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Los/las participantes en la reunión internacional celebrada en París el 15 de mayo de 1999 han comprobado la existencia de numerosos llamamientos convergentes que, sobre todo en Europa y Estados Unidos de América, se han opuesto a la vez a la "depuración étnica" en Kosovo y a los bombardeos de la OTAN contra Yugoslavia. Los Estados que han lanzado o apoyado esta guerra no declarada, realizada al margen de toda legalidad internacional, han pretendido que era moral y legítima puesto que estaría exclusivamente justificada por la defensa de los derechos y las vidas de un pueblo. Admiten que se han cometido "errores" o "daños colaterales", pero éstos sólo serían "pasos en falso dentro de una buena dirección". Cualquier crítica a la guerra de la OTAN supondría, se nos dice, apoyar al régimen de Slobodan Milosevic o, en el mejor de los casos, negarse a actuar contra su política reaccionaria. Todo eso es falso. ¿Cuál es el balance de varias semanas de bombardeos de la OTAN? ¡Una tragedia! Cada día que pasa, la guerra agrava la situación de las
poblaciones civiles y hace cada vez más difícil la resolución
de los conflictos nacionales en Kosovo y en el conjunto del espacio balcánico.
Esta guerra contradice en todos los puntos sus fines proclamados. Favorece un catastrófico engranaje, del que hay que salir lo más pronto posible, entre, por un lado, la intensificación de los bombardeos, que continúan para intentar salvar la "credibilidad" de la OTAN; y, por otro, la expulsión brutal y masiva de poblaciones, acompañada de un desencadenamiento de violencias sin común medida con la represión que reinaba antes del inicio de los bombardeos. No es cierto que se haya intentado todo y que los bombardeos sean una respuesta eficaz a la represión serbia, y una respuesta adecuada a la defensa de la vida y los derechos de los kosovares. Nada se hizo para mantener y ampliar la presencia de los observadores de la OSCE y para implicar a los Estados vecinos y a las poblaciones afectadas en la búsqueda de soluciones. Los gobiernos occidentales han acelerado la desintegración yugoslava y no han tratado nunca de forma sistemática las cuestiones nacionales imbricadas dentro de esta federación. Han avalado la desmembración étnica de Bosnia-Herzegovina organizada conjuntamente en Belgrado y Zagreb. Y han dejado enmarañarse la cuestión albanesa de Kosovo porque preferían ignorar la expulsión de los serbios de la Krajina croata. Con ocasión de las negociaciones de Rambouillet, han optado por el recurso a los ejércitos de la OTAN en lugar de proponer una fuerza de interposición internacional que actuara bajo mandato de la ONU, cuando esa propuesta habría podido ser legítimamente impuesta frente a una negativa por parte de Milosevic: esa fuerza de interposición habría sido mucho más eficaz para proteger a las poblaciones que las bombas de la OTAN. Ahora hay que exigir:
La reapertura de un proceso de negociación sobre esas bases, en el marco de la ONU, no sólo no supone ninguna confianza en Slobodan Milosevic, sino que sería más desestabilizadora para su poder que las bombas, las cuales no han dejado de afectar desde hace semanas a la población y a la oposición yugoslavas. Este proceso debe basarse en un principio y ha de estar acompañado por medios indispensables. Un principio: el respeto del derecho de los pueblos, y especialmente
del pueblo kosovar albanés y serbio, a decidir por sí mismos
sobre su propio futuro, dentro del respeto a los derechos de las minorías.
Exigimos, por último, un debate público en nuestros países sobre el balance de la OTAN, sobre el papel que se atribuye de ahora en adelante y sobre las perspectivas de la seguridad en Europa. Esta no debería basarse, desde nuestro punto de vista, en una lógica de guerra o de aumento de los gastos de armamento, destinada a practicar una política de gran potencia, sino ante todo en una política de desarrollo, de erradicación de la miseria social y de realización de los derechos universales de los pueblos y de los seres humanos, hombres y mujeres. Por nuestra parte continuaremos:
Los firmantes de este Llamamiento deciden:
París, 15 de mayo de 1999 Primeros firmantes (Esta lista será actualizada periódicamente) Alemania: Joachim Bishoff, Franzisca Brautner, Richard Detj, Wolfgang Gehrcke, Friegga Haug, Wolfgang Fritz Haug, Alex Neumann, Jakob Schäffer, Dr Peter Strutynski, Frieda Wolf Austria: Wielfried Graf, Christian Felber Bélgica: Mateo Alauf, François Vercammen Dinamarca: Soren Sondergaard España: Manuel Vázquez Montalbán, Francisco Fernández Buey, Carlos Taibo, Jaime Pastor, Asceu Uriarte, Roberto Montoya, Albert Recio, Ramón Saez, Juan Serraller, Pilar Soto, Julia Varela, Fernando Álvarez Uría. Gran Bretaña: Sebastian Bogden, Daniel Singer Italia: Rossana Rossanda, Giuseppe Chiarante, Salvatore Cannavo Suecia: Anders Fogelström Estados Unidos: James Cohen Francia: Nils Andersson, Olivier Azam, Nicholas Bell, Daniel Bensaïd, Martine Billard, Alexandre Bilous, Pierre Bourdieu, Suzanne de Brunhoff, Philippe Chailan, Jean-Christophe Chaumeron, Patrice Cohen-Séat, Marianne Debouzy, Françoise Dielhmann, Zorka Domic, Bernard Doray, Yves Durrieu, Danielle Espagnola, Concepción de la Garza, Elisabeth Gauthier, Serge Guichard, Michel Husson, Isabelle Kalinowski, Pierre Lantz, Francette Lazar, Fréderic Lebaron, Catherine Lévy, Isabelle Lorand, Henri Maler, Roger Martelli, Anne Mazauric, Jean-Paul Monferran, Aline Pailler, Claude F. Poliak, Jean Sagne, Catherine Samary, Anick Sicart, Jeanne Singer, Marie-Noëlle Thibaut, Rolande Trempé, Catherine Tricot, Patrick Vassalo, Pierre Vidal-Naquet, Raphaël Weil, Francis Wurtz. Hemos recibido también mensajes de apoyo a la reunión
de Joachim Bishopp y Richard Detje (Alemania), Arthur Mitzman,
Marcel van der Linden y Michael Kratetke (Holanda), Tony Benn y
Ken Loach (Gran Bretaña), Ignacio Ramonet, por "Le Monde
Diplomatique" (Francia), Noam Chomsky y Edward Saïd (EEUU).
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