4Anticapitalismo y democracia: una ciudadanía con derechos y con poderes
La lucha anticapitalista se configurará, en un futuro no muy lejano, en la lucha por la construcción de una ciudadanía cuya identificación colectiva se produzca mediante una interpretación democrática radical de los principios de libertad e igualdad en un marco de sustentabilidad ecológica. Una lucha por los derechos en la que la necesidad de regulación y la adaptación y producción de Derecho van a adquirir enorme importancia.
Derechos de propiedad versus derechos de las personas
Los elementos básicos de un programa que permita converger las luchas de las gentes de abajo y les otorgue realmente la condición de ciudadanos con derechos y poderes son pocos y sencillos de enumerar: por la igualdad social y muy particularmente entre hombres y mujeres, por la garantía de derechos universales (comenzando por un salario mínimo garantizado), por una fiscalidad redistributiva, por la seguridad alimentaria, por la seguridad ecológica, por la abolición de la deuda externa, por el pago de la deuda ecológica, por la extensión de todos los derechos sociales, por la reducción del tiempo de trabajo, por la socialización de los recursos generados por los incrementos de la productividad, por la transferencia solidaria de tecnología, por la ampliación de la protección social y de los servicios públicos.
Todo ello pone de actualidad de nuevo la cuestión de la propiedad de los recursos naturales, las finanzas, los transportes, la energía y de los medios de producción y abre el camino a propuestas de planificación y socialización con participación activa de los/as trabajadores/as, de la ciudadanía, bajo formas diferentes y buscando alternativas a partir de nuevas experiencias alejadas del estatalismo en sus viejas versiones estalinista y socialdemocráta. Y abre el camino a levantar fórmulas de eficiencia social y ambiental frente a eficacia productivista y mercantilista, fórmulas indisolubles del control popular y ciudadano mediante la democracia participativa combinando la participación/presión en/sobre las instituciones electivas de representación política con fórmulas de democracia directa.
La diversidad de los sujetos del cambio
Pero la identidad ya no es única ni estable. La construcción de esta ciudadanía, articulada en torno a relaciones objetivas, se realizará a través de identidades múltiples y cambiantes, por lo que las estructuras organizativas habrán de ser, necesariamente, adaptadas a esta nueva geometría variable que configura relaciones multiformes y asimétricas.
La lucha anticapitalista, además de impregnar toda la política de los representantes de izquierda electos en las instituciones, deberá abrir caminos para otras formas de democracia y participación y habrá de ser, por lo tanto, una lucha por la democracia participativa, radical, directa, no mediada, ajena a todo corporativismo, que posibilite hacer de la ciudadanía el agente central de las relaciones sociales, en un espacio nuevo, donde se potencien las distintas sociabilidades, desde la identidad, la singularidad y la diferencia.
La pérdida de peso político de la clase obrera industrial en los países occidentales como sujeto del cambio social no presupone su desaparición de la escena. Junto a lo anterior hay que constatar los profundos cambios habidos en la estructura social general y en la configuración interna de los sectores asalariados, así como la diversificación negativa en los modos de inserción en el mercado laboral. Todo ello exige una profunda revisión de las políticas sindicales y de los modos de organización, creando las formas necesarias para poder encuadrar a los sectores de trabajadores que no responden al patrón de la gran empresa con empleo estable. Probablemente las luchas a impulsar serán las que liguen los intereses concretos de los/as trabajadores/as periféricos con peor situación y derechos con la exigencia y ejercicio de los derechos sociales y democráticos del conjunto de las y los asalariados. La debilidad del movimiento obrero organizado para impedir la extensión de la miseria y precarización en los escalones más bajos del trabajo, erosiona su legitimidad como representante del poder social de la clase. Superar esta situación es el reto sindical fundamental de hoy y la tarea producir nuevos derechos, extender y universalizar los conquistados.
Los movimientos sociales alternativos pueden contribuir de forma muy importante a encuadrar el malestar difuso allí donde aparezca y permitir una intervención política alternativa a la meramente institucional-burocrática. Atravesados desde hace tiempo por una crisis de movilización y lo que definíamos como un encapsulamiento en su propio objetivo parece ser que también aquí nos encontramos en un compás de espera que hay que intentar acortar. Los movimientos e iniciativas sociales en el Estado español han constituido identidades de resistencia al proyecto neoliberal que algunas veces incorporan elementos míticos de las antiguas culturas anarquista, comunista e incluso de la autónoma. En este último periodo se manifiesta con claridad que los movimientos que se han articulado en torno al conflicto verde cuando se cruzan con las identidades nacionales o de defensa de la tierra, han avanzado hacia la construcción de identidades-proyecto que salen de su refugio para relacionar culturas y luchas y para concretar proyectos. Esto arrojaría algo de luz sobre el relativo ascenso de las izquierdas nacionales.
Prosigue, por otro lado, la tendencia de extensión de las redes asociativas y de iniciativas alternativas (más en diversidad que en numero de asociados), sin embargo esta claro que estan muy lejos de generar un movimiento de contestación al proyecto neoliberal. La desvertebración que sufrió la alternativa radical tiene una onda larga y con ella la disminución de su capacidad de hacer política.
Y para llevar adelante estas luchas, la reconstrucción de la izquierda alternativa exige un trabajo imprescindible de construcción de nuevos espacios de sociabilidad y de intervención política, favoreciendo procesos de sedimentación de las experiencias que van surgiendo. Un trabajo que permita –en el marco de un capitalismo “vencedor” y fortalecido, con una parte sustancial de la izquierda adaptada al sistema o con dificultades para adaptarse a la nueva situación– generar una dinámica de movilización social y de ampliación de espacios de intervención política. Un trabajo encaminado a crear tejido social potencialmente alternativo al sistema (a partir del movimiento real, de los viejos y de los nuevos y novísimos movimientos), y que contribuya a la aparición desde abajo de una sociedad fuertemente organizada y con capacidad autónoma de acción y propuesta de alternativas.Ello exige plantear una estrategia que permita la alianza (en ocasiones contradictoria) entre movimientos antagonistas y no antagonistas; que priorice la participación activa y democrática en la toma de decisiones; que luche por la generación de derechos; que ponga a su servicio el trabajo de los representantes de izquierda en las instituciones; que impulse la configuración de instituciones útiles para los intereses de las y los trabajadores (por tanto de la mayoría social); que renueve y devuelva prestigio a la acción política colectiva frente al “salvase quien pueda”; que se desmarque de las formas caducas del estatalismo de corte socialdemócrata o estalinista renovando el discurso y las propuestas a favor de lo público frente a la concepción capitalista de la primacía del derecho a la propiedad privada. En definitiva, es necesaria una alianza político-social que “produzca” sociedad organizada desde abajo.
Desde la realidad
Trabajar por construir tejido social es una prioridad, hacerlo partiendo también de las limitaciones que muestran las actuales organizaciones sociales y la movilización social, sin idealizar sus potencialidades, es una condición sine qua non para avanzar con éxito.
Hasta el momento se han desarrollado fundamentalmente luchas defensivas reactivas frente a los ataques que, si bien han incidido rápidamente en el ámbito de lo político rechazando el orden del desorden neoliberal y buscando nuevas identidades y solidaridades, no disponen de alternativas y referentes políticos globales. En muchas ocasiones las organizaciones sociales son meros núcleos minoritarios de activistas sociales que trabajan sobre un tema o grupo de temas que en momentos puntuales expanden su influencia precisamente gracias a un activismo social continuado, pero con dificultad para generar un proceso social amplio y continuado y para insertarlo en una perspectiva global de izquierdas.
En otras ocasiones consiguen cambios en todo el espectro social pero a la vez encuentran dificultades para dar continuidad a su trabajo una vez obtenida alguna victoria parcial. Bastantes de los movimientos alternativos tienen dificultad para incidir en la dinámica de las clases sociales e influir en las organizaciones de trabajadores. Algunas organizaciones sociales no son permeables a las aportaciones de otras organizaciones o de otros movimientos.
Pero, a su vez una parte de esas organizaciones y movimientos sociales que resisten –y en ello radica su principal activo– han logrado convertirse en ciertos momentos en sujetos antagonistas activos que desarrollan temáticas y prácticas innovadoras y que desarrollan nuevas capacidades de propuesta directamente política incluso en el actual contexto de baja movilización y conflictividad social y de fragmentación y dispersión política y organizativa.
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