Hay paños de gran prestigio, el terciopelo, el armiño, que están unidos de forma indisoluble a la jerarquía. También existen aditamentos de oro que los poderosos se colocan en la cabeza para que su fuerza sea distinguida desde lejos. Estas prótesis craneales se derivan de las cornamentas de los ciervos o de los cebúes. La tiara del Papa, la mitra de los obispos, la corona de los reyes son residuos de las astas del buey Apis según distintos modelos. Los cuernos invisten.
A un chimpancé le colocas una gorra de plato y comienza a mandar, o al menos te abre el coche con suma dignidad. Un inteligente ministro de Exteriores le contestó al rey Juan Carlos, que se quejaba de haber sido fotografiado desnudo: "Señor, sólo hay una forma de evitarlo, y es no estar desnudo". Cuando el ministro Fernández Ordóñez me contó este lance, pensé: un rey desnudo no es un rey. Lo pensé mientras trinchaba un solomillo que estaba igualmente desnudo y que ya no se parecía nada al buey de donde había salido.
La monarquía se basa en una ficción: imaginar que debajo de las vestiduras reales no existe un cuerpo físico, sino otra ficción que se va reflejando hasta el infinito en el espejo de las vestiduras. La desnudez siempre tiene un significado de inocencia. Ningún poder resistiría esa prueba. Si un rey se desnuda al sol, alguien lo trinchará como si fuera sólo una carne bien pasada.
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