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El secuestro del Foro Social Mundial
Lo pequeño es bello - Naomi Klein Masiosare
La democracia participativa fue usurpada en el Foro Social
Mundial (FSM) por los grandes hombres y las multitudes. Quizá
la razón por la que esto sucedió, sugiere la
autora de No Logo y Vallas y ventanas, es porque no hay mucha
gloria en la democracia participativa. Para que funcione se
requiere humildad de parte de los políticos electos,
se requiere que una victoria en las urnas no sea un cheque
en blanco, sino el comienzo de un proceso sin fin para devolverle
el poder al electorado. Para algunos, el secuestro del FSM
por los partidos políticos y los hombres poderosos
es prueba de que los movimientos contra la globalización
empresarial al fin están madurando y volviéndose
"serios". Pero, ¿realmente significa ser
maduro -en medio del cementerio de fallidos proyectos políticos
de izquierda- creer que el cambio vendrá al depositar
tu voto por el último líder carismático,
y luego cruzar los dedos y esperar lo mejor? Un poco de seriedad,
por favor .
LA PALABRA CLAVE en el Foro Social Mundial de este año,
que terminó el pasado martes en Porto Alegre, Brasil,
fue "grande". Una gran asistencia: ¡Más
de 100 mil delegados en total! Grandes discursos: ¡Más
de 15 mil abarrotaron el lugar para ver a Noam Chomsky! Y,
sobre todo, grandes hombres. Lula da Silva, el recién
electo presidente de Brasil, vino al foro y se dirigió
a 75 mil adoradores fans. Hugo Chávez, el controversial
presidente de Venezuela, hizo un visita "sorpresa"
para anunciar que su asediado régimen forma parte del
mismo movimiento que el foro.
"La izquierda en Latinoamérica está renaciendo",
declaró Chávez, mientras prometía derrotar
a sus opositores a cualquier costo. Como evidencia de este
renacimiento, mencionó la elección de Lula en
Brasil, la victoria de Lucio Gutiérrez en Ecuador y
la tenacidad de Fidel Castro en Cuba.
Pero, un momento: ¿Cómo fue que un encuentro
que se suponía era una vitrina para los nuevos movimientos
de base se convirtió en una celebración de hombres
con una inclinación a los discursos de tres horas sobre
aplastar a la oligarquía?
Claro, el foro, con toda su mareadora diversidad global, no
sólo fue discursos con enormes multitudes mirando en
una sola dirección. Hubo bastantes círculos,
con pequeños grupos de personas que se veían
unos a otros. Hubo miles de encuentros improvisados de activistas
de lados opuestos del globo terráqueo, que con emoción
intercambiaban hechos, tácticas y análisis de
sus luchas compartidas. Pero lo grande definitivamente marcó
el evento.
Hace dos años, en el primer Foro Social Mundial, la
palabra clave no era "grande", sino "nuevo":
nuevas ideas, nuevos métodos, nuevas caras. Porque
si había una cosa en la que la mayoría de los
delegados coincidían (y no había mucho) era
en que los métodos tradicionales de la izquierda habían
fracasado, ya fuese porque iban encaminados en una mala dirección
o porque estaban mal equipados para lidiar con las poderosas
fuerzas de la globalización empresarial.
Esto vino de la experiencia obtenida por la vía difícil,
experiencia que sigue siendo verdadera, aunque a algunos partidos
de izquierda les ha ido bien recientemente en las urnas. Muchos
de los delegados en aquel primer foro habían pasado
su vida construyendo partidos del trabajo, sólo para
observar después, sin poder hacer nada, que esos partidos
traicionaban sus raíces una vez en el poder; se daban
por vencidos y llevaban a cabo las políticas dictadas
por los mercados globales. Otros delegados llegaron con los
cuerpos llenos de cicatrices y con corazones rotos, tras luchar
toda su vida por liberar a sus países de la dictadura
o el apartheid racial, sólo para ver a su tierra liberada
entregar su soberanía al Fondo Monetario Internacional
a cambio de un préstamo. Otros de los que asistieron
a aquel primer foro eran refugiados de los partidos comunistas
doctrinarios que finalmente se habían enfrentado al
hecho de que las "utopías" de Europa del
Este se habían vuelto unas pesadillas autoritarias,
centralizadas y burocráticas. Y sobrepasando en número
a estos veteranos activistas, había una nueva y energética
generación de jóvenes que nunca habían
confiado en los políticos, y estaban encontrando su
propia voz política en las calles de Seattle, Praga
y Sao Paulo.
Cuando esta multitud global se juntó bajo el lema de
"Otro mundo es posible", para todos, excepto la
minoría más rígida y nostálgica,
resultaba claro que llegar a este otro mundo no sería
cuestión de resucitar los fallidos métodos del
pasado, sino de imaginar nuevos movimientos que sacaran lo
mejor de estas experiencias y que juraran nunca repetir sus
errores.
El Foro Social Mundial no produjo un plan político
-un buen comienzo- pero había una clara pauta que surgía
de las alternativas. La política tenía que tratarse
menos sobre confiar en líderes bien intencionados y
más en dar poder a la gente para que tomara sus propias
decisiones; la democracia tenía que ser Menos representativa
y más participativa. Las ideas que estaban en el aire
incluían consejos barriales, presupuestos participativos,
gobiernos locales más fuertes, reforma agraria y cooperativas
granjeras -una visión de comunidades politizadas que
podían funcionar en red a escala internacional para
resistir futuros asaltos del FMI, el Banco Mundial y la Organización
Mundial de Comercio. Para una izquierda, que normalmente había
buscado soluciones estatales centralizadas para resolver casi
todos los problemas, este énfasis en la descentralización
y en la participación directa representaba una innovación.
***
En el primer Foro Social Mundial, Lula también fue
vitoreado: no como una figura heroica que juraba retar a las
fuerzas del mercado y erradicar el hambre, sino como un innovador
cuyo partido estaba a la vanguardia en la creación
de herramientas para que la gente empobrecida pudiera cubrir
sus propias necesidades.
Tristemente, aquellos temas de participación profunda
y empoderamiento democrático en gran medida estuvieron
ausentes en la campaña presidencial de Da Silva. En
vez, contó y volvió a contar una historia personal
sobre cómo el electorado podía confiar en él
porque venía de la pobreza, y conocía su dolor.
Pero enfrentarse a las demandas de la comunidad financiera
internacional no consiste en saber si se puede confiar en
un político individual, más bien consiste en
el hecho de que, como el propio Da Silva está probando,
ninguna persona o partido es lo suficientemente fuerte por
sí mismo.
En este momento, parece que Lula sólo tiene dos alternativas:
abandonar sus promesas electorales de redistribución
de la riqueza o tratar de forzarlas y terminar en una guerra
civil al estilo Chávez. Pero hay otra opción,
una que el propio Partido de los Trabajadores ya intentó,
una que hizo de Porto Alegre el faro de un nuevo tipo de política:
más democracia. Podría simplemente rehusarse
a jugar el papel de mesías o vaquero solitario, y,
en vez, devolver el poder en asuntos cruciales - desde el
pago de la deuda externa, a la reforma agraria, a la membresía
en el Area de Libre Comercio de las Américas- a los
ciudadanos que lo eligieron. Hay un montón de mecanismos
que podría usar: referéndums, asambleas constituyentes,
redes de consejos locales y asambleas empoderadas. Escoger
una ruta económica alternativa de todos modos encendería
una resistencia feroz, pero sus opositores no tendrían
el lujo de estar en contra de Lula, como están en contra
de Chávez. En vez, se verían forzados a oponerse
a la voluntad repetida y declarada de la mayoría -tendrían
que estar en contra de la democracia en sí misma-.
Quizá la razón por la que la democracia participativa
fue usurpada en el Foro Social Mundial por los grandes hombres
y las multitudes es porque no hay mucha gloria en ella. Para
que funcione, se requiere de una genuina humildad de parte
de los políticos electos. Se requiere que una victoria
en las urnas no sea un cheque en blanco con duración
de cinco años, sino el comienzo de un proceso sin fin
para devolverle el poder, una y otra vez, a aquel electorado.
Para algunos, el secuestro del Foro Social Mundial por los
partidos políticos y los hombres poderosos es prueba
de que los movimientos contra la globalización empresarial
finalmente están madurando y volviéndose "serios".
Pero, ¿realmente significa ser tan maduro, en medio
del cementerio de fallidos proyectos políticos de izquierda,
creer que el cambio vendrá al depositar tu voto por
el más reciente líder carismático, y
luego cruzar los dedos y esperar lo mejor? Un poco de seriedad,
por favor.
(Traducción: Tania Molina Ramírez)
* Naomi Klein es la autora del libro "No Logo",
uno de los libros más citados por algunos grupos del
movimiento antiglobalización.
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