No se trata, desde luego, de sostener que nos encontramos ante una situación de equlibrio entre ambas fuerzas, ya que todavía la balanza se inclina a favor del bloque transnacional dominante. Quizás sea el conflicto palestino-israelí el foco en el que se reflejan más trágicamente la doble moral de "Occidente" y la falacia de su superioridad frente a otras culturas; pero es también ahí donde se comprueba la debilidad de un movimiento de solidaridad internacional que ponga freno al genocidio cotidiano. Nos encontramos así ante una bifurcación histórica en la que nos vemos emplazados ante la necesidad de optar entre seguir el rumbo actual hacia un "barbarismo" globalizado -en la expresión empleada por Istvan Meszaros- o, por el contrario, forzar un cambio radical hacia un nuevo proyecto de sociedad y de civilización.
Ante ese escenario la mayoría de las formaciones de izquierda ha sido cogida de sorpresa ante la fuerza que está adquiriendo la protesta popular en muchos países y frente al escaso margen de reformismo que les ofrece la autoafirmación del neoliberalismo en su cara más "dura". Recientemente, en un periódico de gran tirada aparecía un artículo de opinión sobre la crisis de la socialdemocracia que no podía ser más patético: en él se reconocía que se estaba produciendo un "divorcio de legitimidad" entre los representantes políticos, por un lado, y los movimientos sociales emergentes, por otro; a continuación se pedía, nada más y nada menos, que "la socialdemocracia, si quiere jugar ahora bien sus bazas, tendrá que romper con toda su historia pasada y virar hacia un internacionalismo verdadero". Semejantes diagnóstico y propuesta, viniendo de uno de los entusiastas seguidores de Giddens, no hacen más que confirmar hasta qué punto las elites "social-liberales", sobre todo allí donde han gobernado o todavía gobiernan, se han ido asociando a un neoliberalismo global que ahora se permite avanzar abiertamente por una "cuarta vía": la que hoy tiene en Berlusconi, Aznar y Blair y sus respectivas "empresas-Estado" autoritarias y xenófobas las vanguardias europeas dispuestas a "americanizarse" a ritmos acelerados.
Y sin embargo cada vez son más las gentes que se mueven y, con ellas, una nueva generación que parece estar poniéndose en marcha frente a un mundo que le niega el futuro. El pronóstico de la gran prensa financiera, según el cual el movimiento "antiglobalización" no iba a poder resistir los efectos del 11-S, se ha visto desmentido con el éxito del II Foro Social Mundial de Porto Alegre y con la solidaridad mostrada con el pueblo argentino. Tampoco hay garantías de que, tras el fracaso de las ilusiones en la "nueva economía" y el escándalo de Enron, el nuevo "keynesianismo militar" estadounidense se convierta en motor de una nueva fase de crecimiento que, en cualquier caso, redundaría en beneficio de una minoría dispuesta a hacernos olvidar que las conquistas sociales alcanzadas en los países del "Centro" son derechos a reivindicar y a generalizar para el conjunto de la Humanidad.
Porque ya no es posible pensar en el eje partido-sindicatos como palanca principal para la recomposición de la izquierda, como tampoco lo es soñar con una regeneración de la socialdemocracia o, en fin, con el nominalismo de unos partidos "comunistas" que en su interior siguen sin resolver la contradicción entre la nostalgia de un pasado político y cultural difícilmente disociable del fracasado "socialismo real" y su voluntad de confluir con lo "nuevo" mediante una autorreforma inconclusa. En el mejor de los casos, sectores de éstos últimos podrán ser parte de un nuevo proyecto anticapitalista pero ya no pueden aspirar a ser el "motor" o la "vanguardia" del mismo.
Por eso, sin autoproclamaciones ni sectarismos, debemos esforzarnos por que desde el "movimiento de movimientos" vaya emergiendo una nueva izquierda que tiene que ser anticapitalista -ya que, aunque no negamos la importancia de la lucha por demandas y reformas parciales, éstas no podrán liberarnos de un sistema basado en la explotación e intrínsecamente injusto- y alternativa -dispuesta a reinventar un socialismo emancipador de todas las opresiones y garante de la supervivencia futura de la humanidad y de toda forma de vida en el planeta-, capaz también de innovar en sus formas de organización y de democracia participativa y de mostrar en sus formas de lucha -con el retorno a primer plano, junto a la huelga y la manifestación, de la desobediencia civil- la coherencia entre los fines y los medios que propugna. Esa otra izquierda necesaria no tiene por qué despreciar el esfuerzo por lograr una representación institucional e incluso por gobernar allí donde tenga la fuerza social y el peso electoral suficientes, como puede ser el caso de Brasil en un futuro cercano; pero, si quiere evitar las metamorfosis sufridas por la mayoría de la izquierda en el siglo pasado, tendrá que partir de la centralidad de los movimientos sociales y de la reconstrucción de un nuevo movimiento obrero dispuesto a desafiar al poder del capital en todos los ámbitos en los que extiende su dominio.