|
Progreso, ¿sí o no? Gloria Marín Anuario 1994 |
|
Desde hace muchos siglos han coexistido dos concepciones sobre el devenir. Según una de ellas, el futuro no traerá nada bueno, porque "cualquier tiempo pasado fue mejor"; para la otra, más optimista, la humanidad no deja de avanzar. En estos últimos siglos, la balanza se ha inclinado claramente sobre la segunda visión, es decir, la humanidad sigue un proceso indefinido de avance más o menos lento. Este progreso, dicen sus defensores/as, podrá acelerarse o frenarse, pero ni se parará ni retrocederá: es una necesidad de la historia y aunque pasen siglos y nosotras/os no veamos sus últimas consecuciones, éstas llegarán. Frente a esta noción de progreso predominante en nuestra sociedad, ha empezado a tomar fuerza, en las últimas décadas, la idea de que esta evolución puede llevarnos hacia una precipicio: puede ser que estemos creando nuevos horrores, e incluso devastando el planeta y poniendo en peligro, por tanto, la existencia de la especie humana. Por eso renace ahora el rechazo al progreso y la mitificación de la naturaleza. Y precisamente ahora, cuando las mujeres, que a lo largo de la historia han tenido contadas oportunidades para expresar sus opiniones, sobre este tema o sobre cualquier otro, empiezan a ser sujetos de concepciones sobre el mundo, nos encontramos ante esta disyuntiva maniquea de "progreso sí o no". ¿Qué podemos decir? Su progreso, ¿es nuestro progreso? Históricamente, las mujeres no han sido sujeto, y ni siquiera objeto a considerar en lo relativo al progreso. Hasta Marx y Engels (s. XIX), casi nadie se había planteado que la situación de las mujeres (más de la mitad de la humanidad) podría ser un índice del desarrollo de una sociedad. Todavía hoy continua sin ser tenido en cuenta este factor para evaluar el grado de desarrollo de una nación, porque estos tipos de evaluación se hacen mediante indicadores, fundamentalmente económicos, que no reflejan las desigualdades sociales existentes. Ejemplos de ello son: las tasas de analfabetismo, que tras las cifras suelen ocultar índices de analfabetismo más altos en las mujeres que en los hombres; o el aumento del PIB en los países de África y Asia, aumento que encubre el empeoramiento de la cualidad de vida de la población femenina, que tiene que trabajar más horas para conseguir los alimentos y el agua y la leña para cocinarlos. Los gobiernos tampoco piensan en los intereses de las mujeres cuando nos proponen un "pacto de progreso" y proclaman que es traidor a la nación quien no les apoye. Hablan de un progreso abstracto, global, es decir, de aquello que aumenta sus indicadores de pujanza económica e incluso de aquello que definen como "bienestar". Pero entre esos indicadores no encontramos las plazas de educación infantil gratuitas, ni el tiempo de ocio dedicado a las relaciones personales o a la formación, ni a la autonomía personal. Tampoco se incluyen como indicadores de retraso el estrés sufrido por las mujeres, ni su aislamiento, ni sus enfermedades ligadas a las condiciones de trabajo y de vida, ni el déficit de salud mental generado por tener que atender tantas demandas al mismo tiempo. No es extraño, por tanto, que las mujeres desconfiemos de aquella visión del progreso según la cual las mejoras de nuestra situación son consecuencia lógica del desarrollo. En realidad se trata de mejoras por las cuales hemos tenido que luchar no sólo nosotras, sino también otras personas antes que nosotras. Cuando hojeamos el archivo de l'Assemblea de Dones d'Elx y vemos los materiales de la campaña por la Ley del Divorcio, los de la campaña pro el Aborto, los de las campañas contra las agresiones; cuando pensamos en debates, todavía vigentes, sobre el reparto del trabajo doméstico, nos damos cuenta que el progreso no es algo que llegue por sí mismo. Y no sólo eso: si en los Estados Unidos y en otros lugares se sufren ahora recorte de derechos que ya se habían conseguido (el derecho al aborto es un buen ejemplo), es muy fácil pensar que la vía del progreso no tiene un solo sentido. ¿Las mujeres necesitamos este progreso? Hay cambios asociados a lo que ha sido considerado progreso que tal vez no hayan aportado ninguna ventaja a las mujeres. Y es que, según los criterios elegidos a la hora de definir el progreso, los resultados pueden ser muy diferentes. Por un lado es fácil ver la diferencia entre nuestra situación y la de nuestras madres, más aún si la comparamos con la de nuestras abuelas. Por ejemplo, estamos hartas de escuchar que ellas lavaban en el río y nosotras tenemos lavadora. Sin duda lavar ahora es más cómodo. También la posibilidad de educarnos, de tomar decisiones sobre nuestras propias vidas, sin que los padres o los maridos dispongan de nosotras como si fuéramos de una propiedad suya, han variado sustancialmente. Pero para que eso haya sido posible, hemos tenido que pone mucho de nuestra parte: estudiar, incorporarnos al trabajo asalariado... Y todo eso al mismo tiempo que continuamos haciendo las tareas "propias de nuestro sexo" o al mismo tiempo que vivimos las contradicciones y conflictos que surgen cuando no las hacemos, añadiendo a todo esto, además, que si "antes las hijas y los hijos se criaban solos", ahora se nos pide que les dediquemos más horas. El resultado de este sobreesfuerzo es la doble jornada. Es cierto, pues, que el contenido de los deberes y las tareas de una mujer han cambiado ("progreso" es su incorporación al mundo asalariado), pero todavía hay deberes de una "buena mujer" que no tiene un "buen hombre. Otros ejemplos de la posible doble lectura de las consecuciones del progreso podrían ser la tecnificación del parto, o el reconocimiento de la mujer dentro de la categoría de sujeto ético. En el primer ejemplo está claro que la tecnificación del parto reduce la mortalidad, pero al mismo tiempo hace del hecho de dar a luz una situación incómoda y despersonalizada que le quita protagonismo a la mujer. En el segundo, el reconocimiento de la mujer como sujeto ético comporta la posibilidad de elegir, pero también la responsabilidad de la elección y la necesidad de enfrentarnos a dilemas y de resolverlos (continuar o no con una relación amorosa, ser madre o no, continuar el embarazo o interrumpirlo, etc.). Por eso, ahora, agotadas de tanto esforzarnos, escuchamos, desde ámbitos muy diversos, como se nos predica el rechazo a este progreso, y se nos aconseja liberarnos del sufrimiento y del esfuerzo que nos exige el mundo actual para volver a casa a cocinar con amor y atender los sentimientos. Uno de estos ámbitos, el más próximo a nosotras ideológica y políticamente, es el del ecofeminismo. "Volvamos a la naturaleza", nos dicen. Pero como feministas nosotras pensamos que no deberíamos dejarnos convencer por la idea de que antes se vivía mejor: es difícil renunciar a la posibilidad de autodeterminación (aunque sólo sea como los barones de semejante medio social), ni a dejar que la Naturaleza nos guíe nuestra reproducción. Es fácil dudar que la Naturaleza tenga que guiar nuestras acciones: "lo que es" puede no coincidir con "lo que debe ser". ¿Hemos llegado a los límites de lo que nos puede ofrecer el progreso? Hay muchas señales sobre que el modelo de progreso vigente no nos traerá mucho más de lo que ya nos ha traído. Incluso un campo ilimitado de avance, como es el científico-técnico, poco nos puede ofrecer si no hacemos una crítica radical a sus presupuestos básico: los progresos de la técnica, que nos son presentados como soluciones a los problemas de la humanidad, parecen más bien destinados a resolver los producidos por el propio progreso o hacer pequeñas correcciones al sistema para aligerar el malestar, en lugar de tratar de solucionar sus causas. Un buen ejemplo de eso podemos verlo en la sofisticación de las tecnologías reproductivas, sin que la investigación en este campo vaya acompañada por el cuestionamiento del papel de las mujeres en la sociedad ni de la maternidad ni de la paternidad tradicional. De hecho, algunos "conocimientos científicos" han sido utilizados para justificar y reforzar la opresión de las mujeres. Debemos, pues, preguntarnos en qué medida contribuye la ciencia y la tecnología a mantener el papel tradicional de las mujeres y en qué medida contribuye a cambiarlo. En cuanto al ámbito de la política y del poder hemos visto que el discurso ilustrado de la igualdad y los derechos se ha traducido en cambios legales y ha permitido avanzar hacia una equiparación de derechos, pero no se ven vías que nos permitan cambiar globalmente las relaciones de poder, es decir, las posiciones efectivas de hombres y mujeres en la sociedad. Desde el punto de vista social, hay pruebas recientes de que el retroceso se ha producido en la historia: la reacción antiabortista actual en los Estados Unidos, la dictadura franquista cuando legisla la vuelta al hogar...; las cuestiones económicas y las políticas de "prioridad" pueden reducir el alcance de las políticas sociales asumidas por el Estado (cuidado de criaturas, cuidado de personas enfermas...) en cuanto al crecimiento económico, vemos que sus límites son muy evidentes. Este modelo de crecimiento ilimitado se ha caído al hacerse patente que es insostenible para el planeta: residuos, agotamiento de recursos... Nos asalta la evidencia de que la Naturaleza no es algo inalterable, siempre igual mientras la manejamos a nuestro antojo. Ser sujetos de la definición de progreso A las mujeres nos toca, pues, redefinir el progreso, ser sujetos de su definición; hay que preguntarse si es posible volver atrás, si eso es deseable. Si lo es, en qué terrenos (¿estructura de la familia, salud, hábitat? Hay que recolocar la ciencia y la tecnología. Tenemos, por tanto, un inmenso campo abierto tanto a la reflexión como a la actividad. |