|
Pronto entraremos en los octavos de final del mundial
de Alemania 2006,
estamos pues en el ecuador del campeonato, o mejor dicho,
de ese gran
mercado internacional donde exponer, comprar y vender
productos a gran
escala: desde ropa y elementos deportivos, muchos de
ellos, como los propios
balones de fútbol, fabricados por niños
en cualquier país empobrecido de
Asia (Pakistán o la India son buenas ejemplos),
hasta empresas
patrocinadoras, cadenas de televisión, aseguradoras,
turismo y hostelería, y
por supuesto sexo, mucho sexo, o por lo menos así
lo indica el alto número
de desplazamientos de mujeres de la Europa del Este
hacia Alemania en fechas
próximas al mundial para trabajar como prostitutas.
El fútbol es lo de menos, lo importante es vender,
y cualquier espectáculo
global de masas es el lugar y el momento adecuado. Millones
de espectadores
en todo el mundo son bombardeados continuamente con
mensajes publicitarios.
Hace ya mucho que los mundiales de fútbol dejaron
de ser un espectáculo
deportivo y mediático limitado a los países
europeos y latinoamericanos.
La FIFA calcula que ingresará en este mundial
unos 1850 millones de euros
(2200 millones de dólares USA), éste puede
llegar a ser, según diversas
estimaciones, el Mundial más rentable de la historia.
Unos 1400 millones de
dólares USA provendrán de la cesión
de derechos de televisión y de
retransmisión del torneo, los 800 restantes vendrán
de los 15 patrocinadores
oficiales del evento que pagan esa suma para la utilización
exclusiva del
nombre y del símbolo de la Copa del Mundo 2006,
y de los seis proveedores
oficiales. Se ha calculado que los precios de las pautas
de las trasmisiones
de los primeros partidos rondarán los 3.600 dólares
USA por segundo, y en
los partidos finales los 480.000 dólares USA
por anuncios de 30 segundos: es
decir, 16.000 dólares USA por segundo, lo que
representa 142% más de lo que
costaba un spot de 30 segundos en la final del mundial
Corea y Japón de
2002.
También a estas alturas, este mundial ya nos
ha dejado momentos lamentables,
como las agresiones de sectores nazis de la hinchada
alemana hacia los
seguidores polacos, mientras gritaban consignas fascistas
y xenófobas de
apoyo al III Reich y alzaban el abrazo. Como si los
polacos no hubieran
tenido bastante durante la II Guerra Mundial.
Mientras, en el Estado español, los medios de
comunicación, en una campaña
sin precedentes de apoyo a la selección española,
han contribuido a toda la
locura colectiva, alentada por los éxitos deportivos
de la selección
española, frente a Ucrania primero y Túnez
después, cuyo grito de guerra no
para de sonar por todas partes: “¡A por
ellos!”.
Ese violento “¡A por ellos!” parece
que se refiere más a un enemigo interno
que a un rival deportivo extranjero. Da la sensación
de que a por quién se
quiere ir es contra aquel que no se siente identificado
con la selección
española, por los motivos que sean, dándole
la sensación de que se siente
solo y aislado.
En el Estado español no solamente está
en juego un partido, una selección, o
un gran negocio, ya que de nuevo tenemos que hablar
de patrocinadores, a los
que esta vez, y por ahora, el negocio les está
resultando más rentable que
en ocasiones pasadas, debido a los éxitos deportivos;
o de cadenas de
televisión, sin lugar a dudas La Sexta ha metido
un golazo por la escuadra,
y nunca mejor dicho. En estos momentos, después
del referéndum del Estatut
catalán, de proceso de paz en Euskal Herria,
y de reforma del Estatuto
andaluz, la gran oligarquía española no
solo aprovecha las circunstancias
para aumentar ventas, sino para afianzar ideológicamente
su proyecto
histórico de España. En estos días,
ha sido fácil encontrar en la prensa
artículos en los que se asociaban éxitos
deportivos de la selección española
de fútbol con afianzamiento de la identidad nacional
española, frente a
otras pertenencias identitarias peninsulares, pretendiendo
así cerrar a
fuerza de goles, de una vez, esa constante discusión
entorno a qué es
España, o cómo se tiene que articular.
Se han cuidado en esta ocasión mucho dos elementos:
el primero, el fomentar
el “¡A por ellos!” entre la juventud,
la de los botellones masivos, esa a la
que tanto se criticaba en los medios de comunicación,
esa juventud parece
que ahora sí tiene algo en lo que creer y por
lo que participar socialmente:
la selección española de fútbol,
y nada más, ni luchar contra la
contratación basura, ni por una educación
pública de calidad, ni la
especulación del suelo, nada de eso, solo fútbol.
El segundo está siendo la
manipulación constante de lo andaluz, o de parte
de las señas identitarias
andaluzas, como forma ridícula y estúpida
de identificar lo español. Aunque
esto último no es nuevo en absoluto, si está
siendo novedosa su utilización
continua, sin complejos ni ridículos.
Pero aún queda mucho mundial, a pesar de ese
otro grito de “¡Sí, sí, sí,
nos
vamos a Berlín!” y de la falsa euforia
desatada, porque parece, según los
mismos medios de comunicación en su delirio españolista,
que potentes
selecciones como Brasil, Alemania, Argentina, Italia
o Inglaterra no son
obstáculos para la “furia española”.
Todo pueda ser que esa locura que han
desatado y la manipulación que se esconde tras
ella termine derrumbándose
ante un nuevo fracaso deportivo, y con él, una
ocasión desaprovechada para
el afianzamiento del proyecto de España propio
de la oligarquía imperialista
española.
De momento: ¡qué siga el negocio y la
manipulación! Perdón, quise decir el
fútbol.
Antonio Torres, “Antón”
|