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Apuesto por la integralidad

Entrevista a Francisco López Segrera

Hilario Rosete Silva y Julio César Guanche

Francisco López Segrera, cubano cien por cien, dirige el Instituto de Educación Superior para América Latina y el Caribe (IESALC), con sede en Caracas, perteneciente a la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). Autor de varios textos de Historia y Ciencias Sociales, participó en la II Convención Internacional de Educación Superior «Universidad 2000» celebrada en La Habana, con una conferencia sobre los desafíos y alternativas de la Educación (Superior) para todos. Unas horas después, expuso el tema ante los lectores de Cuba Siglo XXI.

Nunca me he sentido ni mejor ni peor que nadie, la modestia es muy importante, comenta al margen de sus tesis sobre la llamada «enseñanza a lo largo de toda la vida», el vínculo «educación-desigualdad» y el cometido de la universidad. Cuando fui vicerrector, agrega, aprendí con mis estudiantes varios secretos sobre las Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación (NTIC), y hoy no temo preguntarle algo a mis secretarias si yo lo desconozco y supongo que ellas lo saben. Según él, constructor del futuro y la cultura de paz, la «modestia sentida» le evitó problemas: La altanería no conduce a ningún lugar.

1 Universitas virtual

Con el fin de los movimientos juveniles radicales de los años 60, comenzó una crisis en las Ciencias Sociales. Conforme al investigador Heinz Dieterich, esta transformó a muchas universidades en centros de una nueva escolástica, tan estéril, metafísica y represiva como la medieval. ¿Cómo cayó dicha «pedrada» en las aulas estudiantiles?

Los movimientos estudiantiles cuestionaron al capitalismo, pero también objetaron la forma en que se construyó el socialismo este-europeo. Los hechos condujeron a la ruptura con las Ciencias Sociales del mundo socialista, ciencias empobrecidas, sumamente dogmáticas, y floreció un nuevo impulso en torno a figuras como Jean-Paul Sartre. Mientras, el marxismo cubano, en las figuras del Che y de Fidel, se libró del dogmatismo y asistió a un reverdecer en la manera de pensar los cambios, la construcción, de la nueva sociedad...

Pero en la década del setenta, cuánto dogmatismo no hubo en nuestro propio patio?

De acuerdo, no estuvimos exentos. Pero nunca llegó al grado alcanzado en aquellos países. En Cuba, en las carreras de Ciencias Sociales, durante una etapa nos inclinamos hacia un único marxismo, dictado por la cátedra soviética. Profundizar en las ideas del Che o de Fidel habría refrescado la disciplina. También identifico a otras figuras no marxistas. Los estudiantes igual deberían conocerlas. Precisamos del estudio de sus textos, los de Max Weber, por ejemplo, so pena de convertirnos en intelectuales hemipléjicos. La ola juvenil de los 60 fue una corriente contraria al anquilosamiento, frustrada luego por su incapacidad para materializar, para construir esa idea utópica.

Hace tiempo venimos escuchando la letanía de la crisis de la universidad. ¿Acaso no asistimos al entierro del muerto equivocado?

La universitas surgió en la Edad Media, con una concepción muy elitista, aunque luego fue transformándose. En Europa se conocen las grandes universidades de Boloña, en Italia, de La Sorbonne, en Francia, y de Madrid, en España. En América Latina fueron emblemáticas las de los virreinatos del Perú (Lima) y de Nueva España (México). La Universidad de La Habana (UH) fue fundada en 1728. En todas estudiaba una élite. La reforma universitaria de Córdoba rompió con el concepto aristocrático, sentó un precedente sobre el cual es preciso volver. En Cuba la universidad se transformó con la Revolución, se vinculó a la realidad del país. La universidad cubana se benefició con el nacimiento del Ministerio de Educación Superior (MES). A propósito hubo muchos debates. Algunos pensaron que el Ministerio intentaría homologar las universidades. Yo estuve en París, en la División de Educación Superior de la UNESCO. Allí el MES cubano cuenta con enorme prestigio. Gracias a su desempeño, la Conferencia Regional de Educación Superior (CRESALC) de 1996 sesionó en La Habana por el voto de los países de América Latina. Mas la universidad en el área está en crisis. Por su falta de pertinencia. Por su incapacidad para responder a las necesidades de la sociedad, es decir, por su pobreza de vínculos con los problemas reales. Por lo obsoleto de la bibliografía y la ausencia de programas conducentes a cambios en el curriculum. Y porque los graduados, de centros públicos y privados, no se insertan adecuadamente en el mercado laboral. El estallido demográfico genera una presión que la universidad pública no puede aliviar: el neoliberalismo le sustrajo el financiamiento, y así proliferan las universidades privadas. Todo esto explica el rezago de las altas casas de estudio latinoamericanas. Hay una cifra elocuente: en materia de educación los países de la OCDE invierten per capita 8 veces más que los de América Latina. Si en estos el gasto anual por estudiante en la enseñanza superior es de mil 485 dólares, en aquellos supera los 10 mil. La única forma de resolver la crisis es a través de la enseñanza universitaria virtual.

¿Universidad virtual en Latinoamérica?

Ya probamos la experiencia de los llamados infocentros en Venezuela (reminiscencia de los Joven Club de Computación y Electrónica cubanos). En torno a varios ordenadores, ubicados en los barrios más pobres, se agrupan personas de distintos niveles de enseñanza. Para darle acceso a la universidad a las masas emergentes en América Latina, es preciso emplear fórmulas novedosas, preparar programas de enseñanza universitaria vinculados a la educación básica, rehabilitadores de ese eslabón perdido. Así podremos transmitir el saber elemental a las personas que no lo recibieron normalmente. De tal suerte las prepararíamos para entrar a una universidad menos retórica, transdisciplinaria. Esta les dará instrumentos y profundidad en la especialidad para insertarse en el mercado de trabajo. En Latinoamérica es donde más falta hace la universidad virtual. En Europa, en España, por ejemplo, se invierten millones de dólares en la enseñanza pública, hay universidades excelentes, bien dotadas. Aún cuando los Estados latinoamericanos mostraran una voluntad de invertir más en la universidad, seríamos ilusos si llegáramos a creer que la crisis se resolverá con infraestructura, con instalaciones. Una computadora de última generación cuesta mil 200 dólares. Con 5 ó 6 equipos se pueden organizar los infocentros, a donde acudirán los estudiantes a recibir los conocimientos. Es una forma sumamente económica. No significa el abandono de la universidad tradicional. Ante la necesidad de aumentar las matrículas, sin perder calidad, la salida es un programa de enseñanza virtual para los niveles básico -incluyendo la educación de adultos- y universitario.

2 Información & conocimiento

La servidumbre del cibernauta provoca alarmas y denuncias en algunos países. ¿Sería deshumanizante una red que enlazara a universitarios de Nairobi, Marianao, Voronezh, Weimar, Rosario, Santiago de Compostela y Baracoa?

El mundo corre el riesgo de dividirse en infopobres e inforricos, mas por otra parte, las NTIC ofrecen como nunca antes la posibilidad de democratizar el conocimiento por la vía del trabajo en red. Un profesor universitario de Rwanda, uno de La Sorbonne, y otro de La Habana, pueden estar en contacto virtual, on-line, solo teniendo cada uno acceso a Internet. Esto admite socializar el conocimiento en tiempo real a un mínimo costo, pero se necesitan políticas, en los Estados del Sur, dirigidas a invertir en estos programas, y, en los países desarrollados, a compartir en forma abierta sus avances científicos y tecnológicos. El programa UNITWIN, de cátedras UNESCO, permite transferir ciencia y tecnología del Norte al Sur, del Sur al Norte y del Sur al Sur. Claro, la ciencia y la tecnología no deben adaptarse y/o adoptarse en forma acrítica, sino preservando la especificidad y diversidad de cada uno, respetando los valores autóctonos.

Oímos nombrar a este tiempo como la Era de la información o la Era del conocimiento. ¿Usted qué cree?

Uno de los peligros de las nuevas tecnologías, Internet, las teleemisoras y todos los cientos de canales, es que, con su impacto, confundamos la información con el conocimiento. La primera deviene en el segundo cuando se humaniza, reflexionamos sobre ella y elaboramos nuestras propias conclusiones. Si somos pasivos receptores de datos, corremos el riesgo de ser manipulados por las grandes cadenas de noticias. Al meditar sobre estas convertimos la información en conocimiento.

A veces se nos acusa de tener pobre formación «interdisciplinaria». ¿Por qué un estudiante de Ingeniería Mecánica debería conocer sobre el panteísmo de Benito Spinoza? ¿De qué le serviría a un alumno de Derecho el teorema de Fermat? ¿Para qué un futuro historiador se empeñaría en entender la teoría de la relatividad de Einstein?

La realidad es una totalidad. Para aprehenderla es necesario una información integral, sin llegar al Renacentismo. El reto consiste en estar informado de la física de Einstein y de Planck, de la literatura y de las nuevas tecnologías, del pensamiento político y económico, y a la vez conocer el estado del arte de la disciplina en la cual somos especialistas. Entonces seremos creadores. Las disciplinas fragmentan la realidad por razones didácticas, pero ella solo podrá ser develada y revelada mediante un acercamiento transdisciplinario. Conocí, trabajé y fui coautor de un libro con el premio Nóbel de Química y gran físico de origen ruso Illya Prigogine, y otro tanto he hecho con el norteamericano Immanuel Wallerstein, una de las principales figuras de las Ciencias Sociales en el mundo. Con ellos aprendí que hoy el conocimiento o es transdisciplinario, o prácticamente no es conocimiento. Si no somos capaces de vincular entre sí las disciplinas de las propias Ciencias Sociales -la antropología con la sociología y con la economía-, y de relacionar las materias de las Ciencias Exactas con las de las Ciencias Naturales, nunca entenderemos el mundo. Es preciso contar con una cosmovisión abarcadora, con un sistema de pensamiento. Un estudiante de Historia debe saber qué dice la teoría de la relatividad de Einstein, pero también, qué plantea la teoría del caos.

3 Mens sana in corpore sano

Agoniza el siglo. Se derrumban muchas certezas. No obstante, muchos convienen en «el beneficio de la duda». Según su criterio, ¿todas las dudas son imprescindibles, y todas las certezas imbatibles?

La teoría de la complejidad, asociada al pensador francés Edgar Morin, es una de las más importantes de fin del siglo. Tierra y patria es su gran obra. Él está preocupado con la destrucción del planeta y concibe la Tierra como la patria que todos debemos preservar. En su pensamiento está presente el fenómeno de la incertidumbre. La propia física moderna y la teoría del caos de Prigogine aportaron mucho sobre el tema. En la física newtoniana, en la teoría de la relatividad, en el ideario del hombre desde el XIX hasta principios del siglo XX, reina el absoluto, la seguridad, la certeza. Los occidentales, y en general el mundo, nos educamos en el concepto hegeliano, filosófico, del progreso. El universo avanzaba de forma lineal hacia un progreso indetenible. El capitalismo hizo el análisis de esa idea con furia prometeica, industrialista, de crecimiento económico. Mientras, el marxismo creyó encontrar la garantía del progreso irreversible en las transformaciones sociales. La supuesta irreversibilidad de los regímenes o procesos socialistas de Europa no fue tal. Esto condujo a un replanteo de las certidumbres, tanto las del capitalismo como la de sus antinomias. Muchas de ellas fueron apenas vulgarizaciones, no de los fundadores, Marx no se autocalificaba como marxista, sino de los diversos ismos luego codificados, convertidos en teleologías.

El nuevo pensamiento basado en la incertidumbre, en la duda metódica, con antecedentes en Descartes, adquiere su formulación como modelo teórico en la obra de Prigogine y de Edgar Morin: No tenemos un futuro predeterminado. Existen los futuribles o futuros posibles. El hombre tiene la posibilidad de construir un porvenir. Pero el género humano no puede ser tan presuntuoso. Ante una disyuntiva, debe escoger par sí y construir y seguir el mejor camino. Sin embargo, no puede pensar en la suma de sus acciones como una exponencial matemática, llegada a un fin exacto, calculable, previsto. Hay un rango de incertidumbre de azar, de caos. Semejante teoría, por un lado optimista, reivindica la capacidad del hombre de construir el futuro, mas le advierte sobre su arrogancia. No siempre alcanzará a construir su mañana exactamente como lo piensa: los elementos de caos, los imponderables, podrían desorganizar sus acciones. Nada está asegurado. La duda descontrolada puede llevarnos al pesimismo, el escepticismo y la inercia. El hombre debe estar seguro de su capacidad para transformar la realidad, del mérito de ciertos valores fundamentales para el progreso, como la paz, la solidaridad, la inteligencia. No obstante, nunca debe albergar la certeza del ignorante, del dogmático, del fanático. Debemos acostumbrarnos a un estilo de pensamiento, a someter a discusión los temas, a aproximarnos de continuo hacia otras certezas.

Si la gran tarea política de las universidades de Nuestra América es reconquistar el proyecto de la Patria Grande, ¿cuál sería la gran tarea de los profesores y los estudiantes?

Por un lado, con menos recursos que los países del Norte, lo cual implica un esfuerzo, ser capaces, los profesores, de mantenerse en el estado del arte de su disciplinan. Y por otro, no copiar ciegamente las tecnologías y categorías, sino elaborar su propia agenda, y adecuar e inclusive influir en la tendencia de los grandes centros metropolitanos. Los alumnos, por su parte, deberían proponerse ser los mejores estudiantes, y educarse en un espíritu de cooperación, no de competitividad, junto a sus compañeros y profesores.

Terminemos con un supuesto. Usted es estudiante y está sentado en un aula universitaria. De pronto un dirigente de la Federación Estudiantil Universitaria cita a la brigada «para hablar sobre la integralidad». Llegados el día y la hora de la reunión, ¿qué usted diría?

Hace falta en estos tiempos una nueva ética. Si repasamos las estadísticas de los países más desarrollados, el número de asesinatos, de suicidios, vemos que la felicidad no es directamente proporcional a la abundancia. El consumo desenfrenado implica en ocasiones anemia, soledad, desarticulación. El hombre se realiza socialmente, sirviendo a los demás. Trato de practicar el ideal de la integralidad en el sentido de Mens sana in corpore sano -Mente sana en cuerpo sano-. En la obra de Werner Jaeger se intenta explicar el sentido de la Paideia (término de compleja traducción para la mente occidental, para los griegos resumía la unidad originaria de conceptos tales como civilización, cultura, tradición, literatura y educación, todo a una vez, señalando un ideal.) En un esfuerzo por plasmarlo hoy día, el hombre (el universitario) debe cultivar su mente y su cuerpo, sin olvidar el espíritu de solidaridad y cooperación, lo cual supone un cambio en las relaciones sociales. En Cuba, se da un vínculo, por ejemplo, en la medicina, entre paciente y doctor, difícil de hallar en países con alta ética médica pero donde la compra-venta del servicio desvirtúa los nexos. La sociedad debe acortar las diferencias entre los hombres. En esa medida, la colectividad podrá ser feliz.

Con todo, también la individualidad importa. Sería una falacia querer diluirnos en el colectivo. Debemos asumir nuestra responsabilidad personal. Creo también necesaria una cultura de la resistencia, del esfuerzo. La naturaleza del hombre muchas veces lo lleva a la placidez, al ocio. No hago una apología de lo prometeico. El hombre tiene que disfrutar más del Eros, no ser un constructor desquiciado de una civilización superior. Es cardinal lograr el equilibrio entre las necesidades del crecimiento económico y la tranquilidad del hombre. El socialismo aquel tuvo mucho de productivismo. Siendo reverso del capitalismo, reprodujo problemas del capitalismo, como el desvelo por el crecimiento económico, muchas veces a costa del hombre. La integralidad es cultivar la mente, el cuerpo, tener un proyecto de vida, ser solidarios y generosos, realizarnos con el éxito de los demás y no en la egolatría. ¡Cierto, yo apuesto por la integralidad!


Hilario Rosete Silva y Julio CÚsar Guanche
Periodistas de la revista cubana Alma Mater

     
   
   
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