en modo alguno
aquel carácter que se halla en tantas otras cárceles: el de tratar de hacer la
vida del detenido lo más penosa posible. Es también la única prisión grande de
Francia que no tuviera una sedición después de las sediciones de hace dos años.
Cuando
el ser humano se acerca a la inmensa muralla circular, que costea las
pendientes de las colinas en una longitud de cuatro kilómetros, antes que ante
una cárcel, creeríase junto a una pequeña población fabril. Chimeneas, cuatro
de ellas grandísimas, humeantes, máquinas de vapor, una o dos turbinas y el
acompasado ruido de los mecanismos en movimiento; he aquí lo que se ve y se oye
al pronto. Consiste esto en que, para procurar ocupación a 1 400 detenidos, ha
sido necesario erigir allí una inmensa fábrica de camas de hierro, innumerables
talleres en los que se trabaja la seda y se hace el brocado de clases, tela
grosera para muchas otras prisiones francesas, paño, ropa y calzado para los
detenidos; hay también una fábrica de metros y de marcos, otra de gas, otra de
botones y de toda clase de objetos de nácar, molinos de trigo, de centeno y así
sucesivamente. Una inmensa huerta y extensos campos de avena se cultivan entre
aquellas construcciones, y de cuando en cuando sale una brigada de aquella
población sujeta, unas veces para cortar leña en el bosque, para arreglar un
canal otras.
He
ahí la inmensa inversión de fondos, y la variedad de oficios que ha sido
necesario introducir para procurar un trabajo útil a 1 400 hombres.
Siendo
incapaz el Estado de tan inmensa inversión de fondos y de colocar
ventajosamente lo que producen, es evidente que ha tenido necesidad de
dirigirse a contratistas, a los que cede el trabajo de los detenidos a precios
en mucho inferiores a los que rigen fuera de la cárcel. Efectivamente, los
jornales de Clairvaux no son sino de 50 céntimos y de 1 franco. Mientras que en
la fábrica de catres puede un hombre ganar hasta 2 francos, muchísimos
detenidos no ganan sino 70 céntimos por jornada de 12 horas, y en ocasiones
sólo 50. De esta cantidad el Estado se apropia una muy notable parte, y el
resto es dividido en dos, una de las cuales se entrega al preso para que compre
en el comedor algún alimento; el resto le es entregado cuando sale de la
prisión. En los talleres pasan los detenidos la mayor parte del día, salvo una
hora de escuela, y 45 minutos de paseo, en fila, a los gritos de ¡una!
¡dos! de los carceleros, distracción a la
que se denomina hacer la rastra de chorizos. El domingo se pasa en los patios,
si hace buen día, y en los talleres cuando el tiempo no permite salir al aire
libre.
Agreguemos
aún que la Casa central de Clairvaux estaba organizada bajo el sistema de
silencio absoluto, sistema tan contrario a la naturaleza humana que no podía
ser mantenido sino a fuerza de castigos. Así es que durante los tres años que
yo pasé en Clairvaux, fue cayendo en desuso. Abandonábase poco a poco, siempre
que las conversaciones en el taller o en el paseo no fuesen demasiado acaloradas.
Mucho
podría decirse acerca de esta cárcel provisional y de corrección; pero las
palabras que le hemos dedicado bastarán para dar una idea general de lo que
aquello es.
En
cuanto a las prisiones de los otros países europeos, basta decir que no son
mejores que la de Clairvaux. En las prisiones inglesas, por lo que de ellas sé,
gracias a la literatura, a informes oficiales y a memorias, debo decir que se
han mantenido ciertos usos que, afortunadamente, están abolidos en Francia. El
tratamiento es en esta nación más humano, y el tradmill, la rueda sobre la que
el detenido inglés camina como una ardilla, no existe en Francia; mientras que,
por otra parte, el castigo francés, consistente en hacer andar al recluso
durante meses, a causa de su carácter degradante, de la prolongación
desmesurada del castigo y de lo arbitrariamente que es aplicado, resulta digno
hermano de la pena corporal que aun se impone en Inglaterra.
Las
prisiones alemanas tienen un carácter de dureza que las hace excesivamente
penosas.
En
cuanto a las prisiones austriacas y rusas, se hallan aún en un estado más
deplorable.
Podemos,
pues, tomar la Casa central de Francia como representante bastante bueno de la
prisión moderna.
He
ahí, en pocas palabras, el sistema de organización de las prisiones
consideradas como las mejores en estos momentos. Veamos ahora cuáles son los
resultados obtenidos por estas organizaciones excesivamente costosas. Dos
respuestas tiene esta pregunta. Y es la primera que todos, hasta la misma
administración, están de acuerdo en que estos resultados son los más
lastimosos.
El
hombre que ha estado en la cárcel, volverá a ella.
Cierto,
inevitable es esto; las cifras lo demuestran. Los informes anuales de la
administración de justicia criminal de Francia, nos dicen que la mitad
aproximadamente de los hombres juzgados por el Tribunal Supremo y las dos
quintas partes de los sentenciados por la policía correccional, fueron educados
en la cárcel, en el presidio: éstos son los reincidentes. Casi la mitad (de 42
a 45 por 100) de los juzgados por asesinato, y las tres cuartas partes (de 70 a
72 por 100) de los sentenciados por robo, son otros tantos reincidentes. 70 000
hombres son anualmente detenidos sólo en Francia. En cuanto a las cárceles
centrales, más de la tercera parte (de 20 a 40 por 100) de los detenidos,
puestos en libertad por aquellas mal nominadas instituciones correccionales,
vuelven a la cárcel dentro de los doce meses que siguen a la fecha de su
primera salida de ella. Es tan constante este hecho, que en Clairvaux se oía
decir a los carceleros: Muy extraño es que Fulano aun no haya vuelto. ¿Habrá
tenido tiempo de pasar a otro distrito judicial? Y hay en las casas centrales
presos ancianos que, habiendo logrado tener un sitio bueno en el hospital o en
el taller, ruegan, al salir de la cárcel, que se les reserve el sitio aquél
para su próximo regreso. Aquellos pobres ancianos están seguros de que no
tardarán en volver.
Por
otra parte, los que han estudiado y conocen estas cosas (citaré por ejemplo, el
doctor Lombroso), afirman que si se llevase cuenta de los que mueren en cuanto
han salido de la cárcel, de los que cambian de nombre, o emigran, o logran
ocultarse después de haber cometido un nuevo acto no de acuerdo con las leyes
vigentes; si todos éstos fuesen tenidos en cuenta, uno se vería precisado a
preguntarse si todos los detenidos puestos en libertad no incurren en la
reincidencia.
He
aquí lo que se consigue con las prisiones.
Pero
no es esto todo. El hecho por el cual un hombre vuelve a la cárcel, es siempre
más grave que el que cometiera la primera vez. Todos los escritores
criminalistas están de acuerdo en esto.
La
reincidencia se ha hecho un problema inmenso para Europa, un problema que
Francia quiso no ha mucho resolver, enviando a todos los reincidentes a gustar
de la fiebre de Cayena. Por otra parte, la exterminación empieza ya el camino.
Todos habéis leído que, hace tres días, once reincidentes fueron pasados por
las armas a bordo del navío que a aquel punto les llevaba; acto de salvajismo
que será muy tenido en cuenta cuando el capitán de la embarcación sea nombrado
director de la colonia de Cayena.
Pues
bien, no obstante las reformas introducidas, no obstante los sistemas
penitenciarios puestos a prueba, el resultado siempre ha sido igual. Por una parte,
el número de hechos contrarios a las leyes existentes no aumenta ni disminuye,
cualesquiera que sea el sistema de penas infligidas. Se ha abolido el knut ruso
y la pena de muerte en Italia, y el número de asesinatos sigue siendo igual.
Aumenta o disminuye la crueldad de los erigidos en jefes; cambia la crueldad o
el jesuitismo de los sistemas penitenciarios, pero el número de los actos mal
llamados crímenes, continúa invariable. Sólo le afectan otras causas, de las
cuales ahora voy a hablar.
Y,
por otra parte, cualesquiera que sean los cambios introducidos en el régimen
penitenciario, la reincidencia no disminuye, lo cual es inevitable, lo cual
debe ser así; la prisión mata en el hombre todas las cualidades que le hacen
más propio para la vida en sociedad. Conviértenle en un ser que, fatalmente,
deberá volver a la cárcel, y que expirará en una de esas tumbas de piedra sobre
las cuales se escribe Casa de corrección -, y que los mismos carceleros llaman
Casas de corrupción.
Si
se me preguntara: ¿Qué podría hacerse para mejorar el
régimen penitenciario?, ¡Nada! - responderia - porque no es
posible mejorar una prisión. Salvo algunas pequeñas mejoras sin importancia, no
hay absolutamente nada que hacer, sino demolerlas.
Para
acabar con el asqueroso contrabando del tabaco podría proponer que se dejara
fumar a los detenidos: Alemania lo ha hecho ya; y no le pesa haberlo hecho: el
Estado vende tabaco en el comedor. Pero, después del contrabando del tabaco,
vendría el del alcohol. Y todo conduciría al mismo resultado: a la explotaci6n
de los detenidos por los encargados de vigilarles. Podría proponer que al
frente de cada prisión hubiera un Pestalozzi (me refiero al gran pedagogo suizo
que recogía a los niños abandonados y hacía de ellos buenos ciudadanos), y
podría también proponer que, en lugar de los vigilantes, ex soldados y ex
policías casi todos, se pusieran sesenta o más Pestalozzi. Pero me
responderíais: ¿Dónde encontrarlos? Y tendríais razón:
porque el gran pedagogo suizo no hubiera aceptado la plaza de carcelero;
hubiera dicho: -El principio de toda prisión es falso, puesto que la privación
de libertad lo es. Mientras privéis al hombre de libertad, no lograréis hacerle
mejor. Cosecharéis la reincidencia. Y eso es lo que ahora voy a demostrar.
II
Hay,
en primer lugar, un hecho constante, un hecho que es ya, en sí mismo, la
condenación de todo nuestro sistema judicial: ninguno de los presos reconoce
que la pena que se le ha impuesto es la justa.
Hablad
a un detenido por hurto, y preguntadle algo acerca de su condena. Os dirá:
Caballero, los pequeños rateros aquí están, los grandes viven libres, gozan del
aprecio del público. ¿Y qué os atreveríais a responderle,
vosotros que conocéis las grandes compañías financieras fundadas expresamente
para sorberse hasta las monedas de cobre que ahorran los conserjes, y para
permitir que los fundadores, retirándose a tiempo, echen legalmente su agudo
anzuelo sobre las pequeñas fortunas que encuentran a su alcance?. Conocemos a
esas grandes compañías de accionistas, sus circulares engañosas, sus timos ... ¿Cómo
responder, pues, al prisionero, sino diciéndole que tiene razón ?.
Hablad
ahora a aquel otro, que está preso por haber robado en grande. Os dirá: No fui
bastante diestro; he ahí mi delito. ¿Y qué
habíais de responderle, vosotros que sabéis cómo se roba en las altas esferas,
y cómo, después de escándalos inenarrables, de los que tanto se habló en estos
últimos tiempos, veis otorgar un privilegio de inculpabilidad a los grandes
ladrones? ¡Cuántas veces no hemos oído decir en la
cárcel: ¡Los grandes ladrones no somos nosotros;
son los que aquí nos tienen! ¿Y quién se atreverá a decir lo
contrario?.
Cuando
se conocen las estafas increíbles que se cometen en el mundo de los grandes
negocios financieros; cuando se sabe de qué modo íntimo el engaño va unido a
todo ese gran mundo de la industria; cuando uno ve que ni aun los medicamentos
escapan de las falsificaciones más innobles; cuando se sabe que la sed de
riquezas, por todos los medios posibles, forma la esencia misma de la sociedad
burguesa actual, y cuando se ha sondeado toda esa inmensa cantidad de
transacciones dudosas, que se colocan entre las transacciones burguesamente
honradas y las que son acreedoras de la Correcional; cuando se ha sondeado todo
eso, llega uno a decirse, como decía cierto recluso, que las prisiones fueron
hechas para los torpes, no para los criminales.
En
tal caso, ¿por qué tratáis de moralizar a los que
llenan cárceles y presidios?. Este es el ejemplo exterior. En cuanto al ejemplo
dado en la prisión, inútil sería que hablásemos de el extensamente; sábese ya
lo que es. Hable de él en otra parte y mi articulo fue reproducido por toda la
prensa. La filosofía de todas las prisiones, de San Francisco de Kamtchatka, es
siempre ésta: Los grandes ladrones no somos nosotros; son los que aquí nos
tienen. Un solo hecho, por otra parte, bastará como cuadro de costumbres;
hablaremos del trafico del tabaco. Sabido es que esta prohibido fumar en toda
prisión francesa. Y, sin embargo, fuma aquel que quiere y puede; sólo que esta
mercancía preciosa, que mastica primero, que en seguida se fuma y que se
absorbe como rapé en forma de ceniza, se vende al precio de cuatro sueldos
pitillo, a cinco francos el paquete de diez sueldos. ¿Y
quién vende este tabaco a los detenidos? ¡Unas
veces los carceleros, otras los contratistas de trabajos! Sólo que la tasa es
exorbitante. He aquí, por otra parte, cómo se practica la operación. El
detenido se hace enviar cincuenta francos a nombre del carcelero. Este se queda
con la mitad de dicha suma y da el resto al interesado, pero en tabaco, y a
precios por el estilo del citado. El contratista, por su parte, muchas veces
paga el trabajo en pitillos.
Y
nótese bien que no sólo en Francia ocurre esto. La tarifa de la cárcel de
Milbank, en Inglaterra, es absolutamente igual: se paga más a veces. Trátase de
un acuerdo internacional.
Advierto
que, por mi parte, no doy a estos hechos gran importancia. Supongamos que se
permite a los detenidos asociarse para comprar alimentos, cual se hace en
Rusia, y que la administración no puede robarles nada. Supongamos que el
tráfico del tabaco desaparece y que éste es vendido a todo el mundo en el
comedor. La prisión no dejará por eso de ser prisión, y no cesará de ejercer su
influencia deletérea.
Las
causas de esta influencia son mucho más profundas.
Todo
el mundo conoce la influencia deletérea de la ociosidad. El trabajo eleva al
hombre. Pero hay trabajo y trabajo. Hay el del ser libre, que permite a éste
sentirse una parte del todo inmenso del universo. Y hay el trabajo obligatorio
del esclavo, que degrada al ser humano; trabajo hecho con disgusto y sólo por
temor a un aumento de pena. Y tal es el trabajo de la prisión. No hablo del
molino disciplinario inglés, en el que el hombre ha de andar como una ardilla
sobre una rueda ni de otros trabajos (tormentos) por el estilo. Eso no es otra
cosa que una baja venganza de la sociedad. Mientras que toda la humanidad
trabaja para vivir, el hombre que se ve obligado a hacer un trabajo que no le
sirve para nada, se siente fuera de la ley. Y si más adelante trata a la
sociedad como desde fuera de la ley, no acusemos a nadie sino a nosotros
mismos. Las cosas no son más bellas cuando se toma en consideración el trabajo
útil de las prisiones. Ya dije por qué salario irrisorio trabaja allí el
obrero. En estas condiciones, el trabajo, que ya en sí no tiene ningún
atractivo, porque no hace funcionar las facultades mentales del trabajador, es
tan mal retribuido, que llega a considerarse como castigo. Cuando mis amigos
anarquistas de Clairvaux hacían corsés o botones de nácar, y ganaban 60
céntimos en diez horas de trabajo (60 céntimos que se convertían en 30 después
de que el Estado se apropiase su parte), comprendían muy bien el disgusto que
tal trabajo había de inspirar a un hombre condenado a hacerlo. ¿Qué
placer puede encontrarse en semejante labor? ¿Qué
efecto moralizador puede ejercer ese trabajo, cuando el preso se repite
continuamente que no trabaja sino para enriquecer a un amo? Cuando, al acabar
la semana, recibe una peseta y 60 céntimos exclama, y con raz6n:
-Decididamente, los verdaderos ladrones no somos nosotros; son los que aquí nos
tienen. Más aún. Nuestros compañeros no estaban obligados a trabajar; y, en
ocasiones, por un trabajo asiduo recibían una peseta. Y obraban de tal modo
porque la necesidad les impulsaba a hacerlo. Los que estaban casados, con el
dinero aquel mantenían correspondencia con sus esposas. La cadena que unía la
casa con la cárcel no estaba rota, y los que no estaban casados ni tenían una
madre a quien sostener, sentían una pasión: la del estudio; y trabajaban con la
esperanza de poder comprar, llegado el fin del mes, el libro deseado. Porque ¿dónde,
sino en la cárcel puede estudiar el trabajador?.
Tenían
una pasión. Pero ¿qué pasión puede experimentar un
prisionero de derecho común, privado de todo lazo que pudiera aficionarle a la
vida exterior?. Por un refinamiento de crueldad, los que imaginaron nuestras
prisiones hicieron cuanto pudieron para interrumpir toda relación entre el
prisionero y la ciudad. En Inglaterra, la mujer y los hijos no pueden verle más
que una vez cada tres meses, y las cartas que han de escribir inspiran risa.
Los filántropos han llevado el desprecio a la naturaleza hasta no permitir al
detenido que firme si no es al pie de una circular impresa.
En
las prisiones francesas, las visitas de los parientes no son tan severamente
limitadas, y en las prisiones centrales el director hasta se halla autorizado
para permitir, en casos excepcionales, la visita con sólo una verja por medio.
Pero, las cárceles centrales están lejos de las grandes poblaciones, y son las
grandes ciudades las que procuran mayor número de detenidos. Pocas mujeres
disponen de medios para hacer un viaje a Clairvaux, a fin de tener algunas
cortas entrevistas con sus esposos. Así es que la mejor influencia a que el
preso podía ser sometido, la única que podría traerle de fuera un rayo de luz,
un elemento más dulce de vida, las relaciones con sus parientes, le es
sistemáticamente arrebatada. Las prisiones antiguas eran menos limpias, menos
ordenadas que las de hoy; pero eran más humanas.
En
la vida de un prisionero, vida gris que transcurre sin pasiones y sin emoción,
los mejores elementos se atrofian rápidamente. Los artesanos que amaban su
oficio, pierden la afición al trabajo. La energía física es rápidamente muerta
en la prisión. La energía corporal desaparece poco a poco, y no puedo encontrar
mejor comparación para el estado del prisionero, que la de la invernada en las regiones
polares. Léanse los relatos de las expediciones árticas, las antiguas, las del
buen viejo Pawy o las de Ross. Hojeándolas, sentiréis una nota de depresión
física y mental, cerniéndose sobre todo aquel relato, haciéndose más lúgubre
cada vez, hasta que el sol reaparece en el horizonte. Ese es el estado del
prisionero. Su cerebro no tiene ya energía para una atención sostenida, el
pensamiento es menos rápido; en todo caso, menos persistente; pierde su
profundidad. Un informe americano hacía constar, no hace mucho, que mientras
que el estudio de las lenguas prospera en las prisiones, los detenidos son
incapaces de aprender matemáticas. Y es la pura verdad; eso es lo que ocurre.
A
mi entender, puede atribuirse esta disminución de energía nerviosa a la carencia
de impresiones. En la vida ordinaria, mil sonidos y colores hieren diariamente
nuestros sentidos; mil menudencias llegan a nuestro conocimiento y estimulan la
actividad de nuestro cerebro.
Nada
de esto existe para el prisionero; sus impresiones son poco numerosas y siempre
iguales. De ahí la curiosidad del recluso. No puedo olvidar el interés con que
observaba, paseándome por el patio de la prisión, las variaciones de colores en
la veleta dorada de la fortaleza; sus tintes rosados, al ponerse el sol, sus
colores azulados de por la mañana, su aspecto indiferente en los días nublados
y claros, por la mañana y por la tarde, en verano y en invierno. Era aquélla
una impresión completamente nueva. La razón es probablemente quien hace que a
los presos les gusten tanto las ilustraciones. Todas las impresiones referidas
por el recluso, provengan de sus lecturas o de sus pensamientos, pasan a través
de su imaginación. Y el cerebro, insuficientemente alimentado por un corazón
menos activo y una sangre empobrecida, se fatiga, se descompone, pierde su
energía.
Hay
otra causa importante de desmoralización en las prisiones, sobre la cual no se
habrá nunca insistido lo suficiente, porque es común a todas las prisiones e
inherente al sistema de la privación de la libertad. Todas las transgresiones a
los principios admitidos de la moral, pueden ser imputadas a la carencia de una
firme voluntad. La mayoría de los habitantes de las prisiones son personas que
no tuvieron la firmeza suficiente para resistir a las tentaciones que les
rodeaban, o para dominar una pasión que llegó a dominarles. Pues bien, en la
cárcel, como en el convento, todo es apropiado para matar la voluntad del ser
humano. El hombre no puede elegir entre dos acciones; las escasísimas ocasiones
que se ofrecen de ejercer su voluntad, son excesivamente cortas; toda su vida
fue regulada y ordenada de antemano; no tiene que hacer sino seguir la
corriente, obedecer, so pena de duros castigos. En tales condiciones, toda la
voluntad que pudiera tener antes de entrar en la cárcel, desaparece. ¿Y
dónde encontrará fuerza para resistir a las tentaciones que ante él surgirán,
como por encanto, cuando franquee aquellas paredes? ¿Dónde
encontrará fuerza para resistir al primer impulso de un carácter apasionado, si
durante muchos años hizo todo lo necesario para matar en él la fuerza interior,
para volverle una herramienta dócil en manos de los que le gobiernan?.
Este
hecho es, a mi entender, la más fuerte condena de todo sistema basado en la
privación de la libertad del individuo. El origen de la supresión de toda
libertad individual se halla fácilmente: proviene del deseo de guardar el mayor
número de presos con el más reducido número de guardianes. El ideal de nuestras
prisiones fuera un millar de autómatas levantándose y trabajando, comiendo y
acostándose por medio de corrientes eléctricas producidas por un solo guardián.
De
este modo se puede economizar; pero no admite luego que hombres, reducidos al
estado de máquinas, no sean, una vez libres, los hombres que reclama la vida en
sociedad.
El
preso, una vez libre, obra como aprendió a obrar en la cárcel. Las sociedades
de socorro nada pueden contra esto. Lo único que le es posible hacer es
combatir la mala influencia de las prisiones, matar sus malos efectos en algunos
de los libertados. ¡Y qué contraste entre la recepción de los
antiguos compañeros y la de todo aquel que en el mundo, se ocupa de la
filantropía! Para los jesuitas, cristianos y filántropos, los prisioneros,
cuando libres, son como la peste. ¿Cuál de
ellos le invitará a su casa y le dirá sencillamente: He ahí un aposento, ahí
tiene usted trabajo, siéntese usted a esa mesa y forme parte de nuestra
familia? Le hace falta sostén, fraternidad, no busca sino una mano amiga que
estrechar. Pero, después de haber hecho cuanto estaba en su poder para
convertirle en enemigo de la sociedad, después de haberle inoculado los vicios
que caracterizan las prisiones, se le vuelve a echar al arroyo, se le condena a
tornarse reincidente.
Todos
conocemos la influencia de un traje decente. Hasta un animal se avergonzaría de
presentarse entre sus semejantes si su exterior le hiciera verse ridículo. Y
los hombres comienzan por dar un exterior de loco al que pretenden moralizar.
Recuerdo haber visto en Lyon el efecto producido en los presos por los trajes
que se les imponen. Los recién llegados, atravesaban el patio en que me paseaba
para entrar en el aposento en que se cambia de ropa. Casi todos ellos eran
obreros e iban vestidos pobremente; pero sus trajes estaban limpios. Y cuando
salieron con el innoble uniforme de la prisión, remendado con trapos
multicolores, un pantalón diez pulgadas más corto de lo debido, y con un mal
gorro, se les veía avergonzados de presentarse ante los demás, vestidos de
aquella suerte.
Tal
es la primera impresión del prisionero, que, mientras viva, se verá sometido a
un tratamiento que probará el mayor desprecio de los sentimientos humanos. En
Dartmoose, por ejemplo, los detenidos son considerados faltos del menor
sentimiento de pudor. Se les obliga a formar en fila, completamente desnudos,
ante las autoridades de la prisión, y a ejecutar en aquella forma una serie de
movimientos gimnásticos. ¡Volveos! ¡Alzad
los dos brazos! ¡La pierna derecha!. Y así sucesivamente.
Un
detenido no es un hombre capaz de tener un sentimiento de respeto humano. Es
una cosa, un simple número; se le considerará un objeto numerado.
Si
cede al más humano de todos los deseos, el de comunicar una impresión o un
pensamiento a un compañero, cometerá una infracción de la disciplina. Y, por
dócil que sea, concluirá por cometer esta infracción. Antes de entrar en la
cárcel, habrá podido causarle repugnancia la mentira, engañar a uno; mas en la
cárcel aprenderá a mentir y a engañar; hasta llegará el día en que la mentira y
el engaño sean para él una segunda naturaleza.
Y
desgraciado del que no se somete si la operación del registro le humilla, si la
misma le repugna, si deja ver el desprecio que le inspira el guardián que
trafica con tabaco, si parte su pan con el vecino, si tiene aún la suficiente
dignidad para irritarse al recibir un insulto, si es lo suficientemente honrado
para rebelarse contra las pequeñas intrigas; la prisión será un infierno para
él. Será sobrecargado de trabajo, si es que no se le envía a que se pudra en
una celda. La más pequeña infracción en la disciplina, tolerada en el
hipócrita, le hará objeto de los más duros castigos; será insubordinado. Y un
castigo traerá otro. Se le conducirá a la locura por medio de la persecución, y
por feliz puede tenerse si sale de la prisión de otro modo que en el ataúd.
Vimos en Clairvaux cuál es la suerte del insumiso. Un aldeano, reputado como
tal, se pudría en el calabozo de castigo. Cansado de tal vida pegó a un
vigilante. Se le recomendó permaneciera en Clairvaux. Entonces se suicidó. Y
careciendo de un arma para hacerlo, se mató comiéndose sus propios excrementos.
Fácil es escribir en los periódicos que los vigilantes debieran ser severamente
vigilados, que los directores debieran elegirse entre las personas más dignas
de aprecio. Nada tan fácil como hacer utopías administrativas. Pero el hombre
seguirá siendo hombre, lo mismo el guardián que el detenido. Y cuando los
hombres están sentenciados a pasar toda la vida en situaciones falsas, sufrirán
sus consecuencias. El guardián se torna meticuloso. En ninguna parte, salvo en
los monasterios rusos, reina un espíritu de tan baja intriga y de farsa, tan
desarrollado como entre los guardianes de las prisiones. Obligados a moverse en
un medio vulgar, los funcionarios sufren su influencia. Pequeñas intrigas, una
palabra pronunciada por fulano, forman el fondo de sus conversaciones. Los
hombres son hombres, y no es posible dar a un individuo una partícula de
autoridad sin corresponderle. Abusará de ella, y le concederá tanto menos escrúpulo,
y hará sentir tanto más su autoridad, cuanto más limitada sea su esfera de
acción. Obligados a vivir en mitad de un campamento enemigo, los guardianes no
pueden ser modelos de atención y de humanidad. A la liga de los detenidos,
oponen la liga de los carceleros. La institución les hace ser lo que son:
perseguidores ruines y mezquinos. Poned a un Pestalozzi en su lugar (si es que
un Pestalozzi es capaz de aceptar cargo tal), y no tardará mucho en ser uno de
tantos guardianes.
Rápidamente,
el odio a la sociedad invade el corazón del detenido, quien se acostumbra a
aborrecer cordialmente a los que le oprimen. Divide el mundo en dos partes:
aquella a que pertenecen él y sus compañeros, y la en que figura el mundo
exterior, representado por el director, los guardianes y demás empleados. Entre
los detenidos fórmase una liga contra los que no visten el traje de prisionero.
Aquellos son sus enemigos, y bien hecho está cuánto se puede hacer y se hace
para engañarles. Una vez libre, el detenido pone en práctica su moral. Antes de
estar preso hubiera podido cometer malas acciones sin reflexionar; entonces
tiene ya una filosofía propia, la cual puede resumirse en estas palabras de
Zola: ¡Qué pícaros son los hombres honrados!
Sábese
en qué horribles proporciones crecen los atentados al pudor en todo el mundo
civilizado. Muchas son las causas que contribuyen a este crecimiento, pero la
influencia pestilente de las prisiones ocupa el primer lugar. La perturbación
provocada en la sociedad por el régimen de la detención, es en este sentido más
profunda que en ningún otro. Inútil resulta extenderse en el asunto. En lo que
a prisiones de niños respecta (la de Lyon, por ejemplo), puede decirse que día
y noche la vida de aquellos desgraciados está impregnada de una atmósfera de
depravación. Lo propio ocurre con las prisiones de adultos. Los hechos que
observamos durante nuestro cautiverio, exceden a cuanto pudiera idear la
imaginación más depravada. Es necesario haber estado mucho tiempo preso y haber
escuchado las confidencias de los otros reclusos para saber a qué estado de
espíritu puede llegar un detenido. Todos los directores de prisión saben que
las cárceles centrales son las cunas de las más sorprendentes infracciones de
las leyes de la naturaleza. Y se incurre en un grave error al creer que una
reclusión completa del individuo en el régimen celular, puede mejorar tal
situación. Es una perversión del espíritu la causa de estos hechos; y la celda
es el medio mejor para dar aquella tendencia a la imaginación.
III
Si
tomamos en consideración las varias influencias de la prisión sobre el
prisionero, debemos convenir en que, una a una, y todas juntas lo mismo, obran
de manera que cada vez tornan menos propio para la vida en sociedad al hombre
que ha estado algún tiempo detenido. Por otra parte, ninguna de estas
influencias obra en el sentido de educar las facultades intelectuales y morales
del hombre, de conducirlo a una concepción superior de la vida, de hacerle
mejor que era al ser detenido.
La
prisión no mejora a los presos; en cambio, según hemos visto, no impide que,
los denominados crímenes, se cometan; testigos, los reincidentes. No responde,
pues, a ninguno de los fines que se propone. He aquí el por qué de la pregunta:
¿Qué hacer con los que desconocen la ley,
no la ley escrita, que no es otra cosa que una triste herencia de un pasado
triste, sino la que trata de los principios de moralidad grabados en el corazón
de todos?.
Y
esa es la pregunta a que nuestro siglo ha de contestar.
Hubo
un tiempo en que la medicina era el arte de administrar algunas drogas a
tientas, descubiertas por algunos experimentos. Los enfermos que caían en manos
de los médicos que administraban aquellas drogas, podían morir o sanar a pesar
de ellos; pero el médico tenía entonces una excusa: hacía lo que todos. No se
podía exigir de él que superase a sus contemporáneos. Pero nuestro siglo,
apoderándose de cuestiones apenas entrevistas en otro tiempo, ha tomado la
medicina en otro sentido. En lugar de curar las enfermedades, la medicina actual
trata de evitarlas. Y todos nosotros conocemos los inmensos resultados
obtenidos de este modo. La higiene es el mejor de los médicos.
Pues
bien, lo propio hemos de hacer en lo que atañe a ese fenómeno social que aun se
llama crimen, pero que nuestros hijos llamarán enfermedad social. Evitar esta
enfermedad será la mejor de las curaciones. Y la conclusión esta, se ha hecho
ya el ideal de una escuela que se ocupa en cuestiones de ese género.
Esta
escuela, moderna, tiene ya toda una literatura. En sus filas militan los
jóvenes criminalistas italianos Poletti, Ferri, Colajanni y, hasta cierto
punto, Lombroso; tenemos por otra parte, esa gran escuela de psicólogos, en la
que figuran Griesinger y Kraft-Ebbing en Alemania, Despine en Francia y
Mandsley en Inglaterra; contamos con sociólogos como Quetelet y sus discípulos,
desgraciadamente poco numerosos, y finalmente, hay, por una parte, las modernas
escuelas de psicología relativa al individuo, y por otra las escuelas
socialistas relativas a la sociedad. En los trabajos publicados por esos
innovadores, tenemos ya todos los elementos necesarios para tomar una posición
nueva respecto a aquellos a quienes la sociedad vilmente decapitara, ahorcara o
apresara hasta la fecha. Tres grandes series de causas trabajan constantemente
para traducir los actos antisociales llamados crímenes: las causas sociales,
las causas antropológicas, las causas físicas.
Comienzo
por estas últimas, que son las menos comunes, y cuya influencia es
incontestable.
Cuando
se ve cómo un amigo lleva al correo una carta en cuyo sobre no ha puesto la
dirección, dícese uno que aquello es un olvido, un hecho imprevisto. Pues bien,
ciudadanas y ciudadanos; esos olvidos, ese hecho imprevisto, se repiten en las
humanas sociedades con la misma regularidad que los actos fáciles de prever. El
número de cartas expedidas sin señas se reproduce de año en año con una
regularidad sorprendente. Podrá ese número variar de un año a otro. Pero, si
es, supongamos, de mil en una población de muchos millones de habitantes, no
será de dos mil, ni de ochocientos, el año próximo. Continuará siendo siempre
de cerca de mil, con variación de algunas decenas. Los informes anuales de la
oficina de correos de Londres son sorprendentes bajo este aspecto. Allí se
repite todo, hasta el número de billetes de Banco arrojados por los buzones en
vez de cartas. ¡Ved qué caprichoso elemento es el olvido!
Y, sin embargo, este elemento está sometido a leyes tan rigurosas como las que
descubrimos en los movimientos de los planetas.
Lo
propio ocurre con los asesinatos que se cometen de un año a otro. Con las
estadísticas de los años anteriores a la vista, de antemano puede predecirse el
número de asesinatos que se registrarán en el transcurso del año siguiente, en
cualquier país europeo, con una sorprendente exactitud. Y, si se toman en
consideración las causas perturbadoras, unas de las cuales aumentan, mientras
las otras disminuyen las cifras, puede predecirse el número de asesinatos que
han de cometerse, unidades más o menos.
Hace
algunos años, en 1884, La Naturaleza, de Londres, publicó un trabajo de S. A.
Hill, acerca del número de actos de violencia y de suicidios en las Indias
inglesas. Todo el mundo sabe que cuando hace mucho calor, y a la vez es húmedo
el aire, el ser humano se halla más nervioso que en cualquier otra ocasión.
Pues bien; en la India, donde la temperatura es excesivamente calurosa en
verano, y donde el calor va ordinariamente acompañado de gran humedad, la
influencia enervante de la atmósfera se hace sentir mucho más que en nuestras
latitudes. Mr. Hill tomó las cifras de actos de violencia cometidos, mes por
mes, en una larga serie de años, y examinó la influencia de la temperatura y de
la humedad valiéndose de estas cifras. Por un procedimiento matemático muy
sencillo, hasta pudo calcular una fórmula que a cualquiera permite predecir el
número de crímenes, con sólo consultar el termómetro y el higrómetro, el
instrumento que mide la humedad. Tómese la temperatura del mes y multiplíquese
por 7, agrégase al producto la humedad media, y multiplíquese la suma por 2; el
resultado será el número de asesinatos cometidos en el mes.
Puede
hacerse lo propio para saber los suicidios. Semejantes cálculos deben parecer
muy extraños a los que todavía están de parte de los prejuicios legados por las
religiones. Mas para la ciencia moderna, que sabe que los actos psicológicos
dependen absolutamente de las causas físicas, tales cálculos nada tienen de
sorprendentes ni de dudosos. Por otra parte, los que por experiencia conozcan
la influencia enervante del calor, comprenderán perfectamente por qué el indio,
en un calor tropical y húmedo, saca pronto el cuchillo para acabar una disputa,
y por qué, cuando se halla disgustado de la vida, se apresura a suicidarse.
La
influencia de las causas físicas en nuestros actos, hállase muy lejos de haber
sido completamente analizada. Y, sin embargo, es cosa muy conocida, que los
actos de violencia contra personas predominan en verano, mientras que en
invierno son más los actos violentos contra la propiedad.
Cuando
se examinan las curvas trazadas por el doctor E. Ferri, y se ve la de los actos
de violencia, subiendo y bajando con la curva de la temperatura, siguiéndola en
todas sus vueltas, siéntese uno vivamente impresionado por la similitud de las
dos curvas, y se comprende hasta qué punto es el hombre una máquina. El ser
humano, que hace alarde de su libre arbitrio, depende de la temperatura, del
viento y de la lluvia, como todo ser orgánico.
Evidente
es que tales investigaciones hállanse erizadas de dificultades. Los efectos de
las causas físicas son siempre muy complicados. Así, cuando el número de
delitos sube y baja con la cosecha de trigo o de vino, las influencias físicas
no obran sino indirectamente, por medio de las causas sociales ¿Quién
sospechará, pues, de tales influencias? Cuando es el tiempo bueno y abundante
la cosecha, cuando los lugareños están contentos, indudable es que se sentirán
menos impulsados a ventilar sus rencillas a puñaladas; mientras que si es el
tiempo pesado y la cosecha mala, lo cual torna al lugareño menos tratable, las
disputas tomarán, indudablemente, un carácter más violento. Me parece, por otra
parte, que las mujeres, que constantemente tienen ocasión de observar el bueno
y el mal humor de sus maridos, podrían decirnos algo acerca de las relaciones
entre el bueno y el mal humor y el buen o mal tiempo.
Las
causas fisiológicas, las que dependen de la estructura del cerebro y de los
órganos digestivos, así como del estado del sistema nervioso del hombre, son
ciertamente más importantes que las causas físicas. Y mucho se ha hablado de
ellas en estos últimos tiempos.
La
influencia de las capacidades heredadas por el hombre de sus padres y la de su
organización física sobre sus actos, fueron, no ha mucho, objeto de investigaciones
tan profundas, que hoy podemos formarnos una idea bastante justa de este
conjunto de causas. Cierto que no podemos aceptar las conclusiones de la
escuela criminalista italiana, que de estas cuestiones se ha ocupado; que no
podemos admitir las conclusiones del doctor Lombroso, uno de los más conocidos
representantes de la escuela, especialmente aquellas a que llegara en su obra
sobre el aumento de la criminalidad, publicada en 1879. Pero podemos tomar de
ellas los hechos, reservándonos el derecho de interpretarlos a nuestro modo.
Cuando
Lombroso nos demuestra que la mayoría de los habitantes de nuestras prisiones
tienen algún defecto en la organización del cerebro, nosotros no podemos hacer
otra cosa que inclinarnos ante tal afirmación. Trátase de un hecho; nada más
que de un hecho. Hasta nos hallamos dispuestos a creer cuando afirma que la
mayoría de los habitantes de las prisiones tienen los brazos algo más largos
que el resto de los hombres. Y aun cuando demuestra que los asesinatos más
brutales fueron cometidos por individuos que tenían algún vicio serio en la
estructura de su cerebro, es esta una afirmación que la observación confirma.
Mas,
cuando Lombroso quiere deducir de estos hechos conclusiones a las que no puede
prestar autoridad; cuando, por ejemplo, afirma que la sociedad tiene el derecho
de tomar medidas contra los que encierran tales defectos de organización,
negámonos a imitarle. La sociedad no tiene ningún derecho que le permita
exterminar a los que cuentan con un cerebro enfermo, ni reducir a prisión a los
que tengan los brazos algo más largos de lo ordinario. De buen grado admitimos
que los que han cometido actos atroces, actos de aquellos que por instantes
perturban la conciencia de toda la humanidad, fueran casi idiotas. La cabeza de
Frey, por ejemplo, que dio hace algún tiempo, la vuelta a toda la prensa, es
una prueba sorprendente de lo dicho. Pero todos los idiotas no son asesinos. Y
pienso que el más rabioso de los criminales de la escuela de Lombroso
retrocedería ante la ejecución en conjunto de todos los idiotas que hay en el
mundo. ¡Cuántos de ellos están libres, unos
vigilados y otros vigilando! ¡En cuántas familias, en cuántos palacios,
sin hablar de las casas de curación, nos encontramos idiotas que ofrecen los
mismos rasgos de organización que Lombroso considera característicos de la
locura criminal!.
Toda
la diferencia entre éstos y los que fueran entregados al verdugo, no es sino la
diferencia de las condiciones en que vivieran. Las enfermedades del cerebro
pueden ciertamente favorecer el desarrollo de una inclinación al asesinato.
Pero éste no es obligado. Todo dependerá de las circunstancias en que sea
colocado el individuo que sufre una enfermedad cerebral. Frey murió
guillotinado, porque toda una serie de circunstancias le impulsaron hacia el
crimen. Cualquier otro idiota morirá rodeado de su familia, porque en su vida
no se le empujó nunca hacia el asesinato.
Nos
negamos, pues, a aceptar las conclusiones de Lombroso y de sus discípulos. Pero
reconocemos que, popularizando este género de investigaciones, prestó un
inmenso servicio. Porque para todo hombre inteligente, resulta, de hechos que
acumulará, que la mayoría de los que fueron tratados como criminales, no son
sino seres a quienes aqueja una enfermedad, y a los que, por lo tanto, es
necesario intentar curar prodigándoles los mejores cuidados, en lugar de
llevarlos a la prisión, donde su enfermedad no hará otra cosa que aumentar en
gravedad.
Mencionaré
aún las investigaciones de Mansdley sobre la responsabilidad en la locura.
También caben aquí muchas observaciones que hacer en cuanto a las conclusiones
del autor; conclusiones que no valen lo que los hechos. Mas no puede leerse la
citada obra sin deducir que la mayoría de los hasta hoy condenados por actos de
violencia, fueron sencillamente hombres a quienes aquejaba una enfermedad
cerebral más o menos grave; casi todos de anemia del cerebro; no de plétora,
como me decía Elíseo Reclus no hace mucho, en el momento de separarme de él
para venir a esta conferencia. Sí, de anemia, resultante de la carencia de
alimentación. El loco ideal creado por la ley, dice Mansdley, el único que la
ley reconoce irresponsable, no existe, como no existe el criminal ideal que la
ley castiga. Entre uno y otro hay una inmensa serie de gradaciones insensibles,
que hacen que unos se toquen, se confundan. ¡Y esos
seres son conducidos a la prisión, donde se agrava su enfermedad!. Hasta la
fecha, las instituciones penales, tan queridas de los legistas y de los
jacobinos, no fueron más que un compromiso entre la antigua idea bíblica de
venganza, la idea de la Edad Media, que atribuía todas las malas acciones a una
mala voluntad, a un diablo, que impulsaba al crimen, y la idea de los modernos
legistas, la idea de anular y de evitar lo que llaman crimen por medio del
castigo.
Pero
seguro estoy de que no se halla lejos el tiempo en que las ideas que inspiraron
Griesinger, Kraft-Ebbing y Despine se hagan del dominio público; y entonces nos
avergonzaremos de haber permitido por espacio de tanto tiempo que los
condenados fueran puestos en manos del verdugo y en las del carcelero. Si los
concienzudos trabajos de aquellos escritores fueran más conocidos, todos
comprenderíamos muy pronto que los seres a quienes se envía a la prisión, a
quienes se condena a muerte, son seres humanos que necesitan un tratamiento
fraternal.
Cierto
que no proponemos construir casas de curación en vez de cárceles y presidios. ¡Lejos
de mí tal idea! La casa de curación es una nueva prisión. Lejos de mí la idea
lanzada de cuando en cuando por los señores filántropos que proponen conservar
la prisión, pero confiándosela a médicos y pedagogos. Los prisioneros serían
todavía más desgraciados; saldrían de aquellas casas más quebrantados que de
las prisiones que hoy conocemos. Lo que los presos de hoy no han encontrado en
la sociedad actual es sencillamente una mano fraternal que les ayudara desde la
infancia a desarrollar las facultades superiores del corazón y de la
inteligencia, facultades cuyo desarrollo natural fuera estorbado en ellos bien
por un defecto de organización, anemia del cerebro o enfermedad del corazón;
del hígado o del estómago, bien por las execrables condiciones sociales que
actualmente se imponen a millones de seres humanos. Pero estas facultades
superiores del corazón y de la inteligencia no pueden ser ejercitadas si el
hombre se halla privado de libertad, si no puede obrar como guste, si no sufre
las múltiples influencias de la sociedad humana.
La
prisión pedagógica, la casa de salud, serían infinitamente peores que las
cárceles y presidios de hoy.
La
fraternidad humana y la libertad son los únicos correctivos que hay que oponer
a las enfermedades del organismo humano que conducen a lo que se llama crimen.
Tomad
aparte a ese hombre, el cual ha cometido un acto de violencia contra uno de sus
semejantes. El juez, ese maniático, pervertido por el estudio del Derecho
romano, se apodera de él y se apresura a condenarle, y le envía a la prisión.
Sin embargo, si analizáis las causas que impulsaron al condenado a cometer aquel
acto de violencia, veréis (como lo notó Griesinger) que el acto de violencia
tuvo sus causas, y que estas causas trabajaban hacía mucho tiempo, bastante
antes de que aquel hombre cometiera el acto en cuestión. Ya en su vida anterior
se traslucía cierta anomalía nerviosa, un exceso de irritabilidad: tan pronto,
por una bagatela, expresaba con calor sus sentimientos, como se desesperaba a
causa de una pena mínima, como se enfurecía a la menor contrariedad. Pero esta
irritabilidad era a su vez causada por una enfermedad cualquiera: una
enfermedad del cerebro, del corazón o del hígado, con frecuencia heredada de
sus padres. Y, desgraciadamente, nunca hubo nadie que diera mejor dirección a
la impresionabilidad de aquel hombre. En mejores condiciones, hubiera podido
ser un artista, un poeta o un propagandista celoso. Pero, falto de aquellas
influencias, en un medio desfavorable, se hizo lo que se llama un criminal.
Más
aun. Si cada uno de nosotros se sometiera a sí mismo a un severo análisis, vería
que en ocasiones pasaron por su cerebro, rápidos como el relámpago, gérmenes de
ideas, que constituían, no obstante, aquellas mismas ideas que impulsan al
hombre a cometer actos que en su interior reconoce malos.
Muchos
de nosotros habremos repudiado esas ideas en cuanto nacieron. Pero, si hubiesen
hallado un medio propicio en las circunstancias exteriores; si otras pasiones
más sociables y, sin embargo, bellas, tales como el amor, la compasión, el
espíritu de fraternidad, no hubieran estado allí para apagar los resplandores
del pensamiento egoísta y brutal, esos relámpagos, a fuerza de repetirse,
hubieran acabado por conducir al hombre a un acto de brutalidad. Los
criminalistas gustan mucho de hablar hoy de criminalidad hereditaria; y los
hechos citados en prueba de este aserto (por Thompson, en un periódico inglés
de Ciencia natural, hacia 1870), son verdaderamente extraordinarios. Pero,
veamos. ¿Qué es lo que puede heredarse de padres
criminales?.
¿Sería
acaso un chichón de criminalidad? Absurdo fuera afirmarlo. Lo que se hereda es
una carencia de voluntad, cierta debilidad de aquella parte del cerebro que
analiza nuestras acciones, o bien pasiones violentas, o bien cariño a lo
arriesgado, o bien una vanidad más o menos excesiva. La vanidad, por ejemplo,
combinada con el cariño a lo arriesgado, es un rasgo muy común en las
prisiones. Pero la vanidad tiene campos muy variados para explayarse. Puede
producir un criminal como Napoleón o el asesino Frey. Pero si se halla asociada
a otras pasiones de orden más elevado, también puede producir hombres de
talento; y, lo que es aun más importante, la vanidad desaparece bajo el examen
de una inteligencia bien desarrollada. Los necios son los únicos vanidosos.
En
cuanto al cariño a lo arriesgado que es uno de los rasgos distintivos de los
que son juzgados por malas acciones de gran importancia, tal cariño, bien
encaminado por las influencias exteriores, tórnase una fuente benéfica para la
sociedad. El impulsa a los hombres a los viajes lejanos, a las empresas peligrosas.
¡Cuántos de los que hoy pueblan nuestras
prisiones hubieran hecho grandes descubrimientos o exploraciones peligrosas, si
su cerebro, armado de conocimientos científicos, les hubiera podido abrir más
vastos horizontes que los que se abren ante el niño cuando habita uno de
nuestros estrechos callejones y recibe por toda instrucción el inútil bagaje de
nuestras escuelas!. El cristianismo trata de ahogar las malas pasiones. La
sociedad futura, Fourier lo había previsto, les utilizará dándoles un vasto
campo de actividad.
¡Cuántas
buenas pasiones no se encontrarían en la población actual de las cárceles y
presidios, si fraternales relaciones, sólo fraternales relaciones, las
despertasen! El doctor Campbell, que durante treinta años fue médico en varias
prisiones inglesas, nos dice: Tratando a los prisioneros con dulzura y con
tanta consideración como si fuesen delicadas señoras, siempre reinará el orden
más completo en el hospital. Hasta los prisioneros más groseros me sorprendían
por los cuidados que a los enfermos prodigaban. Se podría creer que sus
costumbres desordenadas y su vida accidentada les han vuelto duros e
indiferentes. Mas, a pesar de eso, han conservado un vivo sentimiento del bien
y del mal y otras personas honradas confirman lo que dice el doctor Campbell.
Pero
el secreto de ello es sencillísimo. El enfermero del hospital - me refiero al
enfermero ocasional que aun no se ha hecho funcionario - tiene ocasión de
ejercitar sus buenos sentimientos, tiene ocasión de compadecerse, y en el hospital
goza de una libertad que desconocen los otros presos. Además, aquellos de que
habla Campbell se hallaban bajo la influencia de aquel hombre excelente, y no
bajo la de policias retirados.
IV
En
una palabra, las causas fisiológicas, de las que tanto hemos hablado en estos
últimos tiempos, no son de las que menos contribuyen a hacer que el individuo
sea conducido a la prisión. Pero estas no son causas de criminalidad
propiamente dicha, como tratan de hacerlo creer los criminalistas de la escuela
de Lombroso.
Estas
causas, mejor dicho, estas afecciones del cerebro, del corazón, del hígado, del
sistema cerebro espinal, etc., trabajan constantemente en todos nosotros. La
inmensa mayoría de los seres humanos tienen alguna de las enfermedades
mencionadas, pero estas enfermedades no llevan al hombre a cometer un acto
antisocial sino cuando circunstancias exteriores dan ese giro mórbido al
carácter.
Las
prisiones no curan las afecciones fisiológicas; lo que hacen es agravarlas. Y
cuando uno de tales enfermos sale de la cárcel o del presidio, es aún menos
propio para la vida en sociedad que cuando entrara; siéntese todavía más
inclinado a cometer actos antisociales. Para impedir tal efecto será necesario
aligerarle de todo el daño que causara la prisión; borrar toda la masa de
cualidades antisociales que le inculcara el presidio. Todo esto puede hacerse,
puede intentarse al menos. Mas entonces, ¿por qué
comenzar por volver al hombre peor de lo que era, si, andando el tiempo, ha de
ser necesario destruir la influencia de la prisión?.
Pero
si las causas físicas ejercen tan poderosa influencia sobre nuestros actos, si
nuestra organización fisiológica es con frecuencia la causa de los actos
antisociales que cometemos, ¡cuánto más poderosas no son las causas
sociales, de las que ahora voy a hablar!.
Los
que los romanos de la decadencia llamaban bárbaros, tenían una excelente
costumbre. Cada grupo, cada comunidad, era responsable ante las otras de los
actos antisociales cometidos por uno de sus individuos. Y tan plausible
costumbre desapareció, como desaparecen otras tan buenas y mejores. El
individualismo ilimitado ha substituido al comunismo de la antigüedad
franco-sajona. Pero volveremos a él. Y otra vez los espíritus más inteligentes
de nuestro siglo - trabajadores y pensadores - proclaman en voz alta que la
sociedad entera es responsable de todo acto antisocial en su seno cometido.
Tenemos nuestra parte de gloria en los actos y en las reproducciones de
nuestros héroes y de nuestros genios. La tenemos también en los actos de
nuestros asesinos.
De
año en año, millares de niños crecen en la suciedad moral y material de
nuestras ciudades, entre una población desmoralizada por la vida al día, frente
a podredumbre y holganza, junto a la lujuria que inunda nuestras grandes
poblaciones.
No
saben lo que es la casa paterna: su casa es hoy una covacha, la calle mañana.
Entran en la vida sin conocer un empleo razonable de sus jóvenes fuerzas. El
hijo del salvaje aprende a cazar al lado de su padre; su hija aprende a
mantener en orden la mísera cabaña. Nada de esto hay para el hijo del
proletario que vive en el arroyo. Por la mañana, el padre y la madre salen de
la covacha en busca de trabajo. El niño queda en la calle; no aprende ningún
oficio; y si va a la escuela, en ella no le enseñan nada útil. No está mal que
los que habitan en buenas casas, en palacios, griten contra la embriaguez. Mas
yo les diría: -Si vuestros hijos, señores, crecieran en las circunstancias que
rodean al hijo del pobre, ¡cuántos de ellos no sabrían salir de la
taberna!. Cuando vemos crecer de este modo la población infantil de las grandes
ciudades, solamente una cosa nos admira: que tan pocos de aquellos niños se
hagan ladrones y asesinos. Lo que nos sorprende es la profundidad de los
sentimientos sociales de la humanidad de nuestro siglo, la hombría de bien que
reina en el callejón más asqueroso. Sin eso, el número de los que declaran la
guerra a las instituciones sociales sería mucho mayor. Sin esa hombría de bien,
sin esa aversión a la violencia, no quedaría piedra sobre piedra de los
suntuosos palacios de nuestras ciudades. Y, del otro lado de la escala, ¿qué
ve el niño que crece en el arroyo? Un lujo inimaginable, insensato, estúpido. Todo
-esos almacenes lujosos, esa literatura que no cesa de hablar de riqueza y de
lujo, ese culto del dinero-, todo tiende a desarrollar la sed de riqueza, el
amor al lujo vanidoso, la pasión de vivir a costa de los otros, a destrozar el
producto del trabajo de los demás.
Cuando
hay barrios enteros en los que cada casa le recuerda a uno que el hombre
continúa siendo animal, aun cuando oculte su animalidad bajo cierto aspecto;
cuando el lema es ¡Enriqueceos! ¡Aplastad
cuanto encontréis a vuestro paso, buscad dinero por todos los medios, excepto
por el que conduce ante un tribunal! Cuando todos, del obrero al artesano, oyen
decir todos los días, que el ideal es hacer trabajar a los demás y pasar la
vida holgando; cuando el trabajo manual es despreciado, hasta el punto de que
nuestras clases directoras prefieren hacer gimnasia a tomar en la mano una
sierra o una pala; cuando la mano callosa es considerada señal de inferioridad,
y un traje de seda significa superioridad; cuando, por último, la literatura
sólo sabe desarrollar el culto de la riqueza y predicar el desprecio al
utopista y al soñador que la desdeña; cuando tantas causas trabajan para
inculcarnos instintos malsanos, ¿quién es capaz de hablar de herencia? La
sociedad misma fabrica a diario esos seres incapaces de llevar una vida honrada
de trabajo, esos seres imbuidos de sentimientos antisociales. Y hasta los
glorifica cuando sus crímenes se ven coronados por el éxito, enviándoles al
cadalso o a presidio cuando lo hicieron mal.
He
aquí las verdaderas causas de los actos antisociales en la sociedad. Cuando la
revolución haya completamente modificado las relaciones del Capital y del
Trabajo; cuando no haya ociosos y todos trabajemos, según nuestras
inclinaciones, en provecho de la comunidad; cuando el niño haya sido enseñado a
trabajar con sus brazos, a amar al trabajo manual, mientras su cerebro y su
corazón adquieran el normal desarrollo, no necesitaremos ni prisiones, ni
verdugos, ni jueces.
El
hombre es un resultado del medio en que crece y pasa la vida. Acostúmbrese al
trabajo desde su infancia; acostúmbrese a considerarse como una parte de la
humanidad; acostúmbrese a comprender que en esa inmensa familia, no se puede
hacer mal a nadie sin sentir uno mismo los resultados de su acción; que el amor
a los grandes goces -los más grandes y duraderos- que nos procuran el arte y la
ciencia sean para él una necesidad, y segurísimos estad de que entonces habrá
muy pocos casos en los que las leyes de moralidad inscritas en el corazón de
todos, sean violadas.
Las
dos terceras partes de los hombres hoy condenados como criminales cometieron
atentados contra la propiedad. Estos desaparecerán con la propiedad individual.
En cuanto a los actos de violencia contra las personas, ya van disminuyendo
conforme aumenta la sociabilidad, y desaparecerán cuando nos las hayamos con
las causas en vez de habérnoslas con los efectos. Cierto es que en cada
sociedad, por bien organizada que sea, habrá algunos individuos de pasiones más
intensas, y que esos individuos se verán de cuando en cuando impulsados a
cometer actos antisociales.
Mas
esto puede impedirse, dando mejor dirección a aquellas pasiones. En la
actualidad vivimos demasiado aislados. El individualismo propietario -esa
muralla del individuo contra el Estado- nos ha conducido a un individualismo
egoísta en todas nuestras mutuas relaciones. Apenas nos conocemos; no nos
encontramos sino ocasionalmente; nuestros puntos de contacto son excesivamente
raros.
Pero
hemos visto en la historia, y seguimos viéndolos, ejemplos de una vida común
más íntimamente ligada. La familia compuesta, en China, y las comunidades
agrarias, son ejemplos en apoyo de lo dicho. Allí, los hombres se conocen unos
a otros. Por la fuerza de las cosas, se ven obligados a ayudarse mutuamente en
los órdenes moral y material.
La
vieja familia basada en la comunidad de origen, desaparece. En esta familia,
los hombres se verán obligados a conocerse y ayudarse, a apoyarse moralmente en
toda ocasión. Y este apoyo neutro bastará para impedir la masa de actos antisociales
que hoy se cometen.
-Y,
sin embargo -se nos dirá- quedarán siempre individuos -enfermos si queréis- que
serán un peligro constante para la sociedad. ¿No sería
bueno desembarazarse de ellos de un modo o de otro, o por lo menos impedir que
perjudiquen a los demás?. Ninguna sociedad, por poco inteligente que sea,
conciliará este absurdo. Y he aquí por qué:
Antiguamente,
los alienados eran considerados como seres parecidos al demonio, y se les
trataba como a tales. Se les tenía encadenados en lóbregos sótanos, en argollas
adheridas a la pared, cual si se tratase de fieras. Vino Plinel, un hijo de la
Gran Revolución, y se atrevió a quitarles las cadenas y aun a tratarles como a
hermanos. -¡Os devorarán! gritábanle los guardianes.
Pero Plinel se atrevió. Y los que todos creían fieras, agrupáronse en torno de
Plinel, a quien probaron con su actitud que había tenido razón al suponer que
en ellos dominaba la parte mejor de la naturaleza humana, aun cuando la
inteligencia estuviese llena de sombras, efecto de la enfermedad. En lo
sucesivo, la causa de la humanidad triunfó en toda la línea; se cesó de
encadenar a los alienados. Desaparecieron las cadenas. Pero los asilos -esa
otra forma de prisiones- subsistieron; y dentro de aquellos asilos se
desarrolló un sistema tan malo como el de las cadenas.
Entonces,
los aldeanos -sí, los aldeanos del pueblecillo belga de Gheel, y no los
médicos- hablaron cosa mejor. Dijeron: Enviadnos vuestros alienados; les
daremos libertad absoluta. Y les hicieron formar parte de sus familias; les
dieron un sitio en sus mesas, una herramienta con que trabajar en sus tierras,
y les dejaron tomar parte en los bailes campestres de la juventud de aquellos
lugares. ¡Comed, trabajad, bailad con nosotros! ¡Corred
por los campos, sed libres! Este era todo el sistema, toda la ciencia del
aldeano belga.
Y
la libertad hizo un milagro. Aun aquellos que tenían una lesión incurable
tornábanse dulces, tratables, miembros de la familia como los demás. El cerebro
enfermo trabajaba de un modo anormal; pero el corazón era el corazón de los
otros seres humanos.
Se
oyó la palabra milagro; se atribuyeron las curaciones a un santo, a una virgen.
Pero esta virgen era la libertad; este santo era el trabajo de los campos, el
tratamiento fraternal.
El
sistema tiene discípulos. En Edimburgo se me dió el placer de presentarme al
doctor Mitahell, un hombre que ha dado su vida por aplicar el mismo régimen
libertario a los alienados de Escocia. Tuvo que vencer prejuicios; se luchó
contra él, empleando los mismos argumentos que hoy se emplean contra nosotros;
pero él venció. En 1886, unos 2.200 alienados escoceses gozaban de libertad,
hallándose establecidos en familias privadas, y comisiones de sabios, que
habíanle estudiado, elogiaban el sistema. ¡Ya lo
veo! Ninguna medicina fuera capaz de competir con la libertad, con el trabajo
libre, con el tratamiento fraternal. En uno de los límites del inmenso espacio
entre la enfermedad mental y el crimen, de que Mansdley nos habla, la libertad
y el tratamiento fraternal hicieron un milagro. Lo propio harán en el otro
límite; en el que se coloca actualmente el crimen.
La
prisión no tiene razón de ser. Y todos los que aquí estáis, sentís lo mismo que
yo; porque si a los padres y a las madres que veo preguntara quién sueña para
su hijo un porvenir de carcelero, ni una sola voz me respondería.
Cualesquiera
que sea el sueño del padre y de la madre, no llegarían a desear para su hijo
una colocación de guardián de presos, de verdugo... Y en este desprecio está la
condenación absoluta del sistema de las prisiones y de la pena de muerte.
En
la actualidad, la prisión es posible porque, en nuestra sociedad abyecta, el
juez puede hacer carcelero o verdugo a un miserable salariado. Pero si el juez
hubiera de vigilar a sus condenados, si hubiera él de matar a los que manda
aplicar quitar la vida, seguros estad de que esos mismos jueces encontrarían
las prisiones insensatas y criminal la pena de muerte. Y esto me hace decir una
palabra respecto al asesinato legal, que denominan pena capital en su extraña
jerga.
Este
asesinato no es sino un resto del principio bárbaro enseñado por la Biblia, con
su ojo por ojo, diente por diente. Es una crueldad inútil y perjudicial para la
sociedad.
En
Siberia, donde millares de asesinos se hallan en libertad después de haber
cumplido su condena - o sin haberla cumplido, porque a millares huyen los
presos en las selvas siberianas -, se encuentra uno tan seguro como en las
calles de una gran ciudad. En Siberia, donde se conoce de cerca a los asesinos,
generalmente son éstos considerados la mejor clase de la población. Veréis al
ex asesino sirviendo de cochero particular, y notaréis que la madre confía sus
hijos a un hombre que fuera desterrado por matar a otro. Cosa de notar es que
el parricida irlandés Davitt, que conoce muy a fondo las prisiones inglesas,
sintió la misma impresión. Los asesinos que encontrara eran tan considerados
como los hombres más respetables en las prisiones. Y esto se explica. Hablo,
evidentemente, de los que asesinaron en un momento de arrebato; porque los
asesinatos combinados con el robo, son pocas veces hijos de la premeditación;
en su mayoría son accidentales.
Por
numerosas que sean las ejecuciones de los revolucionarios en Rusia (más de 50
desde 1879), la pena de muerte no se impone en dicha nación por los delitos de
derecho común. Fue abolida hace más de un siglo; y el número de asesinatos no
es mayor en Rusia que en el resto de las naciones europeas: por el contrario,
es menor. Y en ninguna parte se ha notado que el número de asesinatos aumente
cuando la pena de muerte es abolida. Luego la tal pena es una barbarie
absolutamente inútil, mantenida por la vileza de los hombres. Sé que todos los
socialistas condenan la pena de muerte. Pero entre los revolucionarios que no
son anarquistas se oye a veces hablar de ella como de un medio supremo para
purificar la sociedad; he conocido jóvenes que soñaban con llegar a ser unos
Fouquier-Tinville de la Revoluci6n Social, que se admiraban de antemano
hablando a un tribunal revolucionario, y pronunciaban con gesto estudiado las
clásicas palabras: -Ciudadanos, pido la cabeza de Fulano. Pues bien; para
anarquista convencido, semejante papel sería repugnante. En lo que a mí se
refiere, comprendo perfectamente las venganzas populares; comprendo que caigan
víctimas en la lucha; comprendo al pueblo de París cuando, antes de echarse a
las fronteras, extermina en las prisiones a los aristócratas que preparaban con
el enemigo el fin de la Revolución; comprendo lo de la Jacquerie, y al que
censurase a ese pueblo le haría esta pregunta: -¿Habéis
sufrido como ellos, con ellos?. Si no es así, tened, al menos, el pudor de
guardar silencio. Pero el procurador de la República pidiendo tranquilamente la
cabeza de un ciudadano rodeado de gendarmes y confiando a un verdugo, pagado a
tanto por operación, el cuidado de cortar aquella cabeza, ese procurador es
para mi tan repugnante como el procurador del rey, y le digo: -Si quieres la
cabeza de ese hombre, tómala. Sé acusador, sé juez, si quieres; ¡mas
sé también verdugo!. Si te limitas a pedir la cabeza, a pronunciar la
sentencia; si te apropias el papel teatral y abandonas a un miserable la faena
de la ejecuci6n, no eres sino un ruin aristócrata que se considera superior al
ejecutor de sus sentencias. Eres peor que el procurador del rey, porque de
nuevo introduces la desigualdad, la peor de las desigualdades, después de haber
hablado en nombre de la igualdad.
Cuando
el pueblo se venga, nadie tiene derecho a ser juez. Sólo su conciencia puede
juzgarle. Pero, al procurador que quiere hacer asesinar fríamente, con todo el
aparato abyecto de los tribunales, una cosa tenemos que decirle: -No te hagas
el aristócrata. Sé verdugo, si es que quieres ser juez. ¿Hablas
de igualdad? ¡Pues igualdad! ¡No
queremos la aristocracia del tribunal junto a la plebe del cadalso!.
Resumo.
La prisión no impide que los actos antisociales se produzcan; por el contrario,
aumenta su número. No mejora a los que van a parar a ella. Refórmesela tanto
como se quiera, siempre será una privación de libertad, un medio ficticio como
el convento, que torna al prisionero cada vez menos propio para la vida en
sociedad. No consigue lo que se propone. Mancha a la sociedad. Debe desaparecer.
Es un resto de barbarie, con mezcla de filantropismo jesuítico; y el primer
deber de la Revolución será derribar las prisiones; esos monumentos de la
hipocresía y de la vileza humana.
En
una sociedad de iguales, en un medio de hombres libres, todos los cuales
trabajen para todos, todos los cuales hayan recibido una sana educación y se
sostengan mutuamente en todas las circunstancias de su vida, los actos
antisociales no podrán producirse. El gran número no tendrá razón de ser, y el
resto será ahogado en germen. En cuanto a los individuos de inclinaciones
perversas que la sociedad actual nos legue, deber nuestro será impedir que se
desarrollen sus malos instintos. Y si no lo conseguimos, el correctivo honrado
y práctico será siempre el trato fraternal, el sostén moral, que encontrarán de
parte de todos, la libertad. Esto no es utopía; esto se hace ya con individuos
aislados, y esto se tornará práctica general. Y tales medios serán mas
poderosos que todos los códigos, que todo el actual sistema de castigos, esa
fuente siempre fecunda en nuevos actos antisociales, de nuevos crímenes.