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Las mujeres y el cuidado de ancianas1

Gloria Marín y Àngels Varó Peral

Elx, mayo 1994

 

Debido a los cambios demográficos, la importancia del cuidado de las personas mayores está creciendo: la vida se alarga y aumenta la proporción de población anciana.

Esta cuestión afecta de una manera diferente a las mujeres y a los hombres.

Por un lado, por cada hombre anciano hay dos mujeres ancianas y, además, las mujeres tienen más probabilidad de vivir en la pobreza, solas o con mala salud y, por tanto, de necesitar asistencia de sus hijas.

Por otro lado, como las otras formas de cuidado, el de los padres y madres ancianas es predominantemente un trabajo de mujeres.

Según el estudio dirigido por María Ángeles Durán2,

De cada 1.000 amas de casa del Estado Español, 66 atienden a personas incapacitadas, de ellas 12 son ancianas.

El 73% lleva más de seis años en esa situación (sin diferenciar entre si cuidan personas ancianas, enfermas o minusválidas).

El 12,1% de las amas de casa convive con al menos un ascendiente, de ella o de su marido.

El 87% de amas de casa realiza, alguna vez, cuidado de personas incapacitadas o enfermas, de ellas el 69% lo realiza sola, y el 22% lo comparte con su marido3.

El cuidado de personas ancianas que no se pueden valer por sí mismas, además de afectar a un gran número de mujeres, plantea dos temas de interés central para las feministas: las relaciones entre la familia y el Estado y el papel del cuidado en las vidas de las mujeres.

En nuestro país el cuidado se viene realizando tradicionalmente en las casas, directamente por familiares, fundamentalmente por hijas y nueras o con ayuda de personal retribuido, si la situación económica de la familia es buena. Hasta hace relativamente poco, las instituciones se han limitado a atender a quienes no tenían familia  o eran "abandonadas/os" por ella. En las últimas décadas, debido sobre todo a la incorporación masiva de las mujeres en el trabajo asalariado, se ha extendido el cuidado en instituciones, residencias de tercera edad, que han dejado de ser casi exclusivamente de órdenes religiosas (los asilos), al ir creándose otras de titularidad pública  y al ir extendiéndose el negocio de las privadas. En los últimos años ha comenzado a implantarse de manera limitada la asistencia a domicilio, y apenas se han iniciado otras alternativas, como las viviendas tutelados. 

En países donde se han desarrollado algunos elementos del Estado de Bienestar, se crearon las residencias públicas. Ahora, cuando éste está siendo desmantelando, está de moda entre gobernantes y "expertos" decir que hay que ir sustituyéndolas por la asistencia a domicilio. Esto supone trasladar la carga desde el Estado a la familia. Y confiar nuevamente "todo" el cuidado a la "responsabilidad familiar" choca con el objetivo feminista de ampliar las opciones de las mujeres y aumentar su autodeterminación. Ante ello las feministas debemos debatir la forma del Estado de Bienestar y el significado del cuidado en las vidas de las mujeres, sin perder de vista que nos encontramos en un momento en el que se está desmantelando lo poco que habíamos conseguido de Estado de Bienestar y, al mismo tiempo, nuestros gobernantes no tienen la menor intención de poner "en pie" nada que suponga gasto público.

Para analizar estas cuestiones, vamos a examinar primero la cantidad y naturaleza del cuidado que prestan las mujeres y el coste que ello les supone. Luego, el papel especial de las mujeres en el cuidado de los padres y las madres. Por último, los dilemas con que nos encontramos las feministas a la hora de elaborar políticas adecuadas para el cuidado de las personas mayores.

Los costes del cuidado

a) El tiempo

Las mujeres realizamos la mayor parte del cuidado de las personas ancianas. Estas tareas nos ocupan mucho tiempo, a menudo el equivalente al de un trabajo a jornada completa. Y, se pueden prolongar durante varios años, incluso más de diez en muchos casos.

El aumento de la longevidad y la disminución de la fertilidad han cambiado radicalmente la perspectiva de las vidas de las mujeres. Las del siglo pasado dedicaban la mayor parte de su vida adulta a parir y criar; las actuales tienen las hijas y/o hijos en un breve período de tiempo, durante unos pocos años tienen preescolares en casa y, en menos de quince años, ya pueden "vivir tranquilas". Ahora bien, la revolución demográfica, más que reducir el tiempo dedicado al cuidado, puede haberlo trasladado a otras partes del ciclo vital. De hecho, algunas mujeres dedican más años de su vida cuidando a los padres y/o madres que a los hijos y/o hijas. Pues, entre otros factores, una tasa de fecundidad más baja supone no sólo que las mujeres reducen el tiempo de cuidado de los hijos y/o hijas, sino también que tienen menos parientes con quienes compartir la carga que supone el cuidado de los padres y madres ancianas.

b) Los costes económicos

Al igual que se ha intentado asignar un valor económico al trabajo doméstico, también se ha calculado el valor económico de los servicios que prestan las personas que cuidan a los y las  ancianas. Este cálculo se puede enfocar de varias maneras: una de ellas consiste en considerar qué ganarían esas personas si dedicaran el tiempo del cuidado al trabajo remunerado o a la producción en el hogar; otro modo de calcular el coste económico del trabajo de cuidado consiste en estudiar qué le costaría a la sociedad ofrecer los servicios que ahora prestan gratuitamente las familias y, dentro de ellas, las mujeres. Sea cual sea el método utilizado, lo que sí es cierto es que incluso el que arroja la cantidad más baja nos indica que el coste económico del trabajo del cuidado realizado por las mujeres es mayor que el total del gasto público destinado a servicios de cuidado.

c) Problemas físicos y psíquicos

Ahora bien, no todos los costes que conlleva el cuidado pueden ser cuantificados. Muchas mujeres sufren graves problemas físicos y emocionales como consecuencia de los trabajos de cuidado. Son muchas las mujeres que combinan el trabajo asalariado y el de cuidado a sus padres y/o madres mayores. Sin embargo, tener que cuidar a alguien presiona a muchas mujeres a posponer su entrada en el mercado de trabajo, a limitar su horario de trabajo o a abandonar totalmente sus empleos. Si, a pesar de ello, consiguen combinar el cuidado con el mantenimiento de trabajo asalariado a tiempo completo, se ven obligadas a renunciar a las vacaciones, a las actividades sociales y al tiempo para estar solas.

Quienes se ocupan del cuidado de las y los mayores, suelen perder el "control" sobre sus vidas, se encuentran sin libertad. Esto es así si tenemos en cuenta que el periodo de tiempo dedicado al cuidado de personas ancianas es, a diferencia del de cuidado de hijas/os, de duración intrínsecamente impredecible. Además, la anticoncepción permite a muchas mujeres elegir el momento de tener una hija/o, pero nada les permite controlar cuando va a enfermar su madre o su padre. Finalmente, la carga del cuidado a los y las mayores recae, generalmente, sobre las mujeres cuando éstas se encuentran al final de la madurez o al principio de la vejez, justo cuando su propia salud y energías van menguando, si bien esto puede ocurrir en cualquier momento del ciclo vital.

El cuidado tiende a ser una ocupación solitaria. Un tema recurrente de quienes lo realizan suele ser su sensación de intenso aislamiento. Para este trabajo no hay nada equivalente a la preparación al parto, a las guarderías o a las escuelas, que facilite las relaciones entre las personas.

Además, aunque la devoción con que alguien cuida a una persona impedida puede ser testimonio de la fuerza de sus íntimos lazos de unión, ocurre que, a menudo, el cuidado fractura las familias. Se acentúan las tensiones con los maridos, hijas/os y parientes. El hecho de que los lazos más amplios de parentesco y comunidad se hayan ido debilitando progresivamente en nuestra sociedad hace que quienes cuidan a los y las mayores echen en falta relaciones sociales con quienes poder compartir las "cargas" del cuidado. Cuidar a personas impedidas plantea demandas constantes que hacen difícil, si no imposible, mantener vivas las amistades. El cuidado es algo que las mujeres viven como relación con otras personas, sin embargo, siempre lo hacen solas.

d) Hay diferencias según la situación económica de quienes cuidan

 Las mujeres de clase media y alta tienen más posibilidad de delegar el cuidado en personal asalariado o de internar a sus parientes en residencias privadas, ante la escasez de plazas en las públicas. Siguiendo otra vez a M. A. Durán, el 18% de las profesionales y empleadas, el 56% de las trabajadoras manuales y el 60% de las que no trabajan fuera del hogar, asume habitualmente la tarea de cuidar a sus parientes enfermos (no diferencia ancianas/os del resto).

El cuidado en las vidas de las mujeres

a) Si queremos ser independientes es necesario el internamiento

En la polémica sobre el cuidado en casa o el cuidado en residencias, los políticos y "expertos" a menudo utilizan el argumento de que el cuidado a domicilio es más barato que la institucionalización. Algunas feministas ven que la opción del cuidado a domicilio amenaza la independencia económica de las hijas adultas. Pues se muestran bastante escépticas ante la posibilidad de distribuir equitativamente el trabajo de cuidado entre los sexos, o de obligar a los empleadores a garantizar horarios de trabajo flexibles y licencias para quienes proporcionan cuidados. Y concluyen que, para acabar con la explotación y el trabajo gratuito de las mujeres, el Estado debe ampliar los servicios de cuidado.

b) Pero somos interdependientes

Las autoras feministas mencionadas anteriormente ponen el énfasis en la independencia económica individual. Hay otra visión, la que pone el acento en nuestra interdependencia.

Inevitablemente, la vida de todas las personas evoluciona desde un estado inicial de dependencia hasta un final, también de dependencia. Si en la edad adulta podemos conseguir un cierto poder y una independencia relativa, es una suerte. Por otra parte, el cuidado de los y las ancianas incapacitadas o debilitadas es una actividad humana esencial. El entramado social se mantiene sobre nuestra capacidad para cuidar a los y las débiles y para responder a las necesidades de las personas próximas.

Aunque debemos respetar la determinación de algunas mujeres de no ocuparse del cuidado de sus padres y madres ancianas y debemos tratar de aliviar las cargas de quienes sí lo hacen, no deberíamos dar por supuesto que el logro individual es lo más importante en la vida. El mundo del empleo asalariado, que está organizado según un horario hecho a la medida de los hombres, ha obligado a muchas mujeres a intentar encajar, ellas también, en esa organización. Sin embargo, algunas mujeres han asumido la formidable tarea de intentar, a la vez, integrar a los hombres en el trabajo de cuidado y de reestructurar el mundo del trabajo asalariado, que deja muy poco tiempo para el cuidado.

c) Aspectos psicológicos del cuidado a las madres y padres

Un análisis feminista alternativo podría empezar con un examen de las razones por las que las mujeres asumen la responsabilidad del cuidado de los y las parientes ancianas. Cuando una persona vieja con varios hijos o  hijas cae enferma, la familia a menudo designa a una hija o a una nuera, antes que a un hijo o a un yerno, como cuidadora principal. La ideología dominante todavía mantiene que las mujeres son cuidadoras "naturales". Además como la mayoría de las mujeres desempeñan trabajos de bajo salario y/o a tiempo parcial, las familias consideran que los salarios de las mujeres son más fácilmente prescindibles y sus licencias laborales más flexibles.

La dificultad de acceder a los servicios sociales reduce aún más la libertad de elegir de las mujeres. Hay escasez de plazas en residencias y, por tanto, largas listas de espera; el cuidado a domicilio resulta caro; y las dificultades se multiplican cuando los y las ancianas necesitan cuidados especiales, ya que, en estos casos, es más difícil obtener una plaza en algún centro. Además, se ha difundido ampliamente las miserables condiciones que tienen algunas residencias, sobre todo las privadas. Que las condiciones puedan no ser satisfactorias también hace que muchas familias no se planteen la utilización de residencias. Mientras tanto, los servicios públicos a domicilio permanecen escandalosamente escasos e inadecuados. De esta manera, muchas mujeres asumen que no tienen más alternativa que encargarse del cuidado ellas mismas.

Pero las presiones externas por sí mismas no pueden explicar adecuadamente por qué las mujeres se hacen cargo del cuidado de los padres y madres ancianas. Se ha llamado la atención sobre la intensa implicación emocional de las mujeres en este trabajo, sugiriendo que no son simplemente roles asignados. Desde luego las expectativas culturales y las demandas que reciben las mujeres influyen sobre con qué tipo de actividades se encuentran compensadas, pero las presiones de la sociedad no son monolíticas. Hay mujeres a quienes sus médicas/os y, quizá menos imparcialmente, sus maridos, han aconsejado que no se hicieran cargo del peso principal del cuidado de sus parientes enfermos. Ahora bien, que una mujer joven se niegue a pasar los años de su juventud encerrada con un pariente impedido se considera aceptable; en cambio, si es una mujer adulta, se acepta menos, quizá por la hipervaloración que damos a la juventud.

Aunque hay quienes atribuyen a las mujeres el papel de cuidar como si de una función "natural" se tratara, también hay bastantes explicaciones psicológicas que atribuyen a las mujeres la voluntad de cuidar a sus padres o madres severamente impedidas, apelando a deficiencias de su personalidad. Se ha dicho que así buscan aliviar su culpabilidad, ganarse la aprobación paterna o materna que previamente le había sido negada o compensar fracasos en el amor o el trabajo. Aunque tales factores pueden ser importantes, hay otros, menos tenidos en cuenta y menos negativos para las mujeres, que pueden ser igualmente importantes. Las teorías psicoanalíticas feministas de la identidad de las mujeres pueden sernos de utilidad para empezar a replantearnos que muchas mujeres se siente fuertemente conectadas con las demás personas. Según Nancy Chodorow, Jane Flax y Jean Baker Miller, el sentido de la identidad de las mujeres en esta sociedad es de afiliación. Recientemente Carol Gilligan ha ampliado esta visión mostrando que muchas mujeres se juzgan a sí mismas según una ética de la responsabilidad y el cuidado. Además cuando hablamos sobre el cuidado de parientes ancianos, a menudo nos estamos refiriendo al cuidado de las madres. Aunque las feministas han iluminado la ambivalencia y la rabia en la relación madre-hija, a la vez han llamado la atención sobre la importancia central de estas relaciones en la vida de las mujeres adultas. Según Chodorow, las mujeres llegan a ser madres, en parte, para recrear un sentido de unidad con sus propias madres. Una motivación similar podría muy bien llevarlas a cuidar a su madre cuando ésta lo necesita.

Pero ¿qué significado tiene el cuidado en la vida de las hijas adultas? Ya hemos visto que los costes son enormes, especialmente para las mujeres que tiene la responsabilidad exclusiva del cuidado y están aisladas en sus hogares. Siguiendo a Adrienne Rich, quien planteó que la maternidad es a la vez una intensa experiencia personal y una institución social opresiva, numerosas intelectuales han examinado los poderosos y conflictivos sentimientos evocados por la maternidad. ¿Cómo definir entonces la experiencia de las mujeres de cuidar a las madres y padres enfermos? El proceso de cuidado puede reactivar sentimientos de dependencia, ya que los asuntos de separación y de individuación resultan especialmente difíciles para las mujeres, sobre todo en relación con sus madres. Al cuidar a las madres, las mujeres vuelven al contacto íntimo con la misma persona con la que tuvieron la separación más conflictiva. Las emociones que pueden surgir en algunas mujeres al asumir esta tarea también pueden resultar conflictivas. Por otra parte el cuidado interrumpe las actividades que ayudan a desarrollar un sentido de capacidad y adultez. Además la ambivalencia de las madres hacia la independencia de sus hijas puede agravar las dificultades. Muchas madres ancianas oponen resistencia a la creciente independencia de sus hijas y algunas les hacen exigencias desorbitadas.

Pero cuando una hija adulta presta cuidado a su madre anciana la relación original madre-hija no es simplemente revivida, más bien puede ser reconstituida. Aunque el cuidado pueda poner en peligro el sentido de adultez de una mujer, también puede fortalecerlo. En principio, antes de que una mujer pueda cuidar a sus progenitores debería ser capaz de verlas como separadas de ella misma. Además tiene que abandonar la fantasía de que son omnipotentes y que todavía pueden ofrecerle protección. De este modo, cuidar a las madres o padres puede señalar el fin de la infancia, incluso más que la muerte del padre o la madre. Como ha afirmado Gilligan, aunque se tiende a contraponer la autonomía y el cuidado, éste puede llevar a la madurez y al autodesarrollo.

En un momento en que las mujeres han empezado a mirar críticamente la maternidad, sería un error embellecer un tipo de cuidado que puede ser aún mucho más estresante y costoso. Pero también es importante que tengamos una visión amplia de las implicaciones que tiene el cuidado a las madres y padres en la vida de las mujeres.

Algunas propuestas desde el feminismo

Si el cuidado puede ser tan satisfactorio como gravoso, deberíamos trabajar para establecer las condiciones que posibiliten que éste no resulte opresivo para quienes lo realizan. Pero no es fácil establecer políticas específicas. Los programas que apoyan a la familia sin querer alterar las relaciones de género dentro de ella, suelen reforzar la posición subordinada de las mujeres; y la ampliación del cuidado a domicilio pueden tener también este resultado.

a) Servicios que faciliten el cuidado en la casa

Un punto central en estas y en otras propuestas es el empeño en reducir del gasto público. El cuidado en residencias supone gasto: construcción, personal, mantenimiento. Pero la ampliación de los servicios públicos de cuidado basada en la atención a domicilio no supondría mucho ahorro, a menos que se impusieran controles estrictos, porque tales cuidados podrían ser aditivos, no sustitutivos de los cuidados en residencias. Si los servicios de cuidado a domicilio se hicieran accesibles universalmente, podrían ser usados no solamente para evitar la institucionalización, sino también para ayudar a los individuos que cuidan, quienes o bien se las arreglan solos, o bien recurren a la ayuda de la familia y de las amistades. Aunque el coste por persona es menor si ésta está en su casa y se la apoya con servicios que si está ingresada en una residencia; el coste total, a largo plazo, podría aumentar considerablemente, porque la demanda de esos servicios es virtualmente insaciable. La mayoría de los y las ancianas requiere servicios esenciales tales como ayuda para hacer la compra, para los desplazamiento y para preparar las comidas, y satisfacerlos supondría un gran aumento del gasto.

Quienes diseñan la política social intentan establecer mecanismos de restricción limitando los grupos a atender y los servicios prestados. Consideran que las familias tienen la obligación de hacer frente a lo fundamental del cuidado y recomiendan que se suministren los servicios estrictamente necesarios para animar a las familias a mantener a sus parientes ancianos en casa. De este modo, el acceso a los servicios seguirá estando muy limitado.

Un aspecto a tener en cuenta es si estos cuidados se están haciendo mediante la ampliación de los servicios públicos, en forma de autoempleo o por empresas medianas o grandes; si quienes establecen contratos con la administración son entidades con fines lucrativos, cuyo objetivo fundamental es maximizar los beneficios, y no atender las necesidades humanas; y también si los programas financiados por el Estado pueden servir para la reprivatización.

Es evidente que los servicios que alivien el enorme esfuerzo realizado por quienes prestan los cuidados son imprescindibles, pues estas personas tienden a estar tan sobrecargadas por la rutina diaria que les falta el tiempo, la energía y la motivación  necesarias para proporcionar apoyo emocional. Solamente las mujeres que están auxiliadas por algún tipo de servicios sociales pueden mantener el afecto y la calidez que diferencia al cuidado personal del profesional. La ausencia de servicios puede llevar a la familia a sobrepasar su tolerancia de estrés, a estallar como unidad proveedora de servicios y apoyo emocional. La tensión puede ser una causa importante de abuso hacia las personas ancianas, la última forma de violencia familiar que ha sido "descubierta".

b) Aunque los servicios dejan muchas cosas sin resolver

Incluso un amplio abanico de servicios apropiados y accesibles sería incapaz, desde luego, de eliminar toda la tensión. Pues parte de ella es, sin duda, producida ante la inevitable observación del deterioro de una persona a la que se quiere. Se ha visto que el estrés de las personas que cuidan ancianas/os, no sólo depende del tiempo o de la energía dedicada al trabajo del cuidado, sino también de la intensidad de los lazos que las une a sus padres o madres ancianas. Además, una amplia gama de programas de bienestar tampoco puede garantizar que las relaciones entre hijas adultas y padres o madres dependientes se caractericen por el amor y el altruismo. No necesitamos recordar que en las familias se dan sentimientos de enfado y amargura tanto como de calidez y de afecto. Pero cuando los servicios de apoyo no alivian la carga del cuidado, el afecto pueden saltar en añicos más fácilmente.

c) Compensaciones económicas

La ampliación de los servicios sociales no es la única estrategia para reducir las presiones sobre las cuidadoras. Otra es reembolsarles los trabajos que realizan. Esto se puede hacer mediante subsidios o desgravaciones, que alivien su carga económica y supongan un reconocimiento del trabajo del cuidado.

Los subsidios, como han argumentado las oponentes al salario del ama de casa, pueden servir para fortalecer las normas de género. Incluso pueden dejar intactos los aspectos más opresivos del cuidado parental. Las principales quejas de quienes cuidan se refieren al esfuerzo emocional y físico, no a los costes económicos. Además, en una época de restricción del gasto público, difícilmente este apoyo animaría a alguien, a excepción de las trabajadoras peor pagadas, a asumir la responsabilidad de sus parientes discapacitados. Con lo que el sesgo de clase en el cuidado informal se vería reforzado. Por otro lado, las desgravaciones en los impuestos también beneficiaría más a las mujeres más ricas. Otras críticas subrayan que si se une una recompensa económica al trabajo del cuidado éste dejará de ser un servicio humano para transformarse en una mercancía.

En cualquier caso se pueden dar diversos contraargumentos. Aunque no se valorara adecuadamente el trabajo de las cuidadoras, la compensación económica representaría una importante fuente de ingresos para ellas. Proponiendo la separación entre el cuidado  y el dinero, embellecemos el trabajo no pagado de las mujeres y ocultamos la conexión entre la familia y la economía capitalista. El cuidado que las mujeres prestan a su familia no procede sólo del amor y la unión sino también del miedo y de la obligación. Por otra parte, el salario no impide a algunos miembros de las profesiones del cuidado, como trabajadores sociales y enfermeros, ligarse emocionalmente a sus clientes y proporcionarles servicios de alta calidad. Sabemos demasiado poco sobre las condiciones que facilitan los cuidados de calidad para insistir en que la remuneración sería perjudicial.

d) Licencias para el cuidado de personas ancianas

Las mujeres que interrumpen sus vidas laborales para cuidar de sus progenitores ancianos no necesitan simplemente compensaciones económicas. También necesitan tener garantías de que sus trabajos estarán disponibles cuando ellas vuelvan y de que seguirán cotizando a la Seguridad Social para las pensiones. Es la cuestión de la regulación de las licencias para el cuidado de los padres y las madres. Las licencias actuales se refieren solamente al cuidado de menores y no tienen en cuenta la realidad cambiante de las responsabilidades del cuidado de las mujeres. Estamos viendo que, actualmente, el cuidado a los progenitores puede reemplazar al cuidado a los descendientes como una de las principales razones por las que se abandona el trabajo remunerado.

Uno de los peligros de toda licencia para actividades de cuidado es que pueden reforzar la posición subordinada de las mujeres en el mercado de trabajo. Mientras sean las mujeres quienes mayoritariamente hagan uso de los permisos legales, los empleadores seguirán teniendo una "excusa" más para discriminar a las mujeres tanto en la contratación como en la promoción laboral. Este problema puede ser aliviado colocando la responsabilidad de la financiación en el gobierno y no en los empleadores individuales. Las licencias para el cuidado de hijas/os menores prácticamente no han sido compartidas por los hombres y podemos ser bastante pesimistas sobre el reparto de la carga del cuidado de las personas ancianas. Pero se podría pensar que las tareas que no están ligadas a las capacidades reproductivas de las mujeres pueden ser redistribuidas más fácilmente que las que sí lo están.

e) Mejora de las instituciones: residencias, viviendas tuteladas, etc.

Aunque la ampliación de los servicios sociales, la compensación económica a las cuidadoras y las licencias por cuidado representen los métodos más realistas para aliviar las cargas que soportan actualmente las cuidadoras individuales, siguen siendo soluciones insuficientes. Una reforma en profundidad de los cuidados en residencias podría animar a quienes tienen ancianas/os a su cargo a plantearse el internamiento como una opción razonable. Por lo que hemos visto en los medios de comunicación tendemos a considerar el cuidado en las instituciones deshumanizado e impersonal, pero en algunos sitios se trata a las personas con dignidad y afecto.

f) Para acabar

Una política feminista debería igualmente tener en cuenta la alta proporción de ancianas/os sin parientes que les proporcionen cuidados. Al poner el énfasis en las obligaciones familiares se asigna un lugar privilegiado a la gente mayor que recibe servicios de sus parientes. Las necesidades de los y las ancianas que han sobrevivido a todos sus parientes, o cuyas hijas/os están alejados, o que no tuvieron hijas/os, o bien que vivieron fuera de sus familias son olvidadas. Los mismos servicios de atención a domicilio y de desplazamiento, que reducen el esfuerzo de quienes cuidan, pueden permitir que algunas personas ancianas puedan resolverse las actividades de la vida diaria sin ayuda de la familia o de sus amistades. Otras alternativas, tales como las casa compartidas, posibilitan que las personas mayores creen comunidades de apoyo entre ellas. Finalmente, como el proceso de envejecimiento está íntimamente conectado con factores como los ingresos, la vivienda, la nutrición y las oportunidades de empleo, es esencial que la política pública redistribuya el poder y los recursos económicos en nuestra sociedad.

EN RESUMEN, como resultado del cambio demográfico, el cuidado ya no está restringido al período reproductivo sino que más bien se extiende a través de casi todo ciclo de la vida. Debemos oponernos a las políticas que buscan mantener el cuidado de la población dependiente en los hogares individuales y debemos luchar por programas que alivien el estrés de quienes cuidan. Pero también deberíamos intentar crear una sociedad donde el trabajo del cuidado sea reconocido como una actividad humana esencial y sea, a la vez, recompensado y estimado. Como feministas no debemos tener una concepción estrecha, corporativa, de mirar sólo por los intereses de las mujeres, también debemos tener en cuenta el bienestar de otros sectores de la sociedad, sobre todo los más desfavorecidos, y entre ellos están las personas ancianas.

 

1. Para escribir este artículo, hemos utilizado:

  • la traducción y adaptación  libre de "Adult daughters and care for the elderly." Emily K. Abel. Femininist Studies, 12, nº 3. 1986.

  • los datos de De puertas adentro. M. A. Durán. Instituto de la Mujer. Madrid. 1988

  • nuestras opiniones

2. M. A. Durán De puertas adentro. Instituto de la Mujer. Madrid. 1988 

3. Como no aporta datos de lo que significa este compartir, podemos tomar como referencia un estudio inglés, que muestra que las mujeres dedican diecinueve minutos a las tareas más arduas de cuidado por cada minuto que dedican sus maridos.

 
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