Poder aos putos!
Apontamentos sobre la ciudad encallada
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Las plazas.--Calles de luz húmeda y cenicienta, de un amarillo turbio los domingos, cuando abate la ola de calor veraniego sobre las plazas, de Mártires da Patria a las ruas de Heroísmos varios; Praça de una Liberdade encallecida, donde se marchitan los claveles revolucionarios, sepultada ahora entre las zanjas que abre el progreso ordenado en un despacho de Bruselas; museos modernistas isolados por barricadas de escombros.



En esta Praça central da Liberdade, desasistida por un quehacer centrífugo –pero sólo hasta sus propios límites–, ante el inminente combate europeo de fútbol, han colocado unos gigantescos carteles luminosos con el eslogan: "Portugués: Confianza y Optimismo"... ¡Siempre lo mismo! La hinchada acude en masa. Y el resto de plazas se engalana con los colores de la ignominia nacional. Se vive en bloque momentos de euforia socializante... Concebimos aquí la idea de montar un Club de Amigos do Jogo, Inimigos do Deporte, al que nadie por supuesto acudiría, demasiado hipnotizados los domingos frente a los televisores con pantallas estampadas de verde-hierba-campo-de-futebol.

Transcurrido el campeonato balompédico, las plazas están ahora como siempre, tan concurridas de vivos como los cementerios, que en Porto son de andar por casa, con mujeres que entran y se salen de ellos varias veces al día, como de un bar en busca y captura del esposo borrachín.



Este portuense anonadado de adega en adega, anda aún subsumido en los vapores etílicos de la nacional conciencia, herencia salazarista del “vivir en lo habitual”; el fadario o destino fatal de miles de operarios portuenses que “manhana a manhá às nove e meia” (si no antes) tomarán estas plazas, ahora desiertas, para ir a ponerle un dique más a un país que no tiene pensado todavía, a pesar de todo, desbordarse; recostado de pie, con su fisonomía frontal erosionada por un mar que va arañándole implacablemente centímetros de tierra de a poco, y que así se venga de tanto siglo de catecismo y tanto saqueo perpetrado a través de él bajo excusa evangélica, expedicionaria o colonial. La burocracia consiste aún en vivir habitualmente adiestrados en el acuse de recibo, en no saltarse los pasos de un horario, un escalafón y unas normas preteritamente establecidas, nadie es ya capaz de decir cuándo. La autoridad, aquí, no se sabe discutir. La catástrofe de lo establecido no como dogma o como decreto-ley sino tradicionalmente asumido sin preguntarse por qué y para qué; la hecatombe habitual, donde la oxidación se produce en el marchar sin más diario; como el triste socavón, erosión practicada por el cráneo de nuestro portuense medio en el cabecero de madera de la piltra conyugal a fuerza de quedarse despierto hasta las tantas leyendo sistemáticamente el deportivo Bola . Y ese bajorelieve en el que ha ido hundiéndose la testa paterna –o que la testa ha ido horadando– domingo a domingo, a su hija le parece algo definitivamente conmovedor... Me la imagino ahora, a María Jo ã o (tal vez el padre haya muerto, yo no sé), tan sentimental como era, pasando las yemas de los dedos por esa sutil concavidad producida por la mollera del paterfamilias de tanto empujar hacia atrás, mientras repasaba los ojos de noche por los eventos deportivos de la jornada impresa.

También hay que decir que, como estas concavidades que todos los varones portuenses van haciendo en los cabeceros de sus camas Bola en mano, las plazas de Porto son de formas desiguales y no parecen plazas. Entre las abigarradas callejas de piedra, en descenso a los urinarios, en ascensión a los cafés con billares, a veces se abren unos claros amorfos, de superficie desigual y a distintos niveles, y estos claros son llamados plazas porque los días que no hay fútbol a ellos vienen a concurrir solamente las ruas, como tentáculos a la inversa; o al doblar una esquina surge un pilón recoleto y circular o una fontinha musgosa, donde los putos que moran lejos del río se bañan en gayumbos las tardes de verano.



Aquí ya no quedan plazas donde esculpir lirios (¡qué distintas de las de Lisboa, Cesariny!), pero sí plazas donde ya no había nadie antes de marcharse el último; donde a veces y sólo por hábito de esperar lo que nunca ha de llegar resbalan los pellejos de algunos viejos operarios confundidos con mendigos, maleantes, desocupados y borrachos lentos con emanaciones etílicas, que son las de las uvas a las que sólo se les puede sacar ya unas gotas de aguardiente que aquí llaman bagaço y es más fuerte que en ningún otro lugar de la península. Son estos fumadores de gorra los principales moradores de las plazas de Porto. Llegaron a ellas antes de que trajesen los bancos donde hoy dormitan y a los que, se diría que contratados ex profeso, dan sentido.

Lo mejor de Porto es cómo la han ido dejando estar, por sí sola, su mácula milenaria, su mugre necesaria . La roña es su auténtica piel. Así como en las plazas el portuense arrojado a la rua es la piel del banco, que a su vez es su esqueleto. Y una vez restregada esta mugre, como pretende la autoridad, no va a quedar de Porto más que una postal ajena que se deslucirá sin cópula que venga a escribirla, aunque sea por detrás.

los cafés