El café: citas literarias (escritores en castellano)
 

El café, como un elemento común en nuestra vida cotidiana, aparece con frecuencia en la literatura. En esta página presentamos una selección de referencias literarias en las que se menciona el café.

Las citas corresponden a escritores en castellano.
 
 

Café y literatura






 
Eduardo Mendoza (La verdad sobre el caso Savolta)

Volví  correr las cortinas, tomé mi bastón y mi sombrero y bajé al comedor. Las cristaleras estaban abiertas de par en par y algunas personas ocupaban las mesas de la terraza. Sólo unos viejecitos preferían tomar el sol en el interior, cobijados del aire que resultaba fresco y hasta doloroso por su increíble pureza. Una brisa intermitente mecía los arbolillos del parque.
-¿Desea desayunar el señor?- me preguntó un camarero.
-Si, por favor.
-¿Chocolate, café o té?
-Café con leche, si el café es bueno.
-Excelente señor. ¿El señor desea croissant, tostadas o bollería fina?
-Un poco de todo.
-¿Desayunará solo el señor o sirvo también el desayuno de la señora?
-Solo el mío...No, aguarde, traiga lo mismo para la señora

[Segunda Parte, Capítulo IV]
 

Nemesio Cabra Gómez sonrió. Ceceaba ligeramente. Se encogió de hombros. El comisario Vázquez se volvió a su secretario.
-¿Podemos ofrecer un trozo de pan y un café con leche a un parado?
-Ya no queda café.
-Que vuelvan a colar los posos - dijo Vázquez
El secretario salió sin abandonar la postura sedente

[Primera Parte, Capítulo IV]
 
 

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Gabriel García Márquez (Cien años de soledad)

Una tarde, al principio de su gobierno, Arcadio fue a visitarlos de un modo intempestivo. No lo veían desde que abandonaron la casa, pero se mostró tan cariñoso y familiar que lo invitaron a compartir el guisado. Sólo cuando tomaban el café, reveló Arcadio el motivo de su visita: había recibido una denuncia contra José Arcadio.

[Capítulo 5]
 

El letrero que colgó en la cerviz de la vaca era una muestra ejemplar de la forma en que los habitantes de Macondo estaban dispuestos a luchar contra el olvido: "Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche".
Así continuaron viviendo en una realidad escurridiza momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita.

[Capítulo 3]
 


 
 

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Julio Cortázar (Rayuela)

-¿Cómo vas a hacer el café en la oscuridad?
-No sé-dijo la Maga, removiendo unas tazas-. Antes había un poco de luz.
-Encendé, Ronald-dijo Oliveira-.Está ahí debajo de tu silla. Tenés que hacer girar la pantalla, es el sistema clásico.
-Todo esto es idiota - dijo Ronald, sin que nadie supiera si se refería a la manera de encender la lámpara. La luz se llevó las esferas violetas, y a Oliveira le empezó a gustar más el cigarrillo. Ahora se estaba realmente bien, hacía calor, iban a tomar café.
-Acércate aquí - le dijo Oliveira a Ronald. Vas a estar mejor que en esa silla, tiene una especie de pico en el medio que se clava en el culo. Wong la incluiría en su colección pekinesa, estoy seguro.
-Estoy muy bien aquí - dijo Ronald - aunque se preste a malentendidos.
-Estás muy mal. Vení. Y a ver si ese café marcha de una vez.
-Qué machito está esta noche -dijo Babs-. ¿Siempre es así con vos?
-Casi siempre -dijo la Maga sin mirarlo-. Ayúdame a secar esta bandeja.
Oliveira esperó a que Babs iniciara los imaginables comentarios sobre la tarea de hacer café, y cuando Ronald le  bajó la silla y se puso a lo sastre cerca de él, le dijo unas palabras al oído. Escuchándolos, Gregorovius intervenía en la conversación sobre el café, y la réplica de Ronald se perdió en el elogio del moka y la decadencia del arte de prepararlo. Después Ronald volvió a subirse a su silla a tiempo de tomar la taza que le alcanzaba la Maga. Empezaron a golpear suavemente en el cielo raso, dos, tres veces. Gregorovius se estremeció y tragó el café de golpe.

 


 

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Felipe Trigo (En la carrera)

Se fueron a la habitación de Antonia los dos. Un nuevo abrazo los dejó ante el espejo del armario. Esteban se vio negro, igual que un fogonero. El calor, en el tren de charla toda la noche, les había hecho tener abiertas las ventanas... ; polvo, humo y carbonilla de la máquina... ¡Iba a lavarse!... Pero ¡qué extraña sensación!... Al quitarse la chaqueta, contúvole el respeto hacia Antonia y le salvo una oportunidad.
-Mira-dijo cuando una sirvienta entraba a preguntarle si también quería el señor café- me lavaré en el otro, puesto que han llevado allí la maleta...
-¡Si, también quiero café!
Salió. A los 10 minutos volvía con otra camisa, con otro traje, peinado y limpio. El  café esperaba. Antonia púsose a echarlo en las tazas... y ambos notábanse la misma cortedad en esta enorme confianza. ¡El cuarto de ella!, ¡El lecho de ella... blanco! Mirándola tan pura y tan bonita Esteban sufría una singular obnubilación de la memoria.
 
 

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Ramón Gómez de la Serna (Don Ramón María del Valle-Inclán)

Don Ramón del Valle-Inclán presumía de faquir, no sólo porque apenas comía, sino porque fumaba hachís - los contertulios lo escribían y pronunciaban como si estornudasen - y porque tomaba las cosas ardiendo, sin inmutarse.
Esa facultad faquiresca de don Ramón hizo sufrir crueles sorpresas a los que le acompañaban.
Don Ramón, al entrar en la posada, pedía "café muy caliente". Los que no estaban en el secreto, al ver llegar las tazas de café y ver cómo don Ramón se tomaba la suya, se echaban el café al coleto y se quemaban la garganta.
-¡Pero don Ramón! -decían protestando.
-Es que yo soy faquir...Un día soplé sobre un cerdo un sorbo de mi tisana y salió chillando como si escapase del infierno.
 


 

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Ernesto Sábato (Sobre héroes y tumbas)

Pero no iba a ser por aquella grieta que habría de resquebrajarse el trabajoso edificio. Esa noche mi cabeza era un tumulto: sentía que el momento decisivo se aproximaba. Al otro día, como de costumbre, pero ahora con mayor nerviosidad, me instalé desde temprano en mi observatorio. Tomé mi café con leche y desplegué el diario, pero en realidad no quitaba los ojos al número 57. Tenía ya una notable habilidad para este doble juego.
 

[Informe sobre ciegos, cap. XVI]
 
 

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Ernesto Cardenal (Canto nacional)

En una finca de café  la campesina de color cacao
le dio un agua fina en un guacal y él observó en el guacal
escudos, aves, pañales, grecas y letras...

¡El Tuma! Ver
otra vez el Tuma... Los cafetales
en flor y los maizales.
En marzo el maíz está en elotes.
La neblina sobre los cafetales y en la neblina
el blanco olor de la flor del café (olor a azahar)
con
cantos
             de chichitote
                                   y de chiflador
Campesino, campesino
qué lindas tierras tenés
pero lástima que son de los capitalistas.

 

 

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Jorge Luis Borges (Dichos)

Yo me acuerdo que hace años, cuando todavía no existían los bares automáticos, íbamos con Xul Solar a uno que quedaba en Córdoba y Callao. A Xul le gustaba experimentar y como era un inventor nato, y había inventado cosas espléndidas, trataba de hallar combinaciones posibles entre los alimentos. Así, llegó a mezclar café negro con salsa de tomate (verdaderamente repugnante) o sardinas con chocolate (atroz). Probábamos juntos esas mezclas y él mismo comprendía que eran incompatibles los elementos mezclados. Yo creo que las buenas combinaciones ya fueron inventadas y que nada podrá superar al café  con leche (su inventor debe haber sido un ser excepcional) que es riquísimo y que es la combinación por excelencia.

[http://literatura.org/Borges/Borges_dichos.html]
 

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos para un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

No sé cual de los dos escribe esta página.

["Borges y yo" en El Hacedor]


 

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Rubén Darío (El Faisán)

Dijo sus secretos el faisán de oro:
-En el gabinete mi blanco tesoro,
de sus claras risas el divino coro,

las bellas figuras de los gobelinos,
los cristales llenos de aromados vinos,
las rosas francesas en los vasos chinos.

(Las rosas francesas, porque  fue allá en Francia
donde en el retiro de la dulce estancia
esas frescas rosas dieron su fragancia)

La cena esperaba. Quitadas las vendas,
iban mil amores de flechas tremendas
en aquella noche de Carnestolendas.

La careta negra se quitó la niña,
y tras el preludio de una alegre riña
apuró mi boca vino de su viña.

Vino de la viña de la boca loca,
que hace arder el beso, que el mordisco invoca.
¡Oh los blancos dientes de la loca boca!

En su boca ardiente yo bebí los vinos,
y, pinzas rosadas, sus dedos divinos
me dieron las fresas y los langostinos.

Yo la vestimenta de Pierrot tenía,
y aunque me alegraba y aunque me reía,
moraba en mi alma la melancolía.

La carnavalesca noche luminosa
dio a mi triste espíritu la mujer hermosa,
sus ojos de fuego, sus labios de rosa.

Y en el gabinete del café galante
ella se encontraba con su nuevo amante,
peregrino pálido en un país distante.

Llegaban los ecos de vagos cantares
y se despedían de sus azahares
miles de purezas en los bulevares.

Y cuando el champaña me cantó su canto,
por una ventana vi que un negro manto
de nube, de Febo cubría el encanto.

Y dije a la amada un día: -¿No viste
de pronto ponerse la noche tan triste?
¿Acaso la Reina de luz ya no existe?

Ella me miraba. Y el faisán cubierto
de plumas de oro: -"Pierrot, ten por cierto
que tu fiel amada, que la Luna ha muerto!"


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Camilo José Cela (La colmena)

Laurita y Pablo suelen ir a tomar café  a un bar de lujo, donde uno que pase por la calle casi no se atreve a entrar, que hay detrás de la Gran Vía. Para llegar hasta las mesas -media docenita, no más, todas con tapetillo y un florero en el medio- hay que pasar por la barra, casi desierta, con un par de señoritas solando coñac y cuatro o cinco pollitos tarambanas jugándose los cuartos de casa a los dados.

....

Los dos grupos, individualmente, o como organismo, son incompatibles, y si a uno de la hora del café se le ocurre esperar un poco y retrasar la marcha, los que van llegando, los de la merienda, lo miran con malos ojos, con tan malos ojos, ni más ni menos, como con los que miran los de la hora del café a los de la merienda que llegan antes de tiempo.

....

-Oiga, ¿yo valgo veintidós pesetas?
Celestino no entendió la pregunta.
-¿Eh?
-Que si yo valgo veintidós pesetas.
A Celestino Ortiz se le subió la sangre a la cabeza.
-¡Tú vales un imperio!
-¿Y veintidós pesetas?
Celestino Ortiz se abalanzó sobre la muchacha.
-Cóbrese usted los cafés del señorito Martín.

....

Julián Suárez Sobrón, alias la Fotógrafa, de cincuenta y tres años de edad, natural de Vegadeo, provincia de Oviedo, y José Jiménez Figueras, alias el Astilla, de cuarenta y seis años de edad, y natural del Puerto de Santa María, provincia de Cádiz, están mano sobre mano en los sótanos de la  Dirección General de Seguridad, esperando a que los lleven a la cárcel.
-¡Ay Pepe, qué bien vendría a estas horas un cafetito!
-Sí, y una copita de triple; pídelo a ver si te lo dan.

....

-Hola, qué temprano vienes hoy. ¿Dónde has estado?
-Donde siempre, tomando café con los amigos.
-Doña Visi le besa la calva a su marido
--¡Si vieses qué contenta me pongo cuando vienes tan pronto!
 

[Capítulo III]
 
 

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Miguel Delibes (Los santos inocentes)

y en la Casa Grande, exultaban los señoritos de Madrid con los preparativos, y el señor Ministro, y el señor Conde, y la señorita Miriam, que también gustaba del tiro en batida, y todos, fumaban y levantaban la voz mientras desayunaban  café con migas y, conforme entró Paco en el comedor acreció la euforia, que Paco, el Bajo, parecía polarizar el interés de la batida, y cada uno por su lado,

¡hombre, Paco!
¿cómo fue para caerte, Paco, coño? claro que peor hubiera sido romperte las narices,
y el Embajador trataba de exponer a media voz al señor Ministro las virtudes cinegéticas de Paco, el Bajo, y Paco procuraba atender a unos y a otros y subrayaba adelantando las muletas, como poniéndolas por testigos,
disculpen que no me descubra,
y ellos,
faltaría más, Paco.


[Capítulo "El accidente"]

 

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Luis Landero (Juegos de la edad tardía)

Aquellas prematuras confidencias, la animaron a pedir a Gregorio detalles sobre su trabajo. Al principio, por evitar explicaciones que acaso lo humillaran, Gregorio tomaba un sorbo de café o enmendaba un doblez del tapete, relegando la respuesta a la benevolencia de cualquier laconismo. Pero enseguida (llevado quizá por su temprana convicción de que el embuste era mucho más eficaz que el silencio, y alentado por la aprobación admirativa con que era acogido), arriesgó hipótesis que en el fondo le parecieron verosímiles, hablando -bajo el ojo malicioso del perro- de un ascenso inminente,  del aprecio que le tenían sus superiores, y sobre todo de sus futuros proyectos de ingeniero, con lo cual el corro se animaba y la madre daba de señas a Angelina con pícaro contento, pero volviendo pronta y como arrepentida a su severo continente de viuda ejemplar.

[Capítulo V]

Cerca de la pensión, en una esquina, entró en un bar y ocupó una mesa apartada. Pidió un café con bollo, abrió la libreta, encabezó con la fecha una página en blanco y escribió: Guerras de la Patria. Porque, desde ese amanecer, Gregorio llevaba toda la mañana pensando en moros y cristianos. Primero fue la extrañeza y el pánico de verse ocioso en lunes, lejos de casa y del trabajo y con Gil instalado no sólo en la ciudad sino en el territorio que, con sigilo de serpiente, había usurpado a su dueño legítimo.

[Capítulo XVII]
 

Si era preciso, aceptaría llevarlo al descampado, y hasta puede que él mismo se animase a azotarlo y le fuese diciendo en cada azote: "No estabas contento con las pirámides, ¿eh?, pues ¡toma pirámides!; ¿no querías café?, pues ¡toma café!; las noticias que recibías del mundo se te antojaban pocas, ¿no?, pues ¡aquí tienes más!, y ¡este por Marilín!, éste por Hemingway!, ¡este por el poema épico!, ¡éste por el dinero que he gastado en tu causa!, ¡éstos por todas las desgracias que me has hecho pasar!", y cuando se dio cuenta estaba en medio de la habitación, asestando golpes inmisericordes al aire.

[Capítulo XX]
 
 

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Miguel de Unamuno (Por tierras de Portugal y de España)

Bajamos a  Huarte Araquil, a trechos por atajos, siguiendo los postes del teléfono. Porque si aun no han llegado allá ni la carretera ni el café, ha llegado, en cambio, el teléfono, como sucede en Aránzazu. Hay que vivir prevenido. Un mal camino y un buen teléfono son dos grandes elementos de defensa. ¡Qué bien sabía don Miguel discernir entre los adelantos profanos del siglo!. De seguro que D. Teodosio, si resucitase, aprobaría lo del teléfono y se mostraría conforme con la proscripción de la carretera. En lo que cabe duda es en lo que diría del café.
 

[Capítulo "San Miguel de Excelsis"]

 


 

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Leopoldo Alas "Clarín" (La Regenta)

No lejos de ellos, y, por cierto, molestándolos a veces no poco, había dos o tres grupos de alborotadores, y, a lo lejos, se oía un antipático estrépito de dominó, que habían desterrado de su sala los venerables. Los del dominó eran casi siempre los mismos: un catedrático, dos ingenieros civiles y un magistrado. Reían y gritaban mucho; se insultaban, pero siempre en broma. Aquellos cuatro amigos, ligados por el seis doble, hubieran vendido la ciencia, la justicia y las obras públicas por salvar a cualquiera de la partida. En el salón de baile, donde no se permitía jugar ni tomar café, se paseaban los señores de la Audiencia y otros personajes, verbigracia: el marqués de Vegallana, los días de mucho agua, cuando él no podía dar sus paseos.

[Capítulo VI]
 

A los postres, el amo de la casa se quedó pensativo. Seguía con la mirada disimuladamente las idas y venidas de Petra, que servía la mesa. Después del café pudo notar don Alvaro que su amigo estaba impaciente. Desde aquel verano, desde que habían vivido juntos en la fonda de La Costa, don Víctor se había acostumbrado a la comensalía de don Alvaro; le encontraba a la mesa más decidor y simpático que en ninguna otra parte, y le convidaba a comer a menudo. Pero otras veces, después de charlar cuanto quería, Quintanar solía levantarse, dar una vuelta por el parque, vestirse, siempre cantando, y dejar así media hora larga solos a Anita y a su amigo. Y ahora no, no se movía. Ana y Alvaro se miraban preguntándose con los ojos qué novedad sería aquella.

[Capítulo XXIX]
 
 

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Azorín (Visión de España)

Pero todo esto, ¡ay!, pertenece al pasado. Hoy Prudencio García vive en París. Le permiten que viva recogido de caridad en una buhardilla de la calle de los Frailes, o sea, des Mathurins. Con diez francos que le dan por su misa diaria, en la próxima parroquia de San Luis de Antín, detrás de los almacenes de La Primavera, atiende Prudencio a su mantenimiento. Por las mañanas toma un tazón de café  con leche, y a mediodía, como prandio indefectible -prandio diría él, del latín-, come un buen trozo de esponjoso pan con unos dátiles, unos higos o una manzana. Y está fuerte con esta sobriedad. En España se daba grandes caminatas, y aquí en París se recorre toda la ciudad en el caballito de San Francisco.

[Un loco en la Sorbona]
 


 

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 Carmen Martín Gaite (Las ataduras)

-Patri, Patri, hermana...
-¿Qué tal, mujer? Creí que ya no venías. Pero venga, no te pongas a llorar ahora. Anda, ven acá ... ¿Nos sentamos?
-Sí, bueno, como quieras. Creí que me perdía, oye.
Se dejó abrazar y conducir, encogida de emoción y pequeñez. Patri era mucho más grande y pisaba seguro con sus piernas fuertes sobre los altos tacones. Se sentaron en un café lleno de gente, junto a un puesto de libros y revistas.
-¿Qué tomas? ¿Café?
Emilia escuchaba los anuncios por el altavoz, diciendo nombres confusos. Oyó el pitido de una máquina. ¿Se habría despertado Gino?
-Café con leche, bueno. Oye ¿se me irá el tren?
-No, por favor, no empieces con las prisas. Por lo menos diez minutos podemos estar bien a gusto. Lo acabo de preguntar.

[Capítulo "Un alto en el camino"]
 


 

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Cesar Vallejo (Poemas Humanos)

Hoy me gusta la vida mucho menos,
pero siempre me gusta vivir; ya lo decía.
Casi toqué la parte de mi todo y me contuve
con un tiro en la lengua detrás de mi palabra.

Hoy me palpo el mentón en retirada
y en estos momentáneos pantalones yo me digo:
¡Tanta vida y jamás!
¡Tantos años y siempre mis semanas!...
Mis padres enterrados con su piedra
y su triste estirón que no ha acabado;
de cuerpo entero hermanos, mis hermanos,
y, en fin, mi ser parado y en chaleco.

Me gusta la vida enormemente
pero, desde luego,
con mi muerte querida y mi café
y viendo los castaños frondosos de París
y diciendo:
Es un ojo éste, aquel; una frente ésta, aquélla... Y repitiendo:
¡Tanta vida y jamás me falla la tonada!
¡Tantos años y siempre, siempre, siempre!

Dije chaleco, dije
todo, parte, ansia, dije casi, por no llorar.
Que es verdad que sufrí en aquel hospital que estaba al lado
y está bien y está mal haber mirado
de abajo para arriba mi organismo.

Me gustaría vivir siempre, así fuese de barriga,
porque, como iba diciendo y lo repito,
¡tanta vida y jamás! ¡Y tantos años,
y siempre, mucho siempre, siempre, siempre!
 

[Hoy me gusta la vida mucho menos]


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Alvaro Mutis (La última escala del Tramp Steamer)

Después de recoger en Hamburgo una carga de café y de repuestos de maquinaria pesada con destino a Gdynia y a Riga, regresó a Kiel, donde volvió a tomara carga para Marsella. Este itinerario se lo comunicó a la propietaria del Algión en la forma convenida. Con el Tramp Steamer le sucedía un fenómeno muy curioso: se iba acostumbrando al ingrato aspecto del barco que era, como Bashur se lo advirtió en Amberes, bastante engañoso. La maquinaria, si bien databa de los primeros años de este siglo, había sido mantenida con tal esmero y con tan concienzuda prolijidad, que funcionaba mucho mejor de lo que sus arritmias y quejosas intermitencias hacían suponer.
 


 

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Mario Vargas Llosa (La ciudad y los perros)

-Ha llegado un telegrama para ti, Gamboa.
Lo abrió y lo leyó rápidamente. Luego lo guardó en su bolsillo. Se sentó en la banca -los soldados se pusieron de pie y lo dejaron solo- y quedó inmóvil, con la mirada perdida.
El teniente indicó a uno de los soldados que preparara café y preguntó a Gamboa si quería una taza; este asintió. Un momento después, el Jaguar apareció en la puerta de la Prevención. Gamboa bebió el café de un solo trago y se incorporó.
-El cadete va a salir conmigo un momento -dijo al oficial de guardia-. Tiene permiso del capitán.

[Epílogo]
 
 

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Juan Benet (Volverás a Región)

¿Estaba presente el centinela? No lo sé pero no me extrañaría que así fuera. No tenía por otra parte mayor importancia porque, en resolución, aquel testigo obligado de mi primera noche de amores tenía la misma conciencia que esos muñecos vestidos de hindú que acuclillados en los escaparates de las expendedurías de café, alternativamente se llevan a los labios una taza con la diestra y un habano con la siniestra. Sólo que carecía de taza, en vez de turbante se tocaba con una boina y en lugar del habano no podía llevarse a los labios sino un escuálido cucurucho de papel de fumar. Y aunque durante muchos años no podré recordar cómo se llamaba, un día -apenas sin acordarme de él- me volvió la certeza: se llamaba Gerd, era alto como yo y debía tener cuatro o cinco años más.

[Capítulo IV]
 


 

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Juan Carlos Onetti (El astillero)

Tomó el aperitivo en el mostrador del Berna, persiguiendo calmoso los ojos del patrón hasta obtener un silencioso reconocimiento. Almorzó allí, solitario y rodeado por las camisas a cuadros de los camioneros. (Ahora éstos disputaban al ferrocarril las cargas hasta El Rosario y los pueblos litorales del norte; parecían haber sido paridos así, robustos, veinteañeros, gritones y sin pasado, junto con el camino de macadam inaugurado unos meses atrás). Se cambió después a una mesa próxima a la puerta y a la ventana para tomar el café con gotas.

[Capítulo "Santa María I"
 
 

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Antonio Muñoz Molina (El invierno en Lisboa)

Los domingos yo me levantaba muy tarde y desayunaba cerveza, porque me avergonzaba un poco pedir  café con leche a mediodía en un bar. En las mañanas de los domingos invernales hay en ciertos lugares de Madrid una apacible y fría luz que depura como en el vacío la transparencia del aire, una claridad que hace más agudas las aristas blancas de los edificios y en la que los pasos y las voces resuenan como en una ciudad desierta. Me gustaba levantarme tarde y leer el periódico en un bar limpio y vacío, bebiendo justo la cantidad de cerveza que me permitiera llegar a la comida en ese estado de halagüeña indolencia que le hace a uno mirar todas las cosas como si observara, dotado de un cuaderno de notas, el interior de un panal con las paredes de vidrio.

[Capítulo IV]
 


 

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Sergio Ramírez (Castigo divino)

Esa noche darían en la casa una cena con personas extrañas llevadas a la casa por Don Oliverio, para lo cual llegaron desde temprano a la cocina Doña Flora y la Niña María del Pilar a dirigirme. Se hicieron dos pollos fritos comprados vivos en el mercado y que yo maté y desplumé; un puré de papas, unos chayotes, arroz, con petit-pois de una lata traída de la tienda, frijoles fritos y tres plátanos hornados con  canela en raja. Tomaron café con leche y dulce de papaya verde. Supongo que bebieron vino sin yo saberlo, pues yo no serví la mesa, sino que lo hicieron la empleada Leticia Osorio y Bertilda Cáceres, la de adentro.

[Capítulo 19: Sus dedos recorren el teclado por última vez]
 

Era ya avanzada la una y hallamos la casa encendida, igual que si fuera a empezar una fiesta. Yo corrí llorando al cuarto de Matilde, y vi que habían sacado todo, solamente estaba su cama y ella en la cama, vestida con un vestido blanco de opalina que nunca se ponía porque le quedaba muy holgado de los hombros; y sobre la cara tenía un velillo de punto, como una novia lista para casarse.

Las mujeres del servicio hervían café en la cocina y lavaban tazas y escudillas que estaban siendo sacadas de los anaqueles de la tienda con ayuda de Oliverio Castañeda, por la parte de adentro. Se me acercó él, viniendo de uno de sus viajes a la cocina, y abrazándome muy fuerte, entre sus lágrimas me dijo: "¿Ya fue a verla, Alicia? Vaya, contémplela por última vez. Parece que va a sonreír a causa de una broma mía".

[Capítulo 22: Extraña conducta durante una vela]

 

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Manuel Azaña (Mi rebelión en Barcelona)

El tiempo consiente en ser medido. No hay sino la noche y el mar, y un aspa blanca los departe: la exhalación del faro que prescribe al horizonte un límite de luz. Los presos avivan el paseo o se rehogan en humo de tabaco y se descrisman en partidas de naipes, atestando la salita común. Para antes y después de la cena hemos reinventado el café más dominguero. Diversión tasada en si misma y por reglamento. Pronto están en sus celdas. Los portillos inhalan aire marino. Abiertos siempre los camarotes de par en par, la Guardia civil pasa lista a medianoche y en la madrugada y recuenta los presos.

[Capítulo "Mi rebelión en Barcelona"]

 

 

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