15 de marzo: Día Mundial de los Derechos del Consumidor

¿Derecho a consumir… o derecho a no hacerlo?

Reflexiones en torno al consumo, el libre mercado y la democracia.
Martes 16 de marzo del 2004.
 

Tanto la teoría económica como la teoría política apuntan al ciudadano como último responsable de todo lo que ocurre y depositan también en él la posibilidad del cambio. Para la teoría económica, los productores dan sólo respuesta a los deseos del consumidor. Es éste, en cada acto de consumo, el que está decidiendo libremente qué y cuánto quiere consumir. Para la teoría política, los ciudadanos del mundo desarrollado, libre y democrático, decidimos las políticas que llevan a la práctica nuestros gobiernos. Según esto, está en nuestra mano como ciudadanos provocar los cambios políticos y económicos necesarios para frenar los daños provocados por el consumo. Sólo es un problema de convencer a la mayoría.

Sin embargo, la realidad muestra que la creciente sensibilidad ambiental en los países desarrollados no se ha traducido en una mejora significativa en el modelo de producción y consumo, sino más bien todo lo contrario. El consumo per cápita sigue creciendo, y la degradación ambiental y humana también. Y es que la supuesta libertad del consumidor - ciudadano puede ponerse en entredicho por varios motivos:

-   La desinformación sobre lo que consumimos. El consumidor carece de la información mínima necesaria para hacer una elección consciente. Incluso en muchos casos se niega el derecho a conocer aspectos esenciales del producto, relacionados con efectos conocidos sobre la salud por ejemplo. Esta desinformación es además creciente, tanto porque el número de productos disponibles en el mercado es cada vez mayor como porque la globalización de la economía conlleva que los productos consumidos en un punto del planeta provengan de cualquier parte del mundo y que obtener información sobre su origen, condiciones de producción, etc sea cada vez más difícil.

-   Cada acto de consumo, cada elección, no es un ejercicio de racionalidad independiente, separado de los demás actos, como sostienen economistas liberales. Los consumidores no elegimos productos individuales sino un conjunto de bienes y servicios que son manifestación de un estilo de vida.

-   La publicidad como arma de seducción. La publicidad, por una parte, incita permanentemente al consumo, condicionando el volumen de mercancía que adquiere el consumidor, y, por otra parte, fomenta unos productos frente a otros, condicionando la elección en aspectos diferentes a la calidad y al precio.

-   El mercado no presenta todas las opciones, o no en igualdad de condiciones, por lo que la libertad de elección está seriamente condicionada. Cada vez, a pesar de que el número de productos disponibles en el mercado aumenta, la diversidad de opciones realmente diferentes disminuye, pues las formas de producción se van homogeneizando.

En definitiva, somos víctimas del síndrome del dirigismo de la oferta. En lugar de ser la producción (la oferta) la que se adapta al consumo (demanda), a los requerimientos de la sociedad, es el consumo el que se adapta a la producción, a sus requerimientos de crecimiento continuo. El mercado está fallando precisamente en su ley primordial de oferta y demanda. Y es aquí donde se desmorona la libertad del consumidor y la regulación natural del mercado por parte de éste. No somos consumidores libres y, por tanto, no bastará un aumento en la conciencia ambiental de la sociedad para provocar un cambio definitivo en qué y cuánto se consume. Ni el consumidor más concienciado podrá obtener toda la información necesaria para optar por el mejor producto en todo momento, ni podrá elegir la alternativa óptima porque difícilmente la encontrará en el mercado, ni podrá librarse siempre de los condicionantes que le impone su modo de vida.

En el plano político la cosa no es muy diferente. Una reducción del consumo, señal positiva desde un punto de vista ambiental, es considerada como una señal fatal para la economía y por tanto debe ser rápidamente atajada con políticas que incentiven el consumo. Debemos consumir aunque no lo deseemos. Así, la política ambiental se convierte en una farsa de los estados. ¿Qué tiene de sincero la firma de un tratado de reducción de las emisiones de CO2 si no se puede afrontar por antieconómica una política de reducción de la producción y uso del automóvil privado, principal responsable del crecimiento en las emisiones de CO2 en los últimos años?

El problema finalmente radica en el hecho de que, aunque parece claro para todos que la reducción del consumo en los países desarrollados es un requisito primordial e improrrogable para remediar la crisis ambiental y el desigual reparto de la riqueza (Ver, por ejemplo, el 5º Programa Marco sobre Medio Ambiente de la UE), aún los economistas liberales no han dado con la tecla de cómo se puede reducir el consumo sin que sus cuentas económicas se vayan al traste. Esa es la principal razón de que todos esos principios expresados en cumbres internacionales, tratados y programas se hayan quedado en papel mojado. Ahí radica la principal debilidad de la teoría de libre mercado y explica que la búsqueda de soluciones se centre en el desarrollo tecnológico y en infinidad de argucias, especialmente en materia contable, para intentar compatibilizar la economía de mercado con la conservación de los recursos naturales. En el fondo esto no son más que vanos intentos si el modelo no permite la reducción del consumo como alternativa, si es esclavo de la oferta y requiere un crecimiento continuo de la producción y el consumo para sobrevivir.

Pero, aunque hubiera una solución a la necesidad de crecimiento permanente de la economía y la libertad del consumidor y su capacidad de regulación del mercado fueran reales, esto no sería suficiente para provocar los cambios necesarios en el sistema productivo. Lo que puede ser una elección de consumo adecuada desde el punto de vista de consumidor (más calidad y más barato), puede resultar un serio daño al medio ambiente o a la economía local (puede, por ejemplo, poner en peligro el mantenimiento del empleo del propio consumidor). Es cierto, por tanto, que es necesario un cambio cultural que se traduzca en comportamientos sostenibles a escala individual y social en todas las facetas de la vida y muy especialmente en el consumo. Es necesario un cambio en los paradigmas que rigen nuestro comportamiento, del "más y mejor, por favor; y si es posible, más barato" (Colin Johnson), hacia un consumo consciente y responsable.

Podríamos decir en resumen que hay una parte de nuestro consumo que no está bajo nuestro control directo como consumidores, que es inherente a nuestra sociedad, al modo de vida, y que requiere cambios políticos o económicos (pero sobre los que podemos actuar también). Y otra parte que depende directamente de nosotros mismos, de la elección que hacemos entre las opciones que se ofertan y sobre la que estamos influyendo cada día. La primera se encuentra más, aunque no únicamente, en el plano de la calidad y la segunda, más en el plano de la cantidad. Quizás no podemos, cada vez que abrimos el grifo de nuestro lavabo, decidir de donde viene el agua, que infraestructura utiliza o cómo se trata, pero si podemos decidir despilfarrarla o no.

"El acto más subversivo en una sociedad de consumo es negarse a consumir; también es uno de los más seguros". Derek Wall. Getting there. Steps towards a Green Society.

Antonio Luna del Barco antonio.luna@uca.es

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