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PAZ Y SOLIDARIDAD
CAMPAÑAS
Opinión
Crónicas desde Louisiana nº4: Allí donde el primer paso y el último coinciden
Paseándome por este país no puedo evitar acordarme de aquella teoría sobre la futura evolución del ser humano, que decía que, al abandonar el hábito de caminar, nuestros pies perderían los dedos y se convertirían en muñones. Si en algún lugar del mundo van en camino de perder los pies (además de la cabeza) debe ser aquí. La actividad motriz más definitoria y característica del ser humano, el elemento clave en la evolución de la especie humana, el caminar erguido, se ha convertido en una actividad anecdótica, deportiva o para pobres muy pobres. Y más que perder los pies, se sufre una clara involución de la posición erguida y dinámica del caminar a la posición estática, fetal y engarrotada del conducir, definida por el asiento del coche, los pedales, el volante y la palanca de cambios. Me duele el cuerpo sólo de pensarlo. Es la vuelta a una falsa y nada protectora matriz de lata.

La obsesión por dejar de caminar parece enraizada en los orígenes de este país. Debe ser que sus colonizadores antepasados ya anduvieron bastante hasta encontrar la ‘Tierra Prometida’ [¡Caspita! (‘shit, motherfucker!’), si está llena de indios. Eso lo arreglo yo en un periquete- dijo el General Custer]. Y una vez bendecidos por Dios, para qué castigarnos más. La ‘Conquista (o genocidio) del Lejano Oeste’ fue también el triunfo del sedentarismo sobre el nomadismo y de la propiedad privada sobre el patrimonio común. Los colonos de estos territorios eran los desposeídos de la vieja Europa, que sólo querían dejar de andar y aferrarse con uñas y dientes a un pedazo de tierra que les perteneciera para siempre. Y para eso había que barrer del mapa a esa otra gente que no paraba un momento de caminar de un lado a otro, haciendo del espacio un continuo no apropiable ni enajenable. Y puede que debido a ello andar tenga una cierta connotación peyorativa en esta evolucionada sociedad. Andar es cosa de indios y no hacerlo, de civilizados pieles blancas. Andar es algo así como un castigo de Dios, para los que se alejan del camino divino del Dios fordiano.

Y ahora, unos siglos más tarde, la dependencia del coche es extrema, principalmente por la extensión de las ciudades, pero también por la organización de éstas. Zonas residenciales carentes de cualquier tipo de equipamiento y grandes islas comerciales hacen que los desplazamientos a corta distancia sean prácticamente inexistentes y también la posibilidad de realizarlos a pie. Aquí no existe la tienda de la esquina. En realidad, casi no existen esquinas. Que se te acabó la mantequilla de cacahuetes o te hace falta salsa barbacoa para la cena, necesitas coger el coche. Claro, que la infraestructura viaria no da tampoco muchas oportunidades de andar. Caminar por cualquiera de estas calles significa compartir el asfalto con los automóviles o ir pisando los jardines de los vecinos. Uno tiene que ir caminando por el alambre entre la propiedad privada y la propiedad pública, destinada en exclusividad al coche privado.

Resulta ciertamente extraño ver a gente caminando por las calles. Casi cada ciudadano tiene su coche como tiene su cepillo de dientes. Se podría decir que un estadounidense medio comienza a andar con un año y deja de hacerlo a los 16, cuando se saca el carné de conducir. Pero en realidad durante esos 15 años es traído y llevado en los coches de otros la mayor parte del tiempo. Uno puede llegar a preguntarse cuál fue realmente la proeza del paseo de Neil Amstrong por la Luna, si llegar hasta la Luna o dar esos breves pasos.

Ni siquiera cortar el césped o jugar al golf, que son probablemente las actividades culturales al aire libre más extendidas y tradicionales y que deberían suponer caminar un poco, requieren ya hacerlo y habría que considerarlas más bien como modalidades del automovilismo. Los cortacésped que manejan por aquí son pequeños coches, tractorcitos, y uno va sentado conduciendo plácidamente por su jardín mientras deja perfectamente atusado el felpudo. Y jugar al golf, por otra parte, tampoco supone andar más que del ya típico cochecito blanco a la bola y vuelta. Se llegan a ver escenas sorprendentes en la obsesión por evitar andar. Una de mis vecinas utiliza uno de esos mismos cochecitos de jugar al golf para sacar a pasear a su perro. Con una mano conduce, con la otra sujeta un cigarrillo y, mientras, su perro camina al compás amarrado al coche con una correa.

Más allá, la motorización de los desplazamientos empieza a introducirse también en el interior de los edificios. Pequeños coches locos permiten a la gente más lacia moverse por aeropuertos y supermercados sin dar un paso. Quizás, una idea pensada para que las personas mayores con movilidad reducida puedan recorrer los eternos pasillos de los aeropuertos o supermercados sin dejarse en ellos la vida. Pero la idea ha encontrado sus aficionados también entre gente no tan mayor, muchos con graves problemas de obesidad. Resulta duro comprobar hasta qué grado de desnaturalización puede llegar el ser humano. En los supermercados, el uso de estos cochecitos, con carrito de la compra incorporado, se reviste inevitablemente de un especial simbolismo: conducir y comprar en un solo acto. No sé si algún teórico del capital soñó con ello, pero ¿no parece tratarse del acto supremo de la sociedad de consumo? ¿La cosa tocó techo?

Pero los extremos provocan extremos, más en esta sociedad especialista en obsesiones, y la obsesión por no andar contrasta ahora con la obsesión por hacerlo. Caminar parece convertirse en un deporte de moda, en el ‘último descubrimiento’ para perder peso. Y, como todo deporte, a unos les encanta y a otros les parece cansado y sudoroso. Y para practicarlo, como todo deporte, requiere una indumentaria y un equipamiento apropiados. Y los grandes almacenes se llenan del último grito en zapatos: los zapatos especiales para caminar, con una suela científicamente estudiada para el peculiar movimiento que realiza el pie al andar. Es divertido observar cada tarde a los ‘peatones deportivos’, por lo general mujeres blancas, andar con movimientos espasmódicos, aprendidos probablemente en algún programa de televisión, levantando con fuerza los brazos a cada paso, al estilo del ejército ruso en sus más gloriosos tiempos.

Por fortuna, comienza el curso en la LSU y treinta mil estudiantes invaden el campus universitario. La masa crítica reclama y recupera el espacio de forma involuntaria, no pensada, e impide la circulación fluida de los coches. Observo a los que caminan con sandalias y compruebo con alivio que aún tienen dedos en los pies.

Antonio Luna del Barco
Baton Rouge, 28 de agosto de 2002

Crónicas desde Louisiana nº3: A la memoria de los desmemoriados
Los robles gigantes resultan un elemento esencial en el paisaje de las ciudades sureñas, unidos desde siempre a su historia y a su cultura, al alma de la música del sur y al espíritu del silencio del “swamp”. Uno podría pasar horas mirándolos sostener la vida y la historia, con esa majestuosidad que sólo los viejos robles poseen, como la de las más viejas encinas de nuestras dehesas. Los robles gigantes invitan a sentarse entre sus raíces y no sentir el paso del tiempo. Transmiten algo distinto a cualesquiera otros árboles de estos paisajes. Sus arqueadas ramas se extienden hasta llegar a tocar el suelo, formando una gigantesca cúpula que sería el techo perfecto de Sócrates, Jesús de Nazaret o de cualquier otro orador callejero. Cualquiera de ellos podría congregar bajo la copa de uno de estos robles a un centenar de entusiastas, seguros de no perecer bajo el sol ni la lluvia del verano subtropical. Y un español errante dormiría la siesta perfecta sobre el mullido colchón de hojarasca que acumulan a sus pies.

Los robles gigantes son también el hogar para multitud de habitantes no humanos de las ciudades sureñas, ribereñas del Mississippi. De las innumerables ardillas que se alimentan de sus bellotas. De infinidad de pájaros de maravilloso colorido, del ‘pájaro negro de alas rojas’ (“red wing blackbird”), del arrendajo azul (“blue jay”), del “red finch”, de los cuervos o del “logger head shrike”. Del musgo español y los helechos, que recubren sus ramas encontrando en su protector frescor el hábitat perfecto.

La mayor parte de estos hermosos ejemplares están dedicados a la memoria de alguna persona importante en la historia reciente o lejana del país, del estado, de la ciudad o de la familia. Una placa a sus pies lo recuerda. A un juez, a la matriarca de la familia, a algún personaje ilustre de la universidad, a un poeta, o a un sin fin de gentes desconocidas para mí. Una historia más que añadir a la extraordinaria memoria que ya de por sí encierran cada uno de estos hermosos y centenarios robles.

No es ésta una costumbre nueva, pues existen placas fechadas en las primeras décadas del pasado siglo. En el campus de la universidad existe todo un robledal en memoria de jóvenes louisianos muertos en la Primera Guerra Mundial ‘en defensa de la libertad’. Cada uno de los robles está dedicado a uno de ellos. Algo así como un Valle de los Caídos pero en bonito.

Y no es sólo una bonita costumbre. Constituye a la vez la mayor garantía de supervivencia para estos árboles. Arrancar uno de estos robles significaría también destruir el homenaje a alguien respetado y admirado. Eso los convierte de alguna manera en sagrados, también para los pieles blanca, que algo de místicos debían tener. Talar al roble del cruce de Brossard Street y Park Boulevard sería como guillotinar a George Washington, padre de la patria gringa, en honor del cual dos anónimos soldados plantaron este roble hace casi cien años.

Quizás no sería mala idea hacer lo mismo con los árboles de nuestras ciudades, mucho más escasos que los de ésta. Dediquémoselos a la memoria de nuestros personajes ilustres, a los padres de la patria o a los santos de nuestra más devota devoción, si eso sirve para salvarles la corteza. O mejor, para mayor efecto, dediquémoselos a sus enemigos. A esos personajes de segura incultura y dudosa calaña, que, vacíos de pudor alguno y llenos de aplastante ilógica, los cambian por asfalto, cemento y una foto en el periódico. A la alcaldesa de Cádiz, al alcalde de Sevilla o al de cualquiera de nuestras ciudades enfermas por la fiebre del subterráneo. Al Sr. Álvarez Cascos (que no sé si lo cambiaron ya de cartera o lo jubilaron) o a los capos de las mafias de la construcción que asolan nuestro país. A todos esos que olvidaron, o quizás nunca supieron, quiénes somos y de dónde venimos. Por si así se ablandan, por si les basta con esa foto. A quien sea, con tal de no ver a nuestros árboles convertidos en los palillos de dientes del banquete de inauguración de cualquier aparcamiento subterráneo.


-Dedicado a aquel hermoso plátano de la Plaza de San José, muerto en acto de guerra defendiendo las entrañas de la Madre Tierra frente al ejército de ocupación enemigo. Los que meamos alguna vez a tus pies no te olvidaremos.-

Antonio Luna del Barco
Baton Rouge, 12 de agosto de 2002.

Crónicas desde Louisiana nº2. La flagmania o cómo acabar de una vez por todas con el patriotismo
(Perdón por lo reiterado del asunto)

Un marciano despistado no tardaría mucho en saber en qué país se encuentra si aterrizara en cualquier calle de esta ciudad. Cualquiera de ellas está engalanada con decenas de banderas de los EEUU. De todos los tamaños y calidades. Ondeando en todas las casas, en astas colocadas en los balcones o colgadas en las puertas o ventana. En las oficinas, en las tiendas, hasta en los coches. Y es que, como me comentaba alguien, desde el 11 de septiembre todos los días son como el 4 de julio (el día nacional de los EEUU), y tener las banderas izadas, que antes era cosa de un día, se ha convertido en algo permanente. En algo así como un talismán contra el terrorismo.

Días antes del 4 de julio, un hipermercado anunciaba en su folleto publicitario: “Tenemos más de 10.000 banderas de todos los tamaños preparadas para el gran día”. Es estupendo que los símbolos nacionales también puedan comprarse en el supermercado, junto a la mantequilla de cacahuetes y la salsa barbacoa. Así es mucho más fácil no perderse, saber quién eres y hacia dónde vas. Los símbolos tienen esa ventaja. Te evitan quebraderos de cabeza; tener que pensar demasiado en las cuestiones vitales, casi siempre tan complicadas. Uno agarra una bandera y listo, no tiene que dar demasiadas explicaciones ni a sí mismo ni a los demás. Qué fácil sería si las multinacionales de la distribución que inundan nuestras ciudades nos ofrecieran, además de naranjas de la China y langostinos de Malasia, banderitas andaluzas (o españolas, según los gustos). Fabricadas también en China, claro. Porque las banderas estadounidenses que venden los supermercados son todas “made in China”. (Pagaría por hacer la foto a una factoría textil china fabricando banderas estadounidenses. Parece que la apertura del régimen de Pekín no tiene límites. ¡Si Mao levantara la cabeza…!)

Pero a los louisianos, la fiebre por las banderas debe venirles de antiguo. A la entrada del Cabildo del Estado, ahora museo, sobre una docena de astas, ondean todas las banderas del Estado de Louisiana a lo largo de su historia. De los vencedores y los vencidos, de los conquistadores y los conquistados. No importa. Es una especie de reconocimiento a la herencia histórica. Resulta curioso, por ejemplo, ver izada la bandera de los Reyes Católicos, esa de los castillos y los leones. Debe ser el único lugar del mundo donde queda una en activo. Y un poco más allá, la de los Borbones españoles de finales del XVIII, es decir, la misma que tenemos ahora (porque seguimos siendo borbónicos) pero con un escudo menos complicado. Y también están la bandera francesa, la inglesa, la de secesión y otras más. Viendo esa imagen pensé que no estaría mal tener izada una bandera republicana en algún lugar emblemático de nuestra España. El Valle de los Caídos, quizás.

Y siguiendo la tradición, muchos extranjeros también colocan las banderas de sus países en los jardines o los balcones de sus casas. Canadienses, holandeses y hasta israelitas se han atrevido. ¡Pero si es que queda bonito tener una bandera ondeando en el balcón! Así tu casa parece la de un embajador y en vez de fiestas organizas recepciones.

Pero lo de las banderas en este país se ha convertido ya en una moda que trasciende sentimientos patrios. Y ya la gente coloca en sus fachadas banderas de todo tipo. La bandera de la Universidad de Louisiana, que es morada y amarilla con las iniciales de la universidad en grandes letras, es muy común. O banderas con bonitos paisajes alpinos o caribeños. O también más hippies, con motivos florales o frutales. Por ejemplo, uno de mis vecinos tiene una bandera de preciosos girasoles sobre un fondo blanco y verde. Y otro, una muy veraniega, con fresquitas y jugosas sandías, muy aparente para estos calores.

Y a lo mejor esta reinvención del concepto de bandera nos ayuda a curarnos de orgullos patrios, unionismos, separatismos y otros males. Porque a ver, ¿qué tengo yo que ver con los Borbones españoles para andar usando su bandera? Y, sin embargo, ¿quién no disfruta con una rica sandía? Pues eso, yo me he apuntado a la moda y me estoy pintando una con un jamón 5J, que es lo que más añoro de mi tierra.

Salud,

Antonio Luna del Barco.
Baton Rouge, 26 de Julio de 2002.

Crónicas desde Louisiana nº1. El 4 de julio y la virgen de la MacArena
charrancito
El 4 de julio es el día nacional de los EEUU, el Día de la Independencia. Curioso celebrar este día en los tiempos en los que menos independiente es este país de toda su historia. Menos independiente de las guerras, de los recursos del mundo y de sus odios.

Como no podía ser de otra forma, este año, el señalado día estuvo marcado por la herencia del 11 de septiembre. Según una encuesta, el 57 % de los estadounidenses pensaba que el 4 de julio habría un atentado. Una psicosis que se vivía más en la tele que en la calle. Días antes del 4 de julio, quizás semanas antes, la seguridad era el principal tema de debate en todas las cadenas de televisión. Las medidas aprobadas por el gobierno para ese día, el control de la inmigración, ¿es América (Estados Unidos, quieren decir) un país seguro? En los informativos no cesaban de repetir el número de la línea caliente de la policía para denunciar actividades sospechosas (Suspicious activities: 1-800-...). Y otro programa, en la víspera del 4 de julio, proponía a los teleespectadores un curioso concurso con preguntas como: “¿Quién tiene el poder de declarar la guerra? a) El Jefe de Justicia de la Corte Suprema, b) El Presidente, c) El Congreso”. ¿Preparando quizás a la ciudadanía para lo peor?

La tele era también el mayor foco de exaltación de los valores patrios. Y la gente mandaba mensajes por correo electrónico diciendo cosas como: “Estoy orgulloso de pertenecer a este gran pueblo que defiende la libertad y la verdad“. O “El 11 de septiembre comprendí lo que significa ser americano. Dios bendiga a América”.

Pero en la calle todo era más normal. Quizás por ser éste un Estado del Sur secesionista o porque un 98% de humedad a 30 y tantos grados no son para andar haciendo el tonto. Pero, para la mayoría de por aquí, la gran preocupación era poder coger el puente para irse a la playa. Y otros muchos, al menos en la Universidad, pasaron el día trabajando, alejados de festejos patrios y barbacoas familiares.

Parece que en el fondo toda esa imagen de patriotismo exacerbado que solemos tener de los gringos es cosa de unos pocos, aunque arropados por el beneplácito interesado de la mayoría y del proyecto institucional. Vaya, que la mayoría no está dispuesta a hacer el ridículo disfrazándose de Tío Sam, ni siquiera por un día, pero probablemente les gusta que alguien lo haga. Para mantener las cosas en su sitio. Algo así como el fenómeno Virgen de la Macarena. (Que me perdonen los sevillanos por tomarlos como ejemplo. Para no criticar casa ajena.) Que más de un guiri se pensará que lo común entre los sevillanos es alcanzar el nirvana gritándole, con la vena de la frente hinchada y los pies machacados de andar, “hijaputa” a una estatua de escayola en mitad de una muchedumbre exaltada y sudorosa y vestida como si fueran a una boda.

Y, por su parte, el proyecto institucional de este país utiliza el patriotismo como mecanismo de control social tanto como el del nuestro utiliza el fútbol. Sólo hay que ver el bombardeo televisivo. O escuchar el discurso del Sr. Bush en los actos de celebración del 4 de julio. No tenía desperdicio, pero interesante sobre todo era la puesta en escena. Nada de actos institucionalizados para la gente importante. Un discurso en mangas de camisa, lenguaje llano y a pie de calle. Con un público incondicional que mientras agitaba la banderita con una mano se comía un perrito caliente con la otra. Algo así es lo que debe tener el Sr. Aznar en la cabeza cuando habla de patriotismo constitucional, pero sin duda le queda aún mucho que aprender de su padre espiritual.

Y tal es el efecto de la buena política que los menos blanquitos y los recién llegados parecían los más preocupados por engalanarse ese día con los colores nacionales. Pantalón azul, camiseta blanca y gorra roja, o cualquier otra combinación de los colores patrios. Mensajes como “siéntete orgulloso de ser americano” en sus camisetas. Los chinos con sus restaurantes repletos de banderas y guirnaldas yanquis, mientras siguen hablando en mandarín. Nada de esto es casual. En una sociedad con una marcada segregación social, los segregados no pueden desaprovechar oportunidades para sentirse parte de la cultura dominante. O para mostrar su conformidad con ella, ahora que se habla de “actividades sospechosas” y se mira hacia los “extranjeros”. Ni nada de esto es nuevo. Superman y el cine americano lo inventaron los judíos de este país en la época en la que eran tan repudiados por la clase anglosajona como lo eran sus correligionarios en la Alemania nazi. Igual que fue un invento de los musulmanes conversos toda la parafernalia semanasantera española: había que ser más cristiano que los cristianos para no acabar en la hoguera.

Yo, aunque extranjero, lo tengo más fácil para pasar desapercibido. Con lo blanco que tengo el culo y mis andares, puedo elegir entre calzarme unas “naiki” y encasquetarme una gorra de béisbol, al estilo demócrata, o calzarme unas botas de montar y encasquetarme un sombrero tejano, al estilo republicano.

Antonio Luna del Barco.
Baton Rouge, 14 de Julio de 2002.
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