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Número 29

BARRIO DE SAN FRANCISCO (BILBAO)

¿MARGINACIÓN Y CONFLICTO? UN ENFOQUE DIFERENTE

El Estado llama ley a su propia violencia, y crimen a la del individuo.

El barrio de San Francisco en Bilbao es considerado por mucha gente como un barrio pobre y marginal, un gueto de extranjeros, un lugar “inseguro” y de paso prohibido. Como San Francisco en Bilbao, muchas ciudades tienen alguna zona o barrio similar, marcada con un círculo rojo tanto por las instituciones como por muchos de sus habitantes. ¿Por qué? ¿Qué tiene de peculiar un barrio como San Francisco respecto a otros?

Lo más primario es pensar que es diferente porque hay eso que se llama delincuencia, prostitución, tráfico de drogas e inmigración extranjera. Todo eso a la vez. Y no parece que sea falso del todo, la cuestión es que hace falta colocar cada aspecto de esa imagen de San Francisco en su sitio, para entender mejor su situación.

1. Lo que condiciona la vida en este barrio no es la prostitución y mucho menos el tráfico de drogas, es la especulación por parte del capital y el abandono por las instituciones.
Si esto no existiera, no serían posibles el resto de las situaciones. Sería un barrio como los demás, más o menos arregladito, con gente de más acá o más allá... y con sus problemillas, por supuesto. Y subrayo expresamente la influencia directa de la especulación y el abandono en la vida de la gente del barrio:

Recuerdo una reunión informativa de la Asociación de Vecinos a la que me asomé al poco de llegar aquí. Nos iban a explicar sobre el Plan de Actuación Urbanística. Una plan dirigido a transformar nuestro propio barrio, en el que no habíamos podido participar, y que ni siquera había llegado a nuestras manos. La Asociación de Vecinos llevaba años haciendo averiguaciones sobre este enigmático documento y por fin habían sabido que... ¡el plan no contemplaba la creación de viviendas sociales, y no decía nada sobre el destino de la gente cuya casa iban a derribar! La conclusión de la reunión fue muy sencilla: la gente no sabía qué iba a ser de su casa y por el momento no tenían cómo averiguarlo ni a dónde recurrir.

La especulación y el abandono influyen en el hoy de la gente, y por lo tanto en la imposibilidad de planificar o soñar su mañana:

En aquella reunión, una mujer gallega de más de cincuenta años reflexionaba en voz alta sobre su futuro: mientras no supiera si iban a tirar su casa, si ella tendría indemnización, si la iban a dejar allí o la iban a mandar quizás para el barrio Otxarkoaga, no podía decidir si le interesaba o le merecía la pena vender la casa y marcharse a Galicia donde su hermano, o quizás trasladarse con su hijo a Basauri. Pero ella llevaba en el barrio treinta y dos años, se había hecho su espacio y sus amistades, así que lo que más deseaba era poder seguir aquí.

Para justificar el abandono del barrio y especular, es imprescindible utilizar estigmas, etiquetas sociales que permitan “entender” por qué está marginada la gente, por qué se reprime a “negras”, “moros”, “traficantes”, “putas”, “inmigrantes”, “ilegales” o “delincuentes”. El estigma es fácil de introducir a través de los medios de comunicación: el periódico de más difusión en Bizkaia construye día a día y con estigmas una imagen muy concreta de este barrio. El estigma es un recurso muy práctico, ya que extiende su influencia sobre comunidades enteras, generaliza su situación, la simplifica: no se trata, por ejemplo, de que muchas mujeres africanas trabajan como prostitutas, sino de que “las negras son putas”. Esa etiqueta pegada en el pensamiento de la gente, al no ser algo tangible o explicable de modo sencillo, se hace difícil luchar contra ella.
Cuando las instituciones quieren cambiar la imagen del barrio, mejorarla, lo hacen a su modo. Éste no consiste, desde luego, en deshacer los estigmas, sino en introducir en el barrio a personas que no los llevan. En años recientes se ha visto restaurar grandes edificios antiguos, que son símbolo de la educación (Plaza de la Cantera), de las artes (calles Urazurrutia y Conde Mirasol) y de la cultura (Plaza de Corazon de María), para forzar la entrada en el barrio de gente considerada como “normal”. Se han restaurado con un alto coste, mientras las casas contiguas siguen derrumbándose lentamente, con sus habitantes incluidos, que no pueden saber qué será de sus vidas:

El antiguo hospital de la Plaza de la Cantera, que alberga la comisaría de la Policía Municipal y algunos proyectos educativos y laborales, rodeado de edificios en ruina, es uno de los símbolos más llamativos de este proceso. En el interior del edificio, el brillo del mobiliario ciega los ojos más sensibles; en todas sus entradas, las cámaras de vigilancia velan por su seguridad; y en el exterior permanece un ambiente tan degradado, que un niño cagará junto a un cubo de basura sin que resulte demasiado llamativo. Algunas personas cuyo centro de estudios fue trasladado a este edificio protestaban: para llegar a la Cantera tenían que atravesar la calle Cortes muy temprano, cuando mucha gente no había acabado su noche de trabajo... no era justo, les estaban haciendo pasar un mal trago. Pero las instituciones argumentaban que era necesario que ellos y ellas, como gente “normal” que eran, estuvieran presentes allí, para empezar a cambiar la imagen del barrio.

Otro modo de “normalización” es ubicar en el barrio actos culturales promovidos por el Ayuntamiento, como conciertos de festivales renombrados:

Una de las actuaciones del “Bilbao Tropical” se ubicó el año pasado por primera vez en la Plaza Corazón de María. Aquella noche se juntaron la gente de fuera del barrio con los considerados “negros traficantes”, aunque solo fuera bailando ante el grupo de salsa. Claro que eso ya sucede desde hace años en las discotecas de Mazarredo, pero se trata de que la gente de fuera, a quienes las mismas instituciones les han metido tanto miedo para venir, se atreva ahora a pisar nuestras calles.

El barrio vive ahora esos toques exóticos de cambio. Nuevos aires impuestos mientras no acaba de levantarse de su punto más bajo de deterioro. Por eso conviven grotescamente la amarga realidad con una nueva imagen de modernidad y cambio ficticios:

Quien pase por la calle Cortes por la mañana, para ir a la inauguración de una exposición de vanguardia en Urazurrutia, podrá ver en el parque contiguo de Mirivilla a gente desperezándose de una mala noche, tendida sobre unos cartones con algunas mantas viejas. Y regresando a casa de un festival en la Plaza del Corazón de María, al pasar por la calle Concepción se cruzará con prostitutas nigerianas adolescentes buscando clientes: ocupan nuevos trozos de calle porque hay competencia y ellas acaban de llegar.

2. Otro aspecto característico de la vida en San Francisco es la conflictividad.

En este barrio, muchos conflictos se relacionan principalmente con el punto anterior: surgen por la especulación y el abandono, que son los que provocan situaciones de vida muy extremas y, para mucha gente, una sensación de desprotección e impotencia, de que hace falta “tomar la justicia por cuenta propia”, porque ven que no es posible contar con las instituciones para mejorar su situación:

En este barrio y no en otro es posible el nacimiento y el apoyo por muchos vecinos y vecinas de una asociación populista que usa los propios estigmas como bandera de lucha, que aboga por la violencia como solución a los problemas y cuyo discurso usan las propias instituciones para justificar sus actuaciones violentas y discriminatorias. Me refiero a la Asociación de Vecinos Independiente. Es aquí donde puede verse también a alguien tirando un balde de pis por su ventana o arrojar un vaso de cristal en el momento preciso en que pasa por debajo un africano que trapichea. No todo el que ha visto deteriorarse su lugar de vida hasta condicionarle sus propios recorridos, que ha visto morir de sobredosis o de agresión desde su terraza y cuya propia casa se viene abajo, cuenta con los mismos recursos para reflexionar sobre las causas y formas de luchar contra ello, y para canalizar su rabia e impotencia.

Muchos conflictos tienen que ver con los propios estigmas creados en el barrio. Los estigmas provocan más problemas, y hacen más complicado abordarlos:

Resulta difícil pedir participación en la denuncia de malos tratos policiales hacia los inmigrantes africanos, cuando mucha gente asocia la imagen de un africano negro con la de un “traficante” o “ilegal”. Así, en una manifiestación de SOS Racismo cuyo lema era “no más agresiones policiales hacia los inmigrantes”, algunas vecinas se acercaron a insultar a los africanos que participaban, llamándoles “traficantes”.
A veces, cuando casi toda la gente carga con un estigma que le hace ser objeto de sospecha, cada cual trata de evitar acusaciones adelantándose a acusar, achacando los males a algo ajeno y buscando un culpable cercano:

Hace algunos años, ¿de quiénes se decía que traficaban? “Son los argelinos”, decían algunos marroquíes; “son los negros”, decían algunos vascos y gitanos; “son marroquíes”, pero los que vienen del campo, decían algunos marroquies de origen urbano; “son los inmigrantes económicos”, decían algunos solicitantes de asilo.

Hablamos, pues, de conflictos donde las instituciones tienen una responsabilidad que está por delante de las actitudes personales.

Existen también conflictos llamados “de mafias”, “ajustes de cuentas”, etc. en ámbitos laborales no legales, como el tráfico de drogas ilegales, la prostitución o el tráfico de persona ¿Por qué se dan estas situaciones? Por una parte, estos trabajos considerados ilegales o inmorales se fundamentan en redes que, como cualquiera, han de regularse y autosustentarse: hace falta mantener la jerarquía, las normas, las condiciones de compraventa del producto, ya sea droga, sexo o personas. La regulación de la red es interna y, obviamente, ha de hacerse al margen de lo legal. A veces se recurre a la violencia para gestionar estas situaciones, entre otras razones porque no se puede recurrir a denuncias abiertas o judiciales, ya que el trabajo o la persona están consideradas “ilegales”. No siempre es así, la mayoría de las veces se usan la negociación y los acuerdos verbales; pero de esto no se habla en la prensa, porque no da morbo y porque mostraría una imagen demasiado humana de una gente indeseada y de unos trabajos mal considerados.

Este barrio conflictivo y considerado como “inseguro” está literalmente tomado por policías y guardas de seguridad privada. En cualquier recorrido que hagamos por este pequeño espacio nos cruzaremos con coches, furgones o funcionarios de la Policía Municipal o de la Ertzaintza, bien de paisano o de uniforme. Al entrar en centros públicos como el Centro de Educación de Adultos de Hiruarrizaga o el Centro de Salud de La Merced, será inevitable advertir la presencia de guardas de seguridad privada. Pero ellos no nos dan mayor seguridad, no la seguridad que necesitamos: no nos protegen de la precariedad laboral, ni de los planes de rehabilitación que se olvidan de los habitantes de las casas; no evitan que siga existiendo el tráfico de drogas ilegales a pequeña escala ni que los jóvenes se queden en la acera rígidos de sobredosis; no da compañía a las ancianas solitarias y más bien deja intranquilas a las personas a quienes les niegan un documento de identidad. Es inevitable preguntarse a qué responde tanta presencia policial en las calles y centros públicos de este barrio, a quién defienden de qué, y a quién beneficia (aparte de su propio sueldo y de la continuidad de sus propias instituciones y empresas). No deja de perder actualidad aquella pintada borrada hace pocos años de un muro de la calle Cantarranas:

“Un barrio marginal es un estado policíaco. La policía, su presencia en el barrio, es como una fuerza de ocupación, es como un ejército. No está en el barrio para nuestra protección; está en el barrio para proteger los intereses de hombres de negocios que ni siquiera viven aquí” (Malcolm X, 1964).

No está de más mencionar también los conflictos entre gente de fuera del barrio bien situada y gente del barrio marginada. Es el caso de los conflictos entre educador/a, funcionario/a, etc. y los llamados “clientes”. O los que se dan entre gente de oenegés y aquell@s a los que dicen apoyar; o entre patron@s y emplead@s. La enseñanza, la administración, las oenegés o el ámbito laboral son los espacios donde la gente rica, a título personal o en representación de instituciones, se encuentra con los y las pobres. Con frecuencia estas situaciones conflictivas (que l@s primer@s no pueden evitar aunque vivan fuera del barrio) quedan más ocultas: unos perderían reputación y otros arriesgarían su formación, su puesto de trabajo o su posibilidad de tener o renovar la documentacion.

Algunos conflictos se suelen encuadrar dentro del racismo, (racismo individual; del racismo institucional, más fuerte y con más medios, no se habla). Y a veces hay quien sugiere que en el barrio hay más intolerancia. Algunas tensiones y enfrentamientos son inevitables y especialmente delicados, porque la gente afectada vive condiciones muy estresantes, como cargar con estigmas, tener que buscarse la vida sin tener documentación, vivir en una casa sin condiciones de habitabilidad, sentirse abandonad@ por la familia siendo ancian@, ser toxicóman@ o tener gente cercana que lo es, ser prostitut@ retirada sin derecho a jubilación ni posibilidad de reinserción laboral... Esto genera actitudes como la rabia, la amargura; la necesidad de autoafirmación; o el simple desconocimiento:

Mi vecina dejó de mirar con miedo y desconfianza a los vecinos del quinto, cuando le expliqué que esos “moros”, (como ella los llamaba), salían a las dos de la madrugada, no para vender droga, sino para vender rosas por los bares; y que no eran “moros”, sino que eran de Bangladesh, que está cerca de la India, le aclaré.

Aquí convivimos gente muy variada en cuestión de culturas, creencias, modos de vivir, intereses, lenguas... En este contexto es normal que sea complicado entendernos y ponernos de acuerdo: que lo que a una le molesta, para el otro no tenga la menor importancia; que el modo de hablar de uno altere a otra; que quien no se puede explicar en castellano o euskera acabe a veces por no ser comprendid@...

3. Y así enlazamos con otro rasgo peculiar de este barrio: la variedad de sus habitantes.

Esa misma variedad que es origen inevitable de conflictos, también supone la posibilidad de abrir la mente, de conocer mundo sin viajar, de entender y aceptar formas diversas de vivir, de intercambiar modos y visiones, aprender o practicar lenguas... en definitiva, de disfrutar y enriquecerse con esto. En este sentido, San Francisco da muchas más posibilidades que otros lugares. No sólo para “l@s de aquí”: l@s llegad@s hace mucho y los recién llegad@s también se benefician de esto. Aquí todas y todos pertenecemos a una cultura más entre muchas culturas variadas. Algunos pequeños ejemplos:

En el local de una asociación hay tertulias semanales sobre países de origen de los inmigrantes; una mujer angoleña se entiende con su vecina gallega mejor que con nadie, y en San Francisco ha podido conocer por primera vez a latinoamericanos negros; una chica ecuatoriana, por otro lado, aprendió aquí a no temer a los negros africanos, aunque sean tan grandes, según ella; varios africanos aprenden frases en chino mandarín; senegaleses y marroquies comparten, además del tiempo de trabajo en los mercadillos, horas de oración en la mezquita; en aquel locutorio ligan las colombianas con los argelinos; y en un bar bereber nació un grupo de música donde participa gente de varios países de Europa y el Magreb.

4. Un cuarto aspecto importante de la vida de este barrio, que existe también en otras zonas de la ciudad, pero no es tan patente, es constituir un espacio de apoyo vital para quien emigra.

Las redes de apoyo informales, la ayuda mutua, dan respuesta, mal que bien, a casi todas las situaciones difíciles por las que pasa la gente emigrante, cuando además las instituciones no pueden o no quieren apoyar. Las redes ayudan a salir adelante en situaciones cuasi imposibles. La gente se asienta en este barrio porque encuentra vivienda más barata, y porque es aquí donde están su paisanos y paisanas, donde encuentran la acogida y compañía que buscan, las tiendas y bares que les agradan, los consejos y la comprensión que necesitan.

Así como muchos vecinos y vecinas de otros barrios no se atreven o no les gusta pasar por San Francisco, mucha gente inmigrante prefiere no salir de aquí, porque fuera del barrio no se desenvuelve tan bien y es vista como extraña. Por eso no es posible hablar de este barrio como un gueto, un lugar donde la gente se recluye y rechaza lo externo: cuando se da el aislamiento, es desde fuera tanto como desde dentro; y por otra parte, si es aquí donde se va a encontrar el apoyo necesario, y no en las oficinas de la administración o entre gente más asentada, es normal que una quiera quedarse.

Este es pues el barrio de San Francisco, un barrio ubicado de tal modo que su suelo vale mucho y no vale nada; marginado por muchas instituciones; con gentes muy, muy variadas, muchas de las cuales encuentran aquí más acogida que fuera; un barrio cuyo rostro ha sido redibujado por los estigmas sociales; un barrio movidito, con muchos conflictos que, a fuerza de vivirlos, aprendemos a manejar.

Beatriz Díaz
Vecina de San Francisco
beatrizdiaz(at)euskalnet.net