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Número 26

RITALIN ¿UNA DROGA DE CONTROL SOCIAL?

Alarma por una enfermedad que tal vez ni existe, un remedio que sirve a los familiares, pero no a los pacientes, y una ola de drogodependencia legalizada: Es la última moda que nos amenaza desde Estados Unidos.

El niño no estudia. Los deberes se la sudan. No quiere ni oír hablar de preparar exámenes. Eso no es todo: no escucha en clase, porque siempre está hablando con los chicos y chicas a su lado. No hay día que pase sin que monte alguna en el recreo o en el autobús escolar. Los castigos no sirven para nada. Se cierra a cualquier intento de hacerle aprender. No escucha nunca, tiene la cabeza en otro lado. Le obligas a leer un texto diez veces y luego no se acuerda de la mitad. Es el calvario sin fin de miles, sino millones de padres.
Y en este escueto párrafo ya tenemos la clave del problema. Porque quien sufre es el niño ¿no? Pero el calvario se lo solemos adjudicar a padres y maestros. El niño sufre, pero secuestramos su sufrimiento y lo pasamos a los mayores. El niño pasa de ser sujeto a objeto -y por lo tanto pierde el control sobre su vida. Padres, maestros, autoridades escolares y, por fin, los médicos, definen el problema y proponen los caminos a seguir para solucionarlo.

A veces el camino simple y directo parece lógico: el niño se siente mal, el maestro constata que tiene fiebre y lo manda a casa. Los padres lo llevan al medico, y este diagnostica gripe.

¿Pero que pasa con el alumno problemático? Pues la ciencia médica esta aplicando la misma vía simple y directa para un problema mucho más complejo: una vez descubierta una enfermedad, se puede buscar un remedio, si posible una pastilla fácil de tragar. Y Padres y profesores suspiran de alivio. Porque una enfermedad se trata con fármacos, y con suerte se cura. Así el entorno familiar y escolar del niño se libra de una grave responsabilidad: ya no hay que entender al niño, soólo hay que tratarlo.

Millones de padres y maestros se están convirtiendo en camellos legales de sus hijos, administrándoles fármacos para domarlos, generalmente uno llamado Ritalin (fabricado por Ciba-Geigy, una división del gigante farmacéutico Suizo Novartis). Esto pasa sobre todo en Estados Unidos y en Canadá, pero como todas las modas ya está apareciendo en Europa.

La enfermedad

EN EE.UU. se llama Attention Deficit Disorder (ADD) o Attention Deficit-Hyperactivity Disorder (ADHD) - la llamada «hiperactividad». Los principales síntomas son la agitación y la falta de concentración. A los niños difíciles les cuesta fijar la atención en una cosa para largo tiempo, son distraídos. Se mueven mucho, golpean la mesa con los dedos durante las comidas, no pueden estar quietos en sus sillas, continuamente tienen que cambiar de actividad. Incluso ¡horror! corren por la calle cuando podrían caminar. Son «síntomas» de comportamiento normal de cualquier niño, pero se pueden convertir en problema a partir de un cierto grado de intensidad. ¿Pero cuál es este grado? ¿A partir de cuando se puede diagnosticar una enfermedad? Decimos que tenemos fiebre si la temperatura de nuestro cuerpo pasa de los 37 grados. Es una línea divisoria clara (aunque hoy los médicos ya no aceptan una línea tan rigida). ¿Pero como medir la hiperactividad? Parece que la enfermedad de un niño empieza donde acaba el aguante de los padres y profesores.

Muchos médicos refutaron tales argumentos con definiciones clínicas. Pero sus tablas de síntomas son menos científicas de lo que piensan. Según el psiquiatra Americano Peter R. Breggin (ver fuentes al final del texto) no hay pruebas para la existencia de una enfermedad que pudiera causar el ADHD. No se han detectado nunca diferencias orgánicas en los cerebros de niños hiperactivos. No hay reacciones bioquímicas diferentes, y nunca se ha detectado anomalía cualquiera. El único «cuadro sintomático» en el que se apoyan los médicos para detectar la hiperactividad es el comportamiento. Desde hace 20 años por lo menos médicos y psiquiatras se libran una batalla en EE.UU. sobre la cuestión si se puede tratar con fármacos algo que tiene una base científica tan tenue. Lo único de demuestran los ensayos clínicos hasta ahora es que no hay cura, sólo hay niños drogados.

El remedio

El fármaco más usado contra la hiperactividad es el Ritalin (en inglés, al factor activo se llama MPH - methylphenidate hydrochloride). Es un estimulante que tiene el efecto «paradoxo» de calmar personas agitadas. Fue descubierto en los años 40 y autorizado su uso por la FDA (Federal Drug Administration) del Gobierno de EE.UU. en 1956. Se puso de moda esta droga antigua sobre todo durante la última década (que adecuado es el inglés, en este caso: usa la misma palabra «drug» para droga y fármaco). Entre los años 1990 y 1995 se duplicaron el numero de pacientes, de 1990 hasta hoy el uso de Ritalin se ha multiplicado por siete. Un 90 % de la producción mundial del producto es consumido en EE.UU. En este país, hasta 4 millones de niños toman Ritalin. Según la prestigiosa revista inglesa «New Scientist» el uso de Ritalin «es uno de los fenómenos farmacéuticos más extraordinarios de nuestro tiempo... En algunas escuelas, 15% de niños son diagnosticados con ADD o ADHD, y el reparto de Ritalin ya es parte de la vida diaria de colegio.»

El éxito comercial es sorprendente, tratándose de un fármaco muy peligroso. Tomar más que la dosis indicada puede producir vómitos, alucinaciones, convulsiones y llevar al coma. Los efectos secundarios son falta de apetito, problemas para dormir, tics nerviosos, nauseas, ansiedad, tensión y nerviosismo. El uso de Ritalin puede llevar a manías, a sicosis y finalmente a la drogodependencia.

De hecho, el abuso de Ritalín es muy común. La policía antidrogas norteamericana DEA pone este remedio en la misma categoría que la cocaína. Está entre los 10 fármacos más buscados en robos de farmacia en EE.UU.. En la calle, donde se esnifa y se inyecta, se conoce con nombres como Vitamin R, R-Ball, Skippy o Jif.

Según Breggin, el único efecto de Ritalin es impedir el funcionamiento normal del cerebro -no se han detectado otras cualidades. El New Scientist reconoce que el Ritalin «calma a niños hiperactivos y hace más fácil tratar con ellos», pero en el mismo editorial advierte que «no hay ninguna prueba de que mejore su rendimiento escolar.» En estudios que duraron 14 meses no se detectó ninguna mejora en la escuela ni en la capacidad de relacionarse socialmente de los niños tratados con Ritalin.

¿Control social?

Entonces ¿por qué se usa? Calmar es la palabra mágica. A corto plazo Ritalin calma la actividad espontánea, creativa y autónoma de los niños. Son más obedientes y cumplen con tareas aburridas. Según Breggin, «no se tiene en cuenta la experiencia subjetiva del niño» al hacerle tomar el medicamento. Lo único que importa es el resultado, el comportamiento socialmente aceptable del niño. El niño no es sujeto, es objeto -y lo único que importa es que no moleste. Lo grave de la experiencia norteamericana es la intromisión de las escuelas: si se acepta la existencia de la enfermedad y la eficacia del fármaco se da vía libre a una política de drogar sistemáticamente a todos los niños rebeldes. Hay estudios que demuestran, por ejemplo en Montreal, la prevalencia de la hiperactividad y del uso de Ritalin en escuelas de barrios pobres. ¿Porque se «enferman» más estos niños? Es evidente que los factores sociales -en la familia y en el barrio- influyen en el comportamiento social de los niños. También es probable que en las clases acomodadas hay más posibilidad que los padres se tomen la molestia (o por lo menos el gasto) de buscar un psicólogo antes de declarar la guerra química a su hijo.

No quiero levantar aquí la liebre de una teoría conspirativa -no se trata de una decisión malévola tomada en algún oscuro despacho de gobierno. Y si hubiera una tal conspiración, no sería éste el problema -lo realmente grave es la facilidad con la cual nuestra sociedad acepta ser manipulada, acepta la solución fácil de la pastilla. El desespero de padres desbordados por un problema que no entienden es trágico- y quizás sea normal que busquen el camino de menor resistencia. Si el problema de su hijo es una enfermedad, nadie tiene la culpa. Pero replantearse comportamientos en la familia y en la escuela significa replantearse a sí mismo, replantear las instituciones que nos rodean. Es un paso que pocos se atreven a dar. Es más fácil empastillar al hijo.

¿Nueva ofensiva de Ritalin?

El éxito de Ritalin en el mercado norteamericano es impresionante. En Europa no ha podido entrar aún de tal manera. Pero algo pasa. En un reciente viaje a Holanda encontré en la portada del prestigioso diario liberal «NRC-Handelsblad» un gran artículo sobre Ritalin. Seguía en el interior sobre una página entera. Pero no contenía nada nuevo, ningún dato, ninguna gran prueba clínica nueva. Los «niños-ejemplo» eran conmovedores, sin duda, pero la historia estaba lejos de tener el valor literario para merecer tal despliegue. Como periodista me pregunté ¿por qué? ¿Estaba tan falto de material el editor que tuvo que poner una historia que se podía haber publicado en cualquier día de los últimos 20 años? Creo simplemente que le metieron un gol. Hay que estar atento, porque debe estar en curso una «ofensiva mediática». Pregunté a un médico amigo en Holanda: confirmó que ¡en los centros de detención juvenil ponen Ritalin en la sopa para calmar a los presos!

Pero al fin ¿qué es la hiperactividad?

La crítica negativa deja desamparada a los que sufren el problema. Es más fácil creer al médico que buscar alternativas. Breggin da pistas: hay indicios que factores medioambientales pueden causar síntomas de hiperactividad. El New York Times publicó el 2 de noviembre pasado un articulo bajo el titulo: «Un cambio de dieta puede evitar el uso de Ritalin.» Un informe reciente sobre los 23 mejores estudios clínicos de los últimos 20 años sobre la hiperactividad llega a la conclusión que la alimentación puede influir en los «desordenes de comportamiento» de muchos niños. Colorantes o otros aditivos, o incluso los mismos alimentos pueden causar hiperactividad en niños. Es decir: Si el chocolate te pone como una moto, no vayas al médico, ¡deja de comer chocolate!

Walter Tauber
(Girona)