Te doy mis ojos.
El rasgo estilístico que más destaca en la cinta es la desnudez. Una historia despojada de artificios espectaculares, propiamente “cinematográficos”. Un guión que no estorba, al servicio de la construcción palpable y creíble que los actores llevan a cabo. Actores que ofrecen un trabajo soberbio y también desnudo de “tics” de sobreactuación. Se aprecia un intenso trabajo con los intérpretes por parte de la directora, que lleva a estos a ofrecer un ejemplo perfecto de contención y explosiones certeras. Tienen los personajes y la historia perfectamente interiorizada y lo saben transmitir. La música de Alberto Iglesias sabe integrarse de igual modo en el recorrido llano de la película, haciendo de la modestia una virtud. También me gustaría añadir una ciudad (Toledo) que aparece cotidiana y gris, en perfecta sintonía con los tonos apagados de la película. Es de agradecer que Iciar Bollain no haya caído en la frecuente tentación de empacho visual cuando se rueda en una ciudad tan espléndida. No parece que hubiera sido idóneo. En resumen, unas actuaciones, un guión, una música y una ciudad desnudos para una historia de texturas más que de acciones, a la que Bollaín presta el visor de la cámara también si estorbar. Los personajes están certeramente construidos, de manera que uno puede imaginar sus vidas. Es fácil vislumbrar el matrimonio tradicional de la madre (Rosa María Sardá), que da de mamar a Laura (Laia Marull) una concepción rancia del género femenino: la mujer como puntal pasivo del hombre, como ser incompleto al servicio de la vida marital. También es fácilmente imaginable la vida de la hermana pequeña, Ana, interpretada por Candela Peña, que ha estudiado fuera, quedando separada de la herencia del opresor universo familiar. Se da una integración perfecta de la creación de personajes en el guión y en la interpretación poco frecuente. El punto fuerte de la película en mi opinión es la mirada completa y nada maniquea sobre el problema de la violencia de género. Es una historia de víctimas (aunque algunas víctimas se llevan las hostias, lo que las hace doblemente, y sobre todo a ellas, víctimas). Si bien el espectador puede advertir por simpatía que el protagonismo recae sobre el personaje de Laia Marull, el mayor y más desarrollado ejercicio de análisis está contenido en la figura del marido (Luis Tosar), que nos es mostrado como una persona, fruto brutal y execrable de las frustraciones y de su educación, pero un ser humano al fin y al cabo. “Te doy mis ojos” es un ejercicio de cine muy sólido y una invitación social al análisis de uno de los problemas más preocupantes de nuestra sociedad. Bienvenida sea. Para ver la ficha técnica pincha aquí. |