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Eric Fromm y su obra El Corazón del Hombre: su potencia para el bien y para el malAlgo sobre el autor
Eric Fromm nació en Frankfurt en 1900. Durante su etapa escolar estudió con gran interés a Freud y Marx, encontrando en ellos una forma de comprender la personalidad humana y las influencias sociopolíticas del contexto. Cursó filosofía en la Universidad de Heidelberg en 1922, y se especializó en psicoanálisis en la Universidad de Munich y en el Instituto Psicoanalítico de Berlín. En 1925 comenzó a trabajar como psicoanalista, siendo posteriormente nombrado profesor de la universidad de su ciudad natal. Durante los años 30 daría a conocer sus primeros trabajos sobre psicología religiosa, trabando estrecho contacto con pensadores de la Escuela de Frankfurt, tales como Marcuse, Adorno o Benjamin.
Durante los años ’40 Fromm desarrolló una importante labor editorial, publicando varios libros luego considerados clásicos sobre las tendencias autoritarias de la sociedad contemporánea y desviándose marcadamente de la teoría original freudiana. Es allí cuando publica El Miedo a la Libertad (1941).
Desde mediados de la década de los ’50 estuvo fuertemente involucrado con los movimientos pacifistas norteamericanos, y fue un destacado oponente de la guerra de Vietnam. Se alejó de todo apoyo al socialismo de Estado, sobre todo del modelo totalitario soviético, y criticó la sociedad de consumo capitalista. Esto y sus perspectivas sobre la libertad personal y el desarrollo de una cultura libre lo acercaron notablemente al anarquismo. De sí mismo se decía partidario de un socialismo humanista y democrático. Entre 1957 y 1961 compaginó su actividad en la UNAM con una cátedra en la Michigan State University. En 1965 se retiró y posteriormente en 1980 falleció.
Analisis de la obra
En su primer capitulo titulado "el hombre ¿lobo o cordero?" Fromm comienza su análisis teniendo en cuenta dicha pregunta. Frente a ella, él supone que el lector responderá que el hombre es cordero, de allí su afirmación de que “la mayoría de los hombres son niños sugestionables y despiertos a medias, dispuestos a rendir su voluntad a cualquiera que hable con voz suficientemente amenazadora o dulce para persuadirlos”.
Pero ¿por qué la vida del hombre es tan diferente a la del cordero? ¿Por qué la historia de la humanidad ha estado manchada de sangre? Las respuestas han llevado a muchos pensadores como Hobbes a la conclusión de que homo es homini lupus, es decir, que el hombre es maligno y destructor por naturaleza, que es un homicida que sólo por el miedo a homicidas más fuertes puede abstenerse de su pasatiempo preferido.
Pensando en ello, establece la siguiente pregunta: supondríamos que tú y yo y la mayor parte de los hombres corrientes son lobos disfrazados de corderos ¿nuestra verdadera naturaleza se manifestará una vez que nos libremos de las inhibiciones que nos han impedido obrar como bestias?. Podría ser esta pregunta una respuesta al problema principal del capítulo a no ser por el simple hecho de que existen seres humanos que “reaccionan con cierto sentimiento de repugnancia cuando presentan actos de crueldad y de sadismo”.
En definitiva, los hombres no son lobos y tampoco son corderos, tal vez existen hombres corderos y hombres lobos lo que nos llevaría a pensar que existen dos razas humanas. Fromm omite esta solución algo determinista y continua con el problema. Menciona que quizá sea cierto que “los lobos no hacen sino representar la cualidad esencial de la naturaleza humana de manera más franca que la mayoría” lo que conduce a la siguiente pregunta: ¿el hombre es fundamentalmente malo y corrompido, o es fundamentalmente bueno y perfectible?.
En el Antiguo Testamento no se menciona que la desobediencia de Adán sea un acto de maldad y corrupción. Para Fromm, “la desobediencia es la condición para el conocimiento de sí mismo por parte del hombre, por su capacidad de decidir, y así, en último análisis, ese primer acto de desobediencia es el primer paso del hombre a su libertad”. Así pues, para el Antiguo Testamento el hombre posee dos caminos a elegir (1) el del bien y (2) el del mal.
Con la Iglesia Cristiana, la desobediencia se volvió pecado y con ellos el hombre se volvió fundamentalmente malo. Esta concepción duró hasta que los ilustrados plantearon una visión diferente. Sostenían “que toda la maldad del hombre no era más que resultado de las circunstancias y, por ende, que el hombre no tenía en realidad que elegir. Cámbiense las circunstancias que produce el mal, y se manifestará automáticamente la bondad original del hombre”.
Fromm anuncia que este pensamiento es sumamente optimista y que no hay que dejarse llevar por el. Expresa también que “seria difícil no ver la potencia y la intensidad de la capacidad destructora humana”. Sin embargo –dice Fromm siempre manteniendo una actitud de equilibrio- que tampoco es bueno dejarse llevar por la opinión derrotista del hombre fundamentalmente malo, pues “la intensidad de las tendencias destructoras no implica de ninguna manera que sean invencibles o ni aún dominantes” y que “las guerras son primordialmente consecuencia de fuerzas psicológicas”.
Asimismo explica que “las guerras son consecuencia de la decisión de los líderes políticos” pero que esos hombres no son diferentes del hombre ordinario: son egoístas con poca capacidad para renunciar a los beneficios que su actitud les brinda. Es decir, que no son crueles ni malignos. De allí su anuncio de que “el hombre ordinario con poder extraordinario es el principal peligro para la humanidad, y no el hombre malvado y sádico”.
Finalmente acaba el capitulo exponiendo la siguiente afirmación: El síndrome de decadencia es el que “mueve al hombre a destruir por el gusto de la destrucción y a odiar por el gusto de odiar”. Así pues -dice Fromm- es innegable que cada individuo avanza en la dirección que ha elegido: la de la vida o la de la muerte, la del bien y la del mal.
En el segundo capitulo abarca los diferentes tipos de violencia y sus respectivas motivaciones inconscientes “pues sólo el conocimiento de la dinámica inconsciente de la conducta nos permite conocer la conducta misma, sus raíces, su desarrollo y la energía de que está cargada”.
El primer tipo de violencia a la que Fromm se refiere –y la primera dentro del rango patológico- es la violencia lúdica. En esta “la motivación principal es el despliegue de destreza, no la destructividad”.
La violencia reactiva es la que “se emplea en la defensa de la vida, de la libertad, de la dignidad, de la propiedad ya sean de uno o la de otros”. Teniendo en cuenta ello, el autor nos habla que el miedo es el principal motor de este tipo de violencia y que el mismo puede ser real o imaginario. Además el miedo imaginario es la base para la manipulación de líderes políticos a la agresividad. Ellos cambiarán el concepto de la guerra en pos de intereses a un concepto de defensa nacional. Fromm menciona que “esta persuasión –a defenderse cuando en realidad se está atacando- depende sobre todo a la falta de pensamientos y sentimientos independientes y de la dependencia emocional de la inmensa mayoría de la gente respecto a sus jefes políticos. Siempre que exista esta dependencia se aceptará como real cualquier cosa que se exponga con fuerza y persuasión.
Otro tipo de violencia relacionada íntimamente con la violencia reactiva es la violencia vengativa. Fromm explica que “el daño ya ha sido hecho, y por lo tanto la violencia no tiene función defensiva, sino una función irracional de anular mágicamente lo que realmente se hizo”. Según él, en individuos con patologías severas, la violencia pasa a formar parte primordial de su vida. Sin ésta, la pérdida de identidad y de objetivos en la vida amenaza al sujeto. Este tipo de violencia puede ser producida por dos factores (1) por escasez psíquica que impregna al individuo –o al grupo- y que convierte la venganza en un medio para recuperar lo perdido; (2) por el narcisismo.
El quebrantamiento de la fe es otro tipo de violencia en el que “la fe en la vida, en la posibilidad de confiar en ella se quebranta”. Esto tiene consecuencias graves en el individuo pues empieza a odiar la vida y por ende a destruir cualquier cosa relacionado con ella.
Siguiendo en la escala de la patología Fromm menciona la violencia compensadora. Explica que “el hombre no puede tolerar la pasividad absoluta. Se siente impulsado a dejar su huella en el mundo, a transformar y a cambiar, y no sólo a ser cambiado y transformado”. Aquel hombre que no puede crear vida, la destruye. Así, se venga de la vida porque ésta se la niega. La violencia compensadora es precisamente la violencia que tiene sus raíces en su impotencia, y que la compensa.
El sadismo se deriva de la violencia compensadora. “Es un impulso hacia el control absoluto sobre un ser vivo”. Fromm nos dice que este impulso es tan fuerte como el sentimiento de vivir. Así pues, el hombre –por lo mismo de ser hombre- compensa su invalidez. Además –sostiene Fromm- el único remedio para la destructividad compensadora es encaminar al sujeto a una potencialidad creativa. Pero este tipo de hombre no destruye por el gusto de destruir, “en su misma negación de la vida aún demuestra su necesidad que sienten de vivir y de no ser un inválido”.
El último tipo de violencia es la sed de sangre arcaica. Explica la misma de la siguiente manera: “no es la violencia del impotente; es la sed de sangre del hombre que aún está envuelto en su vínculo con la naturaleza. La suya es la pasión de matar como un modo de trascender la vida, por cuanto tiene miedo de moverse hacia delante y de ser plenamente humano”. Es interesante ver que Fromm al final asegura que “una persona, después de haber llegado a este nivel arcaico de conexión con la vida, puede volver al más alto nivel de desarrollo, al de la afirmación de la vida, por su humanidad”. Con esto terminan las descripciones agresivas al servicio de la vida.
En el tercer capitulo “amor a la vida y amor a la muerte” Fromm sostiene que “no hay distinción más fundamental entre los hombres, psicológica y moralmente, que la que existe entre los que aman la muerte y los que aman la vida, entre los necrófilos y los biófilos”.
Caracteriza a las personas necrofilas como personas que se sienten atraídas por todo lo muerto, “empiezan a vivir precisamente cuando hablan de muerte”. “El necrófilo vive en el pasado, nunca en el futuro […] Son fríos, esquivos y devotos de la ley y el orden. Su principal característica es el uso de la fuerza” como medio para convertir un hombre en cadáver.
Para el hombre necrofílico “no es dar vida, sino destruirla; el uso de la fuerza no es una acción transitoria que le imponen las circunstancias, es un modo de vida”. Para él sólo existen dos polos de personas: los que matan y los que mueren.
En definitiva, esto evidencia que los rasgos del hombre necrofílico son “el deseo de matar, el culto de la fuerza, la atracción de la muerte y la inmundicia, el sadismo y el deseo de transformar lo orgánico en inorgánico mediante el orden.
En el otro extremo, la biofilia es la característica que vela fundamentalmente por la vida. El hombre biofílico “dará cualquier cosa por conservar la vida […] Ve el todo y no únicamente las partes, estructuras y no sumas. Quiere moldear e influir por el amor, por la razón, por su ejemplo, no por la fuerza, no aislando las cosas ni por el modo burocrático de administrar a la gente como si fueran cosas. Goza de la vida y de todas sus manifestaciones, y no de la mera agitación”.
Obviamente estas orientaciones están caracterizadas puramente. La gente generalmente desarrolla la biofilia o necrofilia en niveles menores. Puede ser una mezcla de ambas pero lo importante para saber es cual predomina más.
Si existen dos manifestaciones de una persona, ¿qué factores inducen al individuo a desarrollar una de las dos tendencias? Para el desarrollo del amor de la vida, Fromm menciona tres valores fundamentales expresados de la siguiente manera: (1) tiene que haber “seguridad en el sentido de que no están amenazadas las condiciones materiales básicas para una vida digna; (2) justicia en el sentido de que nadie puede ser un fin para los propósitos de otro; (3) y libertad en el sentido de que todo individuo tiene la posibilidad de ser un miembro activo y responsable de la sociedad”. En caso de que faltaran estos tres valores, el individuo desarrollará un carácter necrofílico.
Pero Fromm hace otra pregunta, ¿qué relación hay entre la necrofilia y el espíritu industrial de la sociedad contemporánea? Que “la gente no teme la destrucción total porque no ama la vida, o porque es indiferente a la vida, o también porque muchos se sienten atraídos por la muerte. El homo mechanicus se interesa cada vez más en la manipulación de máquinas que en tomar parte en la vida y responder a ella. En consecuencia, se hace indiferente a la vida, se siente fascinado por lo mecánico y al fin atraído por la muerte y la destrucción total.
Pero es importante señalar que la producción industrial como tal no es necesariamente contraria a los principios de vida. La cuestión es si los principios de vida están subordinados a los de la mecanización, o si los principios de vida son los predominantes.
En el cuarto capitulo abarca el tema del narcisismo individual y social. Fromm describe al narcisismo desde una visión freudiana: “la líbido sustraída al mundo exterior ha sido exportada al yo, surgiendo así un estado al que podemos dar el nombre de narcisismo”. Esta teoría esta basada en los cimientos del psicoanálisis, el concepto dinámico que no es otra cosa que “el supuesto que motiva la conducta y fuerzas altamente cargadas, y que la conducta solo puede comprenderse y preverse conociendo esas fuerzas”. Fromm adoptó y transformó al narcisismo freudiano en uno suyo. Especificó que el hombre narcisista “cuando más trata de ser Dios, más se aísla de la especie humana; este aislamiento lo hace más temeroso, todo el mundo se convierte en enemigo suyo, y, para hacer frente al miedo resultante, tiene que aumentar su poder, su crueldad y su narcisismo”. También habla del extremo patológico, la psicosis, que “es un estado de narcisismo absoluto, en que el individuo rompió toda conexión con la realidad exterior y convirtió a su propia persona en el sustituto de ella”.
Pero Fromm menciona otro aspecto de la cuestión: ¿Cómo podría sobrevivir el individuo si sus necesidades corporales, sus intereses, sus deseos, no estuvieran cargados de gran energía?. Biológicamente, desde el punto de vista de la supervivencia, el hombre tiene que atribuirse a si mismo una importancia muy por encima que da a cualquier otro. Si no lo hiciese ¿de donde sacaría la energía y el interés para defenderse contra otros, para trabajar por su subsistencia, para luchar por su supervivencia, para sustentar sus derecho contra los de los demás? Pensando en ello, se puede decir que la naturaleza dotó al hombre de una gran cantidad de narcisismo a fin de permitirle hacer lo que es necesario para sobrevivir.
Es decir, hay dos formas de narcisismo, uno benigno y otro maligno. Cuando el maligno se ve afectado “el individuo narcisista teme la depresión resultante de la herida en su narcisismo y por eso trata desesperadamente de evitar tales heridas. Hay diferentes modos de realizar esto. Uno es aumentar el narcisismo para que ninguna crítica y fracaso exterior pueda afectar realmente a la posición narcisista. Pero aún hay otra solución a la amenaza contra el narcisismo que es más satisfactoria para el individuo, aunque más peligrosa para los demás. Esta solución consiste en el intento de transformar la realidad de tal manera que se conforme, en cierta medida, con su auto imagen narcisista”.
El punto central del estudio que sigue es el fenómeno de la transformación del narcisismo personal en el narcisismo de grupo. Desde esta perspectiva, es importante que el grupo este investido por sus miembros de energía narcisista si desean su supervivencia.
El narcisismo de grupo necesita satisfacciones, lo mismo que el narcisismo individual. En el nivel del individuo, esas satisfacciones las proporciona la ideología común sobre la superioridad del grupo propio y la inferioridad de todos los demás.
Con respecto a su tratamiento, expresa lo siguiente. “El credo es que cada individuo lleve en sí a toda la humanidad, que la “condición humana” es una y la misma para todos los hombres, a pesar de todas las diferencias inevitables en inteligencia, talentos, estatura y color. De ahí que nuestra conciencia represente principalmente a nuestra sociedad y nuestra cultura, mientras que en nuestro inconciente representa al hombre universal que hay en cada uno de nosotros. Así el hombre experimentará el hecho de que es un pecador y un santo, un niño y un adulto, un cuerdo y un loco, un hombre del pasado y un hombre del futuro, que lleve en si lo que la humanidad fue y lo que será”. Para Fromm, este es “el desarrollo del hombre hasta constituir un ser completamente humano”.
En el quinto capitulo “vínculos incestuosos” Fromm nos habla primero de este término y su relación con Freud. Sostiene que Freud observó “la extraordinaria energía inherente a la adhesión del niño a la madre, adhesión que raramente es vencida del todo por el individuo ordinario”. Freud relacionó su término con el complejo de Edipo y una vez más, Fromm reformuló el concepto pero si someterlo a la restricción de la libido. De allí enuncia: “esta tendencia “incestuosa”, en el sentido pre-genital, es una de las pasiones más fundamentales en hombres y en mujeres, comprende el deseo de protección del ser humano, la satisfacción de su narcisismo, su anhelo de verse libre de los riesgos de su responsabilidad, de la libertad, del conocimiento, su anhelo de amor incondicional que se ofrece sin esperar nada de su respuesta amorosa”. Con esto Fromm explica que el hombre se siente necesitado de liberarse de todas sus cargas como hombre, a riesgo de parecer desordenado. Además expresa que el hombre puede resistirse a su humanidad e ir hacia el otro lado del progreso. Por esta razón es tan importante describir este fenómeno.
Nuevamente Fromm nos habla de dos tipos de incestuosidad, la benigna y la maligna. En la benigna el sujeto siente la necesidad de ser atendido y mimado. “En este nivel de regresión incestuosa, el individuo no desarrolló su independencia”. Después Fromm nos habla de los siguientes niveles de regresión: “en sus manifestaciones más graves, podemos encontrar un individuo que, por ejemplo, elige una esposa que es una figura austera materna; se siente como prisionero que no tiene derecho a hacer nada que no sea en servicio de la esposa-madre, que está constantemente temeroso de ella, por miedo a que se encolerice”.
“El nivel más profundo de la fijación en la madre es el de la “simbiosis incestuosa”. ¿Qué se entiende por simbiosis? […] La persona simbióticamente adherida forma parte de la persona “huésped” a la que está adherida. No puede vivir sin esa persona, y si es amenazada la relación, se siente extremadamente angustiosa y temerosa […] Para la persona simbióticamente adherida es muy difícil, si no imposible, sentir una clara limitación entre ella y la persona huésped”. Fromm nos dice que este deseo es un reflejo del deseo inconciente de regresar a la naturaleza, alejarse de la vida.
Después, Fromm expone la patología de la fijación incestuosa. “La patología de la fijación incestuosa depende, evidentemente, del nivel de regresión. […] Cuanto más profundo esté el nivel de regresión mayor es la intensidad de dependencia y del miedo. […] La orientación incestuosa, lo mismo que el narcisismo, choca con la razón y la objetividad. […] Esta forma de deterioración del juicio es mucho menos manifiesta cuando el objeto de fijación no es la madre, sino la familia, la nación o la raza. […] Después del falseamiento de la razón, el segundo rasgo patológico más importante de la fijación incestuosa es el no sentir a otro ser como plenamente humano. Sólo se sienten como humanos los que comparten el mismo suelo o la misma sangre. […] El tercer síntoma patológico es el antagonismo con la independencia y la integridad. La persona vinculada con la madre y con la tribu no es libre de ser ella misma, de tener una convicción propia, de entregarse a algo”.
Así es como Fromm nos explica su último síntoma del síndrome de decadencia. Necrofilia, narcisismo y fijación incestuosa completan un cuadro que hace que el hombre vaya en contra de la vida misma.
Fromm en su ultimo capitulo “libertad, determinismo y alternativismo” vuelve a preguntarse lo mismo que al principio: ¿el hombre es bueno o malo? ¿Es libre o está determinado por las circunstancias? ¿Puede hablarse de la esencia del hombre y, si se puede, cómo está definida? Fromm define al hombre como aquél que le permite conocerse a si mismo. Este conocimiento “lo hizo extraño en el mundo, aislado, solitario y amedrentado”. Además dice que para poderse liberar de este miedo, el hombre tiene que adquirir un sentimiento de unión, de unidad, de pertenecer a un conjunto. Las diferentes maneras de solucionar este problema, Fromm las describe como la esencia del ser humano.
Fromm distingue dos soluciones; la solución arcaica o de regresión y la solución progresiva. En la primera el hombre trata de eliminar todo aquello que lo distinga de la vida mientras que en la segunda, el hombre encuentra la armonía por el pleno desarrollo de sus facultades como humano.
Entonces Fromm nos lleva a otro problema: ¿Es libre el hombre para elegir el bien en cualquier momento dado, o no tiene tal libertad de elección porque es determinado por fuerzas exteriores e interiores a él?. Aquí el autor cuenta que los deterministas argumentan que las decisiones del hombre están determinadas por ciertas leyes de la naturaleza. Esta postura es criticada por que, si el hombre no tiene la capacidad de elegir, entonces no es responsable de sus actos, pero Fromm aclara, que la responsabilidad sólo es saber lo que se hizo.
En definitiva: “la libertad es una actitud, una orientación, parte de la estructura de carácter de la persona madura, plenamente desarrollada productiva; en este sentido, puedo hablar de un individuo libre como hablo de un individuo amable, productivo, independiente; la libertad en este sentido no se refiere a una elección especial entre dos acciones posibles, sino a la estructura de carácter de la persona en cuestión; y en este sentido el individuo que “no es libre para elegir el mal” es el individuo completamente libre”.
Las acciones del hombre están determinadas por causas anteriores, pero puede liberarse del poder de esas causas mediante el conocimiento y el esfuerzo. No pueden separarse teoría y práctica. No puede saberse sin luchar y actuar. El hombre puede elegir entre ciertas posibilidades averiguables, y depende de él cuál de esas alternativas tendrá lugar; depende de él mientras no haya perdido su libertad.
Reflexión Final
Sin lugar a dudas este maravilloso libro incursiona en el potencial del ser humano para hecer el bien o el mal, acerca de la orientación hacia amar la vida (biofilia) o la muerte (necrofilia) y finalmente, si el ser humano es lobo o cordero.
Muestra que el narcisismo en cierto nivel es indispensable para sobrevivir, pero llevado al extremo puede convertirte en un monstruo incapaz de ver el mundo sino solo en las construcciones internas e irreales de su mente enferma. Existe una capacidad innata en el ser humano de destruir y de practicar la violencia y todo ello pone en cuestionamiento la verdadera naturaleza del hombre, del ser humano.
Finalmente menciono el siguiente pensamiento de Fromm que, a mi parecer, sintetiza la visión de este autor: “En realidad, debemos de adquirir conocimiento para elegir el bien, pero ningún conocimiento nos ayudará si hemos perdido la capacidad de conmovernos con la desgracia de otro ser humano, con la mirada amistosa de otra persona, con el canto de un pájaro, con el verdor del césped. Si el hombre se hace indiferente a la vida, no hay ya esperanza de que pueda elegir el bien. Entonces, ciertamente, su corazón se habrá endurecido tanto, que su “vida” habrá terminado. Si ocurriera esto a toda la especia humana, la vida de la humanidad se habría extinguido en el momento mismo en que más prometía”.
Bibliografía
Fromm, E (1980). El corazon del hombre: su potencia para el bien o para el mal. Ed. FCE. Barcelona.
Fromm, E (1999). Eric Fromm, el amor a la vida: Una biografía ilustrada. Ed. Piadós. Barcelona.