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Lento, pero avanzo... 1
Crónica azarosa de un viaje en los Estados Unidos de México en el verano del 2005 que empieza como un diario y acaba como un documental escrito. La escribí en itañolo y así la he dejado, sin corregir, porque refleja mejor lo que he visto y pensado a lo largo del viaje.
El vuelo.--El avión está a tope. Hay de todo. Varios italianos que imagino han hecho escala en Madrid hacia DF. Familias. Un cura. Unos 50añeros hippies. Una niña que no para de entrar y salir del retrete. Cuatro suecos. Todo normal, como normal de asquerosa es la comida que nos sirven. De las tres pelis que ponen, ni hablar. Es que al final te las tragas incluso si no quieres y te has llevado el periódico, cuatro artículos sobre Chiapas y dos libros para leer. Una de las tres pelis como mínimo cae. Y un poco de pollo de plástico transgénico también, porque el bocadillo de jamón y aceite que te llevas de casa no da para 12 horas.
Nos avisa la pantalla que tengo en frente de mi asiento (por fin ha acabado el maratón de pelis del horror) que nos estamos acercando a la meta. De momento voy ubicando en el mapa del DF la oficina de Hector Beloscoaran, detective independiente, alter ego de Paco Ignacio Taibo II (PIT2), en la Colonia Condesa. Algún día tocará pasarse por allí para hacer peregrinaje y un homenaje. Y mientras miro el mapa y mido distancias entre calles desconocidas pero con nombres que prometen aventuras, la ciudad real aparece de repente en una esquina de la ventanilla. Las colinas verdes y verdes entre las nubes y la lluvia tropical se transforman en casas y casas. Casas bajitas y de colores. Piensas que estas cruzando la ciudad por su lado largo y cuando el avión da una media vuelta te das cuentas que eras solo el lado estrecho. O mejor, un lado estrecho. ¿Cuantos lados tiene DF? ¿Tiene lados? ¿Tiene una forma? A lo largo no se ve donde acaba la ciudad. Un lago de casas entre las montañas. Columnas de coches. Manzanas sin geometrías. Antenas. El monstruo. Así le llaman el Sup y PIT2 en su libro a cuatro manos.
En la aduana todo va muy rápido. Tienes que apretar un botón en una maquina que parece la consola de mando en una astronave de una peli de ciencia ficción de los años 60. Si sale rojo te paran y te desmotan el equipaje. Si sale verde, pasas directo y sin controles. ¿Cuál es el criterio que utiliza la maquina para que salga el color verde o el rojo? Después nuestra amiga nos dirá que funciona al azar. Misterio. Salen dos verdes. Pasamos y esperamos una hora a los amigos que vienen a recogernos. Fuera, en la sala, hay un grupo de pijos esperando. Primera impresión: los pijos de aquí son más pijos que en España. Tal vez porque los pobres son más pobres. Pero no hay muchos pobres en un aeropuerto. Tal vez porque en España somos ya todos bastante pijos y los dejamos camuflarse más. Da igual. Me acerco a una tía con la melena rubia platinada. Flequillo perfecto como salida de la peluquería. Uñas pintadas. Maquillajes estilo actriz de los años 70. Cara estirada. Los maridos y los niños con camisas con el caballito de Ralph Lauren. Gomina. Además, sobre todo, son blancos, descaradamente blancos, mientras todos los demás, los camareros del bar donde estamos esperando, los guardias, los maleteros, los empleados de la aduana, los taxistas más o menos legales, tienen rostros mestizos y oscuritos. Me parece que aquí las clases sociales son más evidentes. Se ven en la una sala de espera de un aeropuerto. ¿Será así también en la calle?
Murales y ciudad.--Primer día en DF. Visita a los murales de Diego Rivera y otros pintores. Principios de los años 20. Arte para el pueblo en los edificios públicos financiado por el gobierno. Primer mural en la Secretaria de Educación Pública. El abrazo entre un campesino y un obrero. Y un poema:
Jornalero del campo y de la ciudad,
desheredados de la libertad
hagan más fuerte el lazo
que os une en la lucha y el dolor,
y la fecunda tierra florecerá
un abrazo de fuerza y amor.
Ya después de ese abrazo
No pagarán tributos ni mercedes
Y el potrero y la maquina dará
todos los frutos para ustedes.
Y así a lo largo de dos enormes patios con toda la historia de la revolución mexicana: capitalistas gordos y corruptos. Obreros y campesinos con armas. La comida de los capitalistas: una moneda de oro en el plato. En un segundo plano se ven los campesinos sonrientes, fuertes, en salud, con cestas de comidas que se niegan a entregar a los ricos. Campesinos y soldados unidos por un obrero. Mujeres con la ametralladora en las trincheras. Los capitalistas obligados a trabajar por un campesino armado. Y una galería de retratos de santos laicos: Zapata, Villa. José Clemente Orozco, otro muralista, escribía: “La pintura mural es la más alta, la más lógica, la más pura, porque es para el pueblo. Es para todos”. Primera impresión: si alguien viene a estudiar aquí todos los días y pasa en frente a los murales cada mañana, se hace revolucionarios por cojones. Segunda impresión: el patio está lleno de mujeres de la limpieza, en traje verde, con unas escobitas. Indígenas. En los pasillos de arriba los funcionarios van con corbatas. Son blancos en gran mayoría, con algunos mestizos. En cualquier caso, los rostros de los funcionarios son menos indígenas de los de las mujeres de la limpieza. ¿La revolución de las paredes donde está? Al patio parece que no ha llegado.
Esta sensación dividida frente a los murales, de entusiasmo revolucionario y, a la vez, de ambigüedad y desconfianza, se repite en los otros lugares que visitamos. Más allá de las historias oficiales (para el pueblo) los murales llevan signos de historias más oscuras. Subterráneas. Historia trágicas, de amores y traiciones. Algo entre la historia de la guerra civil casi permanente entre 1850 y 1920 y un culebrón latinoamericano. En los murales el personal se mezcla y confunde con el colectivo. Desde la cama a la historia de México. Y a la historia de todo el mundo a través de los personajes que han pasado por aquí entre los años 30 y 50. Diego Rivera ferviente miembro del partido comunista y fundador del sindicado de los muralistas mexicanos. Diego Rivera expulsado en el 29 del partido comunista por sertrokzista. Rivera que en 1939 intercede para que Trosky consiga asilo político en México. Trosky que vive en casa de Rivera y, su mujer y pintora, Frida Kahlo. Rivera, muralista y mujeriego, que años antes se había enrollado con la hermana de Frida y con decenas de mujeres más. Trosky que tiene una historia con Frida. Siqueros, muralista y estalinista. Miembro fundador con Rivera en los años 20 de la revista el machete (que llevaba en la cabecera el verso: “el machete sirve para cortar la caña, para abrir las veredas en los bosques umbríos, decapitar culebras, tronchar toda cizaña y humillar la soberbia de los ricos impíos”) . Siqueros que guía, metralleta en la mano, un comando que intenta matar por la primera vez a Trosky en 1940. Siqueros que defendiendo los murales contra de la pintura tradicional ha escrito: “No puede hacerse música revolucionaria con órganos de iglesia”. Y años más tarde, en los 50, una foto de Siqueros y Rivera sonrientes, dos amigos que dirigen juntos la academia de bellas artes mexicana. ¿Son los mismos? ¿El troskista y el estalinista? Y una foto con Villa, el general de la división del Norte, y Obregón, general de la división del Noroeste. A caballos. Al frente de sus ejércitos. Camaradas de luchas. Héroes de la revolución mexicana. Años más tarde se hacen la guerra entre ellos. ¿Es Obregón es el mandante del asesinato de Villa? Traiciones y preguntas. Miro los murales y no me entero de nada.
Clase media, peseros y olores.--Estamos en casa de unos amigos de clase media-alta. Esto significa dos coches, jardín, duplex, chica que vive como interna y casa con rejas y portales para protegerse del exterior. Tienen tres niños pequeños que no pueden salir solos a la calle. El peligro es que se pierdan o que los secuestren o los roben para siempre. Literal. En cuanto sales del duplex, ya estás en la jungla. Y el pesero (o micro bus) es el rey de la jungla. Es una furgoneta que para y te deja cuando quieres a lo largo de su recurrido. ¿Qué recorrido? No hay paradas oficiales y hay mogollones de peseros. Por todos los lados. Paran si le haces una señal o si intuyen que necesitas transporte. Cada uno con un cartelito que indica el recorrido. Si te equivocas de pesero, acabas a tomar por culo. Los conductores tienen la tendencia a decirte “que sí, que vale”. Mejor preguntar a todos los que están esperando en la acera. Como cuando hay una huelga de trenes en Italia. Hay que seguir preguntando. Es el caos. Pero dentro del caos algo se mueve. Y encuentras el tren. O el pesero. Y una vez dentro, se está como sardinas. 30 personas en una furgoneta. Y si no vas hasta al destino final del recurrido y sabes sólo el nombre del lugar donde tienes que bajar, entones tienes que despabilar. No hay paradas oficiales. Si no conoces el sitio, mira, ubícate, pregunta (a todos) y salta del pesero casi en marcha. Aventuras en el mundo. Todo esto por 2.5 pesos es decir 20 centavos. De norma. Porque por el mismo recurrido nos han cobrado cuatro precios distintos: gratis la primera vez porque no tenían cambio, 1, 2 y 2.5 pesos otras veces. Depende del conductor. Pienso en unos amigos alemanes. Allí en Alemania en las paradas te ponen el minuto en que va a llegar el próximo autobús (tipo 18.33). Y llega. Otra galaxia. Aquí no se sabe cuándo y donde para. Y cuánto vale. Pero, y esto es lo más sorprendente, funciona. Y funciona bien. En los atascos perpetuos del DF, los peseros navegan de un carril a otro. Pitan. Se meten. Y llegan y nosotros con ellos. Y cuando bajas la ciudad te golpea. Huele a asfalto, a comida, a gente. A contaminación. A lluvia que cae todo los días y se empieza a pudrir a los pocos minutos en la calle. Es todo un enorme mercado. Detrás de la Secretaria de Educación Pública nos perdimos en una colonia cuyo nombres recorren toda la América del Sur: república Argentina, república Venezuelana, Nicaragua, etc. Después nos dirán que es una zona bien pendeja. En frente de cada tienda hay alguien con un hornillo asando maíz o preparando tortillas. Vamos por una calle con sólo tiendas con vestidos de novias. Otra con sólo guitarras. Otra con desguaces de coches. En el mismo centro de la ciudad. Tres policías con chalecos antibalas, rifle y bigotes, están sentados en la acera en frente a un coche destrozado. Moscas. Sol pegajoso. Mejor moverse de aquí. Otra calle de bicicletas. Una zona de postribulos. Otra calle de neveras. Y así recorriendo el continente de calle en calle, de una especialidad a otra. Y siempre el mismo olor: maíz y cloaca en la calle. Sudor, en el metro y en el pesero.
Aztecas e indígenas precolombinos (esto no es políticamente correcto).--Visita (al principio con escasa gana) al museo de antropología, a los pirámides y a otras ruinas sueltas. Piedra del sol. Un altar para los sacrificios humanos. Leo que en un sólo ceremonial han sido sacrificadas 20.000 personas en cuatro días. Cuentas: 208 personas cada hora. 3-4 personas cada minuto. Una cada 15-20 segundos. Una cadena de asesinatos. Eficiente casi como un matadero de hoy en día. Otra sala del museo. Paneles sobre la estructura social de los aztecas. Resulta que la sociedad destruida por lo conquistadores estaba dividida en tres estamentos perfectamente diferenciados: los nobles (pipiltin), los comunes y los comerciantes. Los comunes trabajaban con las manos. No podían acumular riqueza ni ostentarla. En caso contrario los mataban. Vivían en un régimen de subsistencia. Existían documentos para acreditar el linaje de los nobles cuya posición era hereditaria. Es decir, la movilidad de un estamento a otro era casi imposible. Esto recuerda mucho la Europa feudal de los imperios agrario ante de la revolución industrial. Nobles, sacerdotes y campesinos. La España del 1500. En frente a los pirámides las preguntas de Berltold Brecht: ¿Quién ha movido estas piedras? ¿Cuántos esclavos han muerto para levantarlos? El pirámide del Sol y de la Luna. Nombre más hippies que el Partenón en Atenas o el Foro Imperial en Roma. Pero el sudor para construirlos era el mismo.
Corto el rollo moralista con una duda. Que los españoles y la Iglesia Católica hayan sido unos asesinos y que hayan planificado y realizado un genocidio no quepa duda. Que han robado y expoliado un continente tampoco. Pero, ¿eran culturas y sociedades idílicas las precolombinas? ¿Vivían mejores las indígenas antes de Colón? Algunos seguramente estaban mucho mejor, otros (la gran mayoría) estaban jodidos. Quizá un poco menos jodidos que con los españolanos (como he oído llamarlos a un vendedor de la calle), pero bien jodidos igualmente. Por lo que veo y leo la sociedad Azteca no era más justa, igualitaria y pacifica que la actual. Era un Estado de guerra religiosa permanente. No toda la barbarie ha llegado con Cortés.
continúa

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