Discurso de Juan José Téllez ante la Base de Rota para pedir el cese de la agresión estadounidense a Afganistán

Erase una vez, cuando el mundo que hoy conocemos era joven y rebelde, la inocencia llevaba pelo largo y pantalones de campana, la muerte se llamaba entonces Vietnam y desde los despachos de Washington y de Moscú, entre watergates y siberias, se escribía de nuevo la historia universal de la infamia. Erase que se era, cuando los muros de París prohibían prohibir y San Francisco hacía el amor y no la guerra, un chico de Liverpool y de gafas redondas escribía un puñado de palabras ingenuas que a algunos parece molestarles todavía.


Imagine there´s no heaven.
It´s easy if you try.
No hell below us
Above us only sky.
Imagine all the people
Living for today.

Imagina que no hay ningún paraíso.
Es fácil si lo intentas.
Ningún infierno bajo nosotros.
Sobre nosotros sólo el cielo.
Imagina a toda la gente
Viviendo al día.

Pero hay muchos infiernos en las páginas de la historia. Sus demonios llenan todos nuestros jardines y los almanaques están llenos de los días de difuntos. Hubo un infierno, en Nueva York y en Washington, el día 11 de septiembre del año 2001. En memoria de todas sus víctimas, estamos aquí concentrados hoy. Parte de nuestro corazón y de nuestros recuerdos también se desplomaron con las torres gemelas. La sangre derramada entonces siempre será un poco nuestra. Pero hubo otros infiernos anteriores: el verano fue duro, muy duro, en Palestina. En memoria de todas sus víctimas, sin color, ni religión, sin uniforme ni ideas, también nos reúne aquí esta desapacible mañana del mes de octubre. En Afganistán, desde el pasado domingo, la humanidad emprende un viaje al final de la noche; desde el pasado domingo, el silencio es tan sólo el breve tiempo que transcurre entre el bramido de las bombas; desde el pasado domingo, los niños dejaron de ir al colegio para entrar en los hospitales. En memoria de todos los daños colaterales de esa nueva injusticia duradera, también estamos reunidos aquí hoy.

Porque el mapamundi vuelve a ser un río de sangre, porque no hay ninguna guerra que sea legítima, porque en el ajedrez de la historia, siempre que mueven ficha los poderosos, pierden los peones. Porque nos están llamando a filas y nosotros queremos romperlas. Porque hay que darle una oportunidad a la paz, por eso estamos también aquí. Hemos llegado ante las puertas de la Base de Rota, porque nos negamos a ser cómplices de esta locura, porque deseamos que nuestro país no participe en ningún linchamiento, porque la mancha de la sangre con otra mancha de sangre no se quita.

Alzamos nuestra voz en memoria de los viejos sueños y de todas las canciones, para que no descansen en paz la idea de que la vida no necesita cañones ni tirachinas, sino un beso de buenas noches, la caricia de la ternura y la magia de los crepúsculos. De derrota en derrota, seguimos alzando los dedos de la victoria final, contra todos aquellos que quieren militarizar a la utopía, contra todos aquellos a quienes gusta ponerle uniforme al pensamiento, contra todos aquellos que se hacen las fotos electorales junto a los símbolos de los buenos deseos, pero que a las primeras de cambio mandan detener al pacifismo, silencian a los disidentes y ponen a la no-violencia a desfilar entre los sospechosos habituales.

No queremos que Andalucía se vista de camuflaje: si nunca quisimos que el tópico nos disfrazara con peineta y bata de cola, mucho menos queremos una peineta atómica y que nos cambien la bata por una batería de misiles.

Queremos que en Rota y en Morón, sólo aterricen aviones de papel y que los barcos de guerra paseen a los amantes. Que sólo exista el ministerio de Defensa en caso de defensa propia, en caso de que invadan nuestro territorio sentimental los ejércitos sarracenos o los ejércitos de los contratos basura, en caso de que nos invada cualquier ejército. Porque no queremos que nadie nos haga morir ni matar con la Otan puesta. Porque estamos hartos de que en todos los tiroteos, los tirios y los troyanos acaben disparando contra el pianista.

Frente a aquellos que hablan de cruzada y de guerra santa, frente a quienes quieren devolvernos a la Edad Media, frente a quienes confunden la civilización de la libertad con la civilización del dinero, de las cabezas cuadradas y del mundo hecho a la imagen y semejanza de su ombligo, recordemos de nuevo las viejas, nobles, letanías del buen John Lennon, que supo en su propia carne que cualquier arma siempre la carga el diablo.

Imagina que no hay países.
No es difícil hacerlo.
Nada por lo que matar o morir.
Tampoco ninguna religión.
Imagina a toda la gente
Viviendo la vida en paz.

Puedes decir que soy un soñador
Pero no soy el único.
Espero que algún día te unas a nosotros
Y el mundo será uno.

Desde las pantallas del Nodo, desde el cornetín de órdenes de quienes creen que la guerra o es imprescindible o es inevitable, nos llamarán trasnochados, tontos útiles, idealistas pasados de moda que nos dejamos engatusar por cualquier cantamañanas, unos cobardes que estarían dispuestos a ponerse un infame turbante en lugar de unos elegantes vaqueros. Que nadie se engañe, no somos compañeros de viaje de todos los tiranos que oprimen a todos los mundos, nuestros o ajenos. No somos compañeros de viajes de ese peligroso iluminado que se refugia en las montañas de Afganistán y que aprovecha el largo drama palestino o el prolongado asedio que no sufre Sadam Hussein sino el pueblo iraquí para justificar la masacre del 11 de septiembre. El alma de cada uno de nosotros lloró hace un mes en Nueva York, en Washington y en Pensilvania: fue un mar de lágrimas por cada niño muerto en la guardería de las Torres Gemelas, por los mensajes de amor lanzados desde los aviones suicidas, por los bomberos y policías que murieron cuando intentaban evitar más muertes, por los jóvenes y ambiciosos brokers que trabajaban de nuevo en el negocio del Becerro de Oro, por los conserjes y por las dependientes, o por los trabajadores clandestinos cuyos familiares temen reconocerles porque podrían terminar siendo expulsados de un país que ahora pide venganza en lugar de justicia. El alma de cada uno de nosotros lloró entonces, pero llevaba llorando mucho tiempo, desde Colombia a Filipinas, por las guerras olvidadas en la región de los grandes lagos, por la guerra del capitalismo salvaje que sigue dejando una larga ristra de muertes en el Estrecho, por la guerra de la estrella de David y el creciente de Mahoma, que de vez en cuando sacude hasta el espanto pizzerías de Jerusalem o calles de Gaza y Cisjordania, donde también lloramos y nos estremecimos hace sólo un año con la imagen de un padre intentando inútilmente evitar que su hijo fuera desesperadamente muerto.

Estamos aquí, porque esta no es nuestra guerra. Estamos aquí, reunidos ante la Base de Rota, para apuntarnos a otro bombardeo distinto al suyo. Para reengancharnos en las trincheras de los sueños posibles. Contra el terror, libertades civiles. Contra el fanatismo, riqueza repartida. Contra los iluminados kamikazes, las viejas palabras escritas sobre los muros europeos de La Bastilla: Libertad, Igualdad, Fraternidad. A las armas, ciudadanos, formad vuestros batallones, que queremos meter otra vez claveles en el cañón de los kalavsnikov; que queremos cantar con Jacques Brel que si no hay más que amor para detener el ruido de las bandas militares, lo tenemos todo; que queremos creer que los tiempos están cambiando para bien y que nuestro único horizonte de futuro no es el de convertirnos en Rambo, en sargentos Gorila, en señores de la guerra con la voz cascada de Bob Dylan. Y, sobre todo, sobre todo, susurrar bajito, para que entre por las rendijas de las televisiones digitales, para que se cuele entre líneas de los grandes rotativos y emerja como una bandera desde los transistores, aquellos poderosos deseos de John Lennon, políticamente incorrectos ahora, pero más urgentes que nunca y tan nuestros como siempre:

Imagina que no hay posesiones,
Me pregunto si puedes.
Ninguna necesidad por codicia o hambre.
Una hermandad del hombre.
Imagina a toda la gente
Compartiendo todo el mundo.

Puedes decir que soy un soñador
Pero no soy el único.
Espero que algún día te unas a nosotros
Y el mundo será uno.