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Mujeres inmigrantes: dificultad, diversidad y riqueza Souad el Hadri y Carmen Navarro Asociación de mujeres inmigrantes de Valencia Marzo 2001 |
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El estado Español que durante algo más de un siglo fue país emisor de inmigrantes y que todavía tiene cerca de dos millones de personas fuera de sus fronteras, es hoy un país receptor. Las trasformaciones socio-económicas y políticas acaecidas en las últimas décadas lo han convertido en un lugar atractivo para hombres y mujeres que procedemos de distintos países con la esperanza de encontrar unas condiciones de vida mejor. La inmigración, hecho reciente en este país comparado con otros países europeos como Francia o Alemania, nos sitúa ante una realidad nueva donde se ha de aprender a convivir con culturas y pautas de comportamiento diferentes. Las personas que llegamos de otros países formamos un mosaico lleno de colorido que hace que los autóctonos nos miren con curiosidad, extrañeza o miedo. Todo lo que es diferente y ajeno produce sentimientos muy complejos. La convivencia no suele ser fácil para ninguna de las dos partes, pero resulta más difícil para las personas que llegamos de fuera, puesto que es la sociedad receptora la que marca las pautas del juego. El hecho migratorio nos lleva también a otra dimensión. Es el barómetro que indica el grado o profundización democrática del país que nos acoge, o dicho de otra forma, el trato que se dé al colectivo de inmigrantes nos indicará las convicciones democráticas existentes en esta sociedad. Pensamos que existe un desfase entre el hecho migratorio que ha ido en aumento y la situación jurídica, política y social. En casi todos los debates y discursos sobre la inmigración se habla de la necesidad de integrar a las personas inmigrantes. Pero no basta con nombrar cual fórmula mágica que la lámpara de Aladino concede. La integración social es un concepto muy complejo que afecta a las dos partes influenciándose mutuamente y para que esto funcione se necesita de una serie de requisitos legales, sociales y económicos en los que se reconozca al de fuera como un igual. Reconocimiento de derechos y libertades, tener las necesidades básicas cubiertas, poder participar en la toma de decisiones y en la vida pública. Dar otra imagen de la inmigración presentándola como factor de enriquecimiento no sólo económico sino también cultural. Quizá pedir esto sea soñar, no soplan los vientos en esa dirección. La reforma del gobierno, y que mucho nos tememos contará con el consenso de algunos partidos del arco parlamentario, va en sentido contrario. Tampoco existe una presión social que hoy por hoy pueda hacer cambiar los vientos en el sentido de reconocer al otro. Para el colectivo de hombres y mujeres inmigrantes la falta de derechos y las dificultades de poder tener los papeles en regla es fuente de inestabilidad que les impide, en muchos casos, echar las raíces en el país receptor y poder normalizar su vida tanto afectiva como económica y social. Pero si la carencia de papeles afecta a unos y a otras, son las mujeres quienes lo tienen peor por el hecho de ser mujeres. En la mitad de los años 80 asistimos a un aumento de la inmigración femenina, conformando casi el 50% del total del colectivo de inmigrantes, y en el caso de las mujeres filipinas o peruanas este porcentaje supera el de los hombres. La idea de inmigrar y dejar el país de origen en tanto que proyecto, suele ser para algunas mujeres propio, autónomo, en otras obedece a toda una estrategia familiar, en la que en la toma de decisión participan todos los miembros de la familia. También están las mujeres que llegan por medio de lo que se llama reagrupación familiar. El paro, la pobreza, la violencia étnica o de género son factores que influyen en la decisión de partir. Pero hay mujeres que vienen motivadas por otras causas: querer profundizar en sus estudios o profesiones, deseos de conocer Europa o sentirse más libres. A menudo estas variables se entrecruzan, pero de alguna forma rompen con la imagen de la mujer pobre y analfabeta, que sí las hay, pero el tapiz tiene muchos colores. El colectivo es diverso en cuanto a pautas culturales, creencias, pertenencia ética, país de origen, color de la piel; todo ello va a influir de manera diferente en sus vivencias así como en sus percepciones al entrar en contacto con el país receptor ya que será éste el que marque las reglas del juego. Las mujeres inmigrantes, aunque diversas, suelen encontrarse con los mismos problemas "...la mujer inmigrante queda al margen de una posible regularización, está totalmente desprotegida y los derechos, por pocos que sean los reconocidos a los extranjeros, no la abarcan"1. La mujer inmigrante no es un sujeto de derecho, para que lo sea tiene primero que regularizarse, cosa que no es nada fácil para las mujeres. ¿Por qué? Porque el derecho como dice –Ruth Mestre– regula en masculino2 e ignora las experiencias de las mujeres3. La mayoría de las mujeres inmigrantes trabajan en el servicio doméstico. Este sector es el único donde un contrato de trabajo escrito no es obligatorio, y ni siquiera se exige para dar de alta en la seguridad social, cosa que no es posible en otros sectores. Las mujeres pueden cotizar, pero no tienen derecho a una prestación por desempleo. La mayoría de las mujeres inmigrantes trabajan como empleadas de hogar, internas, a tiempo parcial o por horas pero sin un contrato que garantice sus derechos como trabajadoras. Una parte importante de las mujeres entrevistadas padecen unas condiciones laborales duras aunque algunas de ellas tengan los papeles en regla. ¿Por qué no se exige un contrato escrito que genere derechos y obligaciones para ambas partes especialmente en este sector? Pues porque es un sector reservado para las mujeres, forma parte del trabajo socialmente no valorado y por consiguiente no creen necesario legislar. Las consecuencias, especialmente para las mujeres inmigrantes, suponen, aparte de la pérdida de derechos, una dificultad para su integración. Las mujeres inmigrantes quedan excluidas "del círculo de derechos"4, hay que ignorarlas y discriminarlas puesto que "el mercado de trabajo al que pueden acceder no está regulado por los mismos principios que el mercado masculino". Las mujeres que trabajan libremente en la prostitución quedan sin protección alguna, ya que la ley no legisla la prostitución como trabajo (ni por cuenta propia ni ajena). Sin entrar en detalles, las mujeres inmigrantes que ofician de prostitutas viven en la clandestinidad y sin papeles y, por temor a la expulsión, muchas de ellas se ven en manos de las mafias que las explotan y las maltratan. La reagrupación familiar afecta y discrimina a las mujeres más que a los hombres puesto que ellas representan la mayoría de las personas reagrupadas. La ley dice que "la persona reagrupada obtendrá un permiso de residencia dependiente del reagrupante". Así el Estado que pretende ser Estado de Derecho ignora completamente el derecho de un ser humano a tener una vida independiente de cualquier persona, aunque sea de la familia. Pero ¿cómo puede todo esto afectar a las mujeres? Las implicaciones psicosociales de la inmigración van a depender de una serie de factores y recursos internos y externos. El bagaje cultural, los recursos personales y sociales, los factores externos del país receptor interactúan y determinan la diversidad de situaciones y experiencias en los diferentes momentos de la trayectoria migratoria. Sin embargo, algunas de estas articulaciones, junto con las desventajas y connotaciones discriminatorias que conllevan, pueden dar lugar a una mayor opresión y desigualdad. Los diferentes discursos y el imaginario social contribuyen a la homogeneización a través de la construcción, significación y representación de la "mujer inmigrante", sin tener en cuenta: el mayor protagonismo de las mujeres inmigrantes en los últimos años, el desmoronamiento de los estereotipos que las acompañan (son ellas las que vienen primero y reagrupan a su familia, son mujeres con más recursos personales y educativos, ejercen un papel activo en las trasformaciones culturales) así como las diferentes formas de adaptación (la personalidad de las culturas genera nuevas formas de relación y convivencia, con formaciones culturales y un mayor número de alternativas de adaptación frente a la tradicional asimilación/aculturación), la diversidad y la pluralidad de identidades. Esta política identitaria puede limitar sus experiencias y favorecer la aparición de sentimientos de desvalorización y confusión, que dificultan su relación con la población autóctona y la consecución de expectativas a la vez que desarrollan sus propias conformaciones culturales e identitarias. Como indica Dolores Juliano, las mujeres no siempre interiorizan una imagen victimizada de ellas y con frecuencia desarrollan modelos positivos de autovaloración. Lo que sucede es que se encuentran con muchos obstáculos para convertirse en miembros de pleno derecho, para experimentar un sentido de dignidad personal y autoestima positiva. Ya que cuando las condiciones de vida están marcadas por la desvalorización social y el acceso diferencial a los poderes y recursos de la sociedad se está limitando el desarrollo psicosocial. El sentimiento de inferioridad, desamparo social y económico, autoestima devaluada, desarraigo, frustración, etc. contribuyen a la aparición de síntomas de conflicto emocional. Además, el hecho de ocupar trabajos poco cualificados, mal remunerados y poco valorados socialmente, que no dependen de su experiencia y formación profesional, pueden llegar a afectar la autoestima y dignidad de las mujeres. Por ello es necesario tomar conciencia de la importancia de aportar apoyo psicosocial, información y recursos a las mujeres inmigrantes para fomentar su autoestima positiva y participación activa en la sociedad. El proceso de adaptación al cambio se va desarrollando en función de los recursos internos y externos, de las estrategias y actitudes hacia el cambio. Las entrevistas realizadas revelan que los primeros sentimientos de soledad y desamparo se van superando y una valoración más positiva de la experiencia migratoria ocupa su lugar. Destacan los logros a nivel personal, tanto en aprendizajes como en madurez e independencia. Se va descubriendo que la desconfianza es mutua y al ir superándola se va afianzando la seguridad de una misma. El afrontamiento personal y la autoestima son decisivos en la consecución de objetivos y mantenimiento de la dignidad así como la participación activa y el asociacionismo contribuyen a la adaptación y la integración. Así mismo observamos que el autoconcepto y la autoestima están muy relacionado con la valoración que se hace de la cultura de origen y que el conocimiento de las diferentes pautas culturales facilita la convivencia intercultural. En algunos casos se hace necesaria la búsqueda de una síntesis cultural propia para disminuir la tensión entre la fidelidad a sus principios y cultura y las influencias externas. Se trata, pues, de combinar aquellos aspectos de su cultura y tradiciones con las ventajas de la sociedad receptora dando lugar a una síntesis innovadora sin rechazar su identidad originaria. Siendo esta búsqueda de síntesis cultural la que nos desvela el proceso de valoración de ambas culturas y las diferentes formas de adaptación a las transformaciones culturales. En otros casos, este fenómeno no se da de forma reflexiva y consciente, sin embargo, el contacto con otras culturas influye en el proceso de cambio. Así pues es importante que los espacios de diálogo intercultural ofrezcan a las mujeres un marco de confianza y libertad en el que puedan expresarse y cuestionen tanto sus propios valores culturales como los de la sociedad receptora, y los contenidos simbólicos que en todas ellas sustentan las relaciones entre géneros, etnias... así como sensibilizar a la sociedad receptora para disminuir desconocimientos que contribuyen a reproducir estereotipos y establecer fronteras. En las trayectorias de muchas mujeres inmigrantes observamos cambios no exentos de contradicciones y conflictos, impulsados por su búsqueda de autonomía y por sus esfuerzos para trascender lo normativo.
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