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Poder aos putos!
Apontamentos sobre la ciudad encallada 3
Los cafés.--En Porto ya van quedando pocos cafés, pero todavía subsisten tres o cuatro de esos en los que anidan piolhos y aranhas , parroquianos que en su juventud vieron florecer la hierba de los tapetes de billar, cuando –aún les decían también a ellos putos – se agarraban a los tacos como si fuesen lanzas y que hoy, ya mustios, van dejando caer con parsimonia los naipes de sus manitas arrugadas, absortos en una suerte mil veces barajada que no acabará nunca de afortunarles. Mezclada con estos vejestorios, la nata de la canalla, la estirpe más ociosa y desabrida de la malta portuense, ralea de chulos y camellos y hombrecitos que aparentan ser hombretones y hombretones que son hombrecitos.

Las mayúsculas de los neones alicaídos de los letreros luminosos de estos cafés portuenses parpadean con indolencia supina sus estertores lúgubres, delante de una ristra de a intervalos fundidas minúsculas, como si a esos letreros se les hubiera caído el pelo, calvos de luz, o como mucho con una luz de azules, verdes y rosas encanecidos; los neones del Aviz, el Ceuta, el Áncora de Douro, el Faial, el Yakarta, el Goa...
Al entrar en uno de estos cafés-islas, el intruso puede demorarse un buen rato escogiendo dónde va a posar el culo entre las 138 sillas idénticas y melancólicas, y las 47 mesas vacías, tristes en ausencia de alcoholes, de mármoles curvilíneos pingados de restos de café. Están estas mesas y sillas siempre dormitando o abstraídas, y al sentarse uno crujen sobresaltadas, porque se les obliga a prestar un servicio que en sus sueños reservaban a culos mejores.
El simiesco criado parece un viejo general decimonónico. Avanza su cojera mecánica por entre el laberinto de mesitas redondas y los pasillos alineados de sillas inmóviles, firmes a duras penas al paso de su revista, como un ejército diezmado. En la retaguardia de la infantería ligera de sillas y mesas, arrimados a las paredes, los divanes, de obtusos terciopelos, armamento pesado de los cafés, con las espaldas blindadas por los espejos murales que a cada lado proyectan el reflejo de una invisible clientela.

Estas lunas oscuras, que escupen hasta el infinito el amplio interior diáfano del Café Ceuta incrustándolo al fondo de un túnel especular, tienen talladas escenas de gloriosas conquistas y odiseas coloniales que se resisten a pasar definitivamente del otro lado, a ser reflejos sin origen de un pasado que ya le viene pesando a la fragilidad de las lunas y amenaza con quebrarlas y hacer añicos la historia.
En el Café Ceuta existe una mesa que, noche tras noche, está preparada con mantel, platos, copos y cubiertos, para una cena que no habrá de servirse, pues jamás nadie se ha sentado allí... Una noche, al entrar, hemos pensado ocuparla, pero no lo hemos hecho por temor a que nos sirvieran los callos ya fríos, como le sucedió al ingeniero y poeta futurista Álvaro de Campos; los callos –que aquí se dicen directamente tripas– á moda do Porto han de servirse bien calientes y humeantes.

Otro día entramos y nos encontramos que el universo inmutable del café portuense ha sido trastocado, pues hay un cliente sentado a esa mesa eternamente vieja y virgen que, de entre todas, no sabemos por qué, nos era favorita. Son momentos de confusión, casi de zozobra, en los que no nos decidimos a quedarnos, reculamos hacia la puerta giratoria, pues las restantes setenta y nueve mesas vacías no nos ofrecen el misterio silencioso que nos ofrecía ésta .
Si hemos hablado de criados es porque así se les llama en los cafés portuenses a los camareros, "criados" o "funcionarios"; y se les dice bien (si nos atenemos a una antigua acepción, al menos en castellano), porque debieron ser clientes sin blanca que un día, no pudiendo pagar la cuenta infinitesimal, se vieron abocados al uniforme, la bandeja y la bayeta. Nunca más salieron del café.

El criado del Ceuta, con una soñolencia que le recorre de punta a punta el uniforme, opera en solitario, como un insomne al que aqueja el espectro del patrón inexistente y acata con prestancia la comanda de ultratumba. O fue él mismo capitán de una nave que hubo de abandonar el día que se desató la peste, y vino a naufragar en el fondo de uno de los espejos. Dejada a su suerte, la tripulación, desde entonces, espera, esperamos, preguntándonos si no será él el encubierto patroncito Don Sebastián.
Tan presto con el cenicero como quien se desamodorra para cumplir funcionarialmente su destino, toda la vida viene a pasarle de largo, la ve escalar su cuesta afuera, del otro lado de los ventanales, incapaz de convidarla a pasar, ponerle unos cubitos y bebérsela de pronto.

Pues lo que en estos cafés siempre falta es gelo . Las mesas no quieren ya más cafés solos, ni pingados , ni meias de leite siempre mornas .. . ¡Quieren cócteles sorpresa!, música de copos llenos de gelos... ¡Gelo, gelo, gelo a mansalva!, dan ganas de gritar al entrar en el imperturbable café portuense. ¡Mares de gelo en los que desemboquen ríos de güisqui, de ron y de gin! Quieren bailar las tazas y también las cucharillas. Quieren espuma de cerveza en los días las jarras arañadas, divorciarse del estropajo que las espera celoso en el fregadero cuando vuelven tarde de su farra por las mesas; y en las noches bailar en la bandeja y dejarse besar por todos los labios sedientos como ante un espejismo aún no adivinado... ¡No quieren más llovizna!... ¡Que les visite la tromba de licores desconocidos! Hasta la vajilla del café quiere probar en qué consiste eso de sonrojarse con los vinos de oporto, tan taninos, que aquí en el café apenas se sirven; desembarazarse del ponche melifluo, quieren... ¡no estar seguras de nada! Que llegue uno y pida algo distinto, por esta vez.
Y en los platos, siempre ocupados de acá para allá por las tremebundas francesinhas (emparedado típico consistente en una mole de embutidos bajo una salsa picante, bomba a prueba de estómagos, sólo apta para portuenses: para serlo hay que zamparse al menos una francesinha al día, preferentemente para cenar y poder tener luego sueños sólidos), no pocas veces echamos en falta esa delicatesen castiza que son los boquerones limpios y blancos con su ajo su perejil y su vinagre.

Ahora que, de aquí a nada, absolutamente nada de estos viejos cafés portuenses va a quedar, en una ciudad revuelta en reformas y lavados de cara; ninguna de estas salas de billar que ocupan los sótanos, entrepisos y sobrepisos de los cafés, con sonido entrechocante de bolas y chasquidos de fichas de dominó al fondo, donde se trajina cada vez menos con los tacos, excusado será decir que pantomima para otros tejemanejes; tapadera para el necesario trapicheo, que es la economía sumergida e indispensable de este puerto fluvial, sin línea de horizonte ni murmullo de olas.
En estos cafés desolados de juventud, sobresaltados los viernes a lo sumo unos pocos por causa de vocinglera estudiantina, en estas islas inmensamente indolentes el resto de la semana, que han ido quedando encajonadas en una porción de tiempo inquebrantable, se tiene la sensación de que cualquier día le van a anunciar a uno que ya no hay siquiera café; y entonces –porque hasta el café en estos cafés, a fin de cuentas, es lo de menos– le traerán a uno una cucharilla para dar vueltas al vacío de la taza, pues de lo que se trata es de remover con parsimonia el tiempo, viendo cómo da vueltas sobre sí mismo en su ir agazapándose.
Saliendo del Ceuta, dejando atrás la Praça da Liberdade, nos sale al paso el águila imperial que, desplegando sus alas de bronce, daba antiguamente la bienvenida al desaparecido Café Imperio – á portuguesa –, hoy transformado en un lúgubre establecimiento de la cadena McDonald. Luego de zafarnos, emprendemos la subida por la empinada rua Formosa, rememorando la fiesta secreta del café portuense.
la siesta atlántica

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