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Juana Escabias
Penultima estación
Novela, 165 páginas
Juana Escabias, madrileña, es licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense, profesión que ejerce en medios muy dispares como las Naciones Unidas y la revista Interviú, pero su verdadera vocación es la de fabular. “Penúltima estación” es la primera novela de esta escritora que se perfila ya como una de las grandes, como lo testimonia la nota adjunta que para la revista “Liberación” le hiciera Carla Matteini, escritora y traductora de la obra de Darío Fo y de Franca Rame.
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Penúltima estación
Juana no había
leído Rayuela
o no conocía a Juana Escabias cuando me llamó para proponerme que amadrinanara" su primera novela, Penúltima estación. La petición me sorprendió, pues no nos habíamos visto nunca, sabíamos poco a casi nada la una de la otra, sólo parecía haber un amigo común como lazo de unión. Además, yo no hago crítica literaria, y así se lo dije. He dedicado prácticamente toda mi vida a la escritura y docencia teatral, y los que cometemos tal error somos lúcidos sobre nuestra influencia o celebridad: pocos teóricos –nos llaman teatrólogos ahora– dramaturgos o adaptadores trascienden con su trabajo las tenues fronteras de lo que llamamos "la profesión". Una vieja broma teatrera sostiene: "esto sólo le interesa a la profesión", aludiendo al escaso eco público que, salvo contados casos, tienen nuestras opiniones y actividades. Pera este es otro tema.
Volviendo a Juana, su propuesta sonaba tan firme y confiada, y era al mismo tiempo tan insólita para mí, que me hizo sentir curiosidad. Una –que diría el primer narrador de Juana– ya es mayor, y se ha hecho prudente, así que tras las reservas que he explicado y que le planteé en esa primera conversación, insistí en que ante todo quería leer la novela, dejándome un posible resquicio por si no conectábamos, ya que decidí hace tiempo no hablar o escribir sobre lo que no me apasionara, o por lo menos me interesara por algún u otro motivo. Juana me la envió, me arrepentí en las primeras páginas de mi disponibilidad, la odié y con ella al amigo común que nos había puesto en contacto, pero seguí leyendo, preguntándome si iba a poder hablar de esta novela. Pocas páginas después abandonaba al Pasolini que estaba traduciendo para librar un pulso personal con Juana escritora.
Porque Juana escritora es malvada y lo sabe. Es además osada y literariamente ambiciosa, busca el riesgo y trabaja sin red. Su novela, la primera que publica, y que escribió tres veces hasta estar satisfecha, es una telaraña endiablada de la que resulta dificil salir. Ella asegura buscar la complicidad del lector, pero no le crean, porque Juana escritora no es inocente. Ni sencilla. Ni clara. A lo peor, ni siquiera es políticamente correcta. Juana escritora no respeta, o, peor aún,
ha decidido ignorar con absoluta impudicia las reglas más elementales que se suelen aconsejar a la joven y prometedora escritora novel: historias sencillas, no demasiado rebuscadas, fáciles de seguir, lenguaje directo y pulido, criterios de eficacia, no cansar al lector. Para que los críticos puedan hablar, como casi siempre, de "esperanzadora revelación", "primera novela que promete mucho", "frescura y espontaneidad de una autora que si... (y aquí vienen los generosos consejos del crítico)... confirmará en obras posteriores lo que ahora promete".
Pues bien, Juana escritora es todo lo contrario, y nada contra corriente por aguas turbulentas, río arriba, hacia la catarata. Pero no se ahoga, ni mucho menos. Libra una batalla encarnizada con modas, criterios uniformadores y complacencias de mercado, para escribir una novela compleja, tan compleja que se compone... no sé de cuántas novelas ocultas tras la primera, que no es la primera, o la segunda, ¿o es la tercera, Juana?..., que va desgranando, como abriendo y cerrando cajitas mágicas. Un criptograma. Un misterio. Varios misterios que terminan encajando y desvelándose –hasta cierto punto, porque Juana escritora no es buena ni siquiera al final, y no lo pone fácil, sólo faltaría– en una sorprendente operación de habilidad estructural.
e voy a permitir citar a un gran maestro de dramaturgos, el chileno Marco Antonio de la Parra. Él se refiere al teatro, pero estamos hablando de lo mismo, de escritura, de creación: «Una obra [teatral] exige que se corra cierto peligro. Que se abandonen muchos supuestos, o, por lo menos, se les exponga a ser puestos en tela de juicio. Y acepten ser condenados a muerte». Juana escritora lo sabe y lo hace, y también sabe que: «Todo personaje cruza la cuerda floja sin red protectora. El autor traza la cuerda, retira la red. Abandona el personaje a su aventura».
Los personajes de Juana escritora acaban encontrándose, pero antes se han puesto todo tipo de zancadillas, se han cruzado y engañado, aparecen y desaparecen más adelante, hasta cambian de sexo..., y esto no es nada comparado con los narradores, con los cuales Juana escritora perfecciona sus artes diabólicas, jugando con ellos, que a su vez juegan con los personajes y todos, ella la primera, con el lector, que al principio, cuando entra en el trampantojo, cree haber entendido la estructura. Y cuando por fin respira tranquilo, "ah, ya entiendo", otra pirueta de la, las historias, un cambio de verbo, de persona, le hace ver que aún está lejos de "entender". Ah, este término que puede ser horrible, pues tantas cosas –la televi¬sión, cierto cine, cierta literatura– nos han acostumbrado al cine fácil, a la lectura fácil, al pensamiento fácil, en la mayor economía posible de esfuerzo mental. Y Juana escritora, bruja malvada, nos lo pone dificil, exigiendo del lector una concentración "de las de antes", y una mirada detenida, atenta, curiosa, con lupa. Ojo, no vayan a pensar los que aún no han leído Penúltima estación que se trata de una novela pretenciosa, alambicada, lejana. Qué va, en su perversidad, Juana nos habla de cosas cercanas y reconocibles. Del amor, por ejemplo; del compromiso, también; de la manipulación, la hipocresía y el engaño; del zancadilleoen el trabajo, la delación y el oportunismo; de la infidelidad y del peloteo, de la dema¬gogia, de la traición; pero también, y con gran intensidad poética, de los sueños de un niño que sabía que era escritor y no le dejaban; y de la identidad, esa duda que seguimos dejando pendiente para el 2000, y de la muerte, la otra gran pregunta mítica desde los griegos.
Cuidado, esto de los griegos es importante. En mi trabajo con jóvenes dramaturgos constato con entusiasmo cómo la recuperación de los mitos griegos, para contaminarlos felizmente con la mirada de finales de siglo, es una característica de muchos de los autores más interesantes. Tal vez porque es un siglo que no ha encontrado sus propios héroes, sus propias metáforas, y los reconstruye por analogía partiendo de los antiguos, que –Freud y Lacan enseñaron– son eternos y siguen vigentes. Pero es evidente que algunos de los dramaturgos más grandes de las últimas décadas trabajan sobre analogías potentes y eficaces a partir de los griegos, y también que los autores más jóvenes, los nuevos –y hay muchos y muy buenos– siguen buceando en los viejos clásicos. Volviendo a Juana escritora, el eje estructural de su novela se asienta en uno de los mitos más poderosos, que mejor ha resistido el paso de los siglos, llegando hasta nosotros a través de esos sutiles y misteriosos hilos que corren subterráneos por la historia de la literatura, es decir, del hombre: es el laberinto. La búsqueda. El retorno. La identidad. Todos ellos contenidos en ese camino-viaje sin aparente salida.
lvidaba el tema de los géneros. Hay una manía, más que una moda, por encasillar las manifestaciones artísticas –cine, teatro, literatura– en géneros, y buscar afanosamente en cuál clasificar la materia que se analiza. Pues bien, lo lamento por los críticos que se atrevan con esta novela, porque es altamente inclasificable, y correrá gran peligro quien lo intente. Es una historia urbana, pero no es costumbrista ni hiperrealista; es un viaje iniciático, a veces; yo creo que, si es obligatorio elegir uno, sería un thriller, un thriller policíaco lleno de 4 enigmas, donde no hay –¿o sí, Juana?– asesinos, y el inspector tiene que ser el lector.
Ya he dicho al principio que no soy crítica literaria, y desde luego lo demostré el día en que por fin conocí a Juana chica, la semana pasada, y le comenté con absoluta torpeza: «Tú, claro, has leído mucho a Borges». Me contestó: «Sí, pero no me influye demasiado, desde luego no en la novela».
Yo, impávida, y haciendo gala de esa superficial costumbre de analizar por referencias, que queda tan bien y demuestra cultura y preparación, insistí: «Pero sí hay mucho Cortázar, sobre todo Rayuela, en la estructura circular, etc.» Me contesta: «Sí, Cortázar me influye mucho, pero no he leído Rayuela». Ahí tenía que haber tirado la toalla y reconocer que no me ha llamado Dios por el camino del análisis literario. Pero ya era tarde, me había comprometido, la novela me había apasionado, y la había terminado casi riendo, pensando: "qué hábil es, y yo qué torpe... ¡si estaba todo claro!"
Pero sobre todo, la había conocido. Porque Juana mujer es tan seductora como Juana escritora, y se muestra tan segura de su osadía al meterse en semejante embrollo, desdeñando, o más bien buscando, más y más riesgo, tan convencida de haber escrito lo que quería escribir –lo que es un lujo de libertad de opción y de indiferencia hacia los dictados de "lo que conviene", afortunadamente sacrificado a lo que ella cree que hay que hacer, y encima tiene razón–, que te rindes ante su valor, su espíritu profundamente libre e independiente de influencias y normas.
Esta novela es singular y apasionante, "un reto" (como dicen los críticos, pero en este caso es cierto) para la inteligencia y para una de sus manifestaciones más preciosas, la imaginación, y proporciona un placer, irritado al principio, después rendido a las "malas" artes de esa maga que es Juana escritora.
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