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Nº
18, enero
2.002 http://www.nodo50.org/espacioespacio@nodo50.org |
Corriente alterna Un papelón rojo, verde y violeta del espacio alternativo
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La Argentina de hoy comparada a la de los años 1940-1950-1960 ha cambiado fundamentalmente. Ha sufrido una regresión como potencia industrial periférica, y hoy, la mayoría de la población argentina, vive peor que hace treinta años. Entre el comienzo de la dictadura (marzo de 1976) y el año 2001, la deuda se multiplicó casi por 20, pasando de menos de 8.000 millones de dólares a cerca de 160.000 millones. Durante ese mismo período, la Argentina rembolsó alrededor de 200.000 millones de dólares, o sea, cerca de 25 veces lo que debía en marzo de 1976 . (...) Después de un cuarto de siglo en ese escenario, el país está desangrado. Los salarios y los beneficios sociales han caído terriblemente, el desempleo es altísimo, los servicios públicos están en un estado lamentable, la pobreza se extiende a sectores cada vez mayores de la población (incluyendo a sectores que en el pasado vivían con un cierto confort), las cajas del Estado, están vacías, una gran parte del aparato productivo está abandonado y el resto en manos extranjeras. Ya no queda gran cosa a privatizar. La protesta social ya se manifiesta (varias huelgas generales ya desde el 2000, cierre de rutas por los "piqueteros", revueltas en ciudades pauperizadas y de barrios enteros). Claramente, la Argentina es uno de los eslabones débiles de la cadena del endeudamiento internacional. Posiblemente la cadena se romperá gracias a este país. Pero no hay nada ineluctable. La crisis puede prolongarse durante años. (...)El período durante el cual la deuda argentina literalmente explotó, corresponde al de la dictadura militar del general Videla (1976-1981). La política económica promovida por Martínez de Hoz. Ministro de Economía de la dictadura, a partir del 2 de abril de 1976 marca el inicio de un proceso de destrucción del aparato productivo del país, creando las condiciones para una economía especulativa que desbastó el país. La mayor parte de los préstamos otorgados a la dictadura argentina, provenían de bancos privados del Norte. Estos contaban con el total acuerdo de las autoridades de los Estados Unidos (tanto de la Reserva Federal como de la Administración norteamericana). Los "maestros" argentinos de la política de endeudamiento eran el Ministro en Economía Martínez de Hoz y el Secretario de Estado para la Coordinación y la Programación Económica, Guillermo Walter Klein. Para obtener préstamos de los bancos privados, el gobierno exigía de las empresas públicas argentinas que se endeudaran con los banqueros privados internacionales. Las empresas públicas se convirtieron entonces en una palanca fundamental para la desnacionalización del Estado, a través de un endeudamiento que entrañó el abandono de una gran parte de la soberanía nacional. (...)El endeudamiento masivo del Estado argentino fue justificado por los responsables económicos de la dictadura y por el FMI, como la forma de aumentar sus reservas en divisas extranjeras para sostener una política de apertura económica. Con una buena gestión económica, el aumento de las reservas internacionales del Estado argentino habría debido ser el producto de las actividades de intercambio en el mercado mundial. Las reservas internacionales anunciadas por la dictadura argentina provenían del endeudamiento. Las reservas no eran ni administradas ni controladas por el Banco Central. De manera general, los empréstitos por sumas fabulosas contratados con los banqueros del Norte eran inmediatamente recolocadas como depósitos en estos mismos bancos o en otros bancos competidores. 83% de estas reservas fueron colocadas en 1979 en instituciones bancarias de fuera del país. Las reservas se elevaron a 10.138 millones de dólares y los depósitos en los bancos exteriores a 8.410 millones de dólares. El mismo año la deuda externa pasaba de 12.496 millones de dólares a 19.034 millones de dólares (OLMOS, 1990, p. 171 y 172). En todos los casos, el interés recibido por las sumas depositadas era inferior al interés pagado por la deuda. La lógica de esta política para las autoridades que la organizaron era 1º) el enriquecimiento personal gracias a las comisiones pagadas por los banqueros del Norte; 2º) se trataba de aumentar las reservas internacionales para sostener el importante aumento de las importaciones, sobre todo la compra de armas; 3º) la política de apertura económica y endeudamiento recomendado por el FMI permitía a la dictadura argentina mejorar su credibilidad internacional cerca de los principales países industrializados, comenzando por los Estados Unidos. La dictadura argentina no habría podido mantener el régimen de terror interno en los primeros años (1976-1980) sin la bendición de la administración norteamericana. Por su lado La Reserva Federal de los EUA, estaba mas que inclinada a apoyar la política económica de la dictadura argentina, cuando una gran parte del dinero de la deuda estaba depositado en los cofres de los bancos norteamericanos. Desde el punto de vista de la administración estadounidense y del FMI, el endeudamiento argentino hacía volver al regazo norteamericano a un país que durante décadas había afirmado un nacionalismo crítico y había conquistado un cierto despegue económico durante el régimen peronista. (...) Esa deuda (la deuda exterior pública argentina) es odiosa e ilegítima. Los acreedores no tienen derecho a continuar recibiendo el servicio de ese tramo de la deuda. Sus créditos son nulos. Como las nuevas deudas contraídas desde 1982-1983 sirvieron esencialmente para rembolsar las anteriores, ellas mismas están teñidas de ilegitimidad. Argentina puede apoyarse perfectamente en el derecho internacional para justificar la decisión de no pagar su deuda externa. Varios argumentos jurídicos pueden ser invocados, entre los cuales cabe citar: la noción de deuda odiosa (la deuda argentina fue contraída por una dictadura culpable de crímenes contra la humanidad (los acreedores no pueden alegar desconocimiento de ello); la fuerza mayor (al igual que los otros países endeudados, Argentina se confrontó a un cambio brutal de situación a causa de la decisión de aumentar las tasas de interés en forma unilateral por parte de los Estados Unidos a partir de 1979); y el estado de necesidad (las finanzas argentinas impiden la prosecución del pago, ya que éste imposibilita el cumplimiento de las obligaciones asumidas con la firma de pactos internacionales en lo que respecta a los derechos económicos y sociales de sus ciudadanos La suspensión de los pagos de la deuda debe ser completada por otras medidas esenciales. He aquí algunas propuestas para el requerido debate. Primera, la exigencia de una investigación internacional sobre los activos acumulados ilegítimamente por residentes argentinos y colocados en el extranjero (segun el BIS, los depósitos de capitalistas argentinos en bancos de los países más industrializados alcanzan grosso modo a 40.000 millones de dólares – ver BIS, Quarterly Review: International Banking and Financial Market Developments June 2001, www.bis.org). El objetivo es recuperar la máxima cantidad posible de fondos sustraídos a la Nación. Segunda, la implantación de medidas de control sobre los movimientos de capitales y operaciónes de cambio, afin de impedir que continúe la fuga de capitales y para protegerse de ataques especulativos. Tercera, la puesta en marcha de una política fiscal redistributiva: impuesto excepcional sobre el patrimonio del decil más rico de la población, impuestos sobre las ganancias del capital, disminución del IVA sobre los productos y servicios de base,... Cuarta, derogación de los decretos y leyes que impongan una reducción de los salarios y jubilaciones (y de otras prestaciones sociales). Defensa y refuerzo del sistema de seguridad social. Asegurar un ingreso mínimo y garantizado para todos los desocupados y aumentar los salarios y las jubilaciones para recrear el poder adquisitivo es la condición básica de cualquier alternativa progresista al curso actual. La "confianza de los consumidores" se recupera derogando la reforma laboral y asegurando la estabilidad del empleo y no esperando el "derrame" de los beneficios que obtengan los empresarios. Quinta, estatización de las empresas privatizadas indebidamente comenzando por las correspondientes a los sectores estratégicos (energía, petróleo, comunicaciones,...). En el plano internacional favorecer la constitución de un frente de los países endeudados., desarrollar las complementariedades y los intercambios Sud-Sud; oponerse de manera enérgica al ALCA; oponerse a la ofensiva militar de los EE.UU: (bases militares, pantalla antimisiles de Bush que intentará crear una base estratégica en el cono Sud; Plan Colombia); apoyar las iniciativas a favor de la imposición de una tasa tipo Tobin, sobre las transacciones financieras internacionales. Las distintas propuestas que anteceden constituyen pistas sobre una alternativa al modelo neoliberal. No se trata de un programa para tomar o dejar. Se trata de mostrar que existen soluciones si se desea dar la espalda a la lógica infernal del endeudamiento eterno y a la dependencia que cada vez más acentuada.
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¿Por qué es tan grave la crisis económica argentina? ¿Cómo se explica la continuada depresión actual? La recesión persiste desde hace tres años, duplicando la duración tradicional de las contracciones cíclicas, la caída de la inversión alcanza a todos los sectores y el producto bruto ha decrecido un 4,3 por ciento desde principios de 1998. La vigencia de tasas de interés cinco veces superiores al promedio internacional, frustra cada asomo de reactivación y el consumo se ha desplomado por la drástica contracción del poder adquisitivo. La pobreza afecta al 37 por ciento de la población, el desempleo al 30 por ciento y el ingreso de la mitad de los asalariados es inferior a 500 pesos. No existe ningún antecedente en la historia del país de un descalabro social de esta magnitud. El punto crítico de esta crisis es la virtual cesación de pagos externa que afronta Argentina desde hace un año. La imposibilidad de cumplir con los vencimientos de la deuda pulverizó el "blindaje" de Machinea y amenaza la continuidad de todas las medidas de Cavallo. Muchos acreedores descuentan que tarde o temprano el gobierno argentino deberá reconocer su insolvencia y recurrir a una moratoria forzada. Saben que los acuerdos de refinanciación con el FMI son incumplibles y por eso la tasa de riesgo-país (que mide cuánto pueden perder) se mantiene en un nivel exorbitante. Cavallo esperaba lograr un respiro posponiendo pagos de la deuda a través del megacanje de viejos títulos por nuevos bonos de vencimiento más prolongado. Pero como el Tesoro norteamericano y el Banco Central Europeo se negaron a aportar garantías para estas emisiones, el costo de la operación ha sido escandaloso. Los compromisos de pago se incrementan en 47.400 millones de dólares y, cuando concluya el período de dos o tres años de gracia, reaparecerá la imposibilidad de afrontar los vencimientos. Mucho antes de esa fecha, los acreedores volverán a exigir privilegios de cobro frente a los jubilados y los empleados públicos. Como el megacanje tampoco despejó el camino para la reactivación, Cavallo apuesta ahora a las exportaciones y por eso abrió las compuertas de un proceso devaluacionista, con la reintroducción del mercado cambiario desdoblado en un sector comercial y otro financiero. Aunque afirme que la convertibilidad se mantiene firme en este primer ensayo de paridad mitad euro y mitad dólar, ya encontrará el argumento para justificar una devaluación si el declive recesivo no se detiene. Mientras persista la regresión del PBI, cualquiera de sus medidas puede desembocar en una crisis mayor, que incluiría el abandono masivo de títulos públicos, depósitos en pesos y papeles de empresas argentinas. Si aparecen estas corridas, quedará planteado un giro económico más radical hacia la maxidevaluación, la dolarización o ambas. El contexto actual recuerda las grandes situaciones de colapso registradas en las últimas décadas (rodrigazo de 1975, estatización de la deuda a principios de los 80, hiperinflación de 1989) y torna muy insatisfactorias las explicaciones coyunturales, que atribuyen la crisis a la "corrupción de Menem" o a la "inoperancia de De la Rúa".
Las cambiantes justificaciones neoliberales
Hasta el año pasado los neoliberales reducían la crisis a una lamentable coincidencia de dificultades externas (apreciación del dólar, devaluación del real, caída del precio de nuestras exportaciones, baja del euro, derrumbe de otras economías periféricas). Pero este tipo de adversidades ha sido muy frecuente en el pasado. Lo único novedoso es la acentuada indefensión frente a estas contingencias, como consecuencia de la liberalización financiera, la desnacionalización industrial, la apertura comercial y la renuncia a la soberanía monetaria y cambiaria. Pero, como reconocer este resultado equivaldría a admitir su fracaso, los economistas ortodoxos recurren a su explicación predilecta: el alto gasto público. Afirman que "sólo el sector privado hizo el ajuste", como si los empresarios y los trabajadores formaran una solidaria colectividad que comparte los sacrificios. En su cruzada contra el déficit ocultan que este desbalance no proviene del gasto social, salarial o educativo, sino de la existencia de múltiples mecanismos de subsidio directo e indirecto a la clase dominante. Pero los neoliberales especialmente omiten que la principal fuente de colapso de las finanzas públicas son los propios pagos de intereses de la deuda. Estas erogaciones triplican los gastos de administración del gobierno, insumen seis veces más fondos que la asistencia social y 23 veces más recursos que los planes de empleo. El gasto público se automultiplica con cada refinanciación de la deuda y no hay forma de eliminar este desequilibrio con nuevas privatizaciones. Un remate de todos los bienes públicos existentes -Casa de Gobierno y Congresos incluidos– podría reducir los 6.000 millones de dólares al año comprometidos en sueldos del personal, pero no atenuaría los 11.400 millones que absorben los intereses de la deuda. Basta observar las recientes comisiones que se pagaron por el megacanje para notar cuáles son los mecanismos de expansión permanente del déficit. Pero estas evidencias son invisibles para los expertos en despotricar contra el "derroche de las provincias y la ineficiencia del sistema educativo y sanitario". Los neoliberales también olvidan que el agujero fiscal se descontroló con la eliminación de los aportes patronales al sistema de previsión social. Este "incentivo al empleo" contribuyó a generar el actual récord de desocupación y provocó una pérdida de ingresos fiscales equivalente a un tercio de la deuda pública. Luego de acumular una cuantiosa masa de dinero, las AFJP [nota: gestoras privadas de pensiones de jubilación] se han convertido en grandes acreedores de un Estado insolvente, que mantiene en la miseria a los jubilados actuales y amenaza con empujar a una situación peor a la próxima generación del sector pasivo. Frente a esta perspectiva y para proteger el negocio de los fondos de pensión, el gobierno proyecta aumentar la edad jubilatoria y reducir el haber mínimo. Es evidente que, reinstaurando la totalidad de los aportes previsionales y eliminando el parasitario sistema que gestionan las AFJP, podría comenzar a remediarse el desequilibrio fiscal que tanto cuestionan los neoliberales. Pero como este correctivo afectaría las ganancias del establishment, los economistas ortodoxos ni siquiera consideran esta alternativa. Bajo el impacto de la quiebra de Aerolíneas, algunos neoliberales han comenzado a aceptar que las "privatizaciones mal hechas" han contribuido a la crisis actual. Pero lo ocurrido con la empresa aérea es un típico caso de vaciamiento fraudulento que no puede ser clasificado en términos de correcto o incorrecto desprendimiento de un bien público. En las restantes privatizaciones: ¿cuáles fueron bien realizadas?, ¿los sistemas subsidiados de ferrocarriles y peajes?, ¿la venta de compañías telefónicas a precios irrisorios?, ¿la entrega de empresas energéticas con pasivos asumidos por el Estado?, ¿el otorgamiento de licencias de explotación monopólica a compañías eléctricas? Es evidente que en cualquiera de estos casos, el Estado, lejos de "retirarse de la economía", afianzó su rol subvencionador, garantizando en un período deflacionario aumentos de tarifas que oscilan entre el 40 y el 100 por ciento. Si las empresas privatizadas hubieran tenido que afrontar la misma competencia externa que rige para el resto de la economía, habrían terminado igual que Aerolíneas. Pero, a pesar de estas evidencias los economistas que acaparan la audiencia televisiva continúan hablando de las "privatizaciones faltantes" (Banco Nación, empresas provinciales, Lotería, etc.) y de las "reformas pendientes" en salud y educación, como si este tipo de trasformaciones tuviera algún efecto provechoso para el grueso de la población.
Amnesia + Esquizofrenia
Agotados los argumentos, los neoliberales recurren a las creencias. Prometen que la dolarización "completará las reformas" al asegurar la confiabilidad de la moneda y la afluencia de capitales externos. Pero eluden todo comentario sobre el desinterés de la Reserva Federal norteamericana en socorrer bancos, empresas o signos monetarios foráneos y tampoco ilustran el efecto de la dolarización en naciones como Panamá, que soportan el mismo tipo de crisis de cualquier país latinoamericano. El nuevo régimen monetario sólo facilitaría traspasos de propiedad favorables a los grupos que manejan divisas, luego de un ajuste deflacionario más profundo. El discurso neoliberal combina amnesia con esquizofrenia. Pondera las "transformaciones de 1991-95" como si estos cambios fueran ajenos al desastre posterior y exculpa a sus artífices de toda responsabilidad por la pauperización actual. En otras ocasiones atribuyen la crisis al retraso tecnológico y a la desactualización científica de la Argentina, olvidando su activa militancia a favor del recorte presupuestario a la Universidad y la clausura del Conicet. La política neoliberal ha sido instrumentada hasta ahora mediante tres modalidades justificatorias. Primero la actitud resignada de Machinea, que redujo los sueldos de los empleados públicos y elevó los impuestos a la clase media declarando que "no se puede hacer otra cosa". Posteriormente apareció la agresión explícita de López Murphy, que intentó elevar la escala del atropello, presentando los ajustes ya padecidos como ejemplos de gradualismo. Y finalmente ha llegado el pragmatismo de Cavallo, que desmiente a la noche lo que propone a la mañana, acumulando un récord de iniciativas que se abandonan antes de ser anunciadas. Habló de priorizar la reactivación con subidas de aranceles, reducciones de encajes y subsidios sectoriales, pero luego giró hacia la dureza fiscal, la generalización del IVA y la duplicación de la meta recaudatoria de su antecesor. Cuestionó el endeudamiento ruinoso del Estado, pero emitió títulos que aseguran altas tasas y privilegios impositivos a los bancos. Habló de un blanqueo que dejó inmediatamente en suspenso y, mientras propone distanciar el peso del dólar para aproximarlo al euro, alienta contradictoriamente el abandono del Mercosur para ingresar unilateralmente al ALCA. Además, prometió mantener la convertibilidad y abrió la canilla de una guerra de devaluaciones competitivas en Sudamérica. El superministro demostró en el pasado su inclinación a contrariar en la gestión práctica las teorías defendidas desde el llano ya que en los 90, antes de asumir y sobrevaluar el peso, propugnaba un eje exportador. Pero también Carlos Rodríguez y Roque Fernández fueron los campeones de la austeridad fiscal hasta que manejaron el gasto público y Machinea era un hombre de la industria antes de convertirse, desde el sillón ministerial, en un agente de los bancos. Todos los funcionarios que asumen la jefatura del Palacio de Hacienda toman distancia del lobby que los llevó al poder, para equilibrar los intereses en juego entre los distintos grupos empresarios. Pero este arbitraje se ha vuelto muy difícil y por eso Cavallo adopta medidas tan improvisadas y cambiantes. Ahora ya no puede distribuir beneficios como hace diez años, sino que debe repartir las pérdidas entre las dos principales fracciones capitalistas: el sector industrial y exportador y el núcleo de banqueros y empresas privatizadas. Cavallo ha hecho hasta ahora todos los malabarismos posibles para contentar a ambas corporaciones. Favoreció al primer grupo incorporando gente de la UIA a su gestión, desplazando a Pou del Banco Central, reduciendo impuestos con "planes de competitividad" y otorgando un dólar preferencial a los exportadores. Pero le aseguró al segundo sector el manejo continuado de la política monetaria y del lucrativo negocio de la deuda, garantizando además los contratos dolarizados de las compañías privatizadas. Pero este equilibrio también puede naufragar si la recesión continúa.
Las críticas antiliberales
La mayoría de los economistas que se oponen a la política actual focalizan sus cuestionamientos en el modelo neoliberal, pero presentan caracterizaciones muy variadas de este esquema. En la visión más corriente, se identifica esta orientación con la convertibilidad. Algunos opinan que la paridad uno a uno siempre fue inadecuada y otros consideran que fue exitosa para superar la hiperinflación, pero inoportuna luego de la estabilización monetaria. Ambos enfoques proponen devaluar directamente o en forma selectiva (sancionando, por ejemplo, puniciones a los bancos, pero no a los ahorristas). Pero la convertibilidad, más que una "política inadecuada", es un instrumento de disciplinamiento monetario destinado a garantizar el pago de la deuda externa. Es un mecanismo limitativo de la emisión para brindar seguridades de cobro a los acreedores. Este propósito fue socavado por los propios desequilibrios que generó la paridad uno a uno al acentuar la pérdida de competitividad exportadora, agravar el bache fiscal y sustituir la vieja emisión por el endeudamiento descontrolado. Pero analizar estas contradicciones omitiendo la función principal de este régimen cambiario conduce a mirar el árbol ignorando el bosque. La convertibilidad constituye tan sólo una variante de subordinación de la política económica a los acreedores frente a la tradicional flotación cambiaria. En ambas modalidades se renuncia a la soberanía monetaria bajo la presión de los banqueros, que imponen en el primer caso ajustes directamente recesivos y, en el segundo, shocks devaluacionistas. Ambos sistemas crean espejismos temporarios. La convertibilidad genera la impresión de una repentina solidez monetaria y las devaluaciones parecen indicar que las naciones dependientes manejan su política exportadora. Pero estas ilusiones se desploman en la crisis, cuando se evidencia que el abismo de productividad que separa a la Argentina de Alemania no desaparece por la jerarquización común de la estabilidad monetaria, ni la brecha entre Brasil y Japón disminuye porque ambos prioricen el superávit comercial. Suponer que la crisis puede resolverse saliendo de la convertibilidad es tan ilusorio como imaginar la viabilidad de algún mecanismo de "devaluación popular", que evite la depreciación del salario o la expropiación de los pequeños ahorristas. Manteniendo invariables los compromisos de pago de la deuda y el control de los resortes de la economía por parte del FMI, cualquier devaluación tendrá un efecto empobrecedor. Muchos cuestionadores de la política actual remarcan las consecuencias recesivas de la convertibilidad y especialmente la permanencia de altas tasas de interés por la "falta de políticas activas". Pero esta carencia tampoco deriva exclusivamente del cepo cambiario. Lo que impide a todas las naciones periféricas aplicar políticas keynesianas reactivantes es su dependencia de las auditorías del FMI, que restringen el crédito interno a la inversión y al consumo para asegurar el cumplimiento de la deuda. Aunque la magnitud de este pasivo no es porcentualmente superior al predominante en los países centrales, está nominado en moneda extranjera y depende de su periódica refinanciación externa. Por eso el ciclo económico en estos países está más sujeto al monitoreo de los acreedores (y a la consiguiente entrada y salida de capitales) que a las fuerzas internas de la demanda. Este condicionamiento explica por qué la nueva élite de los organismos financieros ha asumido la gestión macroeconómica directa de los países endeudados, en reemplazo de las viejas burocracias nacionales. Es muy frecuente escuchar que el peso de la deuda ha consolidado la supremacía de los "financistas parasitarios sobre los industriales productivos". Se contrastan especialmente los privilegios de los banqueros que lucran con altos encajes y ganancias de intermediación con las desventuras de los empresarios agobiados por el encarecimiento del crédito. Pero esta línea divisoria olvida el enorme entrelazamiento entre ambos grupos y la diversificación financiera de las grandes empresas, que manejan además una importante porción de los títulos públicos. Los industriales participaron del festival de las privatizaciones y han sido los principales beneficiarios del incremento de la productividad que soportaron los trabajadores durante la primera mitad de la década pasada. Las víctimas del modelo han sido los asalariados, cuyas remuneraciones cayeron 0,5 por ciento con cada punto de aumento del producto, y no los capitalistas que usufructuaron de la precarización laboral durante todas las circunstancias económicas de los años 90. Sobre el conjunto de los desposeídos se ha instalado en la actualidad el drama de la exclusión, es decir la expulsión del mercado laboral. Esta marginación es el resultado del círculo vicioso de ajustes que generan más desempleo y menor poder adquisitivo, en una economía que tiene el 80 por ciento de su producto centrado en el mercado interno. Pero la desocupación creció junto a la explotación, que beneficia a los capitalistas y que es promovida como un objetivo estratégico por la clase dominante. Por eso Cavallo debutó obteniendo poderes especiales del Congreso para acelerar la reforma laboral, derogar estatutos especiales y eliminar indemnizaciones y la ultraactividad. La apertura importadora se instrumentó al servicio de este propósito explotador y, lejos de "afectar a todos", permitió a los grandes grupos económicos abaratar el salario y destruir simultáneamente a sus competidores de la pequeña y mediana industria. Es evidente, por lo tanto, que la política neoliberal potenció la crisis económica argentina a través de la convertibilidad, el ajuste monetario, la exclusión y la apertura. Pero este modelo no es la causa de una depresión que afecta al conjunto de la periferia y que tiene sus raíces en la dinámica mundial del capitalismo.
El colapso general de los países dependientes
La crisis argentina constituye un eslabón de las conmociones que golpean a todos los "mercados emergentes" (México 1995, Sudeste Asiático 1997, Rusia 1998, Brasil 1999, Ecuador 2000). Esta escalada se ha desarrollado como un "efecto dominó" afectando indiscriminadamente a las economías dependientes, cualquiera sea su ubicación y política monetaria o fiscal. En todos los casos la caída de los precios de los productos exportados y la fuga de capital tuvieron impactos sociales demoledores. Aunque podría identificarse la existencia de una política neoliberal común en todos los países afectados, las modalidades de esta orientación son muy diversas, mientras que la inserción capitalista dependiente es común a todas estas naciones. En estos países se verifican las consecuencias de la polarización mundial de ingresos entre países avanzados y retrasados que ha provocado la reorganización capitalista de los años 90. Las naciones periféricas han sido particularmente desfavorecidas por la generalizada ofensiva patronal contra el trabajo, por la expansión geográfica y sectorial del capital y por la furia competitiva que acompaña el avance de internacionalización de la economía. Se estima que la brecha entre las naciones desarrolladas y subdesarrolladas aumentó de 30 a 60 veces en las últimas tres décadas, reforzando la concentración del 86 por ciento del consumo total en el 20 por ciento de la población mundial. Las naciones dependientes han soportado una sistemática y creciente transferencia de recursos hacia las grandes corporaciones de los países avanzados por la triple vía del intercambio desigual en el comercio, el pago de la deuda externa y el giro de las ganancias resultantes del pago de salarios bajos, en el sector internacionalmente integrado de la industria periférica. El retraso tecnológico, la fragilidad financiera, la dualidad industrial y las desventajas comerciales prevalecientes en estas economías se acentuaron sensiblemente en los últimos años provocando la actual secuela de crisis agudas y continuadas. La debacle que sufre la Argentina es, por eso, semejante a la padecida por el grueso de los países latinoamericanos, asiáticos, africanos y del este europeo. El correlato político de esta degradación ha sido un proceso de recolonización, es decir de pérdida de autonomía de las clases dominantes locales como consecuencia de su creciente entrelazamiento con el capital extranjero y, por eso, los funcionarios del FMI han alcanzado un poder de decisión sin precedentes. Esta nueva situación puede resumirse con un viejo concepto: agravamiento de la opresión imperialista. Como las restantes naciones dependientes, la economía argentina recepta con mayor intensidad las consecuencias de la sobreproducción, soporta el impacto de la caída tendencial de la tasa de ganancia en las economías centrales (tanto en las fases de plena declinación como en las etapas de parcial recuperación) y padece la insuficiencia del poder adquisitivo de gran parte de la población. Estos desequilibrios dan pie a operaciones especulativas asociadas con el endeudamiento. Pero limitarse a caracterizar estas acciones como "actos inmorales del capital rentista" impide observar el trasfondo de sistemática transferencia de valor hacia las corporaciones imperialistas. Si el mismo parasitismo financiero ha tenido efectos tan distintos en Estados Unidos o Gran Bretaña en comparación con cualquier país periférico, es por la existencia de este proceso de polarización imperialista. La economía argentina acompaña el retroceso general de Latinoamérica en el mercado mundial, signado por el bajo crecimiento predominante a partir de la década perdida de los 80. Como el resto de la región ha contribuido a la recuperación hegemónica norteamericana financiando el saneamiento de los bancos estadounidenses afectados por la deuda regional, abriendo nuevos mercados para la exportación de la principal potencia y facilitando la remisión de utilidades de las corporaciones radicadas en la zona. La clase dominante argentina viabilizó este proceso de transferencia de ingresos en desmedro del mercado interno y fracasó, además, en la erección de un polo de negocios de cierta autonomía en torno del Mercosur. Ahora parece girar hacia una incorporación al ALCA, que Estados Unidos promueve para desplazar a sus competidores europeos de Sudamérica. La crisis argentina forma parte de una reorganización capitalista que desfavorece a todas las naciones subdesarrolladas. Pero es particularmente aguda porque converge con un retroceso de más largo plazo que ha erosionado la tradicional ubicación del país en los escalones más altos de la periferia. El producto per cápita actual apenas supera el nivel alcanzado en 1974 y el importante crecimiento del PBI de 127 por ciento entre 1949 y 1974 contrasta con el lánguido avance de 55 por ciento desde esa fecha hasta la actualidad. A diferencia de Corea del Sur, la economía argentina no colapsa al verse obligada a competir con las grandes corporaciones, sino al perder continuadamente posiciones en el mercado mundial. Tal como ocurre con los nuevos países periféricos que transitan por la restauración capitalista –como Rusia–, soporta una sistemática destrucción de sus logros económicos del pasado. Enfrenta incluso, por primera vez, situaciones de pobreza extrema típicas de la periferia inferior. Pero este tipo de declives no es una novedad bajo el capitalismo, que es un sistema estructurado en torno a la ganancia y a la consiguiente emigración de los capitales hacia las regiones que prometen mayor beneficio. Dentro de la "arquitectura estable" que separa a las naciones imperialistas de los países periféricos rige una "geometría variable" del subdesarrollo, que genera reubicaciones, ascenso y retrasos en el mapa interior de las naciones relegadas. La gravedad de la crisis económica argentina ha inducido a muchos analistas a indagar sus causas en el plano político. Algunos intelectuales argumentan que el retroceso productivo obedece a la inestabilidad institucional creada por la consolidación de un "Estado mafioso". Otros remontan estas mismas dificultades a la "herencia militar", la "falta de respeto a la ley" o la "ruptura del orden constitucional en 1930".
"Estado mafioso" e "idiosincrasia de país rico"
Pero aunque es evidente la acelerada erosión del régimen político bajo el impacto de los sobornos, el lavado de dinero y el narcotráfico, estas fuerzas disgregadoras constituyen más bien un resultado de la continuada debacle económica, que destruye sistemáticamente las reglas de juego del sistema y deteriora la autoridad de los partidos de la clase dominante. Por otra parte, la creencia de que la corrupción es antagónica al crecimiento capitalista se inspira en una visión idealizada de este sistema, que opera habitualmente mixturando la esfera legal e ilegal de los negocios. Basta observar la gravitación de la "economía del crimen" en el sistema financiero norteamericano o la incidencia de los negocios turbios en la inversión radicada en los países más recientemente industrializados, para corroborar este hecho. Es una fantasía insostenible suponer que el FMI o el Banco Mundial premian la transparencia. ¿O acaso no fueron IBM, Siemens, Telefónica o Iberia quienes promovieron los contratos fraudulentos con el Estado? ¿No actuaron las embajadas de Estados Unidos y los países europeos como propiciadores directos de estas operaciones? La corrupción se alimenta de la misma búsqueda de mayor ganancia que domina en todas las actividades capitalistas y está afectada por la misma ceguera competitiva que socava estos procesos. En ciertas ocasiones acelera la acumulación del capital y en otras circunstancias perpetúa la crisis. Otra forma muy corriente de abordar la crisis actual es indagando sus raíces culturales y retomando los viejos interrogantes sobre "el carácter de los argentinos". En estas visiones invariablemente se remarca la "ausencia de un proyecto nacional" y se critica la "viveza criolla", la "soberbia de creernos elegidos", "la falta de cultura por el trabajo" y la "idiosincrasia de un país rico que deprecia el esfuerzo". Pero en estas elucubraciones se supone que cualquier ciudadano –simbolizado en un tipo sociológico ideal– tiene la misma responsabilidad que los dueños del poder por la actual depresión. Se ignora que las clases dominantes definen e instrumentan la política económica y que, por lo tanto, no corresponde proyectar su fracaso al conjunto de la población. Es cierto que la decadencia económica de una nación con tantas riquezas naturales como la Argentina tiene fundamentos históricos. Pero no están asociados al temperamento de sus habitantes, sino a la configuración agrorrentista de la estructura social durante el siglo XIX, a las distorsiones posteriores de la industrialización sustitutiva, tardía y dependiente y a la sistemática salida de recursos hacia el exterior. Esta misma situación prevalece en muchas naciones subdesarrolladas, igualmente carentes de una "clase empresaria que arriesgue e innove". Pero lo más importante no es constatar esta realidad, ni asumirla como una fatalidad, sino concluir que nada puede esperarse de los grupos que tradicionalmente han manejado el poder. El futuro del país depende de la acción de los sectores populares, que en plena regresión social han sabido mantener sus viejas tradiciones de lucha e incorporar nuevas formas de resistencia. Los trabajadores activos y los sin empleo constituyen la fuerza social capaz de construir una alternativa superadora de la crisis actual.
Tres propuestas de cambio y otra perspectiva
Ninguna mejora de la economía argentina favorable al pueblo será factible sin restaurar el nivel de vida de la población al nivel de los años 70-80. Ésta es la conclusión rehuida por todos los economistas neoliberales que proponen seguir ajustando y por todos los antiliberales que focalizan la solución en el tipo de cambio, la competitividad o la protección aduanera. Asegurar un ingreso mínimo y garantizado para todos los desocupados y aumentar los salarios y las jubilaciones para recrear el poder adquisitivo es la condición básica de cualquier alternativa progresista al curso actual. La "confianza de los consumidores" se recupera derogando la reforma laboral y asegurando la estabilidad del empleo y no esperando el "derrame" de los beneficios que obtengan los empresarios. Está probado que es inútil aguardar la llegada de ganancias, que luego brindarían empleo para finalmente permitir la expansión del consumo. En esta línea persiste Cavallo al introducir un impuesto a las cuentas corrientes que manejan los bancos a costa de los pequeños comerciantes, al reducir gravámenes a la clase media alta por un monto equivalente a 193.000 planes Trabajar o al modificar las normas impositivas autorizando pagos a cuenta a las grandes empresas, mientras mantiene el regresivo porcentaje actual del IVA. Una mejora inmediata y sustancial del nivel de vida de los asalariados y desocupados resulta indispensable para revertir la brecha de ingresos que separa al 10 por ciento de los sectores más ricos y pobres de la población, que se ensanchó en 57 por ciento en los últimos diez años. ¿Faltan los recursos para este cambio? Si se miran los balances de los "ganadores del modelo", puede descubrirse rápidamente quién se apropió de los ingresos amputados a los trabajadores. En plena miseria del país, cuatro argentinos figuran en la lista de las 538 personas más ricas del mundo (Pérez Companc, Rocca, Noble y Fortabat). Por eso, muchos sindicalistas y dirigentes populares han demostrado hasta el cansancio que, eliminando la evasión impositiva de 20.000 millones de dólares anuales de los grandes grupos y reimplantando los aportes patronales, se puede recaudar inmediatamente lo necesario para planes de emergencia de empleo y sostenimiento de las familias. Pero un programa de reconstrucción económica no puede avanzar en perspectiva sin eliminar el despilfarro de las privatizaciones mediante una recuperación del comando estatal de las empresas estratégicas. Obviamente este remedio sería peor que la enfermedad si los costos de esta transformación recaen sobre los contribuyentes y no sobre los beneficiarios del fraude privatista. Reconstituir la propiedad pública de las principales compañías bajo control de la población y por medio de una gestión democrática resulta no sólo necesario para impedir la liquidación de Aerolíneas, sino también para poner fin al despotismo tarifario. Se dirá que estas iniciativas "violan los contratos". ¿Pero en la última década no fueron desconocidas todas las leyes que protegen algún derecho laboral, social o jubilatorio? La única diferencia radica en que, por primer vez, la misma "inseguridad jurídica" recaería sobre quienes se enriquecieron manipulando las leyes en su propio beneficio. Seguramente esta decisión desataría represalias financieras, pero no hay que olvidar que las plantas eléctricas, los yacimientos petroleros y la red telefónica no son activos transferibles al exterior. De todas formas, el flanco más crítico de la economía argentina es la deuda. Mientras persista la presión cotidiana de los acreedores sobre las finanzas públicas, no habrá margen para adoptar ninguna medida favorable al bienestar popular. Por eso en las actuales condiciones resulta más ventajoso declarar la suspensión de los pagos de la deuda que afrontar pasivamente la próxima situación de moratoria. Esta declaración constituiría una decisión soberana que permitiría reorientar los recursos hacia las prioridades del gasto social y la reactivación industrial. Se suele afirmar que esta medida marginaría al país de los mercados internacionales. ¿Pero este desplazamiento no se ha consumado ya, por haber tratado de cumplir con un compromiso insostenible? También se advierte contra la "fuga de divisas", olvidando que todas las promesas de honrar la deuda no indujeron ningún retorno de los 100.000 millones de dólares depositados en el exterior. Conviene tomar conciencia de que en las relaciones internacionales no rige la consideración hacia los "deudores que hacen los deberes", sino el aprovechamiento descarado de los gobiernos que hacen el ridículo al enorgullecerse de su condición dependiente. Además, gran parte de los acreedores no son fantasmales ahorristas externos, sino concentrados grupos empresarios radicados en el país. Existen muchas modalidades tácticas para afrontar la suspensión del pago de una deuda probadamente fraudulenta. La biblioteca de fundamentos jurídicos para justificar esta medida es monumental y el único desafío real estriba en sustituir las declaraciones altisonantes por acciones concretas. Pero hay que recordar que cualquier medida contra acreedores será viable si es adoptada como parte de un plan de reconstrucción económica integral. Por ejemplo, una moratoria divorciada del control directo sobre los bancos y el comercio exterior conduciría a un caos semejante al creado por Alan García en Perú a mitad de los 80. El debate actual sobre los programas económicos está dominado por las propuestas antiliberales frente al modelo prevaleciente. En estas discusiones se considera al capitalismo como un dato inamovible de la realidad, omitiendo que este sistema recrea periódicamente las crisis y origina terribles sufrimientos para la mayoría de la población. Por eso hay que considerar una tercer opción, socialista, que apunte a superar la tiranía mercantil mediante la planificación democrática. Una alternativa popular construida en torno de la mejora del poder adquisitivo, la reversión de las privatizaciones y la suspensión del pago de la deuda es el punto de partida de esta perspectiva de emancipación social.
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En momentos que todavía se cuentan los muertos que ha dejado el gobierno de De la Rúa -antes de irse por la puerta de atrás- me gustaría compartir con ustedes mis vivencias de la Pueblada del 19 de diciembre, un día que quedará grabado en la historia argentina. El miércoles amaneció con el fantasma de los saqueos en Provincia de Buenos Aires y el recuerdo de 1989 cuando los asaltos masivos a supermercados terminaron con el gobierno de Raúl Alfonsín. El martes, De la Rúa decía que no había que "magnificar los episodios". Una semana antes el presidente del Episcopado le advierte de un estallido social y, como siempre, De la Rúa lo ignora y habla de un "plan de emergencia alimentario". Mientras tanto, hay cortes de rutas, algunos paros sectoriales, gente frente a los supermercados esperando por unas bolsas de alimentos y miedo. A las 6 de la tarde tengo que tomar examen en la Universidad de Morón y el panorama por la Avenida Gaona es triste y desolador. El noventa por ciento de los negocios está cerrado por miedo a los saqueos que ya se extienden por el Gran Buenos Aires y los supermercados gigantes de las cadenas extranjeras ya cerraron. No eran sólo rumores, aquí y allá aparece un pequeño supermercado destrozado y el colectivo cambia su recorrido para evitar enfrentarse vaya uno a saber con qué. Unos llamados telefónicos confirman que el temor también se apodera de la Capital Federal, donde los comercios cierran sus persianas mientras todos intuyen que "esto" no da para más, aunque no es la primera vez que se lo dice. Algunos amigos periodistas aseguran que, ahora sí, Cavallo se va. La Universidad está en el centro de Morón y aquí también la mayoría de los negocios están cerrados o dejan una ventana abierta para vender una gaseosa. A las 8, después de tomar examen, vuelvo para mi casa y la Avenida Gaona está más desierta que antes. La radio anuncia que el presidente va a hablar por cadena nacional. Tenía que haber hablado a las 7 pero dicen que grabó el mismo mensaje tres veces para que su hijo Antonio pudiera elegir la mejor toma. La televisión no hace más que mostrar las imágenes de las turbas entrando en los supermercados y llevándose todo lo que pueden. Pero también levantan con fierros las persianas de los pequeños negocios. Lo primero que surge en la mente al ver esas imágenes es la desolación; pobres contra pobres. Los que no tienen nada contra lo que tienen un poquito, apenas un poquito. La desintegración social ha llegado a extremos inimaginables. ¿Quién dice que es el efecto "no deseado" del modelo? Las imágenes de la televisión son desgarradoras porque transmiten lo que ya sabemos, que el tejido social está completamente roto. La desesperación y la acumulación de bronca de años no tiene miramientos ni distingue entre ricos y pobres. "Tenemos hambre" le gritan algunos a las cámaras mientras se llevan una caja con 6 gaseosas, media res al hombro o un carrito lleno de lo primero que encontraron. No se escucha ninguna voz cuerda o serena que politice el sentimiento de hambre y vergüenza. Ni siquiera los movimientos sociales de piqueteros que vienen cortando rutas hace tiempo y organizando a los "sin trabajo" pueden controlar el desborde masivo. Las imágenes son terribles. La cara del chino Wang Zhao-He llorando desconsoladamente porque le destrozaron su supermercadito es desgarradora. El teléfono suena, "¿viste al chino?". ¿Quién podrá olvidar esa cara de desesperación? Aquí y allá surgen noticias de los muertos; ya son varios, saqueadores y saqueados, pobres contra pobres. Poco antes de las once de la noche aparece De la Rúa en pantalla. El discurso es corto y lo más importante es que –a pesar de todo- Cavallo no se va. "Así como enfrenté los problemas económicos, así como dispuse medidas de emergencia para asistir a los más necesitados..." ¿Qué? ¿Dónde vive? ¿Es autista o tiene Alzheimer? Todo es patético. Para colmo, reafirma el Estado de Sitio que se decretó unas horas antes y que parece un delirio. Comienzan a sonar los teléfonos. ¿Lo viste? Parece que nadie se perdió el discurso. "Es un autista" dicen unos; "no lo puedo creer" dicen otros. A Luciano no se le puede escuchar ni una palabra porque de fondo retumba el ruido de cacerolas. Parece que apenas terminó el discurso alguien gritó "Chupete hijo de puta" y todo el mundo salió a batir cacerolas. "¿Qué, en tu barrio no suenan cacerolas?" pregunta asombrado. De repente, a lo lejos, de algún lugar, surge el ruido metálico de una cacerola. Laura, ni lerda ni perezosa, va a la cocina, agarra la vieja cacerola de su abuela y sale a la calle para buscar conectarse con Nino, el taxista que vive enfrente y está golpeando con un fierro el poste de un farol. Miro por el balcón y me río. De tanto estudiar procesos revolucionarios y analizar situaciones históricas uno "sabe" que de golpear cacerolas no se llega a ningún lado. A lo sumo, trae el no tan grato recuerdo de la clase media chilena que ayudó a tumbar a Salvador Allende. El teléfono no para de sonar. Herminia de ATTAC llama y dice que se va a la Plaza de Mayo, que "esta" no se la pierde por nada en el mundo, aunque no tiene ni la menor idea de quién está convocando, y a qué. Me río otra vez olvidando que la "intuición y el olfato" de Herminia ya tienen muchas batallas. Algo que no puedo explicar me impulsa a ponerme las zapatillas y un short, agarro una olla grande y con el torso desnudo camino hacia la esquina y comienzo a golpear la vieja cacerola con una cuchara de madera. Por aquí y por allá se escucha el eco de las respuestas. Con Laura nos turnamos para golpear la cacerola y ver qué dice la tele. "Cacerolazo en la Capital" titula "Crónica TV". Nos damos cuenta que no somos unos cuantos locos. Al rato en una esquina ya somos decenas batiendo cacerolas. La protesta se generaliza aunque no sabemos adónde ir. Hasta que pasan unas cuantas familias con aire de murga y nos arrastran. No conocemos a nadie pero los seguimos. "Este es el saqueo de la clase media" le digo a un estudiante de sociología que me reconoce. Meta batir el parche. Al rato nos pasan a buscar en auto para ir a Plaza de Mayo y vamos con lo puesto. Ni siquiera buscamos nuestros documentos o algo de plata, sólo tenemos el celular para comunicarnos. Todavía no sabemos a lo que vamos, pero sentimos que tenemos que estar allí, en "la" Plaza. Cuando cruzamos la avenida Corrientes y vemos la marea humana que se dirige hacia la Plaza nos damos cuenta que aquí se está gestando algo nuevo. ¿Habrá sido así el famoso 17 de octubre de 1945? Decidimos ir primero al Congreso donde ya hay algunos miles cantando "qué boludos, que boludos, el Estado de Sitio se lo meten en el culo". Extraña paradoja. El Estado de Sitio se decretó para "contener" a los más marginales, a los que de manera descontrolada salieron a asaltar los supermercados. Claro que a los que conviven con la violencia cotidiana, con la desocupación, el hambre y la desesperación poco les importa otro decreto. Pero a la clase media -que gran parte de ella fue partícipe de diversos movimientos por los derechos humanos- la sola mención del Estado de Sitio es motivo de irritación. En el Congreso los legisladores están en sesión. La televisión ni siquiera transmite los debates; pero a nadie parece importarle qué debaten. Ningún congresista se atreve siquiera a asomar la nariz. Si se asomaran, verían sentados sobre las escalinatas a decenas de jóvenes que agitan sus brazos hacia el cielo y cantan el himno argentino subrayando la última estrofa que dice "o juremos con gloria morir" como si estuvieran en una cancha de fútbol. Cantan de espaldas al Congreso, no de frente; porque la protesta incluso se da el lujo de darles la espalda. El Estado de Sitio ya no existe!! Miles y miles de personas se desplazan por las calles de la Capital Federal protestando. Desde el Congreso se comienza a marchar hacia Plaza de Mayo. Nadie encabeza, nadie dirige, pero todos nos movemos. Alguien me dice que militantes del Partido Obrero intentaron desplegar una bandera para hacerse ver, pero que inmediatamente les dijeron que la enrollaran. No se quieren banderas partidarias. La única bandera que ondea por doquier es la Argentina y miles de gargantas coreando "Ooooh, Argentina, cada día te quiero más". Extraño fenómeno. Parece la fiesta después de un triunfo de la selección argentina de fútbol. Y, sí, es una fiesta; vaya si lo es. Siento la piel de gallina. ¿Son así las revoluciones? pregunto en voz alta sin que nadie sepa articular una respuesta. En fracciones de segundos uno recuerda y trata de bucear en la memoria qué paso el 14 de julio de 1789 en Francia o en febrero de 1905 en la Rusia zarista. Pero la historia no se repite ni como farsa ni como tragedia, sencillamente es. Lentamente aparecen caras conocidas, algunas que no vimos por años. Pero aquí están, donde todos debemos estar, porque nuestros sanos reflejos nos hicieron llegar al mismo lugar. Detrás de mí, alcanzo a ver una discreta bandera de "familiares de desaparecidos". Las cacerolas no paran de sonar aunque muchas ya están abolladas. Qué importa! Esta no es una manifestación más. Aquí no están los políticos de siempre, ni los dirigentes sindicales, ni las banderas de los partidos políticos. Estamos frente a un fenómeno nuevo. Esto sí que es la desobediencia civil en su forma más espontánea. No cabe la menor duda! Ni siquiera se escuchan los bombos, marca registrada de cualquier manifestación en la Argentina. Esta vez no hizo falta un paro general, ni la convocatoria de los sindicatos, ni los dirigentes estudiantiles que toman facultades en soledad. Hasta la izquierda brilló por su ausencia. ¿Será por eso que ahora tenemos éxito? Alguien esparce el rumor de que renunció Cavallo. Ya no es un rumor. Renunció! Pero queremos más. Que también renuncie De la Rúa. Y queremos más. ¿Qué? No lo sabemos. Por suerte a nadie se le ocurre tratar de tomar la Casa de Gobierno. Nos acercamos a Plaza de Mayo por la Avenida de Mayo cantando "que se vayan, que se vayan" hasta que una marea humana viene en sentido contrario. Ya están tirando gases lacrimógenos. Nos llaman al celular y que nos dicen que retrocedamos, que la televisión está mostrando la represión en la Plaza y que es dura. Milagros de la globalización. Algunos protestamos en las calles y otros desde casa. Queremos avanzar. Me niego a retroceder. Pero tampoco estamos preparados para resistir; menos que menos las familias que sacaron a sus hijos de las camas, o estaban a punto de acostarse, o simplemente salieron con sus perros. Reprimen. Poco les importa que las calles estén tomadas por familias, por gente común que salió a protestar. Logran su objetivo; nos hacen retroceder. Algunos dicen que minutos antes todo era pacífico. Retrocedemos, pero queremos volver a la Plaza. Lo intentamos nuevamente. "Si este no es el pueblo, ¿el pueblo dónde está?" gritamos todos. Pero los gases nos obligan a salir corriendo. No tiene sentido intentarlo otra vez, por eso la mayoría nos vamos alejando. Al fin y al cabo nadie tenía planificado estar en las calles a las 2 de la mañana. Además, lo que todos buscaban se logró. Cavallo se fue. Deambulamos un rato para que se nos vaya el efecto del gas lacrimógeno pero no nos queremos ir. Ya son las tres de la mañana y caminamos otra vez por Avenida de Mayo hacia el Congreso. Las familias ya se fueron. Quedan muchos jóvenes y las caras van cambiando, aparece el componente "lumpen" que antes no veíamos. Nos enteramos que se destruyeron algunas vidrieras. No nos asombramos. En muchas manos ya no hay cacerolas sino botellas de cerveza y el alcohol se mezcla con el inconfundible olor a marihuana. En la explanada del Congreso quedan algunos cientos que no se quieren ir. Siguen cantando con sus manos al cielo. Siempre de espaldas al Congreso. Dudamos. Sentimos que debemos quedarnos allí porque no hay que abandonar las calles y porque no nos conformamos con la renuncia de Cavallo. Pero los miles que salieron espontáneamente ya no están. La pueblada se repliega. Nosotros también aunque no queremos. Sentimos que no hay que abandonar el terreno ganado, y menos que menos la Plaza de Mayo. Recorremos algunos barrios y vemos llantas y basura quemada por doquier. Es muy fácil reconocer a un manifestante: camina con una cacerola en la mano. La cacerola se ha convertido en un arma de resistencia! El pueblo pasó por todos lados. Una hora más tarde, a las cuatro de la mañana, y todavía con toda la adrenalina en nuestras venas, prendemos la televisión y vemos como la policía reprime y alguien se desangra en las escalinatas del Congreso después de haber recibido un balazo. El jueves amanecemos con alegría. Los argentinos estamos de pie. Todavía no tenemos conciencia de lo que estamos viviendo. A Cavallo lo volteamos nosotros. ¿Quién canalizará el descontento popular? Esa es la pregunta del millón y no tenemos respuesta. En la Plaza de Mayo todavía hay gente. Queremos volver. Sentimos que debemos estar allí porque quien se apodere de la plaza ganará la batalla. Pero no hay miles de personas como anoche, sólo algunos cientos; entre ellos las corajudas Madres de Plaza de Mayo. Algún que otro político se acerca pero tiene que refugiarse en una ambulancia porque lo reconocen. Hay gritos e insultos pero no hay motivo para reprimir. Los radicales están aterrorizados y escondidos dentro de la Casa Rosada. ¿Tendrán miedo que los linchen? Comienzan a reprimir. Pasado el mediodía la gente está expectante. Espera. ¿Espera qué? La sensación es que en la Argentina hay vacío de poder. El gobierno ya no controla nada. Por eso hay que volver a la plaza aunque nadie sabe muy bien qué hacer. Redactamos un comunicado de ATTAC para enviarlo por correo electrónico y llamar a que todos vuelvan a la plaza a las 15.30, hora de la inagotable ronda de los jueves de las Madres, y que no van a suspender por nada del mundo. Sabemos que pocos se van a acercar porque ahora no son las multitudes las que se movilizan. No importa. Volvemos. No se puede llegar a la plaza porque la policía reprime y no lo permite. El corazón de la ciudad, entre el obelisco que está en la Avenida 9 de Julio y la Casa Rosada está sitiado por el enfrentamiento entre cientos de jóvenes que pugnan por ganar la plaza y la obstinación del gobierno para que la plaza esté vacía. A esa altura ya sabemos que hay dos muertos. Estamos detrás de la Casa Rosada expectantes. Escuchamos el sonido hueco de los disparos de gas lacrimógeno y los tiros secos de balas ¿de goma? Los caballos de la policía nos alejan aunque nuestra actitud es pacífica. Dejamos otra vez la plaza. Los medios de comunicación condenan la represión. La cantidad de muertos crece. Pasada la tarde sucede lo inevitable: De la Rúa renuncia. Pero no estamos alegres como hoy en la madrugada. Hay 5 cadáveres en el corazón de la Capital Federal y casi 30 muertos en todo el país. ¿Cómo festejar? En menos de 24 horas la Pueblada logró derribar un gobierno pero a un alto precio. Tenemos sentimientos encontrados. Entre el 19 y el 20 de diciembre el pueblo argentino salió a las calles y provocó una verdadera pueblada. Ninguna revuelta es lineal porque no es una prueba de laboratorio; pretender otra cosa es la necedad de los puros. Las revueltas están compuestas de múltiples factores porque la propia sociedad es compleja. Entre el lunes y el miércoles los más pobres salieron a protestar a su manera y canalizaron su bronca acumulada por años a través de los saqueos. El miércoles a la noche salieron principalmente las capas medias de la ciudad más rica del país pero que también sufren las consecuencias de un modelo económico que en los noventa ha empobrecido a gran parte de la otrora orgullosa clase media. El miércoles a la noche salieron los que estaban hartos, los que necesitaban hacer catarsis, los querían protestar contra el Estado de Sitio, contra el modelo neoliberal, contra las medidas que atenazan los depósitos bancarios, contra los políticos y la política en general, contra Cavallo, contra De la Rúa, por derecha y por izquierda. Todo mezclado, todo mezclado. Pero eso no le quita legitimidad a una pueblada que derribó a un gobierno y convirtió al 19 de diciembre en una fecha histórica. Es verdad que el jueves los manifestantes que se enfrentaron a la policía eran una minoría, y que entre ellos había probados militantes con trayectoria intachable mezclados con gente enojada y harta y marginales que se sumaron a la protesta para romper cuánto estaba a su alcance. Pero el hecho de no abandonar las calles ayudó a que De la Rúa renunciara, porque el jueves 20 no pudo ni siquiera controlar el centro de la ciudad y aislar la protesta. El se aisló aún más porque los medios de comunicación manifestaron su simpatía con la protesta espontánea del miércoles a la noche porque allí no estaban ni los políticos, ni los sindicalistas, ni los partidos de izquierda, y porque criticaron duramente la brutal represión. Es verdad que está todo mezclado. Es verdad que la crítica a "los políticos" y "la política" está fomentada por el discurso neoliberal que prefiere que la población se recluya mientras los "técnicos", "los que saben", gobiernan. Pero no es menos cierto que este sistema político no resiste más. El pueblo, este pueblo, con todas sus contradicciones, dijo BASTA. Y el 19 de diciembre de 2001 será un punto de inflexión en nuestra historia. Y esto es lo más importante, aunque aún no sepamos para dónde irán las aguas. Los ríos de las revueltas son sinuosos. A veces se pierden entre las piedras y desaparecen, otras se llenan de barro y suciedad; pero también pueden limpiar el camino para que broten las flores más bellas. Por ahora, no guardemos las cacerolas. Buenos Aires, 22 de diciembre 2001
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1 – Los acontecimientos del 20 y 21, que constituyen una revuelta popular contra el régimen y sus instituciones, tienen características inéditas. Por primera vez en nuestra historia un gobierno elegido democráticamente no fue derrocado por un golpe de estado militar sino por la acción directa de las masas obreras y populares. Para los Militantes Socialistas no ha sido otra cosa que la acción directa de las masas autoconvocadas –de los explotados, de los oprimidos, de los excluídos- que un acto de auténtica recuperación de la política, de recuperación de poder propio, de autonomía, que durante décadas le fuera expropiada por los partidos y las instituciones del sistema, la que logró tumbar al gobierno. Pero no solo se tumbó un gobierno. Es todo el régimen de la democracia delegativa, sus instituciones, sus personeros, lo que ha sido rechazado e impugnado por ilegítimo. A la par que se reinvindicó la soberanía popular por primera vez se puso en practica concreta la revocabilidad del mandato. 2 – Pero no ha sido esta acción un rayo caído de un cielo sereno. Para los Militantes Socialistas la espontaneidad es siempre relativa. Cuando algo revienta es porque la presión interna llega a niveles insostenibles, debilita primero y quiebra después. Una multiplicidad de conflictos sociales, de acciones de rechazo al orden de cosas existente fue acumulando una profunda disconformidad en todos estos año Más aún, el año que está concluyendo ha sido el de mayor conflictividad social de la década. No solo de los trabajadores desocupados y excluidos, sino también de los trabajadores ocupados. Las elecciones para renovación legislativa del 14 de octubre pasado marcaron un hito en esta disconformidad y rechazo al orden establecido: millones de abstenciones, de votos en blanco e impugnados; millones de votos perdidos por los grandes partidos del sistema, y una elección más que significativa por parte la izquierda fragmentada y dispersa, lo atestiguan. La crisis de representatividad que desde hace años se venía expresando quedó así expuesta en toda su dimensión y se transformó en pérdida de legitimidad del régimen. La Consulta Popular y sus tres millones de votantes forman parte también de esta protesta y este rechazo. Millones de personas que reivindicaron su derecho soberano de legislar, que exigieron la reglamentación de la consulta popular, que fueron capaces de participar con total autonomía de las instituciones establecidas. Hartazgo, frente a una situación económica agobiante. Desconfianza frente a los partidos y la instituciones de la democracia delegativa. Madurez en la comprensión de que hay que tomar la resolución de los problemas en sus propias manos. 3 – Para los Militantes Socialistas ha sido la combinación de estos tres elementos la que precipitó la revuelta popular del 20 y 21 pasados. Un gobierno impotente para hacer frente a la crisis, que para continuar con el pago de los servicios de la ilegitima deuda externa recurrió a la inmovilización de los depósitos bancarios, a la parcial confiscación de los salarios de los trabajadores y a una obligada bancarización, concluyó cortando la cadena de pagos y haciendo que la moneda -el equivalente general de las mercancías- desapareciera del mercado paralizando prácticamente todas las actividades comerciales y financieras. La respuesta social no se hizo esperar: desde los distritos y regiones que muestran los índices de desocupación y de pobreza extrema más elevados, miles y miles de excluidos de la producción y del consumo rodearon las grandes cadenas de supermercados exigiendo comida, y donde no se la daban la tomaban por su propia cuenta. Grandes negocios de artículos para el hogar fueron también expropiados por la multitud, que a su vez había sido saqueada durante décadas, y acciones de vandalismo propias de cuando la acción social es desbordada a si misma se realizaron contra pequeños negocios, en una guerra de pobres contra pobres que fue incitada por sectores de la derecha más reaccionaria. La declaración del Estado de Sitio y un discurso del presidente de la Nación tan soberbio como carente de contenido, precipitó la reacción en la Capital Federal y el conurbano del Gran Bs.As. Haciendo sonar sus cacerolas, tibiamente en la puerta de sus casas primero, en los principales cruces de calles luego y desplazándose por las grandes avenidas finalmente, una multitud de hombres y mujeres, trabajadores, empleados, amas de casa, estudiantes jubilados, profesionales, pequeños empresarios –la ciudadanía en presencia- convergió sobre la más que emblemática Plaza de Mayo. Decenas de miles de personas exigieron la renuncia del ministro de economía primero; del presidente de la Nación después y finalmente que se "vayan todos", en clara alusión a las instituciones y quienes las integran. Las sedes de numerosos bancos, de empresas multinacionales, los cajeros automáticos, las casas de numerosos políticos, fueron blanco de la angustia y la bronca de la multitud, en una actitud más que simbólica de los manifestantes. 4 – Los Militantes Socialistas, como la izquierda en general, participamos activamente en estas movilizaciones y en las acciones de resistencia que las acompañaron, pero por la escasa densidad social alcanzada o bien porque no hay aun una cabal comprensión del proceso de no delegación que se está construyendo, esta participación no resultó decisiva ni influyente. Otra es la situación de las centrales obreras, tanto la CGT, en su versión empresarial o "rebelde", como la CTA brillaron por su ausencia, totalmente divorciadas del sentir de la gente y de la movilización popular. Declaraciones formales de paro sin movilizaciones, o haciendo acto de presencia para luego desconcentrar rápidamente son testimonio de compromisos con el régimen existente y con las fracciones del poder real en un caso, y de ausencia de una perspectiva de clase y de desorientación política en el otro. No distinta ha sido la actuación del FRENAPO que no solo no participó de las movilizaciones sino que en una declaración del pasado 22 pretende ignorar la profundidad de la revuelta popular y corre el riesgo de encerrar la lucha de las masas en una de las instituciones mas cuestionadas. Por el contrario los Militantes Socialistas llamamos a no dilapidar el esfuerzo de miles de compañeros y compañeras que llevaron la consulta a lo largo y a lo ancho del país detrás de acuerdos políticos que nadie discutió. Convocamos a enfrentar la crisis de representatividad con la organización autónoma y el debate democrático. A recuperar el origen del movimiento pro consulta profundizando los logros de esta y de las recientes movilizaciones, afirmándonos el estado deliberativo existente en la sociedad 5 – Para los Militantes Socialistas muy otra ha sido la actitud de las masas en movimiento. Pasando por sobre las organizaciones sociales y políticas que dicen representarlas dejaron en claro que "el límite del ajuste estructural se encuentra en la capacidad de reacción de los ajustados". En las acciones de estos días se trazó un límite claro a cualquier intento de reimplantar las políticas neoliberales más extremas, y se desafió a un Estado que se mostró impotente para disciplinar a la sociedad civil en movimiento, no obstante el alto costo en vidas humanas que se cobró, y por el cual sus responsables deberán ser juzgados y condenados. Los Militantes Socialistas consideramos que tamaña represión solo pudo ser llevada a cabo sobre la base de un acuerdo político de los grandes partidos del sistema y estuvo destinada a impedir que en nuevas embestidas la gente ingresara por la fuerza en la Casa de Gobierno con las consecuencias políticas imaginables. El desafío al Estado de Sitio, la reivindicación del NUNCA MÁS coreado por la multitud, contiene una profunda reivindicación democrática y afirma el ejercicio concreto de la soberanía popular. La acción directa de las masas avanzó así con conocimiento de lo que no quiere, de lo que no acepta y rechaza, pero aún sin la conciencia de lo que efectivamente quiere. En un proceso de maduración colectiva sacó conclusiones, encontró las formas y los medios y logró imponer la revocabilidad del mandato.Pero esta conclusión resultó inconclusa porque no tuvo los medios ni las posibilidades de imponer un nuevo mandato. Dejó así un vacío que una vez más será cubierto por cualquiera de las variantes que expresan los intereses de las clases dominantes. Se da la paradoja que los propios cuestionados, con pocas y honrosas excepciones, son los que se reúnen en la asamblea parlamentaria para resolver la sucesión presidencial. 6 – Para los Militantes Socialistas estos límites y carencias no invalidan que se haya abierto un nueva situación política en el país. Nuevas formas de representación, nuevas relaciones entre representantes y representados, la puesta en escena de la capacidad colectiva de pensar, de decidir y de hacer con autonomía y sin tutelas, estarán de ahora en más en debate en las organizaciones políticas, sociales y sindicales. Pero los Militantes Socialistas alertamos. La historia no es lineal, es necesario estar preparados para salir al cruce de los peligros reales que toda realidad presenta. Frente a la quiebra de los partidos políticos y de las instituciones del régimen no se puede dejar margen para intentos corporativos o autoritarios, tampoco para cualquier intento de regresión al pasado reciente. Por eso decimos no bajar la guardia, velar las cacerolas y algo más. Para nosotros la democracia es un estado en movimiento, de lucha en el Estado y contra el Estado. Esto significa ensanchar permanentemente las bases de la democracia no delegativa, afirmando y organizando la desconfianza de los protagonistas, dando a ellos conciencia de su propio protagonismo y de sus potencialidades transformadoras. Para los Militantes Socialistas no se trata de reconstituir instituciones en crisis, sino de afirmarse en las conquistas logradas, y en el estado deliberativo existente en la sociedad. Organizando en cada barrio, en cada escuela, en cada fábrica o taller comités de deliberación y decisión, generalizando la experiencia, debatiendo propuestas y aportes a un programa que enfrente a la crisis y de respuesta a las necesidades sociales y políticas del momento. En ciertos aspectos, y más allá de los contenidos concretos, en las movilizaciones del 20 y 21 se hizo presente el espíritu de las movilizaciones de Seattle, de Washington, de Praga,....de Génova, y del FSM de Porto Alegre contra la globalización capitalista y sus efectos. Es que desde aquí también decimos que OTRO MUNDO ES POSIBLE, pero también porque en Argentina OTRA SOCIEDAD ES URGENTE Y NECESARIA para enfrentar la barbarie capitalista. Militantes Socialistas Buenos Aires, diciembre 25 de 2001
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1.La rebelión popular que terminó con el gobierno de la Rúa-Cavallo, expresa la incontenible fuerza del movimiento social de resistencia, tanto como la rabia y protesta acumulada ante una situación de hambre, pobreza, desempleo y represión. De la misma manera, expresa el rechazo popular a los planes de ajuste, la rebaja de salarios y jubilaciones, el pago de la deuda externa, la privatización de servicios públicos, la telecomunicaciones, los puertos, los servicios públicos básicos, el sistema de seguridad social, la educación, la salud y, en definitiva, la venta del patrimonio nacional que imponen las contrarreformas neoliberales del FMI, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio. 2.La caída del gobierno de la Rúa-Cavallo, confirma no solamente que el "modelo neoliberal" es una enorme fábrica de pobres, de "saqueadores" excluidos, de destrucción productiva, y de privatización del Estado; confirma también, la crisis de un paradigma ideológico fraudulento y la pérdida de legitimidad del discurso "modernizador" de los gobiernos sometidos al imperialismo. Unos gobiernos -que al igual que el de Jorge Batlle y la coalición derechista- le dan la espalda a los pueblos, y han entregado la soberanía de nuestras naciones, optando por la subordinación a los intereses de los grandes grupos económicos y a la mundialización capitalista hegemonizada por Estados Unidos. 3.La respuesta contrainsurgente y criminal de las fuerzas policiales ante los reclamos sociales –que en este caso tuvo como saldo dramático decenas de muertos y centenas de heridos y detenidos- vuelve a demostrar el agotamiento de una democracia formal y el carácter tramposo de esta "democracia de mercado" y de las instituciones "representativas" que la sostienen. Simultáneamente, la salvaje represión en Argentina demuestra que el aparato represivo responsable de miles de asesinatos y desapariciones bajo la dictadura militar, continúa impune y sin desmantelar. 4.La victoria del gobierno de la Alianza, había generado expectativas de cambio para mejor. Dentro y fuera de Argentina mucha gente de izquierda y centro-izquierda pensó que el gobierno de la Alianza abría un camino diferente. Sin embargo, finalizó en un monumental fracaso. La Alianza no pasó de ser una proyecto demagógico y electoralista, y la publicitada "tercera vía" para "humanizar el capitalismo", no fue otra cosa que la continuidad más descarnada del neoliberalismo que apadrinaron Cavallo, Menen y su pandilla de mafiosos. El balance del gobierno de la Alianza es sencillamente aterrador: 8.000 nuevos pobres por día; más del 18 % de desempleo; 11 millones de argentinos hundidos en la miseria y la desesperación. 5.La rebelión popular acontecida en Argentina, expresa a un movimiento de masas que pelea, que va desde los maestros a los piqueteros, de la desobediencia civil, a las propuestas alternativas y la democracia directa ejercida por tres millones de personas en la Consulta Popular convocada por el Frente Nacional Contra la Pobreza. Es, al mismo tiempo, una rebelión popular que sintoniza con las resistencias y las luchas sociales y políticas que se desarrollan en América Latina y el Caribe contra los programas neoliberales, contra el pago de la inmoral deuda externa, y contra las estrategias imperialistas de recolonización como el ALCA, el Plan Dignidad (en Bolivia), el Plan Colombia y el Plan Puebla-Panamá. 6.La brutal crisis socio-económica, la masividad de las protestas, los "saqueos" y la dimensión del "estallido social" en Argentina, vuelven a plantear la necesidad de contar con un instrumento político unitario de lucha por la liberación y el socialismo. Para que el combate y la acumulación del pueblo no sea desvirtuada en un nuevo circo electoral donde, los especuladores financieros, los cómplices de las multinacionales y el imperialismo, los represores, y las burocracias sindicales corruptas, se disputen los despojos del país estafando, otra vez, la esperanza de las y los de abajo. 7.La Corriente de Izquierda como fuerza frenteamplista, popular, democrática, revolucionaria e internacionalista, se solidariza con la lucha del pueblo argentino, y se pronuncia por: - la liberación inmediata de todos los presos - el juicio y castigo de los responsables de la criminal represión - la anulación total e inmediata de la deuda externa argentina y de los países del Tercer Mundo - contra las políticas económicas del FMI y los gobiernos lacayos Dirección Nacional de la Corriente de Izquierda Montevideo, 21 de diciembre 2001
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