Gracias a vosotros, pulcros secretarios norteamericanos, fabricantes de armas con el pasaporte de los paraísos fiscales, millonarios sauditas que atizan el fanatismo de la violencia islamista, sumisos europeos, jineteros del nuevo orden mundial que están dispuestos a todos por un dólar, juntacadáveres del gobierno de Ariel Shalom, enmascarados de todos los grupos que utilizan algunos sueños para acribillar otros, gangsters del terror, que recurren a las minas anti-persona, a la goma dos, al tiro en la nuca o a las bombas lapa, porque son incapaces de activar la violencia de las ideas. Gracias a vosotros, este año ya no existe Sandra Collins, que trabajaba en el piso 34 de la Torre Norte, en lo que sigue siendo el nivel cero del bajo Manhattan. Gracias a vosotros, ya no hablan su dialecto salobre Salema Bouhdía y sus cuatro hijos, machacados por el derrumbe de su vivienda en una diminuta aldea afghana cuando un paracaídas de supuesta ayuda humanitaria desplomó su techo. Gracias a vosotros, por las calles de Belén ya no corre Alí Mouni, quince años de edad, que quería ser cantante de Rai, ni Aaron Cohen, que cumplía catorce el día en que hizo bum la pizzería donde le llevaron sus padres.
Gracias a vosotros, gracias por todas las guerras civiles de Africa que no salen en los teletipos. Gracias a vosotros, por convencer a medio mundo que sólo hay un culpable en esa matanza que estrangula todavía el corazón de Colombia. Gracias a vosotros, por traficar con los niños esclavos de Asia, por condenar a la mendicidad a media América, gracias por el corralito de Argentina y por los cuerpos ahogados en el Estrecho de Gibraltar. Gracias a vosotros, mercaderes de sombras, ambiciosos contables del Banco Mundial, tiralevitas del Fondo Monetario, botafumeiros del poder en cualquiera de sus formas. Gracias por un tiempo de sangre, sudor y lágrimas. Gracias por los tirachinas y las bases militares, gracias por los arsenales nucleares y las agencias de espionaje, gracias por los uniformes y por la guerra de las galaxias. Ahora, el Tío Sam quiere que Mortadelo y Filemón también se vengan a vivir a la Base de Rota, que España levante las solapas de su gabardina, que le demos salvoconducto a la CIA y que sólo apliquemos la Ley de Extranjería a los que son pobres, débiles e indefensos y lo único que quieren es una limosnita por el amor de Dios.
Gracias por estar ahí, porque vamos a venceros, heraldos negros, espantapájaros de la vida, cazadores de almas, domesticadores de la rabia y amaestradores de la rebeldía. Vamos a venceros con pasión y con belleza, vamos a arrinconaros con las banderas de la vida, con la resurrección de la alegría, con un fantasma que recorre Europa, el mundo, y al que nosotros llamamos utopía.
Frente a vuestra fuerza, la fuerza del arcoiris.
Frente al cuerpo de marines, un cuerpo desnudo y deseado.
Frente a vuestro ejército, un ejército de besos y canciones.
No os vamos a vencer, no tengáis miedo. Os vamos a convencer, suavemente, como convencen los amantes, los crepúsculos y los boleros.
Gracias por recordarnos, Base de Rota, que los andaluces seguimos siendo soldados de reemplazo aunque el pacifismo haya logrado que ya no exista la mili. Nos habéis enrolado, ahora, en la última cruzada contra los sarracenos y a nosotros no nos gusta el traje del guerrero del antifaz.
Gracias por recordarnos, Base de Rota, que la muerte y el miedo no sólo salen en las novelas negras, que la noche americana es un misil, que somos los reclutas del Imperio y que la vida real no siempre termina bien, como dicen las películas o algunos telediarios.
Gracias por recordarnos, Base de Rota, que tú y que otras bases como tú, no sois un parque de atracciones, que no es lícito ganarse el sueldo con el sudor de la sangre ajena, que la mejor defensa no es un buen ataque y que las guerras, las ganen quien las ganan, siempre las pierde el pueblo llano, el amor, los museos y la ternura.
Gracias por recordarnos, Base de Rota, que a un lado y a otro de tu vieja empalizada de metal, hay obreros humillados y responsables públicos que se dejan humillar. Gracias por recordarnos, Base de Rota, que España sigue siendo un suburbio tuyo, el país que le han puesto al lado a tus embarcaderos, a tus pistas de aterrizaje y a tus hangares que van ampliarse ahora.
Gracias por estar ahí porque tú nos permites, al menos, reunirnos cada año para decir que no, nuevamente, para mirarte a la cara, viejo monstruo gris y avisarte que vamos a ganarte la partida, que vamos a quitarte los galones del espanto, que vamos a degradarte por poner en peligro a la gente que dices que defiendes, que vamos a ascenderte a la condición de jardín o de parque público, en donde cada noche, en vez de señor, si, señor, o a la orden, alguien diga si, quiero, I love you, o quizás, quizás, los nombres de las constelaciones y de las estrellas fugaces del deseo.
Gracias por estar ahí, vieja Base cincuentona, con olor a güisquería y a guantes de beisbol, a la que alguna vez convertiremos en almacenes de solidaridad, en una base civil para ayudar a la gente en vez de machacarla, para lanzar bombardeos de comida, avanzadillas de medicamentos, invasiones de agua para quien tiene sed, comandos de manos que echarle a quien lo precise. Tú nos haces recordar que tampoco somos inocentes, que si no intentamos cerrar tu terrible dentadura de metralla, somos cómplices de quienes le sacan partido a las matanzas, de quienes se juegan a la bolsa las operaciones militares: tirios o troyanos, serbios o croatas, romanos o cartagineses.
Gracias por estar ahí, por animarnos a alzar la voz y la palabra, por convertirnos en un modesto batallón de ingenuos, que se niegan a que el hombre siga siendo un lobo para el hombre; que se niegan a que, como está ocurriendo ahora en el litoral de Cádiz, cuando se retiran los soldados siempre nos invadan las empresas constructoras; que se niegan a que el racismo sea el idioma de los pueblos, a que el huevo de la serpiente anide otra vez sobre el corazón de Europa para perseguir judíos o sudacas, moros o cristianos. Gracias por negaros a que el Gobierno se gaste en trilita lo que piensa ahorrarse del desempleo; por negaros a que la única globalización posible sea la que da beneficios a los de siempre y siempre perjudique a los mismos. Activemos los torpedos de la dignidad, amartillemos la ametralladora del desarrollo sostenible, repartamos la intendencia y que los seres humanos libren, de una vez por todas, el único combate digno, el de la civilización, el del sentido común y el del amanece que no es poco.
Viejos señores de la guerra, somos los que somos y nos hemos quedado con vuestras caras. No vengáis a decirnos que no tenéis la culpa, no recitéis de nuevo vuestros antiguos discursos, no habladnos más de realidad y de cifras sino de magia y misterio, no prometednos horizontes de grandeza sino horizontes lejanos. Quitaros vuestra sucia armadura, dejad en paz el tam-tam de las malas noticias, que bases como esta sirvan para recomponer el rompecabezas de la justicia y que la poesía sea el único arma cargada de futuro.
Pero también quiero daros las gracias a vosotros, muchachos y muchachas que hoy sois compañeros de este día. Hombres y mujeres que nacéis cada año en Porto Alegre y que os resistís a morir en Davos, por una globalización distinta y porque otro mundo sea posible. Quiero daros las gracias por estar aquí, como Luis Cernuda se las dio hace años a un antiguo soldado de la Brigada Lincoln, que combatió en España por la verdadera libertad del hombre, que es la que lleva trescientos años escrita sobre los muros de la Bastilla.
Gracias, Compañero, gracias
Por el ejemplo. Gracias porque me dices
Que el hombre es noble.
Nada importa que tan pocos lo sean:
Uno, uno tan sólo basta
Como testigo irrefutable
De toda la nobleza humana.
Otro discurso de Téllez aquí