DOMINACIÓN ECONÓMICA Y
MILITAR EN EL 'NUEVO ORDEN MUNDIAL'
SOBRE EL CONTENIDO Y LOS AUTORES
Los textos de Denis
J, Halliday y Samir Amin reproducidos aquí fueron presentados
o remitidos por sus autores como contribución a la Conferencia Internacional
"El recurso a las sanciones económicas y la guerra en el 'Nuevo
Orden Mundial'. El Intervencionismo contra el Derecho Internacional: de
Iraq a Yugoslavia", organizada por la Campaña Estatal por el
Levantamiento de las Sanciones a Iraq en Madrid los días 20 y 21
de noviembre de 1999. El texto de Halliday fue leído por él
mismo como alocución inaugural en la sesión de apertura de
la Conferencia. Reproducimos además el documento final de la Conferencia,
preparado por una comisión de ponentes de distintos países,
presentándose en él una revisión general de los temas
principales y consideraciones generales tratadas durante los dos días
del encuentro.
Las ponencias de la Conferencia han sido publicadas en el libro "International Law and Interventionism
in the 'New World Order'. From Iraq to Yugoslavia",
editado en inglés por el CSCA a principios del año 2001.
DENIS J. HALLIDAY,
irlandés, dimitió en septiembre de 1998 de su cargo de vicesecretario
General de NNUU y coordinador del Programa Humanitario de NNUU para Iraq
en protesta por la prolongación de las sanciones económicas
impuestas a este país en agosto de 1990, según él mantenidas
por los exclusivos intereses de EEUU en la región de Oriente Medio.
En la actualidad es catedrático visitante del Swarthmore College
de Pensilvania, EEUU.
SAMIR AMIN,
egipcio, profesor de ciencias económicas de formación marxista,
trabajó de 1957 a 1960 en la planificación del desarrollo
de su país y entre 1960 y 1963 como consejero del gobierno de Mali.
Tras ser director del Instituto Africano de Desarrollo Económico
y Planificación, en la actualidad dirige el departamento africano
del Foro del Tercer Mundo, en Dakar, universidad de Naciones Unidas.
Sanciones económicas contra los
iraquíes: ¿Asesinato en primer grado u homicidio no premeditado?
Denis J. Halliday
Es un verdadero honor para mí hablar en la sesión inaugural
de esta Conferencia. De alguna manera también estoy algo nervioso.
No porque sea nuevo en esto de hablar en público, sino porque soy
lego y estoy rodeado de juristas internacionales de prestigio. Es como estar
en una balsa con tiburones alrededor cruzando las olas. Sin embargo, con
el consuelo de que una cierta felicidad acompaña a la ignorancia,
hablaré brevemente del problema de las sanciones económicas
de Naciones Unidas (NNUU) sobre los iraquíes como un ejemplo de genocidio,
un crimen contra la humanidad. También tocaré la incompatibilidad
de tales sanciones con el espíritu de la Carta de NNUU y otros instrumentos
similares de la ley internacional que requieren, consecuentemente, el establecimiento
de alguna forma de inspección de las acciones del Consejo de Seguridad.
Durante mi visita a París en enero de este año, para hablar
en público sobre el terrible impacto de las sanciones económicas
de NNUU sobre los iraquíes, empleé el término genocidio
por primera vez. Lo hice así en una rueda de prensa para describir
una situación catastrófica que yo consideraba nada menos que
genocida. Y esto fue escogido por algunos periodistas para usarlo en los
titulares de la prensa parisina y luego también por una o dos agencias
de noticias. Después, durante esa visita, algunos me hicieron sentir
que había cruzado una línea invisible de ¡falta de decoro!
Unos pocos me criticaron por usar ese término en relación
con el impacto de las sanciones económicas. Parecía también
que se consideraba especialmente inapropiado en el caso de Iraq. Desde entonces
he observado que el término genocidio ofende a muchos entre los medios
de comunicación de masas y los dirigentes occidentales, cuando se
usa para describir el asesinato de otros en un ambiente del que somos en
definitiva responsables, como en el caso de Iraq. Para ser justo he de admitir
que recibí alabanzas de otros por haber dicho lo que dije. Quizás
para muchos el término genocidio es demasiado emotivo y profundo
para nuestra obligación democrática de asumir responsabilidades
incluso de las acciones más desagradables llevadas a cabo por nuestros
gobiernos. Para otros no es más que reconocimiento obligado de los
crímenes contra la humanidad que ahora se llevan a cabo.
No fui yo desde luego el primero en usar el término genocidio
para describir la enorme pérdida de vidas humanas en Iraq en las
circunstancias actuales. El ex Fiscal General de Estados Unidos, Ramsey
Clark, el autor británico Geoff Simons, y un grupo de parlamentarios
británicos críticos con la política militar y de sanciones
del gobierno laborista, han usado el término para expresar su parecer
sobre la situación británica. Desde la primavera de este año,
el término lo ha usado con frecuencia la clase dirigente en el Reino
Unido y Estados Unidos, junto con los medios de comunicación, para
describir la difícil situación de los albaneses en Kosovo
y el asesinato de los timoreses orientales. Lo primero justificó
aparentemente la agresión de la OTAN y el puenteo de NNUU,
lo que acabó en los ataques con misiles de la OTAN, el empleo de
bombas de uranio empobrecido y el ataque contra la infraestructura civil.
Esos ataques parece que sirvieron para aumentar el número de víctimas
mortales entre los civiles albaneses. Lo segundo terminó con la comunidad
internacional tomando cartas en el asunto, vía el CS, con demasiada
lentitud pero con respeto a lo establecido por la Carta en lo referente
a la soberanía nacional. Claramente, a pesar de su implicación
histórica en estas situaciones mortales, los dirigentes no se sintieron
responsables en absoluto al usar el término genocidio. Esto me fue
recordado la semana pasada durante una entrevista de la BBC. Otros son los
que cometen genocidio, nosotros no.
Más recientemente, en una clase que imparto en la Universidad
de Swarthmore, en Pensilvania, se discutió si era apropiado usar
el término genocidio para describir la crisis humanitaria en Iraq.
Revisamos con detenimiento la definición tal y como la estableció
la Convención sobre la Prohibición y Castigo del Crimen de
Genocidio de 1948. Se hizo notar la clara referencia a la expresión
intencional en tanto que esencial en cualquier determinación
de genocidio. Al detenernos sobre la resolución 687 del CS, no encontramos
la palabra intencional en el texto de 1991. Nadie se preguntó
si la justificación que dio hace años la entonces embajadora
ante NNUU, y hoy Secretaria de Estado, respecto de las muertes de unos quinientos
mil niños iraquíes implicaba genocidio intencional.
Con respecto a las consecuencias de la resolución 687, la clase
estableció la diferencia entre genocidio de hecho y genocidio de
derecho o, como un estudiante sugirió, entre asesinato en primer
grado u homicidio no premeditado. De aquí el título de esta
conferencia. La clase examinó con cuidado la resolución, pero
la mayoría de los estudiantes concedió el beneficio de la
duda a sus autores, y lo mismo hicieron los Estados miembros que apoyaron
y siguen apoyando la imposición de unas sanciones económicas
únicas por devastadoras y extensas establecidas en la resolución
687, particularmente devastadoras porque caían sobre una población
civil ya castigada por las bombas y los misiles de los aliados en la Guerra
del Golfo. Sin embargo, algunos, yo mismo entre ellos, que la continuación
deliberada del régimen de sanciones económicas de NNUU sobre
Iraq, con pleno conocimiento de su mortífero impacto, según
informes del Secretario General y otros, los Estados miembros del CS son
realmente culpables de mantener intencionadamente un régimen de genocidio.
La información ofrecida por varios organismos de NNUU: Organización
de la Agricultura y la Alimentación, el Programa de Alimentación
Mundial, la Organización Mundial de la Salud y UNICEF, que han realizado
estudios mediante expertos internacionales sobre la tasa de mortalidad infantil
en Iraq bajo las sanciones económicas, subraya que lo que hay es
un genocidio de facto. Han ofrecido datos que muestran un incremento anual
muy importante en esa tasa desde que la resolución 687 fue adoptada.
La Organización Mundial de la Salud nos ha facilitado datos que muestran
un aumento importante de muertes de adultos, particularmente entre los mayores
que necesitan medicinas no disponibles en Iraq.
Tenemos cifras de esta organización que muestran incrementos extraordinarios
de ciertos tipos de cáncer, lo que incluye leucemia infantil, desde
el empleo de uranio empobrecido por el Reino Unido y Estados Unidos en la
Guerra del Golfo. Hoy conocemos el triste coste humano en Iraq del agua
no potable, de la falta de energía eléctrica y de sistemas
de saneamiento inoperantes, como informó primero la misión
del entonces Vicesecretario General y hoy Presidente de Finlandia, Martti
Ahtisaari en 1991, y muchas veces desde entonces el Unicef y la Organización
Mundial de la Salud.
El informalmente denominado programa de petróleo por comida, que
como se sabe está totalmente pagado por Iraq mediante ventas limitadas
de petróleo controlado por NNUU, se diseñó para evitar
un deterioro mayor, nada más. La importación de alimentos,
medicinas y otros productos básicos por parte de Iraq, aprobada pero
fuertemente limitada por el CS, apenas ha hecho otra cosa que mantener la
alta tasa de mortalidad y la desnutrición masiva, tal y como atestigua
un reciente informe de UNICEF. Además de carencias alimenticias considerables,
lo que incluye falta de proteínas animales en ese programa, no se
aprecia que el CS permita que los ingresos del petróleo sirvan para
reparar verdaderamente el daño causado por los bombardeos de la infraestructura
civil de 1991, 1996 y el reciente de diciembre de 1998. Mediante esta acción,
el CS ha determinado deliberadamente bloquear el arreglo adecuado de los
sistemas de agua, electricidad y saneamiento, imprescindibles a la hora
de salvar las vidas de incontables niños y recién nacidos.
Con otras palabras, el CS, a través de sus Estados Miembros, permite
a sabiendas que se consuman alimentos junto con agua no potable, creando
así un foco de enfermedades que se extienden con ésta y que
ocasionan miles de muertes, particularmente entre niños y recién
nacidos.
Igualmente no se han facilitado divisas convertibles para requipar los
hospitales y otros centros de salud. La producción alimentaria carece
de productos esenciales que han de ser importados. En resumen: el CS ha
negado a Iraq su derecho a importar y al mismo tiempo su derecho a reparar
y reconstruir la infraestructura civil tan necesaria para el bienestar humano,
mejor dicho, para la misma supervivencia. Hablo de la infraestructura civil
que fue ilegalmente destruida en primer lugar por parte de los aliados en
violación de los Protocolos y Convenciones de Ginebra.
El CS, en efecto, ha violado la legalidad internacional dos veces. Primero
al atacar a hombres, mujeres y niños, no combatientes y civiles,
con sus bombas y misiles sobre la infraestructura civil en 1991 y después.
Segundo, de una forma más continuada y mortífera que con la
guerra, al matar a cientos de miles de niños y adultos iraquíes,
mediante el régimen de sanciones económicas totales actual.
Un embargo apoyado por la masiva presencia militar de Estados Unidos por
todo el Oriente Medio. Es una presencia militar que intimida no sólo
a mujeres y niños en Iraq, sino también a millones de personas
y sus gobiernos en la región. Tanto si uno decide considerar las
sanciones económicas sobre Iraq una forma de guerra o no, crímenes
contra la humanidad o no, la imposición mantenida de estas sanciones
constituye un castigo para millones y la muerte de cientos de miles seres
humanos inocentes. Cualquiera que sea el término y la semántica
empleados, los resultados son indiscutiblemente contrarios al espíritu
y la letra de numerosos tratados e instrumentos legales internacionales.
Con, o sin intención en un principio, el impacto de las sanciones
económicas constituye genocidio. Tanto si es genocidio de jure o
de facto, la semántica es irrelevante para esos iraquíes que
han visto morir a sus hijos y padres y su propia salud y la de la mayoría
deteriorarse hasta el punto de desnutrición, un estado de casi depresión
nacional y un ambiente de colapso social.
Dejo para otros más expertos que yo la pregunta del título:
el impacto genocida de las sanciones económicas contra Iraq, ¿es
asesinato en primer grado intencionado, u homicidio involuntario con negligencia
con resultado de muerte en cualquier caso? Sin embargo, me ocuparé
de una de las tragedias de la crisis de Iraq, por encima de la masiva pérdida
de vidas humanas, a saber, el daño irreparable que se ha hecho a
la integridad y la credibilidad de NNUU.
Con el mantenimiento de las sanciones económicas contra Iraq,
con el pleno conocimiento de sus mortíferas consecuencias, los Estados
Miembros del CS han socavado las mismas bases de la propia organización,
la Carta. Esto no niega que el recurso a las sanciones esté previsto
en el capítulo 7 de la Carta. Podría preguntarse cuáles
eran las intenciones y los fines de los vencedores de la Segunda Guerra
Mundial, cuando se redactó la Carta en 1945, en una época
en que la recién nacida Organización de NNUU estaba más
bien formada por grandes y poderosos Estados Miembros y no por pequeños
y débiles. Entonces, como hoy, el concepto de sanciones económicas,
bilaterales y también multilaterales, es más atractivo y viable
para los poderosos y los Estados grandes del tipo chulescos, que
para las pequeñas víctimas potenciales.
En cualquier caso, las sanciones contra Iraq, únicas por su naturaleza
total y prolongada, y las empleadas en cualquier otro lugar del mundo, han
socavado el mismo espíritu y los principios de la Carta de NNUU,
cuyo preámbulo invoca, entre otras cosas, el bienestar de toda la
Humanidad. Igualmente, las sanciones económicas prolongadas niegan
los derechos descritos en los artículos 25 y 26 de la Declaración
Universal de los Derechos Humanos, que afirman "(... ) el derecho
a un nivel de vida adecuado para la salud y el bienestar de cada uno y su
familia, lo que incluye comida, ropa, vivienda, atención médica
y servicios sociales necesarios"; y también que "la
maternidad y la infancia tienen derecho a un especial cuidado y asistencia"
y que "todos tienen derecho a la educación".
En realidad hay numerosas convenciones internacionales que son violadas
por el régimen continuado de sanciones económicas que no reparan
en el coste humano, la menor de las cuales no es la Convención sobre
los Derechos del Niño. Estos derechos se niegan intencionadamente
cada vez que un niño iraquí se queda sin comida suficiente,
sin un lugar en el que vivir decentemente, sin una atención médica
adecuada, sin una buena educación. Una generación de la Privación
por las sanciones ha sido creada por el CS. La negación por el CS
de los derechos del niño iraquí a un futuro, a la propia vida,
destruye lo que NNUU están llamadas a representar y llevar a cabo
por todo el mundo.
La lucha contra esta incompatibilidad entre la Carta y los instrumentos
legales internacionales con el impacto de la resolución 687 del CS,
llevaría a realizar diversas acciones. Una podría ser la iniciativa
por parte de la más amplia, más democrática y totalmente
representativa Asamblea General, de pedir el consejo de la Corte Internacional
de Justicia, y con ello afirmar significativamente su función inspectora
con respecto de las funciones del más poderoso aunque más
reducido y menos democrático CS. Otra podría ser el establecimiento
de una Organización No Gubernamental que vigile el impacto de las
resoluciones del CS en todo el mundo, y controlar su incompatibilidad con
la Carta, la Declaración Universal de Derechos Humanos y otros instrumentos
legales internacionales.
En conclusión, el impacto genocida de facto del régimen
de sanciones económicas sobre los iraquíes, violan los instrumentos
legales que son fundamentales para la credibilidad futura de NNUU. La Organización
necesita urgentemente la protección y un instrumento o instrumentos
de control respecto de las acciones del CS peligrosamente fuera de control.
Mientras tanto, todas las personas de conciencia, de integridad moral, continuarán
exigiendo el fin de los crímenes contra la Humanidad, en realidad
de genocidio, contra Iraq.
(Traducción del original en inglés
de Agustín Velloso)
Alto a la OTAN. El proyecto imperialista
neoliberal de la hegemonía de Estados Unidos
Samir Amin
I. Condenar las intervenciones de la OTAN
La intervención de la OTAN, en cualquier lugar, sean cuales sean
las circunstancias y las razones invocadas, es y será siempre inaceptable.
La OTAN fue creada en 1949 para asegurar -según decían-
la defensa de Europa occidental contra una eventual agresión de la
Unión Soviética. Que esta amenaza fuera real o no (y yo digo
que esta amenaza no existía, que la URSS no imaginó jamás
avanzar más allá de las fronteras del Tratado de Yalta), y,
en consecuencia, que la existencia de la OTAN haya sido una exigencia incontrovertible
o sólo el pretexto mediante el cual EEUU ha establecido su hegemonía
política sobre el conjunto del mundo capitalista, complementando
la supremacía económica de la que se benefició desde
el final de la II Guerra Mundial (y yo afirmo que la tutela de Europa era
el único objetivo verdadero de la OTAN), constituyen cuestiones históricas
que no examinaré aquí, aunque no sea más que porque
habiendo desaparecido de escena la URSS, la amenaza que hubiera podido representar
ya no existe.
Si he condenado categóricamente toda posible intervención
de la OTAN, es precisamente para distinguirla del derecho de los europeos
a asegurar su propia defensa. Este derecho, en el estado actual de desarrollo
de la civilización humana, es imprescriptible. Los Estados europeos
individual y colectivamente, a través de la Unión Europea
tienen, al igual que otras naciones del planeta, el derecho de constituir
fuerzas armadas capaces de resistir a cualquier agresor o de disuadirle.
E incluso si en el estado actual de las cosas nadie amenaza a Europa, este
derecho a la defensa continuará siendo incuestionable.
Pero la OTAN no es el instrumento adecuado para responder correctamente
a la cuestión planteada, puesto que la OTAN no es una alianza entre
iguales; sitúa necesariamente a los aliados europeos en posiciones
subalternas, obligados a alinearse en función de objetivos de Estados
Unidos. De Gaulle fue el único político europeo importante
posterior a la guerra que comprendió el vicio estructural que caracteriza
a esta organización.
La historia del último decenio, de la Guerra del Golfo a la de
Kosovo, demuestra que la OTAN interviene e intervendrá, exclusivamente
para servir a los intereses de EEUU y para nada más. La OTAN sólo
intervendrá si EEUU así lo decide, y no lo hará si
éste no quiere. La guerra de Kosovo ha proporcionado imágenes
fulgurantes por su brutalidad. Ciertamente EEUU ha intervenido aquí,
dando luz verde a la OTAN a petición expresa de los Estados europeos.
Circunstancia agravante, puesto que implica la responsabilidad absoluta
de estos últimos (y sobre todo de sus gobiernos socialistas) en esta
agresión, ya que está fuera de toda duda que Yugoslavia no
amenazaba con atacar a Europa.
La sucesión de los acontecimientos, una vez tomada la decisión
de intervenir, ilustra la asimetría EEUU/ Europa en la gestión
de la OTAN. Así hemos visto en las pantallas de televisión
a Clinton declarando con calculada arrogancia: "Yo he decidido esto
o esto otro", sin mencionar nunca autoridad alguna que no fuera
la de su país. Y hemos visto a los jefes de Estado y de gobiernos
europeos repetir al día siguiente las mismas declaraciones, aderezadas
con miserables contorsiones para hacer creer que esas decisiones habían
sido tomadas colectivamente, cosa que, evidentemente, no era verdad. Hasta
el punto en que parecían "Presidentes de Repúblicas Bananeras",
como han observado numerosos amigos latinoamericanos habituados a este tipo
de vulgares demostraciones de servidores de Washington. Si yo he afirmado
que Clinton ha cooperado gustoso en este asunto es porque el objetivo de
dar luz verde a la intervención de la OTAN era, por encima de todo,
romper toda veleidad de independencia de los Estados europeos y demostrar
que la Unión Europea no existía. Lo ha logrado.
Pero, se me responderá inmediatamente: esta intervención
tenía una causa noble porque era el único medio de salvar
a los albaneses de Kosovo de las atrocidades a las que el régimen
de Belgrado les sometía. Hay aquí un problema real que es
el de la articulación del principio de soberanía de las naciones,
por una parte, y de los principios relativos al respeto de los derechos
de los seres humanos y de los pueblos, por otra parte. Pero eligiendo conceder
prioridad absoluta a los segundos, violando brutalmente la soberanía
de las naciones, los europeos han puesto el dedo en un engranaje fatal que
destruye a largo plazo las posibilidades de progreso de la democracia y
del respeto de los pueblos.
Porque el principio de respeto a la soberanía de las naciones
continúa siendo la piedra angular del derecho internacional. Y si
la Carta de las Naciones Unidas decidió proclamarla, fue precisamente
porque este principio había sido negado por las potencias fascistas.
En su incisivo discurso pronunciado en 1935 ante la Sociedad de Naciones,
el emperador Hailé Selassié explicó claramente que
la violación de este principio -cobardemente aceptada por las democracias
de la época- hacía estallar los pilares de esta organización.
Que hoy este principio fundamental sea nuevamente violado con tanta brutalidad
por las mismas democracias, no constituye una circunstancia atenuante, sino
por el contrario, agravante. De paso ha anunciado ya el final poco glorioso
de unas Naciones Unidas que han sido tratada como una instancia que registra
decisiones tomadas en otra parte, y llevadas a cabo por otros.
La adopción solemne del principio de soberanía nacional
en 1945 se acompañaba, lógicamente, de la prohibición
de recurrir a la guerra. Los Estados están autorizados a defenderse
-contra el que viola su soberanía mediante la agresión- pero
son condenados por anticipado si son ellos los agresores. El recurso de
Yugoslavia al Tribunal de La Haya es, desde este punto de vista, irreprochable;
y si este Tribunal hubiera tenido el menor sentido del mismo Derecho que
está encargado de hacer respetar, no hubiera podido hacer otra cosa
que condenar a la OTAN, y pedir reparación. Cosa que es seguro que
no hará, demostrando que no hay Derecho Internacional desde que Washington
así lo ha decidido.
Sin duda la Carta de las Naciones Unidas había dado una interpretación
absoluta al principio de soberanía. Y el hecho de que hoy la opinión
democrática no acepte ya que este principio autorice a loas gobiernos
a hacer cualquier cosa con los seres humanos colocados bajo su jurisdicción,
constituye un progreso real de la conciencia universal. ¿Cómo
conciliar entonces estos dos principios que pueden entrar en conflicto?
De ninguna manera suprimiendo uno de los dos, bien sea la soberanía
de los Estados, o los derechos humanos.
La vía elegida por Estados Unidos, y detrás de él
por sus aliados europeos subalternizados, no solamente no es evidentemente
la buena, sino que oculta los verdaderos objetivos de la operación,
que no tienen nada que ver con los Derechos Humanos, a pesar del bombardeo
mediático que pretende hacerlo creer.
Si el objetivo real de esta operación fuera imponer el respeto
a los derechos de los albaneses de Kosovo, se habría elegido otro
método de intervención política, léase militar.
Voluntarios europeos hubieran acudido a luchar sobre el terreno contra los
criminales a sueldo de las autoridades de Belgrado, tal y como algunos han
propuesto pero no han tenido nunca el valor de hacer. El método elegido
ha sido el decidido por Washington, es decir el bombardeo terrorista de
todo un país. Y si se ha elegido este método es porque Washington
deseaba, a través de su puesta en escena, aterrorizar al mundo entero
y hacer comprender a todas las naciones que Estados Unidos posee los medios
necesarios para borrar su existencia del mapa. Los europeos, alineándose
tras esta opción criminal, han demostrado que la OTAN no es otra
cosa que el instrumento de la política de Washington.
Que el objetivo no era el aducido para justificarla, está más
que demostrado por el principio "dos pesos, dos medidas",
cuyos deslumbrantes ejemplos dan testimonio del cinismo de Estados Unidos
y detrás de él de sus aliados subalternos. Porque cuando se
invocan grandes principios, se exige al menos un mínimo de coherencia
en el discurso que se sostiene al respecto, y en las acciones que se emprenden
en su nombre. Y no es el caso.
Por esta razón veo en la guerra de Kosovo una dimensión
política peligrosa, preñada de amenazas para la democracia
y los derechos de los pueblos. No es mi intención ocultar las importantes
responsabilidades de las clases dirigentes locales que han optado todas
por el chovinismo étnico como instrumento para reconstruir en beneficio
propio una legitimidad sustitutoria de la del desaparecido titismo, fundamentado
en el progreso social y en la igualdad de las naciones. La limpieza étnica
ha sido pues practicada por todas las clases dirigentes, tanto en Croacia
(mediante la expulsión de los serbios que eran mayoría en
la Krajina), como en Bosnia (por cada uno de los tres componentes de este
Estado absurdo, pues si la coexistencia fuera posible en esta "pequeña
Yugoslavia", ¿por qué no lo sería en la grande?),
y en Serbia (Kosovo). Pero debemos constatar que Europa ha arrojado leña
al fuego con el reconocimiento casi inmediato de la independencia proclamada
unilateralmente por Croacia y Eslovenia, sin que fuera impuesta la menor
condición de respeto a los derechos de las minorías creadas
por el estallido de Yugoslavia. Esta opción no podía tener
otro efecto que envalentonar a los regímenes criminales correspondientes.
Todo esto fue dicho en su momento, pero los grandes medios de comunicación
silenciaron estos análisis críticos. Por otra parte estos
medios han practicado sistemáticamente el principio de "dos
pesos, dos medidas", utilizando sus mecanismos para denunciar aquí
la masacre y silenciarla en otra parte. Unos y otros, es decir los dirigentes
de Belgrado y los gobiernos europeos (como el de Estados Unidos), han fabricado
conjuntamente las condiciones del drama de Kosovo. Han construido las condiciones
para que el pueblo de esta provincia no tuviera más opción
que elegir entre dos alternativas igualmente trágicas e inaceptables:
someterse a las condiciones de Belgrado o situarse como protectorado controlado
por Estados Unidos. No dudaré en afirmar que los responsables políticos
de la OTAN no pueden haber sido tan idiotas como para no haberlo visto.
Por lo tanto, lo han querido.
Más allá de la ex-Yugoslavia, los ejemplos de adecuación
en el tratamiento de las situaciones a los intereses superiores de Washington
son tanto o más flagrantes.
Hay pueblos que tienen derechos que es preciso defender manu militari
-los albaneses de Kosovo y mañana, quizás, los tibetanos-
y muchos otros que no los tienen, como los palestinos, los kurdos de Turquía-,
porque reconocer sus derechos entorpecería la geoestrategia de Estados
Unidos. Si se ha abandonado a los kurdos a las atrocidades del ejército
turco, es simplemente porque a Estados Unidos le es útil la amistad
de Ankara para apoyar sus intereses en Transcaucasia y en Asia Central.
Esta deducción no es producto de mi imaginación. Robert E.
Hunter, representante de EEUU ante la OTAN hasta 1998, y posteriormente
consejero de la Rand Corporation, cuyas estrechas relaciones con
el establishment estadounidense son bien conocidas, escribe el 21
de abril en el Washington Post: " [Kosovo] constituye la
puerta de entrada a regiones de interés primordial para los occidentales
-el conflicto árabe-israelí, Iraq e Irán, Afganistán,
el Caspio y Transcaucasia. La estabilidad de Europa del Sur es esencial
para la protección de los intereses occidentales y la reducción
de los peligros que vienen de más al Este". Hunter no inventa
nada. Sabe de lo que habla, del acceso al petróleo de Asia Central
y al recorrido de los oleoductos que permiten controlar su exportación.
Así, frente a estos intereses prioritarios ¿qué pueden
valer las vidas de decenas de miles de kurdos?. Se puede pues dejar en manos
de sus asesinos al jefe de la rebelión, calificándole previamente
de terrorista, claro está. ¿Podríamos imaginar que
se dejara a los dirigentes albaneses en manos de Milosevic, pidiéndole
sólo hacer justicia correctamente? La misma preocupación
petrolera explica que los talibanes de Afganistán se beneficien del
apoyo de Washington, vía Riad [Arabia Saudí]. ¿Quién
mejor que ellos podrían garantizar la seguridad de un oleoducto que
transporta el petróleo de Turkmenistán hasta el mar de Omán?
Todo ello mientras, dicho sea de paso, la mayor parte de las organizaciones
feministas americanas, de las que se dice que jamás transigen cuando
los derechos de las mujeres son pisoteados, callan.
Si el gobierno de Belgrado ha cometido, sin duda alguna, atrocidades
en Kosovo, el de Kigali -con el apoyo explícito de algunos países
europeos- ha perpetrado un verdadero genocidio. Louise Arbour, responsable
del Tribunal Penal Internacional, cuya independencia ha sido cantada profusamente
por los medios de comunicación, persigue con encarnizamiento bien
conocido a los criminales serbios. Sin siquiera mantener la discreción
debida en materia de justicia, aunque sólo sea por guardar las formas,
el secretario de la OTAN no ha cesado de felicitar a esta señora
sin esperar siquiera el resultado de sus investigaciones. Mientras tanto,
se amontonan olvidadas pilas enteras de dossieres que establecen con precisión
los crímenes de cada uno de los responsables del genocidio de Ruanda.
Yo he escuchado miles de veces a jueces africanos ahogarse de indignación,
constatando que esos dossieres son deliberadamente ignorados por el Tribunal
de la señora Arbour. Sin duda, la inculpación de alguno de
estos presuntos asesinos que se pasean por las capitales europeas, podría
molestar a algunos diplomáticos y militares que la dama de hierro
de La Haya sitúa por encima de toda sospecha, de forma que cualquier
acusación que pudiese hacerles sombra, es evidentemente absurda.
En su artículo del Washington Post Hunter ha precisado
algunos objetivos "al Este de los Balcanes". Tratándose
de la paz en Oriente Medio, un lector ingenuo podría concluir que,
dado que los americanos no transigen jamás con sus principios, el
Pentágono se prepara para bombardear Israel y obligarle a aceptar
el regreso de los tres millones de palestinos expulsados de su país
por una política llevada a cabo sistemáticamente desde hace
cincuenta años, que continúa hasta hoy, y que difícilmente
puede admitir otro calificativo que el de "depuración étnica".
Pero un analista deformado por una paranoia antiamericana puede creer que
se trata, por el contrario, de terminar con los últimos núcleos
de resistencia a la expansión sionista. Se bombardeará pues
Siria -a quien no será difícil denunciar como "no
democrática"- y a Hezbollah en el sur de Líbano,
una organización terrorista islamista, evidentemente. De hecho es
lo que ha comenzado el 26 de junio de 1999, sin que hayan pasado siquiera
dos meses de que yo lo anunciara en mi comentario acerca de la doctrina
Clinton, publicado el al-Ahram Weekly del 5 de mayo. Madeleine Albright
sabía lo que hacía a finales de abril de 1999, imponiendo
"la paz en Oriente Medio", concebida a su manera, claro
está, como objetivo de las nuevas misiones de la OTAN. Y silencio
por parte de Europa, que ponía cara de creer que el siniestro [anterior
primer Ministro israelí] Netanyahu era el único responsable
de esta iniciativa.
En general, la democracia es objeto de un tratamiento cínico,
adaptado a las circunstancias. Ni los americanos, ni los europeos, transigen
con la causa de la democracia, nos dicen. Esta es sin duda la razón
por la que han sostenido al ilustre Mobutu hasta el final. Pero el errar
es humano, y el tiro ha sido corregido, sospechando en seguida que Kabila
no era necesariamente un demócrata convencido. Esa es sin duda la
razón por la que los occidentales combaten a lo que queda del MPLA,
que proviene del socialismo totalitario, y prefieren a Savimbi. Sin embargo
el pueblo angoleño, en elecciones no cuestionadas prefirió
"a los ladrones del MPLA, a los asesinos de Savimbi". Este
juicio popular, muy realista, no ha tenido la suerte de complacer a las
potencias occidentales, quienes continúan, sin duda alguna, prefiriendo
a los asesinos. Se podrían multiplicar los ejemplos hasta el infinito.
La verdad es que la OTAN -ya que esta organización se ha convertido
en la conciencia de la humanidad- no ha sido siempre muy practicante en
lo que concierne al respeto a los principios de la democracia. La participación
en ella del Portugal de Salazar no le ha planteado nunca grandes problemas
de conciencia; no más que la de Turquía o la de la Grecia
de los Coroneles.
El resultado de toda esta hipocresía y de todas estas mentiras
es visible: el discurso concerniente a la democracia, a los derechos de
los pueblos, etc., no goza de la menor credibilidad en Asia y en África
desde que se sabe que proviene de Occidente. Desgraciadamente los
demócratas europeos no quieren verlo. Nadie -y no exagero utilizando
este término- en Asia y en África, concede a los discursos
de los poderes y de los medios de comunicación occidentales sobre
estos temas otro sentido que el de maniobras engañosas destinadas
a ocultar objetivos imperialistas evidentes. Y si algunos diplomáticos
taimados y las ONG, cuya supervivencia depende del sostén financiero
de los occidentales, rehúsan proclamarlo, esto no cambia sustancialmente
la realidad de las cosas. Es posible que una comunidad concreta haya sido
colocada en una situación tal que la intervención occidental
-independientemente de los motivos que esta invoque- sea percibida como
la única tabla de salvación. Pero aún en ese caso,
sólo se trata de grupos restringidos, instrumentalizados -aunque
sea a pesar de ellos o sin que ellos sean conscientes- por los poderes dominantes
del sistema mundial.
No son éstos resultados de los que haya que alegrarse, pues constituyen
un serio obstáculo para el desarrollo de un frente internacional
de lucha por la democracia. No obstante los pueblos de Asia y África
aspiran, no sólo a un mayor bienestar material, sino a la democratización
de sus sociedades, aunque sea de forma diversa. La hipocresía y la
mentira de los países de la OTAN constituyen los aliados más
eficaces de los enemigos de la causa del progreso y la democracia. El hecho
de que la gran mayoría de las izquierdas europeas se hayan alineado
detrás de Washington, de su estrategia intervencionista y de los
instrumentos de terror que utiliza, constituye hoy un obstáculo suplementario
para toda causa universalista. Hoy, Blair y Schröeder aparecen, no
solamente como los enterradores más peligrosos de las tradiciones
que han honrado a la izquierda europea, sino como serviles agentes de ejecución
del proyecto americano antieuropeo. Su asociación con Clinton en
un discurso llamado de Tercera Vía no debe llevar a forjar
ilusión alguna.
Si los motivos invocados por los hegemónicos americanos y sus
aliados europeos no tiene nada que ver con los objetivos reales de sus intervenciones,
¿cuales son entonces estos objetivos?
II. El proyecto imperialista neoliberal de la
hegemonía de Estados Unidos y el hundimiento del proyecto europeo
Las clases dirigentes de los países de la Tríada (Estados
Unidos y Canadá, Unión Europea, Japón) que constituyen
los centros desarrollados del capitalismo mundial, y el conjunto de fuerzas
políticas que les representan, desde la derecha clásica a
la izquierda mayoritaria (socialista) han diseñado y desarrollan
desde hace 20 años una doctrina llamada neoliberal, fundada
sobre el principio de la garantía de máxima libertad para
los mercados llamados desregulados, tanto en el plano nacional como en el
sistema mundial. El proyecto concede prioridad a las estrategias de expansión
desplegadas por las fuerzas dominantes del capital -las transnacionales-
y se dedica a someter a esta exigencia prioritaria al conjunto de políticas
llevadas a cabo en todos los aspectos de la vida social, incluidos, claro
está, aquellos que atañen al orden internacional y a la geoestrategia.
El desarrollo de la posguerra (1945-1975) se fundamentó en la
complementariedad de los tres grandes proyectos sociales de la época,
a saber:
i. en Occidente el proyecto de estado del bienestar de la socialdemocracia
nacional, que asentaba su acción sobre la eficacia de sistemas productivos
nacionales interdependientes;
ii. el proyecto que yo he titulado Proyecto de Bandoung de la
construcción nacional burguesa de la periferia del sistema (la ideología
del desarrollo);
iii. y, finalmente, el proyecto soviético de un "capitalismo
sin capitalistas", con relativa autonomía en relación
con el sistema mundial dominante. La doble derrota del fascismo y del viejo
colonialismo había creado en efecto una coyuntura que permitía
a las clases populares y a los pueblos víctimas de la expansión
capitalista imponer formas de regulación a la acumulación
de capital -a los cuales el capital mismo fue obligado a atenerse- que
han sido la base de esta fase de desarrollo.
La crisis que se produjo a continuación (a partir de 1968-1975)
es la de la erosión primero y del hundimiento después, de
los sistemas sobre los cuales reposaba el escenario anterior. El período,
que no está cerrado, no es pues el de la puesta en escena de un nuevo
orden mundial, como se complacen diciendo demasiado a menudo, sino el de
un caos que está lejos de estar sobrepasado. Las políticas
puestas en práctica en estas condiciones no responden a una estrategia
positiva de expansión del capital, sino que tratan solamente de gestionar
la crisis. No lo lograrán, porque el proyecto espontáneo
producido por la dominación inmediata del capital, en ausencia de
los límites que pudieran imponerle las fuerzas sociales, mediante
reacciones coherentes y eficaces, no es más que una utopía:
la de la gestión del mundo por lo que se llama el mercado;
es decir los intereses inmediatos, a corto plazo, de las fuerzas dominantes
del capital.
La historia moderna se ha desarrollado de forma que a las fases de reproducción
sobre la base de sistemas de acumulación estables, suceden momentos
de caos. En las primeras de estas fases, como lo fue del impulso de la posguerra,
el desarrollo de los acontecimientos da la impresión de una cierta
monotonía, porque las relaciones sociales que constituyen su arquitectura
están estabilizadas. Estas relaciones son pues reproducidas por el
funcionamiento de dinámicas en el sistema. En estas fases se dibujan
claramente los sujetos históricos activos, definidos y precisos (las
clases sociales activas, los Estados, los partidos políticos y las
organizaciones sociales dominantes) cuyas prácticas parecen sólidas
y cuyas reacciones son previsibles casi en cada circunstancia; al igual
que las ideologías que les mueven, se benefician de una legitimidad
que parece incontestable. En estos momentos, aún si las coyunturas
pueden cambiar, las estructuras permanecen estables. La previsión
es entonces posible, e incluso fácil. El peligro aparece cuando se
prolongan demasiado estas previsiones, como si las estructuras en cuestión
fueran eternas, como si marcaran "el fin de la Historia".
Al análisis de las contradicciones que minan estas estructuras, se
le sustituye ahora por lo que los postmodernos han definido justamente como
"grandes narraciones", que proponen una visión lineal
de un movimiento impulsado por la "fuerza de las cosas",
"las leyes de la Historia". Los sujetos de esta historia
desaparecen para dejar el lugar a las lógicas estructurales, llamadas
objetivas.
Pero las contradicciones en cuestión, hacen su trabajo de zapa
y un día u otro estas estructuras, llamadas estables, se hunden.
La historia entra entonces en una fase que posiblemente se calificará
más tarde como de transición, pero la fase en cuestión
es vivida como una transición hacia lo desconocido. Se trata de una
fase en el curso de la cual cristalizan lentamente nuevos sujetos históricos,
que inauguran a tientas nuevas prácticas y construyen legitimaciones
mediante nuevos discursos ideológicos a menudo confusos en un principio.
Solamente cuando estos procesos de cambio cualitativos hayan madurado suficientemente
aparecerán las nuevas relaciones sociales definitorias de los sistemas
post-transición. Yo he empleado hace tiempo el término
de caos (1) para describir estas situaciones,
a pesar de que he creído útil no reducir la naturaleza de
este tipo de caos específico de la vida social a las teorías
matemáticas de la no linealidad y del caos, válidas sin duda
en otros terrenos (la meteorología, evidentemente) pero cuyas características
es peligroso extrapolar a la vida social, porque aquí la intervención
de los sujetos de la historia es decisiva. No hay historia sin sujeto, he
dicho yo, y la historia no es el producto de fuerzas metahistóricas
anteriores a ella misma.
La crisis se expresa por el hecho de que los beneficios extraídos
de la explotación capitalista no encuentran salidas suficientes en
inversiones rentables susceptibles de desarrollar las capacidades de producción.
La gestión de la crisis consiste entonces en encontrar "otras
salidas" a este excedente de capitales flotantes con el objeto
de evitar su desvalorización masiva y brutal. La solución
de la crisis requeriría por el contrario la modificación de
las reglas sociales que rigen el reparto de beneficios, el consumo, las
decisiones de inversión, es decir otro proyecto social coherente,
distinto del fundado sobre la exclusiva Ley de Rentabilidad.
La gestión económica de la crisis se dirige sistemáticamente
a desregular, debilitar las rigideces sindicales, desmantelarlas
si es posible, liberalizar los precios y los salarios, reducir el gasto
público (sobre todo las subvenciones y los servicios sociales), privatizar,
liberalizar las relaciones con el exterior, etc. Desregular es, por
otra parte, un término equívoco. No existen mercados desregulados,
excepto en la economía imaginaria de los economistas puros.
Todos los mercados están regulados y funcionan con esta condición.
De lo que se trata es saber cómo y por quién están
regulados. Detrás de la expresión de desregulación
se oculta una realidad inconfesable: la regulación unilateral de
los mercados por el capital dominante. No obstante, el hecho de que la liberalización
en cuestión encorsete a la economía en una espiral involutiva
de estancamiento y se manifieste como ingobernable a escala mundial -multiplicando
conflictos que no puede controlar- es ocultado mediante la repetición
mágica de la idea de que el liberalismo está preparándose
para un desarrollo futuro calificado como sano.
La mundialización capitalista exige que la gestión de la
crisis se efectúe a este mismo nivel. Esta gestión debe hacer
frente al gigantesco excedente de capitales flotantes que genera la sumisión
de toda la maquinaria económica al exclusivo criterio del beneficio.
La liberalización de las transferencias internacionales de capitales,
la adopción de tipos de cambio flotantes, los elevados tipos de interés,
el déficit de la balanza exterior americana, la deuda externa del
tercer mundo, las privatizaciones constituyen en su conjunto una política
perfectamente racional que ofrece a estos capitales flotantes la salida
de una huida hacia adelante en la inversión financiera especulativa,
alejando o por lo menos retrasando el mayor peligro, el de una desvalorización
masiva del excedente de capital. Nos podemos hacer una idea de las enormes
dimensiones de este excedente, recordando dos cifras: la del comercio mundial,
que es del orden de los tres billones de dólares al año y
la de los movimientos internacionales de los capitales flotantes, que se
sitúa en torno a los 80 a 100 billones de dólares, es decir
30 veces mayor.
Esta fase, considerada en su conjunto, es la de la hegemonía de
Estados Unidos, que se fortalece más que nunca, a pesar de que en
cierta forma, esté en crisis. Decir esto, supone un concepto de hegemonía
que es a la vez multidimensional, relativo y está permanentemente
amenazado. Multidimensional en el sentido de que no es solamente económica
(productividad más elevada en los sectores claves de la producción,
iniciativa en los descubrimientos tecnológicos, peso decisivo en
los intercambios comerciales mundiales, control de la divisa clave del sistema,
etc.), sino tanto política e ideológica (entiéndase,
cultural), como militar. Relativa, porque la economía capitalista
mundial no es un imperio planetario gobernado por un centro único.
El centro hegemónico debe contraer necesariamente compromisos con
los otros, aunque se sitúen en la posición de dominados y
mucho más si se resisten a asumir este papel. Desde este punto de
vista, la hegemonía está siempre amenazada por la evolución
de la correlación de fuerzas entre los componentes del sistema mundial.
Si contemplamos la dimensión económica en el sentido estricto,
medida de forma aproximada por el PIB per cápita y las tendencias
estructurales de la balanza comercial, concluiremos que la hegemonía
americana, aplastante en 1945, se hunde en los años 60 y 70 ante
el brillante impulso europeo y japonés. Los europeos no dejan de
recordarlo en términos bien conocidos: la Unión Europea constituye
la primera fuerza económica y comercial a escala mundial, etc, afirmación
que resulta un poco apresurada, pues si bien hay un mercado único
europeo, representado por una moneda única, una única economía
europea no existe, o al menos, no todavía. No hay un "sistema
productivo europeo", como existe el sistema productivo de Estados
Unidos. Las economías instaladas en Europa por las burguesías
históricas de los Estados correspondientes y la construcción
en este marco de sistemas productivos nacionales autocentrados (incluso
si al mismo tiempo éstos son abiertos e incluso agresivamente abiertos)
han permanecido básicamente como tales. No hay transnacionales europeas,
sino exclusivamente transnacionales británicas, alemanas, francesas,
etc. Las únicas excepciones han sido el resultado de cooperaciones
interestatales en el sector público, de las cuales Airbus es
el prototipo (y esta observación es importante porque recuerda el
papel decisivo de la acción del sector público en la eventual
transformación de las estructuras). No hay interpenetración
de capitales nacionales, o más exactamente, esta interpretación
no es más densa en las relaciones intraeuropeas que las que cada
una de las naciones europeas mantiene con Estados Unidos y Japón.
De esta manera si los sistemas productivos europeos están erosionados,
debilitados, por la llamada "interdependencia mundializada",
hasta el punto de que las políticas nacionales pierden una buena
parte de su eficacia, es precisamente en beneficio de la mundialización
y de las fuerzas que la dominan y no precisamente en el de una "integración
europea", todavía casi inexistente.
Si tomamos en consideración otros aspectos de la vida económica
como la innovación tecnológica o el lugar ocupado por la moneda
nacional en el sistema monetario internacional, la asimetría entre
Estados Unidos y la Unión Europea es más acusada. Se pueden
discutir aspectos concernientes a la innovación tecnológica,
aunque la superioridad militar de Estados Unidos continúa siendo
el vehículo principal de una ventaja norteamericana difícilmente
cuestionable. Por otra parte, la investigación militar produce efectos
civiles decisivos (véase Internet, por ejemplo). En cuanto a las
ventajas que representa para Estados Unidos el uso del dólar como
instrumento de regulación internacional dominante (lo que les permite
sostener un déficit permanente de su balanza exterior atenuando de
la misma forma las consecuencias de una pérdida de competitividad
ante los mercados mundiales) no parecen amenazadas por el euro. Mi opinión
es que, en tanto no haya una economía europea integrada, la adopción
del euro como moneda común continuará siendo frágil
y tendrá dificultades para suplantar al dólar a escala mundial.
Si bien la gestión de la crisis ha sido catastrófica para
las clases trabajadoras y los pueblos de la periferia, no ha sido así
para todos. Esta gestión ha sido muy fructífera para el capital
dominante. La desigualdad en el reparto social de los beneficios, cuya aceleración
ha sido enorme en casi todo el mundo, si bien ha creado mucha pobreza, precariedad
y marginación para unos, ha fabricado también muchos nuevos
millonarios, quienes sin ningún pudor se jactan de "vivir
la mundialización feliz".
Se nos había presentado durante años la vuelta a un "capitalismo
puro y duro" como elemento constituyente del "fin de la
Historia". Pero he aquí que la gestión de este sistema,
golpeado por una crisis permanente, en el marco de la mundialización
neoliberal que se pretendía "sin alternativa", ha
entrado en la fase de su hundimiento.
Las crisis de los países del Sudeste Asiático y de Corea
era previsible y había sido prevista por analistas críticos
de estos países. En un primer momento, a partir de los años
80 estos países, y también China, supieron obtener beneficio
de la crisis incrementando su inserción en la mundialización
de los intercambios (por su "ventaja relativa" de mano
de obra barata), llamando a las inversiones extranjeras, pero manteniéndose
apartados de la mundialización financiera e inscribiendo sus proyectos
de desarrollo en una estrategia regida a escala nacional (en lo que se refiere
a China y a Corea, no a los países del Sudeste Asiático).
A partir de los años 90, Corea y el Sudeste Asiático se abrieron
progresivamente la mundialización financiera, mientras que China
e India iniciaban una evolución en este sentido. Atraídos
por las elevadas tasas de crecimiento de la región, los excedentes
de capitales extranjeros flotantes afluyeron hacia la zona produciendo,
no tanto una aceleración del crecimiento, sino una inflación
de valores mobiliarios y de inversiones inmobiliarias. Tal y como se había
previsto, la burbuja financiera explotó pocos años más
tarde. Las reacciones políticas que se perfilan frente a esta gran
crisis son en más de un aspecto nuevas, diferentes de las que se
produjeron ante las crisis de México, por ejemplo. Estados Unidos,
y en su estela Japón, trata de sacar beneficios de la crisis coreana,
desmantelando su sistema productivo (con el falaz pretexto de que está
controlado por los monopolios) y subordinándole a las estrategias
de los oligopolios americanos y japoneses. Los poderes de la región
intentan resistir cuestionando su inserción en la mundialización
financiera (restablecimiento del control de los cambios en Malasia), o -en
lo que concierne a China y a India- eliminando de su agenda su participación
en ella. Es este hundimiento del sector financiero de la mundialización
el que ha obligado al G7 a abordar una nueva estrategia, abriendo una crisis
del pensamiento liberal.
La crisis rusa de agosto de 1998 no es el producto de un contagio
de la del Sudeste Asiático, como se dice a menudo. Era igualmente
previsible -y fue prevista- porque es el producto de políticas puestas
en práctica desde 1990. Estas políticas han ofrecido al capital
dominante a escala global, directamente y a través de su alianza
con los intermediarios comerciales y financieros rusos, la ocasión
de desarrollar una estrategia de pillaje de las industrias del país,
mediante la transferencia masiva de la plusvalía generada por estas
a los intermediarios y al capital extranjero. La destrucción de sectores
enteros de capacidades productivas del país -y la perspectiva de
ser reducidos al status de exportador de productos petrolíferos y
mineros- obedece igualmente a objetivos geoestratégicos. Más
allá del descalabro social que provoca, esto prepara un caldo de
cultivo favorable para un desmantelamiento político del país,
a continuación del de la ex-URSS. Pues para Estados Unidos, tanto
Rusia, como India y China son países demasiado grandes -sólo
Estados Unidos está autorizado a ser un gran país-, una amenaza,
aunque sea hipotética, a su hegemonía. La marcha de este sistema
hacia la crisis se aceleró cuando, a partir de los años 1994-1996,
Rusia entró en la mundialización financiera. Pero es interesante
señalar aquí que la reacción política a esta
crisis conllevará quizás un cambio en la estrategia de la
transición al capitalismo y el restablecimiento de un mínimo
de control nacional sobre éste.
Las crisis políticas en Oriente Medio, en la ex-Yugoslavia, en
África Central..., demuestran igualmente que la gestión política
de la mundialización, asociada a la hegemonía de Estados Unidos,
se enfrenta a dificultades crecientes. En Oriente Medio, el proyecto americano-israelí
de creación de una zona económica y financieramente integrado
bajo el control de Washington y Tel Aviv está paralizado, a pesar
del apoyo incondicional que los regímenes autocráticos y los
protectorados norteamericanos del Golfo, bajo la ocupación militar
de Estados Unidos, le garantizan. Ante este fracaso, Washington ha optado
por un apoyo decidido al proyecto expansionista de Israel, aunque sea violando
abiertamente los Acuerdos de Oslo. Tanto en la ex-Yugoslavia como en África
Central, el caos creado por las opciones neoliberales, que fortalecen incesantemente
los secesionismos étnicos, no encontrará ninguna solución
-ni siquiera militar- en el marco del sistema neoliberal global.
Es precisamente desde este punto de vista desde el que es preciso analizar
el plan cortafuegos iniciado por el G7. He aquí que de un
día para otro, el G7 cambia de lenguaje. El término de regulación,
hasta ahora prohibido, vuelve a encontrar un lugar en las resoluciones de
esta instancia. Ahora es preciso, dicen, "regular los flujos financieros
internacionales". El economista jefe del Banco Mundial, Stiglitz
, propone abrir un debate con el fin de definir un nuevo "consenso
post-Washington" . El especulador George Soros ha publicado una
obra con un título elocuente: La crisis del capitalismo mundial.
El integrismo de los mercados, que supone todo un alegato para "salvar
al capitalismo del neoliberalismo". Pero no nos dejemos engañar:
se trata de una estrategia que persigue los mismos objetivos, es decir,
abrir el capital a la ofensiva de Estados Unidos y el hundimiento del proyecto
europeo.
Se puede encontrar en el Magazine del New York Times del
28 de marzo de 1999, un instructivo artículo relativo a la estrategia
política de Estados Unidos. Su contenido se sintetiza en una elocuente
imagen que ocupa toda una página de la revista: un gran guante de
boxeo con los colores americanos, acompañado del texto siguiente
que cito literalmente: "Lo que el mundo necesita: la mundialización
sólo funcionará si Estados Unidos actúa con la fuerza
todopoderosa (almighty: calificativo que habitualmente se reserva
a Dios-) que le confiere su calidad de superpotencia". Y la
razón por la cuál los puñetazos anunciados serán
necesarios se explicita en los siguientes términos: "la mano
invisible del mercado, jamás funcionará sin el puño
invisible. Mac Donald no prosperará sin la Mac Donnell Douglas, que
ha construido el F15. El puño invisible que garantiza un mundo seguro
para la tecnología de Silicon Valley se llama ejército, aviación,
marina y Cuerpo de Marines de Estados Unidos". El autor no es un
cómico provocador, sino Thomas Friedman, consejero de Madeleine Albright.
Nuestro discurso se sitúa muy lejos de los mensajes adormecedores
sobre el mercado autoregulado garante de la paz que nos ofrecen los economistas
de moda. En la cita se puede apreciar que los beneficios de Mac Donald se
sitúan como indicador de progreso de la civilización occidental.
Más importante es darse cuenta de que la clase dirigente americana
sabe que la economía es política y que son las correlaciones
de fuerzas- las militares incluidas- las que dirigen y controlan los mercados.
No habrá "mercado mundial" sin imperio militar americano,
dicen ellos. Este artículo no es sino uno más entre miles
semejantes. Si esta sinceridad brutal es posible allá, es porque
los medios de comunicación están lo suficientemente controlados
como para que los objetivos estratégicos del poder no puedan ser
jamás objeto de debate; por el contrario, el campo de expresión
se muestra libre, hasta lo burlesco, en lo que se refiere a los individuos,
y con ellos a los conflictos en el seno de la clase dominante, que aparecen
absolutamente incomprensibles en estas condiciones. No existe allí
fuerza política capaz de desasosegar una opinión pública
manipulada sin dificultad.
Más curioso es el silencio de los poderes europeos, y de algunos
otros que parecen no leer la prensa del otro lado del Atlántico -no
me puedo creer que ignoren sus objetivos- e impiden a sus adversarios políticos
evocar siquiera la existencia misma de una estrategia global de Washington,
acusándoles simplemente de alimentar una visión conspiratoria
de la historia e incluso de comportarse como iluminados viendo en todas
partes dibujarse la sombra del "Gran Satán".
Sin embargo la estrategia en cuestión es nítida. Estados
Unidos está menos convencido de lo que lo están en apariencia
sus aliados europeos de las virtudes de la competencia y de sus mecanismos,
los cuales -por otra parte- violan impunemente cada vez que sus intereses
están en juego. Washington sabe que sin su hegemonía militar,
Estados Unidos no puede imponer al mundo la financiación de su deuda
externa, condición indispensable para mantener artificialmente su
posición económica.
El instrumento privilegiado de esta hegemonía es pues militar,
como lo dicen y lo repiten hasta la saciedad las más altas autoridades
de Estados Unidos. Esta hegemonía, que garantiza a su vez la de la
Tríada sobre el sistema mundial, exige que sus aliados acepten navegar
en la estela americana, tal y como reconocen Gran Bretaña, Alemania
y Japón sin ningún tipo de prejuicio, ni siquiera cultural.
Pero súbitamente los discursos que los políticos europeos
utilizan para ilustrar a sus auditorios acerca de la potencia económica
de Europa han perdido toda su credibilidad. Situándose exclusivamente
sobre el terreno de las disputas mercantiles, sin proyecto propio, Europa
está derrotada de antemano. Lo saben bien en Washington.
El instrumento principal al servicio de la estrategia elegida por Washington
es la OTAN, hecho que explica su supervivencia tras el hundimiento del adversario
contra el cuál la organización fue creada. La OTAN habla hoy
en nombre de "la comunidad internacional", mientras manifiesta
su desprecio hacia el principio democrático que gobierna esta comunidad
a través de Naciones Unidas. En los debates americanos relativos
a la estrategia global en cuestión, raramente se trata de los derechos
del hombre o de la democracia. Estos solamente se invocan cuando es útil
para su puesta en práctica. De ahí el pasmoso cinismo y el
uso sistemático de la regla "dos pesos, dos medidas".
El objetivo declarado de esta estrategia es no tolerar la existencia
de ninguna potencia capaz de resistirse a las ingerencias de Washington
y para lograrlo se trata, tanto de desmantelar todos los países que
estiman "demasiado grandes", como de crear el máximo
de Estados peones, plataformas dóciles para el establecimiento de
bases americanas que aseguren su protección. Un único
Estado tiene derecho a ser grande, Estados Unidos, tal y como han
afirmado sus dos últimos presidentes.
El método utilizado no se reduce solamente al control mediático
y a la manipulación informativa. Se trata de situar a los pueblos
frente a alternativas, todas ellas inaceptables: aceptar la opresión,
desaparecer, o aceptar el protectorado de EEUU. Para esto hay que levantar
un muro de silencio sobre las políticas que han conducido al drama.
El ejemplo de Kosovo es, en este sentido, deslumbrante. Envalentonados por
su éxito en la Guerra del Golfo, Estados Unidos se ha implicado ahora
en los asuntos europeos, instrumentalizando las crisis yugoslavas y persiguiendo
diferentes objetivos entre los cuales la sumisión de la Unión
Europea no es el menor.
Esta intervención sistemática de Estados Unidos reposa
sobre tres principios:
- La sustitución brutal de Naciones Unidas por la OTAN cono instrumento
de gestión del orden internacional.
- La alineación de Europa con los objetivos estratégicos
de Washington.
- La utilización de métodos militares para reforzar la
hegemonía americana: bombardeos sin riesgo y utilización
supletoria de tropas europeas en una eventual intervención sobre
el terreno.
Las consecuencias de estas opciones son catastróficas desde todos
los puntos de vista. Han vaciado de toda credibilidad los discursos sobre
la democracia y los derechos de los pueblos. Revelan el objetivo estratégico
real, más allá de Serbia, Rusia y China, tal y como los estrategas
americanos escriben abiertamente. De la misma forma la OTAN se manifiesta
abiertamente como instrumento del expansionismo americano y no de la defensa
europea, constriñendo a la Unión Europea a un alineamiento
aún más severo que el impuesto en el pasado bajo el pretexto
de la Guerra Fría.
La única opción que habría tenido sentido para Europa,
habría sido inscribir su construcción en la perspectiva de
un mundo multipolar. El margen de autonomía que definía esta
opción habría permitido la creación de un proyecto
legitimado socialmente, en la mejor tradición humanista europea.
Esta opción hubiera implicado, evidentemente, reconocer a Rusia,
a China y a cada uno de los grandes regímenes del mundo el mismo
margen de autonomía. Requería pasar definitivamente la página
de la OTAN, en beneficio de la concepción de una fuerza de defensa
europea, integrada de forma gradual al ritmo de los progresos de la propia
construcción política europea. De la misma manera supondría
el establecimiento de formas de regulación adecuadas, tanto a escala
europea, cono a nivel del sistema mundial sustituyendo a las formas dominantes
de Breton Woods, la OMC y el AMI.
Optando por una mundialización liberal, Europa ha renunciado de
hecho a utilizar su potencial de competitividad económica y se ha
situado en la órbita de las ambiciones de Washington.
Que los Estados europeos hayan elegido esta vía, pone de manifiesto
la fragilidad del proyecto europeo mismo, e incluso que este proyecto no
supone más que una prioridad subalterna en la escala de las visiones
políticas dominantes. De hecho la opción fundamental de Gran
Bretaña desde 1945 es consolarse de la pérdida de su papel
imperial, reviviéndole mediante procuración a través
de Estados Unidos. El de Alemania, habiendo renunciado a su loco sueño
nazi de conquista del mundo, consiste en limitar sus ambiciones a escala
de sus medios reconstituyendo su zona de influencia tradicional en dirección
a la Europa del Este y del Sudeste, en la estela de la estrategia de hegemonía
mundial de Washington. Por razones un poco análogas Japón
-frente a China e incluso a Corea- inscribe igualmente sus ambiciones de
expansión estrictamente regionales en esta misma perspectiva americana
global.
¿Puede el proyecto europeo ser salvado de la debacle? Estando
las cosas como están, el único camino para remontar esta pendiente
que conduce a convertir en insignificante el proyecto europeo, requeriría
que las fuerzas políticas implicadas en él -en Francia, en
Alemania, en Italia- lo reconduzcan en función de lo inmediatamente
posible. Es decir, volver a un concepto más modesto de una "Europa
de las Naciones" a la espera de la maduración progresiva
de una cooperación que vaya profundizándose gradualmente.
Esto implicaría a su vez un acercamiento amistoso -y no agresivo-
a Rusia, a China y al Tercer Mundo y, en este marco, a una revitalización
de las funciones de Naciones Unidas. Una vez más es preciso constatar
que esta no es la opción hecha por los gobiernos europeos, incluidos
los mayoritariamente socialistas. La prioridad concedida a la gestión
ultraconservadora de una moneda común ilusoria, el apoyo a un liberalismo
mundializado y a la estrategia de la hegemonía americana, se sitúa
contra el proyecto de un mundo multipolar y conduce a las peores catástrofes,
tanto para Europa, como para el resto del mundo.
Alinearse con esta estrategia de Estados Unidos y de sus aliados subalternos
de la OTAN tienen consecuencias dramáticas. Naciones Unidas está
ya en fase de sufrir la misma suerte que la Sociedad de Naciones. A pesar
de que, evidentemente (y afortunadamente), la sociedad americana no es la
de la Alemania nazi, para los dirigentes de Washington -como, por otra parte,
sucede con los de Berlín- la fuerza se ha erigido en principio supremo,
en menosprecio de un Derecho Internacional al cual el discurso dominante
ha sustituido por un curioso "deber de injerencia" que
recuerda la "misión civilizadora" del imperialismo
del siglo XIX.
La lucha por la democracia continuará siendo perfectamente ineficaz
si se acompaña de la sumisión a la hegemonía americana.
El combate por la democracia y contra la hegemonía de Washington
es indisociable.
III. El imperialismo, estado permanente del
capitalismo
1. La situación tras el hundimiento de los
proyectos sociales de la posguerra
Durante mucho tiempo -desde la revolución industrial de principios
del siglo XIX hasta 1930 (para la Unión Soviética) y hasta
1950 (en lo que concierne al Tercer Mundo)- el contraste centros/periferia
del sistema mundial moderno era prácticamente sinónimo de
la oposición entre países industrializados y no industrializados.
Las revueltas de las periferias -adoptando la forma de revoluciones socialistas
(Rusia, China) o de liberación nacional- han puesto en cuestión
esta antigua forma de la polarización comprometiendo a sus sociedades
en procesos de modernización e industrialización. Gradualmente,
el eje alrededor del cual se organiza el sistema capitalista mundial, el
que definirá las formas futuras de la polarización, se ha
constituido alrededor de lo que yo llamo los cinco nuevos monopolios
de los cuales se benefician los países de la Tríada dominante,
y que son:
- Los monopolios en el ámbito de la tecnología; monopolios
que exigen gastos gigantescos, a los que sólo el Estado -el grande
y rico Estado- puede hacer frente.
- Los monopolios que operan en el terreno del control de los flujos financieros
de envergadura mundial. La liberalización de la implantación
de las instituciones financieras mayores, que actúan sobre el mercado
financiero mundial, ha dado a estos monopolios una eficacia sin precedentes;
y el capital financiero constituye el segmento más mundializado
del capital. El modelo capitalista angloamericano pone el acento sobre
este monopolio, al que intenta dotar de una legitimidad particular.
- Los monopolios que actúan sobre el acceso a los recursos naturales
del planeta.
- Los monopolios que operan en los campos de las telecomunicaciones y
de los medios de comunicación, quienes no solamente uniformizan
por la base la cultura mundial que ellos vehiculan, sino que abren nuevos
caminos a la manipulación política.
- Finalmente, los monopolios que actúan en la esfera de las armas
de destrucción masiva. Limitado por la bipolaridad de la posguerra,
este monopolio es de nuevo el arma absoluta cuyo uso exclusivo, como en
1945, se reserva la diplomacia norteamericana. Si la proliferación
comporta peligros de rearme, a falta de un control mundial democrático
y de desarme verdaderamente global, no hay ningún otro medio para
combatir este inaceptable monopolio.
Tomados en conjunto, estos cinco monopolios definen el marco en el cual
la ley del valor mundializada se expresa. Lejos de ser la expresión
de una racionalidad económica pura, que se pudiera separar
de su marco social y político, la ley del valor es la expresión
condensada del conjunto de estos factores. Ellos anulan el esfuerzo de industrialización
de las periferias, devalúan el trabajo productivo realizado en estas
condiciones, en tanto que sobrevaloran el pretendido valor añadido
vinculado a las actividades para las que operan los nuevos monopolios en
beneficio de los centros. Producen pues una nueva jerarquía en el
reparto de los beneficios a escala mundial, más desigual que nunca,
subalternizan las industrias de las periferias y las reducen al estatuto
de actividades precarizadas. La polarización encuentra aquí
su nuevo fundamento encargado de dirigir sus formas de desarrollo futuro.
Durante el Periodo de Bandoung (1955-1975) los Estados del Tercer
Mundo habían puesto en marcha políticas de desarrollo de vocación
autocentrada con el objetivo de reducir la polarización mundial.
Esto requería la existencia al mismo tiempo de sistemas de regulación
nacional y de negociación permanente, incluida la colectiva (Norte-Sur),
de sistemas de regulaciones internacionales (el papel de la CNUCED importante
en este marco, etc.). Se pretendía igualmente reducir las "reservas
de trabajo de débil productividad" sustituyéndolas
por actividades modernas de más alta productividad (aunque fueran
"no competitivas" en los mercados mundiales abiertos).
El resultado del éxito desigual, y no del fracaso como se complacen
en decir, de estas políticas ha sido dar lugar a un tercer mundo
contemporáneo muy diferenciado.
Más allá de la Tríada central el mundo contemporáneo
se compone de tres estratos de periferias:
- Primer estrato: países ex-socialistas, China, Corea, Taiwan,
India, Brasil, México, los cuales han logrado construir sistemas
productivos nacionales y por lo tanto potencialmente, cuando no realmente,
competitivos.
- Segundo estrato: países que han entrado en la industrialización
pero que no han llegado a construir sistemas productivos nacionales como,
los países árabes, África del Sur, Irán, Turquía,
países de América Latina. Pueden contar con instalaciones
industriales competitivas -sobre todo por su mano de obra barata--,
pero no con sistemas competitivos.
- Tercer estrato: países que no han entrado en la revolución
industrial (en líneas generales los ACP). Estos países no
son competitivos más que en campos determinados en función
de ventajas naturales: minas, petróleo, productos agrícolas
tropicales.
En todos los países de los dos primeros estratos, las reservas
pasivas no han sido absorbidas y varían desde el 40% (Rusia)
al 80% (India, China). En África esta proporción se acerca
o supera el 90%.
La diferencia que separa las periferias activas de aquellas que están
marginalizadas, no es solamente la competitividad de sus producciones industriales,
es también un criterio político. Los poderes políticos
en las periferias activas y tras ellos la sociedad en su conjunto, sin que
esto excluya contradicciones sociales internas, tienen un proyecto y una
estrategia para llevarlo a cabo. Esto es evidente en el caso de China, Corea
y en menor grado en el de algunos países de América Latina.
Estos proyectos nacionales se confrontan con los del imperialismo dominante
a escala mundial y el resultado de esta confrontación modelará
el mundo del futuro. Por el contrario, las periferias marginalizadas no
tienen ni proyecto -aún cuando una retórica como la de Islam
político lo pretenda- ni estrategia propia. Son los círculos
imperialistas los que "piensan por ellos" y tienen en exclusiva
la iniciativa sobre los proyectos que conciernen a estas regiones
(como la asociación CEE-ACP, el proyecto de Oriente Medio de Estados
Unidos y de Israel, los vagos proyectos mediterráneos de Europa),
a los cuales no se opone de hecho ningún proyecto originario local.
Estos países son pues sujetos pasivos de la mundialización.
La diferencia creciente entre estos grupos de países ha hecho estallar
el concepto de Tercer Mundo y ha terminado con las estrategias de
frente común de la era de Bandoung.
En este estado de cosas incluso allá donde los progresos de la
industrialización han sido más notables, las periferias han
permanecido siendo gigantescos depósitos de reservas, entendiendo
por esto que proporciones variables -pero siempre muy importantes -de su
fuerza de trabajo están empleadas, cuando lo están, en actividades
de baja productividad. La razón es que las políticas de modernización
- es decir, las tentativas de desarrollo- exigen opciones tecnológicas
modernas para ser eficaces, es decir competitivas, las cuales son extremadamente
costosas desde el punto de vista de utilización de recursos escasos
(capitales y mano de obra cualificada). Esta distorsión sistemática
se agrava más aún si se tiene en cuenta que la modernización
en cuestión surge de una desigualdad creciente en el reparto de los
beneficios.
En estas condiciones el contraste entre los centros y las periferias
es violento. En los primeros esta reserva pasiva, que existe, es minoritaria
(variable en función de coyunturas, pero sin duda casi siempre inferior
al 20%); en los segundos, ésta es siempre mayoritaria. Las únicas
excepciones son aquí Corea y Taiwan quienes, por razones diversas,
sin olvidar el factor geoestratégico que les ha sido favorable (era
preciso ayudarles a hacer frente al peligro de la contaminación
del comunismo chino), se han beneficiado de un crecimiento sin comparación
en otros lugares.
2. Escenarios futuros de acuerdo con la lógica
inherente al sistema
Yo no creo que pueda deducirse de la observación y del análisis
-por muy serios que estos sean- de lo que hay de nuevo en el sistema de
la economía mundializada contemporánea, un escenario de futuro
que tenga una probabilidad de producirse lo suficientemente grande, como
para aparecer como casi cierto. Decir esto no supone, evidentemente, ignorar
la importancia de "los hechos nuevos".
1. La revolución tecnológica contemporánea, y la
informatización en primer lugar, ejerce una acción poderosa
imponiendo la reestructuración de los sistemas productivos, sobre
todo facilitando la dispersión geográfica de sectores dirigidos
a distancia. En este sentido, las formas de trabajo están en proceso
de ser profundamente transformadas. Los modelos de trabajo en cadena (taylorismo)
son sustituidos por formas nuevas que afectan profundamente a la estructura
de las clases sociales y su percepción de los problemas y los desafíos
a los cuales los trabajadores hacen frente. Volvemos a encontrar aquí
igualmente los problemas de la segmentación de los mercados de trabajo.
Se trata de un cambio que repercutirá a largo plazo.
2. La empresa gigante no es una cosa nueva en la historia del capitalismo.
Las grandes firmas transnacionales son en un primer momento firmas nacionales,
sobretodo por la propiedad de su capital, cuya actividad desborda las fronteras
del país de origen. Necesitan siempre para desplegarse del apoyo
activo y positivo de su Estado. Sin embargo su desarrollo las convierte
en lo suficientemente poderosas como para desarrollar su propia estrategia
de expansión, al margen -y a veces en contra- de la lógica
de las políticas de Estado. Tratan pues de subordinar éstas
a sus propias estrategias. El discurso neoliberal anti-Estado enmascara
este objetivo para legitimar la lógica exclusiva de la defensa de
los intereses particulares que representan estas firmas. La libertad
reivindicada no es la de todos, es la libertad de las empresas de hacer
prevalecer sus intereses en detrimento de los otros. En este sentido el
discurso neoliberal es perfectamente ideológico y engañoso.
El estatuto de la relación capital oligopolístico privado/Estado,
es ambigua y nada dice que esta situación -que tiene actualmente
el viento en popa- y en la cual el Estado aparece totalmente sometido a
los intereses privados, sea definitiva y no se module de manera diferente.
3. El predominio del capital financiero es, por el contrario, un fenómeno
puramente coyuntural. Es el producto de la crisis.
4. En la crisis general que se mantiene desde hace tres decenios, un
nuevo corte Este-Oeste parece dibujarse. La crisis golpea con fuerza
el conjunto del continente americano, el norte y el sur, el oeste de Europa,
África y Oriente Medio, el este de Europa y los países de
la ex-URSS. Sus síntomas son: crecimiento débil (nulo o negativo
para muchos países del Este y para las zonas marginalizadas del Tercer
Mundo), debilidad de las inversiones en actividades productivas, crecimiento
del paro y del empleo precario, incremento de las formas informales
de actividad, etc, todo ello acompañado por el agravamiento de la
desigualdad en el reparto.
Por el contrario, los países del este de Asia (China y Corea),
del Sudeste Asiático y la India han dado la impresión durante
mucho tiempo de situarse fuera de las regiones golpeadas por la crisis de
larga duración de la que hablamos. Las tasas de inversión
en la expansión de los sistemas productivos, las de crecimiento,
se han mantenido a lo largo de estos últimos decenios (India) o incluso
han aumentado sensiblemente (China, Corea, Sudeste Asiático). Este
crecimiento acelerado se ha acompañado generalmente de un menor agravamiento
de la desigualdad que en otras partes, aunque esta afirmación deba
ser matizada. Japón mismo se ha beneficiado del ambiente general
característico de este nuevo Este, antes de entrar él
mismo, más tardíamente, en una crisis que, en este caso, parece
realmente profunda. La crisis financiera que golpea Corea y el Sur de Asia,
iniciada en 1997 y que amenaza a su vez a China, ¿marcará
el final de esta "excepción asiática" y del
corte Este-Oeste que expresaba? El "milagro asiático"
hizo correr ríos de tinta. Asia, o Asia -Pacífico, como centro
del porvenir en construcción, fascinación en Europa y América
del Norte ante la posibilidad de su dominación sobre el Planeta,
China superpotencia del futuro¡Qué no se ha escrito sobre estos
temas!
La polarización no se define de una vez por todas de manera inmutable.
Lo que ciertamente hay que situar en el pasado es la forma en la que se
expresó durante un siglo y medio, en el contraste países industrializados/no
industrializados; forma que fue precisamente puesta en cuestión por
el movimiento de la liberación nacional de las periferias, imponiendo
al centro ajustes en función de las transformaciones comportadas
por la industrialización, aunque fuera desigual, de las periferias.
¿Se puede, a partir de esta constatación, concluir que el
Sudeste Asiático está en el camino de alcanzar a los
centros de la Tríada? No se trata de eso. La tesis que mantengo aquí
conduce a una conclusión muy diferente a través del control
de los cinco monopolios por parte de la Tríada: la ley del valor
mundializada produce una nueva forma de polarización, subordinando
la industria de las periferias dinámicas. Si China decide integrarse
más en la división internacional del trabajo, no escapará
a esta perspectiva.
Los escenarios del futuro dependerán mucho de las relaciones entre
las tendencias objetivas de fondo por una parte, y por otra las respuestas
que los pueblos y las fuerzas sociales que los componen dan a los desafíos
que las primeras representan. Hay pues un elemento de subjetividad, de intuición,
insoslayable. Felizmente, por otra parte, porque esto significa que el porvenir
no está programado con anterioridad y que el imaginario colectivo,
empleando la expresión fuerte de Castoriadis, tiene su espacio en
la historia real.
La previsión es aún más difícil en
un periodo como el nuestro en el que todos los mecanismos ideológicos
y políticos que dirigían los comportamientos de unos y otros,
han abandonado la escena. La estructura de la vida política se ha
transformado sustancialmente al pasar la página del periodo posterior
a la segunda guerra mundial. La vida y las luchas políticas se inscribían
tradicionalmente en el marco de Estados políticos, cuya legitimidad
no estaba cuestionada; la de un gobierno podía estarlo, pero no la
del Estado. Detrás y dentro del Estado, los partidos políticos,
los sindicatos, algunas grandes instituciones -como la de la patronal-,
el mundo calificado por los medios de comunicación como "clase
política", constituían el esqueleto principal del
sistema en el que se expresaban los movimientos políticos, las luchas
sociales, las corrientes ideológicas. Hoy se constata que en casi
todo el mundo, el conjunto de estas instituciones ha perdido en diverso
grado, una buena parte, sino toda, su legitimidad. Los pueblos ya no creen.
En su lugar movimientos de naturaleza diversa han aparecido en escena
alrededor de reivindicaciones de los Verdes, de las mujeres, en favor de
la democracia, de la justicia social, afirmando identidades comunitarias
(étnicas o religiosas). La inestabilidad extrema caracteriza pues
esta nueva vida política. La articulación de estas reivindicaciones
y movimientos, tanto con la crítica radical de la sociedad (es decir,
del capitalismo realmente existente), como con la de la gestión neoliberal
mundializada, merece ser discutida específicamente. Algunos de estos
movimientos se sitúan -o pueden hacerlo- en el rechazo consciente
del proyecto social de los poderes dominantes y otros, por el contrario,
no se interesan en ello y no lo combaten. Los poderes dominantes saben hacer
esta distinción, y la hacen. La manipulación y el apoyo abierto
u oculto a los unos, y el combate decidido a los otros, son la regla de
esta nueva vida política caótica y agitada.
En los países de la periferia, el sistema neoliberal excluye cualquier
avance serio de la democracia. Este tema se utiliza de manera cínica
para eliminar un adversario -socialista o populista-, mientras que jamás
se invoca contra un aliado o un agente. "Dos pesos, dos medidas",
esta es la regla que domina. A veces, sin embargo, la violencia de la crisis
es tal, que impone una apariencia de democracia -lo que yo he llamado "pequeña
democracia de baja intensidad"-, pluripartidismo de pacotilla,
como instrumento de gestión provisional. La era de las dictaduras
y de los regímenes autoritarios -militares, teocráticos o
cualquier otros- no se ha cerrado, ni mucho menos.
En los países capitalistas desarrollados, tanto el conflicto entre
las aspiraciones de las mayorías populares y los resultados producidos
por las políticas que se llevan a cabo, como la impotencia de los
Estados frente a las fuerzas que se imponen a través de la mundialización
(una impotencia aceptada e incluso querida por las clases que dominan el
Estado) y la manipulación mediática, de una indudable eficacia,
han producido una verdadera crisis de la idea y la práctica democráticas.
De manera general pues, el capitalismo contemporáneo realmente
existente funciona en un régimen de "democracia de baja intensidad".
La ideología postmoderna intenta legitimar este estado de cosas,
denigrando los grandes combates que inciden en las opciones fundamentales,
para sustituirlas por el elogio de la gestión de la cotidianidad
más pedestre. Se habla sin embargo de alternancias -cambiar
de personas para hacer las mismas cosas- y no de alternativas -hacer otra
cosa-, convertidas, según se pretende, en imposibles, por razones
que trascienden la opinión social.
Este sistema de gestión no puede prescindir de gendarmes capaces
de intervenir a escala mundial. Todas las fuerzas dominantes aceptan aquí
que Estados Unidos cumpla esa función. No hay conflicto entre la
mundialización, tal y como se propone por las fuerzas dominantes
del capital, y la hegemonía americana. Ni Japón, ni la Unión
Europea, ni los países que la constituyen, tienen realmente la pretensión
de reducir este poder, incluso si en algunos países europeos, algunas
veces, "se desearía que las cosas fueran de otra manera".
El discurso anti-Estado, afecta a todos los Estados, salvo a Estados Unidos
en sus funciones políticas y militares hegemónicas.
Hay una estrategia política global de la gestión mundial.
El objetivo de esta estrategia persigue la máxima fragmentación
de las potenciales fuerzas anti-sistema mediante el apoyo al estallido de
las formas estables de organización de la sociedad. ¡Tantas
Eslovenias, Chechenias, Kosovos y Kuwaits como sea posible! La utilización
de las reivindicaciones identitarias, léase su manipulación,
es aquí bienvenida. La cuestión de la identidad comunitaria
(étnica, religiosa o cualquier otra), es de hecho una de las cuestiones
centrales de nuestra época.
El principio democrático de base, que supone el respeto real de
la diversidad -nacional, étnica, religiosa, cultural, ideológica-
no debería sufrir extorsiones. La diversidad no puede ser gestionada
de otra manera que por la práctica sincera de la democracia. Sin
ello, se convierte fatalmente en un instrumento que el adversario puede
utilizar para sus propios fines. Desde este punto de vista, las izquierdas
históricas han fracasado con frecuencia; pero no siempre, ni tanto,
como hoy se dice. Un ejemplo entre otros: la Yugoslavia titista fue casi
un modelo de coexistencia de nacionalidades en pie de igualdad real, no
así Rumania. En el Tercer Mundo de Bandoung, los movimientos de liberación
nacional consiguieron con frecuencia unir frente al enemigo imperialista,
etnias y comunidades religiosas diversas. Las clases dirigentes en los estados
africanos de la primera generación fueron a menudo realmente transétnicos.
Pero pocos han sido los poderes que han sabido administrar democráticamente
esa diversidad, y mantener estas conquistas, cuando las había. Su
débil propensión a la democracia ha producido aquí
resultados tan deplorables, como en la gestión de otros problemas
de sus sociedades. Cuando llegó la crisis, las clases dirigentes,
impotentes para hacerle frente, han jugado con frecuencia un papel decisivo
en el recurso a repliegues comunitarios utilizados como mecanismos para
prolongar su control de masas. Sin embargo, incluso en numerosas
democracias burguesas auténticas, la diversidad comunitaria está
lejos de haber sido administrada siempre correctamente. Irlanda del Norte
es el ejemplo más llamativo.
El éxito del culturalismo, se corresponde con las insuficiencias
de la gestión democrática de la diversidad. Entiendo por culturalismo
la afirmación de que las diferencias en cuestión son primordiales,
deben ser prioritarias -en relación con las diferencias de
clase, por ejemplo- e incluso, a veces, son tenidas por transhistóricas,
es decir, fundamentadas sobre invariantes históricos; este es el
caso frecuente de los culturalismos religiosos, que se deslizan sin dificultad
hacia el oscurantismo y el fanatismo.
Para ver claro en la jungla de las reivindicaciones identitarias yo propondría
un criterio que me parece esencial. Son progresistas las reivindicaciones
que se articulan sobre el combate contra la explotación social y
por una mayor democracia desplegada en todas sus dimensiones. Por el contrario,
todas las reivindicaciones que se presentan "sin programa social"
(porque se califique de ¡poco importante!), "no hostiles a
la mundialización" (¡porque tampoco esto tendría
importancia!), y sobre todo que se autoproclamen extrañas al concepto
de democracia (acusado de ser occidental) son francamente reaccionarias
y sirven perfectamente a los objetivos del capital dominante. Éste,
que lo sabe, apoya sus reivindicaciones, incluso cuando los medios de comunicación
aprovechan sus contenidos bárbaros para denunciar a los pueblos que
son sus víctimas. Utiliza, léase manipula, estos movimientos.
Por todas estas razones el porvenir dependerá en gran medida de
las respuestas a los desafíos que se dibujarán en las diferentes
regiones del mundo. Dos de entre ellas me parecen más decisivas desde
este punto de vista: Europa (incluida Rusia) y China.
En lo que se refiere a Europa, se constatará que hasta hoy los
intereses que son aquí dominantes, los de sus grandes empresas, inscriben
sus estrategias, al igual que las de Estados Unidos y Japón, en el
marco de la mundialización desbocada. De hecho no son agentes activos
capaces de poner en cuestión la hegemonía americana a escala
mundial, ni de desarrollar otra visión de las relaciones Norte-Sur.
Igualmente desde este punto de vista, las nuevas relaciones Oeste-Este en
Europa se inscriben espontáneamente en una perspectiva de latinoamericación
del Este, no de su integración en pie de igualdad. ¿Las izquierdas
europeas serán capaces de definir en conjunto otra estrategia, a
la altura de las exigencias de un pacto social progresista paneuropeo? Las
opciones liberales y los procesos de latinoamericación de
Europa del Este, acentúan el desequilibrio en el interior de la Unión
en favor de Alemania. "La Europa alemana" ¿será
aceptable a la larga para Gran Bretaña, Francia, Rusia? Mientras
tanto, el desarrollo de este proyecto perpetúa la hegemonía
americana global, porque Alemania, como Japón, juegan aquí
la carta de potencias alineadas con Estados Unidos en cuestiones de alcance
mundial. Pero, por razones relacionadas quizás con la historia y
lo que ésta ha legado a Europa de tradiciones humanistas y socialistas,
no excluyo que termine por imponerse otro proyecto europeo, el de una Europa
social.
Por su lado la evolución de China pesará mucho en la balanza
mundial, por el hecho mismo del peso de este país-continente. Me
propongo explicitar las condiciones externas e internas, que gobiernan diferentes
escenarios -todos igualmente posibles-, clasificándoles de la siguiente
manera:
- Escenario del estallido del país -que es el objetivo de la estrategia
de Estados Unidos y de Japón-, de la marginalización del
Norte y el Oeste chino y de la integración del sudeste en la constelación
de un Sudeste Asiático industrializado, pero dominado por Japón
y Estados Unidos.
- Escenario de la continuación del proyecto nacional chino, fundamentado
sobre el éxito de los "tres positivos": redistribución
social de la riqueza suficiente para mantener la solidaridad en la nación,
redistribución regional que refuerce la interdependencia de los
mercados regionales internos de China y mantenimiento del control de las
relaciones con el exterior sometidas a las lógicas del proyecto
nacional.
- Degradación de este último escenario bajo el efecto de
lo que yo he calificado "cuarto y gran negativo", a saber,
el intento de continuar el proyecto nacional sin salir del marco del sistema
de poder en vigor (el Partido-Estado, llamado leninista). Esta degradación
podrá conducir, ya sea al estallido del país (primer escenario),
o a la cristalización de una forma más franca de capitalismo
nacional, probablemente poco democrático.
- Evolución hacia la izquierda del proyecto en curso y refuerzo
de los poderes de las fuerzas sociales populares, haciendo avanzar el país
en la larga transición al socialismo.
En este marco general podría imaginarse sin dificultad una nueva
etapa de expansión capitalista, fundamentada sobre el crecimiento
acelerado de las periferias activas (China, Sudeste Asiático, India,
América Latina), retomando el crecimiento, tanto en la Europa del
Este y en la ex-URSS, como en la Unión Europea, mientras que el mundo
marginalizado africano e islámico sería abandonado a sus convulsiones.
La intensificación de los intercambios entre las diferentes regiones
dinámicas del mundo, sostendría el proyecto. Sin embargo,
en mi opinión, cuanto más se avance en esta dirección,
más se intensificarán los intercambios entre las regiones
en cuestión, y mayor amplitud alcanzaría la nueva polarización
establecida sobre los cinco monopolios de la Tríada. En esta perspectiva,
la separación entre los niveles de desarrollo de las regiones no
se iría atenuando; por el contrario la distancia entre los centros
y la nueva periferia se ampliaría.
Inmanuel Wallerstein imagina que, en el caos sostenido en el que el mundo
se ha instalado, la contradicción principal opondrá a los
dos centros en competición violenta: Estados Unidos, que habría
perdido ya la posición hegemónica que mantuvo desde 1945 a
1990 -a pesar del espacio de autonomía relativa tolerada de la Unión
Soviética-, y Europa. En este marco Estados Unidos y Japón
consolidarán su alianza estratégica, Japón no tiene
otra opción posible, arrastrando tras ellos a las semiperiferias
de Asia (China en particular) y América Latina, mientras que Europa
integrará en su área de dominación a la nueva semiperiferia
rusa.
Es un escenario que me parece poco probable, en primer lugar porque supone
que Europa existe en cuanto fuerza política unificada, lo que no
es el caso, en cuanto al futuro previsible, al menos. Por el momento Europa
está perfectamente alineada con la estrategia americana en todas
sus dimensiones. Incluso desde el punto de vista de África -durante
mucho tiempo "terreno vedado" de las antiguas potencias
coloniales- la Unión Europea se ha alineado con las posiciones de
Washington, dictadas a través del Banco Mundial. En este sentido,
lo más probable me parece la supervivencia de una hegemonía
americana -a pesar de sus debilidades- capitaneando la voluntad de dominación
colectiva de la Tríada sobre el resto del mundo. La segunda razón
por la cuál me parece difícil que este escenario pueda realizarse,
es que implica que China consienta en situarse en el surco del bloque Estados
Unidos-Japón. Esto me parece muy dudoso; y mi hipótesis sería
que China intentaría más bien caminar sola explotando el conflicto
Estados Unidos -Europa, si éste se agudizara. Sucedería lo
mismo en el caso de India o de Rusia, si ésta consigue superar su
crisis.
Sin duda la solidaridad de la Tríada no excluye la intensificación
de los conflictos mercantiles entre sus componentes, que se han convertido
en cotidianos (asunto Airbus, el plátano, la carne con hormonas,
etc) y en los cuales la arrogancia de las autoridades de Washington continuará
irritando a europeos y japoneses. Estas contradicciones me parecen
sin embargo secundarias con relación a las otras, llamadas a amplificarse,
las cuales opondrán a las nuevas periferias -sobre todo las del primer
nivel, China, India, quizás mañana Rusia-, con la Tríada
cuya cohesión es mantenida por el alineamiento con Washington.
Sin duda, igualmente, la potencia hegemónica americana tiene sus
límites. A pesar de sus medios militares supersofisticados esta potencia
está fuertemente lastrada por la propia opinión pública
americana, quién no acepta la guerra más que "sin
riesgo" -lo que exige que existan otros contingentes que acepten
los riesgos normales de cualquier intervención y que sean facilitados
por los aliados subalternos. Se plantea ahora el problema de la financiación
de este tipo de guerra. Y si en el caso de la Guerra del Golfo la cuestión
no se suscitó porque los Estados petroleros de la región no
tenían poder para rechazar la financiación de estas operaciones
-incluyendo el mantenimiento de las fuerzas americanas sobre su territorio
para protegerles-, quizás no sea lo mismo cuando la factura
se pase a Europa, como tras la Guerra de Kosovo, ni tampoco en intervenciones
futuras del mismo estilo. Ésta es la razón por la cual se
puede decir en cierta manera que la hegemonía americana está
ya en crisis. Se expresa a menudo la idea que esta hegemonía militar
no es perdurable porque cuesta demasiado cara y que la propia sociedad americana
no está dispuesta a asumir los costes. Yo planteo reservas formales
ante estas tesis, por al menos dos razones. La primera es que una reducción
seria de los gastos militares americanos hundiría al país
en una crisis tan terrible al menos como la de los años 30. Con Sweezy
y Magdoff yo soy de los que analizan el capitalismo como una forma social
que engendra de manera sostenida una tendencia a la superproducción,
siendo la crisis su estado normal, mientras que la prosperidad es
la excepción, que como tal debe ser explicada con razones específicas.
En este análisis ponemos de relieve que Estados Unidos solamente
salió de la crisis de los años 30 mediante su rearme, durante
y después de la segunda guerra mundial. Hoy su economía es
monstruosamente deforme: casi un tercio de la actividad económica
depende directa e indirectamente del complejo militar, una proporción
que sólo la URSS había alcanzado en la época de Brezhnev.
La segunda es que la hegemonía paga, precisamente por los privilegios
que asegura el dólar como moneda mundial. Que Washington aceptara
una reducción de su papel sobre la escena mundial, léase compartir
responsabilidades con Europa y Japón -el famoso sharing en
su lenguaje diplomático-, comportaría una reforma del sistema
monetario internacional, la pérdida del privilegio del dólar
y, por tanto, se lastraría el flujo de capitales que opera en su
favor.
Todos los escenarios aventurados aquí -con o sin hegemonía
americana marcada- son negativos en todas sus dimensiones para lo que es
el Tercer Mundo. Implican claramente una fuerte presión económica
y financiera, la extracción de una plusvalía creciente, incluso
en los países más empobrecidos. El discurso de la caridad
(la ayuda humanitaria, la pretendida lucha contra la pobreza, etc) que sustituye
al del desarrollo, es un testimonio elocuente. Desde luego el Banco Mundial
y las ONG que navegan en su órbita son ya instrumentos de esta estrategia.
En el plano internacional las estrategias implicadas en todas sus modalidades
sustituyen a la Tríada en la familia de las naciones que constituyen
el planeta: la OTAN -ni siquiera la OCDE y mucho menos la Unión Europea-,
al Consejo de Seguridad y a la Asamblea General de la ONU, el Banco Mundial
al PNUD y a las instituciones especializadas de Naciones Unidas sometidas.
Naciones Unidas corre el riesgo de seguir el camino de la Sociedad de Naciones,
y ya es tratada como tal por el G7.
3. ¿Hacia una tercera ola de devastación
imperialista?
El imperialismo no es una fase, ni siquiera la suprema, del capitalismo.
Es, desde sus orígenes, inherente a su expansión. La conquista
imperialista del planeta por los europeos y sus hijos norteamericanos se
ha desplegado en dos tiempos y se perfila, quizás, un tercero.
El primer momento de este despliegue devastador del imperialismo se organiza
alrededor de la conquista de las Américas, en el marco del sistema
mercantilista de la Europa atlántica de la época. Se saldó
con la destrucción de las civilizaciones indias y su hispanización-cristianización
o simplemente con el genocidio perfecto, sobre el cual se construyó
Estados Unidos. El racismo fundamental de los colonos anglosajones explica
que este modelo haya sido reproducido en otros lugares, en Australia, en
Tasmania -el genocidio más perfecto de la historia-, en Nueva Zelanda.
Pues si los católicos españoles actuaban en nombre de la religión
que era preciso imponer a los pueblos conquistados, los angloprotestantes
extraían de su lectura de la Biblia el derecho de exterminar a los
infieles. La infame esclavitud de los negros -convertida en necesaria
por el exterminio de los indios o por su resistencia-, tomó alegremente
el relevo para revalorizar las partes útiles del continente.
Nadie duda hoy de las motivaciones reales de todos estos horrores, ni ignora
su estrecha relación con la expansión del capital mercantil.
Esto no nos debe hacer olvidar que los europeos de la época aceptaron
los discursos ideológicos que las legitimaron y que las denuncias
-como las de Las Casas, por ejemplo- no encontraron mucho eco en aquella
época.
Las devastaciones de este primer capítulo de la expansión
capitalista mundial han engendrado -con retraso- las fuerzas de liberación
que han puesto en cuestión las lógicas que las dirigían.
La primera revolución del continente tuvo lugar a fines del siglo
XVIII, la de los esclavos de Santo Domingo (hoy Haití), seguida más
de un siglo después por la revolución mexicana de los años
1910, y cincuenta años después por la de Cuba. Y si yo no
señalo aquí, ni la famosa Revolución americana,
ni las de las colonias españolas que la siguieron inmediatamente,
es porque no se trataba en estos casos más que de una transferencia
del poder de decisión de las metrópolis a los colonos para
hacer lo mismo, continuar el mismo proyecto -con mayor brutalidad aún-
sin tener que compartir los beneficios con las Madres Patria originarias.
El segundo momento de la devastación imperialista se construyó
sobre la base de la revolución industrial y se manifestó por
la sumisión colonial de Asia y de África. "Abrir los
mercados" -como el del consumo de opio impuesto a los Chinos por
los puritanos de Inglaterra-, apropiarse de los recursos naturales del globo,
constituyeron las motivaciones reales, como todo el mundo sabe hoy. Pero
una vez más hay que recordar que la opinión pública
europea no vio estas realidades y aceptó -incluido el movimiento
obrero de la segunda internacional- el nuevo discurso legitimador del capital.
Se trataba esta vez de la famosa "misión civilizadora".
Las voces lúcidas que se escucharon en la época fueron más
bien las de los burgueses cínicos, como la de Cecil Rhodes, preconizando
la conquista colonial para evitar la revolución social en Inglaterra.
Una vez más las de los contestatarios -de la Comuna de París
a los bolcheviques- no tuvieron mucho eco. Esta segunda fase de la devastación
imperialista está en el origen del mayor problema al que la humanidad
haya tenido nunca que enfrentarse: la polarización gigantesca que
ha hecho pasar las relaciones de desigualdad entre los pueblos de uno a
dos como máximo hacia 1800, a uno a 60 hoy; los centros que se benefician
del sistema no agrupan más que al 20% de la humanidad. Las realizaciones
prodigiosas de la civilización capitalista han sido simultáneamente
el motivo de las más violentas confrontaciones entre las potencias
imperialistas que jamás se hayan conocido. La agresión imperialista
ha producido de nuevo las fuerzas que han combatido el proyecto: las revoluciones
socialistas de Rusia, de China, es decir, siempre -y no por casualidad-
situadas en las periferias, víctimas de la expansión imperialista
y polarizadora del capitalismo realmente existente, y las revoluciones de
liberación nacional. Su victoria ha impuesto medio siglo de repliegue
-el periodo posterior a la segunda guerra mundial- que ha podido alimentar
la ilusión de que al fin el capitalismo -constreñido a ajustarse-
lograba civilizarse.
Nosotros estamos hoy confrontados al comienzo del despliegue de la tercera
ola de la devastación del mundo por la expansión imperialista,
envalentonada por el hundimiento del sistema soviético y de los regímenes
del nacionalismo populista del tercer mundo. Los objetivos del capital dominante
son siempre los mismos -el control de la expansión de los mercados,
el pillaje de los recursos naturales del planeta, la sobreexplotación
de las reservas de mano de obra de la periferia-, aunque operen en condiciones
nuevas y, en algunos aspectos, muy diferentes de las que caracterizaron
la fase precedente del capitalismo. El discurso ideológico destinado
a someter las opiniones de los pueblos de la Tríada central ha sido
renovado y se funda ahora sobre un "deber de intervención"
que legitimaría la defensa de la democracia, de los derechos
de los pueblos, lo humanitario. Pero si la instrumentalización
cínica de este discurso parece evidente a los asiáticos y
a los africanos, en la medida en que los ejemplos de "dos pesos,
dos medidas" son flagrantes, la opinión occidental lo acepta
y lo sostiene con tanto entusiasmo como lo hacía con los discursos
de las fases anteriores del imperialismo.
Por otra parte Estados Unidos despliega, desde esta perspectiva, una
estrategia sistemática encaminada a asegurar su hegemonía
absoluta, alineando tras ellos al conjunto de sus aliados de la Tríada,
mediante el fortalecimiento de su potencia militar. La guerra de Kosovo
ha jugado, desde este punto de vista, bazas decisivas, como atestigua la
capitulación integral de los estados europeos alineados con las políticas
americanas relativas al Nuevo Concepto Estratégico adoptado
por la OTAN después de la victoria en Yugoslavia, los días
23 al 25 de abril de 1999. En este Nuevo Concepto, calificado más
brutalmente como Doctrina Clinton, las misiones de la OTAN se extienden
prácticamente a toda Asia y África (Estados Unidos se reserva
para sí el derecho de intervención en América tras
la Doctrina Monroe), estableciendo así que la OTAN no es ya
una alianza defensiva, sino un instrumento ofensivo de Estados Unidos. Simultáneamente
estas misiones se describen en términos vagos a la espera de que
se definan las nuevas amenazas (la criminalidad internacional, el
terrorismo, el armamento peligroso de países fuera
de la OTAN, etc), lo que debe evidentemente permitir justificar, más
o menos, cualquier agresión útil para Estados Unidos. Por
otra parte, Clinton no se ha privado de hablar de este respecto de Estados
crápulas que sería preciso golpear preventivamente,
sin precisar además que es lo que él entiende por la crapulería
en cuestión. La OTAN se ha liberado de la obligación de no
obrar más que bajo mandato de Naciones Unidas, que es tratada con
un desprecio legal semejante a aquel con el que las potencias fascistas
trataron a la Sociedad de Naciones (la analogía de los términos
utilizados es llamativa).
El increíble alineamiento con el proyecto de las oposiciones políticas
europeas (la de Estados Unidos es lo suficientemente ingenua para no plantear
ningún problema), y en particular la de las izquierdas mayoritarias,
constituye una catástrofe cuyas consecuencias no podrán ser
más que trágicas. El bombardeo de los medios de comunicación
-focalizado sobre las regiones de intervención decididas por Washington-
explica sin duda, en parte, este alineamiento. Pero, más allá
de eso, los occidentales están persuadidos de que, dado que Estados
Unidos y los países de la Unión Europea son democráticos,
sus gobiernos son incapaces de "querer el mal", reservado
a los dictadores sanguinarios de Oriente. Esta convicción
les ciega hasta el punto de hacerles olvidar el peso decisivo del capital
dominante. Así, una vez más, las opiniones en los países
imperialistas se dotan a sí mismos de buena conciencia.
¿Cómo los pueblos amenazados por esta tercera ola de expansión
imperialista reaccionarán? Es aún demasiado temprano para
decirlo. Pero es seguro que reaccionarán.
4. La respuesta necesaria: combatir por un mundo
multipolar y democrático.
La estrategia desplegada por la Tríada bajo la dirección
de Estados Unidos se encamina al objetivo de la construcción de un
mundo unipolar organizado sobre la base de dos principios complementarios:
la dictadura unilateral del capital dominante de las transnacionales y el
despliegue de un imperio militar estadounidense al cual todas las naciones
estarían obligadas a someterse. Ningún otro proyecto es tolerable
desde esta perspectiva, ni siquiera el proyecto europeo de los aliados subalternos
de la OTAN y mucho menos un proyecto pretendidamente autónomo en
un grado cualquiera, como el de China, que debe ser destruido, mediante
la violencia si es necesario.
A esta visión de un mundo unipolar, es preciso oponer la de una
mundialización multipolar como la única estrategia que permite
un desarrollo social aceptable para las diferentes regiones del mundo, y
por lo mismo, la democratización de las sociedades y la reducción
de las causas de conflicto. La estrategia hegemónica de Estados Unidos
y de sus aliados de la OTAN es hoy el principal adversario del progreso
social, de la democracia y de la paz.
El argumento propuesto para hacer aceptar el proyecto de mundo unipolar
en la órbita de Estados Unidos es muy simple. No habría otra
alternativa: el mundo, convertido -dicen- en una aldea, necesita
un gobierno mundial y sólo Estados Unidos, apoyado por sus aliados
de la OTAN, puede constituir esta autoridad necesaria -y democrática
por encima del mercado-; el fracaso de Naciones Unidas queda a la
vez constatado por el bloqueo de los eventuales vetos de China, el enemigo
principal -y quizás incluso de Rusia-, y por las reticencias de las
naciones del Tercer Mundo en la Asamblea General. Los medios de comunicación
machacan las opiniones con estos argumentos. Todas las fuerzas políticas
occidentales, incluidas desgraciadamente las izquierdas mayoritarias, los
suscriben sin dudar.
Los americanos han desarrollado una visión estructurada del conjunto
del proyecto, calificado de "gobierno global". El gobierno
en cuestión se ha construido sobre dos pilares. En el plano económico
se trata simplemente de transferir todo el poder aparente de decisión
a las instituciones de Bretton Woods (FMI y Banco Mundial), a la OMC y al
AMI. Y digo bien poder aparente, porque las instituciones de Bretton Woods
han sido construidas de tal manera que se asegura su control a Estados Unidos..
La Organización Mundial del Comercio y el Acuerdo Multilateral de
Inversiones son instituciones que están directamente bajo la bota
de las transnacionales. Por supuesto, las agencias especializadas de Naciones
Unidas -la CNUCED, la FAO, la ONUDI, el PNUD, etc- están, en este
proyecto, marginadas o sometidas. El proyecto elimina, pues, de entrada
el único verdadero y necesario interrogante: ¿cómo
regular democráticamente los mercados, tanto a escala nacional, como
regional y mundial? El segundo pilar de este gobierno se basa en sustituir
formalmente por la OTAN -en realidad por Estados Unidos, a los cuales se
asocian obligatoriamente los otros países de la OTAN-, a cualquier
otra forma de expresión política y militar de la "comunidad
internacional". Esto no es ni la Asamblea General de Naciones Unidas
ni su Consejo de Seguridad, ni incluso la OCDE (el club de los ricos) y
mucho menos la Unión Europea (que los americanos saben que no existe);
todos ellos deben ponen en práctica -digase lo que se diga- las exigencias
políticas y militares de este gobierno unilateral del capital
dominante. ¡Se les sustituye por la OTAN! Debo decir que escuchar
al Secretario General de esta organización militar, hablar en nombre
de la "comunidad internacional" es juzgado como obsceno
-justamente- en toda Asia y África. Las izquierdas mayoritarias europeas,
por el contrario, lo aceptan y abrevan en los discursos insípidos
sobre la democracia y los derechos de los pueblos que acompañan a
todas las iniciativas agresivas de Washington. La hoja de parra les basta.
Este proyecto liberal-militar imperialista es una utopía reaccionaria
que es objeto ya del rechazo de los pueblos. La historia ha entrado así
en una fase de escalada de las luchas políticas y sociales y también
de los conflictos.
Nada bueno ni sólido podrá ser realizado en la larga marcha
hacia un mundo multipolar sin democratización. Entiendo por esto,
no solamente la adopción de reglas formales de gestión de
la vida política mediante los instrumentos de un estado de derecho,
respetuoso del pluripartidismo, sino también y sobre todo, de la
construcción de relaciones democráticas en todos los ámbitos
de la vida social (igualdad entre los sexos, respeto de los derechos de
los pueblos, etc). Por lo mismo, si la democracia no va acompañada
de políticas sociales eficaces que aseguren la inserción de
todos en la vida económica, una igualdad rea |