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Poder aos putos!
Apontamentos sobre la ciudad encallada 1
Ciudad encallada.--Porto es La Ciudad Despaldas, de espaldas a la conmoción del tiempo.
Porto vive su tiempo de siempre, estanco, apenas sacudido por los vaivenes meteorológicos, pues al otro lo mejor que le ha pasado es ir enmoheciendo. Y se alimenta chupando de su atmósfera desasistida, encostrada en cada uno de sus becos; muy a pesar de que tanto jerifaltes de antaño como publicistas de hogaño, desde despachos de ciberdiseño, arenguen ripiosos: "¡Portugal ya es digital!" (y traigan enchipzado el uniforme progreso que rasera made in USA, tratando de imponerlo, aquí como en todas partes, y barrer la escoria, restregarnos la mugre y vaciarnos de paso el bolsillo y la calavera, por intereses especulativos varios, cada vez más violentamente, imponiendo un tiempo ajeno, global, el de la pantalla Microsoft que en todo el mundo marca la hora actual), sigue siendo éste de piedra un pueblo doble, triplemente de espaldas: a su supuesta condición de urbe, primero; no ha querido competir en capitalidad, lo suyo es estarse alrededor del puchero donde se cuecen sus famosas tripas; y luego por hallarse situado en el entrecejo peninsular (más mostrenco que ibérico), de espaldas al resto de la península y de espaldas también al mar, a ese océano que no es salida sino barrera, imposición de la nada de frente.

Así que Porto es como una isla –a la que hemos venido a naufragar un tiempo– circundada de un lado por un río, de otro por unos bosques, de otro por un océano, y que se mira hacia dentro, soñando sus afueras.
Porto fluvial, más que marinero, vive su idiosincrasia de escotillón dourado , en torno a la desembocadura meándrica del Douro, recogido entre repliegues para no encontrarse así, de sopetón, con el océano y tener que cederle aguas. Se resiste.
Porto le da la espalda; prefiere amancebarse en el mogollón endogámico de ruas, esquinas y escadas de piedra ennegrecida. Tal vez lo único pulido aquí sean estas barandas y pasamanos que el pueblo abrillanta a su paso al ascender y descender sin pausa por entre una concatenación de predios desiguales. En primavera, a las pecheras embaldosadas de estos predios aguerridos les sale una exhuberante pelambrera vegetal. Es una virilidad que exhiben verano, y que en otoño se alimenta de la bruma. Cuando ésta se despeja, en algunas mañanas claras de invierno, aparece la ciudad desnuda en toda su abigarrada y dura belleza; laboriosa, ocupada de sí misma. Desde esta balconada la guerra de Irak parece desarrollarse más lejos que en ninguna otra parte, como en otro planeta, en otra galaxia, mucho más allá incluso de la de nuestro sistema solar televisivo.
Un imaginario astrolabio nos condujo hasta aquí, nos extravió; y en eso pareció consistir su principal misión. Rehenes de estas ruas, a pesar de ellas, nos abandonamos a su misma dejadez pedregosa y ponemos a solazar el esqueleto, como las panzas a remojo de los barcos semihundidos en la Foz, donde ya Porto deja de ser Porto y sucumbe a su derrota oceánica.

Ciudad encallada (y encanallada), de la que, más que la Ribeira, la torre dos Clérigos y otros lugares marcados por los ruteros turísticos, resultan secretamente significativos los senderos invisibles que cruzan de parte a parte Porto, una ciudad que casi no tiene arterias; su sangre espesa de azúcares se arrastra subiendo y bajando por multitud de venas: callejones que aparecen y desaparecen de los mapas, crispación de cartógrafos meticulosos que aún no han podido dibujar uno que se esté quieto; en cuanto lo doblamos, nos hace el lío, como los trileros, cambiando las calles de sitio bajo sus plegaduras. Y allí donde aparecía una rua de comercios ultramarinos y cafés fin de sécle , nos traga sin venir a cuento un pasadizo que, entre muros de piedra, zigzagueando, baja en empinada escada hasta el río, dejando atrás ruas emparedadas por almacenes de colchones y predios abandonados de camas; los olvidados escritorio junto a las vías del tren, los caserones fantasmales, contrapunto de las resabiadas glorietas, hasta dar en el café de Lourdinhas, donde pasó sus últimas tardes Archie Pereira, el último guitarrista hawaiano, testigo octogenario de un mundo irremediablemente ya extinguido.
las plazas

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