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La globalización capitalista: el “paraíso” realmente existente

A lo largo de las tres últimas décadas de este siglo, se ha producido una profunda transformación de las relaciones en los ámbitos de lo económico y lo político, con su consiguiente correlato en las esferas de lo social y lo cultural.

El “orden atlántico”

El resultado de este proceso, que podemos calificar de reforzamiento del “orden atlántico”, se manifiesta en un cambio en las identidades, posiciones y relaciones de los actores, que configuran un nuevo escenario, producto de una ofensiva capitalista que se muestra dispuesta a poner en cuestión hasta las más elementales tesis socialdemócratas.

Estas transformaciones, trasladadas al marco de los Estados-nación y a los parámetros socialdemócratas, se traducen en una pérdida del protagonismo (y en un cambio de papel) de determinados agentes sociales, mientras socavan conceptos tales como el de ciudadanía, o el de democracia política, con las implicaciones que esto conlleva en los regímenes jurídico-políticos actuales. El Estado de hoy se muestra, por tanto, incapaz de garantizar algunos de los derechos elementales reconocidos constitucionalmente, o lo hace de forma cada vez más precaria y discriminatoria (salud, educación, igualdad ante la ley...) así como de asegurar la expansión del mercado interior, habiendo cedido instrumentos de intervención a favor de instituciones y agentes que, carentes de legitimidad democrática, configuran una red de relaciones capaz de gestionar los grandes flujos internacionales.

Una de las principales novedades en el sentido de lo expuesto es el proyecto de institucionalizar a nivel mundial las reglas de juego neoliberales haciendo de la OMC (Organización Mundial del Comercio) un tribunal internacional de comercio capaz de sancionar a quien se las salte y sin control político alguno por parte de instituciones legitimadas por la voluntad popular. Pero el proyecto imperialista no sólo pretende desregular a su favor los movimientos de mercancías, también el de capitales y a eso apuntaba el AMI (Acuerdo Multilateral de Inversiones).

El papel de USA

Estados Unidos pretende imponerse actualmente como potencia dominante en todos los planos y ha dado pasos importantes en ese sentido, si bien desiguales en sus resultados. Mayores en el plano militar, más limitados en el económico y geopolítico. A lo largo de la mayor parte del pasado siglo XX los EE.UU. no han cejado en su empeño de convertirse en la potencia imperialista hegemónica. En los años 70 se produjo un retroceso en la hegemonía económica de los EE.UU. frente al empuje del resto de potencias de la tríada (Japón y Alemania-CEE-Unión Europea) y de otras economías emergentes. La violenta reacción de la potencia hegemónica, en los años 80 bajo el mandato de Reagan, impulsando la financiarización de la economía (en detrimento de la economía productiva, y con el efecto de succión del capital financiero mundial hacia los EE.UU.), imponiendo una reestructuración antisocial de las relaciones capital-trabajo en los propios EE.UU. y en las relaciones de ese país con el resto del mundo, y utilizando la potencia de su entramado militar industrial para favorecer a los sectores productivos donde su capacidad era mayor, ha dado lugar actualmente a nueva fase de relanzamiento de la hegemonía económica de EE.UU. mediante un nuevo modelo.

La Nueva Economía

Este modelo se basa en la revolución tecnológica –especialmente en el área de las comunicaciones– y en la entrada masiva de las multinacionales productivas punteras en dichos campos tecnológicos en la onda de especulación financiera (el valor de la acción es más importante que la cuenta de resultados) que ha dado lugar a la euforia bursátil en la que, a su vez se apoya. Euforia que realimenta un proceso que se nutre del papel del dólar como moneda universal, que permite obtener ganancias rápidas y ventajas de productividad y reducción de los gastos de capital, pero cuyo futuro y estabilidad hoy por hoy son dudosos por varios motivos: profundizará la grave dualidad social ya existente en los Estados Unidos entre los sectores sociales “conectados” a la Nueva Economía, con rentas y salarios (a veces en forma no salarial) estratosféricos, y las capas de la población, cada vez más masivas, con empleos miserables o con rentas dependientes de la estabilidad de la burbuja financiera; exige un saneamiento interno de la economía norteamericana hoy inexistente pese a la imagen de prosperidad; exige la exclusión económica de países enteros; exige una total pasividad del resto de potencias imperialistas, pasividad que no se produce; y que, en el caso de la UE, comportaría la exigencia de una copia del modelo norteamericano en todos los ámbitos (monetario, financiero, tecnológico y laboral) cuyas graves consecuencias acentuarían los riesgos de inestabilidad.

A pesar de la euforia que viven los defensores del modelo neoliberal, nadie puede asegurar que el capitalismo haya entrado en una nueva onda larga de crecimiento económico, ni siquiera limitada al conjunto de los países centrales, porque siguen dándose crisis periódicas –particularmente en el plano financiero- y comienzan a reaparecer voces que ante una eventual crisis sistémica reclaman una nueva regulación del sistema financiero y económico internacional. Para que el capitalismo se adentre en una nueva era dorada el neoliberalismo deberá cercenar aún más duramente los derechos sociales e instaurar un nuevo y más agresivo modelo de explotación de la fuerza de trabajo y de expoliación de los recursos naturales sin perder el control de los efectos desestabilizadores del aumento de la pobreza.

Los efectos del nuevo des-orden

Sea cual sea el desenlace futuro de éste modelo, la tendencia del capitalismo neoliberal comporta la eliminación de todo aquello que no es mercantilizable y rentable, lo que implica necesidades humanas sin satisfacción en el Norte y auténticas catástrofes humanitarias en el Sur. La globalización capitalista comporta una creciente desigualdad entre el centro y las periferias del sistema, y un retroceso en el nivel de socialización, en lo público y en la política tal como se expresa en la privatización del sector público, la reducción de la protección social (sustituyéndola por la oferta privada), el recorte de los gastos sociales y de la inversión pública y la agudización de la competencia entre los productores a nivel mundial y por tanto entre los/as mismos/as trabajadores/as asalariados/as. La globalización capitalista no ha alejado el terror de la proliferación de los conflictos armados, a pesar de las profecías optimistas de sus defensores. Junto a ello, el proceso de globalización capitalista con su objetivo de desregulación total en el comercio internacional viene a añadir nuevos riesgos ecológicos a los ya existentes, de tal manera que se profundiza la contradicción entre el desarrollo económico productivista y la capacidad de carga del planeta, entre la economía del capital y la economía de la naturaleza.

La mundialización capitalista no sólo implica un proceso de reestructuración del capitalismo internacional en el plano económico: autonomización de la esfera financiera, liberalización de los movimientos comerciales y de los capitales, megafusiones, privatizaciones, etc., implica, también, profundas transformaciones sociales, reorganiza la influencia política en el espacio planetario, modifica los mecanismos de decisión política, desequilibra los centros de poder económicos, políticos, militares, nacionales, regionales e internacionales y asigna nuevos roles a las instituciones mundiales surgidas de la Segunda Guerra Mundial, a las transnacionales y a los oligopolios financieros e industriales. Pero la globalización capitalista, para avanzar también ha tenido que atacar desde las ideas del pensamiento único y desde los hechos -en la práctica- todo tipo de solidaridades populares (las viejas surgidas de la lucha y que lograron institucionalizarse en los países industrializados en los sistemas de seguridad y protección social) y las nuevas que surgen desde las cenizas de un tejido social debilitado y de unas organizaciones tradicionales que no se oponen todavía con las propuestas y las fuerzas necesarias.

El cómo se llevan adelante esos planes depende de la coyuntura económica, de las resistencias que aparezcan y de un sinfin de factores propios de cada país en cada momento. Por ello no basta con señalar la tendencia de fondo, es preciso afinar en nuestra situación concreta para evitar ataques imprevistos, pero también afirmaciones catastrofistas alejadas de la percepción de las gentes.
 

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