|
|
|
Carlos Pérez Merinero, el escritor que miraba por la ventana Manuel Blanco Chivite * Adiós
Carlos. Ya no estás. Ya no estarás nunca.
Nos
quedan, claro, tus libros, tus estupendas historias, unas
publicadas y otras, aun en algún mueble de tu casa, la que
compartías con tu madre y en la que, de vez en cuando,
acudíamos a verte, a oírte, a intercambiar
impresiones, a tomarnos un refresco y disfrutar de unas horas de calma,
como fuera del mundo, aunque no de la vida.
Pero
no quiero parecer uno de sus íntimos. No llegué a
serlo; nos conocimos ya talluditos ambos y no nos dio tiempo.
Así que no le conocí demasiado, pero hasta donde
lo hice, fui un buen amigo suyo y tuve que ver muy directamente con la
edición de tres de sus novelas, excelentes novelas: Razones
para ser feliz, Caras conocidas y La niña que
hacía llorar a la gente. Género negro distinto a
todos, con auténticos personajes, bien escrito, lejos de la
crónica de sucesos y de la apología policial,
literatura, auténtica literatura, nada más y nada
menos.
Nos
apreciábamos y nos gustaba, como acabo de apuntar, pasar la
tarde, junto a dos o tres amigos más, en el salón
de su casa, charlando de esto y aquello o, parafraseando a Unamuno,
contra esto, contra aquello y contra lo de más
allá.
Hablaba
de cosas simples, le gustaban las cosas simples, aparentemente banales,
los detalles bien observados de la vida cotidiana; quizás
porque a lo largo de los años había ido
eliminando los temas superfluos, es decir, los que se
consideran importantes, los que, en definitiva, no llevan a
ninguna parte más que a sentirse uno tontamente importante
por la simpleza de hablar de ellos. La conversación con
él se desarrollaba siempre de manera sosegada,
aunque se insultase a tal y cual personaje pretencioso, y
siempre quedaba uno compensado de haberse trasladado hasta su casa,
quizás desde el otro extremo de Madrid.
Carlos
salía poco y, durante sus últimos
años, aun menos. Acompañaba a su madre al
supermercado o a comprar cualquier cosa en la tienda correspondiente;
una vez a la semana se pasaba por la librería más
cercana del barrio, en su misma calle, a apenas doscientos
metros…y poco más. Si se le incitaba a
alejarse de su domicilio, incluso para la presentación de
uno de sus libros en el centro de Madrid, daba siempre la misma
justificación: “pero si ya sabes que yo no
viajo.” Vivía en un primer piso, tenía
vértigo y para subir y bajar utilizaba el ascensor.
Merinero
respetaba y amaba de manera excepcional a su madre, Aurelia. Llegabas a
su casa y lo primero que te decía era “pasa a
saludar a mi madre”; cuando te marchabas,
“despídete de mi madre”. Cuando ya eras
un visitante habitual, el ceremonial se repetía sin
indicación alguna por parte de Carlos y a todos los que lo
cumplíamos nos resultaba grato y familiar. Aurelia era y
lo sigue siendo, una mujer pequeña, delgada,
amable, de sonrisa alegre, lectora incansable, siempre
sentada junto a la ventana de una pequeña
habitación que da a la calle, repleta de libros, con el
periódico del día entre las manos o con una
novela que, una vez leída, comentaría a su
hijo… La primera lectora de cualquier cosa medianamente
legible que entraba en la casa era ella. Ambos, madre e hijo,
solían llevar a cabo cada día dos actividades en
equipo: el crucigrama y la sesión nocturna de cine
televisivo, todo ello, me imagino, en un silencio familiar, entreverado
por una intermitente conversación poniendo verde, por
qué no, a quien se lo hubiera ganado con su propio
esfuerzo.
Merinero
observaba la vida desde su ventana, en especial durante las
mañanas.
Cierto
día, en conversación telefónica, me
dijo que estaba impresionado. ¿Por qué, le
pregunté, qué ha pasado? Esta mañana,
prosiguió, como siempre, he echado un vistazo desde mi
ventana y he visto al carnicero de enfrente, también como
siempre, abriendo la carnicería. Ha llegado, se ha
agachado y ha levantado el cierre metálico de dos impulsos.
De dos impulsos, no de uno, de dos. Por primera vez en veinte
años ha levantado el cierre de dos impulsos. Se
está haciendo viejo, ¿comprendes? Y yo
aquí, mirándole cada día, me estoy
haciendo viejo, igual que él, perdiendo fuerza,
también para mi han pasado veinte años.
Desde
entonces, cada vez que le visitaba, no podía evitar mirar
los azulejos de intenso colorido que adornan la carnicería.
Nunca entré en ella ni quise nunca ver al carnicero, como si
no quisiese envejecer. Sólo pensaba en cuántos
impulsos necesitaría para levantar aquel cierre
metálico que se me antojaba particularmente pesada, mas
pesado a cada visita.
Desde
entonces y para mis adentros definía a Carlos como el hombre
que miraba la vida desde su ventana, un hombre singular y un escritor
que pasaba las tardes en su mesa de trabajo, escribiendo a mano, ajeno
a la informática y cuyo ordenador estaba vacío.
Los cajones llenos, como su corazón y su cabeza y el
ordenador vacío.
Ya
sé que sesenta y un años, los que
vivió Carlos Pérez Merinero, sin ser demasiados,
dan para mucho y a él también le dieron para
mucho, pero he querido hablar de mis impresiones más
profundas, de esos últimos años en que su
existencia transcurrió disciplinadamente atada a su mesa de
escritor, sin preocuparse por publicar, dedicado a su madre y a unos
pocos amigos y mirando la vida por una ventana en un barrio de Madrid
*Periodista
y director de El Garaje SL, la última editorial de Carslos
Pérez Merinero |
|