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¿Qué hacemos con el trabajo doméstico? Asamblea Feminista de Madrid Córdoba, diciembre 2000 |
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Si hiciéramos un balance de los veinticinco años del movimiento feminista en el Estado Español, podríamos afirmar que ha sido el motor de innumerables cambios en la vida de las mujeres. Sin embargo, ha habido un tema que se nos ha resistido especialmente: el reparto del trabajo doméstico. De la idea inicial de abolición del trabajo doméstico como forma de liberación de las mujeres, se ha ido pasando a otras concepciones. Hoy muchas de nosotras reivindicamos este trabajo, y sobre todo las tareas de cuidados, como una actividad social necesaria, proveedora de bienestar, que no puede ser eliminada. Darle su verdadero valor, conseguir su distribución entre mujeres y hombres y exigir una mayor implicación de las instituciones se ha ido convirtiendo en el eje de la cuestión. Sin embargo, a lo largo de estos años hemos emprendido pocas iniciativas colectivas. Quizá hemos confiado demasiado en las transformaciones que produciría la incorporación de las mujeres al trabajo asalariado y en la renegociación del reparto del trabajo doméstico que esto supondría. Pero el trabajo asalariado, con su importancia, no tenía tantos valores como le dimos en algunos momentos, y los esfuerzos individuales han mostrado sus posibilidades limitadas si no están enmarcados en dinámicas sociales. Así, en la mayoría de los casos, estos esfuerzos no se han visto recompensados por cambios significativos y se han visto debilitados por la resistencia de los hombres y de unas estructuras sociales que necesitan que se perpetúe el papel de las mujeres, no sólo por motivos económicos, como responsables de lo doméstico y del cuidado. Inducir el sentimiento de culpabilidad si no cumplimos este papel con la suficiente dedicación, sigue siendo un arma poderosa para neutralizarnos. Aunque esta situación no afecta a todas las mujeres por igual, muchas de nosotras nos encontramos atrapadas por las dobles y triples jornadas y llevamos una vida muy diferente de la "liberación" que habíamos imaginado. Nuestro sueño no era correr exhaustas de acá para allá, intentando cumplir un sinnúmero de papeles: buenas profesionales, buenas madres, buenas hijas, buenas activistas... demasiado para los nervios de cualquiera. Pero nuestra preocupación no es sólo el agotamiento o la ansiedad que nos produce esta situación que parece no tener arreglo, sino lo que tiene de freno para la emancipación de las mujeres. Por eso creemos que es necesario elaborar nuevas estrategias e impulsar dinámicas colectivas para conseguir que las tareas domésticas y de cuidados dejen de ser algo de nuestra exclusiva responsabilidad. Nosotras hemos empezado por repensar lo que significa este trabajo. Aquí comentamos algunas de las ideas que nos han parecido de mayor interés. 1.- EL VALOR SOCIAL Y ECONÓMICO DEL TRABAJO DOMÉSTICO Trabajo es toda actividad destinada a la satisfacción de las necesidades de la producción y reproducción de la vida humana, aunque habitualmente utilizamos este término como sinónimo de empleo. Sin embargo, empleo es sólo aquella parte del trabajo que se intercambia por un salario. Una visión feminista del concepto "trabajo" ha puesto de manifiesto que la economía ha utilizado este término exclusivamente para la producción mercantil, lo que ha negado la existencia de los trabajos no remunerados y entre ellos del más importante: el trabajo doméstico. Según los estudios que se han llevado a cabo, del total de horas de trabajo realizadas por la población adulta a lo largo del año, dos tercios corresponden a trabajo no monetarizado y sólo un tercio a trabajo monetarizado. Es decir, la economía española es como un iceberg, porque flota gracias a esos dos tercios del esfuerzo social que permanece invisible. (Durán, 1999). Del trabajo no remunerado, el 80% corresponde a trabajo doméstico. Estas conclusiones nos muestran que ese trabajo ignorado y no valorado, que aparece socialmente como un asunto privado y familiar, es un soporte fundamental del sistema económico. Otras investigaciones nos aportan más datos: si se computara en la Contabilidad Nacional el trabajo doméstico, el Producto Interior Bruto del Estado Español se duplicaría. Si el Estado tuviera que hacerse cargo de las tareas de cuidado y salud realizadas por las mujeres, el presupuesto del Ministerio de Sanidad tendría que triplicarse. Esta cuantificación económica del trabajo doméstico favorece su valoración social, teniendo en cuenta que habitualmente sólo apreciamos aquello que se expresa en términos económicos. Ahora bien, valorar el trabajo doméstico exclusivamente desde esta perspectiva, supone admitir como único referente posible la economía de mercado, que defiende una organización social cuyo eje es la obtención de beneficios y el individualismo más implacable. Esta lógica considera que las relaciones mercantiles deben ser las predominantes y legitima sólo aquello que es económicamente rentable, excluyendo, por lo tanto, la reciprocidad, la solidaridad, los sentimientos o el cuidado. Precisamente los valores básicos del trabajo doméstico. Por eso, visibilizar el trabajo doméstico no debe convertirse exclusivamente en un asunto económico, sino que debe servir para defender estos valores, oponerlos a la lógica económica imperante y proponernos que sean asumidos tanto por los hombres como por el conjunto de la sociedad. 2.- ¿SALARIO PARA EL TRABAJO DOMÉSTICO O SALARIO SOCIAL? Pero, el trabajo doméstico también es un asunto económico. No podemos olvidar que se realizan millones de horas de trabajo no remunerado, y en concreto de trabajo doméstico, y que el sistema económico se apropia de la riqueza que generan, sin ninguna contraprestación. Como alternativas a esta situación se plantean la salarización del trabajo doméstico y la renta básica o salario social. La primera posibilidad nos suscita multitud de problemas. El primero de ellos: asignar un salario al trabajo doméstico y de cuidados consolidaría la división de roles por género y, en lugar de avanzar en su reparto, se legitimaría aún más el papel de las mujeres como responsables de estas tareas. Sobre todo porque esta alternativa se suele concretar en la reivindicación de un salario para el ama de casa (o para el "amo de casa", aunque sea anecdótico)1 Este planteamiento tiene en cuenta un único modelo de convivencia, basado en una familia nuclear, en la que uno de los miembros de la pareja tiene un empleo y el otro realiza el trabajo doméstico. Sin embargo, ni este es un modelo de convivencia deseable, ni dicho trabajo se realiza exclusivamente para el entorno familiar más inmediato, ni las únicas que lo desempeñan son las amas de casa. Estas responsabilidades son asumidas por la mayoría de las mujeres: jóvenes, ancianas, con empleo, sin empleo, jubiladas... que no sólo atendemos a las personas que conviven con nosotras. Es decir, si hablamos de salario para el trabajo doméstico estamos hablando de un salario para todas aquellas personas que lo realizan, que son más de la mitad de la población, incluyendo a los hombres que se han ido incorporando a estas tareas, aunque sea de forma minoritaria. Si nuestra idea es avanzar en el reparto con los hombres y tenemos en cuenta que también existen otros trabajos no remunerados que no realizamos exclusivamente las mujeres, nos parece mucho más conveniente la alternativa de renta básica o salario social, como derecho de ciudadanía. Esta sería una buena fórmula de redistribución de la riqueza generada por el trabajo no remunerado. Un salario social universal, individual, suficiente para satisfacer las necesidades básicas y no condicionado a que se realice ninguna tarea remunerada o no remunerada, sin olvidar la necesaria implicación de las instituciones a través de equipamientos sociales. El salario para el trabajo doméstico nos plantea además muchos otros interrogantes: ¿con qué criterios se valoraría? ¿se pagaría dependiendo de la dedicación? ¿habría una jornada laboral? ¿quién decidiría qué trabajo hay que realizar y cuánto? ¿sería exigible? ¿estarían incluidos los afectos? Todas estas preguntas están íntimamente ligadas a la complejidad del entramado que llamamos trabajo doméstico. La incorporación de las tareas de cuidado a las ideas tradicionales sobre la actividad doméstica, que la limitaban sobre todo a sus funciones materiales, ha conseguido que tengamos una visión más amplia de lo que supone, pero también ha introducido los afectos en el debate y lo ha complicado mucho más. Nosotras lo llamamos "el espinoso tema de los cuidados" y nos ha llevado a un debate, todavía sin resolver, sobre lo que es y no es el trabajo doméstico. 3.- INTENTANDO DEFINIR EL TRABAJO DOMÉSTICO Nuestro interés por profundizar en la definición del trabajo doméstico no se debe a un objetivo meramente teórico, sino que creemos que es fundamental para poder abordar de una forma más acertada el problema de su reparto. Necesitamos saber qué es lo que queremos repartir. Lo que mejor puede definir el trabajo doméstico es su finalidad: proveer de bienestar a los miembros de la familia y por extensión a la sociedad en su conjunto. En ese bienestar está incluido desde garantizar la alimentación, la higiene y la salud, hasta el equilibrio emocional. Cuidar de la socialización de los individuos desde su nacimiento y de la armonía de sus relaciones y sus afectos son otras características de esta actividad. Esta definición alude a trabajos materiales como planchar, lavar, hacer la compra y cocinar, que todas tenemos claro que forman parte del trabajo doméstico. Sin embargo, también plantea tareas inmateriales como asistir a una reunión del colegio de nuestra hija, cuidar a un amigo enfermo, acompañar en su paseo a nuestra madre anciana o leer un cuento a nuestra hija antes de dormir, que forman parte de las actividades cotidianas que realizamos fundamentalmente las mujeres. Son algunas de estas últimas tareas las que en nuestros debates nos han ocasionado más problemas. Para algunas no pueden considerarse como trabajo, sino como expresión del afecto. Para otras, a pesar de que se realicen por afecto, sí deben ser catalogadas como trabajo. Por otro lado, tampoco podemos decir que en todos los casos las tareas de cuidados estén basadas en el afecto. En algunas ocasiones nos sentimos obligadas a cuidar a personas con las que hay una relación familiar, pero con las que existe una ruptura emocional importante. En cualquier caso, por afecto o por obligación, sea trabajo o no lo sea, en lo que sí estamos de acuerdo es en que queremos que todas estas tareas, tanto las materiales como las inmateriales, sean compartidas con los hombres. Queremos que nuestros hermanos, nuestros padres, nuestros hijos, nuestras parejas, nuestros amigos... ... se sientan tan responsables como nosotras. 4.- EL DIFÍCIL REPARTO CON LOS HOMBRES A lo largo de los años hemos ido viendo cómo los esfuerzos de muchas mujeres han dado como resultado, en el mejor de los casos, que los hombres se implicaran exclusivamente en la realización de algunas tareas, la famosa "ayuda" con la que muchos ya se sienten justificados. Creemos que a la resistencia de los hombres para hacerse cargo de una actividad de la que nunca se han sentido responsables y que consideran sin ningún valor, se ha sumado la dificultad para que asumieran los requerimientos emocionales propios del trabajo doméstico y de cuidados. Si nuestra socialización nos hace llevar el cuidado de l@s otr@s hasta su máxima expresión, la de ellos les hace ignorarlo casi por completo. En esta tensión nos movemos. De esta forma, aunque los hombres participen en el trabajo doméstico y en los cuidados, no suelen tener en cuenta las necesidades emocionales y las mujeres nos sentimos obligadas a estar siempre pendientes para compensar esta carencia. ¿Nos ha llevado esta dificultad a renunciar implícitamente a un verdadero reparto de responsabilidades? Creemos que en muchos casos sí y que las expectativas de muchas mujeres se han reducido a que los hombres realicen tareas parciales, dirigidas y complementadas por las verdaderas especialistas en el cuidado: nosotras. ¿Cómo conseguir que esta situación cambie? Por desgracia, no tenemos la respuesta. La presión individual no parece dar resultados suficientes y las dificultades han hecho que las mujeres restrinjamos nuestros objetivos. Las estructuras sociales siguen reproduciendo una asignación de roles diferentes para mujeres y para hombres, con una construcción subjetiva adecuada a cada uno de ellos. No podemos esperar que pueda producirse ninguna mejora si no se impulsa una dinámica colectiva con la suficiente energía. En eso estamos. 5.- EL PAPEL DE LAS INSTITUCIONES. El desarrollo y el cuidado de las personas que forman una sociedad no sólo es un asunto familiar, sino que debe de ser una responsabilidad colectiva. De la misma manera que se considera legítimo el derecho a la enseñanza o a la salud, debería considerarse legítimo el derecho de cualquier persona a ser atendida y cuidada cuando no puede hacerlo por sí misma, tanto en la infancia, como en la enfermedad o en la vejez, al margen de su situación familiar. Sin embargo esto no se considera un derecho, sino que el cuidado de las personas dependientes es tratado como un asunto privado y sólo en el caso de que las familias no puedan hacerse cargo, suele pasar a considerarse un asunto público. Desde esta perspectiva la existencia de escuelas infantiles estaría pensada para que las madres asalariadas puedan dejar a sus hij@s cuando no pueden atenderles, los centros de salud para las personas enfermas que necesitan cuidados profesionales o las residencias de mayores para aquellos casos en los que no existe una cobertura familiar suficiente. De este modo nos encontramos con que las mujeres somos el soporte fundamental del cuidado de las personas dependientes de nuestra sociedad. Así lo aseguran diversos informes sobre atención a personas ancianas o discapacitadas2. En ambos casos nos encontramos con que el denominado "apoyo informal" es el que presta la mayoría de los cuidados que estas personas necesitan. Esto supone que el Estado tiene un gasto muy inferior al que debería presupuestar para atender, al menos en parte, estas necesidades. Por ejemplo, sólo hay 1 plaza de residencia de titularidad pública por cada 100 personas mayores de 65 años3. De hecho, del total de cuidados que reciben las personas mayores, el 86,5% provienen de la propia familia y, mayoritariamente de las mujeres4. En el caso de las personas enfermas no hay ni siquiera que recurrir a las estadísticas para ver cómo la escasez de personal sanitario en los hospitales se palía con la presencia de un enorme número de mujeres que atienden a sus familiares. Muchas habremos vivido la experiencia de pasar más de una noche en una silla vigilando el sueño y el suero de alguna persona hospitalizada, a la que le han dado el alta rápidamente y hemos seguido cuidando en casa como hemos podido. Nosotras creemos que la responsabilidad del trabajo doméstico y de cuidados debe ser compartida entre mujeres y hombres, pero no sólo eso, sino que también exigimos una mayor implicación de las instituciones. Las tendencias actuales en este sentido no son muy esperanzadoras, más bien todo lo contrario. La política económica neoliberal acecha detrás de cualquier esquina para recortar los gastos sociales. La globalización económica impone limitaciones al gasto público y la privatización de los servicios sociales conduce a la pérdida de protección para la población con menos recursos. La lucha contra la globalización económica es, por lo tanto, también nuestra lucha. 6.- ALGUNAS IDEAS SOBRE LA SITUACIÓN ACTUAL Cada vez es más evidente que el cambio en la vida de muchas de nosotras pone en entredicho un funcionamiento social que ha ignorado el trabajo doméstico y que se ha desentendido tradicionalmente de las personas dependientes, haciendo recaer su cuidado sobre las mujeres como algo propio de nuestra "naturaleza". Estas necesidades sociales han sido satisfechas por el trabajo gratuito de las mujeres que, de forma mayoritaria en el pasado, dedicaban a estas tareas la mayor parte de su tiempo, un tiempo no sujeto a las necesidades de la producción, sino a las necesidades de las personas. Así, el mundo mercantil ha podido imponer su organización del tiempo para alcanzar la mayor productividad posible. Unas jornadas y unos turnos de trabajo para hombres cuya obligación principal era su empleo y que estaban exentos de cualquier otra responsabilidad. Para eso estaba la otra mitad de la población que entregaba todo su tiempo, sin ninguna limitación y sin ninguna contraprestación, al trabajo doméstico y de cuidados. Sin embargo, las cosas han cambiado mucho en los últimos años. Por un lado, como hemos ido viendo anteriormente, se ha producido la incorporación de un gran número de mujeres al trabajo asalariado sin que haya habido avances significativos ni en la corresponsabilización de los hombres, ni en la implicación de las instituciones, ni transformaciones en la lógica de la organización del tiempo. Esto hace que las contradicciones entre las obligaciones impuestas por el trabajo asalariado y las necesidades derivadas del trabajo doméstico y de cuidados sean cada vez más evidentes. Por otro lado se ha producido una transformación en las expectativas de muchas de nosotras sobre lo que queremos hacer con nuestras vidas. En el caso de aquellas que tenemos criaturas o que cuidamos de otras personas adultas, se manifiesta cada vez más el deseo y la necesidad de que esto sea una ocupación más, dentro de una vida con multitud de facetas. Así, nos encontramos, por ejemplo, que gran parte de una generación de mujeres hemos podido acceder al mercado de trabajo por el trabajo gratuito de nuestras madres, que han cuidado de sus nietas y nietos. Las próximas generaciones tendrán bastante más difícil esta solución. Muchas futuras abuelas, no sólo tienen un empleo y no estarán disponibles, sino que se plantean para su jubilación una vida muy diferente. También las mujeres que cuidamos de personas mayores nos encontramos con serias dificultades. En un momento en el que, debido a los cambios demográficos (aumento de la longevidad), estas tareas requieren cada vez mayor dedicación, cada vez hay menos atención pública. En definitiva, estas contradicciones se van incrementando y se puede decir que cada vez son más patentes para el conjunto de la sociedad. Los sectores más conservadores, incluida la jerarquía de la iglesia católica, aprovechan la valorización social del trabajo doméstico para ensalzar el papel del ama de casa y las virtudes de la familia tradicional. Otros, más modernizados, pero también interesados en que las mujeres volvamos a ocuparnos el mayor tiempo posible de la vida familiar, plantean la necesidad de políticas de corte familiarista que aparecen como neutras, sin género. El mundo de los negocios se frota las manos ante las nuevas perspectivas que plantean estas necesidades. Proporcionar desde el mercado servicios de atención doméstica y de cuidados a las mujeres que puedan pagarlos, aparece como una nueva fuente de beneficios. Incluso llega a plantearse como un nuevo yacimiento de empleo. Eso sí, de empleo muy precarizado, desempeñado fundamentalmente por mujeres, de las que no se dice cómo solucionarán estas tareas en su propia familia. Se publican leyes para conciliar la vida laboral la vida familiar, se exaltan los valores del "teletrabajo", muchas mujeres inmigrantes son contratadas para realizar estas tareas por salarios ínfimos y sin ningún derecho... y nosotras ¿qué decimos ante todo esto? Creemos que la situación actual es enormemente compleja y que es necesaria una reflexión profunda en la que participemos los grupos feministas que estamos trabajando sobre distintos aspectos de este tema. Aunque en este momento pueda aparecer como algo difícil de conseguir, no renunciamos a la posibilidad de articular un discurso común y de poner en marcha iniciativas colectivas a medio plazo.
BIBLIOGRAFÍA
1.
Según la EPA hay 5,2 millones de mujeres amas de casa, frente a 19.000
hombres. 2. INSERSO, 1995. Colectivo IOE, 1998 3. IMSERSO, 1999. Si se incluyen los centros de titularidad privada la ratio es
de 2, 4.
Más del 43% de los cuidadores/as
informales son hijas, frente a un 5,8% de hijos (INSERSO, 1995) |