NO A LA GUERRA
CALENDARIO

Texto de Juan José Téllez leido al término de la gran manifestación de Cádiz contra la guerra
14/2/03

Estamos aquí, muchos gaditanos que años ha cumplido ya esta tierra. Estamos aquí, porque estamos contra la tiranía pura y dura de Sadam Hussein, pero también estamos en contra de la tiranía maquillada de Georges Bus. Estamos aquí porque no nos gusta Al-Qaeda ni Osama Bin Laden, que siempre aparece cuando aparecía el GRAPO, cuando le interesaba a la ultraderecha. Pero estamos aquí porque no nos gusta que el Reino Unido quiera desunir a Europa ni nos agrada que España presuma de dejar de serlo; porque no queremos vendernos por un plato de lentejas en el G-8; porque no estamos dispuestos a alquilar nuestra neutralidad por un plato de lentejas en el botín de los pozos petrolíferos iraquíes, para terminar beneficiando, seguramente,. A cualquier compañero de pupitre de nuestro presidente Aznar.

Si quieren ataques preventivos, que acaben de una vez por todas con los bancos y las compañías transnacionales que están dejando en la miseria a tres cuartas partes del mundo, que acaban con las fronteras asesinas que están convirtiendo el Estrecho en una de las mayores fosas comunes del planeta. Si quieren acabar con el ántrax y las armas biológicas, que acaben a la vez con las epidemias que están diezmando a los más pobres, a los más débiles, a los vecinos del oasis europeo o norteamericano, que no tendrán nunca las vacunas que van a tener los soldados estadounidenses en una zona del globo donde la vacuna más urgente es la que tendría que curar el odio y la intolerancia.

Los únicos daños colaterales que estamos dispuestos a aceptar son los que nos permitan acabar de una vez por todas con esa terrible amenaza terrorista que es el hambre, con la dictadura de las bolsas, con el integrismo de quienes no están dispuestos a que la justicia le fastidie su negocio, a que la libertad, la igualdad y la fraternidad, impidan que sigan cometiendo el crimen del poder, que casi nunca tiene castigo.

No sólo estamos en pie de paz contra la guerra, porque no hay derecho a que quieren liberar a un pueblo matándolo antes, porque no hay derecho a que sólo nos alcemos contra los déspotas que no le interesan a ese otro déspota que nos domina con el brazo armado del Banco Mundial y del Foro Monetario Internacional, porque no hay derecho a que los derechos humanos no sean verdad ni mentira, sino del color del cristal con que se miran.

Estamos en pie de paz, mirando hacia delante con la ira de quien se indigna porque quienes creen que el patriotismo se mide por el tamaño de una bandera en el Paseo de la Castellana, quieran convencernos de que nos conviene aceptar un contrato basura como mayordomos del Tío Sam. Estamos aquí porque no somos antiyankis sino imperialistas. Porque no nos gusta disfrutar cuando nos violan. Y que, encima, como sarna con gusto supuestamente no pica, le paguemos la cama a quien lleva chuleándonos más de un siglo, desde la guerra de Cuba a los acuerdos del 53, ese imperio del pensamiento único y del nuevo orden mundial, que construyó aeropuertos militares y muelles para la muerte, justo donde estaban nuestros huertos, el melón y la calabaza de Rafael Alberti que también está aquí con nosotros, porque lleva vivo cien años y sigue siendo rojo como la sangres del pueblo iraquí, al que vamos a machacar con la excusa de liberarles.

La bandera de Cádiz no es el pabellón de la libertad, ni la bandera del viento que quisiera Carlos Edmundo de Ory, ni la verdiblanca que alzó Blas Infante en la capital meses antes de que estallaran los tiros del 36. El poder se empeña en que la bandera de Cádiz siga siendo de color caqui, porque a los gaditanos no nos han dado parte per nocta, porque seguimos marcando el paso de la oca con todas las guerras que cruzan el Estrecho, porque llevamos sobrehúsa y submarinos Polaris en la sangre de la memoria, porque no nos han abolido el servicio militar, sino que seguimos formando filas eternamente en la quinta de la Base de Rota y de Gibraltar.

Aquí, junto a este viejo mar, hemos vivido todas las guerras de toda la historia, desde la de Troya a la de Trafalgar. Aquí, justo donde Amílcar Barca juró odio eterno a los romanos y donde se hundían los submarinos nazis cargados de oro robado en oriente medio. Aquí, donde la noche se llenaba de bengalas en los años de la Segunda Guerra Mundial. Aquí, hemos vivido en primera línea de combate la guerra de las Malvinas y la del Golfo de Sirte. Y sabemos decirles, desde hace mucho, a todos los que vengan pidiendo guerra --¡guerra, guerra!--, que hace ya más de doscientos años que nos hemos quedado con la copla y que sabemos decirle que con las bombas que tiran los fanfarrones, se hacen las gaditanas y los gaditanos tirabuzones.

Ahora, nuestro enemigo vuelve a ser el de siempre, aunque esta vez se llame como ese Irak dominado por un dictador que quiere seguir jugando al pim, pam, pum. Ahora, nuestro enemigo vuelve a ser el de siempre, aunque esta vez se llama Estados Unidos, que quiere seguir jugando a los amos del universo. Ahora, nuestro enemigo vuelve a ser el de siempre, la guerra, porque nosotros, los gaditanos, somos un pueblo de puertas sin candado, de bocas sin cerrojo y de manos abiertas. Porque la bandera de Cádiz ni es caqui, ni es lila, sino de color de las gaviotas y el blanco de la salada claridad. Porque la sangre de Cádiz no sabe a petróleo, sino a churros de La Guapa y a pescaíto de los gallegos, porque preferimos la caja y el bombo de las chirigotas al cornetín de órdenes y a los tambores de guerra, porque sabemos el arte del trabalenguas y de los popurrís y nos aburrimos con el un, dos, un, dos, papa y arroz; porque creemos que el siseñor es tan sólo un mueble y el único ejército que alguna vez nos gustó fue el del batallón infantil de las Fiestas Típicas.

De San Fernando a Cádiz, va a ser ya doscientos años, España inventó el arte de la libertad y la magia de las palabras. Nuestros antepasados fabricaron, rodeados por la guerra y el espanto, un viejo libro llamado Constitución en donde nos animaban a que los españoles fuéramos justos y benéficos. Ahora, tenemos la oportunidad de serlo. De ser justos y benéficos con el pueblo iraquí, que no necesita, desde luego, al carnicero que los gobierna, pero al que tampoco le hace falta ese otro matarife que quiere invadirle con la excusa de convertirse en el exorcista que le libre de sus demonios. Tenemos la ocasión de ser justos y benéficos, con toda la humanidad, porque ni es justo ni le beneficia, convertirse, a buenas horas mangas verdes, en esclava eterna de quienes quieren seguir saqueando la tierra y los mares del planeta, la superficie y las grutas, el estómago y el cerebro de sus habitantes. Tenemos la ocasión de ser justos y benéficos con nosotros mismos, porque no elegimos a este gobierno para que nos venda, en cuerpo y alma, a los nuevos gabachos; porque no les votamos para que se convirtieran en afrancesados de la Casa Blanca y entregaran nuestra soberanía al Pepe Botella del despacho oval y a la Condoleza Rice recién salida de los consejos de administración de las grandes compañías de petróleo.

Los gaditanos, otra vez, estamos hoy, aquí de nuevo, para ponernos del lado de La Pepa, para repetir con ella que preferimos libertad y honra, a que nos despojen nuevamente de honra y libertad, para gritar a los cuatro vientos no a la guerra, pero también para gritar cuando haga falta, que no a la paz, cuando la paz sea miedo, que no a la paz, cuando la paz sea la de los cementerios, que no a la paz, cuando la paz sea el silencio de las mordazas.

Ojalá, al contrario que en la cantiña, peguen un tira al aire, y caiga en la arena, para que volvamos a tener confianza en los seres humanos. Ojalá, la murallitas de Cádiz sean de piedras y no se noten, para que allí los militaristas, si lo que quieren es petróleo, se vayan a Galicia para recoger el chapapote.

Estamos aquí, milenarios y libres como siempre fue Cádiz, a favor de los Kurdos y los Iraquíes de buena voluntad, a favor de los jóvenes norteamericanos, que no queremos que vuelvan de Oriente Medio convertidos en cadáveres, bajo un triste bolsa de polivinilo, a favor de todos los españoles y británicos, que se merecen algo mejor que ser cómplices de John Wayne, actores secundarios de esta enorme película de tiros y ambiciones en la que seguro que, más temprano que tarde, morirá hasta el apuntador y el que venda la fanta.

Otra vez nos están condenando a estar aliquindoi, aliquindoi, pendientes de los que hacen los amos del cotarro, los que siempre nos pusieron en peligro a cambio de un puñado de dólares, porque la muerte, aquí, siempre tuvo un precio y no supimos nunca quien era el bueno, pero sabíamos de sobra que el mundo era feo y que el malo siempre llevaba pistola y misiles de largo alcance, llenaba de napalm los telediarios y creía que podía tomarnos el pelo con sus grandes agencias y, como diría Carlos Cano, lo cierto es que nos roban, nos roban, nos roban, con cuatro palabritas finas nos roban.

Vamos a hacerle una guerra a Ira, porque quizás tenga armas de destrucción masiva, pero no sabemos realmente si tiene armas de destrucción masiva. ¿Por qué no se lo hacemos a Corea del Norte, o es que le tenemos miedo, porque sí que sabemos que tienen armas de destrucción masiva? ¿Por qué no se la hacemos al estado de Israel, que las sigue fabricando en Daimona, que incumple desde hace veinte año las resoluciones de Naciones Unidades que le obligan a abandonar el sur del Líbano y que ha matado más de dos mil palestinos desde que empezó la segunda intifada? Y, sobre todo, ¿Por qué no le hacemos la guerra a los Estados Unidos, que no sólo tienen armas de destrucción masiva, sino que es el país que tiene más armas de destrucción masiva? ¿Por qué no se la hacemos a quienes le han declarado la guerra la clase media argentina, a quienes han entregado a Colombia y Venezuela a una guerra civil eterna, a quienes llenaron América de dictadores bananeros y le pagaron un sueldo hace tiempo a Sadam Hussein y a Osama Bin Laden, cuando obedecían a sus intereses?

Si ese hombre del rifle a lo Charlton Heston, Sadam Hussein, quiso matar al papá de George Bush hijo, que George Bush hijo se ajuste la canana con el colt al cinto y se enfrente en un duelo de titanes contra su viejo enemigo. Que no nos deje a todos solos ante el peligro, que no siempre nos salga el tiro de los otros por la culata de los de siempre, porque en las guerras siempre mueren los mismos y las medallas se las llevan los generales y los muertos, porque en las películas del oeste, siempre gana el actor mejor pagado y los forajidos siempre acaban matando al hombre del piano y a la chica del salón.

Los gaditanos –me gustaría recordarlo hoy-, somos viejos amigos de Estados Unidos. A través del Atlántico, oímos su grito de libertad, impreso sobre el anciano papel de su Bill of Rights. Algunos de nuestros padres ayudaron a los suyos a sacudirse el yugo del colonialismo inglés. Y recitamos, desde luego, con Pablo Neruda, que despierte el leñador norteamericano y que las barras de su bandera no sean las de una cárcel ni las estrellas sean las del papel que más les gusta a sus actuales gobernantes, el de sheriff del mundo, así quiera el mundo o no quiera. Los gaditanos no hemos salido sólo a la calle para convencer a nuestros gobernantes de que nuestro pueblo, incluyendo a sus votantes, no quieren esta violencia ni ninguna otra violencia, ya sea la del terrorismo, ya sea la del capitalismo salvaje que mata lentamente, de muerte natural. Los gaditanos también queremos sumarnos al coro del mundo que le dicen a los estadounidenses, que vuelvan a ser lo que fueron, lo que nosotros mismos quisimos volver a ser en la historia, hombres de luz que a los hombres almas de hombres les dieron. Que salgan a la calle los hijos de Jefferson y de Mark Twain, que salga de las tabernas Edgar Allan Poe, que Allenn Ginsbe rg vuelva a aullar por las calles sin bellezas y Bob Dylan cante de nuevo que tiene que llover, que tiene que llover a cántaros, que una lluvia dura va a caer de un momento a otro y no será una lluvia de bombas sino de besos. Hagamos el amor y no la guerra. Démosle con John Lennon una oportunidad a la paz y gritemos con todas las fuerzas de la memoria de Cádiz, nuevamente, a voz en grito, ¡Viva la Pepa! ¡Muera la muerte!

Juan José Téllez
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