Noam Chomsky.
El control de nuestras vidas.
No es una exageración decir que los esfuerzos dedicados a controlar nuestras vidas son una cuestión recurrente en la historia del mundo, con especial énfasis en los últimos siglos, escenario de grandes cambios en las relaciones humanas y en el orden mundial. Esta cuestión es demasiado intensa para discutirla aquí en su totalidad, por lo que, en primer lugar sólo me centrare en las actuales manifestaciones de estos esfuerzos y en sus raíces, con un ojo puesto en lo que podría llegar. Lo haré desde una perspectiva global, sin duda el espacio en que estas cuestiones surgen.
Durante
el año pasado, las cuestiones globales fueron vistas en términos vinculados a
la noción de soberanía, esto es, al derecho de las entidades políticas a seguir
su propio curso, que puede ser inofensivo o nefasto, y hacerlo sin interferencias
externas. En el mundo real, las interferencias se producen por parte de poderes
extremadamente concentrados, cuya sede está en EEUU. Este poder global
concentrado tiene varios nombres, dependiendo de qué aspecto de soberanía y
libertad tenga uno en mente. Así, a veces se llama consenso de Washington, o
complejo Wall Street-Tesoro Público, u OTAN, o burocracia económica
internacional (la Organización Mundial de Comercio, el Banco Mundial, y el
FMI), o G-7 (los países ricos, occidentales e industriales) o G-3 o, quizás
mejor G-1. Desde una perspectiva más de fondo, podríamos describir estos
poderes como un puñado de grandes empresas -a menudo unidas por alianzas
estratégicas que administran una economía global que constituye, de hecho, una
especie de mercantilismo corporativo que tiende al oligopolio en la mayoría de
sectores, abiertamente aliadas con el poder estatal en su tarea de
socialización del riesgo y el coste, y para la subyugación de los elementos
recalcitrantes.
Durante
el año pasado las cuestiones de la soberanía han surgido en dos campos. Una
tiene que ver con el derecho soberano de estar a salvo de una intervención
militar. Aquí las cuestiones surgen en un orden mundial basado en estados
soberanos. En segundo lugar aparece la cuestión de los derechos de soberanía
desde el punto de vista de la intervención socioeconómica. Estos temas surgen
en un mundo dominado por empresas multinacionales, especialmente instituciones
financieras y por un esquema integral que ha sido construido para servir a sus
intereses (por ejemplo, algunos de estos asuntos surgieron inopinadamente en
Seattle en noviembre pasado)
En
lo que se refiere a las intervenciones militares, fue este un tema de primer
orden el año pasado. Dos casos tuvieron particular significado y atención:
Timor Oriental y Kosovo (en orden inverso, lo cual tiene su interés, ya que
invierte el calendario y el significado) Habría mucho que decir sobre este tema
si el espacio lo permitiera. Pero aquí voy a tratar sobre la segunda cuestión y
me voy a centrar en ella, es decir, en soberanía, libertad y derechos humanos.
Estos son los temas que despuntan en el terreno socioeconómico.
Para
empezar cabe hacer un comentario general: la soberanía no es un valor en sí
misma. Es tan sólo un valor en la medida en que relaciona la libertad y los
derechos, ya sea potenciándolos o debilitándolos. Me gustaría dar por sentado
algo que puede parecer obvio, pero que de hecho es polémico.
Cuando
hablamos de libertad y derechos, nos viene a la mente el concepto de seres
humanos, esto es, personas de carne y hueso, no abstracciones políticas o
construcciones legales como empresas, o estados, o capital. Si dichas entidades
tienen algún derecho, lo cual es discutible, debe ser derivado de los derechos
de la gente. Este es el núcleo de la doctrina liberal, y a ella se oponen los
sectores más ricos y privilegiados, y esto es así tanto en el campo político
como en el socioeconómico.
En
el campo de la política, el eslogan habitual es «soberanía popular en un
gobierno de, por y para el pueblo», pero el esquema de funcionamiento
difiere bastante del eslogan, pues consiste en considerar al pueblo como un
enemigo peligroso. Debe ser controlado, por su propio bien. Estas
consideraciones se retrotraen a varios siglos, hasta las primeras revoluciones
democráticas modernas, en el siglo XVII en Inglaterra y un siglo más tarde en
las colonias norteamericanas. En ambos casos los demócratas fueron vencidos
usando todos los medios, aunque no del todo ni para siempre. En el siglo XVII,
en Inglaterra, gran parte de la población no quería ser dominada ni por el rey
ni por el parlamento. Recordemos que son éstos los dos contendientes en la
versión al uso de la guerra civil pero, como en la mayoría de guerras civiles
una buena parte de la población no quería a ninguno de los dos. Tal como se
leía en sus panfletos, querían ser gobernados "por gente del campo como
nosotros, que conocen nuestras necesidades", no por "caballeros y
nobles qua nos imponen leyes, son elegidos por miedo, nos oprimen, y no conocen
los males de la gente".
Estas
mismas ideas animaron a los granjeros rebeldes de las colonias un siglo más
tarde, pero el sistema constitucional fue diseñado de modo bastante diferente.
Fue construido para bloquear tal herejía. El objetivo era "proteger a la
minoría opulenta frente a la mayoría", y asegurarse de que "el país
es gobernado por aquellos que lo poseen". Estas son las palabras del líder
granjero James Madison, y del presidente del Congreso Continental y primer juez
del Tribunal Supremo, John Jay. Dicha concepción prevaleció, pero los
conflictos continuaron. Han adoptado continuamente nuevas formas, de hecho
están abiertos, y a pesar de todo, la doctrina elitista continúa inmóvil en lo
esencial.
Ya
en el siglo XX, la población ha sido contemplada como "ignorante y
maleducada, se mete en todo", su papel es el de "espectadores",
no de "participantes", excepto durante esas oportunidades periódicas
en que hay que elegir entre los responsables del poder privado. Es lo que se ha
dado en llamar elecciones. Durante las elecciones, la opinión pública es
considerada esencialmente irrelevante si entra en conflicto con las demandas de
la minoría opulenta que posee el país.
Un
ejemplo contundente, y hay muchos, tiene que ver con el orden económico
internacional, con los llamados acuerdos comerciales. La población, en general,
se opone sin paliativos a la mayor parte de estas cosas, tal como ponen
claramente de manifiesto las encuestas, pero estas cuestiones no aparecen
durante las elecciones. No aparecen porque los centros de poder, la minoría
opulenta, permanece unida ante la defensa de la institucionalización de un
particular orden socioeconómico. Así que estas cuestiones no aparecen. Lo que
se discute no les preocupa en exceso. Esto es muy normal, y toma sentido a
partir de la asunción de que el papel del ciudadano, como ignorante y
maleducado que se mete en todo, es simplemente el de espectador. Si la
ciudadanía, como sucede a menudo, intenta organizarse y meterse en política
para participar, para presionar a favor de sus preocupaciones, entonces hay un
problema. Esto no es democracia, es "una crisis de la democracia" y
hay que superarla.
Todas
estas citas son de liberales, del ala progresista del abanico ideológico
moderno, pero los principios son a grosso modo los mismos. Los últimos
25 años han sido uno de esos períodos, que llegan de vez en cuando, de
importante campaña organizada para intentar superar lo que se percibe como
crisis de la democracia y para reducir al ciudadano a su papel apático, pasivo
y obediente espectador. La política es así.
En
el campo socioeconómico ocurren cosas similares. Se han desarrollado
paralelamente conflictos parecidos durante mucho tiempo. Durante los primeros
días de la Revolución Industrial en EEUU, en Nueva Inglaterra, hace 150 años,
había una prensa obrera muy activa e independiente, gestionada por mujeres
jóvenes procedentes de las granjas o de los talleres de artesanía de los
pueblos. Condenaban la "degradación y subordinación" del nuevo
sistema industrial emergente, que obligaba a la gente a alquilarse para
sobrevivir. Vale la pena recordar que el salario fue considerado como no muy
diferente de la esclavitud ya en esa época, y no solamente por los trabajadores
de las fábricas, sino también por gran parte de la corriente intelectual
dominante, como por ejemplo Abraham Lincoln, o el Partido Republicano, o
incluso las editoriales del New York Times (lo deben haber olvidado)
La
clase trabajadora se opuso al retorno de lo que se llamó "los principios
monárquicos" en el sistema industrial, y reclamó que aquellos que
trabajaban en las fábricas las debían poseer, evocando el espíritu del
republicanismo. Denunciaron lo que llamaron el "nuevo espíritu de la
época: "enriquecerse y olvidarse de todo menos de uno mismo", una visión
rebajada degradante de la vida humana que debe ser inculcada en el pensamiento
de la gente sin escatimar esfuerzos, lo que de hecho ha ocurrido durante siglos.
Durante
el siglo XX, la literatura sobre la industria de la comunicación pública nos
proporciona una rica e instructiva retahíla de instrucciones sobre cómo
implementar el "nuevo espíritu de la época" mediante la creación de
necesidades, o bien a través de "regir la opinión pública del mismo modo
que un ejército rige los cuerpos de sus soldados", e induciendo a una
"filosofía de la futilidad" y a una carencia de objetivos en la vida,
concentrando la atención humana en "las cosas más superficiales, las
referidas en gran parte al consumo de moda". Si esto es posible, entonces
la gente aceptará su insignificante y subordinada vida, apropiada para ellos, y
así se dejarán de ideas subversivas, de tomar el control de sus vidas.
Es
éste un proyecto de ingeniería social de envergadura. Ha sido así durante
siglos, pero se ha intensificado y ha tomado mayor calibre desde el siglo
pasado. Hay muchas maneras de implementarlo. Algunas son las que ya he indicado
y sería redundante ilustrar. Otras incluyen minar la seguridad, y aquí podemos
encontrar varias maneras. Una manera de minar la seguridad es amenazar con la
pérdida del empleo, una de las mayores consecuencias, y que racionalmente se
debe asumir, de los objetivos de los mal llamados acuerdos comerciales
(subrayo "mal llamados" porque no son acuerdos de librecambio, ya que
contienen fuertes elementos antimercado, de variada naturaleza, y strictu
sensu no son acuerdos, ya que a la gente le preocupan, y en gran medida se
oponen a ellos) Una consecuencia de estos proyectos es facilitar la amenaza
(que no tiene porqué ser real, a veces con la amenaza basta) de la pérdida del
empleo, lo que constituye una buena manera de disciplinar minando la seguridad.
Otra
estratagema es la promoción de lo que se llama "la flexibilidad del
mercado de trabajo". Déjenme citar al Banco Mundial, que expone la
cuestión sin tapujos. Dice: "el incremento de la flexibilidad en el
mercado de trabajo, a pesar de su mala fama, y de que se ha adoptado como un
eufemismo de disminución de salarios y de despido de trabajadores" (que es
exactamente lo que es) "es esencial en todas las regiones del mundo (...)
Las reformas más importantes implican el levantamiento de restricciones a la
movilidad laboral y la flexibilidad salarial, así como desvincular los
servicios sociales de los contratos laborales". Esto significa rebajar los
beneficios y los derechos que se han conquistado por varias generaciones y tras
una dura lucha. Cuando se habla de rebajar las restricciones a la flexibilidad
salarial, quieren decir flexibilidad hacia abajo, no hacia arriba. Cuando se
habla de movilidad laboral no se hace referencia al derecho de la gente de
mudarse allá donde quiera, tal como ha sido siempre reclamado desde la teoría
del libre mercado, desde Adam Smith, sino más bien se hace referencia al
derecho de despedir trabajadores cuando convenga la actual versión de la
globalización basada en los inversores el capital y las empresas deben tener
libertad de movimientos, pero no así la gente, ya que sus derechos son
secundarios, anecdóticos.
Estas
"reformas esenciales", tal como las denomina el Banco Mundial, están
impuestas en gran parte del mundo como condiciones para disponer del visto
bueno del Banco Mundial y del FMI. En los países industriales se introducen de
otro modo, y también se han revelado efectivas.
Alan
Greenspan declaró ante el Congreso que la "mayor inseguridad de los
trabajadores" ha constituido un factor importante en lo que se ha llamado
"el cuento de hadas de la economía".
Mantiene
la inflación baja, ya que los trabajadores tienen miedo de reclamar más salario
y beneficios. Se encuentran inseguros. Esto se ve a las claras si examinamos
las estadísticas. Durante los últimos 25 años, en este período de repliegue de
crisis de la democracia, los salarios se han estancado o han bajado para la
mayor parte de la fuerza de trabajo, para los trabajadores no calificados, y
las horas de trabajo han aumentado espectacularmente; esto se comenta, por
supuesto, en la prensa económica, que lo describe como "un desarrollo
deseado de trascendente importancia", con trabajadores obligados a
abandonar sus "lujosos estilos de vida", mientras los beneficios
empresariales son "superlativos" y "estupendos" (Wall
Street Journal, Business Week y Fortune).
En
las dependencias, las medidas son menos delicadas. Una de ellas es la llamada
"crisis de la deuda", sin atribuible a los programas del Banco
Mundial y del FMI, y también al hecho de que la parte rica del Tercer Mundo
está, en su mayor parte, exenta de obligaciones sociales. Esto es radicalmente
cierto en América Latina, y constituye uno de los problemas principales. La "crisis
de la deuda" es real, pero vayamos un poco más allá. De ningún modo es un
simple hecho económico. Se trata, en un sentido amplio, de destrucción
ideológica. Lo que se ha dado en llamar "deuda" podría ser superado
fácilmente de varias y elementales maneras.
Una
manera de superarla sería revisar el principio capitalista de que el que pide
prestado tiene que pagar y el prestamista tiene que tomar el riesgo. Así, por
ejemplo, si alguien me presta dinero y lo mando a mi banco en Zurich y me
compro un Mercedes, y luego ese alguien viene y me pregunta por el dinero, está
claro que no puedo decirle: "Lo siento, no lo tengo. Cójalo de mi
Vecino". Aunque uno quiera asumir el riesgo del préstamo, está claro que
no puede decir "mi vecino pagará por mí".
Sin
embargo, en las negociaciones internacionales funciona así. En esto consiste la
"crisis de la deuda". La deuda no la debe pagar la gente que pidió
prestado (los dictadores militares y sus compinches, los ricos y privilegiados
que hemos apoyado en sociedades altamente autoritarias), estos no tienen que
pagar. Por ejemplo, veamos el caso de Indonesia, donde la deuda actual es de un
140% del PBI. El dinero fue concedido a la dictadura militar y sus amigos y
probablemente llegó a quizás unas doscientas personas del entorno exterior,
pero es pagado por la población mediante durísimas medidas de austeridad. Los
prestamistas están protegidos del riesgo en su mayor parte. Utilizan el dinero
resultante del traspaso del riesgo a la sociedad mediante diversas estrategias
de socialización de costes, transfiriéndolos a los contribuyentes del Norte.
Esta es una de las funciones del FMI.
En
América Latina pasa lo mismo. La enorme deuda Latinoamericana no puede
considerarse algo muy diferente de la fuga de capitales de América Latina, lo
que sugiere una manera simple de tratar la deuda (o al menos una gran parte de
ésta), siempre y cuando alguien crea en el principio capitalista anterior, el
cual resulta "inaceptable", por supuesto, ya que pone el acento en la
gente "equivocada", en la minoría opulenta.
Hay
otros modos de eliminar la deuda y también dejan entrever que se trata de una
construcción ideológica. Otro método, aparte del principio capitalista, es el
principio de Derecho Internacional introducido por EEUU cuando, según los
libros de historia, "liberó" Cuba, es decir, cuando la conquistó en
prevención de que se liberara ella misma de España en 1898. Una vez
"liberada", EEUU canceló su deuda con España con el argumento
perfectamente razonable de que la deuda fue impuesta sin el consentimiento de
la población, que fue impuesta bajo condiciones coercitivas. Ese principio
entró en el Derecho Internacional, básicamente a instancias de EEUU Se llama el
"principio de la deuda odiosa". Una "deuda odiosa" es inválida,
no hay que pagarla. Esto ha sido reconocido por el director ejecutivo
estadounidense del FMI: si ese principio estuviera al alcance de las víctimas,
no sólo de los ricos, la deuda del Tercer Mundo se evaporaría en su mayor
parte, ya que es inválida. Es deuda odiosa.
Pero
esto no ocurrirá. La deuda odiosa es un arma muy poderosa de control que no se
puede abandonar. Para aproximadamente la mitad de la población mundial, en
estos momentos y gracias a este método, sus políticas económicas nacionales las
dirigen burócratas desde Washington.
Además,
la mitad de la población del mundo (no la misma de antes, aunque se puede
solapar), está sujeta a sanciones unilaterales de EEUU, lo que constituye una
forma de coacción económica que, de nuevo, mina severamente la soberanía y ha
sido condenada repetidamente, hace muy poco de nuevo, por Naciones Unidas como
inaceptable. Pero parece que no importa.
Entre
los países ricos hay otras maneras de llegar a resultados similares. Volveré
luego sobre ello, pero antes unas palabras sobre algo que jamás deberíamos
olvidar: las estrategias utilizadas en las dependencias pueden ser
extremadamente brutales. Los jesuitas organizaron una conferencia en San
Salvador hace un par de años. Se habló en ella del terrorismo de Estado de los
años 80 y de su continuación a través de las políticas socioeconómicas
impuestas por los vencedores. La conferencia tomó buena nota de lo que denominó
la residual "cultura del terror", que dura tras el declive del terror
de facto y tiene como efecto la "domesticación de las expectativas de la
mayoría", que abandona cualquier idea de "alternativa a las
exigencias de los poderosos". Han aprendido la lección: No hay Alternativa
(TINA), tal como rezaba la cruel frase de Maggie Thatcher. La idea de que no
hay alternativa es el eslogan habitual en la versión empresarial de la
globalización. En las dependencias, los grandes logros de las operaciones
terroristas han consistido en destruir las esperanzas que habían surgido, en
América Latina y en Centroamérica durante los años 70, de la mano de las
organizaciones populares a lo largo y ancho de la región, y también de la
Iglesia, cuya opción "por los pobres" le costó severos castigos por
haberse apartado del buen camino.
A
veces las lecciones sobre el pasado se rescriben más cuidadosamente y en un
tono más mesurado. Se percibe hoy un torrente de autocomplacencia acerca de
"nuestro" éxito a la hora de inspirar la ola de democracia en
"nuestras" dependencias latinoamericanas. Este tema está tratado de
otro modo, y más cuidadosamente, en una revista académica por un especialista
en el tema, Thomas Carrothers, quien escribe, tal como él mismo dice, desde una
"perspectiva interna", ya que trabajó en la administración Reagan en
el programa del Departamento de Estado de fortalecimiento de la democracia, tal
como lo llamaban ellos. Carrothers cree que Washington tenía buenas
intenciones, pero reconoce que, en la práctica, la Administración Reagan buscó
mantener "un orden mínimo en... sociedades no demasiado democráticas"
y evitar "cambios basados en el populismo", y como sus predecesores,
adoptó "políticas prodemocráticas como medio de quitar presión a
tentativas de cambio más radicales, pero inevitablemente buscó sólo limitados
cambios democráticos de perfil bajo, que no pusieran en riesgo las tradicionales
estructuras de poder de las cuales los Estados Unidos han sido durante mucho
tiempo aliados". Hubiera sido más apropiado decir que "las que las
estructuras tradicionales de poder de EEUU han estado durante mucho tiempo
aliadas", y sería más exacto.
El
mismo Carrothers se muestra insatisfecho con el resultado, pero describe lo que
él denomina la "crítica liberal" como débil en sus fundamentos. Dicha
crítica deja los viejos debates "sin resolver", dice, a causa de
"su perenne debilidad". Esta perenne debilidad consiste en no ofrecer
ninguna alternativa a la política de restauración de las estructuras
tradicionales de poder, en este caso mediante el terror asesino que dejó unos
doscientos mil cadáveres durante los años 80 y millones de refugiados, heridos
y huérfanos en sociedades devastadas. De nuevo aparece TINA.
El
mismo dilema aparece al otro lado del abanico político. El principal
especialista en América Latina dependiente del presidente Carter, Robert
Pastor, se encuentra lejos de esta visión pacífica. Explica en un interesante
libro porqué la administración Carter tuvo que apoyar al asesino y corrupto
régimen de Somoza hasta su amargo final, cuando hasta las estructuras
tradicionales de poder giraron la espalda al dictador. EEUU (la administración
Carter) tuvo que intentar mantener la guardia nacional que había formado y
entrenado y que estaba atacando a su población "con una brutalidad que una
nación normalmente reserva para sus enemigos", escribe. Todo esto se hizo
aplicando el principio TINA. He aquí la razón: "EEUU no quería controlar
Nicaragua u otros países de la región, pero tampoco quería desenlaces que
escaparan a su control. Quería que Nicaragua actuara independientemente,
excepto (el énfasis es suyo) si esto afectaba adversamente a los intereses de
EEUU". Así, en otras palabras, los latinoamericanos serian libres, libres
para actuar de acuerdo con sus deseos. O sea: queremos que sean libres para
elegir, a no ser que se inclinen por opciones que no queremos, en cuyo caso nos
veremos obligados a restaurar las estructuras tradicionales de poder mediante
la violencia, si es necesario. Esta es la cara más progresista y liberal del
abanico político.
Hay
voces fuera del abanico, no voy a negarlo. Por ejemplo, hay una idea según la cual
la gente debería tener derecho a "participar en las decisiones que
continuamente modifican su modo de vida en lo esencial", que no vean sus
esperanzas "truncadas cruelmente" dentro de un orden global en el
cual "el poder político y financiero se concentra" mientras que los
mercados financieros "fluctúan erráticamente" con devastadoras
consecuencias para los pobres, "las elecciones pueden manipularse", y
"los aspectos negativos y otros son considerados completamente irrelevantes"
por los poderosos. Estas citas están tomadas de un cierto extremista radical
del Vaticano, de cuyo mensaje anual de año nuevo la prensa nacional apenas se
hizo eco, y se trata sin duda de alternativas que no se encuentran en la agenda.
¿Por qué hay tal grado de
consenso en que América Latina y por extensión en el mundo, no está autorizada
a ejercer su soberanía, es decir, a tomar el control de sus vidas? En el ámbito
global, análogamente, es el miedo intrínseco a la democracia. De hecho esta
pregunta se ha formulado frecuentemente de modos muy ilustrativos; en primer
lugar, en el conjunto de documentos internos de que disponemos (estamos en un
país bastante libre, disponemos de un rico registro de documentos
desclasificados, algunos de ellos muy instructivos) El argumento que los recorre
se ve ilustrado fehacientemente en uno de los casos más importantes, una
conferencia hemisférica a la que EEUU llamó en febrero de 1945 de cara a
imponer lo que se denominó la Carta Económica para las Américas, que constituía
una de las piedras angulares del mundo de posguerra todavía vigente. La Carta
hacía un llamamiento para terminar con el "nacionalismo económico (es
decir soberanía) en todas sus formas". Los latinoamericanos deberían
evitar lo que se denominó un desarrollo industrial "excesivo" que
compitiera con los intereses de EEUU, aunque podrían acceder a un
"desarrollo complementario". Así que Brasil podía producir el acero
de bajo costo que no interesara a las empresas de EEUU. Era crucial
"proteger nuestros recursos", tal como escribió George Kennan, aunque
ello requiriera de "Estados-policía".
Washington
tuvo problemas para imponer la Carta. En el Departamento de Estado internamente
se lo habían planteado a las claras: los latinoamericanos se equivocaron de
elección. Estos hacían llamamientos para implementar "políticas diseñadas
para mejorar la distribución de la renta y para aumentar el nivel de vida de
las masas", y se hallaban en el "convencimiento de que los primeros
beneficiarios del desarrollo de los recursos de un país deben ser la gente del
país", no los inversores de EEUU. Esto era inaceptable, por lo que el
ejercicio de la soberanía no podía permitirse. Pueden ser libres, pero libres
para hacer las elecciones correctas.
Este
mensaje ha sido forzadamente recordado de manera regular, episodio tras
episodio, hasta hoy. Mencionaré un par de ejemplos. Guatemala tuvo un breve
interludio de democracia, truncado por un golpe de estado de EEUU. Al ciudadano
esto se le presentó como una defensa contra los rusos. Algo exótico, pero fue
así. Internamente la estocada fue diferente y la amenaza fue vista de modo más
real. He aquí el modo en que lo vieron: "Los programas económicos y
sociales del gobierno electo se acordaban de las aspiraciones" de los
trabajadores y los campesinos, e "inspiraban lealtad y defendían los
intereses de la mayor parte de los guatemaltecos más conscientes". Todavía
peor, el gobierno de Guatemala se había vuelto "una amenaza creciente para
la estabilidad de Honduras y El Salvador. Su reforma agraria era una poderosa
arma de propaganda; sus amplios programas sociales de ayuda a los trabajadores
y campesinos, en una lucha victoriosa contra las clases altas y las grandes
empresas extranjeras, tenían gran predicamento entre la población de los
vecinos centroamericanos donde se daban condiciones similares".
Así
que la solución militar fue necesaria. Duró 40 años y ha dejado la misma
cultura de terror que en sus vecinos centroamericanos.
Lo
mismo aconteció en Cuba, otro caso de actualidad. Cuando EEUU tomó secretamente
la decisión de deponer el gobierno de Cuba en 1960, el razonamiento fue muy
similar. Esto lo explica el historiador Arthur Schiesinger, quien resumió para
el presidente Kennedy el estudio de una misión a América Latina en un informe
secreto. La amenaza cubana, según la misión, consistía en "la difusión de
la idea de Castro de solucionar uno mismo sus propios asuntos". Esto era
una enfermedad que podía infectar el resto de América Latina, explicó
Schiesinger, donde "los pobres y los excluidos", es decir, casi todo el
mundo, "estimulados por el ejemplo de la revolución cubana, están
exigiendo oportunidades para una vida decente". Así que había que hacer
alguna cosa, y ya se sabe lo que se hizo. ¿Qué tal la "conexión
soviética"? Se mencionaba así en el informe: "Mientras tanto, la
Unión Soviética se deja querer, concediendo grandes préstamos para el
desarrollo, y presentándose a sí misma como el modelo a seguir para alcanzar la
modernización en una sola generación".
Bueno,
pues esa era la amenaza. La amenaza de tomar sus vidas bajo su control, y debe
ser destruida mediante terrorismo y estrangulación económica, tal como hoy día
continúa. Todo ello es totalmente independiente de la guerra fría. Seguramente
hoy se da por obvio, sin ni siquiera documentos secretos. Las mismas
preocupaciones de la posguerra fría llevaron al rápido desmantelamiento del
breve experimento democrático en Haití por parte de los presidentes Bush y
Clinton, como continuación de antiguas intervenciones.
Las
mismas preocupaciones subyacen en el fondo de los acuerdos comerciales, como el
TLC3 por ejemplo. Vale la pena recordar que en esas fechas la propaganda decía
que iba a ser una maravillosa bendición para la clase trabajadora de los tres
países (Canadá, EEUU, y México) Estas ideas fueron discretamente abandonadas
poco después, cuando se vio lo que había. Lo que era obvio desde el principio
fue finalmente aceptado. El objetivo consistía en "encerrar a México en
las reformas" de los años 80, las cuales redujeron drásticamente los
salarios, y enriquecieron a un pequeño sector de inversores extranjeros. Las
preocupaciones de fondo se articularon en una conferencia en Washington sobre
estrategias de desarrollo en América Latina, en 1990. Se advirtió que "una
democracia abierta pondría a prueba la apuesta de entronizar un gobierno más
interesado en retar a EEUU en aspectos económicos y nacionalistas".
Señalemos que es la misma amenaza de 1945, desde entonces superada encerrando a
México en obligaciones derivadas de tratados. Estas mismas razones subyacen detrás
de medio siglo de tortura y terror, no sólo en el hemisferio occidental. Se
encuentran también en el núcleo de los acuerdos sobre derechos de los
inversores que están siendo impuestos bajo esta forma especifica de
globalización que está diseñada por el nexo de poder estado-empresas.
Pero
volvamos al punto de partida: la contestada cuestión de la libertad y los
derechos, y consecuentemente la soberanía que de ello se deriva. ¿Es
inherente a las personas de carne y hueso, o sólo a aquellas ricas y
privilegiadas? ¿O incluso a construcciones abstractas como las empresas, o el
capital, o los estados? En el siglo pasado la idea de que tales entidades
tienen derechos especiales sobre las personas fue defendida contundentemente.
Los ejemplos más prominentes son el bolchevismo, el fascismo y la idea de
empresa privada, que constituye una forma de tiranía privatizada. Dos de estos
sistemas se colapsaron. El tercero está vivo y progresando bajo el manto de
TINA, "no hay alternativa" al emergente sistema de mercantilismo
empresarial de estado disfrazado de eufemismos como globalización o
librecambio.
Hace
un siglo, durante los primeros estadios de toma del poder de América por parte
de las empresas, la discusión sobre estos temas era bastante abierta. Los
conservadores denunciaron el proceso, describiéndolo como un "retorno al
feudalismo" y "una forma de comunismo", lo que no es para nada
una analogía inapropiada. Los orígenes intelectuales eran similares, basados en
la idea neohegeliana de derecho de las entidades orgánicas, juntamente con la
creencia en la necesidad de tener una administración centralizada de 1os
sistemas caóticos, como los mercados, que estaban totalmente fuera de control.
Vale la pena retener la idea de que en lo que hoy día se denomina
"economía de librecambio", una parte muy grande de las transacciones
internacionales (denominadas comercio para despistar), probablemente alrededor
del 70% de éstas, se hacen de hecho dentro de instituciones gestionadas
centralizadamente, entre empresas y entre alianzas empresariales. Por no
destacar otras formas de distorsiones radicales del mercado.
La
crítica conservadora (uso el término "conservador en un sentido
tradicional, tales conservadores hoy día apenas existen) fue recogida por los
liberal-progresistas del extremo del abanico político a principios del siglo
XX, siendo quizás el más renombrado John Dewey, importante filósofo social
americano cuyo trabajo se centró en temas de democracia. Sostuvo que las formas
democráticas tienen escasa entidad cuando "la vida del país"
(producción, comercio, medios de comunicación) está dominada por tiranías
privadas en un sistema que él denominó "feudalismo industrial", en el
clase trabajadora está subordinada al control de los directivos, y la política
se ha vuelto "la sombra de las grandes empresas sobre la sociedad".
Fijémonos
que estaba articulando ideas que eran lugar común entre la clase obrera unos
cuantos años antes. Lo mismo ocurrió con su llamamiento a la eliminación,
sustitución del feudalismo industrial mediante la democracia industrial
autogestionada.
Es
interesante señalar que los intelectuales progresistas que se mostraron a favor
del proceso de la toma del poder por parte de las empresas, también estuvieron
más o menos de acuerdo con esta descripción de la situación. Woodrow Wilson,
por ejemplo, escribió que "la mayor parte de los hombres son sirvientes de
las grandes empresas", que actualmente constituyen "la mayor parte de
los negocios del país" en una América muy diferente de la anterior, que ya
no es un lugar de emprendedores individuales, de oportunidades individuales y
de logros individuales"; en la nueva América que surge, "pequeños
grupos de hombres controlan grandes empresas, ostentan el poder, el control
sobre la riqueza, las oportunidades de negocio del país", tornándose
"rivales del mismo gobierno", y minando la soberanía popular,
ejercida a través de un sistema político democrático.
Aunque
observemos que esto fue escrito en apoyo del proceso. Describía el proceso como
quizás desafortunado, pero necesario, alineándose en particular con el mundo de
los negocios tras los destructivos fallos del mercado de los años precedentes,
que convencieron al mundo de los negocios y a los intelectuales progresistas de
que los mercados había que administrarlos y que las transacciones financieras
había que regularlas.
Cuestiones
similares, muy similares, están hoy de moda en la arena internacional. Por
ejemplo la reforma de la arquitectura financiera y cosas así. Hace un siglo,
las grandes empresas veían, garantizaban los derechos de las personas mediante
una actividad judicial radical, una violación extrema de los principios
liberales clásicos. Fueron asimismo liberadas de antiguas obligaciones de
ceñirse a las actividades empresariales específicas para las que tenían
autorización. Y todavía más, en un importante cambio de orientación, los jueces
decantaron su poder a favor de los accionistas, identificándose en un
partenariado con el control centralizado y con la persona inmortal de la
empresa. Aquellos que conozcan la historia del comunismo reconocerán que este
proceso es muy similar al proceso que tenía lugar a la vez, muy pronto
predicho, por cierto, por críticos de izquierda, marxistas de izquierda y
críticos anarquistas del bolchevismo, gente como Rosa Luxemburg, quien había
advertido con bastante antelación que la ideología centralizadora desplazaría
el poder de la clase obrera hacia el Partido, hacia el Comité Central, y luego
hacia el líder máximo, tal como ocurrió poco después de la conquista del poder
estatal en 1917, que destruyó a su vez lo poco que quedaba de los principios y
formas socialistas. Los propagandistas de ambos lados prefieren una historia
diferente que les vaya mejor, pero creo que esta es la correcta.
En
años recientes, las grandes empresas han venido escatimando derechos que van
mucho más allá de los de las personas. Bajo las reglas de la Organización
Internacional del Trabajo, las grandes empresas exigen el respeto al derecho
del "tratamiento nacional". Esto quiere decir que la General Motors,
si está operando en México, puede exigir ser tratada como una empresa mexicana.
Este derecho corresponde solamente a las personas inmortales, no es un derecho
de las personas de carne y hueso. Un mexicano no puede ir a Nueva York y exigir
el tratamiento nacional y que se le conceda, pero las grandes empresas sí.
Otras
reglas exigen que los derechos de los inversores, prestamistas y especuladores
deben prevalecer sobre los derechos de la gente de carne y hueso de a pie,
minando la soberanía popular y los derechos democráticos. Las grandes empresas,
como bien se sabe, se adaptan y actúan de muchos modos contra la soberanía de
los estados. Hay casos muy interesantes. Por ejemplo en Guatemala, hace un par
de años, se intentó reducir la mortalidad infantil regulando la
comercialización de la leche en polvo para niños por parte de las
multinacionales. Las medidas que Guatemala propuso se adaptaban a las
directrices de la Organización Mundial de la Salud y respetaban los códigos
internacionales, pero la Gerber Corporation denunció tal expropiación y la
amenaza de una queja de la Organización Mundial de Comercio fue suficiente para
que Guatemala retirara la propuesta por temor a medidas de represalia por parte
de EEUU.
La
primera queja bajo la nuevas reglas de la OMC se formuló contra EEUU por parte
de Venezuela y Brasil, que se quejaban de que las regulaciones EPA referentes
al petróleo violaban sus derechos como exportadores. En esa ocasión Washington
aceptó, supuestamente por temor a sanciones, pero soy escéptico sobre esta
interpretación. No creo que EEUU tenga miedo de sanciones de Venezuela y
Brasil, más probablemente la administración Clinton simplemente no vio ninguna
razón de peso para defender el medio ambiente y proteger la salud.
Obscenas
cuestiones de este calibre aparecen una y otra vez con fuerza. Decenas de
millones de personas en todo el mundo mueren de enfermedades evitables por
culpa de medidas proteccionistas escritas en las reglas de la OMC, que garantizan
a las grandes empresas privadas el derecho de fijar precios monopolistas.
Tailandia y Sudáfrica, por ejemplo, que disponen de industria farmacéutica,
podrían producir medicamentos que salvaran vidas por una fracción del coste del
precio monopolístico, pero no se atreven por miedo a sanciones comerciales. De
hecho, en 1998 EEUU llegó a amenazar a la Organización Mundial de la Salud con
retirar sus cuotas si a ésta se le ocurría controlar los efectos de las
condiciones comerciales sobre la salud. Estas son amenazas reales.
A
todo ello se le llama "derechos comerciales", pero no tienen nada que
ver con el comercio. Tienen que ver con prácticas monopolísticas de fijación de
precios reforzada por medidas proteccionistas que se incluyen en los acuerdos
de librecambio. Estas medidas están diseñadas para asegurar los derechos
empresariales, que también tienen como efecto la reducción del crecimiento y de
las innovaciones, naturalmente. Estas son sólo una parte de la retahíla de
regulaciones introducidas en estos acuerdos que frenan el desarrollo y el
crecimiento. Lo que motiva estas medidas son los derechos de los inversores, no
el comercio. El comercio, por supuesto, carece de valor en sí mismo. Sólo tiene
valor si incrementa el bienestar humano.
En
general, el principio primordial de la OMC, y de sus tratados, consiste en que
la soberanía y los derechos democráticos tienen que estar subordinados a los
derechos de los inversores. En la práctica esto significa que prevalecen los
derechos de esas gigantescas personas inmortales: tiranías privadas a las
cuales la gente debe subordinarse. Estas son las razones que condujeron a los
notables hechos de Seattle. De todos modos, el conflicto entre la soberanía
popular y el poder privado se puso de manifiesto mucho más crudamente unos
meses después de Seattle, en Montreal, cuando fue alcanzado un ambiguo acuerdo
sobre las bases del llamado "protocolo de bioseguridad". Ahí la
cuestión estuvo clara.
Citando
el New York Times, "se alcanzó un compromiso tras intensas negociaciones
que a menudo incitaban el enfrentamienro de EEUU contra casi todo el
mundo" por culpa de lo que se llamó el "principio de
precaución". ¿De qué se trata? El jefe de la delegación de la Unión
Europea lo describió así: "los países deben tener la libertad, el derecho
soberano, de tomar medidas precautorias ante las semillas genéticamente
modificadas, microbios, animales, y cosechas que se sospechen
perjudiciales". EEUU, sin embargo, insistió en aplicar las reglas de la
OMC. Dichas reglas dicen que una importación sólo puede ser prohibida si existe
evidencia científica.
Fijémonos
dónde se encuentra aquí el objetivo. Lo que se discute es si la gente tiene
derecho a rechazar ser objeto de un experimento. Para ejemplificarlo,
supongamos que el departamento de biología de una universidad entrara aquí y
nos dijera: "Amigos, vais a ser objeto de un experimento que tenemos que
llevar a cabo".
No
sabemos adonde nos va a llevar. No sé, ¿qué tal unos electrodos en el
cerebro para ver qué pasa? Podéis negaros, pero sólo si podéis esgrimir una
evidencia científica de que esto os va a perjudicar". En condiciones
normales no vamos a poder esgrimir tal evidencia. La pregunta es, ¿tenéis
derecho a negaros? Según las reglas de la OMC, no. Tenéis que ser objetos del
experimento. Es una forma de lo que Edward Hermán llama "soberanía del
productor". El productor reina, son los consumidores los que deben
defenderse de alguna manera. A nivel interno esto funciona, tal como Hermán
apunta. No es responsabilidad, dice, de la industria química ni de los
fabricantes de pesticidas demostrar, probar, que lo que están echando al medio
ambiente es seguro. Es responsabilidad del ciudadano demostrar científicamente
que no lo es, y tiene que hacerlo a través de agencias públicas con bajo
presupuesto, susceptibles de dejarse influir ante las presiones de la
industria.
Esta
fue la cuestión que se discutió en Montreal, y una suerte de acuerdo ambiguo
fue alcanzado. Dejemos claro que no se tocó ninguno de los principios, y esto
se puede ver simplemente observando quién estaba presente. EEUU estaba a un
lado de la mesa, y se le unieron algunos otros países con intereses en
biotecnología y agroexportaciones de alta tecnología, y en el otro lado estaban
todos los demás, aquellos que no tenían esperanzas de sacar tajada del
experimento. Esta era la situación, y esto nos dice a las claras qué principios
se discutían. Por razones similares, la Unión Europea favorece aranceles altos
sobre los productos agrícolas, tal cómo hacía EEUU hace 40 años (ahora ya no, y
no porque los principios hayan cambiado, sino porque el poder ha cambiado).
Hay
un principio no escrito que dice que los poderosos y privilegiados deben tener
capacidad de hacer lo que quieran (por supuesto esgrimiendo nobles motivos). El
corolario es que la soberanía y los derechos democráticos de la gente en este
caso deben pasar de ser (y esto es lo dramático) refractarios a ser objeto de
experimentos cuando las grandes empresas de EEUU pueden sacar tajada del
experimento. La invocación por parte de EEUU de las reglas de la OMC es muy
natural, ya que codifican ese principio, y esto es fundamental.
Estos
temas, aunque son muy reales y afectan a un gran número de personas en el
mundo, son de hecho secundarios ante otras modalidades de reducción de la soberanía
a favor del poder privado. Pienso que, con probabilidad, la más importante fue
el desmantelamiento del sistema de Bretton Woods a principios de los años 70
por parte de EEUU, el Reino Unido y otros. Dicho sistema fue diseñado por EEUU
y el Reino Unido en los años 40, años de abrumador apoyo popular a los
programas de bienestar social y a medidas democráticas radicales. En parte por
eso el sistema de Bretton Woods de mediados de los años 40 regulaba las tasas
de intercambio y permitía controlar los flujos de capital. La idea era atajar
la especulación perniciosa a gran escala y restringir la fuga de capitales. Los
motivos eran claros y se articularon diáfanamente. Los flujos libres de capital
crean lo que se ha llamado en ocasiones un "parlamento virtual" del
capital global, el cual puede ejercer su poder de veto sobre las políticas
gubernamentales que considere irracionales. Esto implica a los derechos
laborales, programas educativos o de salud o políticas públicas de estímulo de
la economía o, de hecho, cualquier cosa que ayude a la gente y no a los
beneficios (y por lo tanto es irracional en un sentido técnico)
El
sistema de Bretton Woods funcionó más o menos durante 25 años. Época que ha
sido calificada por muchos economistas como la "edad de oro" del capitalismo
moderno (capitalismo moderno de Estado más propiamente). Fue un período, que
duró hasta los 70 más o menos, de rápido crecimiento -sin precedentes
históricos- de la economía, del comercio, de la productividad, de la inversión
de capital, de extensión del estado del bienestar, una edad de oro. Todo se
vino abajo a principios de los años 70.
El
sistema de Bretton Woods fue desmantelado con la liberalización de los mercados
financieros y la implementación de tipos de cambio flotantes.
El
período siguiente ha sido descrito como una "edad de plomo". Hubo una
enorme explosión de capital especulativo a muy corto plazo, que ahogaba a la
economía productiva. Hubo un deterioro remarcable en todas y cada una de las
magnitudes económicas: crecimiento económico considerablemente más lento,
crecimiento de la productividad más lento, así como de la inversión en capital,
tasas de interés mucho más altas (que frenan el crecimiento), mayor volatilidad
de los mercados, y crisis financieras. Todo esto tiene efectos muy severos
sobre la gente, incluso en los países ricos: estancamiento o declive de los
salarios, jornadas de trabajo mucho más largas (hecho particularmente
remarcable en EEUU), y recorte de los servicios. A título de ejemplo, en esta
gran economía de la que habla todo el mundo, la media del ingreso familiar ha
retrocedido a la de 1989, que está bastante por debajo de la de los 70. Ha sido
también una época de desmantelamiento de las medidas socialdemócratas que tanto
han contribuido a la mejora del bienestar humano. En general, el nuevo orden
internacional impuesto ha concedido un poder de veto mayor para el
"parlamento virtual" de los inversores de capital privado,
llevándonos a un declive significativo de la democracia y de los derechos de
soberanía, y a un importante deterioro de la salud pública.
Del
mismo modo que estos efectos se dejan notar en sociedades ricas, son
catastróficos en las sociedades más pobres.
Son
efectos que cruzan transversalmente las sociedades, no es que tal sociedad se
haya enriquecido y esta otra se haya empobrecido. Las medidas más
significativas comprenden sectores globales de la población. Así, por ejemplo,
echando mano de análisis recientes del Banco Mundial, si tomamos el 5% de la
población más rica y la comparamos con el 5% más pobre, el ratio era de 78 a 1
en 1988 y 114 a 1 en 1993 (siendo éste el último año del que se disponen datos,
ahora es indudablemente más alto). Los mismos datos muestran que el 1% más rico
tiene los mismos ingresos que el 57% más pobre (2.500 millones de personas).
Para
los países ricos, está claro. Un conocido economista, Barry Eichengreen, en su
reconocida historia del sistema monetario internacional señaló, como mucha
gente ha señalado, que la actual fase de globalización es bastante similar a la
situación anterior a la Primera Guerra Mundial, grosso modo. Sin embargo hay
diferencias. Una diferencia esencial, explica, es que, en esa época, la
política gubernamental no estaba "politizada" por "el sufragio
universal masculino y el surgimiento del sindicalismo y de los partidos
parlamentarios obreros".
En
consecuencia, los graves costes humanos de la ortodoxia financiera impuesta por
el parlamento virtual podía ser transferidos a la población en general. Pero
este lujo, en 1945, ya no estuvo al alcance en la era más democrática de
Bretton Woods, así que los "límites a la movilidad del capital fueron
sustituidos por límites a la democracia como una fuente de aislamiento de las
presiones del mercado".
Hay
un corolario a todo ello. Es natural que el desmantelamiento del orden
económico de posguerra deba ir acompañado de un ataque a la democracia
sustantiva (libertad, soberanía popular y derechos humanos), bajo el eslogan
TINA, esa suerte de grotesca bufonada de marxismo vulgar. El eslogan, no hace
falta decirlo, es un fraude. El particular orden socioeconómico impuesto es el
resultado de decisiones humanas en instituciones humanas. Las decisiones pueden
modificarse, las instituciones pueden modificarse y, en caso necesario,
desmantelarse y sustituirse, tal como gente honesta y valiente ha venido
haciendo a lo largo de la historial.
Este texto fue corresponde a
la conferencia que Chomsky dictó el 26 de febrero de 2000 en el Kiva
Auditórium, Albuquerque, New México.