El bigote de Groucho

Cuando una falsedad adquiere el prestigio de la presencia pasa a ocupar el lugar de una verdad poco presente. No se trata de una complicada teoría conspirativa sino de un proceso bastante evidente cuando los medios de comunicación, los estamentos educativos y la legitimidad institucional visten la mentira que se quiere aupar. Como reacción una verdad ha de ser relegada al ostracismo en el mejor de los casos, o a ser demonizada por la vía de la manipulación, cuando el asunto resulta mínimamente molesto. Nosotros aspiramos (sólo en primera instancia) a que nos demonicen: significaría que nuestros mordiscos traspasan un poco la coraza gris marengo. Cabría preguntarse porque el método sigue funcionando a pesar de parecer fácilmente detectable. Quizá la respuesta esté en nuestra autocomplacencia ciega. En ocasiones el proceso puede resultar entrañable, cuando tiene que ver con el mundo de la ficción (no diré de la ilusión ni de los sueños: que jueguen con esto no me resulta tan agradable). Me refiero a la ficción cinematográfica que nos lleva a admitir el bigote de Groucho Marx como el más grande y real mostacho de la historia del cine, a pesar de saber sobradamente que no era más que una mancha de betún. Sin embargo en el mundo real el proceso de marras nos lleva a interiorizar valores de dominación, cadenas. Otros bigotes que no nos hacen tanta gracia vaya.

Puede parecer sonrojante seguir hablando del slogan “España va bien” a estas alturas de la película, sin embargo esta frasecilla ya no se escucha tanto porque no hace falta: ya ha sido repetida suficientes veces, se ha convertido en una verdad. Ahora la repetimos nosotros. Estos días, con motivo de la lacrimógena despedida de José María Aznar (ojalá le perdiéramos realmente de vista), asistimos a la escenificación de esta verdad definitivamente asentada. Incluso los periodistas de grupos mediáticos afines a partidos de la oposición anteponen a los “peros” de los mandatos de Aznar un “el balance positivo de…”Claro que en la pantalla sólo salen los repetidores oficiales de la verdad, la repetida que nos hemos creído.

Vamos a hacer un rápido balance de verdades olvidadas:

-Es difícil recordar un paisaje laboral más otoñal en los últimos tiempos, con nueve de cada diez empleos que se crean temporales, con lo que esto conlleva de imposibilidad de adquirir derechos y sindicarse.

-Unas reformas fiscales favorecedoras de las rentas más altas. Aquí la verdad impuesta también ha actuado, extendiendo la creencia de que se han bajado los impuestos, cuando haciendo balance entre tributos directos e indirectos la presión fiscal ha aumentado.

-La gran obsesión por el déficit público cero (merced de la contabilidad creativa y un uno por ciento del P.I.B. proveniente de la U.E.). Discurso que en la época tatcherista provocó en Reino Unido una sintomática oleadas de accidentes ferroviarios (lo que vislumbramos aquí ya desde Chinchilla). Nuestras infraestructuras se resienten.

-Consecuencia de lo anterior es que en estos ocho años hayan descendido un 16% los gastos sociales.

-Con la “Ley de Calidad educativa” más de lo mismo, es decir más mentira repetida, más verdad evidente. Se favorece a los centros privados y en particular a los religiosos. Hay que cuidar la partida de adoctrinamiento. Un detalle más, como los anteriores puntos, que ayuda a demoler un poco más el Estado para beneficio de sus compañeros de clase (escolar y social).

-El gobierno se ha adueñado de la representación del Estado, tiñendo de aires nacionalcatólicos el concepto de organización estatal y creando odios entre los distintos pueblos.

-Se ha llegado al paroxismo de la representación inoperante con la Guerra de Irak. La Democracia Representativa nunca fue Democracia, pero tampoco nunca fue tan descarado el ninguneo a la opinión pública. Nuestros teóricos representantes han escenificado ante el mundo entero la más macabra “performance” de la guadaña.

-El estilo político, que de por si tiene que ver más con el espectáculo que con el intercambio de argumentos, se ha tapizado de la arrogancia de los señoritos, al más puro estilo Juan Diego en Los santos inocentes.

Todas estas son verdades relegadas a mentiras por el contrapeso de la “gran verdad repetida”. Ayer estuve viendo Pauline en la playa (Eric Romer). Las dos protagonistas se ven envueltas en un entuerto de infidelidades, y de extraña manera (por las malas artes del novio infiel de una de ellas) cada una de las dos cree que la otra es la engañada En la secuencia final las dos saben la verdad, una de manera certera y la otra por intuición. Esta última le dice a la primera que sería terrible que aquello le hubiera sucedido realmente a ella, de manera que sería mejor que las dos pensaran que le había pasado a la otra para ser más felices. Pero en la pantalla son bigotes de los de Groucho.

Luis.