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1. El balance de más de un mes de bombardeos constantes de la OTAN está demostrando que la presunta intervención "humanitaria" no sólo es ilegítima e ilegal sino que también sus resultados son rotundamente contrarios a los fines proclamados. Las muertes causadas entre la población serbia, el éxodo masivo y forzado del pueblo albano-kosovar y los efectos devastadores generales económicos y ecológicos son sólo las manifestaciones más visibles de unos ataques cada vez más indiscriminados: en lugar de frenar la limpieza étnica en Kosovo, la han favorecido; lejos de debilitar el nacionalismo serbio, lo han reforzado, y ahora están contribuyendo a extender los enfrentamientos civiles y la inestabilidad a Montenegro, Macedonia, Albania y la región entera de los Balcanes. La preparación de una intervención militar terrestre podría agravar todavía más la escalada del conflicto y generar un mayor coste humano, social, económico y ecológico del que se tardaría largo tiempo en salir. Sólo la industria militar y el tráfico de armas están saliendo beneficiados de este desastre. El "Nuevo Concepto Estratégico" ratificado en la "cumbre" de la OTAN en Washington viene a corroborar, con mayor cinismo si cabe, que los bombardeos sobre Yugoslavia no obedecen a razones humanitarias: responden en realidad a la pretensión de Estados Unidos de erigirse en juez y policía del planeta, con la Unión Europea como simple subalterna, para, en nombre de los nuevos "riesgos" y "amenazas", permitirse intervenir militarmente al margen de la ONU en cualquier región del mundo y especialmente en su "entorno de seguridad euroatlántico". La hipócrita apelación a los derechos humanos es sólo una coartada ideológica que sirve para confundir y neutralizar a una opinión pública justamente indignada ante la creciente violación de esos derechos en numerosos países. En resumen, lo que hay detrás de esta actuación es la voluntad de imponer una "pax" imperialista al servicio de un capitalismo de "alta velocidad" generador de mayores injusticias y ajeno a cualquier control democrático. En ese contexto de una UE "pentagonal" el papel del gobierno de Aznar y de la mayoría de los partidos parlamentarios, especialmente del PSOE, es patético: su aquiescencia incondicional a los dictados de Washington y su desprecio de las condiciones del referéndum de la OTAN, al parlamento y a la opinión pública muestran la subordinación a una lógica militarista que amenaza con imponernos la implicación creciente en nuevas aventuras belicistas. 2. Nuestra condena de la escalada de la guerra emprendida por la OTAN no significa ocultar la responsabilidad principal que en el conflicto de Kosovo y en su política represiva iniciada en 1989 tiene el régimen de Milosevic. Pero las mismas grandes potencias que hoy le demonizan pactaron con él en Dayton, mientras hacían oídos sordos al poderoso movimiento de desobediencia civil que se desarrolló durante años en esa zona frente a la política de "apartheid". Por eso nadie debe dejarse engañar por la propaganda mediática: son los cálculos geoestratégicos los que han actuado ahora y los que explican la doble moral imperante, ya que no faltan casos en otros países -empezando por una Turquía miembro de la OTAN- donde se repiten situaciones similares y, sin embargo, la connivencia con ellas por parte de Estados Unidos ha sido manifiesta, como ha recordado recientemente Noam Chomsky. La complejidad de este nuevo conflicto bélico de la "postguerra fría" no permite, sin embargo, analogías simplistas e interesadas. Ni la Serbia de Milosevic es la Alemania de Hitler -que era una potencia imperialista dispuesta a la conquista de Europa-, frente a lo que sostienen muchos de los partidarios de la OTAN y sus bombardeos; ni el régimen de Belgrado puede presentarse, contra lo que proclaman algunos nostálgicos de Tito, como mero heredero de un "socialismo real" cuyo carácter burocrático y parasitario era también rechazable; ni tampoco el pueblo albano-kosovar tiene nada que ver con el régimen despótico de Kuwait, como pretenden los que quieren reducir a "mentiras" la limpieza étnica sufrida por ese pueblo, denunciada con rigor por organismos independientes de defensa de los derechos humanos. Por eso nuestro rechazo rotundo a la demonización del pueblo serbio no puede significar la solidaridad con una "nomenklatura" reconvertida en nacionalista excluyente, corrupta y represora. Tampoco basamos nuestra oposición a esta guerra en nombre de una inviolabilidad de la soberanía estatal. Porque por encima de ésta ha de encontrarse siempre, como afortunadamente se ha puesto de relieve con la sentencia sobre la extradición del dictador Pinochet, la exigencia de respeto de los derechos humanos y de persecución judicial contra dictadores y tiranos. Pero ninguna gran potencia -y menos aún aquélla que, como Estados Unidos, también los viola, fomentando además una cultura de violencia social y cotidiana- puede erigirse en intérprete y policía de la aplicación de esos derechos en cualquier parte del mundo. Añadir unilateralmente guerra a la guerra que ya existía en Kosovo ha sido la peor receta para impedir la continua violación de esos derechos. Sólo desde la presión política, diplomática y social y la dedicación de los crecientes gastos militares a la ayuda económica para la reconstrucción de esos países por parte de los organismos internacionales, apoyando al mismo tiempo a la oposición democrática serbia y el libre retorno del pueblo albano-kosovar bajo la protección de una fuerza multinacional dependiente de la ONU, se pueden volver a crear las condiciones para el gradual establecimiento de un nuevo marco de convivencia plurinacional y pluriétnico en los Balcanes. Permitir que unas grandes potencias, responsables y beneficiarias principales de la mayor parte de la riqueza generada en el planeta, se arroguen el derecho de "injerencia humanitaria" en otros países o regiones afectados por las consecuencias de las políticas neoliberales impuestas por aquéllas, no haría más que agrandar la brecha entre el "Norte", por un lado, y el Sur y el Este, por otro. Unicamente una profunda democratización de la ONU y la dotación
a su Asamblea General de la autoridad mundial necesaria para obligar a
todos los Estados a respetar todos los derechos humanos fundamentales podrían
contribuir a impedir situaciones tan condenables como la generada en Kosovo
antes y después del 24 de marzo. Pero no es esto lo que se está
buscando con una guerra que puede terminar en un nuevo pacto similar al
de Dayton y en el que salga de nuevo como perdedor el pueblo albano-kosovar,
obligado a aceptar una partición de su territorio bajo el "protectorado"
de la OTAN.
COORDINADORA CONFEDERAL DE ESPACIO ALTERNATIVO Madrid, 1 de mayo de 1999
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