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Lento, pero avanzo... 3
Pobreza, rituales y religión.--En San Cristobal por primera vez nos impacta la pobreza. Indígenas que venden por la calle. Niños que te ofrecen animalitos de colores. Pulsera. Muñequitos de Marcos. Viejas que piden. Nos cuentan unos amigos que hay una comunidad muy grande de italianos que viven en San Cristobal. Son propietarios de pizzerias o camellos. Las dos cosas en la mayoría de los casos. Nos dicen que circula mogollón de farlopa. No comprendo cómo la peña pueda venir a meterse cocaína en este pueblo. Entre las montañas. Un sitio tranquilo. Con las indígenas tiradas por la calle y un tercio del ejercito mexicano en este rincón del país acosando a los zapatistas. No comprendo la fiesta y la marcha en medio de la pobreza y de la guerra. ¿Serán pudores de intelectual progre? ¿O será que la marcha la tengo en el bar abajo de casa en Madrid y me parece un sin sentido buscarla aquí? Los mismos amigos me cuentan que la ciudad es muy conservadora. El alcalde del PRI ha cerrado bares históricos por el ruido y ya no da licencias para vender alcohol. Y el poder de la Iglesia es muy grande. Se oyen en continuación cohetes para celebrar las fiestas de los santos de la ciudad. El primer día pensaba que eran balas. Me había montado la película que había tiroteos en las afueras. Talvez he leído demasiados libros sobre la guerra partigiana en Italia.
Llegando aquí buscaba huellas del zapatismo pero la primera impresión es que no se ve nada. Solo mogollones de camisetas de Marcos y del Che. Postales. Hasta los pasamontañas bordados con la escrita EZLN. Pensaba encontrar una ciudad comprometida, con un conflicto o, como mínimo, una discusión política visible. En la línea del frente. Una ciudad consciente de ser la frontera entre el mundo y un movimiento político que es una referencia para toda la izquierda internacional. Me esperaba encontrar en la ciudad algunas tensiones. Sentir la presencia, la cercanía del EZLN, en lo bueno y en lo malo. Eso sí, se ven militares con AK47 en las calles entre turistas que compran ámbar y artesanía. Pero más allá del merchandising zapatista no encuentro nada. Es verdad que el EZLN es un movimiento guerrillero y es normal que no se vea nada en la calle. Que no pongan un cartel que diga: “EZLN. Estamos aquí”. ¿Pero no hay un brazo político del EZLN? ¿No hay centros de apoyo en San Cristobal? ¿Donde están los colectivos que debaten sobre la sexta declaración? Estas preguntas nos acompañan en nuestros paseos por la ciudad. Quedan pendientes en las excursiones y en las visitas culturales que llenan nuestros días. Se difuminan en la suite con vistas a las montañas que hemos conseguido a bajo precio.
Vamos a un espectáculo para niños y adultos de una compañía que recupera cuentos y tradiciones mexicanas sobre la muerte. Aprendemos así que el día de los muertos, el dos de noviembre, preparan en el salón de la casa la comida y la bebida preferidas por las personas queridas que han muerto: panecitos, mole, tequila, mezcal. Y los muertos a media noche llegan a comer y a beber. De esta forma las familias recuerdan sus muertos. Les preparan la comida que más les gustaba. Me parece que tendríamos que adoptar esta tradición. Mucho mejor que ir con flores al cementerio. Pensar algo que gustaba a los muertos, no sólo la comida: una novela, un poema, un cuadro, un cuento, un lugar. Y el día 2 de noviembre leer la novela, recitar el poema, mirar el cuadro, contar el cuento, visitar el lugar. Si viven en la memoria, los muertos están vivos en los vivos. Por eso es tan importante que los niños participen de la tradición. Que se cultiven sus recuerdos de personas que han conocido apenas. Así, a través de los niños los muertos seguirán vivos.
Otra tradición es preparar calaveras de azúcar con los nombres de las personas queridas y comérselas. Hay baile, fiesta, fuegos artificiales. La muerte aquí es algo presente. Te puedes acostar con ella. Es un personaje alegre, que bebe, canta. En Europa la muerte es rechazada, no existe, es la negación de todo. Aquí parece una parte de todo. En fin, estamos en un espectáculo para niños con calaveras que bailan y cantan. Y los niños se suben al escenario a bailar con ellas. Algo impensable en Italia o España, donde de la muerte se habla con pudor o miedo. O directamente no se menciona. Para decir que una persona ha muerto en Italia se usa el eufemismo: “se ha ido”. Donde gracias a la religión católica la muerte asume las formas más obscuras de los pintores del 600. Terrible, horrible, despiadada con su hoz. Con los cuervos y las ratas de la peste a su alrededor. Nada para niños. Nada para celebrar. Impresión: los rituales laicos de aquí me parecen indispensables para vivir mejor. Ahora que ya no somos católicos, ¿cómo sobrevivimos a la muerte de las personas queridas? La religión con sus rituales del entierro y la promesa de una vida más allá donde podemos re-encontrar todas nuestras almas queridas, es, o mejor dicho, era un medicamento poderoso contra el vacío de la muerte. Ahora los post-católicos tenemos que inventarnos sentidos y soluciones de cara a la muerte. Apañarnos cada uno por su cuenta. Y los rituales laicos como este que vemos representado en el escenario sirven para compartir el dolor, para no estar sólo. Para combatir la pena, para vivir mejor.
Otra excursión nos lleva a San Juan Chamula. Allí hay una iglesia católica consagrada a San Juan Bautista. Dentro los indígenas todavía celebran unos rituales de influencia Maya. Hacen conjuros. Para entrar tienes que comprar un boleto que vale 15 pesos (1 euro). Hay una cola de turistas. Un par de autobuses de parejas jóvenes de Italia. Posiblemente en luna de miel colectiva con un tour organizado. 80 parejas, 40 video cámaras. Se dan la mano, se buscan, se filman. Les llevan de un sitio a otro en autobús. Hoy toca la iglesia católica con ritual maya. Otro autobús de mexicanos ricos que vienen de Estados Unidos. Hay varios obesos con bermudas y calcetines. Los niños indígenas se descojonan señalándoles. Será que indígenas gordos no existen y se ríen de la novedad. En el suelo de la Iglesia hay hierba. Cada grupo que hace el ritual prepara en el suelo un altar de velas. Varias filas de velas. Cada fila con 10-20 velas. En la fila más lejana, las velas más altas. Y progresivamente velas más chicas, hasta la última fila con las velas más pequeñas que son como las de las tartas de cumpleaños. En cado lado de la iglesia hay estatuas de santos católicos. Todos llevan un espejo que les cuelga a la altura del corazón. Cuando los miras, ves tu cara en el corazón del santo. Y los espejos reflejan también el temblor de las velas. Hay unos hombres que parecen los encargados de vigilar el interior de la iglesia, arrancar la cera seca del suelo, ayudar con el conjuro. Los indígenas rezan con letanías incomprensibles, sin mover los labios. Sin separar las palabras. No es muy diferente de un rosario o de “santamariamadredediósredimenuestrospecadosetc.”. Cada grupo reunido para un conjuro está arrodillado. Llevan grandes bolsas de plástico. Enfrente de las velas, las ofrendas. Son refrescos, la mayoría coca-colas, y poche (un aguardiente casero con gradación alcohólica para matarse). Así dentro la iglesia hay decenas de altares con velas y botellas de coca-cola. El sacro y el dólar. Los turistas deambulan en filas, alrededor. No se comprende nada. ¿Qué es esto? ¿Un altar a las multinacionales? ¿Hay un patrocinador del culto Maya? Creo haber oído de una guía que hace unos años ofrecían un refresco con azúcar que hacían ellos. Con la coca-cola es más simple y barato. Más práctico. Nos preguntamos si no es todo una puesta en escena para los turistas. La cola, el boleto, las velas. Bah, seguimos deambulando.
En cada grupo arrodillado, la mujer más anciana se encarga del ritual. Deja caer hojas verdes entre las velas y, después, pétalos de flores. Saca de un bolso un gallo con las piernas atadas. Esto ya no se parece a una puesta en escena. Esto va en serio. Pasa el gallo dos veces encima de las velas y a continuación encima de la cabeza de un niño que tiene al lado. Lo pasa otra vez en cima de las velas y de la cabeza de otro niño. Sigue así con todos los miembros del grupo arrodillado, desde el más joven al más viejo, hasta que ha terminado con todo y se lo pasa en cima de su propia cabeza. Todos rezan la letanía. La mujer retuerce el cuello al gallo y lo deposita enfrente de las velas. El ritual ha terminado. Abren las coca-colas. Se pasan la botella de aguardiente. Bueno, un cubata para acabar con el conjuro no está mal. Damos otra vuelta. Enfrente al altar hay una estatua de San Juan Evangelista. Los domingos un cura católico celebra misas. ¿Qué pensará el cura de todo esto. Pero otra vez y sobre todo: ¿qué es esto? De vuelta a S. Cristobal hablamos otra vez con nuestros amigos que viven allí y atamos algunos cabos. El flujo de turistas ha convertido la iglesia en un business. Basta con multiplicar 15 pesos por los centenares de turistas que a diario esperan para entrar y salen las cuentas. Así los caciques indígenas controlan la comunidad. Reparten el dinero en cascada: los de los souvenier fuera, los que venden las entradas, las decenas de encargados dentro, los que venden las cajas de coca-colas para los altares. Y el cura también, digo yo. Además nos cuentan historias de alcoholismo a las que contribuye el aguardiente del conjuro, de los mal tratos a las mujeres sin que nadie en el pueblo haga nada. De San Juan Chamula como uno de los pueblos indígenas más cerrado y retrogrado. De cómo una comunidad que se había convertido a la religión protestante haya sido echada a palos del pueblo. Un pogrom al final del siglo XX en Chiapas. La historia va asumiendo rasgos surrealistas ¿Indígenas que hacen conjuros mayas y, a la vez, una guerra entre católicos y protestantes? ¿Una micro guerra de religión como la que hubo en Europa en siglo XVI? Y surgen otras preguntas: ¿Y la religión a todo esto, qué es? ¿Hay cuestiones políticas detrás? ¿Intereses económicos? ¿O la religión es sólo una justificación para dar salida a algún odio visceral entre los vecinos de la aldea que se transmite desde siempre? La única respuesta real es que los desalojados son los que se ven por las calles de San Cristobal. Nos cuentan que viven en chabolas en el cinturón de la miseria de San Cristobal. Por el día las mujeres tiradas en las aceras de las calles venden artesanía. Sus niños son los que intentan venderte el boli de Marcos. El animalito. La pulsera. Son los de “dame un peso, dame un peso”. Esta ciudad es un polvorín. Entre las decenas de restaurantes italianos, indios, franceses, vegetarianos y uno austriaco (muy bueno para el goulasch y la saker torte nos comentan), los spa naturales, las excursiones a caballo, los paseos a los lagos. Entre los turistas Europeos y Americanos con video cámara, los hippies en busca de su karma, los mochileros de paso que visitarán todos México, los enrollados de ida o vuelta hacia una comunidad zapatista, los perros sueltos. Entre las calles perpendiculares y bonitas de una ciudad colonial que ya no se sabe bien lo que es, se crean estos niños. Ahora tienen 4, 5, 6 años. ¿En diez años qué? Es más fácil atracar a un turista que vender un boli de Marcos. Y una cámara vale más de un peso. En fin, en 10 años o antes esta ciudad puede explotar. Esperamos que estos niños se hagan zapatistas.
continúa

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