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Por
Eduardo Luis Duhalde, Secretario de Derechos Humanos
El
bombardeo de una ciudad abierta por parte de fuerzas armadas del propio pa&=
iacute;s,
es un acto de terrorismo, que registra pocos antecedentes en la historia mu=
ndial,
ocurridos en el fragor de guerras civiles muy cruentas que asolaron a esas
naciones.
No
hay antecedentes, en cambio, de que miembros de las Fuerzas Armadas de un
país con la connivencia de sectores políticos y
eclesiásticos, hiciera lo mismo, descargando sus bombas y ametrallando a la
pacífica población civil, como forma de implantar el terror y=
el
escarmiento, para lograr la toma del poder.
Por
otra parte, las ciudades argentinas, jamás fueron bombardeadas por f=
uerzas
extranjeras.
El
furor fratricida se abatió el jueves 16 de junio de 1955 en el marco=
de
una tentativa de golpe de Estado, centrándose particularmente en civ=
iles
inermes o muy pobremente armados en defensa de un Gobierno no sólo
legítimamente constituido, sino también sustentado por un apo=
yo
popular hasta entonces inédito en los anales de la historia nacional=
.[1=
]
Desde
aviones cuyas fotografías se conservan, algunos de los cuales llevab=
an
pintados a mano sobre el fuselaje la sigla M.R. (Movimiento Revolucionario)=
y
el signo de “Cristo vence” (la cruz sobre una “v”) =
fueron
lanzadas más de cien bombas –con un total de entre 9 y 14
toneladas de explosivos– la mayoría de ellas sobre las Plazas =
de
Mayo y Colón y la franja de terreno comprendida entre las avenidas
Leandro N. Alem y Madero, desde el Ministerio de Guerra (Edificio Libertado=
r) y
la Casa Rosada, en el Sureste, hasta la Secretaría de Comunicaciones
(Correo Central) y el Ministerio de Marina, en el Noroeste.
Las
acciones bélicas planeadas por los mensajeros de la muerte en aquel
fatídico día, tenían el descabellado propósito =
de
bombardear la zona céntrica de la Plaza de Mayo con el fin de matar =
al
Presidente y a sus ministros al precio de destruir la Casa de Gobierno con
todos sus ocupantes y causar en sus alrededores muertes y daños, des=
aprensivamente
y sin importar su costo humano.
Dichas
acciones bélicas, ante la ausencia del Presidente y de sus ministros,
constituyeron desde sus inicios un escarmiento destinado a castigar y quebr=
ar
la adhesión popular al Gobierno constitucional.
Clara
muestra de ello, es que sólo 12 de las más de trescientas
víctimas mortales (aproximadamente el 4 %) se encontraban dentro de =
la
Casa de Gobierno, en la que impactaron 29 bombas, de las que seis no
estallaron.
El
resto de las bombas y proyectiles de grueso calibre provenientes de aviones,
así como los disparado=
s por los
fusiles semiautomáticos FN de fabricación belga estrenados por
los infantes de Marina que intentaron asaltar la Casa Rosada, estuvieron di=
rigidos
a una población que fue sorprendida en sus quehaceres cotidianos por=
la
primera incursión de la aviación naval que se desencaden&oacu=
te; pasadas
las 12.40 de aquél jueves frío y nublado.
Tres
centenares de civiles armados (“comandos civiles”) cuyo concurso
estaba previsto en apoyo de los infantes de Marina durante el asalto a la
bombardeada Casa Rosada a fin de matar a Perón y a sus ministros,
intervinieron solo en acciones colaterales (como la ocupación de Rad=
io
Mitre, a través de la cual se lanzó una proclama que dio al
“tirano” Perón por muerto). No tuvieron el protagonismo
previsto, debido al retraso en el comienzo de las operaciones, inicialmente
previsto para las 10, a causa de que Buenos Aires estaba cubierta de nubes
bajas que impedían el bombardeo.
El golpe fue
llevado adelante por oficiales y suboficiales de la Armada Argentina, con el
apoyo de un sector de la Aeronáutica. En=
esta
ocasión el Ejército se mantuvo leal al Gobierno, aunque
exactamente tres meses después, gran parte de él, producir&aa=
cute;
el derrocamiento del gobierno constitucional presidido por el general Juan Domi=
ngo
Perón.
Su
propósito, tras asesinar al presidente de la Nación, era
instaurar un Triunvirato civil integrado por Miguel Angel Zavala Ortiz
(dirigente de la U.C. Radical), Américo Ghioldi (dirigente del Parti=
do
Socialista) y Adolfo Vicchi (del partido Conservador).
Miguel Zava=
la
Ortiz, que tripuló uno de los aviones genocidas, fue parte de los que
huyeron con las aeronaves, exiliandose en el Uruguay. Volvió tras el=
16
de septiembre, y siendo canciller del presidente Illia, hizo el acuerdo con=
el
gobierno militar brasileño para impedir el primer retorno del General
Perón del exilio, el 2 de diciembre de 1964, deteniéndoselo e=
n el
aeropuerto de El Galeao. Para vergüenza de los argentinos, la ciudad de
Buenos Aires bajo el gobierno radical de Enrique Olivera, le puso su nombre=
a
una plazoleta en Buenos Aires, la de Leandro N. Alem y Rojas.
Amér=
ico
Ghioldi, que saludó los fusilamientos del General Valle y sus hombre=
s y
la masacre de José Leon Suarez, en junio de 1956, escribiendo en el
diario La Vanguardia: “¡Se acabó la leche de la
Clemencia!”, fue luego, embajador en Portugal de la dictadura de Vide=
la.
El ataque
aéreo se realizó en sucesivas oleadas entre las 12:40 y las 17:40 horas,
siendo acaso la más destructiva la que se lanzó a partir de l=
as
15.15 y contó con el concurso de cazas Gloster Meteor. Los ataques tuvieron como objetivo =
la
Casa Rosada, la Plaza de Mayo y sus adyacencias (área en el que se
registró el mayor número de víctimas), el Departamento
Central de Policía y la residencia presidencial (que estaba donde
está hoy la Biblioteca
Nacional), las columnas del Regimiento 3 de Infantería “General
Manuel Belgrano” que salieron del cuartel de La Tablada hacia Plaza de
Mayo y hacia el aeropuerto internacional de Ezeiza, tomado por los golpista=
s,
para recuperarlo; una concentración obrera en avenida General Paz y
Crovara y las antenas de Radio del Estado –en las terraza del Ministe=
rio
de Obras Públicas emplazado en la avenida 9 de Julio– y de Rad=
io
Pacheco (nudo de enlace de las comunicaciones radiotelefónicas) en la
localidad del mismo nombre. La CGT no fue&=
nbsp;
atacada porque un suboficial de la Armada se negó a trasmitir=
la
orden dada en ese sentido por uno de los jefes de la conspiración
civico-militar, el contralmirante Aníbal Osvaldo Olivieri, hasta ese
momento, el ministro de Marina.
Los aviones=
que
bombardearon al pueblo fueron 20 North American AT6 de bombardeo vertical al
mando del capitán de corbeta Santiago Sabarots, 5 aviones bimotor
Beechcraft AT11 de bombardeo horizontal, al mando del capitán de cor=
beta
Jorge Imaz y 3 hidroaviones Catalina, al mando del capitán de corbeta
Enrique García Mansilla. El jefe de todos ellos fue el capitá=
n de
fragata Néstor Noriega, que arrojó la primera bomba.
Más =
tarde
se sumaron a los ataques seis cazas interceptores Gloster Meteor de la Fuer=
za
Aérea que contaban con cañones semiautomáticos de 20 m=
m.
II
Este
masivo crimen de lesa humanidad, no puede verse descontextualizado con lo q=
ue
había ocurrido desde el 17 de octubre de 1945, cuando la
movilización de los trabajadores, hombres y mujeres del pueblo, a
quienes Raúl Scalabrini Ortiz denominó el subsuelo de la patria sublevado, repusieron en su cargo al
Coronel Perón. Esa misma noche hubo enfrentamientos armados.
La
coalición política y oligárquica que enfrentó a=
la
formula Perón-Quijano denominada “Unión
Democrática” bajo el auspicio del embajador de EE.UU. Spruille
Braden, que tuvo como una de =
sus
figuras centrales al ex presidente de la Sociedad Rural Argentina, Antonio
Santamarina, se canalizó muy pronto por los caminos de la violencia
antiperonista.
Es
bueno recordarlo aquí, porque todo genocidio en la historia, se
construye con prácticas genocidas que van logrando un acostumbramien=
to
de la sociedad a hechos que marcan un camino hasta que se torna inevit=
able
el genocidio o la masacre colectiva.
Los
comandos civiles fueron una creación que tiene origen muchos
años. Se inspiraron en las brigadas antiobreras de la Liga
Patriótica de los años 20 y 30. Nacieron como grupos de supue=
sta
autodefensa después de 1946, de los partidos políticos oposit=
ores
Radical, Conservador y Socialista y terminaron autonomizándose como
grupos armados del antiperonismo golpista.
No
hubiera sido posible el bombardeo del 16 de junio de 1955, si no hubieran e=
xistido
los intentos de golpes de Estado del General Benjamín
Menéndez en septiembre de 1951 y del coronel Francisco Suárez=
de
1952, cuya unidad con los golpes posteriores no sólo está dado
por sus propósitos, sino por la presencia de los mismos hombres, como
los Menendez, Alejandro Lanusse, Lonardi y tantos otros, como me referir&ea=
cute;
más adelante.
No
hubiera sido posible el bombardeo de junio del 55, si no hubieran existido
los tres artefactos explosivos
colocados en alrededores de la Plaza de Mayo, en 1953, durante una concentración or=
ganizada
por la CGT en momentos en que=
el
Presidente Perón se dirigía a la concurrencia desde el
balcón de la Casa Rosada. De las tres bombas estallaron dos, y la
colocada en un andén de la estación de subte de Plaza de Mayo=
q mató instantáneamen=
te a 5
personas e hirió a más de cien, de las que 19 quedaron mutila=
dos
o lisiados para siempre. Este acto criminal fue dirigido por el ingeniero R=
oque
Carranza. Quien luego, con la desmemoria de su antigua responsabilidad
criminal, tres décadas después fue designado ministro en el
gobierno del Dr. Alfonsín, y paradójicamente, a su muerte, pu=
esto
su nombre a una estación del subterráneos.
En
cambio, en Junio de 1955 se machacó deliberadamente a una masa
anónima con el objetivo de que el temor se expandiera y calara hasta=
los
huesos entre los potenciales defensores del Gobierno constituido.
Las
bombas en Plaza de Mayo implicaban, pues, una clara advertencia: quienes
buscaban derrocar a Perón estaban dispuestos a verter toda la sangre=
que
fuera necesaria.
El primer canciller de la llamada
“revolución libertadora” desnudará sin pudor el
carácter oligárquico y antipopular del ensayo macabro del 16 =
de
junio y del golpe de estado triunfante tres meses después:“Porque no olvidemos el hecho de=
que
la revolución de septiembre de 1955 no fue solamente un movimiento en
que un partido derrotó a su rival o en que una fracción de
las fuerzas armadas venci&oac=
ute; a
la contraria, sino que fue una
revolución en que una clase social impuso su criterio sobre otra.=
221;
La frase es de su libro “Ayer, hoy y mañana=
8221;.
Recordemos que el 16 de junio, Mario Amadeo fue jefe de los comandos civiles
del nacionalismo vernáculo.
En Argentina,
los ideólogos civiles de la masacre, con esa capacidad que tiene sie=
mpre
la derecha de deslindar sus
responsabilidades, descargando todas las culpas sobre los gobiernos
populares que tratan de derrocar, pretendieron hacerlo responsable al propi=
o Perón.
Y si alguna vez lamentaron tantas muertes, las consideraron inevitables.
Los
múltiples vasos comunicantes entre los golpistas de 1951, 1955, 1966=
y
1976 son tan evidentes como el hecho de que la impunidad de que gozaron los
asesinos de más de trescientas personas habría de alentar el =
in
crescendo criminal que
culminó en 1976 con el secuestro, tortura,
detención-desaparición y asesinato de millares de personas=
. La
lección de junio del 55 había sido aprendida y transmitida por
aquellos que constituyen su criminalidad como continuo.
El terror
expandido era imprescindible para tratar de dominar todo el cuerpo social.<=
span
style=3D'color:black'> El capitán de fragata Vicente Baroja que
participó en el complo=
t de
Menéndez como jefe de una escuadrilla de la aviación naval que
arrojó panfletos sobre la Casa Rosada y otros lugares céntric=
os,
ya con el grado de contralmirante, años más tarde
puntualizó respecto a dicho intento: “El movimiento fue sumame=
nte
aleccionador para el país y las Fuerzas Armadas. Habíamos
confiado en derrotar al tirano con pequeñas acciones sin derramamien=
tos
de sangre. La lección =
fue
que era preciso llegar al derramamiento de sangre para voltearlo”.[2=
]
Algunos eje=
mplos
del continuismo golpista: los tres ayudantes del contralmirante Olivieri er=
an
los capitanes de fragata Emilio Eduardo Massera, Horacio Mayorga y Oscar Mo=
ntes
(todos los cuáles, a pedido de aquel, fueron eximidos de ser juzgados
por el benevolente Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas), el primero fue
miembro de la junta militar que asaltó el poder en marzo de 1976; el
segundo estuvo involucrado en la “Masacre de Trelew” (el ametra=
llamiento
de 19 prisioneros, de los que murieron 16, en agosto de 1972) y despu&eacut=
e;s
en la última dictadura, de la que Montes fue canciller.
Los pilotos=
y
demás fugados a Uruguay fueron recibidos en el aeropuerto de Carrasco
por el capitán Carlos Guillermo Suárez Mason, prófugo =
de
la Justicia argentina desde su participación en el intento de golpe =
de
agosto de 1951. Suárez Mason sería el poderoso comandante del
Primer Cuerpo de Ejército durante la última dictadura y luego
vaciaría la YPF estatal, la única petrolera del mundo que
arrojaba sistemáticamente pérdidas.
Entre los p=
ilotos
y tripulantes de aviones que huyeron, Máximo Rivero Kelly serí=
;a
acusado de delitos de lesa humanidad cometidos como jefe de la Base Almiran=
te
Zar, de Trelew, y de la Fuerza de Tareas 7 que operó en la zona nort=
e de
Chubut durante el llamado “Proceso”; Horacio Estrada fue jefe d=
el
grupo de tareas de la ESMA; Eduardo Invierno, jefe del Servicio de Intelige=
ncia
Naval (SIN) durante la dictadura y como tal estuvo involucrado en el asesin=
ato
del empresario Fernando Branca; Carlos Fraguío estuvo en 1976 al fre=
nte
de la Dirección General Naval y tuvo responsabilidad en los Centros
Clandestinos de Detención que funcionaron en la ESMA y la Escuela de
Suboficiales de Infantería de Marina; Carlos Carpintero se
desempeñó a partir de 1976 como secretario de Prensa y
Difusión de la Armada; Carlos Corti sucedió a Carpintero como
vocero naval y Alex Richmond =
fue agregado
naval en Asunción.
De la Fuerza
Aérea: Jorge Mones Ruiz sería durante la dictadura delegado d=
e la
SIDE en La Rioja y Osvaldo Andrés Cacciatore nada menos que intenden=
te
de la ciudad de Buenos Aires.
El 16
de junio de 1955, a =
b>excepción del jefe de la
Infantería de marina, contralmirante Benjamín Gargiulo –=
;que
se suicidó tras el fracaso golpista– y del primer teniente de =
la
Fuerza Aérea José Fernández –a quien mataron los
suboficiales leales a los que había reducido y custodiaba los golpistas no tuvieron bajas ent=
re sus
filas. Ni siquiera heridos, según surge de las actas de ocupaci&oacu=
te;n
del Ministerio de Marina.
En cuanto al
furor homicida de los golpistas, la simple proporción de muertos
(más de 300 a 1) la evidencia sobradamente. En tren de justificar su
decisión de arrojar 800 litros de combustible sobre la Casa de Gobie=
rno
–lo que admitió que nadie le había ordenado que
hiciera– de su tanque auxiliar, el piloto Guillermo Palacio se
justificó diciendo que “Fue una demostración del odio, =
de
la reacción desatada por las medidas que agobiaban al país&qu=
ot;.[3]
La masacre =
del 16
de junio de 1955 tiene una continuidad política y en sus componentes
personales, que lleva por un camino plagado de sangre de mártires
populares que tiene su gran desemboque criminal el 24 de marzo de 1976
[1=
] El presidente J=
uan
Domingo Perón había sido reelegido en las elecciones del 11 de
noviembre de 1951 con el 62,49 por ciento de los votos emitidos.
[2=
] Cfr.
[3= ] Ruiz Moreno, obra citada, pág. 275.